IV

 

El Reformismo Social: J.J. Rousseau

 

Entre todos los escritores de la Ilustración, francesa, tuvo Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) el más vasto influjo en la cultura peruana en particular y dentro del ámbito latinoamericano en general.

Los tratadistas de la Ilustración apuntan que Rousseau murió el 2 de julio de 1778, un mes después que Voltaire, su compañero de generación, pero a causa de divergencias ideológicas, se habían distanciado, no obstante lo cual han seguido enmarcados dentro del espíritu reformista que informó a los hombres de su tiempo.

Si para la mayoría de los ideólogos de la época, el espíritu de la Ilustración entrañaba la reforma del hombre por la vía de la razón, Rousseau perseguía esa misma reforma por la vía del sentimiento y de la práctica de la libertad y de la educación.

Rousseau era un gran pensador pero no se consideraba un filósofo. Se esforzaba por acercar las ideas a la vida y ofrecer una fórmula concreta para lograr la felicidad de los hombres. Se aparta del racionalismo abstracto para traducir la experiencia concreta, pues según él, la razón pura puede llegar a corromper al hombre. En su exaltación del sentimiento como motor de la actividad humana, Rousseau resulta un precursor del romanticismo que había de imperar en la literatura, en la política y en la cultura y en la educación racional durante los años posteriores a su muerte.

En sus obras quedan reveladas las inquietudes del pensador coherente que ofrece las fórmulas para orientar las relaciones humanas, la vida social, la organización política, la educación y la cultura al servicio del hombre. Las ideas rusonianas acerca de la reforma de las estructuras sociales imperantes, informaron la ideología de los hombres de nuestra emancipación política.

1. América y el Perú en el pensamiento de Rousseau

A mediados del siglo XVIII, se enseñorea un deseo e impulso hacia el viaje de estudio desinteresado, el viaje del filósofo. La afición al viaje se nota latente en Voltaire, en Marmontel, en Diderot y en Rousseau. Dionisio Diderot escribe con fervor y afán exotista, en 1772, un Suplément au voyage de Bougainville en el cual, con su sensibilidad de gran creador, reflejaba nítidamente un estado de espíritu que traducía el cansancio de las exigencias de la civilización europea y la nostalgia por haber perdido las formas simples y espontáneas del vivir. En el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau, operó asimismo, con vigoroso impacto, la lectura de relaciones de viaje por el Nuevo Mundo. Su filosofía social fue sin duda inspirada por la condición del hombre en América latina.

Así como América contribuye a insertar en la mente de los escritores europeos del Renacimiento, la concepción de la universalidad del hombre y su nuevo sentido de la vida del campo y de la naturaleza en estado primigenio, América inculcó también en los hombres de la Ilustración la idea de una sociedad centrada en el desenvolvimiento de la persona humana, que se volvió a la postre base o elemento importante de la doctrina de la democracia liberal.

La inquietud americanista de Rousseau puede calificarse de temprana. Casi adolescente escribe una ópera sobre el descubrimiento de América. En sus cartas revela a menudo su deseo de viajar al nuevo continente. En su intervención en el Concurso de Dijon, en 1753, sobre el problema del restablecimiento de las ciencias y las artes en la era moderna, se pronuncia sobre los beneficios universales del descubrimiento de América y afirma que contribuye a la mejora de las costumbres y refuta a quienes denigran a los indios. Al respecto dice un historiador:

«El discurso sobre los orígenes y el fundamento de la desigualdad entre los hombres, expone Jorge Basadre, tiene como epígrafe una de las frases de Montaigne sobre su encuentro con los indios de la Amazonia. En la novela La Nueva Eloísa el personaje realiza lo que el autor sólo pudo desear: visita la América meridional y encuentra allí una isla desierta y silenciosa, asilo de la inocencia y la bondad.»(1)

En una nota del mismo Discurso sobre la desigualdad, Juan Jacobo Rousseau, entre otras posibilidades del viaje por Asia y Africa, enuncia:

«México, Perú, Chile, las tierras magallánicas sin excluir a los patagones verdaderos o falsos, Tucumán, Paraguay y, si es posible, el Brasil y en fin, los caribes, la Florida y todos los parajes salvajes, es el viaje más importante de todos, aquél que podría hacer sin el mayor cuidado.»(2)

Se advierte en este párrafo un tanto la reacción contra la fantasía y la creación literaria que había imperado en la primera mitad del XVIII, en que se tomaba el viaje como un medio, un simple pretexto. Y ahora, por primera vez, se empieza a tomar el viaje como un fin, que tiene como objeto de estudio y de reflexión al hombre en todas las latitudes del globo terrestre, y que a su vez contribuye a la propia formación intelectual del hombre, tomándolo como materia educativa, conforme lo propugna el mismo Rousseau en su Emilio. (1762).

La imaginación de los utopistas y de los poetas y creadores de fantasías constituía una fuerza que actuaba sobre los ideólogos de la Ilustración inspirándoles sus concepciones y sistemas racionalistas. Pero de otro lado, incrementándose un debate intenso entre ideólogos europeos, entrado el siglo XVIII, habían empezado a plantearse polémicamente diversas proposiciones acerca del hombre y la naturaleza de América. A los enfoques parciales formulados hasta entonces y traducidos en visiones y observaciones fragmentarias de un inmenso continente, han de seguir en esa época de la Ilustración, generalizaciones un tanto prematuras que inducen a la falsedad y al error en los ideólogos europeos. El Conde de Buffon, a comienzos de ese siglo, había formulado teorías de gabinete y un tanto «literarias» a base de datos aislados y locales aportados por viajeros y visitantes que no abarcaron el conjunto de la realidad americana o que carecían de formación científica suficiente o sólida. Según ellos, el hombre de América era deficiente e incapaz de dominar a las fuerzas naturales y la naturaleza americana se presentaba como inmadura y degenerada. De igual jaez surgen otras teorías racionalistas que afirman o niegan lo mismo, como las formuladas por de Pauw, por Carli, por Hume, por Raynal, por Robertson.

