El Pasionado Iluminista: Pablo de Olavide
Pablo Antonio de Olavide Jauregui (1725-1803), es tal vez al lado de Pedro de Peralta, el más conspicuo representante de la cultura peruana del siglo XVI. Pero, además, el impulso universalista y su aliento renovador no tiene parangón en el contexto hispanoamericano de su momento, como puede advertirse en su culto por Voltaire. En las páginas que siguen, pondremos en evidencia tanto la adicción por los clásicos como Jean Racine, cuanto su adhesión renovadora a una pléyade moderna de comediantes y dramaturgos coetáneos franceses. Olavide se propuso con sus versiones alcanzar la renovación del ambiente teatral de España durante los últimos decenios del siglo XVIII. Hubo de comenzar con representaciones privadas en los reales sitios madrileños, de algunos clásicos como Jean Racine, para seguir luego su representación pública en Madrid y Sevilla con autores franceses, de mucha popularidad en su país. Trataba al mismo tiempo, de erradicar ramplonas piezas del teatro español calcadas de obras de siglos anteriores y sin espíritu moderno, sin correspondencia ni coincidencia con las costumbres e inquietudes de los nuevos tiempos. Olavide, traductor de Racine Algún impacto notable en la formación integral y literaria de Olavide debió ejercer la figura de Jean Racine (1639-1699), representante con Moliere y con Corneille de la dramaturgia francesa del XVII. Era Racine un autor del siglo anterior al suyo y en él veía seguramente Olavide, como muchos de los españoles de su época, las positivas perspectivas de desenvolvimiento del teatro universal. Fue signo de esa generación a que pertenecía Olavide el reaccionar contra la exclusividad de la tradición del gran teatro español del Siglo de Oro (Lope, Tirso, Calderón, etc.) y contra los autos sacramentales de un poco antes, prohibidos de ser representados por Real Cédula de 1765. Fueron dos las obras de Racine traducidas por Olavide: Mitrídates (representada por primera vez, en París, en 1673) y Fedra (estrenada en la capital de Francia, en 1677). Los textos traducidos por Olavide responden a un criterio de selección acertado, pues la mejor y más informada crítica francesa está de acuerdo en reconocer que dichas obras son las dos más importantes tragedias de Racine. Con anterioridad a Olavide, se habían hecho en España algunas adaptaciones y arreglos racinianos no muy fieles ni ortodoxos. Esto justificó que Olavide asumiera el compromiso de hacer una versión ajustada al original, sin desmayos ni modificaciones, sin recortes ni restricciones. Así lo hemos podido advertir y comprobar en los textos suyos que descubrimos y publicamos hace algunos años. La comparación del texto de la versión de Fedra al castellano, hecha por Olavide, con el texto original (citamos por J. Racine, Théatre complet, París Joseph Gibert, Collection des Chefs-doeuvre, 1948) demuestra que se trata de una traducción fiel, ni recortada ni ampliada sino en lo estrictamente necesario para respetar el genio de la lengua castellana o la exigencia de la versificación. Los versos alejandrinos del original -o sea de catorce sílabas- se transforman en endecasílabos en el traslado, lo que explica que al traducirse se requieran más versos para lograr la expresión del contenido. La misma observación es válida para la traducción de Mitrídates. El texto de Fedra de Racine, adaptación a la escena francesa de Hipólito de Eurípides, en la versión de Olavide, proviene de una edición facticia, en pliego suelto, que encontramos en la Biblioteca Sedó de Barcelona, cuya carátula dice:
Hemos hallado otra edición, también de Barcelona, pero en la Imprenta de la viuda Piferrer, s.d. 32pp. Esta lleva, a pluma, con caligrafía de la época el sobreescrito siguiente: "traducida por don Pablo Antonio José de Olavide". Se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. Calculamos que, como Mitrídates, se escribió y publicó poco después que el traductor tuviera intervención activa en la vida pública. El nombre del traductor no figura ni en la carátula ni en el texto. Pero los testimonios de los contemporáneos y de los críticos posteriores (como Cotarelo y Mori, Iriarte y su época, Madrid, Rivadeneyra, 1897) son coincidentes en señalar que la versión es realmente de Olavide. El texto de Mitrídates (tragedia 5 actos) proviene de un manuscrito que hemos encontrado en la Biblioteca Nacional de Madrid, bajo la signatura MS-18255. Sobre este manuscrito llamó la atención de la crítica el P. Rubén Vargas Ugarte (en su art. "Nuevos datos sobre Olavide", publicado en Mercurio Peruano, Lima, mayo-junio de 1930, Nos. 141-143. pp 296-315, y en Biblioteca Peruana, Manuscritos Peruanos en las Bibliotecas extranjeras, tomo I, Lima 1935, p.281.) La carátula del MS dice:
