JORGE BASADRE:
EL ENSAYO COMO ESTRATEGIA

Gustavo Montoya1 

 

Así como las sociedades, las biografías también tienen sus periodos. La Iniciación de la República (1929/1930), corresponde a la primera etapa de la biografía intelectual de Jorge Basadre; algunos historiadores, aludiendo a esta época, han escrito sobre el "joven" Basadre. Lo cierto es que estamos frente a su primera obra de envergadura; una suerte de síntesis que luego habría de convertirse en el plan general de su Historia de la República del Perú. Interesa preguntarse por las circunstancias que rodearon la elaboración de esta obra, el ambiente intelectual de la época, el fondo de sensibilidad social, la tradición académica de la que fue parte o, quizá, como veremos más adelante, la inauguración de un horizonte historiográfico radicalmente inédito.

Lo primero que salta a la vista es que Basadre se formó como historiador durante el Oncenio; en efecto, la época de la "patria nueva" se sitúa entre dos crisis: entre el ocaso de la República Aristocrática y la crisis que antecedió a la caída de Leguía. Pero, además, aquella fue una coyuntura de movilizaciones sociales si se tiene en cuenta que en 1918 se produjeron intensas protestas, marchas callejeras y huelgas cuyo punto culminante fue la Ley de las Ocho Horas promulgada en el gobierno de José Pardo. También es la época de la primera Reforma Universitaria, habiendo sido Basadre delegado de San Marcos a los 16 años en el Congreso de Estudiantes realizado en el Cuzco. Durante esos agitados años habrían de gestarse también buena parte de las principales obras que sentarían las bases del horizonte ideológico del corto siglo xx; me refiero a obras tan importantes como los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), de José Carlos Mariátegui; el aprismo con Haya de lamiento indigenista con Tempestad en los Andes (1927) de Valcárcel; el anarquismo de Gonzales Prada; la emergencia de las provincias y el intenso debate sobre la regionalización y el centralismo, con autores tan valiosos como Hildebrando Castro Pozo, Emilio Romero, José Antonio Encinas, Uriel García, Julio C. Tello... y la enumeración podría continuar.

Basadre inicia su obra dentro de una generación que estuvo marcada por importantes fenómenos políticos, sociales e ideológicos producidos en la escena internacional y nacional. El triunfo de la Revolución Rusa, antes la Revolución Mejicana, la primera Guerra Mundial, la Reforma Universitaria iniciada en Córdoba y el Centenario de la Independencia. Todos estos fenómenos serían decisivos no sólo para su obra, sino aun para definir el inicial entusiasmo que mostró por el socialismo.

¿Sobre qué tipo de herencia historiográfica empezó Basadre a ejercer su oficio de historiador? ¿Cuáles fueron los métodos, las obras y las narrativas dominantes? Interesa esto para delinear las rupturas y las continuidades que marcaron el paso de su generación, para esclarecer e identificar el ambiente intelectual que le antecedía y saber finalmente la actitud que asumieron los intelectuales.

Luego de la Independencia y hasta el final de la Guerra del Pacífico, lo que tenemos es un escenario historiográfico en el que predominó la narración de acontecimientos. Y si hemos de mencionar a sus protagonistas habría que nombrar a Mariano Felipe Paz Soldán, Sebastián Lorente, Mendiburu, Bilbao, Santiago Távara, Odriozola, Gonzales de la Rosa, Nemesio Vargas, José Toribio Polo y, en una sección aparte, a Ricardo Palma. Veamos rápidamente y en líneas generales algunas de sus características. Para empezar, ninguno de ellos produjo una síntesis del proceso histórico peruano; no tendrían por qué haberlo hecho. 

El Perú, como entidad colectiva, apenas si estaba en la agenda ideológica e intelectual de aquella época. De esta manera lo que tenemos son —salvo los trabajos de Paz Soldán, Nemesio Vargas y de Sebastián Lorente— un conjunto de publicaciones en las que se incluyen diccionarios como el de Mendiburu, fuentes documentales como la de Odriozola —ambos ex militares de las guerras de la Independencia— y trabajos eruditos como los de Toribio Polo y Gonzales de la Rosa. Esta histo-riografía, además de traducir y condensar el imaginario ideológico y las tensiones culturales de esta época, también permite explicar la lenta pero dificultosa construcción del Estado republicano, la belicosidad de los pueblos, las soberanías en conflicto, el protagonismo de los caudillos, la ural, mestizo e indígena.

La siguiente corriente historiográfica la constituyó la llamada generación del 900, aquellos intelectuales inicialmente orgánicos y luego críticos del periodo de la República Aristocrática. Los nombres que destacan son definitivamente los de José de la Riva-Agüero y Francisco García Calderón, ambos provenientes de la oligarquía peruana y con una sólida formación académica. A este respecto, resulta ejemplar el desgarramiento interno que padecieran durante la época de su mayor capacidad intelectual y, precisamente por ello, su abierto cuestionamiento al grupo social al que pertenecían. La obra de este grupo generacional se puede definir como el primer intento de proporcionar imágenes sintéticas del proceso histórico peruano. Riva-Agüero sorprendió a su tiempo con esa impecable tesis que es La historia en el Perú (1910) y en la que hace un generoso derroche de erudición, crítica y amplitud de perspectiva histórica; es, citando a Manuel Valladares, el Riva-Agüero demócrata y liberal. El Perú Contemporáneo (1907) de García Calderón puede ser considerada con justeza como la primera síntesis del proceso histórico del país en dónde, además, el autor propone un proyecto de modernización alternativo. 

Y fue sobre aquella herencia y aquel escenario que Basadre fue gestando su obra, al interior de la tensión social y la encrucijada histórica que significó el propio ambiente de su época; periodos de tránsito y de rupturas acicateados por la Reforma Universitaria, las movilizaciones populares y la insurgencia de las provincias. En una palabra, las expectativas que generó el proyecto de “patria nueva” y de modernización del Oncenio leguiísta. 

Como señalé líneas arriba, La Iniciación de la República fue una suerte de plan general que desarrolló luego en su monumental Historia de la República del Perú, verdadero ensayo general de una obra que a través del tiempo se convirtió en la referencia obligada de cualquier otro texto sobre este periodo.
Para conocer el sustento teórico de esta inaugural obra de Basadre tenemos a la mano sus propias certidumbres sobre el método que escogió, las perspectivas teóricas que le fueron inherentes y la estrategia intelectual que habría de inaugurar. En efecto, en la “Explicación inicial” del primer tomo, señala:

El plan seguido no es un plan meramente cronológico. Si bien éste tiene la ventaja de la visión de conjunto, permite en cambio que se esfume, se rompa o se parcele el concepto de las tendencias. He buscado, pues, un método que me atrevería a llamar cíclico a base de un conjunto de monografías separadas que ocultamente se hallan unidas. La lectura de la obra en su totalidad puede dar la visión de conjunto y, al mismo tiempo, la lectura de cada sección, llamada "libro", o de cada capítulo puede marcar la trayectoria de una clase social, de una tendencia doctrinaria o de una individualidad descollante.2 

Aquí aparece formulada la estrategia intelectual y el método historiográfico que habría de seguir Basadre en sus futuros trabajos, sobre todo en su monumental Historia de la República del Perú, fundando un modelo de investigación que se corresponda con el programa historio-gráfico de su tiempo, con la generación de la que formaba parte y con su proyecto individual.

Estas consideraciones tienen mayor sentido si se toma en cuenta que Basadre trataba de proporcionar una visión total del Perú republicano. Esta certidumbre, común a su generación, también debe ser comprendida en el caso particular de Basadre como una respuesta al ambiente político generado por el Centenario de la Independencia y, desde este punto de vista, una propuesta alternativa a las imágenes fragmentadas elaboradas hasta entonces; pero, sobre todo, la necesidad de razonar los acontecimientos y superar el tono de condena que prevalecía sobre la República a propósito de la Guerra del Pacífico y en abierta polémica con la prédica y el magisterio de Manuel González Prada.

