XII

 

La Insólita Reforma de la Poética Francesa: Rocca de Vergalo

Se publicó en Lima un libro de versos en francés titulado Les Méridionales - Poesies péruviennes de Nicanor della Rocca de Vergalo (impreso en Lima, Imprenta de El Comercio, administrado por J. R. Sánchez, 1871, 62 págs.) Este pequeño libro es probablemente una de las primeras ediciones peruanas en lengua francesa, y apareció casí simultáneamente con otra obra del mismo autor, La Mort d’Atahualpa, tragedia en 3 actos, también impresa en Lima, el mismo año, en francés. Ambos volúmenes constituyen las obras primigenias de Rocca de Vergalo, discutido autor peruano-francés. (Lima, 1846- Oran, Argelia 1919).

Su obra singular y extraña, enriquece la bibliografía del romanticismo peruano y latinoamericano. Cabe agregar que el autor fue casi desconocido o ignorado por sus compañeros de generación.

Para fijar la importancia de las referidas ediciones de Rocca de Vergalo, conviene ubicarlas dentro del contexto de su restante producción y en relación con las circunstancias de la vida atormentada y azarosa del autor.

Nicanor della Rocca de Vergalo sólo vivió en el Perú en dos etapas: la primera desde su nacimiento en Lima el 10 de enero de 1846 hasta 1856 cuando viajó para seguir estudios en un liceo de París y la segunda, desde su regreso de Francia, entre 1864 hasta 1873 cuando volvió a París. En este segundo lapso en el extranjero vive alternadamente como exiliado, como diplomático, y finalmente sin cargo oficial; en precarias condiciones, en París y en Argelia hasta su muerte ocurrida en Oran, en 1919.

En 1864, al final de sus estudios, trajo de Francia al Perú el amor por todo lo francés y el deslumbramiento por la poesía. Escribe y publica sus primeras poesías de clara filiación romántica, en lengua francesa, Sus autores preferidos son Hugo y Lamartine. A los 18 años se casa en Lima, pero el matrimonio dura poco y las inquietudes juveniles se desbordan en su reclutamiento en las milicias movilizadas durante la guerra con España entre 1865 a 1866. Finalmente se entrega a las luchas de política interna y al periodismo en un diario de importancia como El Nacional de Lima, donde publica poesías. El cambio de gobierno en 1872, lo afecta personalmente hasta que logra ser nombrado como secretario de legación del Perú en París, en 1973. La holgura económica que le depara el cargo le permite publicar sus libros de poesía en 1877, 1879, 1880, pero el estado de guerra en el Perú, impone la supresión del cargo diplomático y el comienzo de la crisis económica que lo agobia en sus últimos años, en que sobrevive a costa de eventuales ingresos como colaborador de periódicos y profesor particular.

Son evidentes sus vinculaciones que sostuvo con los autores más notables de la literatura francesa de la época. Frecuenta los cafés de la bohemia literaria y algunas tertulias. Empieza a exponer sus ideas de innovador de la poética y de la ortografía de la lengua francesa.

De otro lado, se aproxima espiritualmente al país natal y ensaya una temática peruana en sus versos franceses. Identificado a su manera, con el sentimiento indígena, escribe en 1878, "yaravíes" a lo Mariano Melgar, en francés. Amigos literarios franceses elevan entonces al Congreso Peruano el pedido de una pensión acorde con sus antecedentes, u otro subsidio cualquiera, basados en la situación precaria del poeta, la falta de trabajo remunerativo y las exigencias impostergables de un hijo de corta edad. Firmaban el pedido, entre otros, Edmundo About, Teodoro de Banville, José María de Heredia, Alejandro Dumas, hijo, Cátulo Mendés, Alfonso Daudet, Sully Prudhomme, Stéphane Mallarmé, Leconte de Lisle, Francisco Coppée, Jules Claretie, A. Lemerre y Víctor Hugo. Meses antes, en diciembre de 1878, había dedicado al mismo Congreso, las estrofas de su nueva obra Le livre des Incas (París, Alphonse Lemerre, Ed., 1879). La petición habría llegado en la peor época posible: pues acababa de estallar la guerra entre el Perú y Chile y el momento era crítico. La solicitud al Congreso de 1879 hubo de ser reiterada casi con las mismas ilustres firmas a los gobiernos de Cáceres (1886) y de Piérola (1896), lo cual señala que ninguna petición tuvo el esperado buen éxito.

