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ANTES DE LOS ESPAÑOLES
(Continuación)

Los chasquis

El sistema de mensajería por postas es tan antiguo que es difícil decir dónde se originó. Se trata, como se sabe, de mensajeros que recorren sólo una parte de la ruta para entregar el mensaje al siguiente y así sucesivamente hasta completar una gran cadena que hará posible que la información llegue en un tiempo relativamente rápido. Sin embargo, nos han llegado algunas informaciones de su historia. Prufer nos dice que se pudo leer un jeroglífico egipcio que hacia el año 2400 a. C., trataba del tema. Era un sabio que advertía a su hijo:

Un mensajero, antes de partir hacia tierras extrañas, ha de legar su fortuna a sus hijos, por temor a los asiáticos y a las fieras salvajes. Pero, ¿cómo le van las cosas en el mismo Egipto? Apenas llegado a casa ha de partir de nuevo, y cuando sale de viaje carga sobre sus espaldas un fardo pesadísimo.

Jenofonte contó en uno de sus libros:

Ciro (el rey de los persas, 559-529 a. C.) estableció un sistema, de acuerdo con las dimensiones de su reino, que le permitía recibir de los lugares más distantes con la mayor rapidez. Sabiendo la distancia que podía recorrer un caballo diariamente sin tener que correr, instalaba estaciones en dichos puntos, equipadas con caballos de repuesto y sus guardianes. En cada uno de dichos lugares nombraba un encargado con la obligación de recoger el correo y entregarlo a un mensajero de refresco, en tanto que albergaba a los cansados caballos y cabalgadura. Se dice que este trasiego no cesaba en momento alguno, de modo que los mensajeros de día eran sustituidos por los nocturnos.

El célebre Herodoto lo confirma: 

En cuanto Jerjes fue derrotado en Salamina, envió a sus mensajeros a Susa con la noticia del descalabro sufrido. No hay nada en el mundo más rápido que tal medio. 

Los persas, efectivamente, afinaron el sistema hasta convertirlo en una verdadera máquina de informar que estaba absolutamente al servicio de la corona. Los griegos en cambio no lograron vertebrar un mecanismo parecido aunque utilizaron los mensajeros a pie elegidos entre los más veloces y resistentes. El más famoso de ellos, se recordará, fue el que llevó a Atenas la noticia de la derrota de los persas en la batalla de Maratón. La leyenda dice que corrió dos horas para exclamar Cairete nikomen y cayó muerto. Otro corredor famoso, relata Prufer, fue Filípedes quien recorrió a pie en un día y una noche los 250 kilómetros de distancia entre Lacedemonia y Atenas para dar aviso de la invasión de los persas. Y en el borde de la mitología está Ladas quien, se afirma, corría tan rápido que no dejaba huellas sobre la arena pues casi volaba.

En otras culturas hubo también mensajeros en postas. Los romanos por supuesto tuvieron un sistema complicado y costoso que cubría al Imperio por medio de una red de caminos especiales, el cursus publicus, que resistió por cientos de años e incluso hoy se conservan algunas de estas carreteras. Marco Polo, el viajero que reveló a Occidente la grandeza de China describió con cierto detalle el sistema de los ocupantes mongoles que era ya muy antiguo. No sorprendió entonces a los españoles al llegar a América encontrar métodos de mensajería, en particular en Méjico donde se educaba especialmente a los que serían portadores de mensajes. En la escuela llamada “Telpuchcalli”, reservada a las clases medias y los correos, se entrenaba a jóvenes que debían más tarde instalarse en las “Techialoyan” o casas para postas donde debían esperar.

La ropa de los mensajeros se llamaba “paynami” y la portaban según la característica de la noticia: si llegaba con la manta atada al cuerpo y el cabello ceñido, cuenta Alcázar, las noticias eran de poca importancia, pero si entraba en la ciudad silencioso y con el cabello sobre el rostro, la novedad era de desastre. Cuando anunciaba una victoria blandía el “macuahuitl” y vestía de blanco. De cualquier modo la costumbre era encerrar a los mensajeros hasta confirmar la veracidad de la información; en caso negativo la muerte era inmediata.

Los correos o mensajeros pasaban seguros por todas partes, porque cualquier mal que se les hiciera era gran sacrilegio; éstos se relevaban de distancia a distancia, donde había torrecillas que se llamaban Techialoyan, y allí había hombres muy corredores, llamados Payn, que en una hora corrían cuatro y cinco leguas, recibiéndose en el mismo día pliegos de la distancia de 100 a 200 millas. Cambiábanse los correos de lugar en lugar, como los caballos de nuestras postas, y hacía mayor diligencia porque se iban sucediendo unos a otros antes de fatigarse, conque duraba sin cesar el primer ímpetu de la carrera. (Antonio Solís, citado por Alcázar.)Se ha descrito así el aviso que recibió Moctezuma, el soberano de los aztecas:

Los servidores de Moctezuma le anunciaron cierto día la llegada de un hombre que solicitaba con gran insistencia el hablarse; concedido que fue el permiso, llegó a la presencia real un macehual, vestido muy toscamente y faltándole las orejas y pulgares de las manos.

—¿Qué deseas?— preguntóle el Monarca.

—Soy de Mictlancuauhtla —respondió— y como guardadores que somos del mar, vengo a avisarte que hemos visto sobre las aguas un gran cerro moviéndose de una parte a otra, sin tocar nunca las aguas.

Oído esto por el Monarca, mandó poner a aquel hombre en la cárcel, al mismo tiempo que envió mensajeros para comprobar la exactitud de la noticia que acababa de recibir, los cuales volvieron y le manifestaron que lo dicho por aquel hombre era exacto... (Sahún, Historia general de la Nueva España.)

Citaremos finalmente a Torquemada quien en la Monarquía Indiana escribió:

La noticia de la llegada de los españoles comunicóse con extraordinaria rapidez; las atalayas espiaban la venida de los blancos, y las noticias se comunicaban por las postas colocadas a lo largo de los caminos principales. De este modo se atravesaban hasta 300 millas en un solo día, no interrumpiéndose, ni de día ni de noche, el caminar de los transmisores de mensajes.

Alcázar agrega:

El sistema de comunicaciones de los aztecas fue después utilizado por los conquistadores para sus diferentes necesidades políticas y militares, y en distintas ocasiones les prestaron los más valiosos servicios, permitiendo al conquistador en diversas ocasiones el disponer de fuerzas y el comunicarse con sus capitanes, situados a bastante distancia, y el movilizarlas oportunamente para evitar descalabros y derrotas. Todo ello fue hecho, justo es reconocerlo, utilizando en primer lugar la admirable red de comunicaciones del Imperio y, además, el servicio de mensajeros que en nada tenía que envidiar por su rapidez al más veloz de la Europa de entonces.

Cuenta la historia que el Inca Atahualpa ya capturado por los españoles en Cajamarca, decidió mandar matar a su medio hermano Huáscar, su prisionero en el Cusco. Envió entonces el mensaje urgente de asesinarlo. Así lo relató el cronista indio Santa Cruz Pachacuti:

... El dicho Ataoguallpa, estando presso, despacha mensageros a Antamarca, para que acabase de matar a Guascarynga, y despues de aber embyado, se haze falsso tristi, dando a entender al capitan Francisco Pizarro. Al fin, por horden del dicho Ataogualpaynga, los mató a Guascarynga en Antamarca, y asimismo a su hijo, muger y madre, con gran crueldad...

Más tarde cuando negoció su libertad con Francisco Pizarro en el conocido episodio del rescate debió enviar mensajes a diferentes y lejanos puntos de su reino para reunir la formidable provisión de oro que lo dejaría, según le prometieron, libre. Fueron mensajeros entonces los que llegaron a Cajamarca portando los objetos que debían presuntamente satisfacer las ambiciones de Francisco Pizarro y su caterva. En ambos casos, Atahualpa no hizo sino poner en acción una vez más el recurso de los chasquis, o “chasquic”, que equivale a “el que toma alguna cosa”. Los chasquis son probablemente la institución más famosa del antiguo Perú y más exactamente, de los Incas. La iconografía nacional está poblada de imágenes de fuertes hombres corriendo por los caminos andinos y soplando con fuerza el caracol, “pututu”, cuyo sonido anunciará su llegada al siguiente chasqui. Los cronistas fueron los que nos dieron su descripción. Cabello de Balboa, el padre José de Acosta, Polo de Ondegardo, Gutiérrez de Santa Clara, Murúa y, por supuesto, Guamán Poma de Ayala, quien incluso hizo un dibujo del mensajero. No fue una invención incaica el sistema de chasquis según puede comprobarse en los dibujos mochicas. En numerosos ceramios pintados hallado en las tumbas de Moche puede verse a mensajeros, representados con alas y cabeza de pájaro, portando mensajes en bolsitas e incluso con una voluta saliendo de la boca, indicando así un recado verbal.