En suma, construir una nueva imagen del Perú que se corresponda con las exigencias de un país en el que se había producido importantes cambios, en el que ingresaban a la escena política y social nuevos actores colectivos. En este punto radica la importancia de la obra de Jorge Basadre: establecer un diálogo con su tiempo, dar respuestas afirmativas y elaborar un programa de vida en el que su biografía terminó confundiéndose con la biografía de la sociedad y del tiempo que quiso retratar.

No deja de llamar la atención el descomunal proyecto que Basadre se impuso: establecer una periodización, utilizar nuevas fuentes, contemporizar el razonamiento histórico, formular nuevas preguntas al pasado, pero, sobre todo, la actitud e intuición moderna de utilizar el conocimiento histórico para explicar el presente. Basadre inaugura de este modo, una radical manera de ejercer el oficio de historiador en el Perú. Y es por efecto de este programa de investigación que uno puede comprender la hegemonía que esta generación tuviera, a lo largo del "corto" siglo xx.

En el segundo tomo de La Iniciación de la República (1930), Basadre volverá sobre el método elegido y sus certidumbres teóricas; al respecto señala:

Se necesita ver primero cómo fueron en realidad las cosas y qué hicieron los hombres para luego trazar las coordenadas integrales de la época. En el Perú, sobre todo, no es posible en asuntos de estudio limitarse a ser arquitecto y dibujante de la obra que se construye; hay que descender hasta ser picapedrero y albañil. No es en este caso culpa del autor, por lo demás, si su labor, por exigencias de la labor misma, tiene que parcelarse en más de dos volúmenes.3 

Lo que aquí subyace es la exigencia de ejercitarse en la crítica de las fuentes, razonar los hechos y vincularlos con sus protagonistas, situarlos en su contexto y darle un rostro humano al acontecer histórico: la compleja confluencia entre el hecho histórico, el acontecimiento y la estructura.

Otro elemento que ya aparece y que luego sería desarrollado es el tema de la imaginación histórica, rondando los predios de la literatura. Aquí la exigencia es hacer inteligible la historia, dotarle del imprescindible tono de vivacidad y dinamismo, retratar el movimiento:

[...] el relato procura estar aquí acompañado por un propósito de claridad y de método en el enunciado, así como de ubicación y de análisis de los acontecimientos mismos incluyendo algunos atisbos sicológicos, todo dentro de una rígida sujeción al testimonio de las fuentes históricas. Por ello, inclusive, pierde la obra vivacidad y amenidad. Intentando algunos sketch’s donde la imaginación quiere pintar escenas que si no son la verdad estricta son mentiras que tienen todos los elementos de la verdad...4 

Este aspecto se entiende mejor si consideramos que Basadre publicó un año antes, en 1928, Equivocaciones, ensayo sobre literatura penúltima; en realidad, el interés que Basadre tuvo por la literatura nunca habría de abandonarlo.

Existe un tercer elemento tempranamente advertido por Basadre y que tiene que ver con las distancias que guardó del culto a la erudición, esa suerte de "diálogo" con los muertos, la historia como ucronía:

Tampoco campea aquí, sin embargo, el eruditismo escueto. No se trata de acumular y acumular datos en un afán de trapero; se trata de bucearen los documentos auténticos y sacar de ellos lo más importante y esencial. Menos se trata de encontrar en los papeles viejos una especie de droga para no vivir. El plan capital con que esta obra ha sido concebida entraña, precisamente, lo opuesto: lejos de todo afán de exaltar o de denigrar, de todo prejuicio o superstición sea de familia, de persona, de clase, de secta o de doctrina sólo con el propósito de conocer cómo se ha formado y cómo ha vivido el Perú.5 

"Conocer cómo se ha formado y cómo ha vivido el Perú"; no existe quizá una definición más acabada para graficar la preocupación común de la generación a la que Basadre perteneció; dar cuenta desde el conocimiento histórico por qué el Perú era de ese modo y no de otra manera; comprender, explicar, reflexionar y alejarse de los juicios, las condenas y sentencias tan comunes en su época, sobre todo por efecto de la terrible frustración que fue la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico y por la insatisfacción que para estos jóvenes, mayoritariamente provenientes de las clases medias de provincia, significó la República Aristocrática y la incertidumbre con que se anunciaba la liquidación del Oncenio.

Pero hay algo más, en su temprana época de historiador, ya Basadre fue configurando en su conciencia y luego incorporando a su vasta obra, su apuesta por la utilidad política de la historia. En efecto, historia, nación y Estado serían para Basadre las columnas que podrían forjar la nacionalidad peruana. Años después afirmaría categórico: "Organizar el Estado sobre la Nación: he ahí el ideal". Y esa es una de las ideas fuerza que articulan y vertebran Elecciones y centralismo en el Perú (apuntes para un esquema teórico). Y en otro texto sobre este mismo tema:

Y dentro del espíritu de investigación de la verdad que ignoran y encharcan los que preguntan qué resultado práctico se obtiene con tan inútiles pesquisas, cuando el noventa por ciento de la orientación científica, incluso la de las ciencias antropológicas con las que este ensayo tiene alguna semejanza, tampoco produce rebultados materiales. En cuanto a la historia patria, baste decir que su inmenso valor tiene, entre otras causas, la de que frente a nuestra multiplicidad racial y a nuestra heterogeneidad geográfica es, junto con el Porvenir, lo único que tenemos de común como nacionalidad.7 

Esta manera de plantear el sentido práctico del oficio de historiador sitúa a Basadre entre los intelectuales que realizan una lectura de la historia desde el futuro; podemos no estar de acuerdo con este postulado, por encima de las propias atingencias de las que él era consciente, la multiplicidad racial, la diversidad geográfica, la multiculturalidad y el plurilingüismo. Pero este es precisamente el valor que tiene su enunciado: el de proporcionar alternativas, proponer soluciones, afirmar; o, como lo expresara Flores Galindo en un breve artículo en homenaje a Basadre, su "terca apuesta por el sí". Pero, además, esta actitud tiene que ver con otro tema común a los historiadores: se trata del compromiso personal y privado entre el historiador y su oficio, el fuero individual en el que muchas veces se definen los temas, las orientaciones, los silencios o apologías. Este es su testimonio: "A la larga, lo que importa en la vida y en la obra es ser uno leal consigo mismo, proceder de acuerdo con el fondo insobornable que todos llevamos adentro".

Paralelamente a la publicación de La Iniciación de la República, Basadre participó de un célebre acto académico en San Marcos: pronunció el discurso de orden por la apertura del año académico en 1929. En esa oportunidad, y ante la presencia de Leguía, Basadre desarrolló otra de las vertientes básicas de su obra. Sintomáticamente el título de su discurso que luego se convirtió en libro fue La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú (1929). En efecto, otra de las características de este libro, fue la de incorporar y concebir a las multitudes y a las clases populares como actores políticos y sociales esenciales en la historia.

