CAPÍTULO II

LOS CAUDILLOS MILITARES

 

 

El hecho político fundamental que coincide con el predominio de la clase militar en los primeros años de la República es el caudillaje.

El caudillaje fue un fenómeno americano: existió en todos los países del Continente salvo en el Brasil, como consecuencia del enraizamiento de una monarquía nacional, y en Chile por el predominio de casta, por la homogeneidad de sus elementos sociales, por sus condiciones geográficas y económicas.

Gramaticalmente la palabra caudillo se refiere al que como cabeza o superior guía comanda a la gente de guerra; como americanismo señala al que ejerce el poder de una manera arbitraria y a su capricho. Se ha dado a esta palabra simplemente un sentido estimativo o estrechamente clasificador. Nosotros vamos a emplearla, a falta de otra expresión, para designar a todos los presidentes o candidatos a la Presidencia que surgieron en la República superando el poder de las leyes y determinando la vida política en general.

1. La interpretación actualista y sicológica de Bunge


Carlos Octavio Bunge ha dado, en su libro Nuestra América, una interpretación actualista y sicológica del caudillaje. Si el deux ex machina de la vida criolla está para él en la pereza, en la tristeza y en la arrogancia, características españolas trasplantadas a América, el caudillaje es producto de la pereza. Entre indolentes fácilmente descuella el más activo, el que es más querido o temido, o el que conviene a los intereses privados de cada cual. Si los reyes mandaban por derecho divino, el caudillo manda —según Bunge— por derecho humano, por la voluntad de hombres sin voluntad. Y manda irresponsablemente. La política criolla defínese como el tejemaneje de los caciques hispanoamericanos entre sí y para con sus camarillas políticas; política de mala fe que se disfraza con frases huecas. Bunge agrega que el caudillaje fue inicialmente pacífico, como hijo de la pereza; pero que se deformó a veces convirtiéndose en gobierno de sangre y rapiña a causa de la herencia arrogante de la raza conquistadora y de la crueldad indígena que dan lugar a la crueldad criolla, hija, no como la española, de la arrogancia, sino de la tristeza. Bunge cree, así mismo, que el caudillaje no es un fenómeno aislado; hay un engranaje de cacicazgos, una superposición de feudos pequeños y grandes en que el grande devora al chico. Y asigna dos caracteres fundamentales al caudillaje: es consuetudinario y es tácito: arraiga en las costumbres y no está en las leyes, está en el clima, en la sangre, en la indolencia nacional. Régimen oligárquico es el suyo; o es engendrado por una oligarquía o la engendra creándose así tres entidades: el cacique, el núcleo oligárquico de sus privados o parientes y el pueblo. Por último Bunge establece tres etapas en el proceso de cada caudillo: la etapa de la fascinación, correspondiente a la conquista de la popularidad y del encumbramiento, la etapa de la fuerza, cuando se produce la consolidación de su auge, y la etapa de la paz, cuando llega el apogeo de la dictadura a lo cual siguen o la apoteosis o la caída.

2. La descripción de Ayarragaray


Lucas Ayarragaray, argentino como Bunge, en su libro La anarquía argentina y el caudillismo ha estudiado el caudillismo desde un punto de vista circunscrito, histórica y geográficamente, mirándolo a través de la anarquía que después de la Emancipación se produjo en la Argentina. Más que una labor interpretativa la labor de Ayarragaray es descriptiva. Concede también predominante importancia a la herencia española: considera que antes de la Emancipación ya había predisposición a la anarquía por la desorganización política y el espíritu caudillista: símbolos de ella ven en las rebeliones coloniales, en el encomendero, en el conquistador. La anarquía y el caudillismo venían, pues, de la historia y frente a su fuerza auténtica estaban la impostura de los partidos y la ingenuidad de los teóricos. El espíritu faccioso de España brotó a principios del siglo xix —dice Ayarragaray— cuando la invasión napoleónica rompió con el secular principio de autoridad; idéntico espíritu trasplantado a América brotó en igual fecha cuando la Revolución rompió, así mismo, el principio de autoridad. Pero, también otorga alguna importancia al mestizaje: la fórmula de las luchas políticas en aquellos tiempos sería la de la lucha entre los criollos mestizos superiores o depurados contra la plebe híbrida del suburbio y de la campiña. Además, la falsa cultura de los unos y la crasa ignorancia de los otros permitió adoptar instituciones inadecuadas haciendo fracasar las primeras tentativas de organización; y las muchedumbres requirieron, para sus ímpetus levantiscos, al caudillo no a la abstracción. Los acaudalados de las ciudades, a su vez, favorecen los gobiernos que traen el orden; los pequeños artesanos suelen unirse a ellos contra la acción tumultuaria y caótica de la anarquía que viene de la pampa. En el fortín, en medio de la campiña bárbara, surge la montonera; cada campanario con su facción, cada facción con su caudillo. La irrupción del mestizaje rural completó la subversión definitiva de la vida política y sus montoneras propiciaron la consolidación del caudillaje, elemental, faccioso, violento, cuya última evolución es el caudillaje manso, hecho a base no de la guerra, sino de la intriga, de las maquinaciones naturales en posteriores épocas materialistas.