Recolectando testimonios se ha podido reconstruir el sistema en su versión incaica, es decir, la que hallaron los españoles. Según parece los chasquis eran escogidos entre los más jóvenes y fuertes porque el trabajo era muy rudo y cada pueblo debía dotar de mensajeros para su tránsito en su, digamos, jurisdicción. El cronista Velasco estimó en poco más de dos mil el número de postas y en más de mil el de chasquis. El jefe máximo de los chasquis era, según parece, el “Hatun Chasqui” especie de Correo Mayor, y probablemente el administrador de premios y castigos. Los mejores eran honrados con títulos como “Aya Poma”, “Aya Cuntur” o “Aya Huamán”, mientras que los infidentes o incumplidos eran castigados con la muerte a golpes de porra. Guamán Poma, sin embargo, dice que el jefe era el “Churo mullo chasqui” y usaban una trompeta de caracol traía del mar de Colombia. Millones hace una descripción: 

Ubicado en su puesto de relevo el mensajero vigilaba atentamente, en posición de alerta, la dirección que le correspondía. Apenas asomaba el penacho de plumas blancas que indicaba el chaski de la posta vecina, salía con toda presteza a su encuentro. El que llegaba iba anunciando el mensaje a grandes voces de manera que al encontrarse ya estaba transmitido, si no era así, corrían juntos un trecho hasta lograr su memorización. Quien debía proseguir continuaba la marcha, mientras el otro regresaba a su choza de origen [...] la velocidad promedio del chasqui debió ser de 200 metros por minuto, lo que le permitía cumplir su recorrido (2 kilómetros) en diez minutos.

Es obvio que para que este sistema funcionase era necesario que un sistema paralelo tuviese en perfectas condiciones de tránsito los caminos. Y, además, se requería de estaciones de descanso y relevo o vivienda para los mensajeros. Del Busto cree que en cada estación había dos de las llamadas “chuclla”, con dos chasquis en cada una, mirando a direcciones opuestas. Un chasqui dormía y el otro esperaba al mensajero que debía aparecer en cualquier momento. Citemos literalmente algunas descripciones. Polo de Ondegardo escribió:

Tenían estos indios un tributo en tiempos de minga grande desde Quito hasta el Cusco, que son más de 400 leguas por la sierra, y desde el Cusco hasta las Charcas que son 300. Adonde llegaran tenían puestos chasquis, que son postas, en cada legua dos buhíos o casillas pequeñas, y estaban siempre pobladas de dos indios en cada una, y mudábanse casi cada 15 días, y por éstos venían las nuevas de todas partes tan breves que por día corrían más de 50 leguas, que así sale a la cuenta que éstos hacen.

Por su parte el padre Acosta lo describió así:

De correos y postas tenía gran servicio el Inga en todo su reino. Llamábanle chasquis, que eran los que llevaban sus mandatos a los gobernadores, y traian avisos dellos a la corte. Estaban estos chasquis puestos en cada topo, que es legua y media, en dos casillas, donde estaban cuatro indios. Estos se proveían y mudaban por meses, de cada comarca y corrían con el recaudo que se les daba a toda furia, hasta dallo al otro chasqui que siempre estaba apercibido y en vela los que habían de correr, corrían entre día y noche a 50 leguas, con ser tierra la más de ella asperísima. Servían así también de traer cosas que el Inga quería, con gran brevedad, y así tenía en el Cusco pescado fresco de la mar (con ser 100 leguas) en dos días o poco más...

Gutiérrez de Santa Clara sacó cuentas diciendo que las noticias de Quito y Chile llegaban al Cusco en un término no mayor de cuatro a cinco días, las de Lima en día y medio y las de Huamanga en sólo un día. Además, agrega que el chasqui llegaba a la posta y gritaba: “Levántate, levántate, cálzate los zapatos y cíñete la manta, que vengo deprisa con un mandado que lleves adelante”. Citemos finalmente a Guamán Poma, en versión de Carrillo:

Hatun chasqui, churo mullo chasqui.

Estos chasqueros gobernaban (el servicio de correo) este reino y eran hijos de curacas, fieles y liberales. Y tenían una pluma quitasol de blanco en la cabeza, y (la) traía porque le viese de lejos el otro chasque. Y traía su trompeta, pututo, para llamar (al siguiente chasqui) para que estuviese aparejado llamándole con la guayllaquipa. Y por arma traía chamby y uaraca.

Este chasquero se pagaba del Inga, y comía del depósito del Inga, en este reino. El dicho churo chasque estaba puesta de media (en media) legua, porque fuesen a la ligera. Dicen que el caracol de hacia Novo Reino que llamaban Tumi llegaba vivo al Inga al Cuzco.

Y el dicho hatun chasque, de cosas pesadas de a una jornada (que) a éstos les llaman hatun chasque.

Gobernaban a estos chasqueros un Inga príncipe, auquicona de todo el reino, porque no hubiese falta. Y a éstos les venía a visitar si han hecho falta, y si tienen alimento y comida. Como dicho es, se sustentaba del depósito a costa del dicho Inga. Y no le mudan (en) (no los cambian por) otros indios porque han de ser fieles, y han de ser hijos de los curacas conocidos, y que no sea perezoso, y que vuele como un game y como un gavilán. Y han de tener remuda; y libre (de) mujer e hijos, porque de día y de noche no han de parar. Y han de tener allí todas sus chacras, en los mismos sitios, y sus ganados, y todo lo que han de menester en todo el reino, y no han de faltar una hora.

Aunque excede de los límites cronológicos de este ensayo vale la pena añadir alguna información sobre el sistema de chasquis luego de la derrota incaica que, como se sabe, provocó la rápida desintegración de la mayoría de las instituciones que vertebraban la sociedad de entonces. Los españoles armaron su propio sistema de correos utilizando los caminos antiguos, incaicos o no, pero pronto volvieron la mirada a los chasquis como solución de comunicación rápida. Pero, ahora ya no era posible su uso al modo incaico, es decir, con la amenaza del castigo sino que sería necesario contratar a los corredores. La familia Galíndez de Carvajal logró el cargo de Correo Mayor de las Indias, a perpetuidad, y se encargaron de organizar el trasiego de correspondencia en América; y en el Perú organizaron a los chasquis, a quienes llamaron “chasqueros”. Parece que el primero en solicitar el restablecimiento del servicio fue el oidor de Charcas Juan de Matienzo, quien pidió comunicación rápida entre Lima, Cusco y Charcas hacia 1567. Poco después el virrey Toledo sancionó la implantación del servicio, como lo cita Ramón: 

... después de la entrada de estas gentes (piratas) ha sido forzoso tener puestos chasques por estas costas para tener el aviso con presteza, que es la manera de postas a que estaban acostumbrados en tiempos de sus Incas y tan precisamente necesarios en los negocios y casos semejantes. (Carta del virrey Toledo a su majestad; 17 noviembre 1579. En Leviller 1921-1926, tomo IV: 167.)

