INTRODUCCIÓN
¿Tuvieron escritura los antiguos peruanos? ¿Quiénes
habitaban lo que hoy es nuestro territorio antes de la llegada de los conquistadores
españoles? ¿Podían comunicarse por lo que reconocemos como escritura? La
cuestión planteada así ha provocado una respuesta que no admite matices. Sin embargo, si
aceptamos otros criterios más amplios, la respuesta podría ser afirmativa. Las preguntas
debían ser entonces, aparte del lenguaje oral, ¿cómo se comunicaban los antiguos
peruanos? ¿Cómo guardaban información? ¿Cómo se comunicaron con los extraños
huiracochas que llegaron hasta el Inca Atahualpa? Gail Silvermann escribió al
estudiar el significado de los dibujos de las telas de una lejana comunidad cusqueña:
Desde una perspectiva lingüística,
si el signo no contiene los sonidos del lenguaje no es escritura sino escritura
prealfabética, como el cuneiforme sumerio o los jeroglifos mayas... en cambio, desde una
perspectiva semiótica, viene a ser un texto todo aquello que utilice un símbolo para
transmitir un mensaje comprensible para el receptor.
Efectivamente, numerosos estudios y
hallazgos arqueológicos, antropólogos y lingüísticos confirman que los antiguos
peruanos tuvieron sistemas de comunicación, de transmisión de mensajes e información.
En otras áreas de estudios como la semiótica, la cual se ocupa del significado de los
signos, no se tiene duda sobre los antiguos sistemas de comunicación. Su objetivo, como
se sabe, es el estudio de todos los sistemas de signos que en forma espontánea o
intencional nos envían mensajes visuales, entendiéndose que todo signo de cualquier
forma es portador de información.
Desde este punto de vista se considera que las famosas pinturas rupestres, que fueron
apreciadas sólo como obras de arte, tienen en realidad mucho más relación con un
sistema ideográfico de comunicación visual que con la estética. Conforman el comienzo,
la base de una larga y trabajosa evolución que culminó miles de años después con la
escritura que hoy conocemos. Fue necesario, sin embargo, el desarrollo de las escrituras
cuneiformes (a partir de los pictogramas sumerios), egipcia (los jeroglíficos), etc. En
América las culturas más desarrolladas fueron la Azteca, la Maya y la Inca; pero las dos
primeras están consideradas en un estado de desarrollo más avanzado. Ambas han sido
leídas por los estudiosos modernos luego de años de estudio y de una
verdadera carrera académica por su comprensión. Esta justa científica no se ha dado en
el caso peruano debido, probablemente, a que las teorías iniciales sobre sistemas de
escritura (Larco y los pallares mochicas, Radicati y los quipus Incas, De la Jara y los
textiles, etc.) fueron descartadas tempranamente y algunas veces con ironías sobre
fantasías de vocación indigenista.
Cuando se planteó la necesidad de realizar este ensayo se dijo, como argumento de
justificación, que cuando los españoles llegaron al Perú del siglo XVI lo encontraron
habitado por culturas organizadas, aunque de manera comparativamente primitiva, las cuales
habían desarrollado sistemas de comunicación, recolección y transmisión de
información. Prácticamente todos los cronistas citan los hermosos y extendidos caminos,
cuentan historias de chasquis que llevaban pescado fresco del mar al Inca en el Cusco;
además, agregan que los Incas guardaban información en quipus, dibujos, palos pintados,
etc. Los cronistas apelaron a la memoria de informantes para reconstruir cómo fueron los
reinos anteriores; pero, no tuvieron acceso a información que los arqueólogos
descubrieron siglos después. Aquellos cronistas no supieron, por ejemplo, que existieron
los hombres de Chavín, Moche, Tiahuanaco, etc., con verdaderas culturas que debieron
necesariamente de influir en las que llegaron después.
Esas viejas culturas tenían sistemas de comunicación. No se sabe cuál de ellas
construyó los primeros caminos, los puentes, cuál utilizó de manera sistemática los
mensajeros. Pero, sobre todo, no puede establecerse todavía a ciencia cierta detalles
sobre sus sistemas de transmisión de información tanto de orden cultural como de
emergencia, es decir, enemigos, catástrofes, etc. Los Incas recogieron toda esa
sabiduría y los cronistas y descriptores de su cultura se la adjudicaron sin mayor
discusión obviando el proceso que debió necesariamente precederla. Las feroces caras de
los dioses de Chavín, los maravillosos dibujos y los pallares pintados de los mochicas,
los frisos de los chimúes, así como los geoglifos gigantes y los ceramios de Nasca, los
dibujos de las telas de Paracas y tantas otras muestras de expresión, ¿fueron realizados
sólo con intenciones estéticas sin más finalidad que agradar a la vista o satisfacer a
los dioses? Parece imposible que éstas fueran las únicas intenciones.