3. La interpretación económica de Ingenieros


José Ingenieros en su libro Sociología Argentina da una interpretación económica del caudillaje que puede no localizarse en la Argentina. Si la Independencia —afirma— encontró a los Estados Unidos preparados para sus instituciones democráticas fue porque la tierra pertenecía a los colonos y los sistemas productivos estaban desarrollados por una colonización encaminada a explotar esas regiones inteligentemente; había intereses organizados que la política debía tutelar. En cambio España practicó en sus colonias una explotación empírica y distribuyó la tierra a los propietarios que no la trabajaban: no organizó producción alguna. Nuestra constitución económica fue la explotación desorganizada de riquezas naturales por procedimientos primitivos: fue la feudalidad. Al llegar la Emancipación no hay producción organizada; la constitución económica es indefinida, heterogénea. En la base misma de la anarquía política está como sustractum, la anarquía económica. Falta de organización económica, ausencia de intereses comunes: ésa es la fórmula que encuentra Ingenieros detrás de la anarquía política. En la masa inorgánica comienzan a diferenciarse dos tipos sociales: el terrateniente (preludiando la burguesía rural) y el artesano (preludiando la burguesía industrial). Estos grupos desean orden, no hay partidos que encarnen sus intereses: aceptan la tutela del caudillo. La atenuación de la anarquía y del caudillo comienza cuando se definen dentro del país grandes intereses; el caudillo y la anarquía son fuerzas propias de un agregado social cuya constitución económica comienza a concretarse. En resumen, Ingenieros cree que en los comienzos de la República la influencia personal del caudillo es el único vínculo que solidariza la acción. La condición esencial del caudillaje argentino es la ausencia de intereses económicos definidos debido a la falta de producción organizada; cuando ella se organiza, definiéndose los intereses económicos, vienen los partidos.65 


4. La revisión integral de García Calderón


El peruano Francisco García Calderón en su libro Las democraties latines de Amerique da la primera interpretación integral, histórica, vasta, del fenómeno del caudillaje en América. Aplica a nuestro continente el pensamiento de Spencer sobre el periodo militar que antecede al periodo industrial de las sociedades; el de Bagehot sobre el contraste entre una primera época de autoridad y una época posterior de discusión; el de Sumner Maine sobre el progreso desde el estatus al contrato, desde el régimen impuesto por gobernantes despóticos a la flexible organización aceptada libremente. Como los generales de Alejandro se disputaban las provincias de Europa, Asia y África, los tenientes de Bolívar dominan la vida americana en un periodo turbulento, pero lleno de color y energía. El individuo adquiere entonces extraordinario prestigio como en el Renacimiento, en el Terror, en la Revolución inglesa. La ruda y sangrienta mano de los caudillos concreta a las masas amorfas en nítidos moldes. No hay historia propiamente porque historia es continuidad: hay ricorsi: revolución, restauración. La anarquía conduce a la dictadura pero provoca la contra revolución. La anarquía es espontánea: hay un movimiento hostil a la organización, a la civilización. Por eso, a veces, las montoneras recuerdan a las tribus bárbaras: tienen la rudeza, la fatalidad de las fuerzas naturales.

