Para mostrar cuán necesaria es la actividad artística y
literaria para una sociedad, basta preguntarnos por qué si el arte no tiene importancia
ha acompañado a la humanidad a lo largo de toda su existencia, interrogarnos sobre la
razón por la que el hombre de todas las épocas o culturas encuentra siempre tiempo para
dedicar a la actividad artística.
La imposibilidad
de que exista una sociedad sin arte nos evita entrar en las muy variadas explicaciones o
justificaciones que en diferentes momentos de la historia se han planteado diversos
pensadores sobre el origen, naturaleza y función de la actividad artística. La conducta
creativa, es decir aquella que impulsa a los individuos a traducir en un material o
realizar en una acción imaginaria una superación de los límites impuestos por la
realidad, la razón o la experiencia, constituye desde tiempo inmemorial un terreno de
preguntas que ha concitado la atención del pensamiento.
Los artistas y
sus obras, vistos como antenas sensibles de la especie, permiten ampliar los alcances de
nuestra actividad, proyectar más allá de las posibilidades calculables nuestra capacidad
humana e inventan, prefiguran o delínean anticipadamente la acción futura, desde una
constante e invariable sensibilidad que acompaña como una sombra al cuerpo del
conocimiento, la ciencia o el saber. Hay una estrecha relación entre el arte, la cultura
y la sociedad que es necesario resaltar y estudiar, pues su importancia para una adecuada
formación intelectual, para la comprensión de nuestra naturaleza humana y para una
introducción a la creación verbal es fundamental.
En el proceso de
su desarrollo histórico toda colectividad humana, desde tiempos inmemoriales, ha
elaborado un conjunto de normas y formas de organización sociopolítica que le es
inherente. Estas determinadas reglas, creencias e ideas en torno a su naturaleza,
identidad y experiencia dotan a la sociedad de un rostro singular que va delimitando su
posterior evolución. Así, el ayllu, la horda, el burgos o la democracia, la monarquía,
el mercantilismo identifican a diferentes sociedades en distintas etapas de la historia,
tanto como la lengua, la geografía o la raza.
Podemos entender
de manera muy fácil la íntima relación entre esas formas de organización y la
condición específica de la sociedad humana, por lo que nos parece muy difícil
sino imposible el pensar una colectividad humana que se merezca dicho
calificativo sin formas de organización internas. Este conjunto de formas, reglas y
creencias que acompaña a toda vida humana constituye lo que podemos llamar, de manera
general, la cultura. Lo cultural es una dimensión de la vida social integral y esencial,
tanto así que son estos valores y creencias los que definen nuestras diferencias o
semejanzas.
Hay múltiples y
complejas definiciones sobre la cultura, los pensadores sociales no acaban de ponerse de
acuerdo al respecto. Sin entrar en complicaciones es posible apelar a nuestra propia
experiencia para comprender de manera directa cuán clara es la presencia de estos
componentes culturales que damos por naturales en nuestra propia identidad. Al
confrontarnos con otros seres de diferente lengua, costumbres o creencias percibimos con
claridad nuestra dependencia frente a estas formas que organizan nuestra vida y actividad;
reglas y creencias que recibimos desde pequeños a través de la familia o la escuela y
que, posteriormente, conforma nuestra imaginación, intelecto y profesión a través de
una socialización permanente en la universidad, el trabajo o el entretenimiento. Incluso
cuando fallecemos no dejamos de rendir tributo a nuestras creencias y costumbres.
Dentro de este
conjunto de formas o creencias encontramos una actividad específica, cuyos productos
identifican de manera también cabal la singularidad de cada colectividad o sociedad. Nos
referimos al arte, cuya práctica y cuyos productos han acompañado a la vida humana desde
sus inicios. Pero, si nos parece fácil de explicar la existencia y necesidad de formas de
organización en toda sociedad, nos resulta más difícil explicar la imposibilidad de que
exista una sociedad sin arte. La historia de la humanidad no conoce sociedad que no tenga
arte. El arte es uno de los rasgos que diferencian a la colectividad humana de la animal.
Pero, ¿para qué sirve el arte o la literatura?
Muchos
responderán que sirve para expresar belleza, otros que nos permite conocer el espíritu
de los pueblos, algunos insistirán en su función de entretenimiento, etc., etc. Se
pueden dar muchas respuestas a esta interrogante, todas ellas polémicas y cuestionables,
pero, tal vez lo que está mal planteada es la pregunta, de repente el arte y la
literatura desde la lógica utilitaria en que está formulada la cuestión no sirve para
nada. ¿Cómo así? Para explicar la intención de la afirmación es conveniente
formularnos otra interrogante paralela: ¿para qué sirve la vida? Sin duda, todos
percibimos con nitidez que la validez de la vida se impone por encima de cualquier lógica
utilitaria y simple. La vida no necesita una justificación instrumental, utilitaria o
racional; simplemente es y el alcance de su sentido va más allá de ese tipo de
interrogantes.