El romanticismo tramontaba en Francia. Desde 1866 se habían reunido en torno del editor Lemerre, el mismo que publica las obras de della Rocca, un grupo de poetas franceses que escriben la revista-antología El Parnaso contemporáneo. El grupo deviene una escuela literaria nueva, "la parnasiana", seguidora de los románticos aunque aparentemente contrapuesta. Los ‘parnasianos" admiraban en Hugo y en Vigny la fuerza vital, el vigor de la inspiración, pero detestaban a Musset y Lamartine por su confidencialismo y exceso de fronda sentimental. Los "parnasianos" acentúan la faz intelectualista y erudita de la poesía. Inciden en el realismo valiéndose de la observación y el análisis. Los distiguen el culto de la forma, el respeto de la prosodia tradicional y el amor a la belleza plástica. Proclamen un anhelo de selección y de apartamiento de lo vulgar. Constituyen el puente de tránsito entre el idealismo romántico y el abstraccionismo simbolista, la vía que conduce de Lamartine a Verlaine.

Por esa época, conoce a Rocca de Vergalo, un poeta simbolista, Gustave Kahn, notable exponente de la nueva escuela, quien ha dejado una semblanza vivida y valiosa del poeta peruano:

"Pequeño, muy delgado, nervioso, de cabellos negros brillantes, escasos en la coronilla, aguileño, tostado, parecía encarnar la miseria estoicamente soportada ... Parecía hundirse en la mayor miseria. La copa de su sombrero que era su tocado permanente, tomaba unos tonos de acero, el sobretodo se deterioraba ... El aspecto donquijotesco de Vergalo, una dulzura singular de los ojos, un carácter muy notorio de modestia dolorosa, me impresionaron".

(G. Kahn, "R. de V. y su ambiente"

En Fénix, Lima, Nº 20, pp. 187-188)

En aquel medio y con ese círculo, actúa Rocca de Vergalo cuando publica Le livre des Incas a fines de 1878. Más él no se detuvo solamente en desdeñar la efusión romántica a lo Musset o Lamartine, pues perfila entonces su afán renovador. El apasionado innovador no vacila en comprometer su posición personal consistente en lograr un anhelo de gloria y perduración. Se explica así su reacción contra aquellos parnasianos, a raíz de la publicación de su libro La poetique nouvelle, en 1880. Despojado de la sensiblería pretérita, escribe un libro revolucionario que significa la innovación radical de la poética francesa. El nuevo libro constituye una proclama encendida:

"Yo soy un poeta innovador -dice- ¿Por qué? Porque no voy a imitar a persona alguna. Soy un temperamento y aportó un método ... Yo realizo una poética nueva, una prosodia nueva, un coup d’art, una reforma, una revolución".

No se conforma con anunciar sus planes. Pretende atraer a la juventud, educar una generación e inculcarle sus principios atrevidos. "A mi, los jóvenes -A mi, los fuertes. -A mi, los bravos", exclama en el paroxismo del entusiasmo y acaso algunos jóvenes oyen el llamamiento.

