I

El exotismo temprano MONTAIGNE

Un célebre escritor francés, en cuya obra aflora el racionalismo renacentista de su época, y quien logra ya ahogar un tanto las expansiones imaginativas de la leyenda y el mito, Miguel de Montaigne (1533-1591), es uno de los primeros europeos cultos en quienes aflora la curiosidad por las cosas reales americanas. Apartándose un tanto de la imaginería desbordada de fantasía y de misterio, alimentada por la incógnita de lo desconocido, que hasta entonces prospera como rezago medioevalista, afirma su raciocinio humanista y trata de enfocar la realidad efectiva proveniente de América, dentro de un criterio más severo y agudo. La concepción americanista del siglo XVI miraba todavía las cosas de América como el producto de la barbarie y la impiedad, pero complementariamente, por la misma época, empieza a surgir en Europa un concepto humanista distinto que encuentra en las cosas americanas, el producto de la inocencia de las costumbres del hombre de antiguos tiempos, inocencia que ya se creía perdida al impulso del desarrollo de la civilización renacentista europea.

De tal suerte, lo americano empieza a dejar de ser un concepto brumuso e impreciso tal como todavía aparece en el poema satírico Das Narrenschiff (1494) del alemán Sebastían Brant1 basado en los primeros relatos de Colón, y logra alcanzar, ya medio siglo después, los contornos de una realidad más precisa aunque todavía sin límites exactos. Relaciones posteriores como las del Padre Bartolomé de las Casas o el italiano Gerónimo Benzoni, presentan al hombre como «gente humana», como gente dócil a la religión, sufriente de explotación y expoliación por acción de los primeros conquistadores hispánicos.

La crítica avisada de comienzos de nuestro siglo ha esclarecido, con buenas razones, la singular evolución de los conceptos que acerca del Nuevo Mundo tuvo Miguel de Montaigne en las dos etapas de la redacción de sus Ensayos. Hasta la edición de 1580, sus conceptos vertidos en el ensayo «Los caníbales»2  se basaron en las reflexiones que le procuran de un lado la lectura de los resultados de la expedición de Villegagnon a las costas del Brasil, a través de los relatos de André Thévet (1558) y Jean de Lery (1578). Este testimonio concuerda con la propia experiencia directa de Montaigne gracias al encuentro que tiene en Ruan, en donde funcionaba la corte de Carlos IX, ante quien fueron traídos tres indígenas (tupís) del Brasil, país al que los colonizadores franceses llamaban «la Nouvelle France». Este encuentro y aquellas lecturas estimulan el interés de un europeo despierto a la nueva inquietud por el conocimiento del mundo recientemente descubierto. Decía Thévet:

«Este país ha ganado el nombre de India por la similitud a aquel país del Asia por ser conformes las costumbres, ferocidad y barbarie de estos pueblos occidentales a algunos de Levante».3 

Mostraba en tal forma toda la ignorancia o inconciencia reinante acerca de lo peculiar y típico de América. Montaigne recogía aun tal concepción en su despierta curiosidad 4 .

Debe agregarse que, en esa coyuntura de escribir sobre los caníbales, ya Montaigne habría conocido también la obra de Gerónimo Benzoni La Historia del Nuevo Mundo (1a edición, Venecia, 1565) que pudo tal vez haber leído en el original italiano aparecido en dicho año o en la versión francesa de 1579, como se ha tratado de demostrar mediante el paralelismo de textos en el libro clásico de Gilbert Chinard. Pero no parece muy probable esta tesis pues ya el capítulo referido de Montaigne debió haberse escrito algunos años antes de su primera publicación en 1580.

En una segunda etapa, cuando Montaigne amplía sus ensayos para la siguiente edición de 1588, su conocimiento se ha nutrido ya del contenido de otras fuentes más veraces sobre las características del Mundo Nuevo, de aquél «mundo niño» que en su imaginación se enriquecía con nuevos aspectos, un tanto más coherentes y completos. Entonces distingue con claridad en su ensayo acerca de «Los vehículos» (Ensayo, libro II, cap. 6), no solamente la realidad del Brasil sino también la del Perú y la de México. En esa segunda etapa, desde 1588, ya no lo motiva solamente la curiosidad o la inclinación a lo pintoresco, sino que «toma partido a favor de los antiguos habitantes de las Tierras Nuevas contra sus bárbaros conquistadores, en nombre del derecho y la humanidad» 5 . En su apología de esos habitantes no solamente lo informa su amor por la naturaleza humana sino además un inocultable y renacentista interés por el hombre en su «estado de inocencia».

