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PRIMERA PARTE

ANTES DE LOS ESPAÑOLES


La historia del Perú


Se ha elegido el cuadro cronológico del territorio andino, peruano, que propuso Pablo Macera y que con pocas variantes se parece al que proponen otros historiadores:

 

Etapas Periodos Fechas:
INDEPENDENCIA
DEPENDENCIA
AUTONOMÍA
13- República
12- Colonia
11- III Horizonte Inca
10- Segundo Desarrollo Regional
  9- HH Horizonte Wari
  8- Primer Desarrollo Regional
1824-19
1532-1824
1476-1532
1000-1476
600-1000
200-600
FORMATIVO 7- Transición. Formativo Final
6- I Horizonte: Formativo
    Panandino Chavín
5- Formativos Regionales Prechavín
200 a.C.

1000 a.C
2000 a.C
PRECERÁMICO 4- Agricultores precerámicos. Pastores
3- Recolectores horticultores
2- Cazadores recolectores
1- Caza de grandes animales
    ya extinguidos
2500 a.C.
6000-2500 a.C
8000-6000 a.C

20 000-6000 a.C.


Gracias a esta clasificación se puede seguir mejor el tiempo en que surgieron, se desarrollaron y desaparecieron nuestros antecesores y que dejaron testimonios de diverso tipo, ya sea en la costa, en los andes e incluso en las profundidades de la selva.

Pinturas rupestres y petroglifos

Como los hombres de su tiempo, los antiguos peruanos buscaron expresar de alguna manera mensajes a los dioses por medio de figuras mágicas. Para ello utilizaron, primero, las piedras donde grabaron o pintaron los llamados petroglifos, o las inscripciones en las paredes de cuevas donde se refugiaban en las épocas frías. Aquellos signos, que debiéramos llamar con propiedad ideogramas, eran tanto en sus versiones pictográficas como petroglíficas una suerte de expresión escrita. Con frecuencia estos hombres aluden simbólicamente a objetos y situaciones; otras veces los representan directamente. Fueron el primer paso hacia la escritura.

En todo el mundo están registrados tales testimonios. En Francia está la Cueva de Lascaux, descubierta en 1940, con bellos dibujos y pinturas a colores realizados hace por lo menos 30 mil años. Sólo la supera probablemente la célebre serie de cuevas de Altamira, en España, cuyos diseños son conocidos como verdaderos paradigmas del arte rupestre. Se han encontrado muchos petroglifos también en Armenia, Siberia y muchos otros lugares de la antigua Unión Soviética. Los yacimientos más ricos en petroglifos son los de Mongolia, con expresiones de todo tipo pero básicamente de sentido mágico-religioso.

Otro lugar notable es Tassili, en Argelia, donde se descubrieron hasta 15 mil pinturas rupestres representando jirafas, antílopes, hipopótamos, elefantes, describiendo la fauna propia de la selva que existía por entonces en ese lugar que hoy es un desierto. En América del Norte se destaca el arte rupestre de los antiguos pobladores de la zona de California, donde se encuentran cientos de sitios o colecciones de pinturas y petroglifos. Ya en el sur destacaron en primerísimo lugar los famosos mayas, un pueblo que, como se verá más adelante, alcanzó un grado notable de desarrollo llegando incluso a tener escritura. Se encontrarán también petroglifos en República Dominicana, Nicaragua, Venezuela.

Más notables son las expresiones halladas en Colombia, en casi todo su territorio. En Chile hubo una concentración en lo que hoy es el desierto del norte del país, mientras que en Bolivia se hallaron petroglifos por encima de los 5 mil metros. En Argentina las piedras labradas están en el norte mientras que existen pinturas rupestres en la Patagonia, al sur. La científica Elena Okladikova, citada por Núñez Jiménez, planteó que el simbolismo del arte rupestre es universal:

... Las excavaciones en forma de tacitas en las rocas estuvieron unidas a la representación del culto de la fertilidad y son comunes en el arte de los indios de la costa Noroccidental de la América del Norte, del Bajo Amur, islas Hawái, Nevada y California...

Núñez agrega que el simbolismo del arte rupestre nació de la necesidad de dar a lo invisible e intocable una forma visible. En otras palabras, de la necesidad de expresar la vida espiritual interna del hombre y, en particular, de sus mayores sufrimientos espirituales. Hauser nos brindó una explicación todavía más afinada respecto de las pinturas rupestres:
Las representaciones plásticas [...] eran la ‘trampa’ en la que la caza tenía que caer; o mejor, eran la trampa con el animal capturado ya, pues la pintura era al mismo tiempo la representación y la cosa representada, era el deseo y la satisfacción del deseo a la vez. El pintor y cazador paleolítico pensaba que con la pintura poseía ya la cosa misma, pensaba que con el retrato del objeto había adquirido poder sobre el objeto; creía que el animal de la realidad sufría la misma muerte que se ejecutaba sobre el animal retratado. La representación pictórica no era en su pensamiento sino la anticipación del efecto deseado; el acontecimiento real tenía que seguir inevitablemente a la mágica simulación; mejor todavía, estaba ya contenido en ella, puesto que el uno estaba separado de la otra nada más que por el medio supuestamente irreal del espacio y del tiempo. El arte no era, por lo tanto, una función simbólica, sino una acción objetivamente real, una auténtica causación.

Los artistas de las Quilcas

El distinguido científico Javier Pulgar Vidal escribió en relación con el término quilca:

... es un peruanismo que designa principalmente a las pictografías y a los petroglifos que aparecen pintados o esculpidos en rocas aisladas, cavernas, semicavernas, peñolerías, abrigos diversos y piedras sueltas, en todas las regiones naturales del país.

Hay otras acepciones de la palabra quilca que le asignan significados más allá de los mensajes gráficos muy antiguos. Esta discusión se verá más adelante; por el momento nos basta solamente la clasificación que propuso Pulgar Vidal, quien organizó la “Primera Exposición Nacional de Quilcas” en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, en 1962:

  1. Pictografías o petrogramas, pinturas en su mayoría del color rojo, sobre rocas.

  2. Petroglifos o litoglifos, grabaciones sobre piedras en la intemperie.

  3. Geoglifos, materiales amontonados para representar imágenes o signos en grandes proporciones.

  4. Piedras portátiles grabadas (illas o conopas) que se depositan en las tumbas o se entierran en los campos.

  5. Losas con inscripciones o estelas.

  6. Maderas o tablones que tenían pintados hechos históricos (cronista Sarmiento de Gamboa, por ejemplo).

  7. Pinturas portadas por los fieles que permitían leer los Diez Mandamientos (cronista Joseph de Acosta).

  8. Pinturas sobre pergaminos y hojas de árboles.

A partir del interés por las quilcas peruanas se realizó en 1967, en Huánuco, el “Segundo Simposium Internacional Americano de Arte Rupestre” y se creó el Primer Museo Nacional de Quilcas confiado al cuidado de la Universidad Nacional Hermilio Valdi-zán. Siguiendo a Pulgar Vidal y a Núñez Jiménez, citaremos los lugares más conocidos de “Centros de Quilcas”, esto es, picto-grafías o petrogramas.
Marabamba.- Está en Huánuco en el gran cerro Marabamba, cerca de la ciudad de Huánuco. Es una peñolería, es decir, rocas escarpadas y difíciles de ver donde subsisten muchas pinturas. Ha sido estudiada y calcada.


