VIII

La Viajera Inquieta: Flora Tristán

Flora (Celestina Teresa Enriqueta) Tristán (1803-1844) era hija de padre peruano (Mariano Tristán y Moscoso) y de madre francesa (Teresa Laisney). Casi autodidacta, había adquirido desde joven una apreciable cultura que la indujo a escribir y alternar con ilustres representantes de la intelectualidad parisina de su época. En ese ambiente afinó su sentido crítico, más tarde dirigido a manifestar su inquietud social, latente en libros como Promenades dans Londres (París, 1840) que contiene impresiones de viaje por Inglaterra en el decenio del 30, y en el titulado Peregrinationes d’une paria1  el cual nos interesa más directamente, pues registra su paso por el Perú entre setiembre de 1833 y julio de 1834 y sus observaciones punzantes, a veces esclarecedoras, otras veces envueltas en el juicio apasionado. Este libro obtuvo en Francia un éxito literario poco común pues mereció comentarios de varia índole en la Revue de París (en 1838 y 1839), incluso una crítica adversa de Balzac, todo lo cual promovió hasta tres ediciones en un lapso de dos años.

Fue, en efecto, peregrina en Francia o viajera por tierras extrañas, en el naciente Perú republicano, país de sus familiares paternos, en pos de una renta que le correspondía proveniente de la herencia de su padre y resultó paria porque aquella le fue negada en razón de su condición no esclarecida de hija, desprovista de todo apoyo material a raíz de la desaparición de sus progenitores y de su fracaso matrimonial.

Era extraño para ella el país que recorrió en parte -entre Arequipa, Islay y Lima- y que vio con ojos franceses en un momento difícil de conmociones políticas violentas y en una disposición espiritual desfavorable penetrada por el despecho y la desilusión. Su sentido crítico se volcó en el enjuiciamiento de una sociedad provinciana retrógrada, en la que dominaban los políticos corrompidos, padecían las mujeres abrumadas por los prejuicios sociales y regían aun ciertas formas de la esclavitud vigentes en el trabajo agrícola.

El paisaje de la costa peruana le resulta extraño e inesperado. A sus preocupaciones íntimas se agrega la impresión de la costa desolada de Islay, puerto destartalado y pobre. "No tiene árboles ni vegetación de ninguna especie", dice con desconsuelo. A ello se agregan la molestia que le causan en su precario alojamiento "millares de pulgas que subían a mi cama". Prosiguiendo su ruta hacia Arequipa, le impresiona el imponente desierto que separa el puerto de Islay de la ciudad de Arequipa. En esta ciudad, hospedada en casa de sus parientes, observa las costumbres y hábitos de quienes acuden a visitar a la recién llegada. Le preocupan la situación de las mujeres, sus varios casos de infortunio y su condición dependiente de prejuicios y de restricciones dolorosas.

El vínculo con la vida social arequipeña resulta bastante intenso desde los primeros días de su llegada. Ello le da oportunidad para juzgar las características del medio y de admirar su paisaje espléndido. Atraen su atención las particularidades de la vida provinciana con la frecuencia de actos en los que participa activamente la población: las procesiones religiosas, la representación de un "misterio" al aire libre, la celebración del carnaval. Por supuesto que sufre la experiencia de los temblores de tierra. En todo el relato se advierte la mezcla de impresiones llanas con los toques de una narración un tanto novelesca en la que entrelaza la trayectoria de personajes típicos con las intrigas urdidas en torno de personalidades visibles. Resulta difícil escindir entre lo real y lo ficticio, entre la observación directa y la fantasía tan vinculada a sus preocupaciones y problemas personales. Las impresiones arequipeñas dejan traslucir, por lo demás, su vocación intelectual, tempranamente despierta a los azares de sus tropiezos con la incomprensión y los pequeños y grandes defectos de los lugareños, implacablemente juzgados por ella.

Otras experiencias menos novelescas le esperan en su visita a Lima ciudad "femenina y felina, infantil y cruel", donde su relato se hace más objetivo y puede revelar su papel de viajera inteligente. Alcanza a presenciar a fines de junio de 1834, la fiesta de los Amancaes. La primera impresión de Lima fue favorable y hasta elogiosa. "La ciudad (Lima) con sus numerosos campanarios, tenía una aspecto de cuento de hadas", apunta. Años más tarde, el diario inédito de Flora, estando ella bajo los rigores del verano en Marsella, el 20 de julio de 1844, poco antes de morir, consigna con cierta nostalgia unos elogios: "Decididamente sólo hay un buen clima en un rincón de este planeta: en Lima. Si en esta ciudad hubiera algún tipo de vida intelectual sería el paraíso terrenal"2 . Debe advertirse que esta impresión tan seductora del clima limeño es captada durante su residencia en la capital peruana entre los meses de mayo y junio (1834) antes de que la niebla húmeda haga anualmente poco atractivo el ambiente de la ciudad.

En pocas semanas de estada en Lima, logra trazar una semblanza del carácter y costumbres de los limeños y de la vida social y política de la capital. Asiste a las sesiones del congreso, a una corrida de toros, al teatro. Sus impresiones de las mujeres que frecuenta en la capital, la lleva a formular la afirmación de que "no hay ningún lugar sobre la tierra en que las mujeres sean más libres y ejerzan más imperio", y a la de que las mujeres son más habilidosas que los hombres. Relata además una excursión a los balnearios del sur y su paso por Miraflores, sitio placentero, por Barranco "pequeña aldea situada entre abundante follaje, grandes árboles y mucha agua" y Chorrillos, aldea de pescadores con rústicas casas para veraneantes, lugar de "far niente", placer e intrigas amorosas y políticas". El recorrido se amplía a la hacienda "Villa" con la visita a un ingenio azucarero de propiedad de la familia Lavalle, en donde trabajan más de 400 esclavos negros con sus mujeres e hijos. Entabla con el propietario de "Villa" un violento diálogo sobre la vigencia de la esclavitud y la injusticia que ella entraña. Asoma entonces la inquietud social que fermenta en su espíritu y que ha de manifestarse inmediatamente después de su regreso a Europa en campañas memorables en favor de los desposeídos y humillados y que relata apasionadamente en posteriores anotaciones de su diario Le tour de France3 .