Que esta preocupación lo acompañó toda su vida, se puede comprobar con este pasaje de su libro El azar en la historia (1973), texto escrito cincuenta años después, con motivo de la polémica que estableció a propósito de la Independencia del Perú:

Aquella historia de la gente de abajo, si es auténticamente efectuada, conduce a las estructuras mismas de las sociedades y a lo más hondo de las conciencias, aunque los movimientos mismos se interrumpan [...] surge entonces en realidad, un desafío pleno a los hombres y a los grupos dominantes y la finalidad que los alienta es, aunque se disimulara, durante un tiempo más o menos breve o más o menos largo, arrebatarles el poder.9 

Al comienzo de este ensayo había señalado que La Iniciación de la República fue el ensayo general de lo que posteriormente desarrolló en su monumental Historia de la República del Perú. De hecho, el proyecto inicial comprendía un tercer volumen que debía salir de inmediato y "otros más". He aquí su testimonio:

Queda ahora para un volumen que será publicado inmediatamente después, el análisis de las tendencias doctrinales, de la acción de las clases sociales y del factor geográfico-económico, en los años comprendidos entre este tomo y el primero. Si la vida no lo impide, en otros volúmenes —ya de distinto título— será continuado con los sucesos posteriores a la Restauración el plan ya enunciado. Dentro del espíritu de la historiografía clásica, lo que el presente tomo concluye sería suficiente; pero en los tiempos actuales en que hay tanto interés por el factor social y económico y por la confrontación ideológica ello no basta.10 

¿Por qué se interrumpió este proyecto? La respuesta está en las circunstancias políticas de la época y en la actitud que Basadre tomó. El año 1930 cae Leguía, la Universidad es recesada y la mayoría de intelectuales progresistas de la época toman rumbos diferentes. Unos optan por la militancia política y se adhieren al aprismo y al comunismo como proyectos radicales para transformar el país, no muy pocos se incorporan al régimen de Sánchez Cerro, algunos ensayan una vía alternativa e independiente. Entre estos últimos se encuentra Basadre. Finalmente opta por salir del país. Entonces visita Estados Unidos de Norteamérica, Alemania y España, países en los que conoce y se acerca a las corrientes historiográficas de la época.

En Alemania conoce la dramática experiencia de la República de Weimar, asiste al ascenso del nazismo y la agitación social por efecto de las movilizaciones, presencia ceremonias del nacional-socialismo; pero es mejor dar paso a su propio testimonio para conocer su experiencia en Berlín:

Casas modernistas, a veces sin techo, en los barrios nuevos. Pinos. Lagos. Arena. Nudismo. Baños de sol. A este símbolo de la enorme riqueza del universo en contraste con la miseria humana, miles de jóvenes de entonces le rendían un culto fervoroso. Muchachos que, a veces, tenían algo de jovencitas, y niñas con cierta apariencia viril. Agrias discusiones políticas surgidas de pronto en cualquier lugar. Mendigos que insultaban cuando no se les daba limosna. Uniformados vendedores de periódicos. Innumerables tiendas callejeras con folletos, libros y hojas de todas las ideologías, de todas las creencias, de todos los extremismos, no sólo los de tipo político y social sino en múltiples campos como el ocultismo, la astrología, el uso de las drogas, la libertad sexual, el vegetarianismo, la homeopatía y otras cosas. Manifestaciones espectaculares de los nacional-socialistas, de los comunistas, de los socialistas, de los "alemanes nacionales", de los "cascos de acero". Adolescentes agresivos irrumpiendo de pronto en las calles para gritar "Deutschland erwache", es decir "Alemania despierta" o "Rot front", "frente rojo". Propaganda, prostitución, pintura expresionista o postexpresionista y cinema de vanguardia. Rara mezcla entre un exceso de cultura y una vitalidad primitiva de la que fluía un nihilismo, una liberación desnuda con un amargo sabor en el que fermentaba una patética, y a la vez, alegre despreocupación. Toda la gente hallábase infectada, de un modo u otro, como en una epidemia, por la obsesión política, envuelta en ella y en vísperas de ser perseguida o perseguidora, víctima o victimaria. Y en medio de todo, la belleza de los paisajes; el esplendor de los tesoros artísticos.11 

Esta larga cita retrata la actitud intelectual y el peculiar estilo de Basadre: curioso, atento y observador, facilidad de síntesis y solidez en la escritura. En efecto, la tensión de su escritura, presente en el texto anterior escrito en 1975, ya se dejaba insinuar en La Iniciación de la República. Y este es un punto de quiebre en el estilo de Basadre, si uno compara, La Iniciación... con su Historia de la República, lo que advertirá es la repentina modificación de su estilo. Si en La Iniciación... el nervio de su estilo se desliza por la fina línea del enjuiciamiento, la provocación, la sentencia contundente, el reclamo indignado y hasta el reproche juvenil, en cambio en la Historia de la República estamos ya frente a otra actitud. La serenidad contemplativa, cierto tipo de neutralidad que se acerca al ideal de intelectual proyectado por K. Manheim. Su consigna parece seguir el consejo preventivo que reclamaba Espinosa: "no reír, no llorar, hay que comprender".

Pero en Alemania también Basadre llegará a la conclusión de que el Estado es más fuerte que la nación.
12  Los autores alemanes a los que Basadre hace referencia son: Hans Rosenberg, Hans Ulrich Wehler y Fritz Fisher, de cuya obra señalará:

Esta nueva historiografía vale sobre todo, por la objetividad. Supera las presentaciones centradas alrededor de los personajes y las de tipo descriptivo y va hacia la crítica de la colectividad en cuyo seno la política funciona en estrecho enlace con distintos intereses y factores de tipo social y económico.13 

Finalmente, en Alemania Basadre estuvo vinculado al Instituto Iberoamericano, familiarizándose con los métodos y técnicas que luego aplicaría en su cátedra de Historia del Derecho Peruano. He aquí su testimonio:

La ayuda del Instituto Iberoamericano y mi asistencia a la Universidad gracias a una tarjeta de oyente me suscitaron relaciones muy valiosas. Richard Thurnwald me interesó sobre manera por sus estudios sobre los pueblos llamados primitivos, superando las separaciones geográficas y englobando sus distintas formas sociales, o sea, la familia, la economía, la cultura, el Estado y el derecho. Era con este último aspecto con el que quería familiarizarme dentro de la finalidad de saber algo de la llamada etnología jurídica en sus más recientes expresiones, por su posible utilización para el estudio del derecho prehispánico, ya que incurren en un error quienes estudian nuestras viejas culturas utilizando sólo las huellas que de ellas han quedado y desprecian el método comparativo, que es necesario utilizar pero, evidentemente, con suma cautela. Me sirvieron más tarde mucho aquellos estudios para organizar la sección sobre derecho inca en mi cátedra del Derecho Peruano. También llegue a acercarme a la técnica y a la metodología de la historia del derecho como disciplina con identidad propia...14 

En Berlín, Basadre tiene que tomar una decisión debido a que económicamente no le era posible seguir viviendo en esa ciudad.15  Entonces, según su propio testimonio:

Adopté entonces una decisión crucial: ver la manera de quedarme en Europa. Pero, ¿a dónde ir? Acabábase de establecer la República en España, y desde lejos, tan novísimo experimento parecía interesante. Se me ocurrió viajar a Madrid y creí que quizás me serían útiles, desde París, las recomendaciones de mis parientes Francisco y Ventura García Calderón.16 

En Madrid conoció a Claudio Sánchez Albornoz, el gran historiador de la edad media y rector de la Universidad de Madrid. La República en España estaba impulsando centros de investigación clásicos, arábigos e hispanoamericanos en Salamanca, Sevilla y Granada. Conoció a José María Ots y Capdequí. En Sevilla fue incorporado al Centro de Estudios Hispanoamericanos, dictó dos conferencias por semana y paralelamente empezó a investigar en el Archivo de Indias y en el Palacio Real de Madrid sobre la legislación de Indias durante el periodo inmediatamente anterior al proceso de la Independencia. Formó parte de la Internacional hispanoamericanista. En suma, dice Basadre: "entre fines de 1932 y fines de 1935, viví consagrado a faenas de obrero historiográfico en Sevilla y Madrid".17 

¿Por qué razón me parece que es importante conocer esta época de Basadre? Considero que este viaje a Europa y su permanencia en Alemania y España fue esencial para su formación y la posterior continuación de su monumental Historia de la República del Perú. Más aún, en un texto capital para conocer su biografía como es su libro La vida y la historia, Basadre expresa su apreciación sobre la obra de Vinces Vives. Al respecto señala que este historiador:

