La pregunta por
la naturaleza de las obras que consideramos literarias es ya antigua y ha provocado
numerosas respuestas a lo largo de cuarenta siglos, aunque ninguna de ellas haya logrado
triunfar sobre las demás y conseguir una aceptación general. De hecho, el aficionado, el
estudioso o el simple lector tropiezan ya desde el primer momento con una serie de
productos catalogados como obras literarias e incluidos en una historia en la que hay al
mismo tiempo análisis y valoraciones estéticas. La literatura se nos ofrece, así, como
algo ya establecido, como una categoría que se da por supuesta y de la que participan una
serie de obras de todas las épocas, integradas en un vasto conjunto, en un recinto en el
que, al parecer, no todo tiene cabida. Si tratamos de hallar una razón que justifique por
qué hay obras que, a pesar de presentarse con un aspecto externo similar, se hallan fuera
de ese recinto, nos percatamos inmediatamente de que pisamos terreno inseguro porque la
noción misma de "literatura" es huidiza y no posee contornos nítidos y
definidos. Cualquier historia literaria al uso recoge obras dispares cuyo denominador
común se nos antoja inexistente; poemas, crónicas de sucesos reales, relatos de
ficción, meditaciones espirituales, teatro, autobiografías e incluso cartas, constituyen
un conjunto heterogéneo, recubierto, sin embargo, por un marbete unificador el de
"literatura" que anula la diversidad real de los objetos agrupados. No
hace falta insistir en que de nada sirve atenerse cerradamente a la etimología y aceptar
que denominamos "literarias" las obras que recibimos fijadas mediante la
escritura, convertidas en "letras". En primer lugar, porque nos llegan muchos
escritos que de ningún modo incluiríamos en la órbita de la literatura, desde
prospectos de medicamentos hasta publicidad enviada por correo; en segundo, porque no
podemos olvidar que muchas obras que hoy leemos fueron compuestas para ser oídas y
así ocurrió durante siglos, desde los villancicos o los romances hasta los poemas
épicos. ¿Acaso estos textos se convirtieron en "literarios" sólo a partir del
momento en que comenzaron a difundirse por escrito?
Tampoco sirve
adherirse a la idea dieciochesca de la literatura como campo privilegiado de las
"bellas letras" dada la relatividad de la noción de belleza y sus
modificaciones históricas, ni pensar que las obras consideradas literarias ofrecen
un conjunto de ideas y conocimientos especialmente rico y profundo. En el terreno de las
ideas, Aristóteles es superior a Homero, y Kant más fértil y preciso que Goethe; pero
esta superioridad se invierte si los examinamos como escritores. La profundidad de las
ideas es cualidad primordial en el ámbito de la filosofía, de igual modo que la riqueza
de conocimientos es resultado de las aportaciones científicas. Pero la literatura no es
filosofía ni ciencia. Sería un error caracterizarla y un error mayúsculo
valorarla atribuyéndole rasgos que no le pertenecen.
Parece más
prudente partir de una idea elemental: la literatura es un fenómeno de comunicación. Una
obra es un mensaje verbal que, como cualquier tipo de mensaje, parte de un emisor
que en literatura se conoce con el nombre específico de "autor" y
se dirige a un destinatario lector u oyente que lo recibe y lo descifra. Poco
importa que el destinatario sea un solo individuo mi interlocutor en un diálogo,
por ejemplo, o miles de personas, como sucede con los oyentes de un programa
radiofónico o los lectores de un diario de gran tirada; la diferencia no altera la
naturaleza del mensaje como tal. Estas características sitúan en el mismo plano un
boletín de noticias, la página de anuncios por palabras de un periódico y Fortunata
y Jacinta, de Galdós. En todos los casos se trata de mensajes verbales, que el emisor
ha cifrado de acuerdo con un sistema de signos y que, mediante un canal oral o
escrito, llegan a un receptor que procede a su desciframiento. Para que la
comunicación sea completa más exactamente: para que exista comunicación es
necesario que emisor y receptor compartan el código en que se ha cifrado el mensaje. Si
no ocurriera así, el desciframiento la comprensión, por tanto sería
imposible, y el mensaje se convertiría en algo amputado, falto de acogida: en un
no-mensaje. Supongamos que el emisor escoge el código que llamamos lengua española y
escribe o dice: "Se vende piso céntrico, todo exterior ..." o bien:
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..." Si el receptor
comparte el código elegido, esto es, si conoce la lengua española, la comunicación se
efectuará sin dificultad alguna. No sucedería lo mismo si el lector u oyente fuese, por
ejemplo, un ciudadano finlandés que sólo poseyera su idioma. Para él, "en un lugar
de la Mancha" sería tan sólo una secuencia fónica carente de significado.
Pero es indudable
que un anuncio publicitario y el Quijote no pueden ser lo mismo, aunque aceptemos
equipararlos como mensajes, como productos sometidos a un mecanismo comunicativo
idéntico. Tiene que haber diferencias entre aquello a lo que tradicionalmente se ha
atribuido un carácter estético y excepcional y lo que, por el contrario, constituye algo
trivial y forma parte de nuestra experiencia cotidiana. Las hay, en efecto. Examinaremos
algunas.
El simple
conocimiento del código lingüístico nos hace sentir, aun sin poseer conocimientos
especiales, que los significados de las palabras establecen ciertas restricciones en su
uso y en sus posibilidades combinatorias. La razón es evidente: si utilizamos el lenguaje
para representar y transmitir nuestras experiencias, no cabe duda de que hay hechos
imposibles, ajenos a la realidad, cuya enunciación no nos planteamos siquiera. Así, no
podemos, por obvias razones, atribuir un adjetivo como líquido a ciertos sustantivos cuyo
significado es incompatible con esta cualidad. No podríamos decir, en buena lógica,
"roca líquida" o "silla líquida". De modo análogo, resultaría
sorprendente que alguien atribuyese una actividad como el sueño a un objeto. ¿Qué
ocurriría ante un enunciado como "la mesa tiene sueño"? Sin embargo, Neruda
menciona un sonido "de ruedas de tren con sueño" en el conocido poema
"Barcarola", de Residencia en la tierra. He aquí un ejemplo más de
estas restricciones semánticas: los adjetivos de color son incompatibles con palabras que
designan nociones no materiales, porque, naturalmente, sólo podemos atribuir color a lo
que resulta visible. Cabe suponer una hipotética construcción como "pensamiento
verde". En tal caso, y puesto que el pensamiento no es algo material y perceptible
mediante la vista, sería forzoso deducir que verde no significa en ese contexto nada que
tenga que ver con el color, lo mismo que ocurre con expresiones como "viejo
verde" o "chiste verde". Cuando verde se utiliza para designar un color
comporta ciertas limitaciones en su uso. Sin embargo, Lorca crea un "viento
verde" en su famoso "Romance sonámbulo", y Juan Ramón Jiménez acuña un
"Viento negro" tan improbable en la realidad como el de Lorca. Aleixandre hace
algo parecido en Sombra del paraíso, y además aproxima a viento la noción
líquido en estos versos:
Dime a quién amas, indiferente, hermosa,
bañada en vientos amarillos del día.