Sus reflexiones fluctúan, pues unas veces las dictan el pesimismo y otras el optimismo de que vendrán tiempos mejores en los que la educación pueda cambiar la mentalidad de las gentes.

"Cree en el progreso, dice Basadre y profetiza que el porvenir es para América".

El estilo de Flora muestra por lo general un tono de reforma ética, matizado de anécdotas y con digresiones de fina crítica social.

La estada en Lima fue breve. Se prolonga sólo hasta comienzos de julio de 1834 en que parte del Callao con destino a Liverpool. Separada de sus amigos de Lima, apunta la viajera, mientras el barco se alejaba de la costa, esta frase de honda melancolía romántica: "Me quedé sola, completamente sola, entre dos inmensidades: el agua y el cielo".

Peregrinaciones de una paria es un libro múltiple. Pertenece, como dice Basadre4 , su más oportuno comentarista,

"un género nuevo de memorias audaces, verídicas. En realidad es una mezcla de diario íntimo, de novela de aventuras, de cuadros de costumbres, de diario de viajes, de panfleto viril. Diario íntimo que recoge también pintorescas inquietudes ajenas: novela vivida: apuntes de viajera con rigideces de profesora; panfleto que suele degenerar en femenina chismografía. Allí se analiza y se describe, se narra y se demuestra. De valor anecdótico y documental este libro no puede ser guía estrictamente histórico"5.

Pero no sólo hay en este libro un diario de impresiones de viaje y en este aspecto es uno de los aportes más sugestivos entre los viajeros que escribieron sobre el Perú de la primera mitad del XIX. Ensaya además en estas y otras páginas un texto de crítica social sobre la primera etapa republicana (1833 - 34) en un momento en que era usual la preocupación sobre las condiciones del trabajo humano y sobre los derechos respectivos. Sólo 20 años después de su estada en el Perú, la esclavitud fue abolida en este país y sólo 30 años más tarde lo era también proscrita en los Estados Unidos. Cabe advertir que la jornada legal de trabajo duraba de 12 a 14 horas y así se mantuvo en Europa hasta 1920, en que la de 8 horas tuvo carácter obligatorio en el mundo civilizado.

Flora Tristán propició también la regulación del trabajo de la mujer y el niño ante el espectáculo que presenció durante su visita a Londres en 1826. Esas ideas conjugaban también con lo que ella llamó "la emancipación de la mujer" adelantándose a su tiempo. En el Perú reafirmó sus concepto sociales antes de escribir memorables panfletos sobre todo lo que era todavía utopía que parecía inalcanzable en la propia Europa. Como ensayista social, precediendo a los postulados de la revolución europea de 1848, que no alcanzó a presenciar a causa de su prematura muerte, ocurrida en Burdeos, en 1844, en plena tarea de propagandista social6 .

En el Perú su obra y especialmente Las Peregrinaciones, sólo merecieron el silencio por casi un siglo. Se ha dicho que tal libro fue quemado públicamente en la plaza principal de Arequipa. Tal vez ello no pasó de la intención de algunas personas o familiares mencionados en dicha obra, pues ningún diario o periódico de esa ciudad o de Lima recoge la versión del suceso. Flora Tristán aprendió mucho del Perú, criticó sus vicios, señaló también virtudes y atractivos. Hizo justicia a las mujeres y también señaló sus debilidades y miserias, abogó por la extirpación de la esclavitud, admiró la naturaleza de su país, elogió su cultura nativa y el clima de Arequipa y Lima. Fue un testigo fehaciente de un país en formación y todavía sin identidad propia.

Flora hablaba un español afrancesado, advertido en su ensayo sobre "Cartas de Bolívar", a quien de muy niña conoció en París. Es un caso distinto al de Rocca de Vergalo o al de los hermanos García Calderón en cuanto al arraigo indígena y cuanto a la lengua.

En Lima y en el Perú puso su pensamiento Alina, la hija de Flora, cuando casi una década después de la muerte de su madre, le tocó emigrar al destierro en compañía de su marido Clovis Gauguin y de su hijos. En la, travesía de cuatro meses en un moroso velero, el republicano periodista Gauguin murió en Magallanes de una violenta congestión cardíaca, pero Alina continuó el viaje con sus pequeños hijos. En Lima encontró refugio por más de cinco años en casa de la familia Tristán. Paul, el menor de esos niños, sería más tarde como marino ocasional visitante de Lima antes de convertirse en famoso artista pintor. Autoexiliado de Francia, escogió Tahití como el lugar de sus sueños de fama o de creación genial.

 


1  Flora Tristán, Peregrinationes d’ une paria (París, 1838)

Flora Tristán, Le tour de France, Journal inédit 1843-1844, París, Ed. Téte de Feuillée, 1973, p. 180.

3  Flora Tristán, obra citada.

4  Jorge Basadre, Prólogo a la segunda edición de Peregrinaciones de una paria. Lima, Editorial Cultura Antártida, 1946.

5  Jorge Basadre,

6  Flora Tristán, Le tour de France, cit.


back.gif (71 bytes) Regresar