La Aventura Imaginaria: Julio Verne Julio Verne no se apartó nunca físicamente del ámbito europeo. En verdad fue un viajero frustrado, pues desde sus años mozos, su padre cortó los proyectos aventureros del adolescente, impidiéndole un embarque clandestino para las Indias, es decir, al continente americano. La vida sólo le brindó después la oportunidad de viajar por el Mediterráneo y algo más en la zona nórdica de Europa, en una embarcación adquirida en los años en que su fama le permitió esa expansión. En lo demás, tuvo que contentarse con viajes imaginarios, leyendo un inmenso caudal de obras de este jaez, que le fue útil para lanzarse a escribir la serie de textos que tituló "Viajes extraordinarios". De tal suerte, Julio Verne hubo estudiado la materia de viajes de modo sistemático, desde su época de formación, la que como es sabido se prolongó hasta la edad de 35 años. Esos conocimientos generales sobre el viajar y los viajeros, adquirieron forma en cuatro copiosas obras, Los descubrimientos del Globo (hasta el siglo XVII), Los grandes navegantes del siglo XVIII, Los grandes viajes y los grandes viajeros, y Los grandes exploradores del siglo XIX, en donde todavía no se expande la fantasía que iba a ser habitual posteriormente en este autor y antes bien, campea en ellos un propósito didáctico, ameno y concreto de resumir en un cuerpo orgánico el proceso de los diversos esfuerzos humanos por completar el conocimiento de los más lejanos parajes del globo, tanto en el tiempo (antes y después de la era cristiana), como en el espacio, incluyendo regiones desconocidas, e incluso América y las zonas polares. Así es como Verne describió el proceso de la conquista española en América Central, en México y en América Meridional. Para la conquista de México contó con la ayuda de tres fuentes importantes: Bernal Díaz de Castillo, el jesuita Francisco Clavijero y el norteamericano William Prescott. Para la conquista del Perú sus informadores fueron sin duda (y las citas que hace así lo revelan), Garcilaso de la Vega Inca y Agustín de Zárate y, por añadidura, los modernos Robertson y Prescott, conspicuos historiadores. De los viajeros del siglo XVIII que llegaron al Perú, Verne conoció al detalle (lo que también se evidencia en las citas) la obra del explorador francés La Condamine y sus acompañantes, incluyendo desde luego a Jorge Juan y Antonio Ulloa y, de tiempos anteriores, los relatos de algunos corsarios como Dampier, Drake, Cavendish, Rodgers y Anson, que habían incursionado en la costa peruana, aunque no es muy seguro que los conociera de primera mano. Entre las obras generales cita Verne la Historia General de los Viajes del abate A.R. Prévost (París, 1746-89) y había asimilado además, los datos e informes científicos contenidos en algunas publicaciones descriptivas de Alejandro de Humbolt, y además múltiples relatos leídos en una famoso revista La tour du monde, de mediados del XIX. Para viajar imaginariamente debió nutrirse de esos relatos de periplos verdaderos que le fueron útiles para armar y construir sus grandes cuadros de lejanos países, situados dentro y fuera de su fantasía, por encima o por debajo de las entelequias tecnológicas por él creadas. A veces tales elementos no le fueron suficientes y para ilustrarlo está el caso de los falsos paisajes y cuadros de vida peruanos que imaginó Verne. Hay dos facetas en la obra novelística de Verne. La del "novelista de anticipación" y la del "novelista de aventuras". De la primera tenemos muestras valiosas en sus Veinte mil leguas de viaje submarino y De la tierra a la luna, que tanta actualidad han cobrado recientemente con el desarrollo de la ciencia moderna y el progreso tecnológico. Verne era el gran adelantado de las invenciones de nuestros días. De la segunda faceta son buena muestra Matías Sandorf y Miguel Strogoff. Lo son también La Jangada y Martín Paz, ambas novelas de aventuras en ambiente peruano. Mostró en ellas un interés sostenido por el ambiente americano en parte considerable