Buscaba un panorama general de la evolución de la Humanidad de los siglos xv al xx. Trataba, esfuerzo nada fácil, de sintetizar la marcha de la historia desde el Renacimiento hasta los sucesos contemporáneos con el objetivo de hacer resaltar la arquitectura del periodo, las grandes líneas de la evolución que enmarcan y explican la totalidad de los acontecimientos históricos [...] Fue un ensayo de historia general en cuanto, centrado en la historia política, se extendió a la historia socioeconómica, cultural y religiosa [...] Aquí me interesa únicamente dejar constancia de mi profunda admiración por él...18 

Otra experiencia formativa que Basadre tuvo en España fue la redacción de un libro sobre la historia republicana del Perú, Chile y Bolivia. Texto inaugural que, transponiendo las fronteras nacionales, dirige su atención hacia un espacio geográfico y temporal mucho más amplio. Esta zaga historiográfica, que no ha tenido continuadores en el Perú, también es otro elemento esencial para comprender la amplitud en la perspectiva que Basadre incorporó tempranamente a su proyecto historiográfico. He aquí su testimonio:

[...] la vida en España se me hizo más cómoda cuando, gracias a la bondad de un consagrado y ya maduro historiador que a la vez era un gran caballero, don Antonio Ballesteros, recibí el encargo de escribir un manual sobre la vida republicana del Perú, Chile y Bolivia auspiciado por la casa Salvat de Barcelona. [...] fue el mío un ensayo sin precedentes y todavía sin sucesores, a pesar de todas sus innumerables imperfecciones, ya que rompió las vallas de los nacionalismos, en realidad provincianismos, en nuestra América e intentó un estudio comparado que en Estados Unidos llámase "de área". Las mismas guerras y losconsuetudinarios litigios entre Bolivia, Chile y el Perú son exponentes de una honda inter-relación19 

Pero, además, si uno compara La Iniciación de la República con las reediciones de su Historia de la República del Perú, evidentemente encontrará una nueva estrategia: el intento de elaborar una historia total, una historia en la que se combinan todas las posibilidades, donde se amplían las temáticas y se establecen nuevas líneas de investigación; pero, sobre todo, el ensayo como estrategia.

El tipo de ensayo que Basadre inaugura no se limita a repetir los lugares comunes que a este género se le asignan. Su estilo es más complejo, se trata de organizar el conocimiento histórico de un modo en que éste sugiera relaciones inéditas entre los acontecimientos, establecer causa-lidades contemporáneas a los hechos históricos, un juego de espejos en donde el pasado, el presente y el futuro asumen, alternativamente, estancias transitorias. No se trata de ejercitarse en la especulación, el relati-vismo o el probabilismo histórico; se trata, por el contrario, de imprimirle un movimiento permanente a la existencia humana que es de lo que está hecho el acontecer histórico. Ésta es evidentemente una lectura hetero-doxa de la historia, una narrativa en donde el ensayo se convierte en el artefacto discursivo que posibilita la configuración de un vasto horizonte plagado de problemas, posibilidades y esperanzas.

Y a mí me parece que en estos aspectos es que radica la grandeza de la obra de Basadre: haber introducido una nueva manera de ejercer el oficio de historiador. Un estilo en el que se combinan la exactitud del dato, el razonamiento sociológico, la integridad del hecho histórico, la amplitud en la perspectiva y la utilidad contemporánea del conocimiento histórico. Por lo demás, Basadre, como una respuesta hacia sus críticos que observaban la ausencia en el señalamiento de fuentes, sorprendió nuevamente a sus lectores con la publicación de su monumental Introducción a las bases documentales para la Historia de la República del Perú con algunas reflexiones (1972), probablemente el más ambicioso catálogo de fuentes sobre el periodo republicano.

Existe otro aspecto de la obra de Basadre que personalmente me parece que está rodeado de enigmas. Se trata de una extraña sinfonía consensual, de un tipo particular de consensos con respecto de su obra y que lo han convertido en el lugar de encuentro entre ideologías enfrentadas e interpretaciones disímiles del proceso histórico peruano. ¿Por qué la obra de Basadre convoca este extraño entendimiento? ¿Será lo monumental de su producción intelectual? Y si esto es cierto ¿cómo logró escribir tanto y de todo? O quizá es precisamente porque deja abiertas todas las posibilidades que todos nos sentimos representados en sus reflexiones, afirmaciones, censuras y apologías. Quizá esto que señalo no sea más que una especulación y tiene que ver más bien con el desorden y caos —para citar a Heraclio Bonilla— que caracteriza al Perú contemporáneo. Sea lo que fuere, y aquí sigo a Pablo Macera, Manuel Burga y Alberto Flores Galindo, estemos o no de acuerdo con él, siempre que se escriba algo sobre la República, será inevitablemente sobre lo que él ha levantado en su monumental Historia de la República del Perú.

En los albores del siglo xxi, la obra y la biografía de Jorge Basadre constituyen un espacio privilegiado para reflexionar sobre las perspectivas de la República y los desafíos de la gobernabilidad contemporánea. Pero este propósito sería incompleto si es que no nos remitimos a los orígenes del Estado peruano y por lo tanto al mandato social y político de la gobernabilidad en La Iniciación de la República.

Notas sobre los orígenes de la gobernabilidad republicana

Una reflexión sobre los orígenes de la gobernabilidad20  republicana necesariamente tiene que dirigir su atención a la coyuntura de la Independencia. Como se sabe, durante el proceso de la revolución hispanoamericana, el virreinato peruano fue el centro simbólico, político y militar de la contrarrevolución. La política de "recuperación territorial" (1814-1820) conducida por los virreyes Abascal y Pezuela,21 expresa la unidade intereses entre el Estado colonial y un sector mayoritario de las élites coloniales peruanas. De modo que no se trata de "lamentar" la ausencia de una voluntad separatista, sino de reconocer y explicar la naturaleza ideológica y la conducta política de estos grupos de poder. Hasta el arribo de las famosas "expediciones libertadoras", lo que destaca en el Perú es la ausencia de proyectos de gobernabilidad claramente independentistas.

Y esta comprobación empírica es una de las causas más remotas que luego prefiguran los dilemas de la gobernabilidad durante las primeras décadas de la República.

Entonces es pertinente hablar de un centro —el virreinato peruano— y de una periferia —Colombia, Argentina, Chile, Ecuador y Bolivia—; en este esquema, la Independencia del Perú también significó la guerra de estos últimos países tempranamente independizados y en contra del virreinato peruano, identificado por aquellos como el centro del dominio colonial español en Hispanoamérica, consumándose la derrota política y material de las élites peruanas.

La "formal" proclamación de la Independencia en julio de 1821, fue el resultado del acuerdo político entre el Ejército Unido de los Andes —con tropas argentinas, chilenas y colombianas— y el Ejército Realista, mayori-tariamente compuesto por peruanos. Este es el origen de la larga letanía de la Independencia "concedida".22 

El otro aspecto del proceso de la Independencia es la llegada al Perú de diversos proyectos de gobernabilidad generados por la propia dinámica de la guerra. Así, los pilares de la incipiente organización del Estado republicano estuvieron fuertemente teñidos por concepciones ideológicas ajenas a la realidad peruana e inspiradas en otros espacios del continente. En el Perú no existió un Estado revolucionario,23 como por ejemplo en Argentina.

