XVII

 

"La France que nous aimons"

 

1. El caso paradojal de Ventura García Calderón

Desde comienzos del siglo XX, la literatura francesa fue cediendo en América del Sur el lugar preeminente mantenido anteriormente sobre otras literaturas europeas. Sin embargo, el "modernismo", movimiento principalmente poético de los epígonos peruanos del poeta nicaragüense Rubén Darío, sostuvo su validez hasta muy entrado el nuevo siglo. Pero la vigencia de esa corriente, ya débil en los llamados "post modernistas", debió ser superada bruscamente por el cambio de sensibilidad operado a causa de la conmoción espiritual y social producida por la Primera Guerra Mundial. Se impuso la aparición de un impulso innovador -y renovador- de los llamados ísmos de vanguardia, cuya vigencia comprendió todos los ámbitos de Europa y América y dentro de todas las artes. Un nuevo y efervescente ímpetu creador estremeció el mundo de la postguerra mientras que con resonancia universal se debilitaron las hegemonías artísticas anteriores.

Este estado de espíritu proclive al cambio lo recoge en sus crónicas Ventura García Calderón, a pesar de que su iniciación literaria coincide todavía con la llamada "belle époque". Perteneciente Ventura García Calderón, a la generación de 1905 (con José de la Riva Agüero y con su hermano Francisco y con algunas figuras literarias que mencionaremos más adelante) lo revelan cabalmente las primeras muestras de su arte exquisito y con estilo de inconfundible brillo modernista. Fue la suya una generación privilegiada en la lectura de páginas de escritores franceses de la preguerra y derivada más adelante en esfuerzos tendientes a modificar su formación inicial. La literatura francesa era el modelo elegido, cuando aún no habían aparecido en Francia y en Europa otras manifestaciones atentas a los cambios espirituales y sociales que se operaban en el mundo. La Francia "que ellos amaban" también cambiaba como el resto de Europa y del mundo. Por eso sus crónicas juveniles dieron paso más adelante a otro tipo de literatura menos frívola y más realista.

Para ponerse a tono con la época y el gusto literario, los "cuentos peruanos" se incluyeron prontamente en La venganza del cóndor (Madrid, 1924). Luego de ser traducidos profusamente al francés por diversos traductores o por el propio autor, conformaron en realidad la expresión de una suerte de "exotismo curioso" un tanto a la manera de los autores franceses del siglo XVIII, como Madame de Graffigny, Voltaire y Marmontel, entre muchos otros mayores y menores, quienes representaban, en conjunto, una corriente renovadora de la vida europea y una obsesiva búsqueda de nuevas formas de vida, de maneras distintas, simples e inocentes. América resultaba entonces en el siglo XX, el germen de un nuevo exotismo, practicado por un hispanoamericano. Lo curioso era que provenía de un peruano al que explotaba su propia realidad en un país extranjero.

El caso de Ventura García Calderón es singular. Nacido en Francia, educado a la francesa y radicado casi toda su vida en ese país, intentó con amplio dominio del castellano y de la lengua gala, hacer literatura ‘indigenista’ a la distancia, con temas no vívidos, con elaboración a base de ingeniosos recursos y de afanosa búsqueda de sucesos pintorescos y escenas episódicas pero sin el sabor de la autenticidad , o por lo menos, de lo captado en forma directa. Su libro La venganza del cóndor (1924) que contenía la mayor parte de estos relatos, obtuvo buena recepción europea como texto representativo de la vida indígena de la sierra andina o de las selvas amazónicas. Ese libro suyo y otros de igual naturaleza sirvieron en un momento para avalar una candidatura de Ventura García Calderón al premio Nobel, y para ese efecto hubo activa gestión para la traducción de esos relatos a las principales lenguas europeas. Se trataba de hacerlo representativo de una corriente típica, de un ‘indigenismo’ andino o peruano y para ello se apeló a lanzar una edición antedatada pues apareció una nueva impresión fechada en 1918, a fin de que apareciese como anterior a 1920, fecha en la cual habían salido a luz unos Cuentos Andinos del peruano Enrique López Albújar, auténtico especimen de esa tendencia en la literatura peruana1  Ventura García Calderón ofreció su versión del indigenismo literario pero ésta resultó -dentro de su elegante estilo- débil y fría frente a las auténticas y realistas narraciones de López Albújar.