de su voluminosa obra. Vacilante al comienzo y más seguro en sus posteriores años de madurez, Julio Verne (al igual que otros escritores de literatura trivial), contribuyó a afianzar una imagen más aproximada de lo que era el resto del mundo -incluso el latinoamericano- para los lectores europeos ávidos de completar el conocimiento de las distintas regiones del globo, entonces todavía en la segunda mitad del XIX no del todo transitadas. En ese siglo XIX, en que le toca vivir a Verne, lo "latinoamericano" empieza a tener vigencia diferenciada de lo que es América del Norte. A raíz de la independencia de las colonias españolas, los lectores europeos se interesan por las características y la suerte de las repúblicas recién emancipadas. Así se explica algo que llamaríamos "el boom" de la novela de aventuras y de viajes que corresponde a la época del advenimiento del interés del hombre por ilustrarse acerca de regiones lejanas o desconocidas, ya advertido desde la época del Iluminismo y del interés romántico por lo lejano en el espacio y lo perdido en la profundidad del tiempo. Se incrementan los grandes tirajes de libros de viajes y aventuras para la lectura del hombre común. El alemán Charles Sealsfield (seudónimo de Karl Postl, 1790-1864) toma el modelo del norteamericano Fenimore Cooper (1789-1851) y sigue la línea iniciada por éste en sus "leather-stockings tales", que difunde por toda Europa. En actitud semejante, otro alemán Federico Gerstaecker (1798-1870) radicado primero en la región del medioeste norteamericano (Arkansas), recorre la América Latina en varias oportunidades y escribe libros de viajes y aventuras y también novelas realistas (por lo menos 5 copiosas novelas) sobre la vida contemporánea de los nuevos países latinoamericanos (Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Venezuela). Con sus limitados recursos artísticos, tanto Verne como Postl y Gerstaecker, gracias a su ingenio y fecundidad, llevaron a los grandes públicos europeos imágenes de lo americano, no obstante la ligereza e inexactitud de que a veces adolecen. Julio Verne era, por esa parte, representativo de una doble apertura: hacia al espacio exterior, con sus novelas de aventuras en el mundo desconocido: el Asia, África y América, y hacia el tiempo que vendría, hacia el preocupante futuro, con sus novelas de anticipación, dictadas al ritmo de los programas acelerados de la ciencia en los años cruciales del siglo XIX. Dentro del espacio americano, el Perú había de ocupar, según veremos, algún lugar de importancia dentro de la exuberante obre del incansable y trivial narrador. El enorme éxito popular de sus ficciones novelescas, editados por el famoso editor Hetzel en Francia, desde mediados del XIX, irradiaba su vigencia fuera de las fronteras de su patria natal. En España, gracias a las ediciones múltiples de Saenz de Jubera, con atractivos grabados tomados de la publicación francesa o similares a ellas. A partir de la década de 1870 empezaron a difundirse en el Perú esas primeras versiones españolas de las novelas "científicas" de Julio Verne, acogidas sobre todo, debido a su alucinante sugestión, por jóvenes lectores. En nuestros días ese interés ha decrecido un tanto, dado que la ciencia y la teoría han superado ya en la realidad, y con creces, las creaciones imaginarias de Julio Verne. Su obra es hoy un cuerpo documental que puede enjuiciarse desde diversas perspectivas. La Novela Limeña Hacia América convergieron las más vivas inquietudes vernianas a todo lo largo de su producción y de su vida. Basta la enumeración de algunos de sus títulos para darse cuenta de su contenido: El soberbio Orinoco o Las fuentes del Orinoco, 1898, basada en la lectura del famoso relato del jesuita José Gumilla, titulado El Orinoco Ilustrado, y también al parecer en la Relation Historique del viaje de Alejandro de Humbolt, por el Nuevo Mundo, de donde provienen noticias y datos acerca del Orinoco y sus selvas, (como por ejemplo, la descripción de las anguilas