Mientras las Constituciones consignan admirables principios de gobierno, la realidad crea simples y bárbaros sistemas. En el caudillo residen la ley y el poder. De su acción depende el orden interno, el desarrollo económico, la organización nacional. Manda el ejército; interviene en la vida administrativa; se rodea de doctores y de pretorianos; las asambleas le obedecen; maneja las elecciones; nada tiene que hacer con abstracciones; realista, protege a veces el comercio y la industria. La realidad espontánea se ha aliado a la herencia. España se ha gobernado por caciques en cada provincia —agrega García Calderón siguiendo aquí a Ayarragaray— y los primeros conquistadores fueron índice de individualismo; los indios, a su vez, obedecían a caciques y cuando los conquistadores eliminaban por medio de la prisión, de la muerte o del halago a esos jefes locales triunfaban.


5. Los caudillos militares peruanos y el factor racial


Las interpretaciones de García Calderón y de Ingenieros son, en tesis general, aceptables.

Sin entrar en un examen de las omisiones en que incurren basta por ahora relacionar las intuiciones de Ayarragaray y de Bunge con la realidad peruana en la iniciación de la República.

Ambos, que pertenecen a un país de escaso mestizaje, dan predominante influencia al factor español en el caudillaje. Pero países donde dicho factor está en ínfimo plano, como Bolivia, fueron pródigos en caudillos; en el Perú quizá los más importantes caudillos fueron mestizos. Precisamente por ser boliviano Alcides Arguedas habla del elemento “cholo” como origen del caudillaje. Español o autóctono, en suma, el caudillaje se relaciona, quizá, con las características raciales sobre todo desde el punto de vista sicológico. La imaginación fácil y febril, la impresionabilidad versátil, la tendencia a lo declamatorio, la ausencia de espíritu consecuente y solidario y de visión pragmática de la vida, invívitas en el temperamento criollo, favorecieron a la fugacidad, a la ilusión mesiánica del caudillaje.


6. Los caudillos militares peruanos y el factor regional


Ayarragaray y Bunge comprenden dentro del caudillaje a las banderías locales o rurales. En el Perú el caudillaje no tuvo ese carácter en la época que estudiamos: fue típicamente militar, cuartelesco. No hubo facciones regionales autónomas ni bandas rurales. Cuando estudiemos, en capítulos posteriores, el papel de las montoneras en nuestra historia política veremos el rol simple, poco diferenciado del bandolerismo que ellas representaron; y cómo o carecen de valor político o se acoplan a los movimientos de cuartel. Y las montoneras fueron más bien costeñas, sobre todo alrededor de la capital. El más fuerte núcleo de nuestra población rural era indígena y no actuó de por sí.

Esto fue una evidente paradoja con las características del Perú, cuya amplitud de territorio, cuya falta de vías de comunicación, cuya multiplicidad de ambientes y de razas eran ya una lección de separatismo. Quizá hubo un providencial designio en el hecho de que la unidad nacional se conservara incólume entonces. El peligro de la anarquía se redujo, en buena cuenta, al motín de cuartel o la asonada popular que hacía sus veces. A pesar de que no salió mermada la centralización, que subsistía desde la época de la Colonia, el problema de las distancias favoreció a la intranquilidad epidérmica. Con buenos caminos, con interdependencia entre todo el territorio, con posibilidades de acudir rápidamente a las provincias amagadas, las ambiciones hubieran tenido menos tentaciones para ejercitarse. En nuestro tiempo el centralismo evidentemente ha aumentado porque hay control e influencia de Lima sobre las provincias en mucho mayor grado que en aquella época en que no había telégrafo, ni cable ni ferrocarril y en que los veleros demorábanse 18 días entre el Callao e Islay, por ejemplo.