Igualmente, el
arte o la literatura no se pueden evaluar con criterios instrumen-tales o utilitarios;
como una flor o un amanecer, simplemente existen y se producen, sus sentidos escapan a una
lógica reduccionista, su justificación no radica en la utilidad inmediata
que ellas brindan. Como la vida, con quien dialogan permanentemente, el arte o la
literatura están más allá de una justificación simplista, sus alcances van más allá
de una lógica utilitaria o inmediatista. La dimensión humana que instaura el arte no se
mide por una necesidad directa, ni se reduce a un factor mecánicamente presente. Si el
arte o la literatura han acompañado a todas las sociedades a lo largo de la historia es
porque obedecen a otro tipo de demandas, a otra lógica, ofrecen un tipo de saber o
satisfacción más amplia que la simple satisfacción de las necesidades biológicas o
utilitarias. Pero, ¿qué es lo que distingue al arte de las otras formas de organización
y estructuración social? ¿Qué es lo particular del arte en relación a otras formas
culturales?
A diferencia de
otras creencias, leyes o prácticas dentro de una sociedad y su cultura, producir o
consumir valores artísticos es siempre un rasgo facultativo, es decir libre, no
obligatorio. Cualquier otra forma ideológica de la sociedad, de la cultura, tiene una
condición obligatoria para todos los individuos de una colectividad. Es diferente decir
que tal persona no cree en la familia o prefiere manejar contra el tráfico, que señalar
que esa persona no le gusta el ballet o prefiere no ir al cine. Evidentemente se tratan de
infracciones a las normas sociales de distinto rango obligatorio. A pesar de que el arte
no es imprescindible desde el punto de vista de las necesidades vitales inmediatas ni
desde la óptica de las relaciones sociales obligatorias, la continuidad y permanencia del
arte en la historia humana prueba su importancia y necesidad.
Este rasgo del
arte de ser facultativo, de conformar un espacio de plena libertad para el individuo, es
una indispensable escuela donde ejercitar los valores de la tolerancia y la convivencia
pacífica, pues la pluralidad y la diversidad de los registros que se dan de la mano con
su práctica o disfrute, constituye un valioso caudal de socialización entre los seres
humanos, un aprendizaje en libertad de la alteridad, de la aceptación de diferencias y
tensiones entre los grupos sociales. Es en el terreno del arte donde convivimos todos,
donde por encima de nuestras distancias raciales, religiosas, lingüísticas o morales nos
encontramos dialogando, compartiendo un mismo universo simbólico. Tanto el asesino como
la víctima entran en las obras, la oscuridad y la claridad, el dolor y el amor, todo
involucra al mundo del arte, desde cuya hegemonía descubrimos los rostros semejantes del
prójimo.
Los estudiosos
han precisado que la necesidad del arte es afín a la necesidad del conocimiento y que el
arte es una forma de conocimiento de la vida, de la lucha permanente del hombre frente a
la naturaleza, de la búsqueda de la verdad entre sus semejantes y de la comprensión del
universo o de su condición vital. La búsqueda artística no es del mismo tipo que la
científica. El conocimiento de la humanidad no se reduce a los caminos del arte, pero es
innegable que si bien el arte proporciona un tipo de conocimiento inferior comparado con
la ciencia, hay un saber nocional que el arte brinda a través de su experiencia y
práctica que no se obtiene por otras vías. Información invalorable para el futuro de
toda colectividad.
En toda sociedad
y su cultura, el arte es el lenguaje de la vida, a través de él la realidad habla de sí
misma. El arte representa, por ello, un magnífico generador de lenguajes; organiza tipos
de lenguajes que involucran no sólo la palabra, la imagen, el color y una infinita gama
de estímulos acústicos, visuales, etc., sino que prestan a la humanidad un servicio
insustituible al abarcar aspectos complejos de la experiencia, del conocimiento, es decir
de núcleos de sentido aún no del todo aclarados. La manera como permanentemente se
compara el arte con el lenguaje, con la voz, o el habla nos prueba que sus vínculos con
el proceso de comunicación social conforma el fundamento del concepto de actividad
artística.