Debe agregarse el dato de que el texto fue impreso, según hemos podido comprobar en la biblioteca de Juan Sedó en Barcelona, en edición facticia cuyos datos son los siguientes:
A pesar de que Menéndez y Pelayo (en su Historia de las ideas estéticas) asevera que la tragedia francesa no llegó a aclimatarse y constituyó un ensayo de gabinete que no pasó de los lindes de un teatro privado y aristocrático, la existencia de las ediciones facticias y los testimonios menos ortodoxos y más recientes e informados que el juicio de Menéndez y Pelayo, llevan a la convicción de que el público respondía a esas tentativas de modernizar la escena española, y de romper los moldes tradicionales en buen acuerdo con las nuevas inquietudes. "Las traducciones (del teatro francés) de Iriarte, de Olavide, de Clavijo se hicieron -dice Menéndez Pelayo- no para los teatros populares, sino para el de los Sitios Reales o para domésticos saraos" (1) Pero el crítico no repara en la acogida brindada a las ediciones clandestinas, y populares, casi proletarias, y al buen éxito de público que la acción de Olavide logró en favor de los modernos autores dramáticos franceses y de españoles como Jovellanos, Clavijo, Moratín e Iriarte, en Madrid, después de 1766 y también en Sevilla, en Cádiz y en otras ciudades españolas, donde se crearon especialmente escuelas de nuevos actores y nuevos establecimientos teatrales que acogieron las obras creadas con espíritu liberal y renovador. Para las versiones de Racine no tuvieron la acogida que tuvieron las de Voltaire y otros autores más modernos. No quedó en Voltaire y en Racine el interés y el empeño de traducir a otros coetáneos. En sus viajes por Europa y especialmente en sus visitas a Francia, Olavide captó el fervor popular por las representaciones de autores nuevos. En otras páginas, hemos tratado de presentar un repertorio de las obras recientes por las que se había aficionado y cuya versión llevó a cabo en verso castellano. Con sus versiones del francés logró Olavide imponer en el teatro español "la moda francesa", según los atestiguan Jovellanos, Iriarte y otros críticos españoles del momento. Los principales autores y obras por él traducidos fueron los siguientes:
Olavide, Testigo Excepcional de la Revolución Francesa Entre muchas otras y extraordinarias ofrendas, el destino brindó a Pablo de Olavide el privilegio de haber sido testigo y actor en las diversas fases de la Revolución Francesa. Educado en su ciudad natal, Lima, y precozmente graduado de doctor en "ambos derechos" (el civil y el canónico) en la Universidad de San Marcos, la más antigua del continente americano, actuó seguidamente como el más joven oidor de la Audiencia de la capital del Virreinato del Perú. En octubre de 1746 acaeció en Lima y Callao un catastrófico sismo, registrado como pavoroso en la historia colonial de la América Meridional. Para levantar la ciudad de sus ruinas y reconstruirla, la autoridad virreinal escogió a Olavide como hombre de acción e iniciativa. Pero en el desempeño de su misión, su diligencia y su celo provocaron reacciones adversas y críticas severas de mala administración. Agobiado por los cargos en su contra, Olavide viajó a España para explicar su conducta. Al cabo de un lento proceso, obtuvo sentencia real de perdón y olvido. Pudo entonces, gracias a su capacidad, rehacer su vida pública cerca del rey Carlos III y obtener mercedes importantes y cargos de confianza. Para rehabilitar su desmedrada hacienda personal, hubo de casarse con una rica viuda e influyente. Viajó a Francia y trajo de allí libros, aficiones e ideales reformistas. Abrió en Madrid un salón literario, especialmente dirigidos a renovar la orientación del teatro español. Tradujo al efecto piezas francesas del teatro clásico y otras modernas (Mercier, Sedaine). Atendió por encargo real, obras en beneficio del pueblo y en favor del orden ciudadano. Más adelante, su influencia fue ganando terreno con nombramientos significativos e importantes como los de Asistente de Sevilla y Superintendente de las nuevas