Revista de Sociología - Volumen 11 - 1999 - Número 12


Rodrigo Montoya


    

 

Historia, Memoria y Olvido en los Andes Quechuas1

Rodrigo Montoya*

No tenían los incas, en 1532, un alfabeto para escribir su lengua, pero se servían de sus kipus para contar, llevar contabilidades complejas y, también, para recordar. La invasión europea cortó todas las posibilidades de desarrollo autónomo de las grandes civilizaciones y del resto de pueblos americanos. Quienes fueron encargados de montar el poder colonial no estaban en condiciones de preguntar cuánto sabían los incas, mayas o aztecas y –menos aún– de acercarse a ellos para aprender. Como los llamados indios no tenían alfabetos para escribir sus lenguas los calificaron de ignorantes2. Identificar la sabiduría exclusivamente con un alfabeto para escribir y leer una lengua ha sido, sin duda, uno de los errores de más lamentables consecuencias para el desarrollo del conocimiento de la humanidad. No sabremos nunca cómo construyeron los incas esos fantásticos edificios antisísmicos de piedra, cómo cortaron y pegaron enormes bloques de piedra, tampoco sabremos sobre sus técnicas de experimentación para desarrollar una avanzadísima agricultura biológicamente diversa y de gran rendimiento para haber producido a comienzos del siglo XVI el único reino sin hambre de la tierra3; se perdieron –irremediablemente– sus técnicas para trepanar cráneos y curar a los enfermos; lo mismo ocurrió con su saber hidráulico que les permitió irrigar los campos en la Costa y en los Andes valiéndose, sin duda, de lo que otros pueblos como los moche en el norte y los nasca en el sur ya conocían antes que se formara el imperio de los incas4. Los Ayllus o pueblos quechuas –en la clandestinidad– trataron de guardar sus kipus; desgraciadamente, el último sabio o Kipukamayuq murió hace unos diez años. Se perdió para siempre esa técnica propia de contar y guardar la memoria valiéndose de un complejo sistema de nudos en cuerdas de grosor y tamaño variables.

Si el quechua se hubiera escrito sirviéndose del alfabeto castellano, del mismo modo que los europeos tomaron prestada la escritura descubierta en el oriente, otra habría sido la historia. Por una simple cuestión de poder un instrumento de conocimiento, como la escritura, sirvió también como un arma para oprimir y separar a las personas. Sólo los herederos de la aristocracia inca tuvieron el privilegio de aprender a leer y a escribir en un colegio reservado exclusivamente para ellos, de no pagar tributos, y de tener indios para su servicio. Algo parecido ocurrió también en México y en América Central. Las llamadas élites indígenas fueron aliadas indispensables para que los españoles pudieran gobernar sin grandes sobresaltos. Cuando esa alianza se rompió con la rebelión de Túpac Amaru II en el Cusco, en 1780, el imperio colonial estuvo a punto de caer.

Perdida la posibilidad de escribir libremente las lenguas indígenas, la memoria oral siguió siendo el único camino para guardar por lo menos parte de la historia. Sin embargo, la coexistencia de las élites indígenas dentro de los imperios coloniales abrió la posibilidad para que –aún de modo muy restringido– una parte de la memoria oral de los pueblos americanos fuera escrita por los primeros mestizos y por algunos quechuas. Garcilaso Inca de la Vega, Guamán Poma de Ayala y Titu Cusi Yupanqui son los casos notables de la historiografía andina.

En este artículo reflexiono sobre la memoria en la cultura quechua a través de las fuentes escritas, de una danza, de la oralidad en 1998 y de la búsqueda consciente del olvido de esa memoria por parte de los extirpadores de idolatrías del siglo XVI, de hoy y de los años que vienen.