Más aún, el mando efectivo del ejército patriota, y por lo tanto la dirección de la guerra por la Independencia —que recién se iniciaba— y de la política interna, estaba en manos de "extranjeros" (San Martín, Monteagudo, Bolívar y Heres). Aquí, el punto es reconocer que no existía ningún grupo social y menos un proyecto de gobernabilidad hegemónico que podría haberse impuesto, tomando la conducción de un Estado recientemente constituido. Los sucesos acaecidos entre 1821 y 1826 (cese de la influencia bolivariana) elevan hasta el paroxismo el proceso político de consolidación de la Independencia. Ello condujo a un personaje usualmente ponderado como Hipólito Unanue a exclamar: "La historia de la revolución del Perú va a ofrecer a la posteridad sucesos raros y contrarios a los naturales sentimientos del corazón humano".24 

En efecto, luego de la expulsión de Monteagudo en julio de 1822 y la liquidación del Protectorado se instala en septiembre del mismo año el primer Congreso Constituyente. La forma irregular en que se sustentó aquel primer ensayo de representación "nacional" —una considerable extensión del país aún estaba bajo control realista y por lo tanto los "representantes" de aquellas regiones elegidos en Lima en forma poco "democrática" no tenían mayor "legitimidad"— marcó desde sus inicios la corta duración de la Asamblea. Seis meses después se produjo el golpe de Estado por intermedio de Santa Cruz y Riva-Agüero. En junio de 1823 los realistas ocupan Lima. El Congreso se dividió en tres facciones, una de ellas se quedó en la capital y se adhiere al bando realista; otro grupo se refugió en los castillos del Callao y declara fuera de la ley a Riva-Agüero, quien se retira a Trujillo con otro grupo de congresistas y desconoce a la facción que se quedó en el Callao; estos últimos nombran Jefe Supremo primero a Sucre y luego a Torre Tagle. En septiembre de 1823 Bolívar es declarado Supremo Dictador y tuvo que hacer frente a Riva-Agüero, que entró en negociaciones con los realistas, y al propio ejército del Rey.

Entre febrero y marzo de 1824, Lima nuevamente es ocupada por los realistas. Después Torre Tagle y un significativo número de ex republicanos vuelven sobre sus pasos y se declaran abiertamente a favor de la causa realista. Luego de la desocupación de Lima, Bolívar inicia un violento proceso de represión en contra de los residuos de la aristocracia limeña y de la oposición civil a la Independencia. Todos estos acontecimientos no son sino las consecuencias políticas inmediatas del precario mandato social sobre los que se fundaron el Estado, la gobernabilidad, la nueva "soberanía" republicana y el sistema político en los inicios de la República.

Seguidamente me propongo trazar la trayectoria de dos fenómenos paralelos y al mismo tiempo contradictorios: la constitución del Estado republicano como nuevo centro simbólico del poder político poscolonial y los perceptibles cambios dentro del escenario social y de los actores colectivos. Es decir, el doble y traumático movimiento desencadenado a propósito del desmembramiento de una estructura política, social y administrativa cuya funcionalidad perduró cerca de tres siglos: el sistema de dominio colonial español.

En relación con el primer punto son cuatro las entidades que destacan como nuevos espacios de gobernabilidad. El Protectorado (julio 1821-julio 1822), el primer Congreso Constituyente (septiembre 1822-febrero 1823), el gobierno de Riva-Agüero (febrero-junio 1823) y la dictadura de Bolívar (septiembre 1823-julio 1827). Lo segundo tiene en realidad un origen más remoto, se trata del desorden político a raíz de la crisis de gobernabilidad con motivo de la invasión napoleónica a España y los sorprendentes efectos sobre un vasto conjunto de unidades territoriales: los "pueblos" de Hispanoamérica.

Una reflexión histórica que contemple ambos fenómenos puede ayudar a comprender y explicar los desafíos de las élites republicanas por institucionalizar un nuevo sistema de gobierno y, sobre todo, la frenética búsqueda de un nuevo centro político que domestique las fuertes tendencias de fragmentación territorial y la desobediencia política de los "pueblos" como resultado del aflojamiento de los mecanismos políticos y administrativos que las guerras por la Independencia pusieron al descubierto.

Un elemento común a los proyectos de gobernabilidad del Protectorado, de Riva-Agüero y de la dictadura bolivariana es que todos ellos se sostuvieron sobre la presencia de ejércitos revolucionarios; su legitimidad residía en el hecho de que debían liquidar a las fuerzas realistas. De ahí que cuando la gobernabilidad recae en el primer Congreso Constituyente, éste fue disuelto por las tropas comandadas por Santa Cruz que impusieron en la presidencia del Congreso a Riva-Agüero. Precisamente porque la naturaleza deliberativa de la Asamblea impedía toda acción ejecutiva y rápida para la conducción de la guerra.

No está de más recordar que fue durante el mandato de la Junta Gubernativa —entidad creada por el Congreso—, que el Ejército Unido de los Andes sufrió las derrotas de Torata y Moquegua. ¿Cómo legitimar a una entidad política que no era el resultado de un mandato social y que por el contrario se sostenía sobre bases tan precarias como eran los residuos de una fuerza militar públicamente censurada? ¿Cómo articular esta forma de gobierno "republicano" con una sociedad en donde la aptitud civil estaba restringida por limitaciones propias del antiguo régimen? República sin ciudadanos, modernidad sin revolución. Pero lo anterior también delata una estructural fragmentación ideológica de  todas las agrupaciones políticas y, por lo mismo, el fracaso de cada una de ellas por establecer una hegemonía o una alianza entre las mismas.

Con la salida del ejército realista de Lima y la cancelación del proyecto de gobernabilidad de tipo aristocrático constitucional diseñado durante el Protectorado, lo que se observa es el ingreso a la lucha ideológica de un conjunto de fuerzas políticas recientemente constituidas. Aquí es posible identificar al grupo republicano plebeyo (Sánchez Carrión, F. J. Mariátegui, Luna Pizarro, etc.), el republicanismo conservador y nacionalista de Riva-Agüero y el proyecto confederativo de Bolívar.

Aunque todos ellos tenían el común propósito de afianzar la Independencia y establecer un gobierno autónomo, uno de los desafíos a los que tuvieron que atender y frente al cual desarrollaron una capacidad de maniobra realmente sorprendente, fue el de administrar la anarquía y el fantasma de la revolución social que emergía como un sordo rumor desde los sectores populares tanto urbanos como rurales.25  Al respecto destaca el papel y la breve dictadura ejercida por Monteagudo que, con el apoyo de los "cuerpos cívicos" —milicia popular urbana y brazo civil armado del Protectorado—, ejerció una violenta represión hacia la oposición civil prorrealista intacta en la capital después del retiro del Virrey. Y luego la multitud de montoneras y guerrillas indígenas que en todo momento fueron percibidas como una amenaza a la transición pacífica y al proyecto de independencia "controlada" que finalmente se impuso. Y este es un escenario privilegiado para conocer lo específico de la cultura política en los actores colectivos populares tanto rurales como urbanos en los albores de la República.

Pero existen otras historias paralelas a la construcción del Estado republicano y sus proyectos de gobernabilidad implícitos que aún aguardan a sus historiadores: la silenciosa "revolución territorial" de los pueblos y la lenta pero efectiva erosión de un conjunto de símbolos y lealtades por parte de los grupos subordinados, rurales y urbanos, a toda forma de control administrativo y sujeción política. Este es el otro aspecto de la Independencia, el inicio de un conjunto de tradiciones y prácticas vinculadas a un tipo particular de cultura política y que no puede ser comprendida ni estudiada como la simple continuación del imaginario político colonial.26 

Una coyuntura clave para conocer la génesis de aquel proceso fueron los dispositivos electorales para la instalación de los Ayuntamientos Constitucionales emanados del periodo liberal de las Cortes de Cádiz (1812) para todos los espacios territoriales de Hispanoamérica. Aquí estamos frente a un inédito proceso de transferencia de poderes desde el Estado hacia las comunidades locales. Los documentos de la época son lo suficientemente esclarecedores sobre la entusiasta participación de los pueblos para elegir a sus representantes. Es decir, el control directo del territorio, los recursos y la administración de justicia a escala local, con el agregado de que todo este proceso se desencadenó en el contexto de las guerras de la Independencia.27 

Y esta es probablemente la vía más eficaz para comprender la prolífica presencia de grupos armados que bajo el nombre de guerrillas y montoneras participaron no sólo en las guerras por la Independencia, sino que su presencia sería decisiva para definir las alianzas y las guerras civiles durante buena parte del s. xix. Más aún, una investigación ha demostrado cómo durante casi todo el s. xix, los espacios territoriales desde donde se definía el "centro" político, la representación al parlamento y, en muchos casos, la elección del ejecutivo, y por lo tanto, el mandato social de la gobernabilidad, estaban situados en la región andina.28 

Dicho de otra manera, luego de la Independencia y del formal establecimiento del Estado republicano, lo que tenemos en el escenario social rural es, sobre todo, un complejo sistema político en el que los intereses comunales y el espíritu "localista" no sólo cuenta con un efectivo brazo armado, sino que aun existe una cultura política con fuertes contenidos de autonomía y de resistencia a todo intento de sometimiento por parte de una entidad —el nuevo Estado republicano— que reclama una soberanía fundada más en la retórica que en efectivos mecanismos de obediencia política y administrativa.