No es
necesario acumular ejemplos para probar que ciertos usos, ciertas relaciones vedadas en el
léxico de una lengua porque contradicen nuestra experiencia del mundo, pueden ser
perfectamente aceptables en una obra literaria.
Pero casos como
los anteriores, aun siendo anómalos, no dificultan excesivamente el desciframiento del
texto. Tal vez lleguemos a deducir que el "verde viento" de Lorca se suma en el
romance a otras menciones del mismo color porque se trata de teñir de verde el escenario
en que transcurren los luctuosos hechos que luego se narran, de tal modo que la tonalidad
verdosa que se extiende sobre todas las cosas adopta un valor simbólico de índole
mortuoria y espectral...Y es probable que el "viento negro" de Juan Ramón
Jiménez se nos antoje menos insólito al descubrir que sopla en una "noche de Todos
los Santos" y que a él se han transferido, por consiguiente, los valores nocionales
de la oscuridad y del luto. Estos desplazamientos, estas equivalencias internas pueden
desorientar en una primera lectura, pero el análisis permite casi siempre restablecer la
aparente transgresión de las normas lingüísticas. He aquí un caso distinto,
correspondiente al comienzo de un poemilla de Jesús Delgado Valhondo (en El año cero):
Un ciprés se
saca punta en el airecillo frío.
Para poder decir
de un ciprés que "se saca punta" es imprescindible haberlo equiparado antes a
un lápiz, lo que no resulta del todo extraño si se piensa en la semejanza formal entre
la silueta cónica de un ciprés y la del extremo de un lápiz. Pero esta ecuación
ciprés = lápiz no se halla explícita en la superficie del discurso, y es el lector
quien tiene que reconstruirla. No figura en el léxico del idioma. Es una sinonimia
establecida por el código particular del poema. En cuanto al hecho de que el instrumento
para "sacar punta" sea "el airecillo frío", se explica sin más que
atenerse a los usos lingüísticos cotidianos, donde es frecuente hablar de un frío
o de un viento "que corta", con lo que implícitamente se deja
sentado que el frío es una cuchilla, una navaja o cualquier otro objeto similar que tenga
filo. Y los poetas han utilizado esto muchas veces. Bastará recordar "la cuchilla
del viento" de Lorca (Canciones) o el "navajazo de frío" de Alberti (La
amante), entre docenas de casos posibles. Lo que sucede es que en el texto de Delgado
Valhondo la equiparación entre el frío y un utensilio cortante está sobreentendida; es
una relación oculta, previa, que el lector debe descifrar. Una vez establecido el nexo,
la transgresión idiomática es sólo aparente. Cuando Juan Ramón Jiménez escribe
"La luna de cobre va de prisa / harapienta de nubes" (Laberinto), la
calificación harapienta de "luna" parece sorprendente porque los versos omiten
el puente de identidades metafóricas que justifica tal acuñación: las nubes, vistas
como jirones o "harapos" que ocultan a medias la luna como si la vistieran
pobremente, la transforman en "harapienta". Y puede recordarse una nueva
visión, algo más hermética, que Lorca fijó en Poeta en Nueva York: "En mis
ojos bebían las dulces vacas de los cielos". Estas inesperadas "vacas" son
las nubes blanquecinas, de formas redondeadas y lentos desplazamientos, que se
nutren ("beber") del agua evaporada; en este caso, del hiperbólico
"llanto" no mencionado que fluye de los ojos del sujeto lírico.
Las más audaces
creaciones gongorinas se apoyan en procedimientos análogos. Cuando Góngora denomina en
las Soledades "nieve hilada" a unos manteles blancos (11, 343), lo que
hace es partir del símil habitual "blanco como la nieve" para quedarse
únicamente con la imagen nieve e introducir su connotación de blancura en otro ámbito
significativo mediante la atribución "hilada", que impide interpretar la nieve
como tal nieve y orienta al lector hacia otra relación. De igual modo, denominar a las
flechas "áspides volantes" como hace Góngora en otro lugar del poema (1, 426),
es posible si se extraen de áspid los semas mortífero, alargado
y tal vez que produce un silbido; la calificación "volantes"
elimina la posibilidad de entender "áspides" como serpientes. Claro
que siempre existe el riesgo de un desciframiento erróneo lo mismo que en cualquier
tipo de mensaje, pero, en el caso de producirse, habría que imputarla a incapacidad
del lector, porque lo cierto es que el texto ofrece los apoyos léxicos suficientes para
evitarla. Los tres semas apuntados de áspid, unidos a la atribución
"volantes", dejan poco margen para el verso; difícilmente se hallaría otra
noción distinta de flecha, a la que conviniesen por igual todas las notas. Es
el mismo procedimiento de los enigmas ingeniosos: una vez descifrados, resulta palmario
que la solución no podía ser otra.
En ocasiones se
aprovechan significados ya existentes, valores puramente denotativos y no traslaticios de
las palabras, aunque su disposición pueda dificultar el desciframiento adecuado. En un
conocido romance de Lorca hay una monja sumida en profundas ensoñaciones mientras
"borda alhelíes / en una tela pajiza". Y se lee a continuación: "Vuelan
en la araña gris / siete pájaros del prisma". La aparición de la
"araña" y su cercanía con respecto a los "pájaros" puede hacer
pensar en el significado puramente zoológico de los vocablos, lo que convertiría los
versos en algo enigmático y difícil de desentrañar. La realidad es que
"araña" significa "lámpara colgante de varios brazos", y que, en
consecuencia, los "siete pájaros" son los siete colores en que se descompone el
rayo de luz al incidir en el "prisma" del cristal. Casos de esta naturaleza no
son infrecuentes, y se apoyan en la ambigüedad constitutiva de muchas palabras, que
necesitan un contexto adecuado para que en él cristalice uno de sus significados
posibles. Un vocablo como "intervención" no expresa lo mismo en el curso de una
arenga militar que en boca de un cirujano, y hasta un enunciado como "¡Viene mi
padre!" puede apuntar en direcciones muy diferentes según la situación en que se
produzca y de acuerdo con circunstancias que se traducen incluso en modalidades diversas
de entonación. Al pertenecer el mensaje que denominamos literario al orden de los
mensajes verbales participa de las características propias de éstos y derivadas de su
naturaleza lingüística.