Pero, si al crear
o percibir una obra de arte el hombre trasmite, recibe y conserva información artística
de un particular tipo, la cual no podemos separarla de su estructura del mismo modo que no
podemos separar el pensamiento de la estructura material del cerebro: ¿qué particular
tipo de práctica es la artística?, ¿responderá a un pensamiento específico?, ¿cómo
realiza esa estructura? Para responder a estas interrogantes debemos introducirnos a la
problemática de la conducta creativa.
La conducta
creativa
Desde que surgió
un excedente productivo mínimo, en los albores de la humanidad, que dejaba cierto tiempo
libre a los miembros de una comunidad, se manifestó a través de ciertos individuos un
impulso singular que los llevaba a asumir conductas diferenciadas. Los dibujos en las
cuevas de Altamira, los tejidos de Paracas o las partituras de Mozart nos señalan la
existencia de una actividad singular, en las distintas sociedades y culturas de la
historia. Una conducta que ejercita una práctica artística. A partir de ella la gran
interrogante para la comprensión humana ha sido qué determina esta conducta creativa, si
existe o no un pensamiento diferencial expresado en ese comportamiento.
En la actualidad
la atención que se presta a los procesos humanos creativos, en particular a los que se
manifiestan en las artes, es inmensa y aglutina cuantiosos esfuerzos en los más distantes
países del orbe. Se puede decir que la ciencia contemporánea está dedicando cada día
más y más atención a todo lo que signifique escudriñar en la conducta creativa, en los
procesos creativos y en el pensamiento creativo. La razón no responde sólo a ese rasgo
de libertad que señalamos anteriormente, interesante desde una óptica menos pragmática
que la labor de la ciencia y más ética. Aunque está relacionada con ella.
El punto crucial
que se desprende de esa libertad de la capacidad inventiva humana manifestada en el arte y
que llama la atención a los científicos contemporáneos, es el referido a la posibilidad
del pensamiento creador de elevarse sobre ciertos problemas aparentemente irresueltos y
ofrecer soluciones singulares. Desde otra perspectiva, lo que les interesa a los
estudiosos es descubrir cómo hace el pensamiento creador para superar las barreras que
nos imponen la experiencia, nuestros modelos y categorías; es decir, la creatividad
supone una ruta de acceso a respuestas que no transita por las vías del racionamiento y
que posibilita avanzar en aquellos puntos donde nuestros instrumentos racionales se
muestran ineficientes.
Para comprender
con exactitud lo que significa lo señalado, necesitamos diferenciar lo real y la
realidad. Lo real es el mundo de la actividad concreta de los seres humanos, en cambio la
realidad es una representación de aquél, el modo o los modos cómo representamos y
explicamos lo real. La realidad es una construcción social que tiene mucho que ver con
nuestra cultura, con el conjunto de creencias, ideas y reglas que nuestra colectividad ha
elaborado en el transcurso de su experiencia histórica.
El arte es un
modelo de representación de la realidad que escapa a las determinaciones racionales del
conjunto de convenciones sociales. En ese sentido, en su capacidad de ofrecer un ingreso
diferente ante lo real, siempre ha llamado la atención de los más importantes
pensadores. No sólo filósofos, psicólogos o lingüistas de diferentes épocas,
corrientes y orientaciones han reconocido unánimemente la importancia e interés del
estudio del arte y sus procesos creativos.
La posible
explicación de la atención despertada por la conducta creativa, por el pensamiento
creador y sus productos, principalmente el arte, la podemos encontrar en la precisión de
la naturaleza del arte. Tema que ha concitado infinidad de trabajos y estudios, pero que
desde una perspectiva sintética podemos resumir en un punto medular por el que lo
artístico resulta capital para el conocimiento humano: el arte es un lenguaje diferente.
Quien consigue leerlo o entenderlo posee frente al resto de sus semejantes y ante las
actividades que debe asumir, una extraordinaria ventaja. Como un peculiar Tarzán o un
fantástico Superhombre, el escritor o músico, el artista en general, logra escuchar y
procesar mensajes de peligro o bienestar que los otros seres humanos no perciben. ¿En
qué radica esta singularidad del arte? ¿Implica una realidad sin contradicciones o
tensiones? ¿Cuáles son por lo tanto sus orígenes y problemas? Intentemos avanzar en la
respuesta de estas interrogantes.