No deja de llamar la atención el modo perverso con que se reproduce la dinámica de la crisis del sistema imperial español. En efecto, el inicial enfrentamiento entre España y América, pronto se reproducirá entre las ciudades capitales y los departamentos para, posteriormente, oponer a estos últimos con los "pueblos". Curiosa lógica política que atraviesa un largo trecho de nuestra historia republicana y cuyo punto culminante sería cuando en 1894-95, una multitud de montoneras y guerrillas convergen sobre Lima para derrotar a sangre y fuego el militarismo de Cáceres.

Otro aspecto que debe tomarse en cuenta para comprender los dilemas de la gobernabilidad es la naturaleza ideológica de las élites republicanas y sus fundamentos doctrinales. Una atenta lectura de los lenguajes constitucionales indica una precoz modernidad, por ejemplo en lo referente a la libertad política, el concepto de ciudadanía, la división de poderes y el fundamento social sobre el que se intentó legitimar la "soberanía popular" como depositaria del nuevo Estado independiente del país.

Ambiguo lenguaje político con evidentes resonancias modernas y que intentó representar a una sociedad cuyo imaginario político todavía contenía fuertes elementos de tipo corporativo y premoderno. ¿Cómo expli-car la frenética propensión constitucionalista de los caudillos —entre 1821 y 1840 se sancionaron cinco constituciones y se produjeron nueve golpes de Estado— sobre una sociedad profundamente militarizada y en donde el control del poder se definía con las armas?29 

Aquí estamos frente a un problema que afecta directamente a uno de los fundamentos de la gobernabilidad, como es la obediencia política y la legitimidad contemplativa.30 Efectivamente, se trata de explorar el paradójico modelo de transición política que experimentó el conjunto de la monarquía española y el modo concreto en que fue experimentado en los espacios coloniales de Hispanoamérica.

Uno de los conceptos fundamentales alrededor del cual es posible reconstruir los dramáticos desgarramientos internos en el imaginario y el lenguaje político tanto de las élites como de los actores colectivos es el de soberanía. Como se sabe, antes de la revolución, el titular de la soberanía era el Rey, entidad simbólica que legitimaba una relación de tipo contractual entre el Estado y la sociedad. Pero este modelo de estruc-turación política se sustentaba sobre un conjunto de principios, tradiciones y códigos culturales cuya funcionalidad sólo fue reconstituida por intermedio de profundos cambios que afectaron las relaciones sociales, políticas y económicas. Más aún, estos procesos fueron el resultado de movimientos políticos y sociales de tipo endógeno, consecuencia de las contradicciones internas de ambas sociedades y de la voluntad política de actores colectivos poseedores de una intencionalidad ideológica que orientaba sus acciones.

La trayectoria de la revolución en Hispanoamérica fue distinta. En primer lugar la crisis que afectó al centro de la soberanía imperial en España fue consecuencia de la invasión napoleónica y no de la iniciativa interna de fuerzas sociales, ni el resultado de movimientos políticos revolucionarios o reformistas. De hecho, los sucesos de Bayona, la abdicación de Fernando vii y su renuncia al trono fue interpretada por el pueblo español y por los "criollos" americanos como una "traición". La quiebra del modelo imperial sería entonces el resultado de una peculiar combinación de pacto y ruptura, de reforma y revolución. En suma, de un constitucionalismo histórico que apeló más a los elementos de continuidad que de ruptura.

El epílogo de este proceso fueron las Cortes de Cádiz y la Constitución liberal que emanó de su seno. Pero en Hispanoamérica el derrotero de la revolución tuvo una trayectoria diferente y atravesó diversas fases. En un primer momento y siguiendo la dinámica del resto del continente se manifestó el rechazo al invasor francés y se expresó el apoyo al Rey cautivo. Pero en realidad, esta inicial actitud pronto reveló la estrategia de vastos grupos de criollos —Santa Fe de Bogotá, Buenos Aires, Santiago, Quito, Chuquisaca, Cuzco— para camuflar su espíritu separatista que luego desembocaría en las guerras por sus independencias. Y este es el punto de quiebre entre el virreinato peruano y el resto de América.

Efectivamente, una sumaria revisión en la conducta política de las élites peruanas durante este periodo podría proporcionar pistas útiles para conocer no sólo los proyectos de gobernabilidad que entonces se formularon, sino también, y esto es lo más importante, el pensamiento político implícito en los mismos y el modo en que éstos fueron sedimentándose entre los distintos grupos sociales y actores colectivos de la época. Además, ayudaría a comprender también la naturaleza social del proyecto de gobernabilidad republicano que finalmente se impuso y los antecedentes ideológicos que le fueron inherentes.

Son tres las coyunturas en las que es posible identificar otros tantos proyectos de gobernabilidad entre las élites peruanas. Y qué mejor espacio para su estudio que la prensa doctrinal de la época.31  En efecto, a raíz de la libertad de imprenta sancionada en las Cortes de Cádiz en abril de 1811, en el Perú se desencadenó una verdadera "fiebre editorial". La primera etapa recorre los años que van de 1811 a 1814. Una atenta lectura de los contenidos presentes en los diferentes periódicos de esta época sugiere la existencia de proyectos de gobernabilidad de tipo contractual bajo el manto constitucional del liberalismo gaditano, pero sin que esto afecte el aspecto medular de la soberanía de España sobre el virreinato peruano. Este es el origen de la reiterada acusación de "fidelismo" por parte de las diferentes narrativas históricas sobre la emancipación hacia las élites peruanas de la época.

Lo que interesa aquí es explicar esta conducta. En primer lugar, quienes redactaban los principales artículos de contenido político eran en su gran mayoría intelectuales provenientes de profesiones liberales (abogados, médicos y publicistas).32  Es decir, no existían miembros efectivos de la clase propietaria, salvo Manuel Salazar y Baquíjano y José Baquíjano y Carrillo. De modo que estamos frente a intelectuales orgánicos al sistema que apostaban por una reforma política más que de su liquidación. Hipólito Unanue, Fernando López Aldana, Diego Cisneros, José Joaquín de Larriva y Félix Devoti en ningún momento fueron más allá de exigir el fiel cumplimiento de la Constitución de Cádiz. Y no tenían por qué hacerlo. Ocurre que su pensamiento político y su propia identidad estaban íntimamente ligados y era el resultado del funcionamiento del sistema de dominio colonial español aún intacto.

Entonces, no se trata de preguntar por qué no apostaron por la Independencia, sino explicar su adhesión a un sistema constitucional que se les presentaba como una oportunidad propicia para acceder a los más altos cargos políticos y en abierta disputa con el mayoritario sector de la clase dominante de la época que se identificaba con los intereses del Estado colonial español.