Hasta los años iniciales del siglo XX, tuvo efímera vigencia esa generación de Ventura García Calderón, poco numerosa pero bastante representativa de un estado de espíritu que pretendía afrontar los embates de la modernidad. Poco afortunada en lo poético, se permitió dejar de lado la apreciación de creadores de buena estirpe como Enrique A. Carrillo y Alberto Ureta. Esa generación, según José de la Riva Agüero, se había educado en el "culto de los grandes clásicos franceses", tanto en sus giros ideológicos como en sus gustos literarios pero quedó ajena y distante de las nuevas figuras de la literatura. Por ejemplo, Riva Agüero veía a Verlaine "nieto bastardo, plebeyo encanallado del ... aristócrata y seráfico Lamartine". Los prejuicios sociales primaban como es de apreciarse en los juicios literarios y eso mismo la privó de entender a grandes figuras contemporáneas como Proust, Gide y algunos otros notables representantes de las letras francesas contemporáneas.

Autor consistente y estimable literariamente fue sin duda Ventura García Calderón (1886-1959), como ágil e ilustrado cronista, reputado antólogo y crítico y fogoso polemista. Escribió con igual perfección las lenguas francesas y castellana. Como buen divulgador escribió por primera vez visiones panorámicas de la literatura peruana de 1870 a 1912 y de 1535 a 1914, sin considerar la parte referente a la literatura prehispánica y omitiendo, en lo demás, algunos autores como el entonces ya maduro José María Eguren y mostrando escaso rigor crítico y equívocos juicios en la consideración de otros autores. Fue una visión rápida y personal de la cual, sin embargo, recogieron sus aciertos de investigación otros futuros historiadores de la literatura peruana. No hay duda que dominó con excepciones, el conocimiento del caudal de la creación literaria peruana y así lo puso en evidencia al seleccionar y comentarla nuevamente, más de dos décadas después, cuando aparece su extensa antología Biblioteca de la Cultura Peruana en trece volúmenes (París, 1938). Esta obra, sin duda valiosa en su disposición y acopio material, contiene también notorias omisiones como los discursos y ensayos de Manuel González Prada, la prosa polémica de José Carlos Mariátegui y la poesía de Eguren y Vallejo.

Regularmente escribía narraciones cortas, cuentos tradicionales y sobre todo lo que mejor hacía, esto es, crónicas, en las que desenvolvía un espíritu alado, sutil, frívolo, en un castellano delicado y profesional. Como se había educado en Francia, donde transcurrieron gran parte de sus años de infancia y mocedad y toda su madurez, dominaba también un idioma francés alado, elegante y sutil al igual que su castellano materno. En ambas lenguas aparecieron la mayor parte de sus obras, dentro de un alto ritmo de producción poco común.

Desde el punto de vista comparatista, o sea como poseedor de una expresión literaria extraña, debe considerarse a Ventura García Calderón como un caso especial. No es propiamente el receptor sino el donante o dador del aliento francés, de la frase justa y elegante. Ha enriquecido con ello la prosa castellana y al mismo tiempo ha escrito en un impecable francés, tan excelente como su castellano materno. Pero en el mundo hispánico se le sentía extraño y aún más en el Perú, su tierra natural. Su capacidad y tenacidad creadoras eran indiscutibles pero siempre, en uno y otro lado -el francés o el castellano- se le sentía distante de uno y otro mundo lingüístico. No era, sin duda, el caso del ‘galicismo mental’ del nicaragüense Rubén Darío en cuya obra hubo asimilación más que entrega, en quien la lengua castellana y los temas y asuntos permanecieron fieles a la índole de esa lengua con lo cual el idioma castellano se enriquecía con el aliento creador y las posibilidades formales de la lengua adquirida.

