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Ficha del Libro  

LA CIUDAD SAGRADA DE CARAL-SUPE EN LOS ALBORES DE LA CIVILIZACIÓN EN EL PERÚ

Shady Solís, Ruth Martha



CAPÍTULO III

LA SOCIEDAD DE CARAL - SUPE: INFERENCIAS PRELIMINARES SOBRE LA ANTIGÜEDAD:

En base a la información recuperada, se puede asignar la ciudad sagrada de Caral al período Arcaico Tardío (3000-1500 años a.C.).

La ocupación de Caral habría empezado hacia el tercer milenio antes de Cristo (unos cinco mil años al presente) y continuó durante varios siglos, como puede inferirse de la estratigrafía y de las construcciones superpuestas. Se ha observado cambios a través del tiempo en el diseño y concepción de la ciudad, asimismo en la tecnología constructiva y en el volumen de mano de obra invertida.

Al parecer, en esa época, la población que habitaba Supe estaba distribuida en la zona del litoral y en el valle bajo y medio, conformando comunidades sedentarías, autosuficientes y concierta autonomía en su organización, pero participaba de una entidad mayor, como se infiere de los numerosos rasgos culturales compartidos y de las dimensiones monumentales de algunos sitios, que implican una inversión de mano de obra mayor que la proveniente de su ámbito directo, con la correspondiente organización, supracomunitaria.

Si bien en el litoral se edificó un sitio monumental, como Aspero, y en el valle bajo destacó el complejo de Piedra Parada, el sector medio del valle tuvo la mayor concentración de establecimientos, además de la más grande extensión y volumen, entre los que resalta Caral. Al lado de esta ciudad se edificaron los extensos complejos, denominados Chupacigarro Este, Chupacigarro Centro, y Chupacigarro Oeste, y frente a ellos, en la otra margen del valle, Pueblo Nuevo y Alipacoto. Son, asimismo, notables los complejos de Huacache y Peñico. Puede considerarse a ¡a población supana de entonces entre las primeras sociedades que alcanzaron un temprano y complejo desarrollo, y que organizaron sus actividades económicas, sociales y político-religiosas dentro del marco de los asentamientos urbanos.

 

LA SACRALIDAD DE LA CIUDAD

La religión tuvo un rol predominante en la vida de los pobladores y en su organización social, los templos destacaron en ¡os centros urbanos y en torno a ellos se desenvolvieron las actividades cotidianas de diverso orden. Cada asentamiento tuvo as¡ un carácter sagrado y los templos fueron el foco de la dinámica socioeconómica y política.

Estos templos sirvieron como fundamento de la cohesión social y recibieron una periódica remodelación, posiblemente en relación con observaciones astronómicas, una de las actividades efectuadas por los gestores de estas ciudades, encargados de la medición del tiempo y de la elaboración del calendario agrícola. Las varias piedras paradas o «huancas», identificadas en las plazas y atrios, habrían servido para esta función. El trabajo permanente de construcción-destrucción y reconstrucción de las estructuras en medio de rituales, ofrendase incineraciones, era también un modo de mantener las obligaciones de la población con la religión y de utilizar a ésta como medio de cohesión.

Los gestores o conductores de la ciudad de Caral reforzaron su poder con estas prácticas ceremoniales y rituales, Todas las actividades efectuadas en la ciudad estuvieron teñidas de religiosidad, cada ambiente tuvo su fogón central donde se incineraban alimentos y otras ofrendas.

Antes de la remodelación de un ambiente se quemaban bienes y se esparcían los carbones y las cenizas por el piso del recinto, que luego era enterrado. En algunos casos, se colocaba en hoyos, tapados por alimentos quemados y cenizas, una especie de «tamales», alimentos preparados, envueltos en hojas. En un período tardío se puso unas canastas llenas de piedras y alimentos quemados en medio de¡ relleno de la habitación que estaba siendo enterrada.

 

ASPECTOS DE LA ECONOMÍA

La sociedad que edificó el centro urbano de Caral se sustentaba de una economía mixta, basada en actividades agrícolas complementadas con la pesca en el mar y el río, con la recolecta de moluscos y con el aprovechamiento de los recursos vegetales y animales de¡ abundante monte ribereño y de las lomas.

Los feligreses de Caral se desplazaban por el valle, cultivaban en las estrechas márgenes del río Supe, de tierras muy fértiles, irrigables con facilidad mediante cortos canales que tomaban agua del río o de los abundantes «puquiales», por donde afloraba la mapa freática. Este medio debió nutrir a una abundante flora y fauna.