El espíritu polémico de los europeos, no satisfecho con esa literatura ejemplarizadora, que toma pie en el Nuevo Mundo, ha empezado así a denigrar por reacción todo lo americano. Cornelio De Pauw, un abate holandés, había publicado en 1769, sus reflexiones o investigaciones filosóficas, adversas a lo americano, de gran resonancia europea (3). Guillermo Thomas Raynal, ensayista francés, publica también una obra en 1770, clásica entre los detractores de América. Estos europeos -que conocen a América sólo a través de los libros- extranjeros, elaboraban conclusiones antojadizas de las hasta entonces conocidas fuentes. (4)

De otro lado, como ha señalado un investigador que ha estudiado los relatos de viajeros al Perú y América Meridional hasta mediados del XVIII, no existe en ellos el sentimiento del paisaje:

«No hallan en la naturaleza una correspondencia afectiva, tonal de sus estados de ánimo. Tampoco suelen tener frente a ella una actitud contemplativa .... La naturaleza no es más que el escenario, a menudo hostil, de una aventura, de un hecho». (5)

Si ellos no tuvieron ese sentimiento de la naturaleza, tampoco pudieron trasmitirlo. Así vemos cómo hasta en los escritorios europeos como Marmontel, Dryden o Kotzebue, el paisaje americano no despierta resonancia alguna, y sólo campea el tema exótico. Pero Rousseau, adelantándose a su época, tuvo la intuición de la nueva actitud contraria a los excesos del racionalismo y más afirmada en la realidad. (5 bis)

En los viajeros científicos de la segunda mitad del XVIII, y comienzos del siguiente, la actitud cambia y sobre todo con Amedée Frezier y Carlos María de La Condamine (6) que llegan a conocer de cerca la realidad de América y muestran viva simpatía por el habitante indígena del Nuevo Mundo, y por su rectitud de vida, sanas costumbres, capacidad de trabajo, en contraste con las deficiencias y poca ejemplaridad de los colonizadores españoles.

Carlos María de la Condamine (desde 1738) es el primer viajero europeo que se adentró en tierras americanas sobre cordilleras frígidas y a través de selvas inhóspitas del Amazonas y permanece unos diez años en el Virreynato del Perú, hazaña que comparte en la zona andina con los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa. Su relación trata de excluir ya lo meramente pintoresco y anecdótico. En su actitud coincide con los misioneros esparcidos en la región amazónica que empezaron a difundir sus relatos por esa época. Rousseau debió conocer el relato de La Condamine, personalmente tan vinculado a todos los hombres de la Ilustración francesa, sobre todo a Voltaire. Pero hubo otro viajero de nacionalidad inglesa que con su temprana difusión en Francia, a raíz de la versión de su relato varias veces editado (7) impacto profundamente la mentalidad europea. El Comodoro inglés George Anson, comandando una escuadra numerosa que los vientos y tempestades desbarataron al pasar los estrechos de Magallanes, había cumplido la misión de hostilizar, entre 1740 y 1744 las costas de los dominios españoles en el Pacífico y tomar valiosas presas. Después de reparar averías en las islas Juan Fernández, desistió de atacar Callao y Lima, pero saqueó e incendió Paita, incursionó sobre la costa mejicana y finalmente capturó el galeón de Manila con un fabuloso botín que le dio fama a su regreso triunfal, no obstante las bajas humanas y la pérdida de toda la escuadra con excepción del buque insignia. El relato de sus hazañas, escrito por Richard Walter y publicado en 1748, obtuvo una difusión inusitada en toda Europa. Lo leyó Rousseau con entusiasmo que excede a todo lo imaginable, al punto que el personaje varón principal de la novela epistolar La Nueva Eloísa (aparecida en 1761) o sea Saint Preux, el amante de Julia, resulta embarcado en la expedición de Anson. La ficción lo incorpora a esa empresa real y comparte la enorme experiencia del viaje a América Meridional y el Mar del Sur. De ella habla Saint Preux en una de sus cartas:

«He visto sobre las costas de México y del Perú el mismo espectáculo que en el Brasil: observé allí los raros e infortunados habitantes, tristes restos de dos poderosos pueblos, abatidos por la cautividad, el oprobio y la miseria, en medio de su riqueza mineral, quienes reprochan al cielo llorosos los tesoros que ellos habían prodigado. He visto el incendio horrible de una ciudad entera (Paita) sin resistencia y sin defensores. Tal es el derecho de la guerra ejercido por pueblos sabios humanos y cultivados de Europa; que no se limitan a procurar a su enemigo todo el mal de que se pueda sacar provecho, sino todo el mal posible que se pueda hacer a pura pérdida. He costeado casi toda la parte occidental de América, pero sin ser pasmado de admiración viendo mil quinientas leguas de costa y el más grande océano del mundo bajo el imperio de una sola potencia que tiene por así decirlo, en su mano, las llaves de un hemisferio del globo». (8)

Más adelante, en la misma novela, hay referencia a la vida natural en islas con Tinian y Juan Fernández, las que como «islas afortunadas» vuelven a ser citadas en las Confesiones del mismo Rousseau. Con ellas se evocaba sin duda la figura del Robinson de Defoe (1719), allí encontrado por el pirata Rogers, figura escogida como arquetipo de la educación práctica dentro del Emilio.

2. Las ideas de Rousseau en un temprano precursor olvidado: Carrió de la Vandera

En 1775 ya circulaba en Lima un libro titulado El Lazarillo de ciegos Caminantes escrito por un autor, que se ocultaba llamándose Concolorcorvo. Su contenido pretendía y puede ser considerado como un simple itinerario de viaje por tierra entre Lima y Buenos Aires, pero al mismo tiempo tenía la característica de un libro de viaje por las curiosas y pícaras observaciones que le sugería la ruta entre Lima y Buenos Aires.

El autor ha resultado ser pasados dos siglos, un español, lenguaraz funcionario de la administración de correos del Virreynato del Perú, que se esconde bajo el sinónimo de "Concolorcorvo" (con color de cuervo, o sea de tez oscura) y que se esfuerza en ofrecer falsas pistas, entre ellas como llamarse Calixto Bustamante Carlos Inga, mestizo de español e India de conocida procedencia. Pero la verdadera identidad del autor tardó en conocerse y corresponde el mérito del hallazgo a un notable hispanista francés, Marcel Bataillon, quien demostró con toda certeza que el autor era en verdad un funcionario de correos, y además escritor culto y mordaz.

El visitador Alonso Carrió escribió así un libro muy crítico acerca del funcionamiento de los caminos del Virreynato y como se trataba de denuncias a veces graves, optó por el recurso de las supercherías, primero escondiendo su nombre bajo seudónimo, también falseando lugar de la edición que en realidad fue Lima y no Gijón y también la fecha de ella que fue 1773 y no 1775. Alonso Carrió resultó así, un eximio maestro de tapujos y encubrimientos y logró de tal manera despistar a las autoridades afectadas por sus críticas y reparos.

Alonso Carrió de la Vandera, peninsular americanizado, había nacido en Gijón (1715) y probablemente murió en 1780. A los 20 años arribó a México, iniciando su periplo de más de varios lustros en el Nuevo Mundo. Residió diez años en las ciudades de México, Durango y Sonora. En 1746 actuaba ya en el Perú y a poco contraía matrimonio.