Efectivamente, el servicio fue puesto en marcha pero declinó debido a que los españoles estafaron a los mensajeros pues no les pagaban lo prometido, como consta en numerosos reclamos judiciales que se hicieron. Debido a las quejas y al decaimiento del interés de los indios se pensó luego en reemplazarlos por “mestizos, mulatos y negros libres de que hay mucha cantidad, hombres de razón y aun de posibilidad y recios para cualquier trabajo”. Guamán Poma repitió la información que hizo de los chasquis incaicos trasladando las formas a la Colonia; pero añadiendo detalles interesantes:

Correón de su Majestad de este reino que se llama chasqui; hase de saber que el rey Inga tenía de dos maneras de correón en este reino: el primero que se llamaba churo mullo chasqui, correón mayor, que de más de quinientas leguas le traín caracoles vivos, que mulo (sic. Mullu) es caracol, de la mar de Novo Reino, éstos estaban a media legua; y correón menor se llamaba carochasque, estaba puesto a una jornada de cosa pesada. Y éstos correones han de ser hijos de principales, de caballeros fieles, y probado, ligeros como un game. A éstos lo pagaba y proveía el Inga como Señor y Rey y traían por señal en la cabeza un quitasol grande de plumas que le cubría toda la cabeza para que le viesen de lejos, y una trompeta que le llama uaylla quipa y daban un grito grandísimo y tocaba la trompeta, y por arma traía un chambi y una honda. Y ansí gobernaban la tierra estos dichos correones y eran libres de todo cuanto hay ellos como sus mujeres e hijos, padre, madre, hermanos y hermanas, y así de día y de noche nunca paraba en cada chasqui había cuatro indios diligentes en este reino.

La descripción alcanza a los nuevos nombres de las ciudades y caminos así como los signos de reconocimiento:

Los dichos correones, chasquis de su Majestad, han de tener salario de su Majestad del Camino Real de Jauja, Guamanga, Andaguaylas hasta Potosí, Charca, y hasta Quito, Novo Reino; y por los llanos de Ica a Nasca adelante, o por Santiago, hatun Luc ana, Apcara, Sora, Andaguaylas, camino real, no hay otro camino sino éstos dos grandes de este reino, y han de traer por señal en la cabeza una cruz y su bandera tafetán blanco, un cuarto, que parezca de lejos, y una corneta para tocar, y que dé un grito grande para que sepa todo el mundo como ha llegado un chasqui…

Existe numerosa información sobre los chasquis y chasqueros coloniales hasta que desaparecen como institución hacia mediados del siglo xvii; pero el vocablo perduraría mucho más. El viajero alemán Jacobo Tschudi dejó en sus relatos testimonios sobre los caminos incaicos y sobre los tambos que servían de estaciones a los chasquis: “Es dable admirar todavía, con frecuencia, sobre las colinas de la altiplanicie, las bien conservadas casetas de estación de los mensajeros encargados de transmitir las órdenes de los emperadores a todo el país. Estas estaciones eran construidas siempre sobre una elevación de terreno, a tal distancia una de otra que la siguiente era fácilmente visible de ambos lados”.

El viajero francés Charles Wiener contaría que en Puno, en 1875, comprobó la existencia de un sistema de postas que llamaban “de chasquis”; pero, no a la manera antigua, corriendo, sino en acémilas:

En el altiplano de Vilque, entre Puno y La Paz, hay correos regulares. El administrador tiene en sus caballerizas algunas mulas y están a sus órdenes ‘chasquis’ que, por lo general, se hacen escoltar por su mujer, cargada con la progenie. Servicio que incluso es eficiente. A dos leguas de la estación, el indio correo toca su cuerno, y a su señal, se lleva al patio de la posta animales que son cargados tan pronto llega aquél...

Montesinos y la presunta escritura perdida

El cronista Fernando de Montesinos era un clérigo jesuita que llegó al Perú hacia 1628 y recorrió todo su territorio llegando realmente a conocerlo, por lo menos físicamente. Y de regreso a España publicó dos libros. El primero, Anales o Memorias Nuevas del Perú, sobre la conquista del Perú y Memorias Antiguas, Historiales y Políticas del Perú donde precisamente planteó una versión alucinante de la historia de los Incas. Dijo, por ejemplo, que había recogido la versión de un imperio incaico anterior a los conocidos, con una dinastía de hasta 62 Incas que fueron vencidos por una horda invasora primitiva. Estos guerreros, ignorantes, habrían destruido las pruebas de la existencia de escritura en los tiempos inme-moriales. Agregó incluso que el Perú era el Ofir de David y Salomón y que Noé estuvo aquí.

Las historias de Montesinos han sido calificadas de falsas e irrelevantes por la mayoría de los más importantes estudiosos del pasado peruano. Porras, por citar un ejemplo, lo calificó de “fantaseador”, aunque reconoció que la existencia de la palabra quilca “no es una de las tantas invenciones del clérigo (Monte-sinos)” y que efectivamente existió, como veremos adelante, un singular sistema de escritura. Citaremos extensamente a Riva Aguero para explicar la tesis de Montesinos respecto de la existencia de un gran imperio anterior a los Incas:

El único historiador importante que sostuvo la existencia de este imperio fue el licenciado Fernando Montesinos. Asegura Montesinos que Pirua Pacari Manco, denominado también Ayar Uchu, fue el padre de Manco Cápac y el fundador del reino peruano y del Cuzco, su capital; que el quinto de sus sucesores ganó las comarcas de la costa. Chachapoyas y Quito; que al cabo de muchos años ocurrieron varias irrupciones de tribus venidas del sur, y que la nación de los Chimus arribó a Santa Elena, Trujillo y Pachacamac, se estableció en todo el litoral y ocupó en la sierra Cajamarca, Huaitara y Quinua; que después de haber gobernado sesenta y dos monarcas cuzqueños, en constante lucha con los costeños o yungas y con los bárbaros de Tucuman y Chile, el impoerio sucumbió por la acometida de nuevas hordas feroces; el rey Titu Yupanqui fue derrotado y muerto en Pucara, la anarquía se extendió en el país, el Perú se fragmentó en pequeños estados, cada provincia eligió caudillos particulares, el Cuzco fue deshabitado, la dinastía legítima se refugió en Tamputocco o Pacaritambo, las costumbres se corrompieron, la religión se alteró y se perdieron los jeroglíficos, conocidos desde los primeros tiempos.

El rey Túpac Cauri, a semejanza de Chihuang-ti en la China, ordenó la destrucción de las quilcas o pergaminos y de las hojas de los árboles en que escribían y prohibió, so pena de la vida, el uso de las letras, que fueron reemplazadas por los quipus...

Riva-Aguero justificó a Montesinos especulando sobre sus fuentes, que no habrían sido otras que documentos depositados en las bibliotecas de los jesuitas, en Lima y que él habría copiado con algo de ligereza: “No es, pues, el Licenciado Fernando Montesinos un deliberado inventor de patrañas, pero no es tampoco el portentoso revelador de una vasta región histórica que pocos imaginan. Es un compilador de tradiciones preincaicas amontonadas por otros cronistas hoy desconocidos, en los cuales una partícula de verdad se ahoga y pierde bajo inmenso cúmulo de alteraciones y falsificaciones”.

Escuchemos finalmente al propio Montesinos en una breve selección de sus Memorias Antiguas...:

Ya por ese tiempo, el primer hijo de Huanacaui, llamado Sincho Cosque, era mozo de buena edad y hermosa disposición, y era querido y amado por todos los súbditos de su padre. Dicen los amautas que sabían las cosas de estos tiempos por tradiciones de los antiquísimos comunicadas mano a mano, que cuando este príncipe reinaba, había letras y hombres doctos en ellas, que llamaban amautas, y estos enseñaban a leer y escribir; la principal ciencia era la astrología; a lo que he podido alcanzar escribían en hojas de plátanos; secábanlas y luego escribían en ellas, de donde vino a Juan Coctovito en su ‘Itinerario Hierosolimitano y Siriano’ (lib.I, cap.14, fol. 92), que los antiguos escribían en estas hojas, y que las líneas que hoy se usa en los pergaminos de Italia, se debió tomar de aquí. Y en Chile, cuando a Alonso de Ercilla le faltó papel para su ‘Araucana’, un indio le suplió la necesidad con hojas de plátano, y en ellas escribió muy grandes pedazos, como dice el padre Acosta. También escribían en piedras: hallóse un español en los edificios de Quínoa, tres leguas de Guamánga, una piedra con unos caracteres, y pensando que allí estaba la memoria de una guaca escrita, guardó la piedra para mejor entendida. Estas letras se perdieron a los peruanos por un suceso que acaeció en tiempo de Pachacuti sexto, como veremos en su lugar.