Quilla-Rumi.- Se ubica cerca de Marabamba y es una semicaverna de quince metros de alto por tres de alto que exhibe pinturas. Está a siete kilómetros de la ciudad de Huánuco.

Retamo y Cochinero.- Son dos centros de petroglifos que, ubicados en el valle del Río Mala, presentan incisiones.

Checta.- Es muy conocido por estar cerca de Lima en la ruta hacia Santa Rosa de Quives o Canta. Son más de cien bloques de piedra esparcidos en una zona amplia.

Alto Marañón.- Es un nombre genérico para varios lugares históricos en la provincia de Dos de Mayo, en Huánuco. Son grandes cavernas o acantilados, todos con pinturas muy antiguas.

Lachay.- Las Lomas de Lachay son un lugar popular, de paseo, cerca de Lima, que presenta semicavernas y rocas con pinturas de varios colores.

Toro Muerto.- En Arequipa, al sur, está el sitio de Toro Muerto con dibujos en los que se han reconocido diversas influencias.

Existen también asentamientos en los alrededores de Cusco y a lo largo del valle de La Convención. Se mencionan también los asentamientos en Lambayeque, en el lugar llamado Monte Calvario, con petroglifos de estilo Chavín. La lista es muy larga y ocuparía mucho espacio, por lo que preferimos remitir al lector interesado a la citada obra de Núñez Jiménez donde se describen en detalles casi todos los petroglifos existentes en el Perú.

¿Qué pintaban los peruanos? Astros y constelaciones, huellas de plantas humanas, temas antropomorfos, temas zoomorfos y fitomorfos (felinos, auquénidos, aves, dragones y serpientes, arañas, ranas, osos, monos, peces, zorros, iguanas, estrellas de mar, gusanos, mariposas), figuras geométricas (espirales, cuadriláteros, círculos, rombos, triángulos) armas, instrumentos musicales, quipus, máscaras, figuras laberínticas, tacitas (huecos pequeños en las piedras). Es más difícil establecer la fecha de las inscripciones, se diría que casi imposible y, por supuesto, saber para qué se hacían. La respuesta debe ser simple: magia y religión y quizá, en algunos casos, indicaciones de algún tipo cuyo significado no podemos entender por falta de referencias mínimas.

En el rubro de la representación de astros y constelaciones, aunque ya muchos años más adelante, se deben destacar los geoglifos de Nasca, aquellos enormes dibujos trazados en el desierto que estudió primero Paul Kosojk y, luego con más detalle, su discípula María Reiche. Con relación a estos dibujos, apreciados a cabalidad sólo si se miran desde mucha altura, se ha especulado mucho llegándose incluso a decir que se trataría de trazos efectuados por extraterrestres quienes usaban la zona como campo de aviación o algo parecido. María Reiche hizo cálculos y los describió como enormes calendarios asociados a magia y religión. Otros estudios han concordado con esa teoría, añadiendo especulaciones sobre su utilidad, como Ramiro Matos quien escribió: 

... Estas líneas (el mono identificado con la Osa Mayor) fueron trazadas para dirigir la atención a la puesta y salida de las estrellas y seguir sus cambios ya que las constelaciones no aparecen siempre por el mismo punto todos los días, ni su movimiento es el de una constante repetición. Sus constructores posiblemente alcanzaron a comprender estos problemas de la astronomía, y trazaron los dibujos para predecir los períodos de buena o mala cosecha, las fechas de lluvia, etc., e instalaron ese complejo observatorio lineal en el suelo. Esto era mucho más importante, por cuanto el éxito de la agricultura en los valles de la costa depende de las lluvias de la sierra. 

En tal sentido por ejemplo, la constelación del mono anunciaría la estación del verano, mientras que las otras, el pájaro, delfín, araña y otros signos habrían sido anunciadores de las otras estaciones, o de sus fases y variaciones. Los encargados del manejo de estas estaciones astronómicas habrían sido personajes de alta jerarquía, de mucha experiencia y revestidos de algún carisma, con estatus de sacerdotes o sabios que servían de intermediarios entre la naturaleza y los hombres. 

Estos dibujos fueron realizados hacia el año 500 d. C., según cálculos realizados con el carbono 14, y se han conservado gracias a las condiciones favorables del clima desértico y sin lluvias de aquella parte de la costa peruana. Las pinturas rupestres son tan difíciles de estudiar como los petroglifos pues, como afirman bien Matos y Ravines, no se dispone de una orientación metodológica para su examen. 

... La actitud de grabar o pintar las rocas empieza en el período lítico y subsiste hasta la Colonia, muchas repitiendo los mismos diseños o temas, y no hay manera cómo diferenciarlos, tanto más cuanto los tintes empleados son de la misma naturaleza.

Asimismo, los mencionados autores agregan:

Se puede adelantar que los petroglifos, por ejemplo, son expresiones posteriores a las pinturas rupestres como las de Toquepala, Junín y Lauricocha.

Precisamente, en Lauricocha (Huánuco) es donde se encuentran dibujos rupestres muy sugestivos, estudiados por Augusto Cardich, que tienen dos estilos, el de representaciones seminaturalistas y el estilo de dibujos no figurativos. La mayoría de los trazos pertenecen al primer grupo, con escenas de caza, animales en grupos y hasta de danzas. Estos cazadores precerámicos también dejaron huellas artísticas en cuevas del sur, como en Sumbay, en Arequipa y Toquepala. Al respecto Pablo Macera dice al respecto:

Las pinturas rupestres de Toquepala datan de 7500 a. C. Éstas fueron hechas por cazadores arcaicos de vicuñas y guanacos. En la ocupación más antigua han sido encontradas ‘Paletas de Pintor’ consistentes en piedras donde los artistas de Toquepala preparaban sus pigmentos para colorear las paredes de la Cueva. Los temas de las pinturas están relacionadas con la vida diaria y los sistemas permanentes de producción de Toquepala. Sus pintores representan por primera vez en la historia andina la escena de un ‘Chaco’ que consiste en la acción cooperativa de un grupo de cazadores para espantar y coger sus presas. Los cazadores aparecen desnudos y con máscaras de animales, se ve animales heridos; otros corren hacia la derecha, hacia la izquierda y en distintas direcciones. Dan clara sensación de pánico.