Fue Corregidor en Ayacucho y Apurímac y luego sirvió como oficial en las milicias del virrey Amat y en tal carácter, vigila y conduce a España a los jesuitas expulsos del Perú entre los que estaba el precursor Viscardo y Guzmán.

Cumplida su misión, regresa a América en 1771, luego de haber gestionado su nombramiento de Corregidor en Arica, Huamanga y Huarochirí. Después de muchas gestiones sólo consiguió ser nombrado Visitador de Correos entre Buenos Aires y Lima. Se detiene un tiempo en Montevideo y Buenos Aires (1771).

Describe su viaje a Lima, cuya ruta sigue el itinerario común de los viajeros de la época, pero con acotaciones técnicas, jocosas y costumbristas, las que atribuye a su personaje "Concolorcorvo".

Como ha anotado Bataillon, no le interesa lo histórico (ruinas, antecedentes o cronología), pero si lo literario y, como hombre de buenas letras, el autor de El lazarillo de ciegos caminantes revela el gusto por los clásicos latinos o por modernos como Fénelon (Telémaco), y por escritores españoles como Cervantes, Gracián y Quevedo.

El autor culto matiza su relato con rasgos de humor y fina captación de costumbres y parece discípulo o admirador de Benito Feijoo, siente repulsa por la erudición de Peralta y se inclina a la observación de la realidad americana y a la actualidad de sus problemas.

Es un español americano con sus casi 40 años de residencia en México y América del Sur. Encontró dificultades a su regreso a España por causa de sus informaciones o de un Manifiesto que escribió sobre la administración de correos, y por ello fue encarcelado y liberado después de un tiempo.(9)

Proyectaba otro itinerario de Cartagena a Buenos aires y al parecer se ha perdido su relato de viaje de España a Buenos Aires. Estudios últimos del padre Rubén Vargas Ugarte, de Marcel Bataillon y Augusto Tamayo Vargas descartan como autor al personaje ficticio que él creó y llamó Calixto Bustamante Carlos Inga.

Concolorcorvo define su libro como "una guía de viajeros bisoños e inexpertos" y lo es sin duda, aunque también significa algo más. El pormenor de los detalles que debe atender el viajero, los lugares de tránsito, itinerarios, distancias, las características del camino y hasta la estructura de las carretas y naturaleza de los bueyes, caballos y mulas utilizados, las producciones, sus observaciones y consejos, se alternan con la descripción animada (en 1771) de las costumbres de cada lugar de la ruta (Montevideo, Buenos Aires, Córdova, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, Humahuaca, La Quiaca, etc.).

En otros capítulos de verdadero interés socioeconómico, incluye agudas acotaciones como las referentes a las mulas y a las abejas, y a otros asuntos de tipo etnológico y folklórico (canciones, fiestas e indumentarias típicas).

Describe también la ruta de Buenos Aires a Santiago de Chile por el Río Cuarto, San Luis, Mendoza, y el cruce de los Andes. De La Quiaca sigue la ruta por la actual Bolivia a Suipacha, Potosí, Chuquisaca y la variante de Potosí Oruro y La Paz.

Luego entra en territorio propiamente del Perú de hoy, Pomata, Juli, Chucuito, Puno, Juliaca, Pucará, Ayaviri, Sicuani, Oropesa y Cuzco, supuesto lugar de nacimiento del autor. Finalmente continúa la descripción de la ruta por Marcahuasi, Andahuaylas, Huamanga, Huancavelica, Lunahuana, Chilca, Lurín y Lima, o por Huancayo, Jauja, Huarochirí, Sisicaya y Lima.

Es curioso observar cómo el genio zumbón, pintoresco y satírico del autor en el que se adivina un culto lector de Voltaire, se revela y acentúa más en la descripción de la parte peruana de la ruta y entonces empieza a adornar su descripción con anécdotas y relatos jocosos y amenos y es cuando escribe, a propósito de la deplorable condición de los indios, páginas de encendida acusación contra las autoridades españolas y de condena de los métodos de explotación del poblador aborigen. Estas catilinarias se ponen unas en boca del propio Carrió y otras las más encendidas en la del seudónimo "Concolorcorvo" que a no dudarlo es él mismo.

Aunque no lo revelen sus biógrafos, alguna amarga experiencia de su vida en la península debió ensombrecer la existencia de Carrió anterior a su segunda estada en tierras americanas. Debió sufrir seguramente la persecución por actitudes personales derivadas de su postura crítica frente al orden social o administrativo o con la posición ideológica sospechosa de heterodoxia; no se explica de otro modo su afán casi obsesivo de disimulo y encubrimiento. Comenzando por el seudónimo adoptado Concolorcorvo en cada detalle se advierte el persistente propósito de despistar a la autoridad posible de ejercitar el control de sus datos. Simula el pie de imprenta, la fecha de la impresión, el lugar de la misma, el verdadero o el supuesto autor de la obra, su raza india o mestiza, las opiniones peligrosas que pone en boca de inventado autor, las expresiones ortodoxas que atribuye el Visitador interlocutor de aquél. Todo ello es sintomático en un escritor que traza una obra realista, de fino sentido crítico, quien lanza agudezas y acusaciones contra influyentes funcionarios del régimen español en América.

CONCOLORCORVO, VIAJERO "ILUSTRADO".-

Tratándose de Carrió de la Vandera, no se ha reparado en dos circunstancias importantes que atañen a su formación intelectual.

En primer lugar, su contacto por largos meses de navegación a comienzos de 1768 entre Callao y Cádiz con el grupo numeroso de jesuitas expulsos de América, en cumplimiento de la misión a él encomendada por el virrey Amat. Debe presumirse fundadamente que su inquietud intelectual fue sostenida e incrementada a bordo, en largos coloquios con aquellos jesuitas, conspicuos hombres de saber humanista, conocedores de las tierras ignotas del Continente, científicos, artistas y enterados de las nuevas ideas sobre los problemas sociales de la época.

De otro lado, en segundo término, atañe también a su cultura personal el contacto con la España reformista de Carlos III y con el pensamiento francés de la época de donde resulta el precursor en la difusión de las ideas de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) en América del Sur, cuando aún vivía el filósofo ginebrino.

Su concepción del sentido moderno de la literatura de viaje responde, por influencia o por coincidencia, al pensamiento de Rousseau, expuesto en su Emilio, aparecido en 1762 y seguramente difundido en España, aunque en forma clandestina, pero que pudo conocer durante su permanencia en la Península entre 1768 y 1771 y en cuyo lapso pudo haber realizado el viaje a Francia. Por lo demás era aquélla una época llena de incitaciones reformistas y actuaba en Madrid y Sevilla como inspirador de ellas el limeño Pablo de Olavide, introductor de libros franceses y promotor de inquietudes liberales.