poblaciones de Andalucía para el efecto de realizar la ley agraria y la colonización. En Sevilla puso celo reformista en la modernización de la ciudad, en las distracciones públicas, en la construcción de nuevos edificios y vías de comunicación y en la erradicación de hábitos nocivos y costumbres vetustas e impropias. Elaboró los proyectos de reforma de la Universidad y reforma agraria, mientras creaba en Andalucía las nuevas poblaciones para albergar colonias de nacionales y extranjeros encargados de implantar sembradíos en zonas antes desérticas. Tales planes y realizaciones, elogiadas por los liberales europeos, crearon resistencia de grupos conservadores afectados, quienes lograron con sus denuncias que el Tribunal de la Santa Inquisición le abriese proceso por leer libros prohibidos y llevar conducta contraria a la fe cristiana y a las buenas costumbres. El proceso cobró proporciones impresionantes, sobre todo en medios europeos progresistas que proclamaron a Olavide mártir de la libertad de pensamiento. Una sentencia írrita lo condenó a ocho años de prisión que debió cumplir en monasterios aislados e insalubres. Ayudado por amigos poderosos, Olavide logró huir a Francia en 1780. Desde entonces reside por segunda vez entre Toulouse, Ginebra y París, ocultando su verdadera identidad para evitar su extradición, bajo el nombre de Conde de Pilos. Frecuenta amigos de la nobleza ilustrada y de autores notables como los enciclopedistas Diderot, DAlembert, Condorcet, Marmontel. Vive con fausto pues goza de holgada situación económica. La fortuna de su esposa y algunos prósperos negocios, le permiten alternar con influyentes aristócratas. Da muestras de su afición a la lectura, a la tertulia intelectual y al juego de cartas, frecuentando los salones del Conde Dufort de Cheverny, del señor de Moley y de Madame du Barry, la ex-amante de Luis XV. Una aureola de pensador y hombre culto e ingenioso lo hace atractivo, al punto que se interesan por él Catalina II de Rusia, artistas y sabios como el explorador La Pérouse y Francisco Mesmer, el autor de la teoría del magnetismo animal y de otros hallazgos de gran resonancia en su época. Olavide participa de sus experimentos en el castillo de Cheverny, centro de reunión de aristócratas "realistas". También organiza representaciones de marionetas, de pequeñas piezas teatrales al estilo italiano y adaptaciones de obras célebres como El mágico prodigioso de Calderón de la Barca. Alterna esas tertulias con vivitas al castillo de la Malmaison, adquirido por el conde de Moley, donde se reúnen aristócratas de otro sector, los "patriotas", esto es, reformistas, donde pudo alternar con el famoso abate Delille y el norteamericano Morris. Algunos de esos contertulios llegarían a ser actores o testigos de la gran revolución que se incubaba y que estallaría en julio de 1789. Olavide fue consciente de que le tocaría asistir a un trascendental acontecimiento histórico. Vivía en París, durante los primeros meses. Luego para apreciar más de cerca los acontecimientos se trasladó a Versalles. Pero cuando Luis XVI fue confinado en las Tullerías, se trasladó de nuevo a París, donde permaneció entre 1789 y 1791, siendo así testigo excepcional de todo el proceso inicial de la Revolución y de los excesos de la desenfrenada radicalización y de las ejecuciones de enemigos y sospechosos. La violencia lo horrorizó. Pero participó en un comienzo como adherente al ideal reformista en la Delegación de los proscritos que asistió a la Asamblea Constituyente, como "un español". También lo hizo en la solemne fiesta de la Federación. pero al recibir y comprobar "funestas" noticias acerca de la violencia en todo el país, acerca de devastaciones, ejecuciones, y reacciones contra la religión, su actitud fue cambiando, sobre todo cuando se produjo la ejecución del rey y la familia real y miembros destacados de la nobleza. Olavide se refugia en el castillo de Meung desde 1791. Aun muestra cierta "adhesión exterior a los nuevos principios", dada su afición al bien común. Así colabora con las autoridades locales de su refugio, en obras de caridad, en organización de casa de socorro y talleres de manufactura de paños para los pobres. No obstante, en razón de sus antiguos vínculos con la nobleza y su actitud un tanto vacilante entre el nuevo y el antiguo régimen, empezó a sufrir la acción vigilante de las autoridades y hasta el