Origen,
naturaleza y función
Desde su
aparición el arte ha preocupado a los seres humanos. La forma como se ha enfrentado su
misterio ha sido, en primer lugar, indagar sobre su origen. Así, ha sido el hombre
creador, el artista quien ha sido centro del interés del conocimiento. Las teorías y
libros sobre el tema son copiosos. Podemos intentar una mirada somera a los puntos
centrales de la reflexión sobre el origen del arte. De manera bastante esquemática,
podemos afirmar que al arte se le ha relacionado con la magia, el trabajo y el juego.
En los remotos
inicios de la humanidad, cuando muchos fenómenos de la naturaleza y de la sociedad no
podían ser explicados de manera racional y coherente a través de los instrumentos
disponibles por el conocimiento, se intentaba la explicación fantástica o imaginativa.
Así, surgen los mitos y creencias que configuran la singularidad de cada comunidad
humana. Un aspecto a la vez dudoso, que no era explicado convenientemente, como es la
conducta artística, fue a su vez incorporado por extensión al tipo de fenómenos
mágicos o maravillosos. Así, en la antigüedad, los artistas tenían el mismo estatus o
posición que los sacerdotes o brujos, gozando de los privilegios del poder y, también,
de los problemas relacionados con la dependencia frente a él. La libertad de creación
desde un inicio chocó con el poder, la capacidad de expresión de los artistas fue motivo
de celo de poderosas instituciones políticas. La historia tiene ejemplos en cantidad
sobre casos de conflicto y censura entre los artistas y sus protectores.
Como los
dementes, los artistas fueron vistos como marcados por la divinidad. Siendo
contradictoriamente motivo de admiración y de rechazo, alabados y encarcelados, recibidos
con entusiasmo o exiliados por peligrosos. El arte era visto como un instrumento mágico y
sirvió al hombre para dominar la naturaleza y desarrollar las relaciones sociales. En
etapas remotas de nuestra sociedad la actividad artística se confundía con el ritual y
con las creencias religiosas, por ello la relación entre arte y magia conduce a aspectos
teológicos y, siglos después, al arte místico o religioso. Sin embargo, el arte
existía independientemente de la magia; sus orígenes fueron distintos y sólo en el
transcurso del tiempo se juntó con prácticas de este tipo.
Con el
transcurrir del tiempo la preocupación sobre el origen del arte se traslada de los
aspectos mágicos y divinos a interrogantes sobre la vida de los artistas. El autor
concita el interés de los estudiosos, pues se supone que mucho de lo plasmado en sus
obras depende o tiene su origen en la biografía del artista. Entonces, determinar
conflictos o vivencias en lo biográfico del productor echaba luces sobre el producto
artístico y ofrecía un camino a la explicación de la naturaleza del arte.
Con el auge del
pensamiento positivista y materialista las ideas en torno al origen del arte se vinculan
con el conocimiento de la sociedad, con el desarrollo de conceptos y teorías sobre la
evolución de la colectividad humana. Así, para el pensamiento materialista histórico el
individuo sólo expresa la acción de poderosas fuerzas sociales, de manera que el lugar
del individuo y su biografía se ve ocupado por las diferentes clases sociales. En la base
de esta perspectiva hay la consideración del origen del arte como consecuencia y producto
de la actividad productiva humana. Para este pensamiento el arte es una forma de trabajo.
En la base de
estas concepciones existe un afán de despejar el conocimiento en torno al arte de
idealismos y subjetivismos, la preocupación se traduce en la poca preferencia por el
término creación y la elección del vocablo producción para
resaltar que el arte es un instrumento más del hombre para captar y procesar la realidad.
La evolución del hombre es consecuencia del trabajo, del modelado de sus facultades a
partir de la satisfacción de necesidades y del mejoramiento de sus instrumentos o medios.
Así, como la flecha o la rueda, el arte surge de esa materialidad social y de ese
esfuerzo y constituye a su vez un instrumento que redunda en la capacidad humana. Cuando
el cerebro humano logra fabricar estos aparatos, como extensión de su cuerpo y
proyección de su propia autonomía mental, obtiene un poder ilimitado para enfrentar a la
naturaleza y dominar su destino.
Siendo el trabajo
un sistema que interactúa con la sociedad, exige a su vez medios de expresión y
comunicación cada vez más superiores. Al señalar que el lenguaje apareció junto con
los instrumentos y el trabajo, este tipo de enfoque puso énfasis nuevamente en la
relación ya señalada anteriormente entre arte y lenguaje. Para los estudiosos de esta
corriente el arte no sólo surgió directamente relacionado a labores productivas, sino
que es en sí misma una actividad productiva que antes acompañaba las formas de conducta
social y que en la actualidad, bajo la creciente división del trabajo y especialización,
ha adquirido rango de esfera específica. Parte de su prédica consistiría en recuperar
la unidad entre arte y vida.