Alguna vez André Malraux -que bien sabía lo que era escribir lejos del país natal- al ocuparse de la obra de Ventura, expresó lo siguiente:

"Este arte no se inserta en la historia. Las primeras obras de Kipling no se inscriben en la literatura inglesa al modo de las de Meredith, ni aun las de Conrad; ... las de Ventura García Calderón no se inscriben en la literatura española, ni tampoco en la literatura francesa, como las de uno de nuestros escritores. Su tono, pero no el ritmo de su relato, está a menudo más cerca de Barbey que nuestros contemporáneos. Un homenaje no es una crítica literaria y aquí hablo sólo de lo que amo. Pero creo que el romanticismo de García Calderón está mucho menos en el tiempo que en el espacio y en el alma". 2 

Sin duda Ventura idolatraba a Francia pero no llegaba a su médula, y también amaba al Perú entrañablemente pero sin entenderlo del todo, en su realidad contemporánea.

Recordamos con gratitud las páginas henchidas del deseo de mostrar la devoción por su país natal, como aquel ensayo escrito en sus maduros años, Vale un Perú (París, 1939) y como esas páginas de los trece volúmenes de su Biblioteca de la Cultura Peruana (París, 1938). También señalamos el hecho de que su último libro, dado a la imprenta meses antes de morir, se titulaba La vie est elle un songe? (París, Ed. Garnier Fréres, 1958), escrito en impecable francés, lucía con orgullo, en la contracarátula, la relación de todos sus libros escritos en lengua francesa que sumaban diecisiete títulos.

En estos dos extremos de sus predilecciones estaba siempre viviente la innegable vocación literaria de un escritor que, pese al talento y la voluntad, no logró ser representativo de las dos literaturas en las que volcó el dúplice fervor de su inquietud creadora.

2. José de la Riva Agüero

Es un deber de todo estudioso de nuestra historia reconocer la tarea inicial de José de la Riva Agüero como crítico y analista de la historiografía peruana, con obras capitales como La historia en el Perú y las hermosas estampas de sus Paisajes peruanos, escritos entre 1912 y 1915 y sólo publicados póstumamente en 1955. Es acto de justicia también detenerse en señalar su hazaña fundadora del examen de las letras peruanas del siglo XIX en una precoz tesis presentada en 1905, a los veinte años de edad, titulada Carácter de la literatura del Perú independiente y de otras exhaustivas monografías sobre grandes autores de la etapa virreinal. Su aptitud para trabajos de erudición ya nos dio su magistral discurso sobre Garcilaso Inca de la Vega, en la fecha memorable del tercer aniversario de su fallecimiento en 1616.

Pero su inicial ímpetu creador sufrió un transtorno radical a partir de su largo auto-exilio en Europa, entre 1920 y 1930 (durante el régimen político del Presidente Augusto B. Leguía), que marca algunas desafecciones y lagunas (debido a la actitud personal política), que alteraron los rumbos discordantes del criterio y de la sensibilidad, muy notorios en su fragmentaria obra posterior.

En el lapso de vida que siguió desde 1930 a 1944; cuando ocurrió su prematuro fallecimiento, a los 59 años, se apartó de sus iniciales impulsos formativos y de la ponderación inicial de los primeros trabajos. Fueron 14 años finales del resto de su vida, en los cuales alternó discursos de circunstancia con pronunciamientos políticos, que desmedraron el alto nivel de su obra anterior.

En esa etapa pretendió manifestar su predilección por la literatura de Francia al esbozar en 1935, un cuadro de la influencia francesa en el Perú (inserto en sus O.C., Tomo II) y luego al publicar un infortunado libro de crítica del fenómeno literario de Francia, titulado Estudios sobre literatura francesa (Lima, Editorial Lumen S.A., 1944. 164 pp.).

