El Exotismo Atávico: Paul Gaugin En la vida y obra pictórica de Paul Gauguin son muchos, decisivos y notorios sus vínculos con América. Arraiga en su ser la misma emoción artística del habitante o aborigen de regiones vírgenes, la predilección por temas indígenas, volcados en la plenitud de su vida, no sólo en América sino al otro lado del Pacífico, en Tahití o en las Marquesas, a donde tal vez milenios atrás llegaron como primeros pobladores aborígenes de América, navegantes afortunados y audaces desde la costa occidental de este continente a las islas orientales de la Oceanía. Entre las esenciales notas que distinguen a Gauguin, se ha mencionado su exotismo y su simplicidad primitiva que, sin mucho madurar, deriva de sus vinculaciones profundas con América, con el Nuevo Mundo volcado en las realidades, en las posibilidades y en las esperanzas. No es ninguna revelación original el referirse a la ascendencia peruana de Gauguin que, nacido en 1848, en París, a que tuvo por padres a Clovis Gauguin, oriundo de Orleáns, periodista liberal de alguna significación y a Alina María Chazal y Tristán, hija de Flora Tristán Laisney. Esta abuela materna de Gauguin comparte con el nieto la misma insobornable rebeldía y el afán creador. Una obra de Flora Tristán tuvo especial importancia para las letras y la historia del Perú y de América. Titulada, Peregrinaciones de una paria, se identifica en el plano creador con obra del pintor. Sin tocar los pinceles, Flora Tristán pintó con acerada pluma una atapa de la vida peruana (1834) y lanzó sobre ella la más despiadada crítica dentro del cuadro literario más vibrante de su historia social. Combatía los convencionalismos rancios y provincianos de su país y de su tierra ancestral, Arequipa, y señaló los errores de los hombres y de los políticos, sin descuidar el trazo de un ameno e intencionado cuadro de costumbres. Nacida en Francia, de una unión tal vez ilegítima de padre peruano y madre española, Flora reclamaba en el Perú su participación en una cuantiosa fortuna familiar. Años después, en 1851, arribó también al Perú su propia hija Alina María Chazal de Gauguin, madre del que sería después el célebre pintor Paul Gauguin. El bisabuelo de Paul, el coronel don Mariano Tristán, vivió en Europa gran parte de su vida, en cuya casa de París, Flora conoció por 1805, al joven venezolano Simón Bolívar, más tarde libertador preclaro en la América del Sur, y también conoció entre otros personajes al barón de Humboldt, viajero y científico insigne, de regreso de su memorable viaje en que descubrió para la ciencia el poco conocido Nuevo Mundo. Se consideraba Gauguin, y lo era en efecto, descendiente por la línea paterna de los Borgía de Aragón, de San Francisco de Borja y de un virrey del Perú. Clovis Gauguin, el padre del pintor, desterrado por republicano después del golpe de Estado de Luis Napoleón en 1851, no pensó en tierra más acogedora que el Perú, en donde su esposa Alina mantenía vínculos familiares. En compañía de los suyos emprende la todavía difícil travesía de Europa a la costa occidental de la América del Sur. Un desenlace trágico le esperaba al cruzar el estrecho de Magallanes. Una enfermedad violentísima hacía crisis en su cuerpo ya debilitado por las privaciones. Del destierro. Clovis fallece, a bordo, y sus familiares presencian su inhumación en Puerto del Hambre. Alina María, la joven viuda y sus hijos entre ellos Paul, de apenas 5 años de edad, prosiguen el viaje hasta el Callao. Así al futuro pintor le toca residir en Lima, por más de cuatro años, correspondientes a su primera infancia. Se alojan en la casa de Pío Tristán desde 1851 a 1855, donde residía el General José Rufino Echenique, casado con una hija de don Pío Tristán, que desempeñaba esos años la Presidencia de la República y residía en una casona en la calle de los Gallos. El pequeño Paul fue atendido en esa temprana edad por alguna niñera criolla negra y arrullado con las canciones populares, en esa prematura y triste primera experiencia americana, que le brinda las primeras impresiones del mar y el espectáculo de una naturaleza distinta y extraña. Es probable que en el espíritu de Alina María, la madre de Paul, alentara también la misma inconformidad que su propia madre, respecto del medio o de su situación familiar en el seno de sus parientes limeños. Por último, las circunstancias de su estada en Lima hubieron de variar en el seno de la familia, pues una revolución cruenta puso fin al gobierno del general Echenique en 1855, quién viajó al destierro con sus familiares. Se explica así que la viuda de Clovis Gauguin dejara el Perú en 1855 para establecerse precariamente en Francia, en donde el pequeño Gauguin comenzó a educarse. A los 17 años, antes de concluir el