El Ilustrado Cristiano: Chateaubriand
La obra inicial de François René de Chateaubriand (1768-1848) mereció notable acogida en todo Hispanoamérica, en los albores del siglo XIX, con títulos significativos como René (1802 y 1805), Atala (1801) y El genio del Cristianismo (1802), libros difundidos en plena vigencia del imperio napoleónico. Hubo razones para ello: de un lado no se contaba a Chateaubriand entre los réprobos, entre aquellas víctimas de la censura inquisitorial (como Voltaire y Rousseau), y de otro lado dejaba impreso en su Atala y sus demás creaciones de juventud, el paisaje americano de las inmensas y soledosas regiones del Canadá y del Medioeste de los EE.UU., en las márgenes del Missouri y el Missisipi, donde había vivido varios años. Para los hispanoamericanos, la naturaleza, el hombre y los sentimientos descritos en Atala eran familiares por afinidad continental, aunque para los europeos los escenarios y los temas se consideraban tan exóticos, tan extraños y lejanos como las escenas y decorados asiáticos. El tema del hombre ligado a la naturaleza, del "buen salvaje" alejado de la civilización, empieza así a tener resonancia y eco en los países hispanoamericanos. El peruano José Joaquín de Olmedo (1780-1847) nacido en Guayaquil y educado en Lima, escribe una "Canción Indiana" alrededor de 1826, cuando residía en París, inspirada en un paisaje de Atala. Por lo demás, la novela citada de Chateaubriand había sido profusamente traducida a todos los idiomas, apenas salida de las prensas francesas, y existe el dato revelador de que hasta hubo traducción al ruso en 1802. (1) Es probablemente la novela francesa más difundida en toda Europa y en la misma América, "Escrita en el mismo lugar en que moran los salvajes", según decía el autor, y publicada originalmente en 1801, Atala ya tenía tercera edición el mismo año y una inmediata traducción castellana (París, 1801), suscrita con el seudónimo S. Robinson, quién no era otro que el venezolano Simón Rodríguez, el futuro maestro del Libertador Simón Bolívar. Dos años más tarde, apareció otra edición castellana en Valencia (España) [Imp. de J. de Orga, 1803] cuyo autor fue D. Pascual Genaro Ródenas. Tanto la una como la otra merecieron varias impresiones y se difundieron por toda América. (2) Otro autor peruano que alcanzó a leer a Chateaubriand, mayor que él aunque en parte coetáneo, fue el ilustre limeño Pablo de Olavide(1725-1803). Si consideramos que Pablo de Olavide hubo de morir en Baeza, en 1803, y que como hemos demostrado tuvo una ancianidad activa (3), pudo conocer el René y sobre todo Atala, (de 1801) después incluidos en El genio del Cristianismo (1802) de Chateaubriand. El gran reformista peruano estaba siempre al tanto de lo que se producía en Francia y en toda Europa, y su información cultural provenía mayormente de fuentes francesas. Es fácil deducir que no pudo dejar de conocer Atala en medio de ese impacto múltiple de la novela de Chateaubriand, por las colindancias que presentan sus respectivas obras. Pero lo interesante resulta el impacto probable de la obra de Olavide sobre la de Chateaubriand, que podría ser una de las primeras muestras de impacto de un autor americano sobre uno europeo. Vale la pena rastrear un poco en la huella de Olavide (1725-1803), dentro de la obra de Chateaubriand (1768-1848). Según Ricardo Palma (4), El Evangelio en Triunfo de Pablo de Olavide, (1725-1803), "es el libro americano que mayor resonancia alcanzara en el mundo desde los albores del siglo XIX y fueron 11 ediciones de ese libro publicadas hasta 1837". Es acertada la afirmación de Palma respecto de la difusión de la obra, aunque se quede corto en señalar el número de sus ediciones y la amplitud del influjo del escritor, no limitado sólo a un libro sino al complejo cuadro de su actitud vital, a veces contradictoria, y a la acción del luchador por las nuevas ideas, fluctuante entre el librepensamiento y el cristianismo ascendrado pero no ultramontano. La obra más difundida de Olavide El Evangelio en Triunfo (Valencia, 1797) llegó en varias lenguas, en sus 30 ediciones castellanas y 20 ediciones francesas, la portuguesa, la italiana y la rusa, a todos los públicos dentro y fuera de Europa. No es descartable que dejó huella en autores de tanta nombradía como François René de Chateaubriand, notable escritor y autor de El genio del Cristianismo, obra aparecida en 1802, cinco años después de la edición de El Evangelio en Triunfo en castellano. Existen notables coincidencias entre una y otra obra. El genio del Cristianismo se concibió y publicó dentro de una atmósfera de irreligiosidad creada por la Revolución -de "liberalismo en acción" y "entre las ruinas de los templos"- y Chateaubriand se propuso imponer o restablecer el concepto civilizador de la religión y el contenido estético del cristianismo. Semejantes circunstancias se observan en Olavide. Su Evangelio en Triunfo fue destinado igualmente a probar las verdades y la acción del cristianismo en una sociedad descreída e intentaba también la conciliación entre la Ilustración y el Cristianismo. El Evangelio en Triunfo, de Olavide, obra tenida como muestra de la retractación de sus ideas racionalistas, como la pretendida palinodia del filósofo liberal desengañado, es