eléctricas). En esta obra sobre el "soberbio" o "el orgulloso" gran río, presenta Verne, parte esencial del paisaje y la realidad socio-geográfica de Venezuela. El faro del fin del mundo se desenvuelve en los helados parajes argentinos de Tierra del Fuego; en Los hijos del capitán Grant gran parte de la acción incluye Chile y las pampas argentinas. En Un drama en México se ofrece una impresión del país entre Acapulco y la capital, en pleno siglo XIX. Finalmente, En el país de las pieles se desenvuelve la acción en tierras de Alaska. En lo que respecta al Perú, hay obras de Verne en las que se intenta la reconstrucción paisajística y sociológica del XIX, esto es, Martín Paz (1852), ingenua y banal historia de amor, en donde aparece Lima, la ciudad de los Reyes, y su leyenda de ciudad sugestiva y evocadora, y La Jangada (1890), en la que se suman por igual impulsos propios y ajenas experiencias en la región amazónica, que abarca el Perú y también el Brasil. Martín Paz es una novela corta de Verne que corresponde a la época de su iniciación literaria producida antes de ganar el prestigio que le dieron más tarde sus relatos de imaginación planetaria y futurista. A pesar de que Verne fue un impenitente lector de obras de geografía y aventura, da la impresión de que, por la época de su concepción de Martín Paz (1852), no era todavía muy firme la información de la cual disponía sobre el Perú y zonas aledañas de América. Parece que sus datos se complementaron sobre todo con alguna importante observación visual sobre dibujos y acuarelas costumbristas de un excelente dibujante y pintor peruano -Ignacio Merino-, reproducidas en la Revista Musée des familles entre julio y agosto de 1852. También en el parisience periódico le tour du monde, se habían estampado unos bocetos a pluma de Max Radiguet, anteriores a sus propios relatos de viaje, relatos que sólo aparecieron separadamente en Revue des Deux Mondes, dentro de la década del 40. Los dibujos de Merino reproducían notas típicas como siluetas femeninas de "tapadas", escenas del baile limeño "la zamacueca" (que pasó a Chile como "cueca" y a la Argentina como "zamba") y la fiesta popular de "los Amancaes", en un suburbio de Lima. Martín Paz enlaza una intriga amorosa en la Lima de 1830, gobernada por Gamarra (Gambarra en la ortografía de Verne) con una sublevación de "indios" que estalla el día de la fiesta de los Amancaes. Lima es una ciudad del trópico con jardines exuberantes. En sus cercanías, Chorrillos es un lugar de veraneo con una casa de juego, propiedad de un judío todopoderoso; y un mar tibio y tranquilo. En la imaginación del autor, el sol se pone a otro lado de la cordillera de los Andes, en tanto que el mar de Chorrillos está infestado de tiburones. El argumento concluye con una fuga espectacular del protagonista a través de los Andes "donde crecían los cocoteros y los pinos", hacia las selvas vírgenes del río Madeira, poblado de caimanes, en medio de los cuales logra localizar a su prometida en poder de los "indios". Los amantes se encuentran para afrontar de inmediato la muerte enlazados, envueltos en los torbellinos de una catarata. Todo es inverosímil en la trama, muy elemental e ingenuo por lo demás. Unos pocos datos o noticias, tomados apresuradamente de relatos de viajeros, sirven para urdir un imaginario escenario elaborado mirando alegremente los mapas, sin noción de las escalas, con desconocimiento de las condiciones de la naturaleza, de las circunstancias sociales imperantes y de la verdad histórica. Así fue de feble y candoroso el estreno de Verne en la literatura, antes de encontrar la veta que lo conduciría a la fama coetánea y también póstuma con sus obras memorables posteriores. Se ha intentado ya establecer el cuadro de las fuentes que sirvieron a Verne para crear sus novelas de anticipación, destinadas al gran público, dentro de la abundante bibliografía existente desde el siglo XVII y XVIII, cuando prosperó el auge del tema de las utopías y del exotismo racionalista. Pero