A partir de la
relación entre arte y trabajo la explicación sobre los orígenes de la actividad se
proyecta hasta los problemas político-ideológicos, pues la determinación del componente
social y el reconocimiento de su naturaleza instrumental conlleva su confrontación con el
poder. La subordinación e instrumentalización del arte será un sueño acariciado por
regímenes marcadamente autoritarios y sober-biamente creyentes de la capacidad ilimitada
de la humanidad, humanidad que siempre interpretarán en consonancia con el grupo, clase o
sector social al que pertenecen.
Sin embargo, hay
una faceta de la actividad humana que escapa a la actividad productiva o al trabajo; una
dimensión que es más antigua que la cultura e incluso involucra a sociedades no humanas,
presente en la actividad artística aunque el racionalismo solemne de los enfoques
pretenda negarlo. Sobre todo el de las corrientes materialistas vulgares y sociológicas,
que ven en la argumentación de esta esfera una reinserción del idealismo o subjetivismo
vía la defensa de un arte por el arte o arte puro. Nos referimos
al juego. La vida humana no es una perenne actividad productiva o laboral. Implica a su
vez una dimensión lúdicra o lúdica, es decir el juego, el entretenimiento, el sueño
despierto.
¿En qué medida
el juego puede ofrecer una explicación sobre el origen del arte? Debemos empezar
señalando que el concepto de juego no necesariamente presupone una sociedad humana, los
animales no han esperado a que los hombres les enseñaran a jugar; es más, se puede
afirmar que la civilización humana no ha añadido ninguna característica esencial al
concepto de juego. Todas las características o rasgos fundamentales del juego humano se
hallan presentes en el de los animales. En sus formas más sencillas dentro de la vida
animal, el juego es más que un fenómeno fisiológico o una reacción psíquica
condicionada de modo puramente fisiológico; traspasa los límites de la ocupación
puramente biológica o física. Es una función llena de sentido.
Es por esta
indeterminación, por la presencia de un componente inmaterial no determinado por la
simple satisfacción de necesidades, que el juego ha despertado el interés de los
estudiosos para intentar una explicación del origen del arte. La psicología, la
fisiología y otras disciplinas se esfuerzan por observar, describir y comprender el juego
de los animales, de los niños y de los adultos. A partir de ello se intenta extender sus
conclusiones a la conducta creativa que tiene mucho de actividad lúdica.
Sin embargo estas
explicaciones parten del supuesto que el juego se ejercita con algún móvil, que sirve
para alguna finalidad. Abordan el fenómeno del juego desde la óptica experimental sin
percatarse de una peculiaridad del mismo, el estar profundamente enraizado en lo
estético. Es decir, la actividad lúdica está relacionada con una esencialidad
espiritual no basada en ninguna conexión de tipo racional porque el hecho de fundarse en
la razón lo limitaría al mundo de los hombres, de manera que se acerca el juego al arte
y su dimensión estética. Tal como sucede con el arte, no es posible ignorar al juego.
Todo lo abstracto y racional se puede negar, lo serio es pasible de refutación, pero el
juego se opone a lo serio y junto al arte conforman una naturaleza del ser vivo que es
imposible de determinar por completo ni lógica ni biológicamente.
No se piense, sin
embargo, que el arte y el juego son lo mismo. Estas corrientes que intentan explicar el
origen del arte en relación al juego nos han conducido necesariamente a la problemática
estética o al gran tema de la belleza, pero sólo a partir de un componente que está
presente en ambas actividades: el conformar un tipo de lenguaje, el ser medios de
expresión y comunicación entre los seres humanos. Esta ligazón que posibilitará, en el
proceso de desarrollo de nuestra cultura, diferentes valoraciones o consideraciones sobre
la funcionalidad tanto del juego como del arte, ofrece una explicación sobre el origen
del arte al considerarlo como el juego una conducta que obedece al impulso
congénito de imitación o a la necesidad de relajamiento de las actividades serias, que
sirve como un ejercicio para adquirir dominio de sí mismo.
Pese a lo
persuasivo de esta perspectiva es necesario alertar del peligro de reducir la actividad
artística a la diversión, en base al carácter de refugio que tiene el juego frente a la
racionalidad y normatividad social, pues considerar el arte y el juego como diversiones
olvida gravemente el papel que tienen en el conocimiento. Sin ahondar en ejemplos
relativos a la educación, no sólo en comunidades antiguas sino en las modernas (¿no es
la escuela o la universidad en el fondo un gran juego en serio para enfrentar
la vida?), señalemos simplemente en relación a la materia del pensamiento que sostiene
todo el conocimiento, es decir en el lenguaje, el papel que desempeña un juego
verbal básico para nuestra cultura: la metáfora. Sin ella, no sólo el artista
sino el científico y el hombre en la vida cotidiana no podría trasmitir mensajes.