Montaigne dialoga con tres indígenas brasileños que encuentra en la ciudad de Ruan y recoge con devoción sus respuestas y esta coyuntura puede ser el primer diálogo de un escritor occidental, en tierra europea, con unos habitantes del Nuevo Mundo, como si dijéramos el primer reportaje a un personaje americano. Recoge la opinión de esos indígenas brasileños que consideran absurdo que la guardía del rey, formada por hombres mayores y bien armados, se encuentre al servicio de un mozo (que era entonces el rey) y que no obstante se sometan obedientemente a él. Ellos repudian también como injusta la sociedad europea, dividida entre ricos y pobres, y se admiran de que éstos últimos soporten sumisamente la injusticia, en vez de estrangular o poner fuego a las casas de los primeros. Así está reconocido por boca de unos americanos y por la pluma de Montaigne, el primer manifiesto contra la injusticia social que entraña el establecimiento europeo en tierras de América, acaso un primer fermento revolucionario. Hízoles Montaigne otras preguntas y nada de lo que contestaron «se semejaba a la insensatez o a la barbarie», de donde Montaigne, dando forma a su reflexión, enuncia la siguiente sabia sentencia: «Nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones; lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres»6 .

Cuando Montaigne escribe su ensayo titulado «De los vehículos» parece ya muy verosímil que sus lecturas sobre cosas de América se hubieran enriquecido notablemente. Para entonces, con toda seguridad, había leído el libro de Gerónimo Benzoni, aparecido en Venecia en 1565 y cuya versión francesa se editó en Ginebra en 1579. Este libro, la Historia del Nuevo Mundo pudo haber iluminado y encendido aún más su entusiasmo, por lo bien que describía las virtudes y crueldades del conquistador frente a las calidades humanas del conquistado. Benzoni formuló una crítica severa de la conquista española de México y el Perú y no ocultaba su indignación frente a los excesos de ella.

Pero aparte del libro de Benzoni hubo otros testimonios que ilustraron el interés americanista de Montaigne y lo fue sin duda, el que escribió Francisco López de Gómara o sea la Historia General delas Indias, aparecida en Zaragoza en 1552, cuya traducción francesa se editó en 1584. Complementaba esa obra la Historia de don Hernán Cortés del mismo Gómara, cuya traducción italiana es de 1566. No quedaba allí la erudición americanista del autor de los Ensayos, pues también es presumible que hubiera conocido la obra de Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que es de 1552, en sus múltiples versiones o extractos en francés. De tal suerte, Montaigne puede hablar con toda propiedad de lejanas regiones de la América como el Perú y México y ocuparse asimismo de la crueldad con que fueron tratados por los conquistadores españoles los indígenas caribeños, peruanos y mexicanos. Concibe a América como un «mundo niño», que todavía no tiene un siglo de vida, y al que se le está enseñando las cosas más elementales de la cultura, y afirma que «este otro mundo no hará sino entrar en la luz cuando el nuestro (Europa) la abandone» y expresa a continuación su temor de que se haya procurado su ruina o declinación por el contagio de los europeos: Apunta Montaigne:

«Era un mundo niño y nosotros no le hemos azotado y sometido a nuestra disciplina por la supremacía de nuestra entereza y fuerzas naturales; ni le hemos ganado con nuestra justicia y bondad, ni subyugado con nuestra magnanimidad... nada nos debían en clarividencia de espíritu ni en sentido de oportunidad»7 .