Debía conocer, también Concolorcorvo las relaciones de viaje "ilustrado" que habían publicado Frézier en 1716 y La Condamine en 1745, a más de las relaciones de Antonio de Ulloa y Jorge Juan, conocidos desde 1746 y aun otras expresiones de la literatura europea de esa índole en relación con España y otros lugares del globo.

El contacto con la cultura francesa se advierte ya en su estilo poblado de galicismo sintácticos y lexicológicos (como "clarivoyante"), en el uso de locuciones francesas sin traducir (fort bien, o también carnes "grillada"), pero es notorio que tal modalidad estilística no era "deliberada" como se ha insinuado por la crítica reciente, sino habitual en un hombre inficionado, por las ideas europeas de su época. La asimilación de Rousseau se advierte especí-ficamente en las ideas de Concolorcorvo sobre los viajes, calcadas del Emilio. Si bien Carrió se cuida mucho de mencionar el nombre de Juan Jacobo Rousseau y era en ello hombre cauto que evitaba dificultades con la Inquisición y si, además, tampoco su vena satírica y el punzante humorismo crítico carecían de directa relación con el estilo del escritor ginebrino, es indudable que Carrió había leído con fervor y provecho el Emilio y adoptaba en su obra, sin denunciarla, toda la teoría russoniana del viaje.

En el capítulo "De los viajes" del Emilio, Rousseau apunta sentenciosamente como principio educativo que:

"Para instruirse no basta recorrer países, se necesita saber viajar. Para observar es preciso tener ojos y dirigirlos hacia el objeto que se quiere conocer... Mucha diferencia hay de viajar por ver países o por ver pueblos. Lo primero es siempre el objeto de los curiosos, lo segundo sólo es para ellos un accesorio".

Sin duda, Concolorcorvo recoge "el tener ojos", el "saber dirigirlos" y el "ver los pueblos" y no sólo los países, y crea la entelequia literaria del "lazarillo" que no hace sino proporcionar esos ojos a quien no los tiene y específicamente los da a quienes se deciden por el viaje.(10)

Decía Rousseau más adelante:

"Tengo por máxima indiscutible que aquel que sólo ha visto un pueblo, en vez de conocer a los hombres, solamente conoce las gentes entre quienes ha vivido...

Los viajes, mirados como parte de la educación, también deben tener sus objetivos. Viajar por viajar es andar errante, ser vagabundo, viajar por instruirse todavía es un objeto muy vago: la instrucción que no tiene objeto determinado, es nula".

Podría ser aplicable al propio Carrió de la Vandera el juicio pintoresco de Rousseau respecto de los viajeros españoles:

"Como los pueblos menos cultivados son por lo general los más cuerdos, los que menos viajan, viajan mejor: porque como están menos adelantados que nosotros en nuestra frívolas investigaciones y menos ocupados en los objetos de nuestra vana curiosidad, ponen su atención en lo que verdaderamente es útil. No conozco más que a los españoles que de esta manera viajen".

Rousseau finamente aconsejaba que el hombre debía viajar para conocer a sus semejantes, para estudiar en su Emilio y observar las relaciones físicas, morales y civiles del hombre con sus conciudadanos.

Para Concolorcorvo la materia de viaje es así objeto de una teorización concordante con la de Rousseau desde las primeras páginas del Lazarillo. Según su criterio, la literatura de viajes es una fuente auxiliar de la historia y son éstas sus palabras:

"Los viajeros (aquí entro yo) respecto de los historiadores son lo mismo que los lazarillo en comparación de los ciegos". (p. 32, de V.G.C., 1938)

Resultan los viajeros algo así como los ojos de la historia -el testimonio contemporáneo- y las memorias de viaje más veraces e informadas serían destinadas a enriquecer el caudal de los historiadores del futuro. En tal forma, esas memorias cumplen la función de "guías" para los viajeros y de "documentos" para los historiadores. Agrega Concolorcorvo:

"Si fuera cierta la opinión común, o llámese vulgar, que viajero o embustero son sinónimos, se debía preferir la lectura de la ‘fabulá a la de la historia. No se puede dudar, con razón, que la (historia) general extractó su principal fondo de los viajeros, y que algunas particulares se han escrito sobre la fe de sus relaciones".(p. 29, de V.G.C. 1938)

Concolorcorvo es el gran propagandista del viaje, de ese "viaje ilustrado" cuya técnica él domina, y así reprocha a los peruanos -un siglo antes que lo hiciera con gran fundamento también el viajero alemán Middendorf, en 1890- el no tener afición por los viajes dentro de su país y el permanecer de espaldas a la realidad de su país y sin ninguna inquietud por conocerla.

"En este dilatado reino no hay verdaderamente hombres curiosos, porque jamás he visto que un cuzqueño tome postas para pasar a Lima con sólo el fin de ver las cuatro prodigiosas PPPP, ni a comunicar ni oír las gracias del insigne Juan de la Coba, como asimismo ningún limeño pasa al Cuzco sólo por ver el Rodadero y la fortaleza del Inca, y comunicar el coxo Nava, hombre en la realidad raro, porque, según mis paisanos, mantienen una mula con una aceituna"(p. 15, de V.G.C., 1938).

En tal forma, corresponde a Concolorcorvo el título de ser la primera expresión del "viaje ilustrado" en América, a más de dos siglos de distancia, se leen hoy las páginas del Lazarillo como si fuera una obra contemporánea, dada su donosa pintura de la realidad de la vida social peruana y americana ágil e ingeniosamente expresada, con giros directos y con tan fino conocimiento del medio -incluso de las lenguas indígenas como el quechua y el aimara-, que llegó incluso a engañar a la posteridad, creída en la superchería de su condición de indio mestizo.

Esa disposición por el estudio de las realidades vividas, su distanciamiento de los placeres retóricos, su racionalismo un tanto ácido, lo perfilan como un hombre de la Ilustración, dueño de una concepción del mundo un tanto extraña todavía a sus coetáneos. Por eso repudia Carrió la erudición y la retórica de autores como Peralta, a quienes acusa de haber actuado sin directo contacto con los problemas del país, propiciando Concolorcorvo un cambio de actitud, y anticipándose al nuevo enfoque de los problemas del Perú que él iniciaría. Así dice Carrió, quince años más tarde, la generación de criollo, editora y colaboradora del Mercurio Peruano.