7. Los caudillos militares peruanos y la realidad creada por la Emancipación


La Emancipación es inmediatamente posterior a la Colonia, pero implica, respecto de ella, un cambio de estado social. El curso de la vida cotidiana sufre, entonces, un trastorno brusco y básico. El afianzamiento de la República sigue a la Emancipación, pero no implica, en cambio, una diferencia análoga. Políticamente tiene mayor importancia la capitulación de Ayacucho que la entrada de San Martín en Lima; pero, la capitulación de Ayacucho no ofrece respeto a los sucesos posteriores, la diferencia que hay entre la iniciación de la campaña emancipadora y la vida del Coloniaje. No hay solución de continuidad, pues, entre la Emancipación y la República. El motín de Balconcillo, las intrigas del Congreso Constituyente, las luchas entre Torre Tagle, Riva-Agüero y Bolívar, etc., parecen episodios netamente republicanos. Y con la composición social ocurre algo análogo; dentro de la composición social lo que descuella es un ejército excesivo. Habían ingresado a él hombres jóvenes y ambiciosos, de todas las clases, que se habituaron a aquella vida. Su licenciamiento era imposible y el intento de reforma de 1829 y 1843 así lo comprueban en cambio, ejemplos inmediatos y numerosos hacían palpables los medios de que podía disponerse para actuar en política. Bolívar no había sido sino un gran caudillo; y a su caudillaje épico dominaron y reemplazaron mediocres caudillajes, como si los héroes de la Ilíada hubiesen luego participado en las discordias y corruptelas de Bizancio. En lo que al Perú respecta, además, no estaba bien definida la situación con Colombia y con Bolivia; es decir, en la frontera norte y en la frontera sur, ello gravitaba sobre la política. Habíase puesto también excesiva confianza en las formas republicanas y veíase que los gobiernos no la satisfacían, surgiendo entonces los planes para acabar con tal impericia, planes que no venían sino a la larga a sumarse ella empedrando de buenas intenciones el infierno republicano.

La ambición estimulada por la rauda carrera de honores y prebendas, que abríase para quien lograse dominar la situación, la indisciplina reforzada después de todas las peripecias de los últimos cuatro años, la rivalidad ante el entronizamiento del compañero, acaso considerado como inferior, uníanse como motivos sicológicos a lo ya esbozado.

Para ellos la Patria había sido creada con la punta de su espada en Ayacucho, en Junín, en Matará. Deber y privilegio suyo era conducirla, defenderla, dirigirla, salvarla. Su actitud era análoga a la de los conquistadores ante los territorios donde se establecieron. Su vida nómada también era parecida a la de los conquistadores. Así como los conquistadores realizan el milagro del descubrimiento y de la conquista, así los libertadores realizan el milagro de la Emancipación para luego chocar entre sí en las guerras civiles. Es la misma ebullición de gente que improvisa su nombradía y su rango; análogo paso a través de lo increíble, desde los llanos de Venezuela a las serranías del Alto Perú, desde la pampa argentina a la puna peruana, atravesando ríos, desiertos, cordilleras y luchando no sólo contra la Naturaleza sino también con la enfermedad, con el hambre, con la discordia en los propios compañeros. Pero, a cambio de cierta disminución en la latitud geográfica del escenario y de un menor primitivismo en la naturaleza, los libertadores tenían el realce de su ideal de beneficio colectivo. Pertenecían además, por lo general, a sectores sociales más cultivados y conscientes que los conquistadores, careciendo de los ciegos auxilios de la fe religiosa con que santificaron los conquistadores su aventura. No tenían que luchar con hordas bárbaras, sino con ejércitos veteranos que contaban con estrategas expertos y que estaban respaldados por el peso moral de una tradición que podía usar de todos sus poderes. No venían de afuera con el presagio de lo nunca visto y con la superioridad de la civilización; tenían que surgir del seno mismo de aquella sociedad improvisándolo todo. Y si la ambición personal jugó en los libertadores el rol que en los conquistadores tuvo la sed de oro, cuando después de la victoria vino el usufructo del botín, sus guerras civiles no surgieron para conservar encomiendas, para impedir la acción burocrática y legislativa de la Corona; resonaron en ellas, a veces, ideas de bien público y nacional.

Aquellos coroneles, aquellos generales sentían, además, la influencia, en cierto sentido totémica, de Napoleón; algunos la vivían a través de Bolívar. Napoleónico es el énfasis de las proclamas, la confianza en la propia capacidad y en la propia estrella, el afán decorativo.

Las clases sociales no podían poner un dique a esto. La incompetencia social de estas clases las convirtió, pues, no en un freno sino en un auxilio del caudillaje. El ansia de posiciones presupuestales, que las características de la vida económica de la época de escaso comercio e industrialismo acrecentaron, estimuló y prolongó la obra de los caudillos. Faltó, además, a las clases que daban el elemento humano en los combates, la conciencia necesaria para rebelarse contra su situación de “carne de cañón”. Y los doctores zahoríes, que habían encontrado fórmulas y silogismos para aplicarlas a la realidad inasible, buscaron también el amparo de los caudillos como el único recurso para no quedar en la impotencia. Por eso al estudiar la preeminencia del caudillaje en esta época hay que tomar en consideración tanto su propia capacidad arrolladora como la pasividad de la sociedad.