De igual manera
que en el léxico de uso cotidiano es necesario a veces introducir neologismos, el uso
literario puede jugar también con esa posibilidad, aunque, naturalmente, sin caer en lo
superfluo. No es superfluo, por ejemplo, que Cervantes, en la disputa acerca de la bacía
del barbero ¿es bacía o yelmo?, acuñase la forma baciyelmo, feliz y jocosa
invención. Como jocoso e insustituible es el uso licenciasno que hallamos en
Lope de Rueda. Tampoco parece innecesario ni frívolamente caprichoso el verbo creado por
Lope de Vega, bajo la máscara de Burguillos, para quejarse, como dice el título del
poema, "de la dilación de su esperanza", esto es, de la sostenida actitud, por
parte de la dama, de dar largas a los requerimientos del enamorado: "Siempre mañana
y nunca mañanamos". Mañanar, que no existe en la lengua, significa algo así como
alcanzar el mañana. Su uso en primera persona del plural insinúa con
sutileza, además, que se trata de un "mañana" compartido. De ningún modo nos
parece una creación arbitraria e inútil. En este contexto, y tal como se halla dispuesto
el enunciado, resulta imprescindible. Algo parecido encontrarnos en unos versos de
Bergamín:
Mañana está
enmañanado y ayer está ayerecido, y hoy, por no decir que hoyido, diré que huido y
hoyado.
Enmañanado
tampoco existe en la lengua. Podría entenderse como envuelto en mañana, en
futuro, es decir, desconocido aún. Pero al mismo tiempo, el neologismo hace
recordar una palabra parecida: enmarañado, esto es, envuelto en una maraña; y, en
efecto, el futuro es misterioso e impredecible. En cuanto a la fórmula "ayer está
ayerecido", incrusta otro neologismo valiéndose de la analogía con algunos
participios en -ido (partido, cosido, despedido, etc.), que dan la sensación de algo
concluso. La estructura lingüística permite que ayerecido, que no existe, sea al menos
"verosímil"; tampoco existe ayerecer de donde tendría que derivarse el
supuesto participio, pero no es disparatado imaginarlo como posible, por analogía
con formas como "amanecer" o "anochecer". Por otra parte, la audaz
creación ayerecido podría pronunciarse con seseo y no olvidemos que se trata de un
autor que residió muchos años en Hispanoamérica y sonar como "ayer-es-ido",
subrayando así la inevitable desaparición de lo que ya no es. El mismo tipo de calambur
se da en el falso participio hoyido, interpretable como "hoy-ido". En cuanto al
último, hoyado, establece una paronomasia con "hollado" y sugiere así la
visión de un presente ya vivido, desgastado. El peso de los versos, que recuperan el
motivo senequista de la fugacidad del presente frecuentísimo, por ejemplo, en
algunos de los mejores sonetos de Quevedo, recae precisamente sobre palabras que, en
rigor, no son tales y que, a pesar de ello, soportan el andamiaje constructivo de la
redondilla, como lo prueba el hecho de hallarse al final de los versos y ser, por
consiguiente, vehículos de la rima.
Puede suceder,
sin embargo, que el hecho de que el receptor comparta con el emisor el código
lingüístico no sea suficiente, y que ni siquiera el cálculo de los posibles valores
traslaticios de las palabras ayude a entender el texto. En tales casos comprendemos los
significados parciales palabra por palabra, enunciado por enunciado, pero se
nos escapa el sentido del conjunto. Intuimos, pues, que a pesar de que el mensaje es una
construcción verbal, su significado último se constituye mediante algo que no es
únicamente el código lingüístico vocablos y reglas gramaticales,
suficiente, en cambio, para los mensajes ordinarios. Podemos recordar algunos ejemplos
entre los infinitos posibles. Al comienzo del Cantar de Mio Cid se narra
sintéticamente el destierro del héroe con un puñado de sus caballeros:
A la exida da Bivar ovieron la corneia diestra
e entrando a Burgos oviéronla siniestra.
Meció Mío Cid los onbros e engrameó latiesta:
"¡Albricia, Álbar Fáñez, ca echados somos de
tierra!"
No es posible
entender el movimiento de hombros y cabeza del Cid, y menos aún su exclamación de
júbilo al emprender un doloroso destierro, sin tener en cuenta algo que no pertenece al
significado de los vocablos: la corneja situada a la derecha del camino es una señal
favorable, pero su situación a la izquierda en el momento de entrar en Burgos pronostica
un futuro poco halagüeño. Por eso el Cid se encoge de hombros y sacude la cabeza
como si quisiera apartar de sí los malos agüeros y trata de infundir
confianza en los suyos mostrando una actitud animosa y alegre. Ahora bien: el carácter
agorero de la corneja no pertenece al contenido semántico de la palabra ni se halla, por
tanto, recogido en su definición lexicográfica. Constituye un rasgo ajeno al código
lingüístico y se aloja en un código diferente, de índole cultural, donde figura como
parte de un repertorio de creencias folclóricas. El lector que desconozca este hecho y se
acerque al texto pertrechado tan sólo con el dominio del código idiomático o el
lector de otra cultura a cuya lengua hayan podido traducirse los versos del Cantar
carecerá de los instrumentos adecuados para descifrar rectamente el pasaje. Ésta es la
razón básica de la intraducibilidad radical del mensaje literario. Una noticia
periodística, un manual de consejos domésticos, un libro de viajes pueden ser traducidos
a cualquier lengua sin merma alguna de su contenido, porque los signos que componen la
obra tienen otros equivalentes en la lengua de que se trate. Pero cuando las palabras que
se traducen son algo más que signos lingüísticos y arrastran consigo adherencias
significativas que la tradición, las costumbres, la religión la cultura, en
suma han ido depositando en ellas, lo que se intenta traducir no es tanto el
significado léxico como la connotación cultural, y en este punto puede ocurrir que ya no
existan equivalencias y que el sentido del mensaje se diluya en la nueva versión.
Recuérdense los versos del conocido romance lorquiano:
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas
de tinta y de cera.
La acumulación del color
negro en estos versos prolongada, además, en los siguientes tiene carácter
premonitorio, pero sólo es posible advertirlo si el receptor pertenece a una cultura en
que el negro se asocia convencional y simbólicamente a la muerte y al luto. De no ser
así, el lector podría captar el significado de "negro" palabra del
diccionario y, por tanto, traducible, pero no su sentido en el texto. He aquí un
caso análogo, aunque de mayor complejidad. Se trata de un breve poema perteneciente al
primer libro de Antonio Machado, Soledades:
Las ascuas de un crepúsculo morado
detrás del negro cipresal humean.