En aquel discurso de 1935, José de la Riva Agüero, trazó un esbozo del influjo de la literatura francesa sobre las letras peruanas desde el siglo XVII. Se refirió entonces a Pedro de Peralta, traductor del catecismo histórico del abate Claudio Fleury y de la tragedia La Rodoguna de Corneille. Menciona entre los viajeros, al geógrafo Feuilleé y el ingeniero Frézier. Menciona también al limeño Pablo de Olavide y sus traducciones de Racine, Voltaire y Sedaine y trata de sus relaciones con autores franceses de la época, al igual que José Baquíjano, lector acucioso de Montesquieu y Rousseau y cuyos ensayos salen a relucir escondidos en las páginas del Mercurio Peruano de 1791. Hace referencia como lecturas comunes a las de Fontenelle, Volney y Guizot y Chateaubriand y dentro del XIX, menciona el magisterio universitario de Pradier Foderé, en lo jurídico y económico de la realidad peruana. Vuelve a las tiendas de las ciencias sociales y menciona a Augusto Comte y a Le Bon, Renan y Taine. Así llega al siglo XX y termina con una breve y benévola referencia a Bergson y a Maritain.

Los Estudios sobre la literatura francesa (Lima, Ed. Lumen, 1943) adoptan al final otra orientación, pues el autor pretende al parecer expresar su admiración por los grandes autores de la literatura francesa desde sus orígenes hasta el primer tercio del siglo XX. Es en este último sector donde el juicio en sus exposiciones de épocas y autores, resulta insuficiente, pues se basan en críticas muy propias del siglo XIX, como las de Sainte-Beuve, Taine, Brunetiére y E. Faguet.

En los doce capítulos del libro mencionado domina un criterio historicista, ya superado dentro de la literatura de reflexión pertinente y se atiene a reproducir, sin mayor originalidad, las fuentes más conservadoras de la crítica francesa del XIX, pretendiendo hacer válidas esas fuentes en la primera mitad del siglo XX. Para entonces ya estaba en desuso tal forma de juzgar un panorama literario tan extenso y complejo.

En los capítulos anteriores no intenta Riva Agüero innovar alguna forma de análisis pues se satisface con repetir lo que dicen los comentaristas franceses más conservadores. En algunos capítulos recurre a apreciaciones acerca del uso de la versificación utilizada por Ronsard y Malherbe principalmente. No sale del método historicista y preceptista y sin mayor contenido vital se solaza en consideraciones de la historia externa galante y cortesana, en lo anecdótico y banal, sin profundizar en el análisis del estilo literario; ni en el estudio profundo y trascendente de esa poesía. De otro lado, no le interesan en lo menor figuras como Rabelais y Moliére, ni tampoco Voltaire como dramaturgo y narrador, que contemporáneamente son más atractivos y susceptibles de análisis dadas sus raíces universales y populares. La elección de obras y autores resulta deficiente y superficial sin especial enfoque estético.

Más adelante, en un desinformado y dogmático párrafo, llega a decir Riva Agüero:

"El simbolismo se cifró en el eco o repetición degenerada del movimiento romántico... desconoció la sintaxis y renunció a la significación y composición de la frase, en obsequio a la metáfora y al vano rumor de la palabra aislada. Termina destruyendo hasta la palabra, para no quedarse sino con la sílaba o el diptongo, en la idiota balbucencia del dadaísmo. No es posible caer más abajo. La locura furiosa se abate a ras del estupor cretino. Ni siquiera resta el incentivo de la dificultad vencida; no hay tarea más fácil que amontonar vocablos sin ilación, o que susciten imágenes fortuitas y deformes, como devaneos de indigenista pesadilla. No descubren sino la cobarde dimisión del juicio y la voluntad y la completa perturbación de la mente... Los más de los vanguardistas han prostituido el arte rebajándolo a insulsas bufonadas, a necias muecas de payaso."