El militarismo de la guerra de la Emancipación y de la República comprueba que los problemas sociales no son como los de conciencia, que cabe plantear cómo y cuándo se quiere: a ellos hay que plantearlos tal como la realidad los presenta; y por eso, aunque anula la individualidad libre, aunque tiene fines teóricamente discutibles, no ha habido ni habrá mucho tiempo, ninguna transformación social ni política que pueda surgir y subsistir sin este órgano fatal y necesario que es el ejército.

Pero la influencia del ejército patrio, benéfica durante la guerra de la Emancipación porque permitió la liquidación del Coloniaje en su aspecto político, no fue tan benéfica luego porque fue uno de los exponentes de la anarquía.

El predominio del militarismo en la forma en que se manifestó en el Perú habríase modificado si la Revolución hubiera producido una figura magna que hiciera girar a su alrededor a todas las fuerzas vivas del país, como lo hizo Napoleón después de la Revolución Francesa; o si la Revolución hubiese sido encauzada por un grupo abnegado, definido, compacto, como sucedió en la Revolución Rusa. Nada hubo de eso: la figura máxima de la Emancipación, Bolívar, que había vencido a los formidables ejércitos españoles cayó impotente ante el menudo caudillaje de sus propios tenientes; y la Emancipación, fenómeno histórico espontáneo y múltiple, favoreció la formación de minúsculas rivalidades.

Así el militarismo, elemento de concentración autoritaria aún en los primeros años “de libertad” cuando al calor de intereses mezquinos se disgregaban y se afirmaban nacionalidades, y según la frase de Rodó, movíanse las fronteras sobre el suelo ardiente de América a modo de murallas desquiciadas, fue luego factor de disolución.


8. Características fundamentales de los caudillos militares peruanos


La más saltante característica de los caudillos fue la intensidad de vida. Soberbios ejemplares de vidas intensas, el azar de las revueltas hízoles ambular de Tarapacá a Piura en un perpetuo riesgo de la vida y del poder, internarse en la cruda aspereza de la sierra, gozar de la fascinante capital, saber muchas veces y sin transición de los triunfos y de los fracasos, del encumbramiento y de la fuga, de los homenajes y del destierro.

Tuvieron también la característica de la inescrupulosidad. La usurpación de la autoridad, la insubordinación ante el jefe, la inconsecuencia en el compromiso fueron, en ellos, habituales. Llegaron a veces a flagrantes casos de duplicidad. La generalización de tales hechos impedía que las enemistades duraran mucho tiempo y no era raro ver a contendores antiguos hermanados luego en la misma causa. La rivalidad de Gamarra y Santa Cruz, Salaverry y Santa Cruz, Vivanco y Castilla fueron, sin embargo, constantes, sangrientas, hondas.

La audacia era, para los caudillos, un factor esencial. Quizá por no tenerla Nieto, La Fuente, Vivanco huyó de ellos la fortuna, hembra lasciva. Sólo la astucia podía compensar a la audacia; audacia y astucia juntas dieron el caudillo culminante: Castilla. Forjar la propia fortuna, no desfallecer ante el fracaso, aprovechar la ocasión, con bamboleante tenacidad de ola y con ímpetu de flecha que va al blanco: así se revelaba la predestinación.

Tales los caudillos. Y el vulgo se equivoca al forjar sobre ellos esa leyenda que los pinta enfadosamente iguales, con una audacia de bandido y una ignorancia de patán. Aquí también la fantasía se ha alimentado con los desperdicios de la realidad.


9. El significado profundo del caudillaje


Pero ¿cuál es el significado del caudillaje? ¿Por qué perdura cuando desaparece el predominio de la casta militar?

De un lado tenemos que en la vida real imperan los caudillos, aunque individualmente su poderío será fugaz. Pero ésta es la vida extralegal. Un historiador que teóricamente ignorara las características sociológicas de aquella época, y que como únicos materiales para su juicio tuviera el texto de nuestras Constituciones y sus leyes adyacentes, podría sorprenderse de nuestro adelanto político. Y el caudillaje hace precisamente lo contrario de lo que la Constitución estatuye: renovación ordenada de los poderes públicos, interdependencia armoniosa entre el Legislativo y el Ejecutivo cuando no preeminencia de aquél sobre éste, garantías máximas a las actividades políticas individuales en todas sus formas. De manera que tenemos esta síntesis: caudillaje versus Constituciones.