Como hemos podido
apreciar, las diversas líneas explicativas en relación al origen del arte se relacionan
con posibles interpretaciones en torno a su naturaleza.
Este complejo
problema tiene su centro en la condición de lenguaje del arte. Podemos señalar que el
arte es fundamentalmente lenguaje, pero: ¿qué es el lenguaje? Todo sistema que sirve a
los fines de comunicación entre los seres humanos. A partir de las diferentes
perspectivas en relación al lenguaje, las respuestas sobre la naturaleza del arte han
variado. Podemos señalar dos énfasis: a) quienes afirman los aspectos expresivos en el
lenguaje del arte; y b) los que defienden su condición comunicativa.
Desde los
pensadores griegos la polémica sobre la naturaleza del arte ha oscilado entre estos dos
polos. Afirmar la valencia expresiva en detrimento de la comunicativa implica remarcar el
sentido lúdicro, ficcional, subjetivo, intuitivo del arte; incidir en su rasgo
comunicativo nos lleva a fortalecer su rasgo racional, objetivo, mimético, cognitivo. Sea
en una u otra posición la definición de la naturaleza del arte se ha visto siempre
influenciada por los desarrollos de diferentes disciplinas y su incidencia en el
conocimiento del lenguaje humano. Precisamente a raíz de diversos trabajos
interdisciplinarios podemos ahora asumir que, como todo lenguaje, el arte involucra ambas
fases. No sólo es un instrumento de conocimiento, comunicación e información sobre la
realidad sino que a la vez permite la expresividad de una emoción, de un saber más allá
de lo racional sin perder su rasgo de construcción imaginaria, su naturaleza simbólica.
Asimismo, la
función que se le asigna al arte dependerá de los diversos enfoques. Para quienes
consideran que el arte es una forma de conocimiento, asimilarán al arte a una función
mimética, es decir, de imitación o reflejo de la realidad. Esta posición viene desde
Platón y Aristóteles, desarrollándose a lo largo de la historia desde entradas
diferentes. Quienes asumen que el arte es expresión, ligarán su función a lo estético
y en tanto emoción de una subjetividad, pretenderán negar en el arte alguna función
cognoscitiva, reiterando que no es vehículo de saber, sólo plasmación de la belleza.
Nuevamente las respuestas variarán de acuerdo a los predominios de las diferentes
corrientes del pensamiento en la historia.
Ante esta
polémica, nos preguntamos: ¿la imaginación es igual en el artista que en el
científico? ¿No hay una verdad también en el mensaje artístico? También, si el arte
es pura y simple expresión de un estado de ánimo, ¿en qué se diferencia la emoción
psíquica, por ejemplo el dolor ante una desgracia o un accidente, de la emoción
artística? Para responder a estas interrogantes tenemos que avanzar en la comprensión
del lenguaje del arte.
El arte como
lenguaje
El arte es un
lenguaje, es decir, establece una comunicación entre un emisor y un receptor. Al definir
el arte como lenguaje estamos precisando lo esencial de su organización. Para que el
destinatario comprenda al remitente del mensaje es necesario que exista un intermediario
común: el lenguaje. El arte por ello es un lenguaje, pero al definirlo así, estamos
expresando un juicio sobre su naturaleza, un juicio general que apunta hacia algo presente
inexorablemente en su condición, esto es su organización. El rasgo que caracteriza al
arte, al margen de cualquier punto de vista filosófico sobre su naturaleza, es su
organización, el constituir una realidad altamente organizada.
Todo lenguaje
utiliza signos que hacen su vocabulario y posee unas reglas de combinación de
esos signos, es decir posee una estructura y ella supone una jerarquización. Los mensajes
dependerán de la naturaleza de los signos que lo conforman; de manera que como elementos
que lo componen presentarán relaciones equivalentes y diferencias. Pero el arte y la
literatura son lenguajes especiales, son lenguajes que se basan en otros lenguajes
(lenguas naturales, colores, notas musicales, etc.). Por eso se dice que el arte es un
sistema de modelización secundario, es decir, que delínea, conforma, modela el mundo y
la experiencia a partir de un sistema previo. Un papel modelizador es el que reproduce la
concepción de relaciones en el objeto designado.
