Revista de Sociología - Volumen 11 - 1999 - Número 12


Jürgen Golte


    

 

Redes étnicas y globalización1

 

La mayoría de la población andina en los últimos milenios ha vivido en sociedades organizadas alrededor de la producción agrícola y ganadera. Las ciudades que se han desarrollado a partir de estas sociedades de agricultores y ganaderos basándose en la apropiación de un plusproducto de ellas, han tenido características muy diversas. Ha habido centros de administración de poder político y religioso, nudos de intercambio, aglomeraciones de artesanos, de trabajadores mineros y fabriles, de residencia de terratenientes, de producción de servicios, etc.

En cada caso se establecían formas específicas de relación entre campo y ciudad, modalidades específicas de transferencia de bienes y servicios, de cuyas propiedades se derivaban consecuencias importantes tanto para la vida de las poblaciones urbanas como para la situación de la gente afincada en el campo.

En el siglo XVI se vio la integración de los Andes a lo que Inmanuel Wallerstein ha llamado "El sistema mundial moderno". Con la toma del poder en forma violenta por parte de los españoles, se impuso en el espacio andino una organización económica y política que manejaba esta relación para con el mundo más allá de los Andes mediante una jerarquía étnica. Los invasores europeos se reservaban en amplia medida la mediación con el mundo exterior, y la administración económica y política del espacio interior . Su centro de la producción y de la intermediación se mantenía por medio de una organización multiétnica y multicultural. Si bien surgió un mercado que permitía que bienes y servicios circularan tanto dentro como fuera del espacio andino, la naturaleza de éste lo inscribía dentro de la construcción de poder étnico que había nacido con la invasión europea (Assadourian 1982).

Este sistema de poder estamental y étnico tenía tendencialmente una expresión espacial que ubicaba a la población de origen europeo en ciudades, y a la de origen andino en poblados rurales. La causa de la perpetuación posterior de esta separación espacial es probablemente la baja productividad de la agricultura andina que no permitía que grandes contingentes de la población se desligaran de la producción básica de los alimentos y otros insumos de origen agrícola-ganadero. Esto tenía como consecuencia que la gente de origen europeo afincada en las ciudades, incluso cuando necesitaba a la población andina en la produción de bienes, en la explotación minera, en la construcción de las mismas ciudades, o también en los servicios caseros, no podía desligar a esta gente por completo de sus grupos sociales en el campo. Así, prefería la extracción compulsiva y rotativa de la mano de obra para las minas, la producción manufacturera, la construcción urbana y los servicios de las poblaciones campesinas. De esta manera el grueso de los costos de reproducción de esta fuerza de trabajo utilizada en contextos urbanos quedaba a cargo de los poblados rurales.

De esta suerte las ciudades que surgieron en la colonia, correspondían con bastante nitidez a un tipo que se conoce como "ciudad palacio" , que se relacionaba por medio de la extracción de rentas y tributos en trabajos, especies y dinero con su entorno campesino ("hinterland"). La cultura de sus habitantes criollos y mestizos se derivabaa de la cultura mediterránea; pero acentuaba una vertiente de ella porque excluía prácticamente los conocimientos y las actitudes necesarias para la producción, que sí están presentes en el modelo original del Viejo Mundo, e insistía en la elaboración de formas de comportamiento y conocimientos relacionados con su carácter rentista.

De manera que se cultivaba conocimientos administrativos y burocráticos, incluyendo la administración eclesiástica, como la jurisprudencia, la teología, la contabilidad y en menor medida las letras en las instituciones de enseñanza, y el arte de manejar relaciones clientelísticas para ubicarse en las jerarquías administrativas o para obtener prebendas de ellas en la enseñanza informal y diaria. En las ciudades, una cultura festiva, tanto religiosa como laica, no sólo tenía importancia para expresar simbólicamente la estructura del poder; sino también para que la cultura clientelística tenga espacios públicos de construcción de redes de clientelaje, tanto en cuanto al acceso, como en cuanto a la retribución ostentosa de parte de las cabezas de tales redes.

En esta cultura la producción de bienes y servicios, salvo aquellos propios de la condición burocrática-administrativa, aparecía como algo impropio, destinado a ser ejercido por los estamentos subalternos y étnicamente diferentes.

Las culturas campesinas andinas, que en la sociedad colonial eran grupos estructuralmente supeditados, obligados a quedarse en espacios provistos para ellos y de ligarse con el sector dominante con tributos y obligaciones de trabajo, y peor aún, algunas veces encerrados en latifundios, dentro de los cuales eran obligados a pagar rentas o a trabajar en la producción agrícola, ganadera, minera o manufacturera. Sin embargo, todas estas poblaciones gozaban en la organización de la producción agraria de un grado alto de autodeterminación.

La razón para ello era muy simple. La agricultura y también la ganadería andina se diferenciaban fundamentalmente de sus semejantes del Viejo Mundo.

Los europeos no tenían los conocimientos necesarios para poder organizar la producción en el campo en un territorio que no era adaptable a sus formas de conducción de la tierra. Y es más, en muchas partes la organización agrícola-ganadera era tan compleja que simplemente no era posible organizar los pasos necesarios con modelos de conducción centralizada. De ahí los campesinos por necesidad no solamente tenían que proseguir con sus conocimientos y formas de producción; sino con todo el bagaje cultural con el cual se organizaban a estos. Esta necesidad era el núcleo de perpetuación de las culturas prehispánicas andinas, por supuesto no invariables, sino constantemente reelaboradas, readaptadas y reorganizadas en los siglos posteriores. Para evaluar el significado histórico de aquello basta comparar con el desarrollo en zonas, en las cuales los métodos europeos podían ser introducidos para reorganizar los procedimientos de los agricultores, por ejemplo en la costa peruana, en el sur de Chile, o en colombia.

A pesar de las diferencias considerables en los sistemas agrícola-ganaderos y las formas culturales concomitantes, hay en el sur-centro andino, de la cordillera blanca peruana hasta el Altiplano boliviano, en la vertiente occidental peruana una cierta semejanza en los procedimientos y las formas culturales con los cuales se manejan los conocimientos necesarios. Este bloque tiene en común la muy baja productividad del trabajo, una dieta que combina básicamente los tubérculos andinos con el maíz, y en toda esta zona la agricultura de secano se combina con la ganadería.

Es, precisamente, la baja productividad de la agricultura de altura en esta parte lo que ha impedido que se reorganicen las formas de organización social de la producción previamente existentes por otras, como por ejemplo el trabajo asalariado. Vamos a referirnos a esto algo más extensamente porque son precisamente los aspectos culturales relacionados con la organización social de la producción, y también las éticas relacionadas a éstas, los que tienen una importancia primordial una vez que en la segunda mitad del siglo XX finalmente se empieza a resquebrajar la jerarquía étnica creada en la colonia y una buena parte de la población campesina andina deja sus lugares de origen y se afinca en ciudades, zonas mineras, o zonas agrícolas con rendimientos más elevados.


1 Trabajo presentado a la XIII Reunión Anual de Etnología organizada por el Museo Nacional de Etnografía y Folklore de Bolivia, realizada el 23 de setiembre de 1999.


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