 

Las expresiones Chavín

En el camino hacia el Callejón de Huaylas, en los Andes centrales, existe un desvío carretero que lleva al pueblo llamado Chavín de Huántar. Allí están las ruinas de un formidable asentamiento identificado como el centro de la antiquísima cultura Chavín, de enorme influencia durante muchos años. Su estilo de dibujar o grabar imágenes es inconfundible y, por tanto, fácil de reconocer ahora, tal como lo fue antes seguramente, en sus tiempos de apogeo. Las formas en que los chavinenses representaban a sus deidades fueron producto de un largo proceso de la práctica de dibujar, esculpir, llegando a presentar formas, repetimos, inconfundibles, capaces de provocar respeto y hasta pavor por su actitud amenazante y su fiereza. Su tema favorito fueron los felinos trabajados de una manera que sólo podrán encontrarse en América en las culturas del norte —mayas, aztecas— aunque éstas lo hicieron muchos años después.

La iconografía Chavín es pues una de las más representativas del Perú, de ahí la gran importancia en esta revisión de las distintas formas de expresión y comunicación de los antiguos peruanos. Se ha calculado que su historia se remonta a más de 2 mil años antes de nuestra era; además, que esta cultura fue conocida por sucesivas culturas, incluyendo a los Incas. Los primeros historiadores del Perú registraron su importancia; historiadores como Vásquez de Espinoza quien en su Compendio y descripción de las Indias Occidentales (citado por Watanabe) escribió: 

Junto a este pueblo de Chabín ay un gran edificio de piedras muy labradas de notable grandeza; era Guaca, y Santuario de los más famosos de los gentiles, como entre nosotros Roma o Jerusalén, adonde venían los indios a ofrecer, y hacer sus sacrificios, porque el demonio de este lugar les declaraba muchos oráculos, i asi acudian de todo el Reyno [...] Ay devajo de tierra grandes salas y aposentos [...] grandissima la maquina del edificio y sus ruinas y las muchas puertas que tiene.

Lamentablemente un gran huaico casi cubrió de piedra y lodo el santuario en enero de 1945 requiriéndose de un gran esfuerzo para salvarlo parcialmente. Pese a esto, los arqueólogos, con Julio C. Tello a la cabeza, establecieron su importancia como eje articulador de una gran cultura que se fue enriqueciendo con aportes de diversas culturas regionales de tal manera que puede cali-ficársele de cultura primaria o, como dice Watanabe, de “cuna de la civilización andina”.

Existen numerosos estudios sobre esta cultura y no pocas polémicas sobre su desarrollo y ubicación histórica. Incluso, se ha cuestionado el nombre de “Chavín”; pero se ha llegado ya, según parece, a un consenso para describir con este título un estilo originalísimo, dioses iguales y conceptos. Los primeros viajeros que llegaron al templo se asombraron al ver las imágenes de dioses representados por animales de la selva, jaguar, aves rapaces, caimanes, serpientes. Y por supuesto por las célebres “cabezas-clava” incrustadas en las cornisas. Las esculturas de piedra más significativas, y conocidas, son el “Lanzón” que ha quedado en una de las galerías subterráneas del templo, la “Piedra Raimondi” que representa una divinidad, y el “Obelisco Tello”, de casi tres metros de alto. Los dos últimos se encuentran en Lima. Cristóbal Campana al describir el arte Chavín dice: 

con su notable coherencia, es también un vocabulario cuyos elementos temáticos del terror, como bocas, ojos, colmillos, serpientes, y otros, aparecen constante y sistemáticamente, dando origen a una especie de sintaxis, para el uso ordenado de estos símbolos representativos, en conjunto, del felino y sus atributos ‘divinos’. Pero, su verdadero valor o sentido, como vocabulario formal, no reside en su parecido a la forma representada, sino en la cuidadosa disociación de las partes de ésta, para ordenarlas de acuerdo a un plan preconcebido; colocándolas en combinaciones lógicas por hileras, por filas, desdoblando y confrontando estas imágenes menores, simbólicas, modulares, para estructurar una idea mayor, metafórica y significante.

Esculturas, ceramios, pinturas, todas las posibilidades fueron utilizadas por los chavinenses de distintas épocas para expresar su arte que era, por encima de todo, religioso. Su influencia, repetimos, abarcó gran parte del territorio peruano según puede reconocerse en numerosas muestras del estilo llamado “chavinoide”. Incluso en Lima, en la huaca Garagay, quedan todavía pinturas de claro estilo Chavín. No se sabe quiénes eran los hombres de Chavín, qué idioma hablaban, de qué manera organizaban su vida. Los especialistas han estudiado con minuciosidad los vestigios que dejaron y han logrado proyectarnos una parte de la vida chavinense, la relacionada con la religión. Nos hablan de oráculos y sacerdotes que dominaban la zona desde los grandes templos ya sea de Chavín mismo u otros como Sechín, cerca de la costa, en Casma. También dominaban la cerámica y poseían un estilo muy diferenciado y hoy apreciado por su belleza y rareza.

Así, con enorme fuerza expresiva los hombres de Chavín pasaron a la historia gracias a su arte aun cuando no haya sido posible todavía descifrar con certeza algunos monumentos. No hay nada sin embargo que permita siquiera especular sobre la posibilidad de algún tipo de escritura no verbal tipo jeroglíficos pues aquellos formidables y fieros dibujos son figurativos y no parecen esconder más mensajes que el culto a rudos dioses andinos a los que se rogaba por buenas cosechas, éxitos en las batallas, etc.

Las maravillas Moche y Chimú

A unos 500 kilómetros al norte de Lima se encuentra el valle de Moche, donde un asombrado Max Uhle, arqueólogo y explorador alemán, comprobó en 1899 que había existido allí una formidable cultura que sería conocida como Mochica. Le pusieron este término porque es la palabra local para designar el lugar y el idioma, que traspasó edades e historia y llegó casi hasta nuestros días. Se ha estimado que el tiempo en que los mochicas señorearon en el valle estuvo entre los 200 años a. C. y los 750 d. C. en una etapa que Lumbreras llamó “Desarrollo Regional”, coincidiendo con la cultura Nasca, al sur de Lima. Los nasquenses tuvieron sin duda mayores dificultades por los problemas de la región, esto es, escasez de agua por la falta de lluvias, etc., todo lo cual hizo que sus manifestaciones artísticas se apegaran a las representaciones mágico-religiosas (como hemos visto al examinar brevemente los geoglifos).