Esta complejidad
del arte y la literatura en cuanto a su estructura le permite transmitir información más
complicada, más profunda y más intensa, pues la complejidad de la estructura es
directamente proporcional a la complejidad de la información transmitida. El discurso
poético o narrativo representa una estructura de gran complejidad, mucho más que la sola
lengua natural en la que está escrito (español, ruso, quechua, inglés, etc.). La
complicada estructura artística, creada con los materiales de la lengua, permite
transmitir un volumen de información completamente inaccesible para su transmisión
mediante una estructura elemental propiamente lingüística.
De lo señalado
podemos concluir que un contenido, una información cualquiera, no puede existir ni
transmitirse sin una estructura dada, al margen de una organización, de un sistema. Si
reducimos una poesía a una idea o un mensaje destruimos su estructura y, por lo mismo, no
entregamos al receptor toda la información, toda la riqueza que poseía. Precisamente,
atendiendo a este juicio, el poeta Mallarmé solía afirmar que la poesía no está hecha
de ideas sino de palabras.
El estudio de la
literatura y el arte no puede reducirse al contenido o mensaje, dejando de
lado la forma o particularidades artísticas. Esta confusión lleva al
receptor a creer que el arte o la literatura se puede resumir en breves compendios o
folletos donde en cuarenta o cincuenta páginas se entregan ocho o diez obras de la
literatura universal. Todo ello se basa en una incomprensión de los fundamentos del
arte y la literatura, perjudicial porque inculca la idea por ejemplo de que la
poesía o la novela es una charlatanería, puro palabreo, pues eso
se puede decir en breves frases. Tampoco se elude el problema si se recurre a frases
hechas como la forma se corresponde al contenido o la palabra con el
verbo, etc., pues existe una relación de estructuras entre el arte y la realidad
tan compleja como entre lo vivo y la naturaleza. Por ello, afirmar que el arte
estructuralmente es tan intenso, variado y complejo como la vida, con la que dialoga
permanentemente, es aceptable. Aunque muchos escritores, de manera figurada, lleguen a
decir que en realidad es la vida la que imita o sigue al arte y no al revés.
Partiendo de esta
idea de un sistema de comunicación de base, para el estudio del arte y la literatura,
superamos los problemas y el debate de los diversos enfoques estéticos, lo que nos
permite precisar los rasgos generales de la comunicación literaria.
¿Qué comunica
el arte? Evidentemente no se trata de un tipo de información constatativa o verificativa,
es decir, de la que podamos establecer su verdad o falsedad; sino se trata de un tipo de
información realizativa, que posibilita en determinadas circunstancias, en el marco
comunicativo que le es propio o necesario, percibir, vivir algo, es decir, que en la
situación comunicativa adecuada realiza en el receptor un tipo de verdad que es
incanjeable, saber o conocimiento diferente al de las ciencias o al conocimiento
racionalista. El arte es inseparable de la búsqueda de la verdad. Por ello el arte
siempre es cuestionador de la realidad, de la injusticia o del autoritarismo y el artista
cuando es auténtico muchas veces ha recibido como respuesta persecución, castigo y hasta
muerte, desde diferentes regímenes políticos.
Pero hay que
destacar que una cosa es la verdad del lenguaje y otra la verdad del mensaje. Nadie se
plantea la verdad o falsedad del castellano o el griego, lo aparentemente inservible o
reiterativo del lenguaje artístico ha sido precisamente lo que ha permanecido en la
historia, la sociedad se ha cuidado de preservar los lenguajes artísticos y ha desechado
sin consideración los mensajes caducos. Al artista no hay que juzgarlo por la verdad de
su lenguaje, en oposición a la verdad de su mensaje, pues ni uno ni otro existen
separados, lo que interesa es distinguir lo que nos suscita su obra, distinguir la
emoción psicológica de la artística.
La mayoría de
los seres humanos nos emocionamos por un amanecer, un accidente o un hecho injusto, pero
no todos los seres humanos en base a esa experiencia o vivencia psíquica podemos escribir
una novela, pintar un cuadro o componer una sinfonía. Dado que el artista es ante todo un
hombre, no puede dejar de participar y pertenecer a la sociedad, la humanidad, lo que
implica que asuma valores y puntos de vista, posturas políticas y creencias morales. Sin
embargo, su dimensión artística no se reduce a esa vida o ese rasgo común. El artista o
escritor logra trascender esa dimensión e instaurar una segunda naturaleza a su vida,
expresada en la diferencia existente entre sus emociones vitales o psicológicas que le
sirven de sustento y las emociones artísticas o sensibles que logra plasmar en sus obras.