En la glorieta en sombra está la fuente
con su alado y desnudo Amor de piedra
que sueña mudo. En la marmórea taza
reposa el agua muerta.
Una lectura somera de estos
versos vería en ellos, muy probablemente, una estampa de paisaje, un cuadro descriptivo
en el que hay un jardín con su casi inevitable fuente (motivos característicos, por otra
parte, de cierta poesía modernista). Pero lo cierto es que las sucesivas elecciones del
poeta orientan hacia una visión menos simplista y superficial. La contemplación se
sitúa al atardecer, esto es, cuando el día declina, y esta información se fortalece
mediante el uso de la metáfora "ascuas de un crepúsculo" con su adición de un
nuevo elemento las "ascuas" que comporta una noción de finitud.
Hay, además, un "cipresal", y conviene recordar el carácter funerario que el
ciprés posee en la cultura mediterránea, aunque no en otras latitudes. El cipresal lleva
el calificativo "negro" porque ya no recibe la luz del sol, pero también porque
el valor connotativo de "negro" se añade al valor cultural del ciprés
que es el que importa aquí, al margen de sus características botánicas, en este
momento irrelevantes, y todo ello es solidario de las asociaciones que en el lector
pueden haber provocado las menciones "ascuas" y "crepúsculo". Por
otra parte es indudable que, en un paisaje "real", el horizonte puede ofrecer
tonalidades moradas como la masa oscura de un cipresal puede parecer negra,
pero lo cierto es que, en los usos clásicos, el morado era con frecuencia el color que
representaba la aflicción y la congoja, convención cultural que ha dejado su huella en
multitud de textos y que incluso pervive en la vestimenta de ciertas conmemoraciones
litúrgicas.
Todos los ingredientes del poema
convergen en un punto común, que no es simplemente la reproducción verbal de unos rasgos
paisajísticos, sino la expresión de un estado de ánimo dolorido, cercado de
representaciones mortuorias: el día que se apaga, el horizonte como un "ascua",
el color morado, los cipreses. La proporción mayor del sentido no está encomendada a los
significados léxicos, sino que se apoya en los valores connotativos que las tradiciones
culturales han ido depositando en las palabras. La presencia de una estatuilla de Cupido
"Amor de piedra" arroja sobre el texto nuevos elementos dolorosos:
se trata de un amor petrificado, "mudo" esto es, incapacitado para
comunicarse y que "sueña"; el verbo comparece con su significado propio y
al mismo tiempo arrastra el recuerdo de la fórmula ciceroniana, mil veces repetida en la
tradición literaria: "somnus mortis imago". El último verso es más
corto que los anteriores; "muere" cuando finalmente aflora a la superficie del
texto como si resultara ya imposible retenerla más la noción que había
aleteado sobre el poema desde el comienzo, aun sin hacerse explícita: "muerta".
La vecindad en un verso tan corto de dos palabras como "reposa" y
"muerta" ayuda a evocar una fórmula habitual en las lápidas mortuorias y
completa la serie de asociaciones fúnebres acumuladas a lo largo de los versos.
El poema se diferencia de un
mensaje ordinario no sólo porque se halla sometido a ciertas constricciones
métricas-evidentes y deliberadas, sino porque dice "algo diferente de lo que parece
decir. Ahora bien: esta disociación posible entre una cosa y otra, entre apariencia y
realidad, que puede conducir a la ambigüedad y a la consiguiente incomprensión del texto
o a una comprensión parcial y empobrecida, no es imaginable en una
comunicación a la que no concedemos carácter artístico: una tarjeta de pésame, una
noticia periodística, una citación judicial, una carta de negocios, una convocatoria de
becas... En estos casos importa que todo sea unívoco, fácilmente inteligible; en suma,
que nada pueda interferir o entorpecer la recepción del mensaje y su exacto contenido.
Esto no significa en modo alguno que el designio con que se lanza el mensaje literario sea
de otra naturaleza. Como resulta lógico suponer, el propósito del autor es también
encontrar el receptor adecuado que descifre plenamente la comunicación. Lo que sucede es
que, muy a menudo, tal deseo no puede cumplirse si el lector opera con el mensaje
literario de igual modo que si se tratase de una notificación cotidiana o de la crónica
de unos hechos; ateniéndose, por tanto, al código lingüístico y sólo a él, sin tener
en cuenta que el mensaje literario se vale también de otros de naturaleza cultural que
enriquecen los meros significados léxicos y a veces los desplazan a un segundo término o
los suplantan.
Esta ampliación de los usos
idiomáticos, este continuo estiramiento del código lingüístico y las diversas
tentativas de incorporar a él ingredientes enriquecedores cuya aportación proviene de
repertorios ajenos al léxico, no constituye un modo de proceder caprichoso cuyo objetivo
fuera el oscurecimiento del mensaje hasta su conversión en puro enigma. Es algo exigido
por la misma naturaleza verbal de la literatura, que plantea exigencias y limitaciones
particulares, inexistentes en las demás modalidades artísticas. El músico utiliza
sonidos para componer sus melodías. Pero esos sonidos preexistentes que libremente
selecciona y combina no poseen por sí mismos significado alguno. Tal vez lo adquieran
después, una vez integrados en una secuencia, en una serie de combinaciones que
constituye la obra; pero antes de eso existen, simplemente, a disposición del compositor,
como puros sonidos. Un fa, un do mayor no significan nada. Lo mismo le sucede al pintor,
cuya materia prima los colores carece también de significado. Ni el gris ni
el amarillo significan nada, en efecto, si los consideramos como tales colores, aislados,
disponibles, previos a su uso. En el cuadro, integrados en un conjunto con diversas
líneas y otros colores, acaso adquieran un significado particular. Antes de eso, sin
embargo, el pintor los tenía a su alcance como materiales neutros, o, mejor, como simples
utensilios vacíos, de igual rango que el lienzo intacto sobre el caballete o la página
en blanco que dispone ante sí el escritor. Y no es necesario insistir en que el barro, la
arcilla o el mármol que utiliza el escultor también son puros materiales sin significado
alguno, aunque de características peculiares en cada caso.