Contra él, contra el exótico extranjero que se atreve a innovar la poética francesa, estalla la indignación conservadora. Sus reformas no significan -bueno es advertirlo- algo trascendental. La inquietud que Rocca contribuye a despertar, dará luego frutos, al cabo de algunos años, con Verlaine, más atrevidos y audaces. Sus innovaciones no son desquisiadoras, mas provienen de un extranjero. Y eso es bastante para justificar la reacción. Las saetas empiezan a herirlo no por aventurado sino por no ser francés. Y surge el vituperio: "es un comunista que debe ser repatriado". Hay una voz más procaz aún que exclama "¡ Peruano salvaje!". El escándalo literario adquiere entonces resonancia. Pero al cabo, cubre al innovador el silencio premeditado. El mismo se aleja de las lides y de los círculos intelectuales. La mente del hombre abrumado por la injusticia empieza a flaquear. La "poesía vergaliana" vendrá a ser en él una monomanía. La miseria que lo acosa ahora más que antes, agrava su estado. Busca el alejamiento del medio hostil o incomprensivo. Emprende como Rimbaud, la ruta del Africa, que es la ruta de los desilusionados de la literatura. Antes ha recorrido las provincias francesas y ahora lo acogen tierras extrañas como las Canarias (1896), luego El Cairo y Alejandría (1905). Desde 1898 a 1908 ha residido con intermitencias en Marsella, al sur de Francia, y en Argelia, en el norte del África. Hasta corre la falsa noticia de su muerte. Jean Moréas intenta hacer justicia póstuma, ignorando que el presunto muerto vive todavía. En pleno hervor simbolista, cuando las innovaciones de Vergalo estaban ya superadas, Moréas escribe:

"primero que nadie concibió ciertas innovaciones".

Pero aunque no ha muerto el hombre; ya la mente no sigue el hilo de las cosas del mundo. El colapso se avecina y el tiempo trascurre. Un día de diciembre de 1919, el parte diario del hospital de Orán, en Argelia, informa que ha muerto "le commandant N.A. de Vergalo". Esta vez el dato es auténtico. El cónsul del Perú certifica la noticia ...

Estimativa de su obra

Requiere algunas apreciaciones la estimativa de su obra. Sus primeros versos, como ya hemos dicho, fueron recogidos en Les méridionales (poésies péruviennes par Nicanor della Rocca. Lima, Imprimerie du "Comerce", 1871.) Corresponden a la etapa en que el espíritu de Rocca de Vergalo gravita entre dos pasiones: la amorosa y la patriótica. Escribe en francés y en castellano. Su dominio de la versificación gala es completo. Sigue a Hugo, a Musset y a Lamartine, a Delavigne, a Arnault, en la inspiración. Admira desorbitadamente a Espronceda, al igual todos los románticos hispanoamericanos. Todavía anda ligado a la temática extraña, aunque ya consigna poesías alusivas al país natal como la titulada "A la ville d’ Arequipa":

Toi qui sais tot ou tord punir le vil tyran

Qui donne á l’étranger le sol de la Patrie;

Admirable cité de mille Cids remplie

Qui savent expirer pour remplir un serment!

(Les meridionales)

Libro desigual y confuso, los tópicos que registra acusan disimilitud extrema: inserta sus esperanzas y amores, canta las glorias nacionales y el dolor personal.

El tenebrismo y lo macabro invaden también la mayor parte de sus poemas: la muerte del padre y otros parientes y amigos (como el pintor Francisco Laso), víctimas de la fiebre amarilla en Lima, la meditación en el cementerio de esta ciudad, un poco para sentirse el poeta desdichado. Otra peculiaridad es la exaltación patriótica, incrementada y estímulada por las circunstancias del momento político tenso que vive el país entre 1865 y 1866, ante la aproximación de una escuadra española que intenta restablecer el dominio español en las naciones libres del Pacífico sudamericano. Como miembro del ejército nacional, Rocca de Vergalo escribe desde "la fortaleza del Callao". Pero también mueve su sensibilidad poética más íntima la caída de Francia frente al invasor prusiano y la capitulación de París en junio de 1871. Otro aspecto de su poesía de esa época, lo constituye su abominación de los tiranos ejemplificados en García Moreno y por extensión, la exaltación del tiranicidio, en el mismo plano en que también exalta al réprobo, al marginado, al hombre que desafía la ley, ejemplificado en "el contrabandista", un poco a la manera de Espronceda cuando cantaba "al pirata".