De la misma forma se aprovechó de los recursos del mar, ya sea por el valle de Supe o, más directamente, por una vía natural entre los cerros, que sale al valle de Huaura, a la altura del actual pueblo de pescadores de Végueta. Extrajeron, de preferencia, anchovetas, choros, mesodesmas y algas.

Aparte de sus propios recursos naturales, el sector medio del valle, donde se encuentra Caral, posee las mejores rutas de comunicación con los valles vecinos, cuya población habría estado bajo el control ideológico de los conductores de los templos de Caral. Así parece sugerirlo la amplia distribución que alcanzó en el área el patrón arquitectónico de plataformaplaza circular hundida, peculiar de los asentamientos de Supe.

 

LOS FELIGRESES DE CARAL

Los constructores de Caral tuvieron conocimientos de arquitectura, geometría y astronomía. Supieron combinar formas y pianos, ordenar los edificios en el espacio, de acuerdo a un plan preconcebido, en un contexto artístico de intenso carácter religioso.

El ordenamiento espacial previo, la extensión del espacio construido y la diversidad de estructuras sugieren un patrón definidamente urbano.

Si comparamos la arquitectura de Caral con la del sitio de Aspero, ubicado en el litoral de Supe, observamos una fuerte identidad en el patrón constructivo, en la tecnología, en los materiales utilizados y en los procedimientos; esto hace pensar en la existencia de un grupo de especialistas que prestó servicios en ambos sitios o de una intensa comunicación entre las autoridades de estos centros urbanos, del litoral y del valle medio. Es también similar la forma como se ha expresado el patrón cultural de permanente construccióndestrucción, enterramiento y reconstrucción de los edificios.

A diferencia de los centros ceremoniales del período siguiente, «Formativo», Cara! muestra una gran extensión y, sobre todo, una mayor diversidad constructiva, que se espera de un lugar habitado por una población permanente. Por otro lado, la mayoría de los ambientes religiosos en las áreas excavadas son pequeños e íntimos, especiales para un número reducido de participantes, que quizás agrupaba a los representantes de las familias.

Se hace evidente que la sociedad tuvo una organización jerarquizada, con estamentos sociales bien definidos: campesinos pescadores y los especialistas, que eran autoridades religiosas o gestores. En algunos casos, los edificios estuvieron cercados por murallas que separaban al personal que los ocupaban del resto de la comunidad, Asimismo, en los complejos excavados existen ambientes que contienen estructuras escalonadas, que recuerdan al «usnu» incaico, símbolo del poder o importancia de la autoridad social.

Los trabajadores, además de realizar las actividades económicas de subsistencia, agricultura, pesca, recolecta de mariscos y de aprovechar de los recursos naturales del monte ribereño, de los pantanos y de las lomas, estaban obligados a prestar servicios permanentes en las obras públicas: explotación de canteras, traslado de los bloques de piedra, algunos de grandes dimensiones, para la construcción y remodelación permanente de las edificaciones. Ellos también tuvieron a su cargo el acarreo de piedras y tierra en grandes volúmenes, para el enterramiento ritual de las construcciones, actividad realizada periódicamente,

El número de centros urbanos (17), identificado en el valle de Supe, y su magnitud, requirieron de una gran cantidad de mano de obra y de los excedentes, para su edificación, mantenimiento, remodelación y enterramiento. Si consideramos exclusivamente la capacidad productiva de este pequeño valle, esa inversión no habría podido ser realizada sin la participación de las comunidades de los valles vecinos. Por motivos que todavía desconocemos, la ideología de los pobladores de Supe alcanzó prestigio regional en la época, convirtiéndolo en un valle sagrado. Las comunidades ubicadas en las rutas de comunicación, como Caral, atrajeron la atención de sus vecinos, lograron captar la fuerza de trabajo y los excedentes producidos por los pobladores de los valles costeños de Huaura, Pativilca y Fortaleza, con los cuales se comunicaba Supe a través de varias quebradas laterales, especialmente desde el valle medio.

Nos preguntamos si el mismo nombre que ha quedado en el valle, Supe (de Supay, demonio, diablo), podría ser el recuerdo nominal del temor y respeto que las sociedades de aquella época le tuvieron al lugar donde residían los dioses y estaba el poder de los gestores y conductores de su vida económica, social y religiosa.

 

RELACIÓN DE OTRAS POBLACIONES COETÁNEAS

Asimismo, cabe señalar las amplias redes de comunicación que se tendieron en el Arcaico Tardío, entre los 3000y 1500 años antes de Cristo, en el área norcentral del Perú, espacio que estuvo articulado en el eje de norte-sur, entre los valles de El Chillón y Chao, y en el eje oeste-este, a lo largo de los varios pisos ecológicos de la cordillera, desde el mar hasta el Huallaga y el Marañón.