Más adelante, efectivamente, Montesinos hizo un relato muy detallado de la presunta guerra con los invasores que terminaron destruyendo el viejo imperio... y su escritura, que desapareció para siempre.

Los quipus

¿Servían los quipus sólo para sacar cuentas? Es una antigua pregunta que se hacen los peruanos cuando ven en los museos algunas de aquellas piezas de soguillas de colores y de nudos. Muchos han trabajado la idea de una escritura, es decir, de la posibilidad de transmisión de ideas mediante aquellos nudos que sólo un experto —los “quipucamayoc”— podían leer pues era un arte reservado para la elite del reino. Garcilaso pareció acabar con las especulaciones cuando escribió su terminante frase: “el ñudo dice el número, mas no la palabra” y considerando su autoridad se ha consentido en no trabajar más el tema. Pero, subsisten dudas razonables sobre todo cuando se leen textos como, del padre José de Acosta (citado por Valcárcel):

... yo ví un manojo de estos hilos en que una india traía escrita una confesión general de toda su vida, y por ella se confesaba, como si yo lo hiciera por papel escrito, y aun le pregunté por algunos hilillos que me parecieron algo diferentes y eran ciertas circunstancias que requería el pecado para confesarlo enteramente.

Pedro Cieza de León publicó La Crónica del Perú en 1553 y que recogía impresiones personales, relatos, que trataban de reconstruir cómo había sido el viejo país recién conquistado. Otro libro suyo, El Señorío de los Incas, se publicó muchos años después, en 1873. En este segundo texto Cieza hizo uno de los mejores relatos que hay sobre los quipus y los métodos de contar de los indios. Y escribió: 

Yo estaba incrédulo en esta cuenta y, aunque lo oía afirmar y tratar, tenía lo más dello por fábula; y estando en la provincia de Xauxa, en lo que llaman Marcavillca, rogué al señor Guacarapora que me hiciese entender la cuenta dicha de tal manera que yo me satisficiese a mi mismo, para estar cierto que era fiel y verdadera; y luego mandó a sus criados a que fuesen por los quipos, y como este señor sea de buen entendimiento y razón para ser indio, con mucho reposo satisfizo a mi demanda y me dijo que, para mejor lo entendiese, que notase que todo lo que por su parte había dado a los españoles desde que entró el gobernador don Francisco Pizarro en el valle estaba allí sin faltar nada; y así ví la cuenta del oro, plata, ropa que habían dado, con todo el maíz, ganado y otras cosas, que en verdad yo quedé espantado dello.

Muchos años después floreció en Europa la tesis de la existencia de una “Quipografía”; es decir, una manera de “leer” los quipus gracias al éxito de un libro publicado en Londres en 1827 con el título Prospecto de la Quipola o explicación de los quipos presentada a la opinión del público. Se trataba de un quipu hallado en Chile y la versión fue recogida como verosímil por el Mariano de Rivero y Ustariz, editor entre 1827 y 1828 de la primera revista científica de la República. El propio Rivero escribió en su revista (tomo I): 

Aunque la interpretación que precede ha de parecerle a cualquiera sobrado aventurada, en virtud del conocimiento que tenemos que los oficiales llamados quipucamayocs encargados de anudar y descifrar no eran capaces de ejercer su arte, en tratándose de quipos de otras provincias, pues en ese caso debían recurrir a intérpretes de éstas, me limitaré, hasta que se posean mejores datos, a dar una idea de los hilos que forman el quippu gigante que desenterramos en las inmediaciones de Lurín... [...] La ciencia del quipucamayoc debió ir progresando bajo el influjo del tiempo y la esperiencia, logrando dar cuenta de la historia del imperio, número de sus habitantes, cantidades de granos almacenados, sumas recaudadas por impuestos, cabezas de ganado, etc. y de cuanto hacía relación a los intereses de la hacienda pública.

El famoso historiador Porras Barrenechea hizo un notable trabajo de recopilación y examen de los quipus en sus Fuentes Históricas trabajando en detalle todos los testimonios con que se cuenta sobre el tema. Y estudió también la posibilidad de una escritura, concediendo la máxima autoridad al citado Garcilaso quien distinguía los quipus corrientes, los “contadores” (de contabilidad) de los quipus “históricos”. Añade el propio Porras: “Pero los había también de ciertos quipus administrativos y legislativos”. Dice (Garcilaso) que:

los quipucamayocs guardaban sus registros en las provincias y absolvían las consultas de los curacas y de los hombres nobles. En los quipus se conservaban, según Garcilaso, las leyes y ordenanzas, los ritos y ceremonias. Decían el sacrificio y las fiestas que debían celebrarse en honor del Sol. Declaraban la ordenanza y el fuero en favor de las viudas, de los pobres y de los pasajeros. Estos serían los quipus legislativos. El Inca se entendía con sus gobernadores por medio de quipus y en ello se consignaba lo que habían de hacer y los ñudos y los colores de los hilos significavan el número de gente, armas o vestidos o bastimento o cualquiera otra cosa que se huviese de hazer, embiuar o aprestar.

Cita Porras a otro cronista, Murúa, llamándolo “liviano e imaginativo” pero recogiendo algunos de sus textos: 

Pero lo que a mí más me espanta es que por los mismos cordones y nudos contaban las sucesiones de los tiempos y cuanto reinó cada inga y si fué bueno o malo, si fué valiente o cobarde, todo en fin lo que se podía sacar de los libros se sacaba de ahí.

Porras llegó a conclusiones en su extenso y muy documentado trabajo; de éste hacemos un resumen:

 

  • El quipu es un sistema de contabilidad que al mismo tiempo que un recurso mnemotécnico, “que servía de poderoso auxiliar a la tradición oral”.

  • No puede llamarse escritura porque no es la reproducción fonética de las palabras.

  • El quipu no fue privativo de los Incas pues lo usaron también caribes del Orinoco, los mexicanos antes de los códices y otras culturas.

  • No es posible hacer una investigación completa pues los generales de Atahualpa, primero, y luego los invasores españoles quemaron los grandes archivos del Cusco. Los curas extirpadores de idolatrías eliminaron los de provincias.

  • Los quipus eran del imperio Incaico.

  • La mayor parte de los cronistas los consideraron como instrumentos de contabilidad.

  • Hubo diversas clases de quipus: los numéricos o estadísticos, los de alta cultura, que son los históricos, los legislativos, los administrativos, los religiosos, los militares, los cronológicos o calendarios, etc.

  • Los quipus históricos requerían de lectores especializados llamados quipucamayocs porque mientras los quipus numéricos daban objetivamente la cifra, los quipus históricos no podían reproducir los razonamientos ni la calidad y circunstancia de los hechos.

Hasta aquí Porras, a quien citamos tan extensamente por su enorme autoridad. Pero, todavía quedan quienes defienden la tesis de la escritura pese a la aparente contundencia de las razones de Porras. Y entre los que sostuvieron con énfasis que los quipus eran algo más que recursos de memoria estuvo el historiador italiano Radicati, quien especuló sobre un sistema de escritura y avanzó en su estudio.
Años más tarde el norteamericano William Burns Glynn, un experto textil radicado en el Perú, se interesó por el tema de la escritura incaica en sus varias formas trabajando la cuestión de los tejidos y de los quipus como veremos más adelante. Por su parte los norteamericanos Ascher escribieron en un conocido texto: 

Los Incas pueden ser caracterizados como usuarios intensivos de información de manera metódica, altamente organizada y con detalle. La burocracia incaica vigilaba continuamente las áreas que controlaba. Recibían muchos mensajes y enviaban muchas instrucciones cada día. Los mensajes incluían detalles de recursos así como necesidades, lo que podía conseguirse en los depósitos, de la recolección de impuestos, producción de las minas o la composición de las fuerzas de trabajo. Los mensajes eran transmitidos con rapidez usando el extenso sistema de caminos mediante el simple pero eficiente sistema de corredores... El mensaje tenía que ser claro, compacto y fácil de portar. Los que hacían los quipus eran responsables de codificar y decodificar la información.