En cuanto al título del libro, Los meridionales, parece un calco sudamericano de Las Orientales de Víctor Hugo, sobre todo por la insistencia de los temas tomados de la historia y la leyenda y los juegos métricos en que se advierte la intención renovadora. Resulta así, este libro, tal vez el más "huguesco" y "esproncediano" de la producción poética del romanticismo peruano.

Precede a la parte poética, una advertencia a los lectores, fechada en 28 de julio de 1871, en la cual afirma que:

"el lector debe comprender que mi porvenir está en Francia, porque yo escribo en francés; e bien, yo desearía retornar a Francia ... porque ... deseo terminar mis estudios y completar mis conocimientos literarios".

De 1864 data también el ensayo de tragedia ya mencionado La muerte de Atahualpa. El episodio de Cajamarca sugestionó su espíritu ansioso de trama y ambiente peruanista, asimilable al medioevalismo de los románticos franceses. Forjó un curioso desenvolvimiento del tema; explota su imaginación adolescente el conflicto surgido entre los juzgadores del Inca y así, unas veces guardando fidelidad a la historia y otras veces apartándose de ella, logra su ensayo de tragedia con la medianía del principiante. Si los valores dramáticos son escasos, acaso podamos anotar las huellas de la fantasía exuberante de Hugo y Walter Scott, de fina estirpe romántica, para trastocar la historia y hacerla casi creación personal.

Ya en Francia, en la relativa y fugaz holgura económica que le depara el cargo diplomático, pule las estrofas maduras y discretas de Feuilles du coeur (París Ed. D. Jouaust, 1877). Se advierte en este libro el tránsito del romanticismo al parnasianismo. Va abandonando las efusiones de intensa subjetividad en pos de la hegemonía de la forma. Algunos poetas nuevos, de los que se agrupan en torno de El Parnaso Contemporáneo, editado por Alfonso Lemerre, lo acogen y lo elogian privadamente, entre ellos Teodoro de Banville y Joséphin Soulary. Su poesía significa poco, mas las dedicatorias dan sus frutos y acaso conmueve a algunos el caso heroico de un extranjero que tal vez no domina el francés a la perfección y se esfuerza por descorrer los velos que ocultan los misterios de la poética francesa.

Su obra más considerable es, sin duda, Le livre des Incas (París, Alphonse Lemerre, Editeur, 1879). Lo constituyen partes o secciones deferentes: "Les grandes miséres"(1877), luego "Les révolutionnaires et le chansons de l’exil. Yaravis. Les Estivales"(1878). Los temas, sin embargo son nuevos. Sus experiencias pasadas y sus recuerdos acaparan los asuntos y desplazan otros nuevos. Constituye el conjunto de los poemas una suerte de diario poético en que van registradas en desorden, impresiones de amores, de campañas patrióticas, de su labor política, del destierro, del retorno a Francia, de sus tiempos de infortunio y necesidad. A pesar de que la perfección de la forma y las innovaciones métricas empiezan a preocupar al autor, haciéndolo utilizar ya su "onda nicarina" y otras estrofas "vergalianas", como él mismo las titula evocando su nombre de pila y su patronímico, domina todavía su confesionalismo peculiar.

La mayoría de los poemas están escritos en francés, con excepción de dos. En francés están versificados también sus ensayos de "yaravíes" que constituyen al parecer, lo más característico y significativo del tomo. Del "yaraví", que por su caprichosa definición resulta sólo un "canto triste", había realizado ya laudables logros y adaptaciones Mariano Melgar a principios del siglo (hasta 1814) y, posteriormente, algunos románticos peruanos como Manuel Castillo, Clemente Althaus, Constantino Carrasco, aunque sin compenetrarse como el primero, con la verdadera esencia de la poesía indígena o mestiza. Más asimilables a los de éstos últimos que a los de Melgar, los "yaravíes" de Rocca de Vergalo delatan, no obstante, su vínculo latente y válido con el terruño, pese a los años de ausencia, a su corta residencia en el país de origen, a su ascendencia extranjera (italiana) y a otras causas más íntimas. La nostalgia no lo abandona nunca y sin duda promueve en él este acercamiento a la poesía popular o indígena.