Si socialmente han sido implantadas las fórmulas democráticas en lo que son conciliables con la supervivencia colonial en la infraestructura nacional; políticamente ellas han sido implantadas en lo que son conciliables con el caudillaje. El caudillaje es, pues, la adaptación tropical de la democracia. Es también la venganza de la realidad contra los cánones rígidos que se quiere trasplantar de tierras ultramarinas, o de libros enfáticos. En vano se suceden las Constituciones con modificaciones intrínsecas, más o menos trascendentales: el caudillaje persiste con sus revoluciones, su fatal secuela. Y las revoluciones son, o pretenden ser, dictaduras plebiscitarias. “Acción directa” es una fórmula inventada a fines del siglo xix por el sindicalismo señalando las vías violentas que debe seguir la clase obrera para tomar el poder, desdeñando los comicios eleccionarios y las mayorías parlamentarias. “Acción directa” es la fórmula empleada no sólo en favor del proletariado en Rusia, sino en favor de la burguesía en Italia, en los países balcánicos, en Polonia. Y al abandonar el ritmo lento que la Constitución prescribe para obtener el poder, los caudillos proceden con una manera incipiente, confusa, elemental de “acción directa”. La crisis de las formas democráticas, que los mejores espíritus de nuestro tiempo constatan, fue pues originaria entre nosotros. En plena edad individualista, cuando la filosofía política elevaba tan grandes como el poder del Estado a los derechos del individuo, los caudillos fueron precursores de nuestra época en que el individuo está siendo arrollado por el poder del Estado.

Ésta no es una constatación antidemocrática. Es desfavorable, únicamente, a algunos de los medios que históricamente se juzgó necesarios para implantar la democracia. ¿Con qué deberá ser reemplazado lo que así en nuestra realidad histórica y en la realidad mundial no ha tenido éxito? Sólo vaga e imprecisamente lo intuimos. Acaso la gran tragedia de nuestro tiempo sea ver los males políticos y sociales, pero no conocer la forma precisa para remediarlos de inmediato.

Pero, el caudillaje va contra ciertas formas democráticas no contra la idea democrática. El caudillaje resulta favoreciendo a la democracia a su manera. Derriba el mito legalista, pero permite el encumbramiento de genuinos productos del pueblo, a cuya clase social no estaba abierta aún la posibilidad de la cultura y del auge. Es, en suma, una válvula de ascensión que no ofrecía en lo demás la vida de entonces que dejó intactas las bases feudales de la economía de la Colonia. Y el tradicional desdén al cholo y al indio se quebrantaba cuando había que pedirle favores, demostrarle adhesión a “S. E. el Presidente”, el “Restaurador”, el “Protector” o el “Libertador”, cuando los locuaces criollos de las ciudades tenían que rotar alrededor de los generales serranos...

El caudillaje fue funesto, en aquella época, a pesar de esto. Y fue funesto porque acentuó la desorganización, porque implicó el predominio de intereses bastardos o mezquinos, porque no se sedimentó en una gran figura estable, porque no mató del todo a la Colonia. Le faltó, en suma, contenido social, ampliar y depurar ese fondo democrático que consigo traía hasta gravitar sobre la masa nacional.

José Vasconcelos sostiene que el caudillaje militar significa el entronizamiento de los malhechores en política, con desmedro de los buenos y, económicamente, el afianzamiento del latifundismo. Dice: “Un examen siquiera superficial de los títulos de propiedad de nuestros grandes terratenientes bastaría para demostrar que casi todos deben su haber en un principio a merced de la corona española, después a concesiones y favores ilegítimos acordados a los generales influyentes de nuestras falsas repúblicas”. Apreciación falsa, en lo que al Perú se refiere. Castilla, Gamarra nada tuvieron que hacer con el latifundio y murieron pobres. Si alguna vez latifundistas salieron a la política, Echenique, Diez Canseco, fue con perjuicio, acaso, de sus labores rurales. Más sagaces parecen, en cambio, otras observaciones de Vasconcelos sobre el caudillaje militar: “En lo que se refiere a nuestra política internacional el caudillaje es el enemigo nato del acercamiento hispano-americano y el sostén de ese nacionalismo celoso que es tan contrario a nuestra buena tradición y al espíritu de nuestra cultura”. Ese nacionalismo lo vemos en el Perú en la época del caudillaje militar, en las guerras contra Bolívar, La Mar y Santa Cruz.