embargo de sus rentas. Esto último lo llevó a reclamar a la Convención, alegando sus títulos de antiguo proscrito, de haber sido declarado por la misma "hijo adoptivo de la república". Pero lo sigue afectando en 1793 la ley que estableció comités de vigilancia contra extranjeros sospechosos con la amenaza de expulsión viable sobre aquellos súbditos de países que, como España, estaban en guerra contra Francia. Según expone su más ilustrado y notable biógrafo Marcelin Defourneaux, (2) su defensa es respaldada en su condición de "nacido en América Meridional", su condición de "colonizador" en España, perseguido por la Inquisición, naturalizado en Francia y en haber jurado la Constitución de 1791. A pesar de esos argumentos, fue objeto en 1794 de una orden de prisión, considerada antesala de la guillotina. Gravitaban, a pesar de todo, los antecedentes de amigos suyos como Madame du Barry, el poeta Plonché, el barón de Frenck, y algunos más vinculados con la monarquía abolida. Era el momento de auge de Robespierre y el desencadenamiento de una corriente radical. Olavide no desmayó y elevó una nueva petición de amparo con abundantes firmas de los habitantes de Meung favorables a su conducta. Afortunadamente, hubo de caer pronto Robespierre y la apelación de Olavide obtuvo acogida positiva. Se anula la orden de prisión y se levanta la confiscación de sus bienes en octubre de 1794, acogiéndose la Confiscación al hecho probado de que Olavide era "nacido en Lima, ciudad del Perú y ciudadano francés desde 1780".(2A) Es indudable que contribuyó a esta decisión la simpatía que en la provincia francesa había despertado su conducta generosa y la cordial filantropía en beneficio de los necesitados en época de crisis nacional. En 1795 se traslada de Meung al castillo de Cheverny, donde reside hasta 1798. Serán estos años de creación más intensos. Escribe entonces los cuatro volúmenes de El Evangelio en Triunfo (publicado en 1797) y gran parte de sus diecisiete novelas cortas, además de El testamento del filósofo. Parece que entre 1797 y 1798 estuvo vinculado a las tratativas mantenidas por el venezolano Francisco de Miranda, con el norteamericano John Q. Adams, el inglés William Pitt y el ex-jesuita peruano Juan Pablo Viscardo y Guzmán, para elaborar un plan destinado a lograr la independencia de Hispanoamérica.(3) A raíz de la edición de El Evangelio en Triunfo inició gestiones para regresar a España, un tanto desilusionado de sus fervores francófilos. El rey Carlos IV permitió su retorno y le concedió una pensión para resarcirlo de la pérdida de su patrimonio en su forzado retiro en Francia. Olavide volvió a España y se estableció en Baeza desde 1798, donde falleció muy activo todavía a comienzos de 1803 a los 78 años. La vida de Pablo de Olavide mostró una intensidad y una sugestión extraordinaria. Su trayectoria conoció grandes triunfos y otras tantas desventuras. Su vida no se desenvolvió con un ritmo parejo. A sus momentos triunfales de Lima, en plena juventud, siguió después de 1748 el proceso de malversación que lo llevó a Madrid. A sus extraordinarios y grandes éxitos durante el gobierno de Carlos III en España entre 1767 y 1776 como Asistente de Sevilla y Superintendente de la colonización de Sierra Morena, siguió el proceso inquisitorial y la prisión. A su proclamación como mártir de la libertad de pensamiento y su reconocimiento en Francia como ciudadano de honor en los tiempos revolucionarios, adviene su persecución como sospechoso y su refugio en las provincias, donde al fin, empobrecido, pudo vivir un tiempo antes del regreso discreto a España. En el último volumen de El Evangelio en Triunfo dedica cinco capítulos o "cartas" a explicar su propia experiencia como testigo y en parte como actor pasivo de "la moderna Revolución de Francia". Esas cartas fueron cuestionadas por la celosa censura española , no obstante que en ellas consta su desencanto de las ideas de Voltaire y Rousseau, que habían alimentado sus arrestos reformistas de juventud. Analiza las causas, agentes y efectos del proceso revolucionario y el "gradualismo" de las reformas por la Asamblea Constituyente, por la Asamblea Legislativa, por la Convención y por la Comuna, presenta cómo va extremando cada vez más en el transcurso de ocho años (1789-1797) sus mandatos y decisiones de orden político, social y religioso. Hace un análisis racionalista del fenómeno social y