Su peruanismo, sin embargo, no sólo lo induce a esta adaptación de forma poéticas indígenas o mestizas peruanas a la métrica francesa, sino también a escribir poemas de contenido histórico indianista como "Cahuide" y "Pachacamac".

"Cahuide" concluye así:

Alors, comme il avait lá réuni ses femmes

ses llamas, ses trésors, toutes ses oriflammes.

Fidéle a sa croyance et fier de son échec,

il se précipita dans le ravins avec.

(Le livre des Incas)

Causa extrañeza este intento de crear poesía peruanista o indianista en francés. Insólitas parecen muchas otras actitudes de Rocca de Vergalo. Pero sus valores no se hallan precisamente en estos ensayos de exotismo literario a veces incoherentes, sino en las innovaciones contenidas y sostenidas en su libro-panfleto La poetique nouvelle (París, Alphonse Lemerre Editeur, 1880), libro que lo envolverá en la controversia intelectual y hará a su autor blanco de ataques e insidias de los retrógrados y tradicionalistas. De otro lado, con su jactancia característica, pretendía fundar una "escuela vergaliana". La reforma consistía, en primer término, en inaugurar un quinto o nuevo género literario: "la poesía espiritual". Una definición exacta de lo que entendía por ello, no la formuló nunca.

Su pensamiento era vago y poco sustancial. Por el contrario, están claramente expuestas sus innovaciones en la versificación, tales como la legitimidad del hiato, la sustitución del verso alejandrino por la estrofa "nicarina", con la acentuación después de la tercera o quinta sílaba en los versos de ocho o después de la sexta en los de once. Especial importancia reviste además, la supresión de las mayúsculas al principio de cada verso, pero manteniéndolas siempre al comienzo de cada estrofa, después de punto o tratándose de sustantivo propio. Su "escuela del progreso y del sentido común"de la cual vivía ufano, mereció ser mencionada y comentaba en la obra de Catulle Mendés Le mouvement poétique francaise de 1867 a 1900 (París, 1903) y constituyó un precedente inevitable de las tendencias versolibristas que empezaban a proliferar.

"Como quiera que sea dicen sus modernos comentaristas G.L. van Roosbroek y Rafael A. Soto, de la Universidad de Columbia, su mérito principal consiste en haber sabido dirigir la atención de los poetas franceses hacia una teoría libreversista que no sólo había tenido poco adeptos sino que por entonces encontraba su mejor enemigo en la escuela parnasiana, cuyos cánones eran la norma de la poesía francesa".

(Van Roosbroeck, O.C.)

Pensaba della Rocca:

"la poesía contemporánea o la del siglo XX, será vergaliana-ecléctica o ella morirá".

Y agregan sus recientes críticos ya citados:

"Si salió un tanto defraudado en sus cálculos, no se debe a que sus reformas fuesen demasiado revolucionarias, antes al contrario, a que eran demasiado conservadoras".

El ímpetu innovador, su pasión por las reformas que lo obsesionaban no se redujeron a la tentativa de modificar la poética francesa y a convertirse como él decía en "adalid del verso libre, de todas las escuelas poéticas contemporáneas". En los últimos años de su vida della Rocca de Vergalo invadió otro terreno, el gramatical y el lingüístico, al crear neologismos franceses y al propugnar también una reforma general de la ortografía francesa. Se ignora qué suerte corrió este intento de 1873, en libro que fue el último publicado dentro de su copiosa bibliografía. Se tituló La reforme generale de l’orthografe, (París, Alphonse Lemerre Editeur, 1909). Sobre él se pronunciaba en una carta Víctor Hugo quién conoció la obra en sus originales, poco antes de su muerte:

"J’ai lu des principaux chapitres de la Réforme de l’orthografe francaise que tu m’as confiée; elle sera le plus grand évenement de la Literature contemporane. Je te la retourne telle quelle, que trouvant rien á redire. Compliments affectueux de V.H."

