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EMERGENCIA Y RUPTURA, 
QUEHACERES COLECTIVOS: LOS 70's

 

           La historia podrá ser conservadora o retardataria pero es un índice de civilización. Lo que carece de historia es la barbarie, y la cultura no es, al fin y al cabo, sino la memoria de las gene-raciones pasadas, más humana y más noble cuanto más vieja.
Raúl Porras Barrenechea

           Así como la historia es la memoria organizada de hechos, así también en el campo de la literatura se organizan y seleccionan los libros y las revistas que marcan hitos en la cultura, y en los que puede rastrearse el ánimo generacional. Nuestro interés son las revistas que han considerado a la creación poética como parte medular de las mismas dando confianza y seguridad al/a la creador(a) en su trabajo con la palabra como instrumento de expresión y de combate.

           Comienza la década bajo el signo de la celebración del sesquicen-tenario de la independencia nacional y bajo el dominio militar del grupo que se encontraba en el poder desde 1968, y aunque cambian de posta en 1975, continúa el régimen castrense hasta 1980. La opinión ciudadana y la falta de participación popular real se venía manipulando a través de SINAMOS y de la Central de Trabajadores de la Revolución Peruana CTRP, frente a ellos surge la protesta canalizada por los numerosos paros laborales, siendo el más enérgico el de junio de 1977, y la creación del Frente de Trabajadores de la Literatura. En este contexto no es de extrañar que las manifestaciones artísticas de los sectores populares hayan sido marginadas y orientadas por la cultura e interés oficial. En estos años aparecen cambios en la composición y en las relaciones de poder cultural, y las revistas forman parte de ese cambio, la mayoría de ellas se colocan en la otra margen, es decir en la resistencia al control y limitación del aparato estatal.

           Abelardo Sánchez León dice que “En poesía, la década del 70 es sinónimo de un torrente de publicaciones, manifiestos, polémicas, declaraciones y recitales atiborrados. La poesía se convierte también, y a su manera, en un fenómeno social. Logra rebasar los círculos tradicionales de lectura y se avienta a hablar con un lenguaje cotidiano y torturado de la experiencia más inmediata e incómoda. Mucha de esta literatura está referida a Lima. Ciudad que ya es producto y consecuencia de un desarrollo histórico social que la ha convertido en la dinamita de las contradicciones de clase, del subempleo y la miseria. Nada de esto es ajeno a los poetas de esos años: provincianos o limeños, Lima les incumbe directamente”1.

           Algunas revistas establecen como su especificidad “ser revistas de poesía”, y eso ya constituía un reto; otras querían ser extremadamente coyunturales y acompañaban a los poemas comentarios y rechazos a medidas gubernamentales. Estas publicaciones (1971-1980), pequeñas o grandes por su formato y de reducido tiraje, se constituyeron pronto en la alternativa con la que se reaccionó ante la incertidumbre en que se vivía.

           Las diferentes voces poéticas de los ‘70 concitan la atención, debido a la temática amplia, las rupturas formales, el léxico diferente y explosivo que le dan ese encanto agridulce a la literatura peruana. Afirmaciones como las anteriores han sido dichas para capturar lo esencial de esta década, en que según los críticos literarios se intensifica un tipo de poesía narrativa, coloquial y callejera. Junto a ella no podemos dejar de mencionar la presencia de una poesía de verso libre en la que sobresalen las imágenes y metáforas para un nuevo tratamiento del tema político, de las opciones amorosas, la fusión entre lo íntimo y lo colectivo y la superación de la vieja oposición entre poesía social versus poesía pura, etc.

           La revista Creación & Crítica en enero de 1971 y Eros (en donde se publicó los poemas de María Emilia Cornejo) en 1973 como las del Grupo Primero de mayo, Puka, Caballo de fuego, Hora Zero y Herramienta, entre otras, han coloreado este fresco poético que también fue político.

           La poesía generada en los claustros universitarios estuvo condicionada en parte, por la creación de los cursos de talleres literarios, siendo el de poesía el más representativo de ellos, y también porque estos años tenían un entorno castrador y de censura tanto explícita como implícita, así en cuanto a los estudios humanísticos se refiere, estos construían espacios de una libertad, en esos momentos acariciada y soñada por todos nosotros. Es así que los alumnos que tuvimos acceso a los talleres, gozamos de una libertad que fuera de las paredes universitarias sentíamos que se nos mezquinaba.

           “En San Marcos los poetas eran cabizbajos, meditabundos, huraños, como si sólo anduvieran de paso por el patio de Letras. Y se respiraba una atmósfera familiar, discreta, poética. Eran años en los que no bastaba ser poeta, había que parecerlo” dice Rosa Natalia Carbonel en su testimonio sobre los años ‘70. El interés por la constitución de la identidad de la mujer llegó a la poesía. Asimismo, los recitales internos, de varias promociones que animadas por sus profesores (entre ellos, Carmen Luz Bejarano, Francisco Carrillo, etc.) tomaban la creación como algo natural, desacralizándola y desmitificándola. En general, se poetizaba el caos cotidiano, en unos(as), la identidad era el tema central, en otros el compromiso y la expresión del descontento contra una sociedad dura e indiferente.

           Son numerosos los nombres de amigos(as) que se iniciaron en revistas de los setenta y no se animaron o no pudieron publicar un libro de poesía, pero se constituyeron, en un síntoma, de gustos y rechazos generacionales.

Esther Castañeda y Elizabeth Toguchi

                                                                                                                


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