En cambio, lo que sucede con la
literatura es muy diferente. La obra es una construcción verbal. El escritor selecciona
palabras y las combina de acuerdo con unas reglas que, como los vocablos elegidos, se
encuentran a su disposición. Sólo que esa especial materia prima que son las palabras no
se ofrece al escritor como los colores al pintor o los sonidos al músico. Las palabras
tienen ya un significado cuando las seleccionamos. Operar con el color rojo o con el re
menor es hacerlo con elementos dóciles a los que se puede atribuir el sentido que se
desee. Con las palabras resulta imposible actuar de igual manera. Es preciso contar con
sus significados, que ya existen en el momento de elegirlas y que no dejan de estar
presentes en cualquier enunciado. Pero es necesario también, si el escritor pretende
distanciarse de las limitaciones del mensaje ordinario, trascender esos significados,
enriquecerlos, engrosar el valor tradicional de los vocablos con asociaciones inesperadas
y nuevos sentidos. La escritura es antes que nada manipulación del lenguaje y
aprovechamiento de sus posibilidades, siempre dentro de las reglas establecidas por el
contorno semántico de los vocablos y por las estructuras sintácticas de la lengua. Una
simple greguería de Ramón Gómez de la Serna puede servir de ejemplo: "A muchas
mujeres les gusta bañarse en las liquidaciones". La inesperada aproximación
favorecida por el parentesco etimológico entre "liquidación" y
"líquido", que son formas perfectamente separadas en el sistema léxico,
permite el uso coherente pero anómalo desde un punto de vista estrictamente
semántico de "bañarse" que, al mismo tiempo, adquiere temporalmente,
para la ocasión, un valor no registrado en los usos idiomáticos ni en el diccionario. De
manera secundaria, y puesto que el verbo "bañarse" no pierde por completo su
significado propio, la greguería sugiere que la noción implícita comprar
o, sin más, entretenerse constituye una acción placentera y
beneficiosa. Muchos juegos de palabras, facecias y chistes se basan en estos usos
"imposibles" en la comunicación ordinaria que en el contexto quedan
momentáneamente legitimados. Es lo que sucede, por ejemplo, en estos versos de Blas de
Otero:
Viene la nieve
cae
poco
a
copo.
La ruptura de la disposición
gráfica en unidades léxicas mínimas subraya la lenta caída de los copos sueltos. Pero
lo que importa destacar en este momento es la locución "poco a copo",
deformación de "poco a poco" que mantiene el significado originario y al mismo
tiempo, merced a la inesperada irrupción de "copo", refuerza la idea de la
caída en copos aislados que marca el comienzo de la nevada.
No sólo el uso del lenguaje
presenta diferencias cuando se trata de mensajes puramente informativos o de textos
literarios. Antes de nada varía la propia actitud del usuario ante el instrumento
lingüístico que se propone utilizar. Para nuestra comunicación cotidiana, las palabras
nos sirven en la medida en que designan con precisión los objetos, seres o acciones que
deseamos nombrar. La norma de la palabra, su significante en términos
saussureanos, no nos interesa. Es como la envoltura de un paquete: sirve únicamente
para recubrir, proteger y transportar lo que está dentro. El significante es, por así
decir, transparente. Apenas reparamos en él, en su longitud o en su sonido, porque lo que
nos importa es el significado. A él se dirige urgentemente la atención, de la misma
manera que nuestra mirada atraviesa el cristal sin detenerse en él, atraída por lo que
hay al otro lado. Si para describir lo que le sucede a nuestro vecino de asiento durante
un viaje en tren elegimos "dormir" o "dormitar", no lo hacemos
basándonos en la diferente contextura fónica de ambos vocablos, sino en el grado de
profundidad que nos parece advertir en su sueño y que nos obliga, en consecuencia, a
seleccionar el verbo capaz de traducir nuestra percepción que puede ser errónea,
claro está con mayor exactitud.
En cambio, el escritor se sitúa
ante el lenguaje con otra disposición. En proporciones diversas, los signos son para él
opacos, lo que significa que la mirada no atraviesa con despreocupación el aspecto
físico que ofrecen, ávida tan sólo de contenidos, sino que se detiene en la forma de
esas palabras, en su longitud, en su sonido. Pocas veces se ha expresado esta cuidadosa
atención con tanta nitidez como en las palabras de fray Luis de León que leemos en De
los nombres de Cristo:
El bien hablar
no es común, sino negocio
de particular
juicio, ansí en lo que se dice
como en la manera
como se dice, y negocio
que, de las
palabras que todos hablan, elige
las que
convienen, y mira el sonido dellas, y
aun cuenta a
veces las letras, y las pesa y las
mide y las
compone para que no solamente
digan con
claridad lo que se pretende decir,
sino también con armonía y
dulzura.
Ésta es la actitud del
escritor aunque no todos los escritores la observen por igual, y de un modo u
otro repercute en el texto. No es que el significado quede al margen o en un plano
secundario; es que el significante no ve anulada su presencia, y sus caracteres físicos
cuentan en el momento de seleccionar los signos idóneos para cifrar el mensaje.
Naturalmente, el peso de los rasgos extrasemánticos de la palabra se nota de modo
especial en los textos que, por su propia naturaleza, tienden a la brevedad y exigen una
mayor concentración expresiva. Deben ser más visibles, por ejemplo, en un soneto que en
una novela extensa. Pero se trata de una diferencia de grado, sin más. No es un rasgo
exclusivo ni predominante de los discursos poéticos frente a los mensajes en prosa. Lo
que sucede es que, por lo general, la poesía ofrece mayor acumulación de casos en una
superficie textual menor. Abrimos unas páginas de Alberti y tropezamos con estos versos:
Galopa, jinete
del pueblo,
caballo
cuatralbo,
caballo de espuma.
La combinación de sílabas
átonas y tónicas produce unas secuencias rítmicas que pueden representarse así:
_ / _ _ / _ _ / _
_ / _ _ / _
_ / _ _ / _
Se advertirá
mejor con esta disposición:
_ / _ _ / _ _ / _
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El resultado,
como puede verse, es equivalente al de un ritmo anfibráquico (oóo), oportuno en esta
ocasión porque sirve para reforzar los significados léxicos y ayuda a evocar el galope
rítmico del caballo. Influyen igualmente en el resultado ciertas homofonías deliberadas,
como la que se establece entre "caballo" y "cuatralbo", con su
asonancia en a-o y el isosilabismo de ambos vocablos. Con una selección léxica
diferente, o bien con otra disposición sintáctica del enunciado, tal vez el significado
de los versos habría dependido únicamente de los contenidos semánticos, sin refuerzo
alguno.