en la otra faceta de su producción, o sea en la de viajes de aventura en tierras desconocidas y remotas, poco se ha rastreado, sobre todo en lo que a fuentes americanas se refiere. Es innegable que Verne, como lector impenitente, extrajo estímulos para su febril imaginación de un caudal de relatos de viaje, aunque pocas veces hizo cita puntual dentro de las narraciones utilizadas con más o menos fortuna. Esos relatos de viaje alcanzaron extraordinaria difusión precisamente en los días de Verne, en volúmenes diversos y asimismo en revistas francesas de gran difusión, como Le tour du monde y Musée des familles, en las cuales Verne se inició como autor de "nouvelles", novelas cortas de folletín. Las fuentes utilizadas en Martín Paz se pueden fácilmente identificar, dejando aparte el material gráfico, apesar de que los datos o noticias se han tomado e interpretado en forma ligera o superficial. El nombre del protagonista es el mismo que correspondía a uno de los conquistadores que pasaron la raya al lado de Francisco Pizarro en la isla del Gallo. Lo sugirió probablemente algún relato de la conquista del Perú, utilizado para su libro Los descubrimientos del globo, en donde narra los pormenores de ese memorable episodio. Más clara resulta la identificación de unos relatos contemporáneos que Verne había de leer con especial interés en la Revue des deux Mondes a partir de 1846, escritos por un marino y dibujante francés, Max Radiguet que años antes había residido durante muchos meses en Lima y otras ciudades del litoral del Perú, cuando formaba parte de la tripulación de "La reine Blanche", barco de la armada de su país destacado en Pacífico. Tiempo después, en 1856, esos relatos se incorporarían a un libro titulado Souvenirs de LAmérique Espagnole (París, M. Levy, 1856) en donde recoge impresiones de Brasil, Chile y Perú, o más estrictamente, Río de Janeiro, Valparaíso y Santiago y luego Callao y Lima. Sus impresiones corresponden a la Lima de 1843, muy próxima a los años de mando del General Agustín Gamarra, cuyo gobierno terminó en 1841. También allí, en Souvenirs... , están trazados apuntes literarios sobre costumbres populares, las fiestas como la de Amancaes, la imagen de la mujer limeña, símbolo del atractivo y del eterno femenino, los altibajos de la política reinante, la descripción de la arquitectura de la ciudad y algunas semblanzas humanas representativas. Aquel complejo humano captado a medias por Verne, iba a desenvolverse en un espacio geográfico imaginado por él con cierta arbitrariedad, en un nivel elemental de generalidades uniformes, sin noción exacta del papel que cumplen la cordillera andina, los vientos alisios y las corrientes marinas sobre el clima de estas regiones. La Novela Amazónica Después de unos desafortunados intentos de fungir como autor teatral, Verne inició su actividad como narrador, con dos novelas de folletín, dedicadas una al Perú y la otra a México. Se titulaba Martín Paz y Un drama en México. Apuntaremos suplemen-tariamente que dichos relatos mencionados no tienen nada de anticipación ni de tema científico. Son narraciones de pluma aún inexperta, sin mayor originalidad, al modo romántico-aventurero que se estilaba por los novelistas de la época, Eugenio Sué y Alejandro Dumas. Verne vivía en pleno auge de la novela folletinesca o por "entregas", que satisfacía la sed de lectura recreativa de los suscriptores de los grandes diarios franceses. Las mencionadas obras señalan la etapa inicial de Verne, cuando todavía no había encontrado el filón de su buen suceso o sea la aplicación de los descubrimientos científicos de la época positivista en que le tocó vivir, a situaciones imaginarias ubicadas en lo futuro. En Martín Paz y en Un drama en México se mantenía todavía el autor en la línea de las aventuras de intensa acción y con el episodio romántico. Pero ya se podía advertir el impacto de las lecturas que entonces lo obsedían: los relatos de viajes a regiones remotas, las hazañas de los grandes