Carlos Radicati di Primeglio, académico italiano radicado en el Perú, se interesó en los quipus y publicó hacia 1950 su primer estudio insistiendo más tarde en el tema en varios textos. Su tesis era que los quipus configuraban un sistema embrionario de escritura porque no era posible admitir un enorme grado de desarrollo cultural del Perú precolombino sin una escritura de algún tipo y que ésta no era otra que los quipus.

Radicati no pudo plantear un modelo de “lectura”, por así decirlo, de los quipus pero avanzó en el examen minucioso de algunas piezas notables, observando colores, tipos de nudos, largo de las cuerdas; advirtió también sobre los “quipos apócrifos” y una serie de fantasías sobre su uso, como el caso de una novela de la francesa Madame de Grafigny (1695-1758) en el cual una princesa Inca, Zilia, enviaba a su amado heredero del trono, Aza, cartas de amor en forma de quipus; es decir, cuerdas con nudos en vez de letras. La historia tuvo éxito y se popularizó en Europa la especie del lenguaje perdido atizada por una polémica que promovió la publicación de otra novela, Los Incas o las Destrucción del Imperio del Perú por el Marqués de San Severo, en 1779 (Sartiges).

El italiano persiguió por muchos años la clave de lectura haciendo innumerables operaciones matemáticas destinadas a sistematizar la manera de comprender lo que “decían” aunque, es verdad, no hizo nunca una afirmación enfática, como suele adjudicársele ligeramente. Pero, es verdad que su pasión por los secretos de los quipus lo llevó a reunir una colección de hermosas piezas y en comunicaciones personales insistía en la posibilidad de descubrir, algún día el “secreto” de los nudos precolombinos. Manifestando su admiración por los quipus, escribió: 

Al estudiar el aspecto cromático del quipu, la primera impresión que se tiene es que debió ser sumamente dificultoso expresar con unos cuantos colores todo el conjunto de ideas extranumerales que se requerían para que funcionara eficazmente el registro estadístico y la contabilidad administrativa del Estado Incaico. Sin embargo, cuando se comprueba que existió un sistema combinatorio de colores inteligentemente estructurado y minuciosamente aplicado, se comprende que con el elemento color fue posible consignar en las cuerdas no sólo numerosos conceptos sino también abundantes ideas abstractas.

En una reunión académica realizada en 1996 Laura Laurencich Minelli, profesora de estudios precolombinos de la Universidad de Boloña, anunció que había encontrado un antiguo manuscrito que contenía información clave para desentrañar el misterio de los quipus y que podría ser algo así como la Piedra Rosetta andina. Nada menos, añadió que las claves para “leer los quipus” hallada entre la documentación de la historiadora napolitana Clara Miccinelli. Laurencich Minelli dijo que se trataba de nueve páginas escritas en castellano, latín y algo de italiano cifrado; se añadían tres páginas firmadas por “Blas Valera”, un sobre conteniendo fragmentos de un quipu y todo el paquete lleva una portada con un título realmente sugestivo: Historia et Rudimenta Linguae Piruanorum, esto es, Historia y Rudimentos del Lenguaje de los Peruanos. La historiadora boloñesa dijo que el texto central había sido escrito por los misioneros jesuitas Juan Antonio Cumis y Juan Anello Oliva entre 1610 y 1638 y que los otros pertenecían efectivamente al conocido cronista jesuita Blas Valera. Una inscripción en la portada había sido aparentemente añadida por otro jesuita, Pedro de Illanes y en la última página se lee una dedicatoria del duque Amadeo de Saboya que lo regalaba como presente de bodas a un compañero de armas, en 1927.

Lo que alarmó particularmente a la comunidad científica peruana fue que el documento planteaba que el famoso Guamán Poma de Ayala sólo había prestado su nombre y que el autor real era Blas Valera. En suma, que la célebre Corónica y Buen Gobierno era poco menos que una patraña. Y también se dan en el texto de Cumis claves para descifrar los quipus reales que, aclara, fueron quemados por los españoles en su ignorancia de que estaban aniquilando el lenguaje incaico. Para probar que era posible leer esos quipus el jesuita agregó un vocabulario junto con ilustraciones de los símbolos usados para indicar palabras con quipus; es decir, un verdadero diccionario aunque fragmentado, sólo una página. Ambas afirmaciones, la de Guamán Poma y de los quipus provocaron sorpresa y revuelo periodístico, anunciándose que los textos serían publicados por la Universidad Católica del Perú. Pero, todavía la edición no se ha realizado, quizá esperando el resultado de investigaciones detalladas para confirmar la autenticidad o falsedad de los textos, aunque importantes historiadores como Estenssoro o Adorno han evidenciado que se trata de una superchería. La historia de este documento, sus consecuencias, no han terminado porque no hay todavía un pronunciamiento científico formal que aclare su procedencia, razones de falsificación (si la hay), etc. 

Larco Hoyle y los Mochicas

Rafael Larco Hoyle nació en la hacienda Chiclín, en Trujillo, y compartió las tareas administrativas con la afición por la arqueología, llegando a convertirse en un gran especialista en las culturas preincaicas del norte del país. Alberto Tauro describió su trabajo: 

... llevando la investigación hacia las rudimentarias huellas de los recolectores y cazadores paleolíticos, dio a la arqueología peruana una apasionante profundidad; prescindió de una hipotética cronología, que anteriormente se había basado en la sucesión de culturas locales; identificó los diversos períodos de la cultura mochica, desde el precerámico anterior a Cupisnique hasta el Chimú, que luego cede a la conquista incaica; y expuso una teoría en torno a la existencia de un sistema de escritura sobre pallares, basado en sus agrupamientos regulares y la repetición de éstos aún en sus tejidos.

Larco publicó varios libros importantes y reunió una formidable colección de objetos mochicas, principalmente ceramios. Para conservarlos fundó e instaló en Lima el Museo Larco Herrera donde hoy puede admirarse los célebres huacos con dibujos que retrataban la vida cotidiana de los hombres de Moche, los admirados huacos-retrato y los llamados pornográficos. Hemos citado al muy autorizado Tauro apoyándonos en su criterio para juzgar la obra de Larco Hoyle como significativa e importante; y, sobre todo, reconocida como trascendente para el conocimiento de una cultura tan importante como la mochica. De ahí entonces que su teoría sobre la escritura de los mochicas debe merecer la mayor atención. 
Porras Barrenechea no quiso comprometerse tanto como Larco respecto a la existencia de una escritura mochica; pero reconoció que la cerámica de mochicas y Nascas reunían el más vasto e importante sistema de pictografías de la América precolombina meridional: “con múltiples signos convencionales e ideogramas, que colocan a estos pueblos en el umbral de la escritura”. La primera interrogante que se planteó Larco en su texto inicial sobre los mochicas estuvo centrada en su extrañeza por la afirmación general de que los antiguos peruanos no tuvieron escritura pese al amplio reconocimiento sobre su sabiduría, tal como lo dijo después Radicati. Las observaciones que llevaron a Larco a exponer su teoría sobre la escritura de los mochicas estuvieron basadas principalmente en:

  • La presencia en numerosos ceramios de dibujos de personajes que aparecen siempre corriendo, vestidos de la misma manera, portando bolsitas en la mano izquierda. Se trata, dijo Larco, de los antiguos mensajeros que los mochicas pintaban con características aves, es decir, de las virtudes que se requerían de los portadores de nuevas. Escribe Larco:

Pero si éstos eran los que llevaban los mensajes en sus pequeñas bolsas de largas puntas quedaba por saber cuál era su contenido, a fin de comprender lo importante del medio de comunicación escrita que existía. Era indudable que este medio existía ya perfeccionado...

  • La relación de los dibujos de los mensajeros con pallares pintados o escindidos en diversas formas que eran justamente lo que llevaban los mensajeros en sus bolsitas. Los pallares están dibujados en los huacos y en telas. Y se han encontrado los pallares mismos, ya sea pintados o grabados.

  • Los dibujos mostrando a los especialistas en “leer” los pallares pintados, representados como zorros:

seres que representan la inteligencia no son otros que los sabios e intérpretes dedicados a enseñar la historia, a descifrar los mensajes y trasmitirlos. De allí que los veamos representados constantemente en la cerámica, donde no sólo aparecen picto-grafiados, sino también modelados...