Los mochicas, en cambio, tuvieron otras preocupaciones no basadas en las problemáticas nasquenses y más bien probablemente en su defensa territorial, expansión por medio de la guerra. Su reino abarcó desde Piura hasta el río Huarmey, es decir, una extensión de 600 kilómetros de la costa. Las expresiones máximas de esta cultura son las célebres Huaca del Sol y Huaca de la Luna, en Moche, y la ciudad de Pampa Grande, en el valle de Lambayeque. Los tres monumentos fueron el centro de grandes poblados que hoy han desaparecido quedando solamente las enormes construcciones que eran ejes de control político y religioso. La búsqueda irracional de tesoros enterrados en tumbas hizo que los españoles iniciaran la destrucción sistemática de las huacas, especialmente la del Sol donde hallaron, efectivamente, tumbas con el ambicionado oro que era inmediatamente convertido en lingotes. Igual sucedió en la Huaca de la Luna; pero a pesar de todo este saqueo que continuó por siglos (y aún hoy aunque en escala menor debido a los controles policiales). Los mochicas son ya famosos en el mundo entero, tanto por sus tesoros enterrados (es difícil que alguien no conozca al Señor de Sipán); pero, por sobre todo por su cerámica que con formas y dibujos nos dejó testimonio directo sobre quiénes eran, qué hacían, quiénes eran sus dioses, cómo vivían, sufrían y gozaban.

La cultura mochica ha sido muy estudiada y en particular por Rafael Larco Hoyle, quien logró rescatar muchas piezas de manos de saqueadores, encontró otras y creó un museo especial que hoy está en Lima. Son miles de piezas clasificadas según las etapas del desarrollo de la cultura Moche; pero que, por sobre todo, exhiben en sus bellos dibujos, repetimos, la vida que se desarrolló en la zona. Los mochicas fueron agricultores, constructores de un asombroso sistema de riego, arquitectos de grandes pirámides. Pero, probablemente debido a un grave trastorno ecológico (quizá un efecto de los cambios climatológicos inducidos por la Corriente del Niño) los pobladores iniciaron la emigración hacia lugares mejor dotados para sobrevivir; los sacerdotes y guerreros perdieron influencia y hasta la Huaca del Sol y de la Luna fueron abandonadas. Fue finalmente la religión Huari la que acabaría con Moche. Watanabe dice al respecto:

La influencia Huari ha quedado patentizada en el trazo de los diseños textiles, en el arte mural de la fase final de la Huaca de la Luna, en el valle de Moche —al igual que en los frescos murales de la Huaca Facho en Lambayeque. A la culminación del breve manejo urbano Huari, se retornó en Moche al antiquísimo sistema de agrupamientos sociales autodependientes.

La importancia y desarrollo de los mochicas ha quedado patentizada con el hallazgo del Señor de Sipán, en 1987, cuya tumba fue una de las pocas que ha podido ser abierta científicamente porque logró escapar a la voracidad de los saqueadores (“huaqueros”). Sipán es un pueblo ubicado cerca de Chiclayo y desde la famosa Huaca Rajada es posible observar una serie de grandes construcciones de adobes de barro que parecen colmenas por la cantidad de agujeros realizados por los buscadores de tesoros. Lo significativo de esta cultura es que se ha especulado sobre la posibilidad de que tuvieron una escritura. Larco es quien ha sostenido con mayor vigor esta tesis, la cual exponemos con detalle en el capítulo correspondiente a escritura. Una serie de importantes detalles hicieron que el gran estudioso se inclinara por la versión de la escritura en pallares pintados. No ha sido posible todavía establecer con certeza el significado de esos dibujos, todo lo cual queda por estudiar y comprender.

Luego de los mochicas, después de un intermedio Huari, se desarrolló el poderoso imperio Chimú, que desde la enorme ciudad de Chan Chan controló un gran territorio. Las expresiones artísticas de los chimues son célebres, en especial las de oro. La mayoría de las piezas de oro que se conservan en los museos del mundo provienen de esta cultura la cual se desarrolló por espacio de unos cinco siglos hasta el encuentro con los invasores españoles. Como puede imaginarse, se enfrentaron a los Incas y fueron derrotados. El rey Minchancaman, décimo príncipe de la dinastía Tacaynamo, fue encarcelado y desposeído de grandes riquezas por los Incas (Watanabe) y fue rebajado a categoría de príncipe vasallo. En cerámica, textilería, orfebrería, en todo destacaron los chimues; pero, por sobre todo, ya en el campo que nos interesa, desarrollaron una hermosa y significativa iconografía que colocaron en las paredes de su gran urbe norteña. Así, los habitantes de Chan Chan y los viajeros de sus tiempos de esplendor podían admirar los signos representado deidades y ritos, sucesos e historia que podían comprender.

La cultura Chimú fue finalmente ahogada por los españoles y la gran ciudad comenzó a desaparecer, ya sea tanto por la falta de mantenimiento adecuado luego de las lluvias como por la casi desaparición de los chimues por migraciones o por los tratos crueles y esclavizantes a que fueron sometidos. Hoy, sin embargo, permanecen sus ciudadelas, palacios, frisos, que ocupan un área que por muchos años fue mayor que Trujillo, la ciudad española aledaña.

Los navíos de Naylamp 

La relación con el mar y la necesidad de dominarlo para recoger sus tesoros alimenticios a la vez que utilizarlo para viajar fue desde siempre una necesidad de los peruanos. Alrededor del mar se han tejido numerosas leyendas producto de historias que, a pesar de haber sido muy distorsionadas por el tiempo, han llegado hasta nosotros. Los estudiosos escudriñan los significados, simbolismos y con frecuencia extraen verdades. Podría ser el caso del legendario Naylamp, una historia que recogió por primera vez el cronista Miguel Cabello Valboa cuando visitaba el Perú hacia 1585 buscando materiales para su libro Miscelánea Antártica. Su versión es la siguiente:

Dicen los naturales de Lambayeque (y con ellos conforman los demás pueblos a este valle comarcanos) que en tiempos muy antiguos que no saben numerarlos vino de la parte suprema de este Piru con una gran flota de balsas un padre de Compañas, hombre de mucho valor y calidad llamado Naylamp, y consigo traía muchas concubinas, mas la muger principal dicese auerse llamado Ceterni; trujo en su compañia muchas gentes que ansi como a capitan y caudillo le venian siguiendo, mas lo que entre ellos tenian mas valor eran sus Oficiales, que fueron cuarenta...