exploradores tanto en el pasado como en recientes tiempos. Pasados esos años de previo acopio de lecturas, habían de surgir novelas más logradas, que le darían la nombradía por su original concepción y el ancho vuelo de su rica imaginación. Surgen así, en el curso de la segunda mitad del siglo XIX, las novelas que lo llevarían a la fama como De la tierra a la Luna y 20 mil leguas de viaje submarino y tantas otras más que sería ocioso enumerar. Entre ellas se encuentra su novela "amazónica" La Jangada, narración subtitulada "800 leguas por el río de las Amazonas", la cual corresponde a la época de madurez del autor. Publicada alrededor de 1890, es uno de los últimos relatos salidos de la pluma de Verne. La separa un lapso de casi 40 años de la obra inicial Martín Paz. Se advierte en ella superior destreza narrativa y una información más estricta. Verne ha ido ganando en versación geográfica y costumbrista, al parecer, a fines de siglo, sus lecturas de viajeros y de literatura extranjera, alcanzaron niveles más significativos. La trama es simple: el viaje de un afortunado comerciante de Iquitos en compañía de toda su familia y allegados y algún amigo sincero y otro desleal, hasta Manaos y Pará. La Jangada - 800 leguas por el río de las Amazonas relata , en detalle, la travesía de la parte más importante del gran río, entre Iquitos y Belem do Pará, a bordo de la enorme balsa o "jangada", que era un "aparato maravilloso" según el decir de Verne, casa o tren flotante o "almadía con las dimensiones de un islote", construida a todo "confort" y que hasta lucía capilla con campanario, en la que embarcó el numeroso conjunto formado por los protagonistas de la acción. Estos personajes alternan la contemplación de los paisajes que van recorriendo con el hilo del asunto consistente en demostrar la inocencia de un acusado de asesinato, mediante el desciframiento de un documento en clave. Simultáneamente se generan abordo dos idilios románticos. La gran embarcación o "jangada" había sido construida en una playa extensa, en la misma confluencia del Amazonas y el Nanay, a inmediaciones de Iquitos, constituye en la novela una estructura de dos niveles: o sea la acción que desenvuelven los personajes al mismo tiempo que las estaciones de un viaje pintoresco. Las escalas, después de salir de Iquitos (el 5 de junio de 1852), río abajo, con destino a Belem, Pará, "a ochocientas leguas de aquella pequeña aldea peruana", fueron Nuevo Orán, la isla Mango, en la desembocadura del río Napo, Bellavista y alternando el rumbo por las orillas derecha e izquierda de tal suerte, los protagonistas arribaron a Pebas (el 11 de junio). Cinco días más tarde tocaron en la aldea de Moromoros. el 17 de junio pasaron por Caballo-cocha y el 20 del mismo mes, se tomó contacto con el pueblo de Loreto, "la última población peruana en la orilla izquierda". Encuentran y bordean innumerables islas como la de Jahuma y pasan frente a varias desembocaduras de afluentes como el Cajaru. Avistan la isla de Ronda, que marcaba la frontera entre Perú y Brasil. El 25 de junio, los viajeros se detienen en Tabatinga, primera ciudad brasileña, pasan el Yavary, San Pablo, el Putumayo (el 8 de julio), Fonteboa (el 18), el Juruá (el 19), Teffé (el 25), Yapurá (el 27), el Purús (el 14 de agosto), el Río Negro (el 23), y arriban a Manaos (el 25), ciudad en que se desenvuelve el nudo principal de la acción durante varias semanas. Prosiguen la navegación el 22 de setiembre, pasan la desembocadura del Madeira, Tapajós, Xingú, isla y barra da Marajú, Tocatins y por fin Santa María de Belem (el 15 de octubre), "cuatro meses y medio después de haber abandonado "la hacienda de Iquitos".... ¿El gran río era "como un lazo de comunicación, que no debía romperse, entre Iquitos y Belem, o en otras palabras, entre Perú y Brasil? Hay un recurso especial de suspenso: la existencia de un documento escrito en clave. Verne confiesa que este recurso es tomado de "El escarabajo de oro" célebre cuento enigmático de Edgar Allan