  • El hallazgo de bolsitas de cuero curtido de llama conteniendo un polvo blanco y un pedazo agudo de cuarzo, es decir, las herramientas para marcar la superficie de los pallares manchados y hacer clara la inscripción. Larco dijo, finalmente, en su estudio: 

El Mochica no conoce el papel ni el papiro, pero encuentra en la película suave y duradera que cubre a los pallares un material adecuado para dejar grabados sus pensamientos y en el grano mismo un elemento de fácil manipulación y transporte, para el fin de los mensajes. Y no podía esperarse otra cosa del exhu-berante cerebro Mochica para crear tan singular y valioso sistema ideográfico, único en el mundo.

  • Ante las pruebas irrefutables que ofrecemos en este Capítulo, hoy ya se puede decir, contra la opinión de sabios y cronistas, que los antiguos peruanos tuvieron escritura, y aseverar, rotundamente, que fue todo un sistema ingenioso, muy digno de sus creadores.
    La hipótesis de Larco Hoyle no sólo no encontró eco favorable en la comunidad científica local sino que inmediatamente surgieron voces refutándolo. Se afirmó, y aún hoy se dice, que los pallares pintados no eran otra cosa que un sistema de juego porque Garcilaso, por ejemplo, hablaba de la “apaitalla” que consistía en lanzar frejoles a cierta distancia; y Cobo describe juegos llamados “tuncara” y “tacanaco” con frijoles pintados .

    Larco salió al frente de las objeciones mostrando nuevas y numerosas evidencias gráficas que apoyaban sus asertos sobre el uso de pallares pintados con significados más allá de tareas lúdicas. Exhibió, por ejemplo, tejidos de paracas con pallares grabados en los flecos o bordes; así como en la cerámica de otras culturas como Nasca, Paracas, Tiahuanaco, Lambayeque, etc. El distinguido arqueólogo puso, en fin, a disposición de quien quisiera estudiarlo, comprenderlo y “leerlo”, el sistema de pallares pintados y escindidos de los mochicas, demostrando que su amplia utilización denotaba algo más que simples juegos como quisieron ver algunos.

Los tocapus, historia en tela

Tan convincentes como los argumentos de Larco Hoyle parecieron ser inicialmente los planteados por Victoria De la Jara en sus estudios sobre una presunta escritura de los Incas (o “Inkas”, como ella escribe), en los tejidos o “tocapus”. Sus investigaciones las inició, según relata, en 1962 afirmando desde el inicio que la escritura incaica era un sistema logográfico que los cronistas “estrechos conocedores del alfabeto” no pudieron comprender, y que dicha forma de escribir no evolucionó hacia las letras sino hacia su codificación en el quipu. Con vehemencia, la estudiosa hizo afirmaciones como ésta: 

Es un hecho ya científicamente comprobado que los inkas del antiguo Perú usaron una verdadera escritura. Los signos del sistema son cuadrados y permitían la representación gráfica del lenguaje en forma similar a otras escrituras primitivas que también usaron el signo-palabra. El ‘Runa Simi’ —idioma de los inkas— es yuxtapositivo, emplea sufijos y en una misma palabra puede estar representada toda la frase. Esta característica del idioma motivó que el sistema gráfico inka se creara con un repertorio de formas básicas, que se modificaban internamente por la adición de líneas, puntos, círculos, fusión de signos o cambios de color.

Siguiendo esta línea de indagación De la Jara comparó los signos incaicos con la escritura hitita, la cual se parece en la medida en que se trata de signos básicos que se modifican externamente, no en el interior. Luego de identificar determinados signos planteó que el tejido peruano es la fuente documental por excelencia para observarlos, y que siendo entonces tela el soporte para “escribir” fue necesario hacerlos geométricos: “Los textos inkas más amplios están sobre tejidos, pero desgraciadamente no se asocian a personajes o escenas que permitan iniciar con ellos el descifre”. Así, examinando vasos pintados, cuadros coloniales donde todavía se reprodujo personajes de la antigua realeza con sus trajes ceremoniales propuso identificar por lo menos los que llamó los grandes signos del Tahuantinsuyo:

  1. Cusco, signo frecuente, rojo. Cuatro pequeños cuadritos del color de la luz señalan las posiciones arriba-abajo y derecha-izquierda que son los movimientos del Sol en el horizonte.

  2. Inka, también muy frecuente, rojo, con cuatro plumas que cruzan el signo en aspa.

  3. Pacha (cosmos) de menor frecuencia, rojo, con esquinas con semicírculos que señalan el “tahua” o cuatro sagrado.

  4. Inti (dios solar), muy frecuente, representado por cuatro rayos cruzados que lo dividen en cuatro partes, con cambios de color según la época del año.

Luego, estudiando los keros (vasos pintados) aseveró que había identificado “Hatun” (grande), “Apu” (gran señor), “Tupac” (resplandeciente), “Capac” (poderoso, potente), “Cusco” (capital del imperio), “Inka” (título del rey, la nobleza y el pueblo del Tahuantinsuyo. De la Jara respecto a los quipus también hizo afirmaciones rotundas: 

La lectura de las crónicas revela el asombro de los extranjeros ante las posibilidades que ofrecía el kipu para archivar informaciones históricas, políticas, cronológicas, científicas, legales y de toda índole.

Además, agregó que:

La única posibilidad que existe para almacenar datos no matemáticos con cifras es creando un código numérico. Los especialistas opinan que no puede codificarse el lenguaje hablado y, como consecuencia, presenté la hipótesis del kipu como código numérico del sistema gráfico inka.

(Coincidió en su línea de trabajo con el soviético Vladimir Kusmischev, de la Academia de Ciencias de la que fue la URSS, quien hizo su comunicación científica en 1972, en un texto al que no hemos tenido acceso.) Planteó pues Victoria De la Jara que el quipu como código numérico del sistema gráfico era la última etapa del proceso de evolución de la escritura peruana. Sus trabajos sobre los tejidos, los “tocapus”, fueron conocidos y asumidos por el estudioso alemán Thomas Barthel, quien insistió en la tesis de la escritura de los Incas compuesta por cerca de 400 signos rectangulares de los que sólo se han descifrado 35 ó 40 (Del Busto, 1977). El sistema podría entonces compararse al de los aztecas o mayas. Barthel afirmó que los tejedores incaicos ordenaron sus dibujos en los tokapus de manera vertical y que luego, ya en la Colonia, pasó a ser horizontal, con posibilidad de “lectura” de izquierda a derecha.

William Burns, un ingeniero textil norteamericano afincado en el Perú, dedicó mucho tiempo y esfuerzo al estudio de los quipus y a “la búsqueda de la escritura, palabra que en quechua se traduce como quillca”. Primero observó los dibujos de los personajes reales que hizo Guamán Poma de Ayala, destacando las franjas llamadas “tocapos” que llevan en la cintura y que tienen dibujos distintos, añadió además: Esto nos lleva a considerar que podrían representar mensajes culturales. Cada Inca, efectivamente, lleva tocapus con dibujos diferentes que Burns cree poder descifrar atendiendo al nombre. Burns escribió:

La próxima etapa de la investigación consiste en la aplicación de los hallazgos para la verificación de la hipótesis. Esta etapa era de suma importancia porque representaba la prueba de la teoría y la comprobación del uso de los signos convencionales usados por Guamán Poma. Si mediante la verificación se ajustaba la teoría la práctica, tendríamos la evidencia irrefutable de la existencia de la escritura incaica. 

Luego de una serie de ejercicios de comparación de dibujos en telas y ceramios, Burns afirmó:

Creemos que los casos de verificación presentados son suficientes para convertir la hipótesis de la existencia de escritura Inca en tesis.

Con el redescubrimiento de la escritura Runa-Simi se abren las puertas para una reinterpretación de la extraordinaria cultura prehispánica, aunque también surgen nuevas interrogantes como por ejemplo el del origen de la escritura [...] ¿Se trata de una migración de signos de una cultura a otra? ¿Cómo se forjó el enlace? ¿Es que las palabras de diferentes dialectos que correspondían a una misma idea se incorporaron al signo gráfico? ¿Tenían los signos distintos significados en diferentes culturas? Hay mucho que preguntar... pero lo ya planteado con relación a la existencia de la escritura, nos permite incorporar el sistema de escritura alfabética peruana dentro del cuadro de logros culturales Incaicos: altos conocimientos quirúrgicos, finura extraordinaria en su arte textil, técnicas de construcción admirables, minuciosa organización, escritura fonética superior.