El grupo de extraños, continuaba el relato, se instaló en la zona del hoy Lambayeque; Naylamp y sus sucesores gobernaron por muchos años hasta que el rey Fempellec cometió un pecado grave (hizo el amor con el Demonio disfrazado de mujer) y el pueblo entero fue castigado por los dioses con lluvias e inundaciones. En búsqueda de aplacar su ira el rey Fempellec fue ahogado y hundido en el mar. La historia se repite todavía y varios arqueólogos han buscado las huellas de Naylamp creyendo encontrarlas, como Cristopher Donnan, quien afirma que las antiguas ruinas de Chotuna podrían corresponder al palacio de Naylamp. Y que las aguas que acabaron con su dinastía fueron provocadas por el fenómeno climatológico conocido como El Niño. ¿Fueron buenos navegantes los antiguos peruanos? Una multitud de testimonios afirma que la cercanía al mar hizo que se desarrollara una verdadera cultura marinera dentro de las diferentes culturas que se desarrollaron en otras tantas épocas de la historia del territorio que hoy es el Perú. Están por supuesto, en primer lugar, como testimonios los ceramios hallados en tumbas de importantes civilizaciones así como también redes modestas tejidas por pescadores de poblados de caletas remotas. Una serie de hallazgos, en fin, que prueban que los antiguos peruanos convivían con el mar para aprovechar sus frutos, es decir, la pesca abundante que caracteriza nuestro litoral.

La siguiente pregunta es, ¿viajaban por el mar dichos peruanos? Porque esto supone la construcción de algún tipo de embarcación que vaya más allá de la utilidad inmediata de recoger peces para el sustento. Varios cronistas se han referido a un legendario viaje de Túpac Yupanqui “a las islas del Poniente”. Por ejemplo, Pedro Sarmiento de Gamboa en su Historia de los Incas recogió la versión de los indios del gran viaje. Los historiadores Cecilia Bákula y José Antonio Del Busto han trabajado el tema, calculándose que dicha expedición se realizó hacia 1485, tomando como base los textos de cronistas como Miguel Cabello de Valboa y Fray Martín de Murúa. Cabello fue quien, al contar la historia de Túpac Yupanqui, escribió:

Determinó Topa Inga y sus consultores de explorar y descubrir las provincias interpuestas de Quito hasta la Mar, creyendo fueran de tanta sustancia como las ya vistas y conquistas y con tal presupuesto entró por las provincias de los Chimbos [...] allando y sugetando aquellas no domadas naciones, pudo llegar al valle de Xipixapa y de allí a Apélope, y tuvo noticias el Topa Inga como muy cerca de allí abía buen puerto para poder sulcar y ver si en la mar auía empresa en que poder ganar con el Mundo nombre y reputación.

Túpac Yupanqui partió hacia el Poniente con numerosas balsas y hasta veinte mil soldados, según Sarmiento, y retornó con un enorme botín. Llegó, según se decía, hasta las islas Galápagos y quizá hasta la misma Polinesia:

... Volvió de allá; de donde trajo gente negra y mucho oro, una silla de latón y un pellejo y quijadas de caballos; los cuales trofeos se guardan en la fortaleza del Cuzco [...] se guardaron hasta los tiempos de los españoles.

Sería precisamente esta versión muy difundida del viaje del Inca a la Polinesia lo que impulsaría muchos años después, en 1947, al explorador Thor Heyerdhal a planificar y realizar un viaje en balsa tratando de probar que la travesía era factible en un navío del tipo que probablemente usó el antiguo Inca Túpac Yupanqui. Es probable que una de las islas citadas por los cronistas como “Ninachumbi” haya sido la hoy Isla de Pascua; y la otra, la “Avachumbi”, el islote Kavea del grupo Gambier de Mangareva. El historiador polinesio Peter Buck ha citado un antiguo manuscrito en el que se afirma que un visitante procedente de Mangareva “llamado Tupa navegó hacia la isla a través de un pasaje denominado posteriormente Te-Ava-nui-o-Tupa” (gran canal de Tupa).

La existencia de este buen conocimiento del mar, de vientos y corrientes que permitían viajes largos y de la posibilidad de construir navíos, se pondría más tarde en evidencia tal como nos cuenta la historia. Fueron indios de Panamá quienes dieron a los españoles las primeras noticias del imperio Incaico; pero, sobre todo de sus enormes barcos que llegaban hasta al norte portando mercaderías para canjear. Lo escribió Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias y afirmando que el hijo de un jefe decía que los españoles todavía no habían visto (hacia 1512, la época en que el famoso clérigo llegó a América) que:

... navegaban otras gentes con navíos o barcos poco menos que los nuestros con velas y remos... [y dio] mucha noticia de las gentes y riqueza del Perú, y de las balsas que navegaban con remos y con velas.

Años después el piloto de Pizarro, Bartolomé Ruiz de Estrada, encontró una de aquellas balsas. El cronista Samano escribió:

... tomaron un navío en que venían asta veynte hombres en que se hecharo al agua los onze dellos y tomados los otros dexo ensy el piloto tres dellos y los otros hécholos asy mismo en tierra para que se fuesen y estos tres se quedaron para lenguas hízoles muy buen tratamiento y trúxolos consigo/este navío que digo que tomo tenya parecer de cavida de asta treynta toneles hera hecho por el plan e quilla de unas cañas tan gruesas como postes ligadas con sogas de uno que dizen henequen que es como cañamo y los altos de otras cañas mas delgadas ligadas con las dichas sogas a do venían sus personas y la mercaduría en henxuto porque lo baxo se bagnaba traye sus maesteles y antenas de muy fina madera y velas de algodon del mismo talle de manera que los nuestros navios y muy buena xarcia del digo henequen que digo que es como cáñamo e unas potalas por anclas a manera de muela de barvero.

Luego de este primer testimonio sobre los navegantes peruanos han quedado registrados muchos más de otros cronistas, primero, historiadores después, todos los cuales concluyen que los antiguos peruanos viajaban regularmente por la costa básicamente para comerciar. El famoso historiador Prescott imaginó así aquel célebre encuentro:

El antiguo marinero se confundía al contemplar semejante fenómeno, porque estaba seguro de que ninguna nave europea podía haber llegado antes que él a estas latitudes, y ninguna nación india de las hasta entonces descubiertas, ni aún la civilizada nación mejicana, conocía la aplicación de las velas a la navegación. Al acercarse, descubrió que era una embarcación grande, o por lo menos decir una balsa, que consistía en un gran número de vigas con un ligero suelo de cañas por encima a modo de cubierta. Dos mástiles o palos gruesos colocados en el centro del buque sostenían una gran vela cuadrada de algodón, mientras un grosero timón y una especie de quilla hecha con una tabla encajada entre los maderos, facilitaban al marino el que diera dirección a esta clase de buques, que seguía su curso sin ayuda de remos.

También navegaban en los ríos y en balsas construidas del famoso “palo de balsa”, como ha descrito Garcilaso:

Hacían de ella balsas grandes y chicas, de cinco o de siete palos largos, atados unos con otros; el de en medio era más largo que todos los otros, los primeros colaterales eran menos largos, luego los segundos eran más cortos y los terceros más cortos, porque así cortasen mejor el agua no que la enfrente toda pareja, y la misma forma tenían a la popa que a la proa. Atábanle dos cordeles, y por ellos tiraban para pasarla de una parte a otra. Muchas veces a falta de los balseros, los mismos pasajeros tiraban de la soga para pasar de un cabo al otro. Acuérdome haber pasado en algunas balsas que eran del tiempo de los Incas, y los indios las tenían en veneración.