En esta admonición quedan comprendidos Mallarmé y Valéry y todos los renovadores memorables de la actual lírica francesa, en el desesperado empeño de justificar una "reacción purificadora" cifrada en los superados esfuerzos de Samain, Moréas, Maurras, Regnier y Paul Fort, hasta cuyos límites llegaba, en 1944, la comprensión y la tolerancia de Riva Agüero, impermeable a toda la evolución literaria operada en el siglo XX. La fuerza del estilo decae inconteniblemente. Aquella prosa sustantiva y reposada de sus libros anteriores, se torna aglutinante y sin fuerza vital, reiterativa y yerta. El estilo se hace adjetival y pintoresco. En la persecución de los epítetos hirientes, las ideas fundamentales se debilitan y hasta desaparecen en la fronda de lo formal y arcaizante.

Llegando a los siglos XIX y XX con estas carencias y con criterio tan peculiar, sus puntos de vista se hacen más estrechos, pues denuncian claramente que sus lecturas no alcanzan ni en extensión ni en sensibilidad a autores ya consagrados hasta por lo más exigentes y retrógrados comentaristas.

Un informado y agudo crítico peruano de nuestros días, Aurelio Miro Quesada Sosa ha visto con claro y equilibrado juicio este flanco tan vulnerable y débil de Riva Agüero como comentarista del fenómeno literario contemporáneo:

"Al avanzar el siglo XX empieza a debilitarse, hay que decirlo, la seguridad crítica que hasta allí demostraba Riva Agüero. Generalmente por razones extraliterarias y por una firmeza doctrinaria respetabilísima en los campos ético o político pero perturbadora en el campo literario; su valoración de los escritores se oscurece o los reparos en esencia acertados se exageran con una acumulación de adjetivos contrarios".

Así sucede con Víctor Hugo, a quien ya había llamado "retórico estrepitoso" y al que ahora reprocha:

"su fondo.... paupérrimo, sus perogrullescas sentencias, sus antítesis maníacas, su cándida y vulgar filosofía política... su tan trasnochado anticlericalismo". Así ocurre también con Anatole France, al que tacha de "delicuescente" de "verduras de viejo", de "voluptuosidad lánguida y "mandarinismo". Entre los más notables representantes de las letras francesas del siglo XX, Riva Agüero critica a Marcel Proust, a André Gide, a Romain Rolland, llama a Paul Valéry "abstruso vate", como había encontrado "exorbitancias caliginosas y laberínticas" en el simbolismo mallarmeano; tacha a la rumano-francesa Condesa de Noailles por su "desenfreno pagano y báquico, el lirismo "estrambótico" de Jean Cocteau y de la "idiota balbucencia del dadaísmo." Nos conturba lo recargada y hasta lo denostador de los reproches, sobre todo cuando le escuchamos elogiar con exceso no sólo a escritores derechistas como Barres, Maurras o Massis, sino a quienes él llama, extrañamente, "las voces magistrales de los grandes ancianos Benoit y Bourget".* 

El acierto crítico de Aurelio Miró Quesada S. ha puesto los debidos límites a los párrafos tan desafortunados de Riva Agüero deformadores de la realidad literaria francesa del siglo XX por quien se jactaba de "amar a Francia" sin respetar sus valores culturales auténticos.

En los últimos años se empeño Riva Agüero, en un pintoresco combate contra los molinos de la modernidad y no cejó en ese inútil esfuerzo, salvo que se tratase de algún autor identificado -como conservador (Claudel)- pretendiendo así promover un proselitismo reaccionario. El cuadro que nos ofreció entonces respondía a una visión distorsionada de la cultura comtemporánea.


1 Véase el contenido de Tomás G. Escajadillo en Narradores peruanos del siglo XX, Lima, Edit. Lumen, 1994. Además, Raúl Estuardo Cornejo, López Albújar, narrador de América, Lima, 1968.

2 André Malraux, Homenaje a Ventura García Calderón, en la Revista Cielo Abierto, Lima, vol. VII. N° 20, 1962.

* A. Miro Quesada S., prólogo a O.C. de Riva Agüero, tomo III, Lima, Talleres Gráficos Villanueva, 1964. pp. XXIX y XXX.


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