liceo, Paul sintió imperiosamente el llamado de las tierras exóticas. Embarcado por más de 6 años, como aprendiz de piloto mercante y luego como oficial de la armada francesa, navegó por aguas del Nuevo Mundo y recaló en playas tropicales, incluso otra vez en el Perú, país de sus antepasados. La vida de Paul Gauguin cambió luego en forma radical. Abandonó el servicio en la armada e ingresó de lleno en los negocios de bolsa. Fue afortunado comerciante en poco tiempo, establecido en Francia. Por más de 10 años hace la vida de un burgués adinerado. Se había casado con una danesa hermosa y hogareña y de esa unión llega a tener 5 hijos. Pero siempre fermentaba en su ánimo inquieto la aventura y el arte. No fueron trabas suficientes ni los negocios ni el dinero ni el matrimonio feliz, para liberarse un día de 1883 de sus compromisos con el mundo burgués y convertirse pronto de mero aficionado y coleccionista de arte, en rebelde y revolucionario artista creador, acosado por la pobreza y por la incomprensión. Así como su abuela Flora, había alternado con Lamartine, Jorge Sand, Luisa Michel y tal vez Carlos Marx, Paul Gauguin, su nieto, aparece rodeado y estimado por las mayores figuras de su tiempo: los pintores Pisarro y Manet, el poeta Mallarmé, el novelista Huysman, el literato Jean Moréas, y toda la generación de los jóvenes impresionistas, entre ellos los famosos Vincent Van Gogh y Edgar Degas. Pero Gauguin persigue siempre la experiencia de América habida en su infancia y en la adolescencia. Ahora en la madurez pone la mirada en esas tierras desconocidas en que podrá vivir libremente y realizar lo que su espíritu anhela. Esta tercera vez el destino lo conduce con un amigo a Panamá y huyendo del tifus, el paludismo y la fiebre amarilla que precipitan en el fracaso los proyectos del constructor Lesseps, se establece en la isla Martinica, en Las Antillas (1887), por más de un año. Allí puede realizar su ideal de vivir "a lo salvaje", dedicado intensamente a la producción artística. Su estilo se transforma y su personalidad se afirma frente al paisaje claro y diáfano, recogiendo las impresiones de una navegación tropical y una fauna exótica, estudiando a los pobladores de otras razas, sus costumbres y sus actitudes. Todo aquello queda impreso en sus nuevos cuadros, en los cuales por primera vez Gaugin descubre un estilo propio. Cabe así la afirmación de que en tierras de América se encontró a sí mismo, en medio de ese paisaje ancestral, con el que su sangre se identificaba. La intensidad de sus esfuerzos lo enferman gravemente y el retorno a Francia se impone. Mas ya no soporta las nieblas y rigores del clima del norte y busca en la Provenza y en la Bretaña un adecuado medio para pintar nuevos cuadros. Pero la emoción de América lo embarga siempre y al poco tiempo determina establecerse en un paisaje exótico. Vendiendo sus cuadros y colecciones, se allega algún dinero para emprender un viaje trascendente, más allá de América, a una tierra que le habían descrito marinos amigos: Tahití, las Islas Marquesas, en la Oceanía. Entre esos amigos probablemente estuvo el escritor y dibujante Max Radiguet, colaborador de la revista Le tour du monde. Por dos años vive allí, apartado del mundo occidental y en un lugar sin trabas de civilización. Sólo por una corta temporada vuelve a Francia. Pero después de 1895, hasta su muerte en 1903, permanece en la Oceanía, entre Tahití y las Marquesas, entregado a su arte angustiado y rebelde, en una efusión creadora genial y atormentada, produciendo las obras definitivas que le alcanzan la celebridad.Sus recuerdos de viaje los recoge en su breve libro de recuerdos tiulado Avant et aprés que apareció póstumo (París, 1903). No se había dado hasta hace poco una explicación adecuada sobre aquella evasión de la vida civilizada. La ha ofrecido Maurice Malingue, en su obra Gauguin (París Les Presses de la Cité, 1948). "Su instalación en los trópicos -dice- no fue acto de demencia sino decisión reflexiva, inspirada por las fuerzas ancestrales del artista, deseoso de perfeccionar su arte, retornando en las antiguas razas polinesias y en los países grandiosos bañados por el Océano Pacífico, a la violencia contenida de sus orígenes indianos". Lo reconoce también así David Sweetman en su reciente biografía P. Gauguin, a complete life, London, 1995. Agregaremos aún más, que en los parajes de la Oceanía quiso encontrar su América ya irrealizable, ya lontana e inasible, ya puesta en el trance de volverse civilizada. Sin duda, Gauguin buscaba un clima propicio para su liberación moral y psíquica-, afán creador y exigencia del arte que explica su renuncia, perdonable en el genio, a comodidades burguesas, al amor de su esposa hogareña y a la ternura y el mimo de sus hijos. |