10. Clasificación de los caudillos militares peruanos


Los caudillos son permanentes candidatos a la Presidencia de la República. Pero no todos los presidentes fueron, en el Perú, caudillos. Cuando van a campaña, una precavida cautela háceles llevar a Palacio a un hombre sin vocación y, por lo tanto, sin ambición. (Salazar y Baquíjano de junio 1827 a agosto de 1827; de junio de 1828 a junio de 1829; de noviembre de 1834 a febrero de 1835. Don Andrés Reyes de abril a diciembre de 1831. Don Manuel Tellería de septiembre a noviembre de 1832. Don José Braulio del Campo-Redondo de agosto a noviembre de 1833. Don Manuel Menéndez de marzo a junio de 1841, y de julio de 1841 a agosto de 1842, de octubre de 1844 a abril de 1845. Don Justo Figuerola en marzo de 1843 y de agosto a octubre de 1844). Son presidentes interinos, elevados en virtud de aplicarse disposiciones constitucionales y adjetivas: la vicepresidencia en la Constitución de 1823, la presidencia del Senado, en la Constitución de 1834, la presidencia del Consejo de Estado en la Constitución de 1839. Son los primeros civiles que llegan al solio presidencial; pero representan cierta “inofensividad”.

Análoga misión desempeñan otros presidentes que, a pesar de usar insignias militares, no son sino representantes de caudillos mal ocultos. Ése es el caso de Bermúdez, hecho presidente por el golpe de estado del 4 de enero de 1834 realizado, en realidad, en beneficio de Gamarra y de su oligarquía de militares y de intelectuales; y el caso de Vidal, proclamado en 1842 en el Cuzco, en virtud de ser segundo vicepresidente del Consejo de Estado; pero en realidad para dar luego origen legal al encumbramiento que en fecha inmediatamente posterior pensaba obtener La Fuente.

Otros presidentes obtienen el cargo fortuitamente: Pezet en 1863, como consecuencia del fallecimiento del presidente San Román; y Canseco a raíz de la revolución contra Pezet en 1865 para darle, fugazmente, colorido legal y luego para deponer a Prado en 1868.

Y, en cambio, si hubo estos tres grupos de presidentes que no fueron caudillos, también hubo caudillos que no llegaron a ser presidentes. Tal es el caso del Gran Mariscal Nieto y del Gran Mariscal La Fuente.

Candidatos latentes como Deustua, en 1843 y en 1853, Torrico, en 1853, Segura, en 1872, no alcanzaron el relieve necesario. Domingo Elías, el primer candidato civil a la Presidencia es, en cambio, semicaudillo; lo que le falta es únicamente dirigir revoluciones. La acción armada contra Echenique es insignificante en tanto que él la encabeza (expedición a Tumbes, levantamiento de Ica).

José Gálvez es, igualmente, un tipo de transición: no es militar ni insurge tampoco en revoluciones en gran escala, pero, asume rol director dentro de los liberales en debates parlamentarios y en la organización de conspiraciones frustradas, e iba a ser candidato a la presidencia. Es, más bien, leader, orientador, como lo fueran antes Pando, Herrera, Pardo; como lo eran entonces Ureta, Químper. Pero es la aproximación mayor del leader al caudillo. Su personalidad es definida; tiene capacidad para la acción, aptitud para fascinar; quizá le falta tan sólo facilidades para proclamarse a sí mismo.

Una lista de nuestros caudillos en el periodo militar comprendería, pues, dentro de la mayor amplitud posible, los siguientes nombres: La Mar, Gamarra, Orbegoso, Santa Cruz, Salaverry, Vivanco, Torrico, Castilla, Nieto, La Fuente, Echenique, San Román, Balta, Prado.

Desde el punto de vista cronológico cabe distinguir tres periodos en nuestro caudillaje militar. El primero sería el de la lucha entre un peruanismo amplio y discutible y un peruanismo auténtico y limitado (1827-1842). Periodo al que corresponden los hechos relacionados con la invasión de Gamarra a Bolivia en 1828, con la presidencia de La Mar, con la guerra contra Colombia en 1829, con las discusiones sobre la peruanidad de La Mar, con la deposición de éste, con la ingerencia de Santa Cruz en nuestra política, con las guerras de la Confederación, cuyo último episodio en realidad fue la campaña que concluyó con el desastre de Ingavi y la muerte de Gamarra.