Habla Montaigne de la «sorprendente magnificencia de las ciudades de Cuzco y México», y también del Coricancha con sus plantas de oro y plata y otras muestras del primor de su arte y se duele (en cambio) de que los españoles conquistadores les hayan enseñado a los americanos las artes de la traición, la lujuria, la avaricia y la crueldad y que hayan abusado de esas gentes pacíficas. Condena la inícua condena a muerte de Atahualpa y el engaño de hacerle recolectar un enorme rescate en oro y plata para matarlo después, no obstante que el rescate era tan grande que sobrepasaba todo lo verosímil. Desaprueba la deslealtad, las falsas acusaciones, la insidia y el horror de la acción de matarlo en contraste con la actividad austera, digna y altiva del Inca condenado.

Advierte finalmente que los monarcas de España, ante los atropellos y excesos de los conquistadores, castigaron con la muerte a varios de ellos mismos (se refiere sin duda a Gonzalo Pizarro y Hernández Girón y otros rebeldes a la Corona) justamente indignados por «el honor de su conducta», sin profundizar en el sentido real de esas condenas más dirigidas a consolidar la autoridad de los representantes del poder real y del dominio sobre las tierras conquistadas que a vindicar a los americanos. 8 

Es interesante anotar cómo el ensayista francés que extrajo de América Latina gran parte de sus concepciones sobre la cultura y sociedad moderna, suele distiguir claramente algunas características diferenciales entre México y Perú y se da cuenta de la unidad cosmológica del hombre del Nuevo Mundo, de sus crencias, de sus maneras de ser, de sus reacciones y de sus obras materiales, principalmente aquellas que como los «caminos del Inca» en el Perú, considera un portento de la acción coordinada del esfuerzo y del ingenio.

En el Perú el conocimiento y difusión de los Ensayos de Montaigne fue bastante tardío. Lo puso en evidencia la actuación de los escritores románticos, a mediados del siglo XIX.

Ignacio Noboa tradujo el ensayo «De las costumbres»en La Revista de Lima 9  (1861) precedido de un prólogo sobre su obra total. En ella afirma inexactamente que Montaigne no había merecido hasta entonces una versión en el mundo hispánico. En efecto, no se había tratado monográficamente del autor y su texto dentro de las letras peruanas, pero no escasean citas aisladas de la obra en periódicos y libros desde fines del siglo XVIII, como en el Mercurio Peruano. Tambien fue predilecto autor, varias veces citado, en los escritos de Manuel Lorenzo de Vidaurre y en otros textos desde comienzos del siglo XIX.

 


1 Sebastián BRANT, Das Narrenschiff (La nave de los locos), Nürnberg y Augsburg, 1494 y ediciones sucesivas de 1495 y 1499. Ed. moderna consultada: Tübingen, Niemeyer Verlag, 1969, 338 p.; y Stuttgart, Ed. Reclam, 1964,530 p.

2 Montaigne, Miguel de; Ensayos, libro II, cap. 6, París, 1580.

3 André THÉVET, La singularitez de la France Antartique nommé Amérique, París, 1558, muy citada por G. Chinard.

4 En el ensayo sobre "Los caníbales" dice Montaigne:"Por que me parece lo que estamos viendo por experiencia en estas naciones del Nuevo Mundo, sobrepasa no sólo a todas las pinturas con que la Poesía ha embellecido la Edad de Oro y a todas las esperanzas e invenciones de la filosofía. No podemos imaginar un candor más puro del que encontramos en ellos... Aquella es una nación, podría yo decirle a Platón, en la cual no hay ninguna especie de tráfico, ni conocimiento de las letras, ni ciencias de los números, ni magistrados, ni jerarquía política, ni criados, ni ricos, ni pobres, ni contratos, ni juicios de sucesión, ni tierras divididas, ni ocupación que interfiera con el ocio, ni otro respeto que el del parentesco común, ni vestidos, ni agricultura, ni metales, ni vino. Las palabras mismas que significan mentira, traición, disimulo, avaricia, envidia, delación, perdón, se ignoran !Cuán lejos estaría de semejante perfección la república imaginada por Platón". (Ensayos , libro I, cap. 31.)

5 MONTAIGNE, Miguel de, Ensayos, Libro II, cap. 6, París, 1588.

6 Montaigne, Miguel de, obra cit.

7 Ibid, Ensayos, Libro I, cap. 30.

8 Ibid, Ensayos, Libro I, cap. 30.

9 NOBOA, Ignacio, en: La Revista de Lima, tomo IV, Julio-Diciembre de 1861.


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