Esta fue el área que tuvo el mayor avance sociocultural del Perú durante el Arcaico Tardío. Las poblaciones vecinas del área norte y sur presentaban un menor nivel de integración social.

Se ha denominado «tradición cultura¡ religiosa Kotosh» al patrón religioso observado en los varios centros monumentales estudiados en el área norcentral. La sociedad de Caral compartió una serie de rasgos culturales de esta tradición con otros centros de la época, ubicados en el valle de Chuquicara (La Galgada), en el Callejón de Huaylas (Huaricoto), el valle del Huallaga (Kotosh) y el Marañón (Piruro). Entre los rasgos más comunes se encuentran: construcciorres arquitectónicas con recintos pequeños, fogones centrales, ofrendas incineradas, nichos, banquetas y un contexto material precerámico. En el área se generó una importante esfera de interacción, que impulsó el desarrollo cultural. Esta situación explica mejore¡ posterior desenvolvimiento y el nivel monumental de los centros ceremoniales del Formativo Temprano en la costa, en Casma, Rímac o Lurín y la edificación de Chavín de Huantar, un milenio y medio después que se iniciara la construcción de los establecimientos del Arcaico Tardío.

 

SIGNIFICACIÓN DE CARAL EN EL PROCESO CULTURAL PERUANO Y EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL

Los numerosos centros urbanos que contiene el valle de Supe, de gran complejidad y de temprana datación, realidad arqueológica no informada en otro lugar de¡ territorio nacional, convierten a este valle en una zona privilegiada para las investigaciones sobre el proceso civilizatorio en el país, situación que justifica el calificativo que le estamos dando: «Supe, El Valle Sagrado en los Albores de la Civilización en el Perú ».

En base a la información disponible, se puede afirmar que Cara¡ es uno de ¡os centros urbanos más extensos y complejos del Arcaico Tardío.

Su complejidad arquitectónica, su ordenamiento espacial y de extensión, y los testimonios de su cultura material permiten inferir, a falta de nuestro conocimiento sobre su escritura, la existencia de especialistas que lograron desarrollar ciencias aplicadas como la geometría, aritmética y astronomía, dentro del contexto religioso que se extendió en todas las actividades. Estos conocimientos fueron plasmados en la construcción de la ciudad y, posiblemente, en la confección del calendario. El instrumento ideológico les permitió el manejo de la población y de sus excedentes de producción.

En cuanto al continente americano, el Perú se presenta como el foco civilizatorio más antiguo, con arquitectura monumental y organizaciones sociales complejas, que anteceden en, por lo menos. mil años a las sociedades de similar nivel en Mesoamérica.

El Perú ha sido considerado como uno de los seis focos civilizatorios a nivel mundial, al lado de Egipto, Mesopotamia, China, India y Mesoamérica (Service 1968). Sin embargo, las investigaciones arqueológicas, en el caso peruano, no son todavía suficientes para conocer las características, condiciones y factores que intervinieron para configurar ese alto nivel de desarrollo.

En el plano mundial, podemos señalar que, cuando se construía en Egipto las pirámides de Keops y florecían las ciudades sumerias de Mesopotamia, hacia los 2550 años antes de Cristo, en Supe, Perú, se edificaba el centro urbano monumental de Caral.

También podríamos decir que, si los filósofos presocráticos de Grecia discutían sobre el origen de la vida hacia los 600 años antes de Cristo, en el centro urbano de Caral por lo menos 2000 años antes, anónimos filósofos explicaban a su pueblo diversos aspectos relacionados con la existencia de los hombres, los recursos naturales, el origen de la vida y de las cosas.

 

EL ABANDONO DE LA CIUDAD SAGRADA

Finalmente, después de varios siglos de ocupación, los habitantes de la ciudad sagrada decidieron abandonarla, no sin antes enterrar todas las construcciones con densas capas de guijarros, piedras cortadas y cantos rodados, cumpliendo con determinadas ofrendas a la usanza tradicional. Nada se dejó al descubierto. El clima, a través de los cuatro milenios siguientes, se encargó de acumular arena y contribuir en esta obra de enterramiento cultural.

En los tres primeros siglos de nuestra era, algunos grupos enterraron a sus muertos en ciertos sectores de la antigua ciudad, sin conocer ya su historia.

Sólo las excavaciones arqueológicas irán desenterrando las calles y barrios de este primigenio centro urbano y se podrá mostrar al mundo las obras realizadas por esta sociedad que logró el mayor esplendor de toda la historia del poblamiento del valle de Supe. No hubo all¡ otra época de similar importancia. Caral nunca volvió a ser habitada y eso ha permitido que lleguen hasta nosotros, sin alteraciones, los testimonios culturales de un pueblo en los albores de la civilización.


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