"Si el tiempo y la erudición que gastó el gran Peralta en su Lima Fundada y España Vindicada, lo hubiera aplicado a escribir la historia civil y natural de este Reino, no dudo que hubiera adquirido más fama, dando lustre y esplendor a toda la monarquía, pero la mayor parte de los hombres se inclinan a saber con antelación los sucesos de los países más distantes descuidándose enteramente de los que pasan en los suyos"(p. 26, edición V.G.C., 1938).

Carrió recoge y pone en acción estos enunciados, como son «el tener ojos», el «ver los pueblos» y no sólo los países, y crea la ficción literaria del «lazarillo» que cumple la misión de proporcionar ejes a quienes no los tienen y ojos distintos al viajero que se propone escribir impresiones. Por lo demás, Carrió se preocupa de consignar sus observaciones acerca de los hombres y de las sociedades que recorre y de las características de la naturaleza que los rodea y de las instituciones creadas por la acción humana. La América Meridional resulta un conglomerado de virtudes y defectos señalados con ojos sagaces, curiosos y analíticos. Carrió se revela dominador de la técnica del «viaje ilustrado», en la segunda mitad del siglo XVIII y acaso inaugura la actitud de estudiar la realidad próxima antes que el carácter de países distantes; la patria americana, la «idea» del Perú, en vez de detenerse en elucubraciones abstractas o retóricas. Es el precursor en la lúcida recepción del impacto rusoniano en el Perú y en América Meridional.

El Mercurio Peruano célebre revista de ideas (11)

Aparecida en Lima entre 1791 y 1794, se registran las inquietudes de la época y se puede advertir, entre sus colaboradores, una inquieta y admirativa lectura de la obra de Rousseau, sobre todo de sus primeros trabajos. Una mención anónima remite al autor de Origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres con estos términos: "al que Voltaire intituló nuevo libro contra el género humano». En una «Disertación (también anónima) sobre el Real Hospicio de Pobres», se agrega lo siguiente: «si bien este genio sublime e infeliz varió siempre, inconstante y ligero, aseguró en otra ocasión que el linaje humano permaneció largo tiempo en el estado de ferocidad» (MP, IV, p. 138). En una monografía sobre «Historia del descubrimiento del cerro de Potosí» (MP, VII, p.28) se cita el Discurso sobre el restablecimiento de las ciencias y las artes dicho por Rousseau en la «Academia de Dijon» se afirma que ha contribuido a «depurar las costumbres». Más adelante se sostiene que «Rousseau no ha perdido nada de sus glorias por haber confesado públicamente los defectos de su conducta». (Carta enviada al MP, VIII, p. 18).

 

Estas referencias demuestran que a pesar de la censura inquisitorial, Rousseau era leído con detenimiento y fervor, y que sus ideas estaban muy presentes en el ánimo de quienes colaboraban en ese periódico, no obstante la naturaleza clandestina de la lectura y comentario de sus textos.

III. Rousseau en el momento de la Independencia

Más de cincuenta años después de la aparición del El Contrato social (1762), y cuatro y media décadas despúes de la aparición del libro de Carrió, (1776), la declaración de la Independencia del Perú, proclamada por José de San Martín, en Lima (1821), se sustentaba en «la voluntad general de los pueblos», postulado genuinamente rusoniano contrario al derecho de origen divino de las monarquías absolutas.

Pero ya antes de ese acontecimiento, un precursor peruano de la emancipación americana, el jesuita expulso Juan Pablo Viscardo y Guzmán (1748-1798) muestra ya la asimilación del pensamiento de Rousseau en su célebre Carta a los españoles-americanos de 1792. Al respecto César Pacheco Vélez ha apuntado sagazmente:

«Aunque Rousseau no aparezca citado en la Carta, las ideas del Contrato social, la soberanía y el «buen salvaje» se encuentran en su texto mezcladas, yuxtapuestas o revistiendo otras doctrinas políticas; el hecho es que la adscripción de Viscardo principalmente al pensamiento del ginebrino... fue también hecha al tiempo en que el célebre panfleto empezaba a difundirse». (12)

En el proceso seguido al prócer Toribio Rodríguez de Mendoza (1750-1825) por su gestión en el Convictorio de San Carlos, en 1817, se le acusaba de hacer familiares a sus alumnos

«el Febrero, el Pereyra, el Montesquieu, el Rousseau, etc.» (13). En su cátedra estaban latentes las ideas de Rousseau captadas en forma directa o a través de un comentarista español como el benedictino Benito Feijoo, curioso contradictor del Discurso sobre las Ciencias y las Artes. (Cartas eruditas, tomo IV, 1752).

Es evidente también que el pensamiento de Rousseau hizo impacto en Pablo de Olavide (1725-1803), el afrancesado y afortunado traductor de Voltaire y otros autores franceses. Tanto en sus novelas «morales», que recientemente hemos hallado, como en algunos párrafos de El Evangelio en triunfo, de 1796, y precisamente en los capítulos supresos por la censura eclesiástica, es notoria su asimilación de las ideas del Emilio. (14)

En el Mercurio Peruano de 1791-94 se puede advertir el eco de algunas ideas de El Contrato social y del Discurso sobre la desigualdad, aunque prudentemente se silenciaba el nombre del autor, para evitar complicaciones con la censura oficial o la inquisitorial.

Por esos años de fines del XVIII y comienzos del XIX, la Inquisición de Lima procesó algunos tenedores o lectores de las obras de Rousseau, Voltaire y otros autores franceses que figuraban en el índice Romano.

La inquietud nacionalista de José Baquíjano y Carrillo (1751-1818) redactor del Mercurio Peruano y maestro de conspiradores en pro de la independencia, toma igualmente aliento en las páginas de El Contrato social, leídas subrepticiamente para burlar la censura inquisitorial.

Es más explícito en su inspiración libertaria don José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete (1783-1858), precursor ferviente de la independencia, cuyo famoso folleto Manifestación histórica y política de la Revolución de América (15) contiene la sustentación de las 28 causas justificatorias de la Independencia, reforzada con citas reiteradas y explícitas de Rousseau y Montesquieu, como autores básicos, invocados con toda entereza para afirmar los principios de reforma y revolución americana.

Entrado el siglo XIX, el impacto de Rousseau se hace más general y visible. Los primeros periódicos republicanos incorporan pensamientos expresos de Rousseau como lema o epígrafe, al lado de sus titulares. En El Republicano de 1822, se puede advertir ostensible un pensamiento del Emilio: «No hay sujeción tan completa como la que conserva las apariencias de libertad, porque así está la misma cautiva».

