LA NOVELA DE CARLOS EDUARDO ZAVALETA

Wáshington Delgado

El título de esta nota sobre la obra del conocido narrador del cincuenta lo he puesto así deliberadamente, en singular y sin ningún adjetivo. Esto pudiera parecer extraño, pues Carlos Zavaleta no es autor de una novela, sino de varias, aparte de la multitud de cuentos y relatos, mas por sí misma dará mi nota la razón de su título.

Aunque al principio de su carrera literaria no parecía un autor especialmente fecundo, Carlos Eduardo Zavaleta, poco a poco, ha construido una obra de gran amplitud y, a medida que avanza en edad, se va volviendo más y más prolífico; se parece a los ríos de su sierra natal, que nacen como humildes arroyuelos cerca de las altas cumbres andinas y en su largo descenso se van ensanchando hasta llegar a convertirse en torrentes tumultuosos que fecundan las tierras por donde pasan.

Carlos Zavaleta escribió su primera obra literaria cuando estudiaba Medicina en San Marcos, la presentó a los Juegos Florales de 1947 y ganó el Primer Premio. Fue editada por la propia universidad en 1948, pero el golpe de Estado del general Odría impidió su circulación. Esta novela corta, El cínico, no tuvo en su momento la difusión que merecía, pero decidió la vocación de su autor, quien abandonó los estudios médicos y se matriculó en la Facultad de Letras para estudiar Literatura.

Entre 1954 y 1966, antes de salir del Perú para viajar por medio mundo como funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, Carlos Eduardo Zavaleta publicó solamente colecciones de cuentos y una novela corta, Los Ingar. Pero quienes leían sus relatos breves pensaban que él era un novelista en ciernes, llamado a cuajar una obra de largo aliento, de la cual Los Ingar pudiera ser un fragmento. Sólo en 1974, veintisiete años después de El cínico, Zavaleta publicó una novela de cierta extensión, Los aprendices, a la que le siguieron, en un período de veinte años, Retratos turbios, Un joven, una sombra, y Campo de espinas.

Todas las novelas citadas eran bastante buenas y poseían variadas virtudes: correcta arquitectura narrativa, psicología profunda, agudo contraste dramático entre los personajes; pero no era todavía la novela larga que Los Ingar había hecho prever. Ahora sí, con Pálido, pero sereno (Lima, UNMSM,1997). Carlos Zavaleta ha llegado a la cima que prometiera alcanzar. Es una extensa novela donde se suceden múltiples historias en diversos y alejados espacios.

He escrito se suceden y no es, acaso, el verbo adecuado. La novela alterna los acontecimientos presentes con los pasados en un vaivén alucinante manejado con destreza. En Pálido, pero sereno, demuestra, asimismo, su gran dominio de casi todas las técnicas del relato: monólogos interiores, diálogos, narraciones de acontecimientos, descripciones de lugares y cosas de tal modo que los personajes y sus conflictos adquieren un relieve palpable.

Como en la mayoría de sus relatos anteriores, esta novela de Carlos Zavaleta tiene como núcleo un conflicto familiar: el odio que separa a Pablo Jiménez de su familia, de su madre, su padre y su hermano mayor. Este odio ha sido fomentado por la madre, que siempre prefirió a David, el primogénito, y llegó a sembrar en el ánimo de su marido el odio contra Pablo e incitarlo a que lo castigara continuamente. La defensa del pequeño Pablo será el estudio tenaz que le permitirá abrirse camino en un mundo hostil. El estudio será también su venganza y le proporcionará su triunfo final. Asistimos al desarrollo de este deprimente conflicto familiar a través de los monólogos interiores de la madre, vieja ya, tullida, casi sin habla, y de la consciente e incesante persecución de sus recuerdos de infancia y juventud, que emprende Pablo desde el comienzo de la novela. Este conflicto llega a adquirir vislumbres de tragedia griega o drama shakesperiano.

Si los angustiosos monólogos maternos y los recuerdos entrecortados del hijo que se entrecruzan con la acción presente le prestan a la novela un movimiento pendular, también podemos observar otro movimiento en espiral, a medida que nuevos temas y problemas ingresan en el relato. Otro conflicto importante es el que se suscita entre las provincias y la capital. La vida del protagonista se inicia y se desarrolla en diversos pueblos ancashinos (Caraz, Chimbote, Sihuas, Huaraz, Yungay), y en la descripción de estos ambientes percibimos el contraste paisajístico, económico y vital entre la sierra y la costa. Después la acción se traslada a Lima, pero en un sitio u otro se percibe constantemente la opresión que sufren las provincias. Otro conflicto es el de las mayorías desposeídas y las minorías, que se refleja en el juego político, donde también se advierte una alternancia: la de los breves gobiernos democráticos y las dilatadas dictaduras militares.

Cuando Pablo Jiménez viaja becado a los Estados Unidos para estudiar Historia en las universidades de Duke y Columbia, aparece otro conflicto más vasto: el del país desarrollado y dominante enfrentado a los países subdesarrollados y dominados en su entorno; este conflicto se concreta, dramática y novelescamente, en el asesinato del estudiante centroamericano Braulio en la ciudad de Nueva York. Las relaciones entre los Estados Unidos y los países latinoamericanos poseen muchos matices, varios de los cuales devela y desarrolla Carlos Zavaleta con gran objetividad, conocimiento cercano y ojo zahorí. El viaje de Pablo a Europa amplía, más todavía, el juego de conflictos y contrastes con las visiones rápidas y certeras de España, Francia, Inglaterra y Rusia.

Otro conflicto, si así puede llamarse, es el de los sexos. Pablo Jiménez, al viajar becado ha dejado una novia en Lima, Lucía, con la cual se casaría a su regreso. La beca era por dos años, pero se queda dieciséis. En ese largo período, no solamente se gradúa con honores en Columbia, sino que gracias a su relación con Elaine, sin saber cómo, se convierte en un empresario afortunado. Varias mujeres pasan por su vida: Elaine, Kate, Renata, pero él sigue fiel a Lucía y le envía dinero mensualmente para que se compre la casa donde vivirán, como también envía dinero a su madre viuda, empobrecida por los avatares de la economía peruana, por su viudez y por la codicia de su tío Javier, quien termina por apoderarse de la herencia materna. El amor a Lucía es un amor romántico y extraño, capaz de sobrevivir durante una separación de años y al que no empañan las aventuras eróticas de Pablo, a veces profundas, a veces estridentes, a veces platónicas como en el caso de la italiana Renata.

Esta suma de conflictos y contrastes familiares, provincianos, nacionales, internacionales y eróticos, se resuelve apoteósicamente con motivo del terremoto de 1970, que asoló el departamento de Ancash. Zavaleta describe ese terrible sismo y los sucesos posteriores con grandeza épica. El terremoto hace recapacitar al distante Pablo, renace su patriotismo, el amor por Lucía, el afecto a su madre, escondido bajo el odio. Regresa al Perú, después de haber conseguido ayuda de diversas instituciones norteamericanas. En tierras peruanas, organiza la distribución de socorros y se casa con Lucía. Es, si se quiere, un final feliz.

¿Qué es en definitiva, Pálido, pero sereno? ¿Una novela psicológica, una novela de ambiente, una novela social, una novela de amor? Es todo eso y algo más: es la novela de Carlos Eduardo Zavaleta.

 

(El Comercio, Suplemento Dominical, 28 diciembre 1997)

 



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