He aquí un caso
distinto. Se trata de un pasaje en el que Ortega y Gasset evoca la dificultad de los
cuadros del Greco, la aspereza que parece presidir su ejecución si los comparamos con las
obras de otros pintores coetáneos:
Este arisco
cretense desde lo alto de su acantilado dispara dardos de desdén y ha conseguido que
durante siglos no atraque en su territorio barco alguno.
La
multiplicación de articulaciones dentales en una proporción muchísimo más
elevada de la media en español, según los recuentos fonemáticos existentes
acumula los sonidos que Femando de Herrera denominaba "ásperos": "Este
arisco cretense [...] dispara dardos de desdén..." Se tiene el presentimiento,
incluso, de que la artificiosa fórmula metafórica "dispara dardos de desdén"
debe su creación al propósito de agrupar en un brevísimo espacio articulaciones
dificultosas. Dicho de otro modo: sin renunciar al contenido, el escritor ha procurado que
el factor fónico gobernase la selección de las palabras y su ordenación.
Con lo dicho
anteriormente no se pretende insinuar que los sonidos posean un determinado significado.
Cuando se afirma que en los conocidos versos de Garcilaso "en el silencio sólo se
escuchaba / un susurro de abejas que sonaba" la repetición de s "traduce"
el zumbido de las abejas, se comete un error. Tal noción no se halla representada por un
sonido, sino que radica en la palabra "susurro". En otro contexto, con otras
unidades léxicas, no sería posible atribuir la misma función a una hipotética
repetición de s. La asignación de significado a los sonidos no pasa de ser una ilusión.
Lo que sí ocurre es que existen sonidos de articulación dificultosa frente a otros más
fácilmente pronunciables. Los modernos teóricos de la fono-estilística se han encargado
de recordar esto, que ya formaba parte de una línea clásica del análisis literario,
desde Dionisio de Tracia hasta Fernando de Herrera. No hay duda, por ejemplo, de que las
sílabas libres son sencillas de articular, al contrario que las trabadas, y que la
combinación consonante + vocal es más cómoda que la agrupación consonante + consonante
+ vocal, de modo que pa-pá resulta mucho más fácil de pronunciar que pro-ble-ma o
trans-crip-ción. Así, ciertas secuencias se avienen mejor con unos significados que con
otros. Las articulaciones que los clásicos denominan "ásperas" acompañan con
mayor propiedad a enunciados de contenido desagradable o violento, mientras que las
articulaciones suaves se avienen mejor con pasajes que transmiten sensaciones plácidas.
En Las cerezas del cementerio, de Gabriel Miró, dos perros se acometen ferozmente
y el autor escribe: "Se oía el crujir de las quijadas". La acumulación de
articulaciones "ásperas" acompaña con naturalidad la violencia del hecho
evocado, pero no significa nada; simplemente exige del lector un esfuerzo articulatorio
que puede producir en él la sensación de algo poco grato.
Por muchas
analogías que puedan existir entre el mensaje literario y cualquier otro de naturaleza
verbal, hay un rasgo que inevitablemente aparece siempre en aquél y rara vez o en
un grado infinitamente menor en los demás: el mensaje literario es de recepción
diferida. Mientras que una conversación, una homilía en las misas dominicales o una
arenga militar se reciben en el momento en que se emiten, y una noticia periodística a
las pocas horas, entre la composición del mensaje literario y su lectura entre el
momento de la emisión y el de la recepción, por tanto media un tiempo considerable,
necesario para elaborar el producto material, el soporte del mensaje, sea copia manuscrita
o libro impreso. Se trata de un proceso en el que pueden intervenir varias personas y que,
precisamente por esta razón y por el hecho de prolongarse durante mucho tiempo
meses, y a menudo años, acarrea el peligro de que se produzcan numerosas
interferencias en la transmisión del mensaje o "ruidos" que lo deforman y
perturban su adecuada recepción. Las obras literarias se hallan expuestas a esas
alteraciones, hasta el punto de que la Filología nació con el propósito inicial de
devolver a los textos la forma exacta que tenían al salir de manos del autor cuando, como
sucede con frecuencia, hubieran sufrido cambios ajenos a él durante el proceso de
transmisión.
Esta condición
inexcusable del mensaje literario provoca otras repercusiones de importancia que lo
distancian más aún de los demás mensajes. En una conversación entre dos
interlocutores, ambos pueden alternar los papeles de emisor y receptor. El emisor que
dice, por ejemplo, "te llamé ayer pero no estabas en casa" se convierte en
receptor al oír la respuesta "es que había salido de excursión con los
niños", emitida por quien antes actuó como receptor. No sólo existe este
intercambio de funciones, sino que el mensaje puede ser modificado a consecuencia de una
rectificación: "Son las once. Recuerda que ayer cambiaron la hora,
¡Tienes razón! Son las diez". La reclamación fundada de un lector puede
hacer que el periódico rectifique una noticia ya publicada. En suma: el receptor, al
convertirse en emisor, puede con su intervención modificar el mensaje inicial. Pero se
trata de acciones situadas en el mismo ámbito temporal o escasamente diferidas.
El caso de la
obra literaria es muy diferente. Una vez publicada, es inmodi-ficable. Aun en el supuesto
de que la reacción de los receptores expresada habitualmente mediante críticas,
opiniones y análisis indujese al autor a modificar o rehacer aspectos de la obra,
tendría que ser en otra edición posterior que, en cualquier caso, no anularía la
existencia de una versión previa. Las modificaciones introducidas por Juan Goytisolo en
la segunda edición de su novela Señas de identidad la convierten, en rigor, en
otra obra, pero no borran ni modifican la primera. De igual modo, las versiones de sus
poemas anteriores que Juan Ramón Jiménez llevó a cabo en la última etapa de su vida y
que aparecen recogidas en el volumen póstumo Leyenda no modifican las anteriores,
que tienen vida propia e independiente y han sido leídas, glosadas o imitadas por muchos
aficionados y poetas. Y algo parecido cabría decir de escritores que con cierta
frecuencia han reescrito obras anteriores ya publicadas a veces cambiando incluso el
título, desde Ramón J. Sender a Javier Tomeo.
El mensaje
literario tiene carácter unidireccional: una vez lanzado, admite reacciones diversas
claro está, pero no respuesta inmediata y con capacidad para modificarlo. El
emisor no deja de serlo nunca hasta el punto de que recibe el nombre específico de
"autor" y los receptores tampoco pueden intercambiar con él su función.
Otra cosa es el influjo previo que los futuros receptores pueden ejercer sobre el autor
cuando éste planea su obra y pretende llegar a un sector determinado de lectores. La
sumisión a ciertas modas, a corrientes del gusto o, en general, la consideración de la
índole de esos posibles receptores pueden condicionar algunos aspectos temáticos o
formales de la obra, de igual manera que, en una conversación, el emisor cuenta con
la naturaleza del destinatario para formular su mensaje, e incluso a veces para elegir el
asunto del coloquio.