Reparos graves pueden formularse contra sus presuntuosas autovaloraciones; contra el "complejo mesiánico" que lo atormentaba mientras arengaba a la juventud para una reforma literaria y le brindaba insulsos "consejos fraternales"; contra su actitud de compromiso para obligar a los hombres utilizando como medio la obra literaria. Dedicatorias lucen los libros, decicatorias las partes que los componen, dedicatorias llevan en último término, los poemas que forman las partes. Si acaso hubiera podido dedicar los versos y las sílabas y las letras, también lo habría hecho. Quien mereciera una dedicatoria suya, no sabría a buen seguro calcular qué mínima parte de aprecio, estima o admiración del poeta pudiera corresponderle y en qué grado de participación concurriría con los demás asociados en gozar de la ingenua prodigalidad del poeta.

Una sagaz ubicación de José Gálvez, un ácido párrafo de José de la Riva Agüero, una apreciación alada de Valdelomar, un juicio sereno de Alberto Ulloa, una crónica de Gómez Carrillo, un artículo de Rómulo Cúneo Vidal, un capítulo de Luis Alberto Sánchez y los comentarios de Moréas, Mendés, Marius André y Gustavo Kahn formaban en conjunto, hasta ayer, los más importantes aportes al esclarecimiento de la figura y la obra de Rocca de Vergalo. Con todo, hasta hace poco, la trascendencia de su labor era casi ignorada en América Latina. El imperfecto conocimiento de su figura se debía en parte, al escollo idiomático, pues Rocca de Vergalo escribió mayormente en francés, aunque en sus temas evocaba frecuentemente ambientes peruanos. Sin embargo, su caso no es equiparable con el de otros poetas latino-americanos que escribieron también en francés. José María de Heredia (Cuba), Jules Laforgue, e Isidore Ducasse (Conde de Lautréamont) (Uruguay) Armando Godoy (Perú) han hecho a veces poesía de altísimo valor, pero de escasa emoción americana. Rocca de Vergalo, por el contrario, no acalló nunca los latidos de esta emoción, aunque constituyera la suya una manifestación epidérmica y poco afirmada en la auténtica afinidad con el terruño. Su aproximación a la realidad peruana y no la consustanciación con ella, supone una característica tanto más estimable cuanto que la mayoría de los románticos de Lima solieron incorporar a sus poemas, temas medioevales de estirpe española y francesa.

Su afición a la tierra natal significaba, empero, más un acercamiento intelectivo y racional que un fenómeno de auténtica afinidad. La actitud era acorde con su sensibilidad romántica. El romántico se postula hoy denota por lo general un agudo cerebralismo en su concepción del mundo. Las puras floraciones del sentimiento están desplazadas por sus prejuicios de escuela y sus categorías mentales anteriores a toda experiencia. El romántico no vivió para poetizar sino poetizó para vivir. Sus pasiones, sus hipérboles, sus excesos se alimentan en gran medida, de fibra intelectual y no vital.

Dejando a un lado actitud personal de Rocca de Vergalo, hay además básicos reparos para dudar de su verdadero temperamento poético. La sensibilidad artística y el criterio de selección lo abandonan muy a menudo. Eduard Spranger al examinar el "homo oestheticus" en sus Labensformen, ha precisado:

"El destino y el mundo en torno suministran impresiones, y el propio yo suministra un matiz del sentimiento peculiarmente captador. Al ceñir éste a las impresiones, son éstas transformadas en una expresión de síquica emotividad y, al mismo tiempo, asimiladas en una actitud de posesión".

No sucedía así lamentablemente en el caso del artista que había en Rocca de Vergalo. Su aptitud aprehensiva y captadora acusaba deficiencia en transformar esas impresiones que poblaron su juventud y que él seguía reproduciendo textualmente en los años de madurez. La personalidad que imprimió a sus actos vitales no la logró en su poesía. El tipo especulativo no pudo traicionarse a sí mismo.