Otra norteamericana, Gail Silverman, también planteó una tesis sobre expresiones con significados en soportes de tela basándose en la observación de los trabajos textiles de una remota comunidad indígena del Cusco, encontrando que utilizan pictogramas para fijar conocimientos relativos a su cultura. En combinaciones de colores, hilos, tintes, los artesanos de los grupos étnicos Q’eros perennizan así un sistema de comunicación. La estudiosa tuvo como ventaja, con relación al trabajo De la Jara y Burns, que hizo un largo trabajo de campo y llegó a dominar el quechua, todo lo cual concede un peso mayor a sus estudios. Ella ubicó el área cultural llamada Q’ero en el departamento el Cusco, con ocho comunidades principales y una serie de caseríos distribuidos todos en cuatro valles que van desde los 1800 metros hasta los 4500 metros sobre el nivel del mar.

La zona tiene características que vale la pena resaltar, como por ejemplo su aislamiento debido a lo casi inaccesible de sus caseríos más lejanos. Para llegar a varios de ellos se requiere de viajes de hasta dos días a caballo por caminos angostos y peligrosos. Es verdad, advierte Silvermann, que hubo caminos durante los tiempos incaicos que los unían con la administración; pero luego durante la época española la relación prácticamente se perdió y los pueblos de Q´ero fueron afectados por los cambios culturales que impuso la invasión. Es así como los pueblos no tienen siquiera la organización básica, es decir, las casas agrupadas en manzanas alrededor de una plaza central en la que destacan la iglesia y la administración. Tampoco existen tiendas y se mantiene el sistema de trueque para las cuestiones básicas; no hubo escuela porque la familia Yábar, propietaria de la hacienda, prohibió a las familias que enviaran a los niños a estudiar. Quienes resistían el mandato eran expulsados de la hacienda Cusipata.

Otro elemento clave en el desarrollo cultural de los pueblos andinos es el Servicio Militar Obligatorio; ya sea por el viejo sistema de reclutamiento forzoso (la leva), o por ingreso voluntario, el Ejército brindaba educación básica y socialización a sus reclutas. Pero ni siquiera esto fue permitido por los Yábar, ejemplo clásico de la oligarquía terrateniente andina, ignorante y explotadora. Toda esta serie de razones hizo que Q’ero se convirtiera en una zona especial en la que persistieron las viejas costumbres. Idioma, vestido, folclore, todo es igual desde hace muchos años. Incluso, es probablemente la única zona andina donde todavía se usa el “uncu” al estilo Incaico, esto es, la camisa sin mangas.

Los estudios sobre los Q’ero se realizaron de manera sistemática a partir de los años 50 y desde entonces son considerados como una auténtica reliquia. “Es una ventana abierta al pasado Inca”, dice con razón la científica norteamericana quien se entusiasmó con la posibilidad de ingresar a un mundo virtualmente desaparecido. Gail Silvermann dijo en la introducción a su trabajo que:

El propósito de este estudio es mostrar como la tradicional comunidad quechua-hablante de Q’ero, ubicada en el departamento del Cusco, al sur del Perú, utiliza la iconografía textil para fijar su sabiduría.

Sus trabajos, cuyos resultados han sido ya publicados parcialmente, consisten, en síntesis, en identificar motivos textiles y descifrarlos. En su libro reprodujo el siguiente diálogo con un indígena, Lorenzo Chuwa Chuwa (transcribimos la traducción):

—¿Por qué tejen en las llikllas, chuspas, ponchos? 
—Es así. Nosotros sabemos leer así.
—¿Qué leen? 
—Solamente Ch’hunchu con el sol.

Así, identificando materias primas y técnicas de tejido, formas, tintes, colores, telares, cotejando crónicas y examinando expresiones artísticas en ceramios, etc., afirmó que las artes textiles fue una de las más importantes formas artísticas desarrolladas en los Andes desde muchos años atrás y que: “Las telas se convirtieron en el medio por excelencia con el cual comunicar un mensaje en culturas como la Inca, en las cuales faltaba la escritura alfabética”. Esta afirmación no fue original de Silvermann, como ella misma lo reconoce. Muchos otros estudiosos han estudiado las telas en tanto sistema de comunicación coincidiendo en el reconocimiento de su uso como soporte de signos que transmiten un mensaje. Destacaremos solamente las conclusiones principales de la estudiosa:

—Ciertos elementos gráficos son usados en las telas y dibujos hechos por informantes q’eros y no q’eros para registrar ideas referidas al espacio terrestre (un marco rectangular rodeado de triángulos isósceles simboliza al pueblo de Q’ero rodeado de cumbres montañosas; una línea vertical representa al río Tandaña, que divide en dos el espacio aldeano; tres rombos colocados uno dentro del otro representan las zonas ecológicas que explotan los q’eros; las líneas radiantes representan los surcos existentes en ambas mitades del pueblo).

—Los q’eros observan la luz solar y sombra para determinar la hora diaria. Este saber es conservado en sus telas con los motivos llamados “inti” que representan la salida del sol, el cénit, la puesta del sol y el anticénit. Las líneas de color irradiadas hacia dentro representan a “k’anchay”, la luz del sol; las de color oscuro hacia fuera representan a “llanthu”, la sombra.

—Los elementos gráficos que denotan ideas importantes referidas al tiempo estacional son los triángulos isósceles, las líneas radiantes cortas y largas, la línea vertical y el aspa. “K’iraqey” puntas sirve como un señalador del horizonte, con el fin de poder determinar la aparición de los solsticios de junio y diciembre; las líneas radiantes largas simbolizan “para tiempo”, cuando las plantas se alzan altas en los campos, mientras que las líneas cortas representan “osari tiempo”, momento en el cual los campos están vacíos de plantas. La línea vertical simboliza entonces la Vía Láctea, usada por los q’eros para ubicar diversas estrellas; el spa se refiere a los ejes formados por los soles nacientes y ponientes por ambos solsticios.

—Las franjas multicolores son utilizadas por los q’eros para clasificar los productos agrícolas y sus rebaños. Hay, además, sistemas clasificatorios basados en el tamaño, la ubicación ecológica y la función.

—El mito del Inkarri es conservado en las telas por motivos llamados “ñawpa Inca” y “ñawpa ch’unchu” (Inkarri, como ser humano); “ch’unchu simicha” (cabeza decapitadas), “loarían” (separación de su cabeza y cuerpo), “ch’unchu inti pupu” (la reencarnación, con la cabeza percibida como una semilla fertilizada por el sol).

Silvermann culminó su brillante estudio con frases que vale la pena citar: “Es de esperar que esta breve introducción a las telas de Q’ero, que funcionan como libros henchidos de sabiduría, nos ayude a comprender que tenemos mucho que aprender de la cultura tradicional. Ojalá encontremos la fortaleza suficiente para abrir nuestro corazón y nuestra mente a sus enseñanzas”.