Desde cualquier
punto de vista que se adopte, un mensaje sólo se completa es decir, sólo existe
como tal cuando cierra el circuito comunicativo y alcanza a un receptor. Sin recepción no
hay comunicación. Este extremo del canal donde se sitúa el lector no es, además, un
componente cualquiera del acto comunicativo, sino el lugar donde se produce el
desciframiento del texto, la instancia que proporciona un sentido a la obra, una
interpretación que varía según lectores y épocas y que puede no coincidir con el
sentido que figuraba en el propósito del emisor. De hecho, la historia literaria se funda
casi enteramente en el nivel de la recepción, porque integra las interpretaciones y
valoraciones de cada obra que han ido sumándose merced a las lecturas de una serie de
receptores cualificados. Las divergencias en el desciframiento del mensaje por parte de
lectores diversos o, dicho de otro modo, las discrepancias interpretativas se deben
precisamente a que lo decisivo no es el texto, sino el lector. Un mismo texto provoca
lecturas diferentes en diversos lectores. Incluso el mismo lector puede, pasado un tiempo,
descifrar de otro modo la obra que leyó antaño, porque, en realidad, no es el mismo
lector, sino otro con más experiencias, acaso con mayor caudal de lecturas y con una
visión diferente del mundo, y todos estos factores se proyectan sobre el acto de leer y
lo mediatizan.
Por otra parte,
el emisor cuenta ya, en el momento de cifrar la obra, con su recepción. Sabe que escribir
es siempre seleccionar; que ninguna novela, ningún poema, incluyen toda la información
posible, que muchos datos quedan sugeridos, apuntados, a manera de huecos que la actividad
del lector debe rellenar. La lectura es siempre la actualización de un mensaje que se nos
presenta indefectiblemente de modo esquemático. Al lector le corresponde restaurar
lagunas y omisiones, como le ocurre al receptor de un telegrama donde, por otras razones,
se han eliminado nexos gramaticales.
Examinemos algún
ejemplo simplicísimo. En la novela de Pío Baroja Zalacaín el aventurero (ii, vi)
se narra la estancia del protagonista en Hernani para recuperarse de una herida:
La convalecencia
de Martín fue muy rápida: tanto, que a él le pareció que se curaba demasiado pronto.
Bautista, al ver
a su cuñado en vísperas de levantarse y en buenas manos, como dijo algo irónicamente,
se fue a Francia a reunirse con Capistun y a seguir con los negocios.
Martín pudo tomar Hernani por
una Capua, una Capua espiritual.
Se resumen varios días o
tal vez semanas de convalecencia: unos hechos encuadrados en un tiempo indeterminado
que el lector debe completar imaginativa-mente, porque no aparecen narrados. Y se alude a
un episodio de la vida de Aníbal el de las "delicias de Capua",
para cuya comprensión se cuenta igualmente con la complicidad del lector. Hay, así,
acciones, sugerencias que no afloran a la superficie del discurso como las palabras
irónicas de Bautista y alusiones que forman parte del texto y que, por
consiguiente, es preciso descifrar. Esta tarea corresponde al lector, y tal circunstancia
se halla ya prevista en la escritura. Teóricos como Iser han denominado "lector
implícito" a ese destinatario sin rostro con cuya cooperación cuenta el escritor,
tal vez intuitivamente, porque en su actividad hay un desdoblamiento de funciones: tras
haber concluido su papel de autor pasa inevitablemente a considerar su propio texto desde
el punto de vista del destinatario. El "lector implícito" comienza por ser una
extensión del autor desdoblado, transmutado en receptor, y las modalidades líricas
constituyen tal vez el dominio literario en que las consecuencias de este hecho son más
evidentes. De modo análogo, el género dramático exige contar con un "espectador
implícito" que complete mentalmente, por ejemplo, la cuarta pared que en el
escenario no figura, o que entienda y acepte algunas convenciones propias de la escena
monólogos, apartes, etc., variables según épocas y estilos.
Además de este "lector
implícito" operante en todo mensaje literario, hay que contar con que cualquier
escritor aspira a ser leído, a llegar hasta un conjunto amplio de receptores que de modo
genérico denominamos "público". Si el lector implícito es un factor
estructural de la comunicación literaria, el público representa un elemento
sociológico. Ambos se sitúan en el nivel de la recepción y, sin embargo, su presencia
en el horizonte mental del escritor determina, en mayor o menor medida, ciertas
características del mensaje. En 1959, José F. Montesinos aseveraba tajantemente:
"El que escribe se dirige a un público, y las apetencias de ese público condicionan
su obra". Y un año antes había escrito Francisco Ayala: "El ejercicio
literario se desenvuelve dentro de un juego de convenciones gobernadas en gran parte por
la entidad del destinatario; según quien éste sea, así se configurará el mensaje, pues
la relación entre escritor y lector constituye el sentido de cualquier actividad
literaria, al determinar su forma".
Las preferencias del futuro
lector, sus reacciones previsibles ante la obra que a veces el escritor intenta
conocer de antemano merced a lecturas privadas y tanteos con destinatarios escogidos
no son aspectos a los que el autor se muestre indiferente. Tanto en el caso de los mecenas
y protectores de otras épocas como en la actual situación de mecenazgo colectivo
desempeñado por el público, su aceptación o su rechazo pueden favorecer o dificultar la
continuidad de una obra, y de ello se derivan multitud de consecuencias personales,
económicas y de orden estético para el autor. Si éste es el responsable de la obra, a
los destinatarios hay que atribuir su éxito o su fracaso. Cualquiera que sea el resultado
desencadena repercusiones de índole diversa. El mensaje artístico se carga
inevitablemente de implicaciones sociológicas.
Es un hecho evidente que los
mensajes cotidianos, tanto orales como escritos conversaciones, libros de texto,
advertencias, noticias, chistes, anuncios, etc., responden perfectamente a un
propósito informativo y utilitario: se construyen para comunicar un suceso, para
establecer unas normas, para dar consejos, para divertir, para seducir... Queda fuera de
duda el carácter práctico de estos mensajes; el mismo que posee la esquela necrológica
publicada en un periódico o la crónica de un viajero que ha recorrido un país ignoto.