Una de las consecuencias de esta visión incaica fue adjudicar crédito absoluto a las
afirmaciones de cronistas de gran reputación, como Garcilaso de la Vega. En sus célebres
Comentarios reales el gran mestizo sentenció: el nudo dice el número mas no la
palabra, negando así la misión del quipu como portador de ideas y desterrándolo a
método de ayuda-memoria, obviando que aun con números los quipus tenían historias para
relatar y que los había de varios tipos, como lo comprobaron Porras Barrenechea, Radicati
y muchos otros. Estos conceptos han sido revisados y se concede ya mayor atención a la
lectura del quipu incaico como método de guardar información y eventualmente
recuperarla.
En los últimos años se ha venido acumulando información sobre los sistemas de
comunicación de las diversas culturas peruanas. Son principalmente trabajos aislados que
conforman un corpus científico que desmiente la ausencia de una manera de comunicarse que
no fuera la oral. En esta inteligencia un grupo de estudiosos se reunió en 1991 en un
coloquio en los Estados Unidos para estudiar los sistemas de comunicación de la América
precolombina. Posteriormente se publicó un libro con el sugestivo título Escribiendo sin
palabras (Writing without words; alternative literacies in Mesoamerica and the Andes).
Aquellos científicos no dieron todas las respuestas; pero la cita constituyó un hito
histórico ya que abrió nuevas puertas de comprensión y búsqueda que habían sido
arbitrariamente cerradas.
Bastaría con citar lo que planteó Walter D. Mignolo: que mientras para los europeos leer
significaba descifrar las letras, para los aztecas leer implicaba una observación del
cosmos. En esta línea hay sin duda mucho por leer en los legados culturales de los
antiguos peruanos. Carmen Arellano, en ilustrado trabajo sobre quipus y tocapus, se
pregunta:
¿Cómo explicar el desarrollo,
expansión militar y administración política de un Estado, como el Inca, de más de 2
000 000 km, y poblado por aproximadamente 8 000 000 de habitantes, sin la existencia de un
sistema de notación o fijación de información?
Y agregará más adelante que:
... mientras en Europa la
información se plasmaba a través de la escritura alfabética sobre el papel, los Incas
fijaban la información preferentemente con nudos (quipus) y en forma de cuadrados con
figuras geométricas y/o figuras estilizadas (tocapu) en textiles.
En general, se han alzado voces de
admiración por la capacidad de los antiguos de representar ideas, ritos, costumbres. En
fin, todo aquello que los españoles encontraron, con no poco asombro, cuando llegaron a
estas tierras americanas sin más afán que la búsqueda del oro que requerían su
ambición y el naciente Imperio de Carlos V. El encuentro en el Perú fue desastroso y
dramático, como igualmente sabemos. Queda en todos nosotros la imagen, ahora colegial,
del padre Valverde intimando al Inca a respetar la Biblia. Atahualpa, dicen las historias,
la llevó al oído, escuchó y al no sentir ningún ruido la arrojó al suelo provocando
la ira española y la consiguiente venganza. Es verdad, sin embargo, que la comunicación
entre ambos bandos era poco menos que imposible, pues el famoso Felipillo no conocía bien
ambos idiomas y la traducción era insuficiente y torpe. Así fue como empezó en verdad
el desencuentro.
Pero, ¿tenían realmente interés los invasores en la comunicación con el reino que
abatían a sangre y fuego? Sólo la Iglesia en su afán evangelizador hizo un esfuerzo
posterior de comprensión e incluso de confección de libros de oraciones en quechua,
aimara
sin advertir la incapacidad de lectura de sus recién bautizados. Francisco
Pizarro era un rudo conquistador, al igual que sus compañeros, y su misión era asegurar
el trasiego del oro hacia Europa. Serían los siguientes hispanos los que aseguraron la
ciudad, la vida cotidiana a la manera española importando arquitectura, burocracia,
organización militar, etc., prescindiendo de las instituciones indígenas que habían
encontrado. Los chasquis perdurarían un poco más, pues sólo ellos podían afrontar los
caminos construidos en las crestas de las montañas andinas.
Poco tiempo después de ser abatida la resistencia incaica ya los españoles imitaban la
Corte europea; gritaban los pregoneros, anunciaban las campanas, aparecían las Relaciones
impresas en la luminosa Sevilla y reimpresas en Lima en la imprenta del italiano Riccardo.
Los sistemas de información y comunicación de los antiguos peruanos fueron entonces
olvidados. La Inquisición hizo su parte al ordenar quemar las verdaderas montañas de
quipus que guardaban la memoria de la vida económica de los andinos; y los célebres
Quipucamayocs, los lectores e intérpretes de los nudos, desaparecieron para siempre. La
mitad del siglo xvi fue el periodo de este dramático proceso: primero el auge cusqueño y
la guerra fratricida por el poder; luego, el encuentro con los guerreros españoles y,
finalmente, la entronización de una cultura de la comunicación y la información en lo
absoluto extraña al mundo andino. Es una apasionante historia que debe ser contada. Este
libro intenta hacer que los estudiantes de comunicación se interesen en el tema.
Lima, setiembre de 2002
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