José Faustino Sánchez Carrión (1878-1825) el apologista de la república, como forma de gobierno, destaca la ideología rusoniana como base de sus campañas en la tribuna de la Constituyente de 1822, en las deliberaciones de la Sociedad Patriótica y en las páginas de La Abeja republicana, donde proclama «al célebre Rousseau» como "el oráculo de los filósofos que se titulan ilustrados", y glosa su frase admonitoria:

"Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer y obedece, hace bien en ello; pero si pudiendo sacudir el yugo no lo sacude, hace mucho mejor, porque adquiriendo la libertad por el mismo derecho que se le ha robado, no tiene tanto fundamento para recobrarlo o no hubo ninguno para que se lo quitaran". (16)

En el mismo periódico y dentro de su "Carta primera del Solitario de Sayán", Sánchez Carrión señala el valor fundamental de la obra política de Rousseau:

"El Pacto Social, pequeño folleto a la verdad pero tan prodigioso como la pedrezuela que derribó la gigantesca estatua del rey de Asiria, gracias al venturoso ciudadano de Ginebra que enseña a aplicar el arte de discurrir al de obedecerse a sí mismo, dentro de las instituciones sociales".(17)

La penetración de Sánchez Carrión en la médula del pensamiento de Rousseau llega a su plenitud en la enorme tarea que se impuso para coronar la obra de construir ideológica y legislativamente la república, como Secretario General, Ministro y consejero de Bolívar.

4. Manuel Lorenzo de Vidaurre en la onda de Rousseau

Los autores que estructuran fundamentalmente el pensamiento de Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1849) fueron franceses, cuya lengua Vidaurre había aprendido de niño y perfeccionado en el Convictorio de San Carlos.

En esas aulas, Vidaurre había saciado su curiosidad en los tratados modernos de Montesquieu y Rousseau, en las cartas de Voltaire o en los ensayos de D’Alembert. Esa familiaridad con la lengua francesa se hubo de intensificar durante su primera estada en Europa, de 1810 a 1811, cuando adquiere el dominio de su expresión oral, que tan útil le será en su segundo y tercero viajes. Sus lecturas francesas las califica él como "mi locura por el estudio de los filósofos modernos"(Cartas, I, 251). (18) La excitación de su interés renovado por la lectura y la ebullición de sus ideas, a veces contradictorias y heréticas, harán decir a su confesor: "La continuada lectura de obras extranjeras a nuestro país y religión ha viciado un talento". Pero de tal inquietud intelectual justamente surgiría una obra intelectual gigantesca en la multiplicidad de sus proyecciones y aspectos en los campos diversos de la cultura, el derecho, la economía, la sociología y la literatura.

Vidaurre parece haber asimilado también, a tenor de sus referencias o exactas citas, a los autores neo-clásicos franceses y otros anteriores desde Montaigne, Bossuet, Fontenelle, Fenelon, Racine, Voltaire, Raynal, Condillac, llegando hasta Montesquieu, D’Alembert, Rousseau y Bernardino de Saint-Pierre.

Por ello, Vidaurre es tal vez, después de Olavide, o superándolo, el representativo más conspicuo del influjo de las letras francesas sobre la literatura peruana, durante la primera mitad del siglo XIX. El romanticismo habrá de acentuar la intensidad de ese influjo a partir de 1850, en una legión de nuevos escritores. Persistirá con latencia vivísima esa influencia en la última parte de dicho siglo y en los comienzos del veinte (XX) para ceder el paso al influjo sajón más acentuado en los últimos 50 años.

El culto de Juan Jacobo Rousseau parece dominante y exclusivo en la formación de Vidaurre. Es el autor más recurrido en su pensamiento literario y político. Influye en su estilo y también en la secuencia de su ideología liberal, al lado de Montesquieu. Designa a Rousseau con los apelativos más diversos: "el filósofo de Ginebra", "el ciudadano de Ginebra", "el autor de la Nueva Eloísa". En efecto, la huella más profunda es dejada por la novela epistolar de Rousseau -aquella que abre caminos a la novela europea del romanticismo- La nueva Eloísa (1761), la que inaugura un nuevo estilo en la narrativa europea e imprime un rumbo nuevo a la sensibilidad del lector. (19) Vidaurre se identifica con el sentido de la obra de Rousseau, en medio de sus problemas sentimentales y dice exaltado:

"Yo renuevo al amante de La Nueva Eloísa.

Oye mi confesión: sincero es mi arrepentimiento, perdóname y compadéceme: da a conocer al Universo que el poema de Rousseau no peca contra la verosimilitud. Nunca te amo tanto como hoy. Confieso que sólo tú me puedes hacer feliz ... Mi dicha consiste en llegar a los brazos de mi amada". (Cartas, I, p. 14).

Y también lo toma como modelo para enrumbar su propia conducta:

"Rousseau, Rousseau, qué bien dijiste:

el que disimula no debe beber. Era la ocasión (durante un banquete) de estar muy alerta, "todos tenían los ojos fijos sobre mí". (Cartas, I, p. 443, tomo II, ed. CNSIP, 1972).

"Rousseau al llegar a los cantones suizos, besó la tierra de un país libre; yo lo debía haber hecho al entrar en la bellísima Nueva York el 13 de diciembre. El ejemplo de ese filósofo me hace temer en todas partes a todos los hombres". (Cartas, II, p. 342)

"La historia de mi vida se contiene perfectamente en mis cartas. Yo deseaba como San Agustín y Rousseau, formar mis confesiones". (Cartas, II, cit. p. 262)

Sus propias Cartas Americanas, al asumir la forma epistolar, toman de Las Confesiones de Rousseau, el tono confidencial, en parte el motivo amatorio, con todos sus desbordes pasionales, y luego con carácter insistente, las disertaciones morales, las digresiones sobre religión, moral y política, las consideraciones sobre la naturaleza, el tópico subjetivista. Aunque no tengan sino en parte carácter novelesco, las Cartas Americanas de Vidaurre deben reconocer en La Nueva Eloísa y en Las Confesiones, su modelo más cercano e indiscutible. Pero agrega Vidaurre la nota fresca de tropicalismo americano, la desenvoltura y el descuido formal y la expresión de sus personales enunciaciones de actitud =y postura políticas, su circunstancia personal muy definida, su locuacidad ingobernable ...

De "el filósofo de Ginebra" ha asimilado Vidaurre además la ideología política, la doctrina de la soberanía del pueblo y de la libertad del individuo. Desde las aulas de San Carlos ha nacido su afición por El contrato Social, leído clandestinamente en las clases de Toribio Rodríguez de Mendoza, al igual que El espíritu de las leyes de Montesquieu.