Se trata en todos los casos de informar, de remitir a una realidad, a una situación
concreta. En cambio, el mensaje que llamamos literario no nace para informar de nada. En
muchas ocasiones ni siquiera se refiere a nada real o vinculado a la experiencia común. Y
cuando lo hace pierde previamente carácter noticiero. Una elegía como las Coplas de
Jorge Manrique a la muerte de su padre, el maestre don Rodrigo, no posee valor
informativo alguno. No es una obra compuesta para comunicar el fallecimiento del caballero
y, por si fuera necesario, bastará recordar que apareció seis años después del
suceso, de igual manera que Lope de Vega no escribió Fuenteovejuna para dar
cuenta de la insurrección del pueblo cordobés en 1476, ni Tolstoi pretendió con su
novela Guerra y Paz convertirse en el cronista de la campaña del ejército
napoleónico en Rusia.
Es cierto que hoy incluimos en el
repertorio de las obras literarias un buen número de textos que nacieron como puros
mensajes informativos: muchos romances viejos de marcada naturaleza noticiera, crónicas,
libros de memorias... Pero si hoy los leemos como mensajes artísticos es porque antes han
quedado desprovistos de la índole informativa que al principio tuvieron. No buscamos en
ellos testimonios históricos, porque la historiografía ya se ha encargado de reconstruir
el pasado de acuerdo con las fuentes disponibles, y aquellas obras que acaso debieron la
existencia a necesidades prácticas hoy han perdido por completo su primitiva razón de
ser y quedan disponibles para una lectura desinteresada, no utilitaria ni espoleada por la
búsqueda de información. Ésta es la actitud de quien lee con el mismo talante el Amadís
de Gaula que la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal
Díaz del Castillo.
Las consideraciones anteriores
permiten apurar algo más los rasgos que pueden serviros para singularizar el mensaje
literario. Independientemente de que en algunos casos o en muchos haya tenido
un origen poético o informativo, ocurre que, al perder ese carácter, al romper las
ataduras que lo vinculaban a unas realidades y lo convertían en su representante verbal,
el mensaje se ficcionaliza, pasa a formar parte de un universo cuyos referentes no están
ya en el exterior, en otra realidad, sino en la misma obra, en el contexto. La literatura
es el dominio de la ficción, incluso cuando da entrada a hechos, personajes o situaciones
que tuvieron existencia real. Si el general Prim, Isabel II o el caudillo carlista Ramón
Cabrera aparecen en algunas páginas de los Episodios nacionales de Galdós, lo
hacen conviviendo con otros personajes que jamás existieron, y automáticamente se
ficcionalizan. Su coherencia se deriva a partir de ese momento de su relación con los
demás elementos de la obra y no con la etapa histórica en la que vivieron unos seres del
mismo nombre. Dicho de otro modo: estos personajes no tienen el significado de los sujetos
cuyo nombre toman; su significado se lo proporciona la obra en que se inscriben, no la
parcela de la historia española en que sus homónimos desarrollaron su vida. El asunto es
aún más diáfano en el caso de personajes y acciones declaradamente ficticios. Don
Quijote, Raskolnikov o K. no existen en la historia, ni han existido jamás. Son
irrepetibles; pertenecen a esos mundos autónomos creados por Cervantes, Dostoievski o
Kafka. Cabe pedirles verosimilitud artística, pero no fidelidad a una historia
supuestamente acaecida fuera de los libros que los contienen y que recogen su única
existencia.
Es bien sabido que, durante
muchos siglos, los textos que hoy consideramos literarios se han difundido gracias a
diversas modalidades de transmisión oral. A raíz de la aparición de la imprenta, que
facilita la multiplicación rápida de ejemplares, va imponiéndose la escritura como
vehículo esencial de la comunicación literaria. Prescindiendo, pues, de manifestaciones
esporádicas canciones, recitales públicos de poemas, representaciones
teatrales, casi todos los mensajes literarios que recibimos nos llegan en forma
escrita y agrupados, además, en una forma determinada que admite escasísimas variantes:
el libro. De igual modo que la existencia de unos significados previos en las palabras
obliga al escritor a no limitarse a ellos y a intentar su enriquecimiento, la forma
invariable de la página impresa ha llegado a considerarse una constricción que tiende a
homogeneizar los textos y a reducir en buena medida la variedad de sus contenidos. Desde
el primer Manifiesto del futurismo lanzado por Marinetti en 1909, diversas corrientes
vanguardistas de nuestro siglo han tratado de romper la monotonía de la página impresa
postulando muy variadas soluciones, que van desde la abolición del texto monocromático y
la impresión de ciertas palabras en colores diferentes según su significado, hasta la
ruptura de la disposición invariablemente horizontal y paralela de las líneas y la
posibilidad de introducir líneas oblicuas o de otra clase que se entrecrucen
y subrayen relaciones semánticas en el texto. Esto equivalía a considerar la página de
un modo semejante al lienzo del cuadro: una superficie blanca que se rellena con líneas y
colores. Naturalmente, la confección industrial de los libros dificultaba la realización
material de muchas propuestas, y sólo algunas de ellas llegaron a tener una tímida
aplicación en ciertos libros de poesía aparecidos en torno a 1920, en pleno auge de los
experimentos vanguardistas.
Sin embargo, lo que no llegó a
popularizarse en los libros ha alcanzado posteriormente notable desarrollo en otros
mensajes de naturaleza mixta, en que los ingredientes lingüísticos van acompañados de
elementos visuales, como sucede en muchas formas de la publicidad, y, sobre todo, en la
historieta gráfica, donde, además del peculiar significado que transmiten los dibujos,
el propio texto encerrado en el bocadillo de la viñeta se presta a manipulaciones que
llegan a constituir un código elemental: letras de trazos temblorosos para indicar el
miedo del personaje, o adornadas con carámbanos de hielo que indican frío sin necesidad
de mención verbal explícita; desaparición de las palabras, sustituidas por unas
culebras convencionales que cada lector "traduce" como juramentos y palabras
soeces, o por el dibujo de una bombilla, indicio de la aparición súbita de una idea. El
aprovechamiento de las posibilidades de este sistema de comunicación mixto no parece
tener más límites que los de la capacidad creativa de cada autor, porque también aquí
existe la originalidad y, con mayor abundancia, las reiteraciones inertes. En el
"comic" norteamericano Pogo, el dibujante Walt Kelly caracterizó al personaje
conservador y autoritario llamado Deacon Mushrat rotulando sus frases con letra gótica.
Pero en estos casos nos hallamos fuera del territorio de la literatura, porque el peso
mayor del contenido descansa en recursos visuales. En literatura, en cambio, estos
elementos sólo pueden actuar, si existen, como apoyaturas secundarias. Es lógico: se
trata de un arte verbal y el ámbito propio de su existencia es el lenguaje.