Al hacer ese tránsito dejan de pertenecerle sus vivencias, recuerdos y experiencias,
adquiriendo categoría de saber colectivo cuya comunicación se posibilita gracias al
lenguaje artístico que posee. De ahí que mientras más pueda manipular ese lenguaje más
trascendente y perenne será su labor.
Confundir la vida
del autor, sus opiniones políticas y creencias religiosas con su obra, su lenguaje
artístico y su trascendencia es el más frecuente error que se comete. Ello también le
ocurre al propio escritor o artista, la historia tiene múltiples ejemplos de grandes
escritores que llevados por su sensibilidad confundieron su compromiso artístico con el
político y terminaron apoyando a dictadores o genocidas. Evaluar la importancia de la
obra de un autor para una colectividad o para la humanidad no es juzgarla desde nuestros
criterios ideológicos. Todos debemos reconocer que un artista, en la medida que es
auténtico consigo y su arte, enriquece con su obra a cualquiera de las concepciones o
ideologías con las que se la evalúa. ¿Significa ello que las vivencias del autor no
están presentes en su imaginación? Para responder a esta interrogante hay que establecer
distintos elementos en su lenguaje.
Al margen de
nuestro conocimiento de la vida del escritor su práctica escritural ha instaurado una
realidad hecha de lenguaje, es decir un discurso o conjunto de enunciados que observamos,
analizamos o trabajamos; pero en el plano más general, como lenguaje, hablamos de una
realidad textual, es decir, de un texto o estructura de lenguaje altamente organizada. En
ese nivel debemos distinguir: lo pretextual, es decir aquello que ha dado origen o
motivado la producción del texto, es decir las vivencias, experiencias o emociones
psicológicas desencadenantes; lo contextual, o ámbito social, cultural donde se
recepciona dicho texto, es decir, la situación comunicativa que establece con el entorno,
de la que viene y hacia la que vuelve; y, finalmente, el subtexto, aquellos elementos
imaginarios o del deseo, que se han originado en las emociones psicológicas, experiencias
o sucesos personales o sociales que permanecen latentes o sumidas como impulsos ciegos en
la propia estructura textual, subterráneamente, inconscientemente, como conjunción entre
emoción y razón.
Esto nos lleva al
contraste entre el pensamiento y el sentimiento, es decir, al tema de la imaginación.
Pero antes grafiquemos lo dicho anteriormente:
PRETEXTO
® TEXTO ® CONTEXTO
¦
SUBTEXTO
Por oposición
con el pensamiento, el sentimiento se presenta como algo simple, íntimo e incanjeable.
Mientras que el pensamiento es bipolar (verdadero- falso), básicamente público (1 + 1 =
2 ó 45 ºC es la temperatura son pensamientos o conocimientos que involucran y pueden
compartir muchas personas) y corroborables o verificables (en los ejemplos previos depende
qué sistema en el binario la suma es 10 y de qué ciudad hablamos en
Lima nunca ha habido esa temperatura); el sentimiento se muestra como una realidad
contraria: más que verdadero o falso un sentimiento es o no es, es decir, existe o no, es
exitoso o es defectuoso, fracasa o triunfa; tampoco es colectivo, pues cada uno tiene
frente a los 45 ºC de temperatura una personal y no intercambiable manera de sentir ese
calor, muy íntima; y, por ello, no es verificable ese sentimiento de calor ni
contrastable entre los sujetos a unos puede darle alegría, si están acostumbrados
porque nacieron en climas tropicales y les remite a su tierra de origen, y a otros puede
ocasionarles angustia o desesperación. Además, uno desecha fácilmente los conocimientos
errados, pero no se deshace igualmente de los sentimientos conflictivos.
¿Por qué esta
diferencia entre el pensamiento y el sentimiento tiene que ver con la imaginación? Todo
sentimiento tiene su propia carga emocional.
La imaginación
artística expresa ese grado de individualidad única y se diferencia de la científica
precisamente porque no pretende establecer una racionalidad sino que comparte una
emoción; el científico, a través de su imaginación, pretende precisar un tipo de ley o
principio aplicable para todos y por ello su imaginación está al servicio de la
racionalidad. Mientras que el artista posee una imaginación centrada en eventos únicos e
irrepetibles que intenta trascender desde una comunidad emocional.
Por todo lo
dicho, podemos concluir que el arte y la literatura son una realidad muy singular,
altamente organizada y que nos comunican información, sentimientos y perspectivas sino
opuestas complementarias al conocimiento científico o a la experiencia racional.