La crítica ha fluctuado generalmente, en el caso de Rocca de Vergalo, entre la exaltación un tanto indiscriminada y sin criterio analítico, la incondicional laudatoria y el híspido gesto de desdén e incomprensión. En esta última actitud se coloca José de la Riva Agüero.

"Sus versos franceses son pésimos y ridículos, y algunos castellanos que escribió peores si cabe que los franceses. En punto a ridiculez, entre todas sus obras se llevan la palma un yaraví, y las quejas y lamentaciones por la infidelidad de su mujer Benita. Los literatos parisienses se han reído mucho de este pobre loco grafómano. Lo que asombra es que en la temporada simbolista, cuando bastó hablar incoherente y disparatadamente para sentar plaza de genio, algunos lo tomaron a lo serio y llegaron a declararlo precursor del decadentismo. Stéphane Mallarmé le dirigió, con motivo de la publicación de Le livre des Incas, una entusiasta y laudatoria carta. Arcades ambo".

(Carácter de la literatura del Perú independiente, Lima, 1905: Obras completas, tomo I, Lima, 1964, p. 140).

Mas lo significativo en este párrafo es el limitado criterio del comentarista que lo enjuicia no sólo en función de su propia obra sino en la aproximación que advierte hacia los nuevos aportes del simbolismo (para él sinónimo de incoherencia y disparate) y el desdén por la actitud de Mallarmé, a quien Riva Agüero no caló en su conducta gentil y creyó fuese sólo uno de tantos poetas representantes de una simple "temporada", efímera que se apartaba del lógico, racional y formal clasicismo, en cuyo nombre Riva Agüero condenaba y excecraba las corrientes de renovación poética. Sin duda, fue Rocca un poeta desafortunado y mediocre, pero su pasión innovadora -que devino a la postre en manía morbosa- ejerció algún influjo positivo en un momento determinado y fue acogida y evaluada por la crítica francesa, como se demuestra en estas páginas, que le concedió, sin vacilación, el título de "precursor" del simbolismo francés y de algunas de sus innovaciones fundamentales. Jean Moréas, a quien no podemos reprochar ni parcialidad ni ligereza de criterio, afirma el consagratorio juicio:

"Es necesario reconocer que primero que nadie, della Rocca de Vergalo concibió ciertas innovaciones, sobre las cuales se pusieron siempre de acuerdo algunos representantes considerables de la joven generación". (citado por E. Gómez Carrillo, en Treinta años de mi vida, Madrid, El Mundo Latino, 1920, tomo II, p. 241.)

No cabe duda que los valores de Rocca de Vergalo radican más en sus innovaciones formales que en sus realizaciones poéticas. José Gálvez se encargó de insistir con preferencia en las condiciones excepcionales de reformador que moraban en el autor de La poetique novelle.

¿Necesita el innovador ser poeta? Si pensamos en Rubén Darío, acaso responderíamos afirmativamente. Remontándonos en el tiempo tropezamos, empero, con el caso elocuente de Juan Boscán, mal poeta y genial innovador. Cabe la equiparación con la salvedad de que a della Rocca le faltó la comprensión inmediata y devota de un Garcilaso, selecta sensibilidad de artista.

La crítica erudita de nuestro tiempo reconoce el valor de su obra como antecedente del simbolismo francés, como "parnasiano hugólatra" según Marius André. Después de un detenido estudio técnico de sus aportes reformistas, también los profesores el Prof. G.L. Van Roosbroeck y Rafael A. Soto, en una monografía que titulan Un olvidado precursor del Modernismo francés: della Rocca de Vergalo (Columbia University, New York, 1928) y que forma parte de la serie de trabajos del "Institut des Etudes Franccaises" de dicha Universidad, llegan a la siguiente conclusión:

"Della Rocca de Vergalo, en su celo de reformador novel, aspiró a la gloria de ver sus versos erigidos en modelo que sirviese de pauta a los jóvenes poetas que bien pronto iban a abrir nuevo camino a las musas. Y no era ésta una aspiración totalmente desprovista de fundamento, toda vez que sus versos "nicarinos" ofrecían formas mucho más libres que las usadas por los parnasianos. Pero si salió un tanto defraudado en sus cálculos, no se debe a que sus reformas fuesen demasiado revolucionarias, antes al contrario, a que eran demasiado conservadoras... En la historia literaria como en la historia de todo progreso humano, lo revolucionario de hoy es lo conservador de mañana, y el verso libre de della Rocca de Vergalo fue muy pronto sobrepujado por las audacias de un Jules Laforgue, de un Gustavo Kahn, de un René Ghil y della Rocca representa, pues un papel momentáneo en la historia de la poesía francesa. Su obra marca un primer paso inmediato en la revolución contra el verso tradicional. Fue un precursor cuyas teorías y ejemplo aunque insuficientes, sirvieron de inspiración a los poetas que vinieron más tarde". (18-19)

Es interesante glosar también el propio testimonio de Gustavo Kahn, quien compartió su amistad, lo conoció íntimamente y discutió con della Rocca acerca de cuestiones estéticas y literarias.:

"Un poco más tarde, él me llevó las Hojas del Corazón . No había hablado de ellas y con vivo sentimiento, pero era necesario ser franco, yo le había confesado no estar conquistado por sus estrofas "nicarinas". Estaba, en suma, reunido en la estrofa, en lugar de estar aplicado a todo el poema, simplemente el procedimiento de Djinns, de Víctor Hugo.

Por otra parte, Vergalo, en esta época, no era un reformador, no admitía el verso libre, del cual bosquejó vagamente la fórmula que no es necesario detallar aquí. El pensaba simplemente enriquecer la fórmula parnasiana, hacerla más ágil y más flexible, ajustándose siempre al alejandrino y a sus sucedáneos binarios, aún en las estrofas en rombo que él llamaba nicarinas. No creo que él conociera los modelos del siglo XVI. Algunas variaciones sobre la cesura, ciertas libertades con los sonidos mudos le satisfacían, y eso era mucho entonces. El interesante artículo en el que Marius André habla de él en calidad de poeta, es una buena imagen; y las bien escogidas citas limitan las novedades de técnica presentando correctamente el color de su inspiración. La carta de Mallarmé, que cita Marius André, es característica. Bajo su forma cortés ella resume la objeción que encontraba Vergalo frente al número muy pequeño de sus lectores. Es verdad que Mallarmé, innovador en el fondo, era entonces, técnicamente, un parnasiano exaltado, rehusando toda licencia, aun admitida. Otros reprochaban a Vergalo el exotismo de su lenguaje tanto como sus parciales libertades prosódicas. En lo que a mí toca, su gusto por la inversión, considerada como un recurso, contrastaba con mi horror ante la inversión. Pero entre las raras personas que conocían sus poemas, jóvenes o veteranos, ninguno desconocía que él tuvo ciertos dones de verdadero poeta. Hubiera podido entrar en pequeña estatura, en muy pequeña estatura, en la serie de poetas malditos". (G. Kahn, Nicanor della Rocca de Vergalo y su ambiente", en Fénix , N° 20, Lima, 1970. pp.89-90).

De tal suerte, si bien el simbolismo francés influyó con muchos elementos sobre la nueva tendencia poética americana inaugurada por Rubén Darío, el modernismo, a pesar de todos los argumentos críticos que en contra se han expuesto; de América salió antes -con Rocca de Vergalo, el trashumante y bohemio peruano, -algo del impulso renovador que informó el movimiento simbolista francés. En esa forma, un mensaje de innovación formal que salió de América fresco y primitivo, como una semilla sin germinar, pudo volver perfeccionado y maduro inserto en poemas de Darío, Lugones o Chocano, como sazonado fruto.


Apéndice Bibliográfico



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