El retorno de Fernando vii al trono en 1814 y la reinstauración del absolutismo hasta 1820, además de fortalecer a los sectores más adictos al sistema de dominio colonial, significó un duro vuelco emocional para estos reformistas. Sólo entonces empezaron a contemplar la posibilidad de un gobierno autónomo. Para entonces ya se habían producido las rebeliones de Huánuco (1812) y del Cuzco (1814), movimientos en los que el liderazgo criollo había sido rápidamente rebasado por las masas indígenas. Nunca como entonces la violencia de las masas indígenas que siguieron a Túpac Amaru ii se convirtió en una obsesión que los dejaba a la deriva y con pocas posibilidades de elaborar una alternativa intermedia.33  A este respecto, la biografía intelectual y política de Manuel Lorenzo de Vidaurre es quizás la más emblemática.

Sin embargo, en el resto del continente americano, la revolución seguía inexorable por intermedio de dramáticos hechos políticos y militares, derrotas, avances y retrocesos. Para 1820, sólo el Perú permanecía bajo el férreo dominio español. Casi 200 años después, uno no puede dejar de imaginar el modo en que estos acontecimientos modificaron o acentuaron las convicciones ideológicas, los temores y desaciertos de personajes como José Faustino Sánchez Carrión, José de la Riva-Agüero o Hipólito Unanue. Sólo entonces se produjo el desgarramiento interno y la mutua oposición entre un sector de la élite criolla reformista, que luego se convirtió en republicana, y los verdaderos miembros de la clase propietaria. Así, sería este último grupo social el que concibió que su futuro estaba irremediablemente ligado al destino del Estado colonial español.34 

Desde 1820, con el arribo de la Expedición Libertadora, hasta 1824, con la batalla de Ayacucho, el virreinato peruano asistió a una guerra civil en la que un gran porcentaje de su población se alineó bajo las banderas del Rey. Durante estos decisivos años, las percepciones políticas de los diferentes grupos sociales que componían la sociedad peruana estuvieron fuertemente sujetas a violentas alteraciones ideológicas.

Como ya señalé líneas atrás, las clases populares urbanas tuvieron plena participación en el escenario social de la lucha de clases para consolidar la Independencia. Se movilizaron y ejercieron una sistemática violencia en contra de los españoles y en general de toda la oposición civil prorrealista. Organizadas como milicia popular durante el Protectorado (1821–1822) y orientadas bajo la autoritaria dirección de Monteagudo, los "cuerpos cívicos" fueron la expresión política y el brazo armado de los dominados y explotados de las ciudades.

El espacio rural presenta un cuadro mucho más complejo. Aquí estamos frente a un lento pero efectivo proceso de reconstitución del imaginario político, afianzamiento de los intereses locales, profunda segmentación de las lealtades étnicas y la relativa autonomía de los "pueblos" para negociar su adhesión a los diferentes caudillos civiles y militares.

Personajes éstos que ejercieron el poder real durante las primeras décadas de la República por intermedio de una compleja red de alianzas y negociaciones. Y es sobre este escenario social que debe estudiarse los proyectos de gobernabilidad del temprano s. xix. Una sociedad profundamente militarizada, con una cultura política fuertemente disgregada por efecto de las permanentes guerras civiles y el desorden institucional que siguió a la Independencia.

Más aún, lo que llama la atención ya no es este panorama aparentemente desolador y fragmentado, sino que este proceso no haya conducido a un efectivo cercenamiento del territorio. Por ejemplo, durante la Confederación Perú-Boliviana o con motivo de los grandes levantamientos populares de dimensión nacional acaecidos los años 1834, 1854-55, 1865 y 1894-95.35 

De esta forma, el contenido teórico de la gobernabilidad tiene que incorporar el análisis y el papel de una figura clave de la temprana República y común para toda Hispanoamérica: el caudillo. Probablemente uno de los principales actores de un complejo sistema político y sobre el cual aún conocemos muy poco.36  En efecto, consolidada la Independencia y posterior al cese de la influencia bolivariana, lo que se observa es el inicio de una práctica luego convertida en tradición en la historia política de la República: los golpes de Estado encabezados por los caudillos.

El fenómeno caudillista se asemeja a la imagen de una pirámide. En la cima, la presencia de un caudillo "regional" que se sostiene por una red de alianzas que a su vez se reproduce hasta la base. En ella se cobija un conjunto de intereses de fuerte contenido "localista" y en donde la dimensión nacional apenas sirve para legitimar la intervención de éstos en las disputas por acceder al control de un Estado al que se concibe más como un espacio de enfrentamiento que como el centro de la gober-nabilidad. De aquí se deriva la enorme importancia que tenía la designación de los "prefectos" luego de producirse un "golpe" de Estado.

No deja de ser curioso y cruel el contenido empírico con que se gestó la gobernabilidad luego de la Independencia: la "venganza" de los pueblos que desde entonces impusieron las pautas al proceso político republicano. A la inicial confusión ideológica que antecedió a los orígenes del Estado republicano, pronto le sobrevino una profunda dispersión ideológica entre los pueblos y las regiones, que entonces podían actuar libremente imponiendo a su participación política dimensiones reivindicativas que desafiaban todo intento por consumar el idealismo republicano, la soberanía territorial y la obediencia política que reclamaban los textos constitucionales.



* * *

 

Aunque el Perú no ha producido a un Domingo Sarmiento y su clásico Facundo, en cambio tenemos La Iniciación de la República de Jorge Basadre, extraordinario fresco social y político de un siglo xix profundamente impregnado de una violencia estructural, de la permanente beligerancia y movilización de los "pueblos", de un sorprendente crecimiento demográfico indígena y, con ello, la configuración de un país eminentemente rural, indígena y mestizo.

Un país que ingresaba deslumbrado al concierto de Estados libres e independientes, una comunidad que cargaba sobre sus hombros las pesadillas coloniales y anunciaba las promesas y utopías republicanas. Y esa es precisamente la imagen que destila de La Iniciación de la Republica: descomunal ensayo histórico que intentó condensar la transición política y social entre Colonia y República,37 un texto en el que Basadre, por primera vez, proyectó con trazos sólidos, el complejo protagonismo de un conjunto de caudillos, verdaderos centauros de la guerra, personajes en los que se enfrentaban el alboreo misticismo republicano y los residuos del cinismo colonial, galería de figuras personificadas en nombres propios como Gamarra, Santa Cruz, Salaverry y Castilla. Imágenes tamizadas con el polvo de las "puebladas", del cierra puertas de las ciudades, del imperio de la cruz, el sable, la pólvora y el eco "formal" de las constituciones.

Así, esas primeras décadas posteriores a la Independencia aún aguardan a nuevos historiadores. Monografías que necesariamente tendrán que desarrollar las pinceladas y las líneas de investigación que Basadre anunció en La Iniciación de la República. Épocas en que "Las revoluciones y el caudillaje abrieron los más efectivos conductos para la ascensión social".38  Más aún, para Basadre aquel periodo estuvo caracterizado por un espíritu "lleno de color y energía",39 en donde "la carrera militar traía la ventaja de llevar a los más altos cargos públicos. Se puede decir que entonces el militar representaba el papel primario que anteriormente había desempeñado el sacerdote y que en nuestra época representa el hombre de negocios".40 

Basadre resume estos iniciales años de la República con el siguiente enunciado sintético: "Caudillaje versus Constituciones".41 Principio aparentemente contradictorio pero que, sin embargo, adquirió cierta funcionalidad por efecto de un modelo de transición en el que se superponían conflictos sociales, económicos, étnicos irresueltos y formas ideales de organización política. O para expresarlo en los mismos términos de Basadre: "el caudillaje es, pues, la adaptación tropical de la democracia. Es también la venganza de la realidad contra los cánones rígidos que se quiere trasplantar de tierras ultramarinas, o de libros enfáticos. En vano se suceden las Constituciones con modificaciones intrínsecas, más o menos trascendentales: el caudillaje persiste con sus revoluciones, su fatal secuela".42  ¿No es esta una cruda épica con la que la histo-riografía sobre la República aún está en deuda?