Y sobre los llamados “caballitos de totora” el cronista dijo:

Sin las balsas hacían otros barquillos más manuales; son de un haz rollizo de enea, del grueso de un buey; átanlo fuertemente, y del medio adelante lo ahusan y levantan hacia arriba como proa de barco, para que rompa y corte el agua; de los dos tercios atrás los van ensanchando; lo alto del haz es llano, donde echan la carga que han de pasar.

Los españoles recogieron también leyendas, como la que contó el cronista Pedro López, realmente un escritor de impresiones de viaje, como lo llama Carrillo. López estuvo 30 años en el Perú viajando y combatiendo desde 1540, año en que salió de España para venir a América. López contó lo siguiente en su Relación, que vale la pena recoger para nuestro propósito:

El principal camino para el Perú es la navegación a Paita, puerto de mar. Antes de éste hay otros en los que muchas veces quieren los maestros de las naves recogerse por tormenta o necesidad, entre ellos hay uno que se llama Santa Elena. Aquí se saca brea y se proveen muchas naves para aderezarse. Cierto, es cosa de mucho ver que en cualquiera parte, cavando, hacen un pozo de 3 o más estados y con cierto artificio que los indios tienen, hacen esta brea con mucha facilidad. En esta isla hubo gigantes y se ven casas grandes y edificios que hicieron [...] Dicen los antiguos que llegaron allí por su cuenta hará unos 100 años en juncos como galeras, aunque no de la misma hechura. Hoy día hay maderos de estos juntos en la isla y otras muchas antiguallas y cosas de sus manos hechas. Don Antonio de Mendoza fue Visorrey del Perú en el año 51 y puso gran diligencia en saber de dónde habían venido los dichos gigantes; lo que más pudo averiguar fue que vinieron en esos juncos con los que no se puede pasar un golfo. Sospéchase que están en alguna isla cercana de allí. Hoy procuran los gobernadores descubrirlos y hasta agora no han acertado.

Caminos y puentes

Un factor importante para la relativamente rápida invasión y conquista de los territorios incaicos por los españoles fue la existencia de un extensa y bien cuidada red de caminos que los recorrían de un extremo a otro. Los mapas modernos nos muestran que era posible caminar por lo menos desde la localidad de Guaca, en el actual Ecuador, hasta Santiago de Chile y Mendoza, en Argentina. Miles de kilómetros de vías de diferentes usos, maneras de construirlas, cruzando desiertos y alturas andinas casi inimaginables constituyen en conjunto, se afirma, el más formidable monumento histórico del antiguo Perú, mucho más que algunas construcciones o lugares que han alcanzado fama. El cronista Pedro Gutiérrez de Santa Clara, quien probablemente estuvo en el Perú entre los años 1544 a 1550, citado por Valcárcel, escribió:

estos dos caminos los troncales iban tan derechos que era cosa maravillosa verlos en aquel tiempo de la felicidad y prosperidad, como muchos de los primeros conquistadores los vieron, que más parecían salas muy limpias y barridas que caminos reales, que cierto fué esta una obra la mayor que se ha visto jamás en el mundo, porque sin duda ninguna excedió a todas las obras romanas. Y porque nadie no piense que hablamos de gracia y que todo esto que decimos es hablalla o devaneo, diremos que lo que contenía cada pueblo y lo que hacían los ingas en ello. Cuanto a lo primero haremos mención del camino real de los llanos, que es en la costa del mar, el cual, comenzando desde la provincia de Popayan, yendo hacia la gobernación de Chile, iba por entrambos lados todo tapiado con una muy ancha y gruesa pared de tapias de dos estados y medio de alto, y tenía el camino de ancho 45 pies poco más o menos.

Con admiración el cronista hará una minuciosa descripción de las vías en su texto sobre las guerras civiles de la primera etapa de la Colonia, cuando pizarristas y almagristas se disputaban el poder incluso desafiando a la Corona.

El camino a la serranía “dirá más adelante” era tan ancho, espacioso y largo como el anterior, excepto que no tiene tapias y baluartes y sí algunas cercas relativamente pocas; pero en cambio las dificultades naturales que tuvieron que vencer eran mucho mayores, pues debían cortar vivas y recias peñas y en otros sitios construir fuertes muros a manera del mampostería del camino. Abajaban y allanaban los cerros o los partían por medio, alzaban los valles hondos y las quebradas en donde era menester, porque todo el camino fuese derecho y no tortuoso, igual y llano.

El norteamericano John Hyslop, en el que probablemente sea el estudio más completo realizado hasta ahora sobre el tema, dice que no sería sorprendente si futuros reconocimientos históricos y arqueológicos pudieran llegar a documentar una red de aproximadamente 40 000 kilómetros, es decir, mucho más de los 5 ó 56 mil que se acepta por lo general. Este sistema de enlace de los peruanos nos debe interesar al encarar la problemática de la transmisión de información pues sin los caminos no hubiera sido posible la existencia de los chasquis, los portadores de mensajes.

Hyslop publicó su Sistema vial Incaico luego de investigaciones de campo, visitando y recorriendo los viejos caminos; pero, reconociendo la imposibilidad de efectuar un levantamiento completo en poco tiempo. Pudo, sin embargo, identificar tipos de caminos, técnicas de construcción, etc., y nos brindó, además, una excelente revisión bibliográfica del tema. Los caminos habían sido ya mencionados muchas veces por los cronistas españoles y luego, ya en la República por los viajeros extranjeros que recorrieron el territorio, como Squier, Wiener, Raimondi, Markham, y otros muy conocidos que dejaron textos sobre aquellas vías.
Antonio Raimondi, por ejemplo en 1875, hizo un mapa basándose en sus viajes y en las crónicas de Garcilaso y Cieza de León, entre otros. Otros intentos de ilustrar la grandiosa red vial son menos significativos, pero ya en este siglo Horacio H. Urteaga publicó, en 1926, un Mapa del Tahuantinsuyu que mostraba los caminos. En 1936 apareció por fin el primer estudio serio, Los caminos del Inca de Alberto Regal, sustentado en fuentes históricas y que sobre todo indica la ubicación de los tambos, o “tampus” que servían de lugares de descanso o encuentro de marcación de límites. Más tarde, en 1942 el francés Robert Levillier en su obra sobre Francisco de Toledo.