Poe, que el autor conocía probablemente a través de la versión francesa de Charles Baudelaire. De su desciframiento oportuno dependerá la vida del principal protagonista: Juan Garral o Juan Dacosta, el rico mercader de Iquitos, erróneamente acusado de un asesinato. Llegados los viajeros a Pará, la gran balsa debe ser desintegrada y vendida su estructura y su carga. Su enorme peso no permitiría el viaje "de surcado". La familia Garral encontrará a sus parientes portugueses y uno de los compañeros de viaje, el médico peruano Manuel Valdés, casado ya con la hija preferida de Garral, volverá a Iquitos con su esposa. El "Happy end" es enternecedor, como correspondía a una novela destinada al gran público. Su valor característico se encuentra en la descripción bastante lograda del paisaje -aunque no libre de errores- y el ambiente marginal de gran río, trazado con lujo de detalles y precisiones botánicas y ecológicas de inusitada presencia. Una necesaria indagación de las fuentes utilizadas que más adelante intentaremos, nos dará la clave para juzgar la real o dudosa originalidad del autor. La Jangada fue obra de madurez que demuestra habilidad narrativa, ingenio y lucidez para engarzar la acción romántica con el relato de aventuras. Corresponde al sector de las novelas de Verne mejor logradas, con pleno conocimiento de las particularidades de la región elegida como escenario, y buen acopio de datos referentes a las costumbres, usos, fauna y flora características. ¿De dónde extrajo Verne estos datos y elementos tan varios? ¿Cuáles fueron sus fuentes geográficas, antropológicas y naturalistas, e histórico-sociales? él mismo se encarga de revelarlas en un párrafo significativo que debemos transcribir por su proyección bibliográfica:
Las citas de autores a lo largo de las páginas de La Jangada demuestran un bagaje informativo considerable en materia amazónica según se evidencia en los mapas que acompañan el texto, así como en la extensa enumeración de antecedentes consignada en el capítulo V de la obra. Allí se señalan, a partir de Orellana en el XVI, a los navegantes de su curso, Texeira, La Condamine y Humboldt, hasta Lister Maw (1827), Smyth y Lowe en 1835, "el brasileño Valdés" en 1840, el francés Paul Marcoy en 1848-1860, Blard, (1858), Agassiz en 1865-66 y el médico Julex Crevaux (1879) pero no hay cita expresa de Castelnau. Estas serían simples referencias pero no evidencias concretas de lecturas de los respectivos relatos. No obstante el texto pondrá en claro como fuentes principales, las obras de La Condamine, la de Valdés y la de Paul Marcoy. Podemos así establecer, haciendo una atenta apreciación de las citas en el texto, que las fuentes de Verne para confeccionar La Jangada fueron fundamentalmente tres, a saber:
Verne no podía haber ignorado el relato de La Condamine no sólo por tratar del mismo asunto que su novela, sino por haber tenido una resonancia editorial enorme en la segunda mitad del siglo XVIII y aún a comienzos del XIX, gracias al perfil romántico de las tribulaciones, sufrimientos e incidencias trágicas de los expedicionarios que acompañaron a La Condamine en su misión científica, encomendada por la Academia de Ciencias de Francia para medir el arco del meridiano terrestre a la altura de la línea ecuatorial, en las vecindades de Quito. Sabido es que uno de ellos murió en el curso del viaje, otro fue linchado en Cuenca, otro enfermó gravemente y el jefe padeció toda su vida restante los estragos del viaje en su salud. Las ediciones del relato de La Condamine traen adicionada una carta de su compañero Jean Godin des Odonais, en que narra con tono conmovedor la extraña aventura de su esposa, Madame Isabel Godin, en un fabuloso y trágico viaje que duró 20 años, desde Quito, por el Napo y el Amazonas, hasta Guayana, para encontrar el paradero de su esposo. Por supuesto, alguien en la novela de Verne (y nada menos que el personaje peruano Manuel Valdés) comenzó el relato de la emocionante aventura:
Y cuenta la triste y sentimental historia romántica de madame Godin, quien perdida en las selvas del Pastaza, después de haber presenciado la muerte de sus hijos y acompañantes, se empeñó de reunirse con su esposo Jean Godin, de quien estaba incomunicada por un lapso de 20 años. Esa fantasiosa historia que exaltaba la entrega de una mujer heroica, digna de la pluma emotiva de Chateaubriand, tuvo en Francia resonancia extraordinaria a raíz de su primera publicación en el Magazin pittoresque, en 1854. La otra descripción directa utilizada parece ser la obra de Paul Marcoy (seudónimo de Saint Criq), extenso relato de viaje de un océano a otro, desde Islay, por Arequipa, Cuzco y luego el Urubamba, el Ucayali, hasta desembocar en el Amazonas y seguir sus aguas a través de territorio peruano y brasileño hasta Pará. Hermosa descripción en dos volúmenes que hasta hoy por desgracia no ha merecido versión al castellano. Raúl Porras Barrenechea dijo alguna vez que Marcoy tiene "el tono romancesco de las novelas de Verne"2), pero no puede dejarse de anotar que Marcoy escribió muchos años antes que Verne y que más bien éste recibió la influencia o el impacto de los relatos de aquél. Marcoy impresionó además al gran público con sus asiduas colaboraciones de textos e ilustraciones aparecidas en revistas francesas, como Le tour du monde, desde la década del 50, las cuales no habría dejado de captar Verne y muchos contemporáneos, entre ellos Alejandro Dumas, autor de Un Pays inconnu. (1865) En tanto que La Jangada data de 1890, el relato completo de viaje de Marcoy se publicó en 1869. Si se atiende a las características de trazos y de sensibilidad, Verne pudo encontrar al parecer la fuente más afín a sus propósitos en la obra de Marcoy. Poniendo al revés la frase de Porras, podríamos afirmar que la novela de Verne tiene el aire o tono romancesco de los relatos de Marcoy. De él provienen, las apuntaciones, más sugestivas que exactas, de flora y fauna amazónica que adornan el trayecto, de él también proceden la impresión del paisaje total con el abigarramiento del trópico y la atmósfera tropical. En 1890 es de suponer que Marcoy ya había muerto, pues había nacido probablemente antes de 1820. Sabemos que vivía ya en el Perú cuando Castelnau lo encontró alrededor de 1843 en la selva del Cuzco. Verne resulta en muchos pasajes un diligente transcriptor de Marcoy, no obstante, que sólo lo cita en un par de pasajes, que transcribimos:
("La Jangada", ed. cit., II, p. 10).
Pero Verne debe a Marcoy, sin tomarse la molestia de seguir citándolo, gran parte de la información restante acerca del curso del Amazonas que éste registra ordenada y minuciosamente. Una confrontación detenida del texto revela que el novelista debe al valioso viajero casi todo lo que describe de paisaje y de costumbres nativas. El viaje del Cuzco a Perú, de José Manuel Valdés y Palacios, era un libro ignorado hasta hace 30 años. Lo descubrió gracias a una vaga referencia de Mariano Felipe Paz Soldán en su Biblioteca Peruana, Raúl Porras Barrenechea, quien logró ubicar un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. El relato estaba escrito en portugués (y en ese idioma debió leerlo Verne) Porras lo comentó en un admirable trabajo de síntesis y apreciación crítica originalmente publicado en El Comercio, de Lima, en 1950. Posteriormente en el estudio preliminar a los Paisajes peruanos de José de la Riva Agüero (Lima, 1955) Porras proclama a Valdés "el primer viajero romántico peruano" y "el descubridor del paisaje de la selva," casi ignorado en la literatura peruana hasta ese momento. Años después, en 1971, pudimos nosotros hacerlo traducir contando con la entusiasta colaboración de Raúl María Pereira y editarlo dentro de la serie de viajeros que iniciamos en la Biblioteca Nacional del Perú (en la cual llegaron a publicarse también entre otros libros, las relaciones de viajes de Radiguet, Gerstaecker, Flora Tristán, Juan de Ahona, etc.)3 Porras en su estudio se detiene en perfilar la personalidad de Valdés y