acaso un documento trunco. La censura eclesiástica española -según hemos probado en un reciente libro (5)-, le arrebató cuatro de sus últimos capítulos, en los cuales estaban insertadas las conclusiones de reforma social derivadas de su concepción renovadora y ecléctica del Cristianismo Ilustrado y además, consigna en ellos el recuento de sus experiencias de aspectos positivos y excesos de la Revolución Francesa de la cual fue testigo presencial durante el prolongado lapso de 1781 a 1797 en que le tocó vivir los difíciles y laboriosos años de su forzada expatriación. Pero además, a propósito de esa intención ideológica, de El genio del Cristianismo incluía dos novelas sentimentales y éticas o sea Atala, o los amores de dos salvajes en el desierto, publicada por separado desde 1801, y René o los efectos de la pasión, incorporada en El Genio del Cristianismo en 1802, y que después se desprende ampliada de esta obra, en 1805. Estas novelas perseguían demostrar patéticamente las ideas antes expuestas en el ensayo apologético, desarrollándolas dentro de una obra narrativa de creación imaginaria. Tanto Atala como René intentan presentar las pasiones exacerbadas y sus funestas consecuencias. De El Evangelio en Triunfo de Olavide destinado igualmente a probar verdades morales y señalar normas de conducta, surgen también una serie de novelas, algunas como los relatos de Mariano y Teodoro, ya incorporados en el Evangelio, y otras que escribe coetánea o posteriormente como El incógnito o el fruto de la ambición, Paulina o el amor desinteresado, Sabina o los grandes sin disfraz, Marcelo o los peligros de la corte, Lucía o la aldeana virtuosa, Laura o el sol de Sevilla y El estudiante o el fruto de la honradez, (6) en las que se presenta de un lado, el efecto perturbador de las pasiones -el juego, la ambición, los celos, la doblez espiritual, etc.,- y de otro lado, la belleza y los atractivos del campo, y el efecto benéfico de los nobles sentimientos: la prudencia, la honradez, la fidelidad, etc. De tal suerte, tanto Chateaubriand como Olavide resultan autores de novelas que persiguen ilustrar en sus textos de entretenimiento y solaz, pero de intención didáctica, las propias ideas de filiación cristiana que habían desarrollado en El Genio del Cristianismo y en El Evangelio en Triunfo respectivamente. En ambos libros y en las respectivas novelas ancilares o colaterales, se exalta el encanto y atractivo de las costumbres sencillas de la vida del campo, de la pureza de sentimientos, de la nobleza de alma y señalan los peligros de las grandes urbes con su secuela de incentivos al vicio y a la inmoralidad. Una apreciación crítica de esas novelas, nacidas de la reflexión sobre condiciones sociales y con objetivo ético perfectamente definido, inclina a establecer que las de Chateaubriand fueron narraciones de más alto contenido literario que las de Olavide, pues las de aquél realizaron valores nuevos en la literatura europea. Ellas abrieron el cauce para la nueva corriente romántica, con el ascendrado tratamiento de la naturaleza (captado durante el largo viaje de Chateaubriand a la América del Norte), un delicado sentimentalismo que neutraliza la intención intelectual de las obras y el lenguaje nuevo que inaugura a su vez nuevas posibilidades estéticas. Estas observaciones ponen en evidencia no sólo una curiosa coincidencia entre la obra de uno y de otro autor, sino también un antecedente evidente para la obra del autor de Atala y René, tanto más que el antecesor fue un autor americano de singular renombre como Olavide, nacido en el Perú, cuya fama tuvo por lo demás, validez europea. Pero si Olavide (muerto en febrero de 1803) no alcanzó -de acuerdo con la cronología de la aparición; a conocer la obra de Chateaubriand, éste sí pudo conocer la del primero, editada en España y traducida al francés, cinco años antes. Si bien las similitudes o coincidencias son evidentes, no debe descartarse que ambos autores bebieron en las mismas fuentes y recibieron, entre otros estímulos, el de las novelas inglesas de Richardson, el de los "cuentos morales" de Marmontel y el de las teorías pedagógicas de Rousseau, grandes maestros del relato y gestores de la difusión de las nuevas ideas liberales.
____________________________ 1 La edición rusa de El Evangelio en Triunfo se tituló Torzhestvo Evangeliia, 2 vols., Moscú, 1821-1822. 2 Veáse: Pedro Grases, Prólogo a Escritos de Simón Rodríguez, vol. III, que incluye la versión de Atala, Caracas, Imp. Nacional, 1958, pp. XI-XLI. 3 Estuardo Núñez, El nuevo Olavide, Lima, Talls. Gráfs. P.L. Villanueva, 1971, 158 pp. 4 Ricardo Palma, Memoria de la Biblioteca Nacional, Lima, 1908. 5 Estuardo Nuñez, El Nuevo Olavide, obra cit. 6 Los títulos completos de esas novelas editadas en New York, 1828, son los siguientes: El estudiante o el fruto de la honradez, El incógnito; o el fruto de la ambición, Laura o El Sol de Sevilla, Lucía o La aldeana virtuosa, Marcelo, o Los peligros de la corte, Paulina o el amor desinteresado, Sabina, o los grandes sin disfraz. A ellas debe agregarse el posterior hallazgo de: Teresa o el terremoto de Lima. Véase: Olavide, Pablo de, Obras narrativas desconocidas, edición de Estuardo Núnez, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1970. |