Se coincide en algunas generalidades, como por ejemplo que el camino principal era el de “Chinchaysuyo”, que pasaba por Limatambo, Andahuaylas, Vilcashuamán, Jauja, Tarma, Huánuco el Viejo, Taparaco, Pincos, Andamarca, Huamachuco, Cajatambo, Cajamarca, Bagua (y de ahí partía un desvío hacia Moyobamba), Huancabamba, Ayabaca, Loja, Riobamba, Ambato, Quito, Caranqui, Tulcán y Pasto, donde según Del Busto culminaba la red vial. Le seguía en importancia el llamado “Collasuyo” que también partía del Cusco y pasando por Tinta, Sicuani y Ayaviri tenía ramales que rodeaban el lago Titicaca. Uno de éstos unía Pucará, Juliaca, Chucuito, Puno, Pomata, Zepita, el Tiahuanaco. Transitaba por numerosos poblados avanzando hasta La Quiaca, las comarcas de Jujuy y Salta, parte de Tucumán, se desviaba hacia la costa chilena y pasaba cerca de Santiago. El camino del “Antisuyo” unía al Cusco con Chincha a través de Limatambo y Huaytará. Otro camino importante fue el llamado “de los llanos” que corría por la costa comenzando en Tumbes y llegar hasta Chile, atravesando el terrible desierto de Atacama. Tenía numerosos ramales que conectaban los valles principales con localidades de importancia en los Andes. Del Busto agrega que:

Todos los caminos estaban cuidados por los ayllus por donde pasaban, siendo los directos responsables de su buen estado y conservación los curacas de los mismos. Los Incas, para vigilar a estos curacas y perseguir a los salteadores, crearon los cargos de ‘gobernador de los caminos reales’ y ‘veedor de puentes’, funcionarios que dibuja Huamán Poma, denominando al primero ‘Hatun Ñan Camayoc’ y al segundo ‘Chaca Camayoc’ [...] Los caminos de la sierra se nombraron ‘Jahua Ñan’ y los de la costa ‘Ura Ñan’.

La palabra visible

La escritura, dicen los expertos, no es otra cosa que la palabra puesta en forma visible de tal manera que un lector instruido en sus convenciones pueda reconstruir el mensaje oral. Nos han enseñado también que existen tres grandes sistemas de escritura, siendo el primero el Logográfico (sumero, chino, egipcio) y que quiere decir que su elemento semántico se expresa en “logogramas”. Así, un logograma es un signo escrito que representa un solo morfema o una palabra completa. Coe describe la escritura sumeria como: “una compleja mezcla de logogramas y signos fonéticos”. Y añade que los escribas descubrieron el principio del “rebus”. Un rebus es un jeroglífico, un acertijo de aquellos que suelen aparecer todavía en las secciones de entretenimiento de los periódicos y que sirve para expresar descripciones con imágenes. “Yo vi una hormiga” podría ser representada por un retrato personal y luego por los dibujos de una ojo y una hormiga. A esto se añadieron signos de naturaleza puramente fonética para mejorar la comprensión y suprimir la ambigüedad.

El otro tipo importante de escritura es el Silábica, por lo general combinaciones de consonantes seguidas de vocales. El tercero es el Alfabético, con expresiones que se descomponen en fonemas, las consonantes y vocales individuales que constituyen sus sonidos. Este sistema fue inventado por los griegos basado en un sistema fenicio que, sin embargo, carecía de vocales pues provenía de las lenguas semíticas. La escritura de los egipcios pertenece entonces al grupo logográfico y fue descifrada por el francés Jean Francois Champollion (1790-1932) luego de permanecer en el secreto por siglos habiendo fracasado muchos intentos por entenderla.

Champollion se hizo desde muy joven un experto en el idioma copto y en lenguas orientales y se aplicó al estudio de la Piedra Roseta grabada en griego, demótico y en jeroglíficos, anunciando finalmente que había descifrado la escritura egipcia en el libro Sumario del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios que se publicó en 1824. Champollion, dice Coe, abrió la posibilidad del desciframiento del mundo de los sistemas de escritura logográfica antigua. Y gusta de citar la frase de John Lloyd Stephens, descubridor de los mayas a principios de siglo, al ver los misteriosos signos en las paredes de templos y palacios: 

Ningún Champollion les ha dedicado todavía las energías de su espíritu estudioso. ¿Quién podrá leerlos?
A sus descubrimientos les siguieron el desciframiento de la escritura cuneiforme, luego la llamada jeroglífica hitita y otras más. El más sensacional fue el de la escritura conocida como “Lineal B” de la Edad de Bronce de Grecia y de Creta. Presentamos a continuación un cuadro de Sistemas de Escritura:

LOGOGRÁFICO NUMERO DE SIGNOS
Sumerio
Egipcio
Jeroglífico Hitita
Chino

SILÁBICO PURO

Persa
Lineal B
Chipriota
Cherokee

ALFABÉTICO O CONSONANTICO

Inglés
Anglosasjón
Sánscrito
Etrusco
Ruso
Hebreo
Arabe

600
2500
497
5000



40
87
56
85



26
31
35
20
36
22
28

 

Tomando como referencia siempre a Coe, los pilares claves de los desciframientos son cinco:

  • La base de datos debe ser grande.

  • La lengua debe ser conocida o por lo menos ser una versión ancestral reconstruida, en vocabulario, gramática y sintaxis.

  • Debe haber una inscripción “bilingüe” de algún tipo, uno de cuyos miembros esté en algún sistema de escritura conocido.

  • Debe conocerse el contexto cultural de la escritura, sobre todo de las tradiciones y las historias que dan nombres de lugar, nombres y títulos reales, etcétera.

  • En cuanto a las escrituras logográficas debe haber referencias pictográficas, sean imágenes que acompañen al texto, sean signos logográficos derivados pictográficamente.

Pese a todos los adelantos quedan todavía varias escrituras sin descifrar, entre las que están los sellos “harapana” de la India de la Edad de Bronce, las tabletas de la Isla de Pascua y otras.

Escribir sin palabras

En un famoso coloquio realizado en 1991 en Dumbarton Oaks, Estados Unidos, se puso en discusión el tema “Arte y escritura: el registro gnoseológico en la América precolombina”. En muchas de las ponencias que se presentaron se destacó la necesidad de avanzar hacia el estudio de formas de escritura más allá de los métodos convencionales. Se interrogaron allí sobre el tipo de información que se proveía, a quiénes estaba dirigida, etc. Hampe Martínez destacó entre los trabajos los de Boone, quien proponía adoptar una visión epistemológica más amplia que permitiera incorporar a todos los sistemas de comunicación gráfica, de base tanto verbal como no verbal. Según Hampe:

En el caso de las civilizaciones amerindias este replanteo daría justa cabida a las técnicas registrales de los aztecas y mixtecas —definidos habitualmente como pueblos ‘sin escritura’— cuya utilización de soportes pictográficos sería reconocida como un medio perfectamente válido para almacenar y transmitir información.