No solamente en sus Cartas, sino en los Discursos, en sus Manifiestos, en sus alegatos y en sus proyectos de legislación, resplandece la clara doctrina liberal del famoso ginebrino. Con él se siente identificado en cuerpo y espíritu cuando exclama: "Rousseau y Vidaurre son perseguidos porque tienen los mismos sentimientos ..." (Cartas, II, p. 63). Las ideas de Rousseau calan hondamente en su pensamiento social, desde mucho antes de su llegada a Francia. En carta escrita en Lima, alrededor de 1817, revela que:

"Al meditar sobre los objetos de las artes y las ciencias, muchas veces estuve por decidirme por la opinión de Juan Jacobo Rousseau. Creía al hombre virtuoso por naturaleza, perverso por los estímulos de la sociedad". (Cartas, I, p. 154).

Pero en 1820 ya no se aparta del pensamiento rusoniano. De Rousseau capta luego Vidaurre igualmente la actitud del autor de Las Confesiones, cuando en sus restantes cartas diserta sobre los mismos temas gratos al maestro: el matrimonio, el amor a los hijos, el arrepentimiento ante el error, la confesión pública de vicios y virtudes.

Aunque antes, en El Plan del Perú de 1810, adhiere a la idea de la importancia del teatro, en desacuerdo con Rousseau:

"Conclúyanse las disputas (sobre teatro) entre D’Alembert y Rousseau; los teatros son necesarios. No se representen las comedias que critica el filósofo de Ginebra; pero sí aquellas que el sabio admira y hacen el gusto del hombre sensible; donde no hay teatros, hay muchos lupanares".(20)

Pero el influjo de Rousseau sobre Vidaurre tomará además otro camino, una ruta indirecta, la de su coetáneo, amigo y discípulo Saint-Pierre.

Vidaurre puso tempranamente en relieve la obra Pablo y Virginia de Bernandino de Saint-Pierre (1737-1814), con quien compartió Rousseau las ideas de un precoz romanticismo, basado en el amor a la naturaleza en estado primitivo, lo cual desarrolla tanto en su idílica narración Pablo y Virginia (1787) como en sus Estudios de la naturaleza (1784) y Armonías de la naturaleza (1796). Vidaurre traduce con familiaridad el nombre del autor y escribe repetidamente Bernandino de San Pedro en sus Cartas Americanas.

En Pablo y Virginia, novela sentimental e idílica, repara Vidaurre en sus momentos más angustiados y fatigado de los problemas de la vida dice:

"¡Quién me diera aquella chocica que describe Saint-Pierre y limitara mis sentimientos a los de su dichoso dueño!" (Cartas, II, p. 102).

En el pensamiento de Vidaurre se vinculan los idilios célebres como los de Abelardo y Eloísa, La Nueva Eloísa y Pablo y Virginia, enlazadas a sus propios tormentos sentimentales:

"Eloísa y Abelardo, esos héroes del amor, que supieron sostener la actividad de la llama entre la nieve y el hielo de la separación y la impotencia: esos maestros de fidelidad, cuyas doctrinas prometimos seguir eternamente. Apenas los reconozco cuando un frío intempestivo se extiende por todo mi cuerpo. Aquellas dos estatuas -que perpetúan a los amantes eternos en el cementerio parisino de Pére Lachaise- tendidas e inmóviles me causaron un espanto en que se reúnen el temor y el deseo". (Cartas, II, p. 181)

En Saint-Pierre personifica Vidaurre la tragedia de los amantes sujetos a la tortura de la separación que hace preferir la solución de la muerte en donde puedan las almas juntarse eternamente. Pero del mismo autor deriva su exaltación del paisaje y la naturaleza como reflejo de los estados íntimos del alma, latente en otras páginas de las Cartas americanas.

Otro hombre de la generación de Vidaurre, Hipólito Unanue (1755-1833) médico, científico y estadista, parece también asiduo lector de Saint-Pierre, pero de obra menos sentimental como los Estudios de la naturaleza, al tratar del elogio de una figura científica como Antonio de Pineda y entonces Unanue dice:

"Se lamentaba un filósofo digno de este título de que los robustos pinos con que la naturaleza había proveído al hombre, para que navegando en ellos del uno al otro continente, se facilitase el comercio de entrambos, se auxiliasen mutuamente con sus producciones y riquezas y de todo el mundo se formase una sola sociedad de hermanos; el europeo les había convertido en Etnas que llevaban el estruendo, la desolación y la miseria a las infelices costas del Asia y América. Pero las expediciones científicas deben borrar las tristes memorias de las expediciones de sangre". (21)

Saint-Pierre fue lectura constante en el siglo XIX. Coincidía con las efusiones sentimentales del romanticismo. Que tuvo buen éxito popular lo prueba el hecho de que Pablo y Virginia todavía en 1898 y 1899 se reprodujo como folletín del diario El País (Lima, de noviembre 2 de 1898 a diciembre 12 de 1899).

Por lo demás, Hipólito Unanue como lector asiduo de Rousseau, siguió, según Juan B. Lastres- (22) - su pensamiento en "la contemplación de la naturaleza con ojos de científico", revelado en su obra El clima de Lima (1806) y más tarde, en otros momentos, al actuar como político.

En su discurso de 1822 dicho en la Constituyente, sostiene Unanue que "Rousseau se había explicado juiciosamente cuando escribió que el carácter primero de las leyes era su flexibilidad".

Pero el pensamiento de Manuel Lorenzo de Vidaurre retorna y recae siempre sobre las ideas rusonianas, que a su vez informan toda la ideología literaria y política de la Ilustración y se mantiene latente en aquella concepción del "salvaje feliz" en la literatura francesa y europea desde la aparición del Robinson de Defoe y luego en las ficciones de Voltaire, de Madame de Graffigny y de Marmontel.

Vidaurre fue el más apasionado lector de Rousseau desde sus años juveniles. Las huellas de esas lecturas se evidencian con sus citas explícitas e implícitas del Contrato social, de La Nueva Eloísa, de Las Confesiones y del Emilio, cuyo mensaje del párroco saboyano lo inflama de entusiasmo. Toda su obra aparece penetrada del espíritu del ginebrino insigne.

La fervorosa recepción de Rousseau por los fundadores de la República se mantuvo a los largo del siglo XIX, tanto en el espíritu de la corriente romántica, cuyos adláteres admiraron las efusiones sentimentales de La Nueva Eloísa, como en los políticos más o menos fieles a las instituciones de El Contrato social, y como en la enseñanza universitaria dentro de las disciplinas de derecho, historia, literatura y pedagogía. Sobre todo, el Emilio adquiere una difusión amplísima hasta el siglo XX, en la inspiración y orientación de la enseñanza, como lo demuestra entre otras, la tesis doctoral de Enrique Maravoto (La obra pedagógica de Rousseau y del alemán J.F. Herbart, Lima, Imp. El progreso, 1916) y el Homenaje a los 250 años de su nacimiento (Homenaje a Rousseau, Lima, Imp. de la Univ. Nacional Mayor de San Marcos, 1963, separata de la Revista Educación, Nº 25) con trabajos de exégesis y difusión a cargo de Augusto Salazar Bondy, Emilio Barrantes y Alfredo Rebaza Acosta.