Palacios, como cuzqueño vinculado familiarmente al autor del Ollantay, don Antonio Valdés, y a don José Palacios, el editor del periódico Museo Erudito del Cuzco y a explicar las causas de viaje o sea su salida del Cuzco, en su condición de vivanquista, huyendo de la persecución del general San Román en 1843. La soldadesca había asaltado y saqueado su casa y confiscado sus bienes y la persecución lo alcanza en sus posesiones de Urubamba en donde no encuentra refugio seguro. No le queda al perseguido otra solución que emprender la ruta del interior del país, en pos de la frontera con el Brasil. Atraviesa las estribaciones de los Andes orientales y por Santa Ana y Cocabambilla, se interna en la jungla y navega por el Vilcamayo, el Ene y el Ucayali en balsa y llega finalmente a la confluencia del Amazonas. Baja por este río en largas jornadas, en las que la nostalgia y la tristeza del desterrado sólo encuentran sosiego y consolación en la contemplación de la naturaleza virgen o en la meditación sobre las condiciones de vida del habitante de esas regiones, "el hombre de la creación", evocando sus lecturas de Chateaubriand o de Rousseau, "cuyas costumbres en vano se esforzarán en indagar los filósofos en el silencio de sus gabinetes". José Manuel Valdés y Palacios que no olvida de anteponer a su nombre el "doctor" que acredita su formación universitaria, habría hecho sus años de aprendizaje en París, en la década de 1830, como tantos otros románticos por ejemplo Noboa, o después Luis B. Cisneros, José Casimiro Ulloa, Clemente Althaus, Pedro y José Gálvez, su estilo demencial estirpe lamartiniana y huguesca, salpicado de galicismo y giros extraños a la lengua castellana, y las comparaciones del paisaje europeo con el americano. Julio Verne se refiere a este relato de aliento romántico cuando cita en La Jangada, el viaje "del brasileño Valdés en 1840". Lo tomaba por brasileño por el hecho de haber hallado su relato en portugués o por alguna confusión inexplicable. Que el itinerario de Valdés impactó fuertemente al escritor francés, lo prueba el hecho de haber incorporado como personaje principal de su novela a Manuel Valdés "joven médico de fisonomía distinguida y de cierta arrogancia natural". Así resultó Valdés jugando el papel de galeno en una obra de ficción. De otro lado, el mencionado relato amazónico enriqueció al parecer la información obtenida por Verne para sus descripciones de paisajes y habitantes del gran río, a lo largo de la novela. De la obra de Valdés y Palacios no se conoce hasta hoy sino la relación de la primera etapa del viaje, o sea hasta "el último lugar civilizado del Cuzco por el este", la región de Cocabambilla antes de encontrar el Ucayali. Hay sospecha de que la relación abarcaba el viaje completo desde el Cuzco a Belén en el Gran Pará, por los ríos Vilcomayo, Ucayali y Amazonas", como reza el título de la obra. Además, en el prólogo de su libro, de personajé Valdés afirma "yo viajé por toda la región de las diferentes tribus de salvajes que habitaban a lo largo del Vilcomayo y Ucayali, siendo el primero en visitarlos". En consecuencia, el relato conocido de Valdes, publicado en fascículos, estaría trunco, pues existe la presunción fundada al texto de que continuaba hasta Pará. Se puede colegir por la referencia de Julio Verne que éste pudo conocer el relato completo, tan acertadamente aprovechado en su novela. Lástima que todavía no haya podido ser encontrado en su integridad, por los investigadores que han rastreado en bibliotecas americanas o europeas. Verne sería el dueño del secreto y así resultaría el más afortunado lector del escritor peruano José Manuel Valdés y Palacios.
1 Parte II, de La Jangada, edición española de Madrid, Saenz de Jubera, Hermanos, s.f., p.14. 2 R. Porras B., El paisaje peruano, Lima, 1955, p. 46. 3 José Manuel Valdés y Palacios, Viaje del Cuzco a Belén en el Gran Para por los ríos amazónicos, con prólogo de Estuardo Nuñez, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1971, 106 pp. |