reprueba los excesos, la anarquía, el caos y la orgía revolucionaria, que llegó a ocasionar tremendas injusticias, crímenes nefandos, profanaciones y persecuciones implacables. El desenfreno llevaba a límites inconcebibles. Olavide reacciona con indignación y clama contra la violencia. Aboga por un orden y la vuelta al imperio del cristianismo tan maltratado por la Revolución en el vano empeño de exterminar las creencias tradicionales. El texto de las "cartas" censuradas se ha descubierto hace apenas unos años y sirve para justificar muchas páginas de su obra que parecían incoherentes o retóricas. Pero ya en el prólogo de El Evangelio en triunfo, Olavide explica su actitud frente al hecho histórico de tanto relieve en la historia posterior y puntualiza: "Un destino tan triste como inestable, me condujo a Francia, mejor hubiera dicho me arrastró. Yo me hallaba en París el año de 1789; y ví nacer la espantosa revolución que en poco tiempo ha devorado uno de los más hermosos y opulentos reynos de la Europa. Yo fuí testigo de sus primeros y trágicos sucesos y viendo que cada día se encrespaban más las pasiones y anunciaban desgracias más funestas , me retiré a un lugar de corta población (4). Mas ya la discordia, el desorden y las angustias se habían apoderado de los rincones más ocultos". Y agrega más adelante: "Cuanto más pienso en este inesperado suceso de Francia, tanto más me sorprendo y me confundo. Nada podrá anunciar tan repentino y absoluto trastorno (5). Porque, señores no nos engañemos, esta revolución no ha sido como ninguna de las otras (pues) ataca al mismo tiempo el trono y el altar". El Evangelio en Triunfo se editó a partir de 1797, sin los capítulos o "cartas" claves que explican el propósito final del libro. Aun así mutilado e incompleto, el libro tuvo un éxito editorial extraordinario. Menudearon las ediciones españolas y las traducciones al inglés, al alemán, al italiano, al portugués y al ruso. En un lapso de casi medio siglo fue uno de los libros más difundidos en Europa y en América. Puede advertirse en él un claro parentesco con otro libro notable de la época, El genio del cristianismo de François René de Chateaubriand (1768-1848) aparecido por primera vez en 1802 y antecedido por Atala (1801). Dada la difusión alcanzada por la obra de Olavide desde 1797, se sospecha que pudo haber conocido el escritor francés el texto del peruano y tomado algunas ideas o planeamientos para la elaboración de su obra destinada a exponer tesis similar. De no haber mediado tal acontecimiento serían explicables las coincidencias en razón de la semejante intención y finalidad propuestas por ambos autores: la reacción contra el ateísmo. El impacto de la gran Revolución fue decisivo en el desenvolvimiento intelectual de Olavide y constituyó estímulo importante para orientar ideológicamente el último tramo de su trayectoria espiritual. La Revolución Francesa fue para él experiencia sugestiva y única, campo experimental para llevar a la práctica ideas de reforma, motivo de reconocimiento para lograr su propia acción y también oportunidad de rectificación y de meditación acerca del serio compromiso de lograr la paz, la justicia, la libertad y el bienestar entre los hombres, y también para variar el sentido y contenido de su obra posterior. Entonces surge un afortunado y original narrador de novelas cortas y "morales" que pasaron inadvertidas para la crítica de su época. Transcurridos casi dos siglos, se han descubierto y publicado, resultando así Olavide el primer novelista de América ya que en su novela Teresa o el terremoto de Lima, desenvolvió una narración de ficción, en la cual se mezcla una trama ficiticia dentro de un marco histórico real.
______________________________ 1 M. Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España, tomo III, Madrid, C.S.I.C., 1940, p. 312. 2 Cfr. Marcelin Defourneaux, Olavide ou le "afrancesado", París, Presses Universitaries de France, 1959. 2A Estuardo Núñez, Estudio preliminar a Pablo de Olavide, Obras Selectas, Lima, Banco de Crédito, 1987 (Biblioteca Clásicos del Perú, 3). 3 Veáse Obras selectas de Olavide, edición dirigida por Estuardo Nuñez, Lima, Banco de Crédito del Perú, 1987, dentro de las cuales se incluye la novela corta Teresa o el terrremoto de Lima, con edición póstuma en París, 1808. 4 P. de Olavide, El Evangelio en Triunfo, Tomo IV, Madrid, 1797. 5 P. de Olavide, obra cit. |