Habría que agregar como síntesis útil el ya citado ensayo que en 1958 publicó un médico humanista, Juan B. Lastres, sobre el impacto social del pensamiento rusoniano.

El interés por el contenido pedagógico del pensador de Ginebra se evidencia igualmente gracias a las sucesivas ediciones peruanas del Emilio y la educación (Lima, Edit. Universo 1970, 2 volúmenes, repetida en 1974 y 1977, además de otra impresión: Lima, Edit. Mercurio, 1971). Destaca en la primera el prólogo crítico de Roberto Koch.

La lectura de las obras de Rousseau constituyó tal vez una aportación más positiva que la de la obra de Voltaire, tanto en lo político (con el mensaje de El Contrato Social ) como en lo pedagógico (con el texto del Emilio). Voltaire constituyó más un impulso incitativo que constructivo. Rousseau fue más allá, sobre todo en sus fórmulas para la nueva organización política (la soberanía del pueblo) y además en el impulso hacia la formación del hombre libre, ya que la educación redime de la ignorancia y ésta entrañaba, según el ideólogo, la entronización de la dependencia y el despotismo. De los tres lemas de la Declaración de los derechos del hombre, correspondió a Voltaire haber incitado a conseguir la Libertad, en tanto que los ideales de Igualdad y Fraternidad fueron esencialmente fundamentados por el genio visionario de Rousseau.


____________________________

1  Basadre, Jorge, Meditaciones sobre el destino histórico del Perú, Lima, Ed. Huascarán, 1947, p. 223.

2  Rousseau, J. J., Discurso sobre la desigualdad, en Oeuvres complétes, tome I, París, 1861.

3  De Paw, Cornelio (1739-1799), Recherches philophiques sur les Américaines. Berlín, 1768-69.

4  Raynal, Guillermo Thomas (1713-1796), Histoire philosophique et practique des establissements et du Commerce des Européens dans les deux Indes. París, 1770.

5  Rivera Martínez, Edgardo. El Perú en la literatura de viaje europea de los siglos XVI, XVII y XVIII, Lima, UNMSM, 1963, p.84.

5 bis  La historiografía americana empieza a fines del XVIII a tomar cuerpo con los textos ajustados a la realidad histórica y alejados de la fantasía y del elucubrar imaginario, en autores como William Robertson (1721-1793), Joachim Heinrich Campe (1746-1818) y Julius Soden (1754-1831), autores respectivamente de los primeros textos orgánicos de esa materia: History of America, Londres, 1777, Die Entdeckung von Amerika (Kolumbus-Cortes-Pizarro). Braunschweig, 1790, 3 vols. y Die Spanier in Peru und Mexiko, Berlín, Friedrich Maurer, 1794, 2 vols. La primera se tradujo muy pronto al francés y castellano y la segunda al inglés, francés y castellano, (1798).

6  Frezier, Amedée François, Relation du voyage a la Mer du Sud aux cotés du Chili et du Pérou. París, 1716.

   La Condamine, Carlos María de, Relation abregée d’un voyage fait dans l’interieur de l’Amerique Meridionale. París, 1745.

Anson, George. A voyage round the world in the years 1740-1744, published under the direction by Richard Walter, London, J. & P. Knapton, 1748, 548 p.

Rousseau, JJ., La nouvelle Heloise, en Oeuvres complétes, tome II, París, Firmin Didot et Cie., 1861.

9  Carrió de la Vandera, Alonso. El lazarillo de ciegos caminantes, Gijón, 1773. Cuarta edición, Barcelona, Ed. Labor S.A., 1973, 493 p. con prólogo de Marcel Bataillon. Dicho prólogo se incluye en la recopilación de emsayos de Bataillon referente al Perú colonial que recogió y prologó Alberto Tauro: M. Bataillon, La Colonia: ensayos peruanistas. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1995.

10  Núñez, Estuardo. La imagen del mundo en la literatura peruana, México; F.C.E., 1972. Véase también la edición peruana del libro de Carrió, con prólogo y acotaciones de Ventura García Calderón, París,Editorial Brouwer, vol. 6, 1938. (Biblioteca de la Cultura Peruana)

11  Mercurio Peruano, edición facsimilar, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1967, 12 vols.

12  Pacheco Vélez, César, en prólogo al volumen Los ideólogos, vol. I, tomo I, de la Colección Documental de la Independencia del Perú, Lima, 1970.

13  Véase: Porras Barrenechea, Raúl. "La biblioteca de un revolucionario: Sánchez Carrión", en Mercurio Peruano, Nº 193, Lima, 1943.

14  Olavide, Pablo de. Obras narrativas desconocidas, ed. de Estuardo Núñez, Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1972. Véase también: Núñez, Estuardo, El Nuevo Olavide, Lima, Talleres Gráficos P.L. Villanueva, Lima 1972 y Pablo de Olavide, Obras selectas, Lima, Banco de Crédito del Perú, 1987, (prólogo de E.N.)

15  Riva Agüero y S.B., José. Manifestación histórica y política de la Revolución de América, Buenos Aires, Imp. de los Expósitos, 1818.

16  La Abeja Republicana, Lima, 24.10.1822.

17  La Abeja Republicana, Lima, 22.12.1822.

18  Vidaurre, Manuel Lorenzo. Cartas Americanas. Filadelfia, Imp. J. Francisco Hurtel, 1823, 2 vols.

19  Vidaurre había leído La Nouvelle Héloise en alguna edición francesa, pues la primera versión castellana del abate José Marchena sólo apareció, abreviada y anónima, en Bayona, en 1814, con el título alterado Julia o la nueva Eloísa. Entre 1836 y 1837 se publicó completa por primera vez en España la mencionada novela, en traducción de José Mor de Fuentes (75 años después de la edición príncipe francesa). La primera versión castellana de El Contrato Social apareció también tardíamente en Filadelfia (Imp. de M. Carey e hijos) en 1821.

20  Vidaurre, M. L., Plan del Perú, ed. de la C.N.S.I.P., 1872, p. 181.

21  Unanue, Hipólito, "Elogio histórico de don Antonio de Pineda y Ramírez" en Mercurio Peruano, Lima, Diciembre de 1828, p. 25. Se trata del periódico del mismo nombre, dirigido por Felipe Pardo y Aliaga.

22  Lastres, Juan B. El pensamiento de Rousseau en el Perú, Guatemala, C.A., 1958.


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