Esa imagen de un siglo xix a la "deriva" y que fuera alegremente levantada por la historiografía de los setenta y que adormeció la imaginación de varias generaciones, también fue testigo del humor corrosivo de Pardo y Aliaga, quien llegó a exclamar en su obra Constitución Política: "¡vaya una República!"; que también motivó la airada y documentada protesta de un conservador como fue José María de Pando, quien publicó Reclamación de los vulnerados derechos de los hacendados de las provincias litorales del Departamento de Lima (1833), quizá la más seria impugnación a los excesos cometidos en contra de la aristocracia colonial limeña por parte del breve pero real radicalismo republicano de la Independencia. Fueron esos los años en que, siempre siguiendo a Basadre: "los locuaces criollos de las ciudades tenían que rotar alrededor de los generales serranos".43 

¿Cómo explicar entonces el ascendiente y magisterio que ejerciera Bartolomé Herrera, quien desde el púlpito y el reformado colegio Carolingio invocaba el providencialismo de la soberanía de la inteligencia, el respeto a la tradición, el orden y la autoridad? ¿O el desencanto y la vigorosa denuncia de Juan Espinoza —ex soldado de las guerras de la Independencia— por la traición a los ideales republicanos? ¿O el breve liderazgo del acaudalado propietario Domingo Elías, "el hombre del pueblo", encumbrado por la plebe durante "la semana magna", pero que tuvo que abdicar ante el resplandor de las bayonetas y la autoridad militar de Castilla?

Será necesario volver a revisar y releer lo escrito por Basadre, recibir la posta y el encargo que, a su tiempo, otras generaciones lo hicieron con tonos y ritmos diferentes, ponderar sus sentencias y ejercitarnos con nuevas interpretaciones, dejar de lado cierto tipo de angustias y fijaciones coloniales. Saber vivir con decoro en este "tiempo de plagas" y perversiones sistematizadas.

De modo que aquí, no hay que torcer la mirada ni convertir el pasado en un desván para justificar el presente. Después de todo, nosotros también somos personajes transitorios, habitantes de un país cuyo movimiento acelerado parece empeñado en desafiar la imaginación y el entendimiento.

 

Ciudad Universitaria, noviembre de 2002



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1 Historiador. Jefe de la Oficina General de Relaciones Públicas (UNMSM).

2 Jorge Basadre, La Iniciación de la República (tomo primero), Lima, 1929, p. x.

3 La Iniciación de la República, tomo segundo, p. iv.

4 Ibíd.

5 Jorge Basadre, La Iniciación de la República, tomo segundo, Lima, 1930, p. v.

6 Jorge Basadre, Elecciones y centralismo en el Perú, 1980.

7 Jorge Basadre, Iniciación de la República, tomo segundo, p, v.

8 Jorge Basadre, La vida y la historia, 1975.

9 Jorge Basadre, El azar en la historia y sus límites, 1973.

10 Jorge Basadre, La Iniciación de la República, tomo segundo, Lima, 1930. p. iii.

11 Jorge Basadre, La vida y la historia, pp. 557-558.

12 Ibídem, p. 558

13 Ibíd., p. 560.

14 Ibíd., p. 534.

15 Ibíd., p. 625.

16 Ibíd., p. 627.

17 Ibíd., p. 635.

18 Jorge Basadre, La vida y la historia, p. 636.

19 Jorge Basadre, La vida y la historia, pp. 636-637.

20 Aquí utilizo el concepto de gobernabilidad en un sentido histórico; es decir, ubico el concepto en su contexto temporal y espacial, tal como lo entendieron los actores colectivos e individuales de la época. En este sentido, la gobernabilidad republicana alude a los proyectos de gestión estatal, a su contenido ideológico inherente, a las concepciones sobre la institucionalidad, los instrumentos de que se valieron, los proyectos de sociedad y los mecanismos que se diseñaron para llevar adelante el ideal republicano. Es claro que en este esquema se debe distinguir entre las formulaciones teóricas y el modo concreto en que se desarrollaron los diferentes gobiernos posteriores a la Independencia. Por otro lado, la gobernabilidad es un concepto cuyo contenido teórico es relativamente nuevo en la teoría política; una línea de investigación sugiere que cuando se habla de gobernabilidad se debe contemplar la eficacia y la funcionalidad del mismo; es decir, su aspecto positivo y una mínima sincronización entre la teoría y la práctica. Aún cuando el debate sobre este concepto es vasto, en el presente ensayo trato de distinguir entre lo que debió ser la gobernabilidad en los inicios de la República, y lo que realmente fue.

21 Véase el trabajo de Brian Hamnett, La política contrarrevolucionaria del Virrey: Perú, 1806–1816, Cuaderno de Trabajo, IEP, Lima, 2000. También el libro de Jhon Fisher, El Perú Borbónico, 1750–1824, IEP, Lima, 2000. Sobre todo el capítulo vi: “Fidelismo, patriotismo e independencia”.

22 Heraclio Bonilla, Metáfora y realidad de la Independencia en el Perú, IEP, Lima, 2001.

23 Nohemí Goldman, Revolución, República, Confederación, Ed. Sudamericana, Bs. As. 1998.

24 Juan Pedro Paz Soldán, Cartas históricas, Lima, 1920.

25 Gustavo Montoya, “Protectorado y Dictadura: la participación de las clases populares en la Independencia del Perú y el fantasma de la Revolución”. En Socialismo y Participación, N.º 89, Lima, 2000.

26 Antonio Anino, Cádiz y la revolución territorial de los pueblos mexicanos 1812–1821, Buenos Aires, FCE. 1995.

27 Antonio Anino, Soberanías en lucha, Madrid, Ed. Ibercaja. 1994.

28 Gabriela Chiaramonti, Andes o nación: la reforma electoral de 1896 en el Perú, Buenos Aires, FCE. 1994.

29 Un libro fundamental que discute este aspecto del primer “constitucionalismo” republicano y propone una interpretación histórica es el del historiador Cristóbal Aljovín de Losada, Caudillos y constituciones: Perú 1821–1840. Lima, PUC-FCE, 2000.

30 Entiendo por “legitimidad contemplativa” a la existencia de un consenso activo y/o una mayoría suficiente en la sociedad civil con respecto al régimen realmente existente. Este aspecto de la historia política republicana es objeto de un ensayo inédito y de próxima publicación.

31 Asención Martineze Riaza, La prensa doctrinal de la Independencia del Perú, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1985.

32 Carmen Mc Evoy, Seríamos excelentes vasallos, y nunca ciudadanos: Prensa republicana y cambio social en Lima (1791–1822). Texto inédito y próximo a publicarse. Mi agradecimiento a la autora que me permitió consultar su trabajo antes de que sea publicado.

33 Gustavo Montoya, Narrativas históricas en conflicto. La Independencia del Perú: 1808–1824, Lima, Ed. Seminario de Historia Rural Andina, UNMSM, 2000.

34 Gustavo Montoya, La Independencia del Perú y el fantasma de la revolución, Lima, IEP-IFEA, 2002.

35 Jorge Basadre, Historia de la República del Perú, 1976.

36 Una excepción es el libro de Charles Walcker, De Túpac Amaru a Gamarra. Cusco y la formación del Perú Republicano.

37 Con respecto al debate entre república y monarquía, Basadre escribió en La Iniciación de la República: “[...] es curioso constatar que mientras, por lo general, los escritos a favor de la República tienden a enlazarse con la filosofía y el derecho, los escritos a favor de la monarquía, entre nosotros, tienden a basarse en consideraciones sociológicas”, p. 33. Y con respecto al proyecto republicano de José Faustino Sánchez Carrión afirmó: “[...] su optimismo está en sus ideales, no está en las realidades. Por lo mismo que no tiene un concepto óptimo sobre lo que es el Perú, ataca la Monarquía”, p. 34.

38 Jorge Basadre, La Iniciación de la República, tomo primero, p. 82.

39 Ibídem., p. 112.

40 Ibíd., p. 88.

41 Ibíd., p. 123.

42 Ibíd.

43 Ibíd., p. 125.

 


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