 

MEMORIA ANDINA EN LOS TEXTOS ESCRITOS

En 1609, el Inca Garcilaso de la Vega publicó sus Comentarios Reales de los Incas. Hasta donde sabemos es una de las primeras historias escritas por un testigo de los primeros años de la conquista de los Incas. Hijo "natural" o "ilegítimo"de un noble andaluz conquistador y de una princesa de la alta aristocracia inca, Garcilaso –quien vivió como exiliado en España desde los 20 años hasta su muerte– tomó la pluma para "no olvidar" y contar el otro lado de la historia narrada por los cronistas hispánicos, historiógrafos que recibieron el encargo de la corona para presentar a los incas como salvajes, paganos, indignos del respeto y hasta sodomitas5. Hablaba el quechua –lengua que bebió "en la leche materna", según sus propias palabras– y por lo tanto sabía lo que contaba. En el siglo XVI como ahora no había una historia neutra: en última instancia se estaba a favor o en contra de los incas. Su opción lo condujo a exagerar las virtudes de los incas y a minimizar sus defectos y problemas. Ese libro, traducido a varias lenguas y con muchas ediciones, fue decisivo para que en Europa el naciente ideal de la modernidad se nutriera del sueño de un reino sin hambre, posible en la tierra y no sólo fuera del tiempo y del espacio como en Utopía, aquel libro maravilloso de Tomás Moro, publicado en 1516 cuando los europeos no sabían nada aún de la existencia de las grandes civilizaciones americanas6. Louis Baudin escribió el libro El imperio socialista de los Incas, título que ilustra con plena transparencia el encanto que produjo ese imperio entre los intelectuales europeos.

En tiempos coloniales, la aristocracia indígena en los Andes leyó Los Comentarios Reales de los Incas, para guardar la memoria y soñar con una sociedad futura que se pareciera a la de los Incas. Túpac Amaru II conocía ese libro. No fue por azar que la Corona, después de la rebelión en 1780 prohibió su lectura y ordenó a sus funcionarios retirarlo de la circulación.

Guamán Poma de Ayala, (1980) envió, en 1615, una larguísima carta de más de mil páginas y doscientos dibujos al Rey de España titulada Nueva Crónica y buen gobierno, para darle una versión de lo que pasó después de 1532 desde el mundo indígena en abierto contraste con los cronistas españoles y para recomendarle algunas medidas de política que podrían servirle para gobernar bien.


* Este artículo ha sido publicado en la revista Tempo Brasileiro, Nº 135, consagrado a la Historia, la memoria y el olvido. Río de Janeiro, Brasil, 1998.

1 Agradezco a Janice Theodoro y a los miembros del equipo de Historia virtual del Departamento de Historia de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de Sao Paulo por invitarme para escribir este artículo. También a mis alumnos y alumnas del postgrado en dicho departamento quienes oyeron y comentaron algunas de las ideas que aparecen en este artículo.

2 Sin embargo sí se sirvieron de los kipus para que los llamados indios hicieran memoria de sus pecados y se arrepintieran. Cito a continuación algunos textos importantes: "Pues para que tu confessión sea buena, y agrade a Dios, lo primero hijo mío has de pensar bien tus peccados y hacer quipo dellos: como haces quipo cuando eres tambocamayo, de lo que das, y de lo que te deven: así haz quipo de lo que has hecho, contra Dios y contra tu próximo, y cuantas veces: si muchas o si pocas. Y no sólo haz de dezir tus obras: sino también tus pensamientos malos […] porque también por los peccados del coracón que no se veen se condenan los hombres. Después de haberte pesado y hecho quipo de tus pecados por los diez mandamientos, o como mejor supieres, has de pedir a Dios perdón […]" (citado por Estenssoro, 1998: 271).

3 Los cronistas no dejaron de expresar su sorpresa de ver que cerca de los poblados por donde pasaban habían reservas de alimentos para los siguientes seis meses.

 4 Hoy, en 1998, los campesinos de Nasca en la Costa Sur del Perú siguen usando los canales de riego construidos por los nascas preincas.

 5 "Yo, incitado del deseo de conservar las antigüallas de mi patria, esas pocas que han quedado porque no se guardan del todo, me dispuse al trabajo tan excesivo como aquí me ha sido y delante me ha de ser, al escribir su antigua república hasta acabarla, y porque la ciudad del Cozco, madre y señora della no quede olvidada en su particular, determiné dibujar en este capítulo la descripción della, sacada de la misma tradición que como a hijo natural me cupo y de lo que yo con propios ojos vi (Los Comentarios Reales, libro VII, capítulo III, 1609 (1972) volumen 2, pág. 24.

 6 Para un desarrollo mayor sobre la contribución americana en la formación de la modernidad, ver Quijano 1988.


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