En una segunda época se ha afianzado ya más el sentido de la nacionalidad. 

Caracterizó a la primera época la constante amenaza de la anarquía; ahora lo que predomina son los periodos de paz, aunque no se han dominado las revoluciones. El primer periodo fue de supervivencia colonial en las costumbres; aquí se relieva la tendencia hacia el progreso, hacia la “europeización”. El primer periodo implicó la pobreza fiscal; este periodo implica el auge fantástico ocasionado por el guano. El primer periodo abarcó tan sólo las tentativas hacia la ordenación política de nuestras instituciones; en este periodo se inicia la ordenación jurídica de ellas. El primer periodo se redujo al pronunciamiento o a la guerra civil con ribetes de guerra exterior: en ese periodo interviene la opinión pública, hay contenido espontáneo popular en las revoluciones. Época es ésta que abarca no la superposición de predominios diversos, como en la primera época, sino la preponderancia de Castilla, sus luchas contra Echenique, Vivanco, etc., (1843-1861).

Por último, en una tercera época del caudillaje militar aparece, después de la muerte de Castilla, una generación que en gran parte no ha alcanzado a luchar en la Emancipación; y se nota la ausencia de las personalidades rotundas, dominantes, fuertes que surgieron en los anteriores periodos. Es éste un momento de transición, de decadencia del caudillaje militar. A él correspondería la presidencia de San Román, las luchas de Pezet y de Prado y de Prado contra Canseco. Entonces despuntan ya algunos síntomas de malestar hacendario. Periodo que concluye cuando, a su vez, se liquida el ciclo del primer caudillaje militar con la presidencia de Balta que significa la iniciación del periodo económico de nuestra vida republicana, coincidiendo con la primera crisis financiera. En este periodo las revoluciones buscan caudillos; no es que el caudillo haga revoluciones (1865-1870).

Desde el punto de vista de su origen cabe dividir a los caudillos en blancos y en mestizos. Los caudillos blancos fueron a veces más espectaculares, fascinadores; pero sin efectivo talento político y, finalmente, fueron vencidos (Orbegoso, La Fuente, Salaverry, Torrico, Nieto, Vivanco, Echenique). Los caudillos mestizos tienen, casi siempre, doblez, audacia, constancia, esfuerzo rudo para la conquista del rango (Gamarra, Santa Cruz, Castilla, San Román). Es evidente que el éxito acompañó en mayor grado a los caudillos mestizos. Los esfuerzos más vastos y proféticos (Santa Cruz) renovando el ensueño de Bolívar, otro mestizo; el control político más durable (Gamarra, Castilla); las mejores victorias militares y tácticas (Castilla); el espíritu organizador en el ejército (Castilla, Gamarra, San Román) correspondieron a ellos.

Desde el punto de vista de su importancia cabe dividir a los caudillos en dos grupos: caudillos fundamentales (Gamarra, Santa Cruz, Salaverry, Castilla y Vivanco); y caudillos eventuales, transitorios. Los primeros tienden a la actuación política continua y su voluntad es autónoma: los segundos tienen una aparición intermitente que depende a veces de factores eventuales y están, en mucho, influenciados por voluntades ajenas.

 

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65 Tienen también interés las constataciones del venezolano Laureano Vallenilla Lanz en su libro Cesarismo Democrático aunque no están hechas con una finalidad histórica o científica, sino con un oculto propósito de política local inmediatista. Cree Vallenilla que al desligarse de los reyes de España, los pueblos de América aspiran a cambiar de amo. En la época inmediatamente posterior a la Emancipación, nuestras nacionalidades se asemejan a las tribus que viven en primarias edades de violencia. Bolívar intuyó genialmente esta situación en su plan del "presidente vitalicio" y fue el fundador del "cesarismo democrático" que luego los mejores estadistas de América han seguido. El gobernante que aplica este sistema de gobierno es el gendarme necesario en una sociedad propensa a la turbulencia.

Vallenilla ha hallado acogida también en Europa; y un escritor católico monarquista, Marius André, ha traducido su libro al francés.

 


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