Algo similar planteó más adelante la norteamericana Gail Silverman, estas propuestas serán examinadas más adelante con algún detalle: 

Los antiguos peruanos sí tuvieron escritura y ésta estuvo plasmada en sus telares, que no sólo servían para el vestido, sino fueron —y lo continúan siendo en algunas comunidades campesinas— un libro de sabiduría. 

Los mayas y los aztecas

La cultura maya floreció en lo que es el sur de Méjico y Guatemala, particularmente en la península de Yucatán. En toda esa zona existían grandes ciudades con bellos templos en forma de pirámides, avenidas, campos de juego y, por supuesto, una población de proporciones. Los arqueólogos nos relatan que era una civilización muy avanzada con artistas, científicos que conocían las matemáticas; pero, sobre todo, con amanuenses reales quienes se encargaban de redactar la memoria del reino en libros de corteza y diseñando signos para ser esculpidos en las piedras de los palacios y templos. Allí se cantaban hazañas, se rogaba y cantaba a los dioses.

La cultura maya comenzó a desvanecerse hacia el año 800 de nuestra era por razones históricas complejas; así, la selva comenzó su implacable proceso de engullir las ciudades. Cientos de años después los arqueólogos debieron librar una dura batalla contra la maleza para que las enormes pirámides volvieran a dominar el entorno. Los españoles que invadieron Méjico a principios del siglo xvi no encontraron ya sino vestigios de los mayas, centrando su lucha en los aztecas. Entre los objetos preciosos que reunieron n el primer botín en Veracruz, en 1519, había una especie de libros que el secretario privado de Hernán Cortés, López de Gómara, describió como que contenían “figuras, que los mexicanos usan como letras”. Se sabe ya con certeza que los únicos que podrían haber confeccionado aquellos libros no eran otros que los mayas. Desde prácticamente el momento en que esos preciosos testimonios fueron conocidos se iniciaron las especulaciones y la historia del desciframiento de aquellos signos que resultaron ser una escritura, mezcla de logogramas y de signos silábicos.

Lo poco que ha llegado a la actualidad y que ha podido ser descifrado nos habla, desde las inscripciones monumentales, de hazañas, de guerras, de las familias reales. Y los viejos libros, los llamados Códices no son otra cosa que textos religioso-astronómicos. Los aztecas, y los pueblos que hallaron los españoles más al norte, concedían mayor valor a la elocuencia, a la palabra, promoviendo la transmisión oral. Se expresaban sin embargo de formas que aún hoy se conocen como dibujos en corteza de árboles (“amates”) y en pieles de venado (“agave”). Gruzinski nos hace una descripción de estas expresiones insistiendo en su complejidad y en lo difícil que resulta para un “occidental”:

... Sean cuales fueren sus gravedades aparentes, el campo de la expresión pictográfica es asombrosamente vasto. Incluye terrenos tan variados como la crónica de las guerras, el repertorio de los prodigios y de los accidentes climáticos, los dioses, la cartografía, el comercio, la hacienda pública, el traslado de dominio. Sin embargo, las obras adivinatorias fueron, al parecer, las más numerosas, ‘libros de años y tiempos’, ‘de los días y fiestas’, ‘de los sueños y de los agüeros’ [...] listas de señoríos conquistados, listas de límites, de mercancías entregadas como tributo, listas de años o de soberanos...

Aquellos signos eran “leídos” por expertos, una minoría. Pero, además agrega este autor:


si bien es cierto que, como lo afirmaba la tradición, ‘los que tienen en su poder la tinta negra y roja y lo pintado, ellos nos llevan, nos guían, nos dicen el camino’, la pictografía y el discurso eran mucho más que la expresión de una clase o el instrumento de un poder. Como las leyes del discurso y del canto, los cánones de la pintura eran sólo el reflejo de un mundo superior y de un orden invisible. Por encima del contenido de las enseñanzas. Esos cánones participaban de manera sistemática en el ordenamiento de una realidad que vinculaba íntimamente la experiencia humana y el mundo de los dioses. De estos tomaban los rasgos más sobresalientes, y señalaban los elementos más significativos, a expensas de lo accidental, lo arbitrario y lo individual. En ese sentido favorecían la representación, la manifestación antes que la comunicación.

La invasión española y su secuela, la persecución religiosa, muchas veces fue cruel e irracional en la búsqueda del asentamiento definitivo de los evangelizadores, especialmente entre los años 1525 y 1540. Pero, a diferencia de lo sucedido con los mayas, en Méjico muchos rasgos culturales antiguos pasaron a formar parte, o mejor, a integrarse en la nueva cultura dominante. Los amanuenses o dibujantes de la cultura original aprendieron sin problemas la nueva grafía, los signos alfabéticos. Según Gruzinski:

Con toda seguridad sería falso imaginar que la escritura latina suplantó de inmediato la expresión pictográfica. Los ‘tlacuilo’ (pintores) pintaron glifos durante los tres siglos de la dominación colonial y l

a expresión pictográfica todavía se hallaba casi indemne de toda influencia cuando ya en las décadas de 1530 y 1540 algunos nobles dominaban la lectura y la escritura. Ni inmediato ni ineluctable, el paso del glifo a la escritura tampoco adoptó la forma de una substitución sino más bien la de un encuentro en el espacio indígena de la ‘pintura’.

Todo esto formó parte del cuadro de resistencia cultural que los mejicanos (y englobamos aquí a varias culturas) opusieron a la invasión española. Nuevos libros fueron pintados a escondidas; asimismo también los sacerdotes se ocultaban para practicar los ritos ancestrales. Y en cuanto a la información propiamente dicha, a las noticias, Gruzinski relata que: que, en un principio, se consideró dioses. Por ese medio supo Motecuhzoma, mucho antes de Cortés, de la llegada de la flota de Narváez, y por él transmitieron los indios de Chalco y de Tlalmanalco informaciones estratégicas a Cortés, representando en telas de henequén a las tropas mexicanas que lo amenazaban.

Bernal Díaz del Castillo en su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España dejó registradas las formas de comunicación de los aztecas en varios de sus relatos. En los tramos finales de su gigantesca crónica cuenta algo de la vida cotidiana de los mejicanos:

(tenían) librillos de un papel de cortezas de árbol que llaman amate...

La persecución religiosa, como se dijo antes, fue en gran parte responsable de la desaparición de lo que podríamos llamar “lectores” o expertos en el reconocimiento de aquellos dibujos que hablaban. Muchos años más tarde los librillos de que hablaba el cronista conquistador han sido descifrados. La tradición de representar la vida cotidiana, la cultura en un sentido amplio, persiste en Méjico, Guatemala, Honduras. Las cortezas de árbol pintadas, los amates, están al alcance de los turistas que podrían todavía reconocer algunos rasgos de los antiguos mejicanos.



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