Las otras quillcas

Retornamos a las quillcas para examinar acepciones de la palabra que van más allá de las generalizaciones que citamos antes y que propuso Pulgar Vidal. Y esto porque varios autores, cronistas, estudiosos de la lengua quechua, etc., recogieron la voz “quilca” como raíz de otras palabras. Recojamos la lista de Cogorno mencionando palabra, traducción, fuente:

Quillca
Quillca
Quellca
Quellca
Quellca
Quillcana
Quillcacha
Quellcani
Quellkani
Quillcaniqui
Quellcaricku
Quellcaychak
Quilcamayoc
Quilcaycamayoc
Quellcanacuna
Letra o Carta Mensajera
Libro o Papel
Pape,libro,scriptura
Papel,carta o scriptura
Papel, carta
Escribanía
Escribir, pintar
Escribir
Escribir,Dibujar, Pintar
Labrar una cosa con colores
El que sabe leer
El que sabe escribir
Pintor generalmente
Escribano
Escribanías
Fray Santo Tomás
""
Antonio Ricardo
Gonzales Holguín
Torres Rubio
Fray Domingo de Santo Tomás
Antonio Ricardo
Torres Rubio
Gonzáles Holguín
Fray Santo Tomás
Gonzáles Holguín
""
Fray Santo Tomás
Gonzalez Holguín
""

 

Tauro del Pino nos ofreció, además, una lista de topónimos de la palabra quilca, o quelca, y también palabras relacionadas:

 

Quellcausicuk
Quellcayachak
Quellcaska
Quellcascacuna
Quellcaymayoc
Quellecak
Quellecasmi
Quellcanoruna
Quellcasyarmi
Quellcayapani
Quellcachimi
Quellcatanumi
Quellcacharuni

El que sabe leer
Enseñar la teología dictándola
Lo escrito
Las letras
El escribano de oficio
El que escribe
Escribir,dibujar,pintar
Escribanías e instrumentos de pintar
Escribir a muchos muchas cartas
Escribir con exceso algo o en daño
Hacer escribir o permitirlo
Escribir de camino o de pasada
Escribir a muchos una carta, o escribir a uno de varias cosas

 

Si asumimos entonces como definición básica la de Alberto Tauro, quien dice que “... papel carta o escritura; signo pictográfico pintado a mano o incidido sobre una o más piedras, grandes o pequeñas por las gentes que poblaron el país en remotas épocas...”, deberemos considerar también piedras pequeñas o tejas, los bastones pintados, las tablas e incluso los ya citados pallares que examinó Larco Hoyle. Porras también coincide: 

La voz Quilca trae de por sí aparejada una representación cromática. Escribir, dibujar, pintar se expresan por una sola palabra: quilca, y esta misma palabra sirve para expresar el lienzo, la tabla o el objeto pintado.

En casi todas las tumbas antiguas de mujeres, y en diferentes culturas, se han encontrado implementos para el hilado, “piruros” (ruedecilla del huso) o “pushkas” (huso de hilar) pintados con dibujos de colores. Se ha especulado sobre si estos dibujos eran solamente un adorno o tenían un fin de clasificación, como por ejemplo, tipo de tejido, número de tejedores. Dice Cogorno al respecto:

Puede darse el caso que una combinación determinada de piruro y pushka tuviera varios significados incluyendo la combinación de colores. También pudieron incidir en la elaboración del producto: calidad, grosor de hilo, etc.

Más evidentes en intención mágico-religiosa parecen ser las piedras grabadas que también han sido halladas en muchas partes y pertenecientes a distintas culturas. Son generalmente cantos rodados de varios tamaños, relativamente pequeños, con incisiones de un solo motivo y en una sola cara; los más grandes llegan a tener 40 centímetros. La mayoría de las piezas que se conservan en museos fueron encontradas en tumbas. Otra versión de “quilcas” son las llamadas “tejas pintadas” como las que fueron halladas en algunas tumbas en Arequipa y que son de diversos materiales; pero están pintadas con frecuencia de colores vivos. Estas tejas son de piedra, de trozos de arcilla, de todo aquello que sirva como soporte para un dibujo o inscripción. Su hallazgo y comentario por parte de Escomel dio pie a una nueva especulación sobre escrituras jeroglíficas andinas planteada por Ibarra Grasso. Escomel se preguntó entonces: “las tejas halladas en las tumbas... ¿eran testamentos o inventarios de los bienes que poseía el difunto en el momento de morir?”. Años más tarde Ibarra Grasso trabajaría el tema de una “escritura jeroglífica andina” afirmando que los dibujos en las tejas halladas por Escomel eran en realidad signos “cuyo significado se nos escapa”.

Ambas teorías no han sido recogidas por los estudiosos de hoy y ni siquiera son mencionadas pese a que ambos son reconocidos como expertos. Los bastones pintados fueron citados, entre otros, por Fray Bartolomé de las Casas cuando escribió que: “los chasquis o postas llevaban en la mano cierto palo, de un palmo o palmo y medio con ciertas señales como entre nosotros se usa, que da crédito al que trae las armas o sello del Rey”. El famoso defensor de los indios no insinuó una escritura en aquellos palos pero sí los señaló como identificación. El cronista Juan Santa Cruz Pachacuti fue más directo en su Relación de Antiguedades deste Reyno del Pirú, como en este ejemplo, donde cuenta los orígenes: 

... al fin por aquel dia fue huésped el peregrino, el cual dizen que dio vn palo de su bordon al dicho ‘Apotampo’, reprehendiendoles con amor afable, y por el dicho apotampo los oyieron con atencion, recebiendole el dicho palo se [sic] su mano, de modo que en vn palo les recibieron lo que les predicaua, señalándoles y rayandoles cada capitulo de las rrazones...

Más adelante Juan Santa Cruz Pachacuti, al relatar la historia del Inca Túpac Yupanqui, escribirá

... y en este tiempo el dicho ynga despacha a Cacircapac por vesitador general de las tierras y pastos, dandole su comision en rayas de palo pintado.

Las menciones a los palos pintados con signos que podían ser entendidos por especialistas abundan en las crónicas del Perú antiguo, no quedando duda de su existencia. Otra gran duda de nuestra historia es la referida a los tablones pintados donde fueron escritas historias del reino, según el famoso navegante y viajero Sarmiento de Gamboa. Al contar la historia del Inca Túpac Yupanqui dijo que éste reunió a los historiadores del Imperio y “examinándolos sobre las antiguedades, origen y cosas notables del pasado de estos reinos... y después que tuvo bien averiguado todo lo más notable de las antiguedades de sus historias hízolo todo pintar por su orden en tablones grandes y dispuso en las casas del Sol una gran sala donde las tales tablas que guarnecidas de oro estaban, estuviesen como nuestras librerías y constituyó doctores que supiesen entenderlas y declararlas. Y no podían entrar donde estas tablas estaban sino el Inga o los historiadores sin expresa licencia del Inca”. El propio Virrey Toledo, en sus famosas Informaciones al Rey de España, dijo que dos descendientes de los Incas, Diego Cayo y Alonso Tito Atauche, aseguraron que vieron

una tabla y quipus donde estaban sentadas las edades que hubieron los dichos Pachacutec Inca y Topa Inca Yupanqui su hijo y Guayna Capac, hijo del dicho Topa Inca y que por la dicha tabla y quipu vieron que vivió Pachacútec Inca Yupanqui cien años 

y Tupa Inca Yupanqui hasta cincuenta y ocho o sesenta años; Guayna Capac, hasta sesenta años.
Porras dice que la gran sala de tablones descrita por Sarmiento puede considerarse como una galería de pinturas, museo o biblioteca moderna. Y que en ella se hallaba depositada, en tablones o en telas de cumbe, toda la historia de los Incas, las biografías de cada uno de ellos, las tierras que conquistó y las antiguas leyendas sobre el origen del Imperio: “Era una cátedra viva de la historia incaica reservada para el Inca y los historiadores imperiales. Era, en buena cuenta, la sospechosa Universidad a que aludió, con tanto escándalo de historiadores concienzudos, el clérigo Montesinos”. Otros cronistas, como Cristóbal de Molina, ubicaron el lugar donde estaba aquella biblioteca o museo, el cerro Puquin-Cancha, a poca distancia del Cusco:

Y para entender donde tuvieron origen sus idolatrías, porque es así que estos no usaron de escritura y tenían en una casa del Sol llamada Poquen-Cancha que es junto al Cuzco, la vida de cada uno de los Yngas y de las tierras que conquistó y que origen tuvieron; y entre las dichas pinturas tenían así mismo pintada la fábula siguiente (la del diluvio, apunta Porras).

La explicación del desentendimiento entre los conquistadores españoles y los Incas va más allá de problemas de lenguaje, como lo dice acertadamente Pease al justificar que se tiene la necesidad de “revisar la forma cómo se vieron mutuamente españoles y andinos” porque aquéllos trataban de reconocer en los Incas sus propias instituciones, su propia manera europea de organizar reinos. Buscaban, y al final las impusieron, similitudes que permitieran por lo menos describir lo que habían encontrado. Las formas de comunicación entraron sin duda en ese esquema.

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