Indagaciones peruanas: El Legado Quechua                               

 

Raúl Porras Barrenechea



LA PATERNIDAD DEFINITIVA DE OLLANTAY * 

Acaba de regresar del Cuzco, a donde fue integrando la delegación del Colegio de Abogados de Lima que ofreció un plausible ciclo de conferencias, el doctor Raúl Porras Barrenechea, destacado historiador y diplomático peruano que, una vez terminada su labor jurídica en la Ciudad Imperial, permaneció allí varios días visitando archivos, bibliotecas y lugares notables y haciendo acopio de importantes datos que le han de servir, como en otras ocasiones, para esclarecer hechos, personajes y circunstancias de nuestro rico acervo histórico.

En su edición matinal de ayer, "El Comercio", publicó las interesantes declaraciones formuladas con carácter de primicia por el doctor Porras Barrenechea a nuestro corresponsal en el Cuzco acerca de la paternidad, que parece ahora indiscutible, del drama en quechua Ollantay que algunos historiadores y comentaristas hacían remontar a épocas precolombinas. Ese drama ha sido definitivamente ubicado por el doctor Porras Barrenechea a fines del siglo dieciocho, reafirmando que su autor fue el párroco doctor Antonio Valdez, eminente quechuista nacido cerca de Ollantaytambo que recogió el tema épico que evolucionó desde los incas por la vía oral al pueblo hasta devenir en el drama Ollantay.

Anoche tuvimos el agrado de entrevistar al doctor Porras Barrenechea en su apacible residencia de Miraflores, rodeado de sus libros, pinturas y reliquias familiares e históricas.

Poco tengo que agregar –nos dijo– a las noticias dadas por "El Comercio" sobre las investigaciones realizadas en el Cuzco alrededor del problema literario del autor de Ollantay. El corresponsal de "El Comercio" en el Cuzco ha captado acertadamente las comprobaciones esenciales de esa investigación: personalidad del Cura Valdez, diferenciación entre la leyenda y el drama, testimonio cuzqueño contemporáneo favorable a Valdez, comprobación del origen urubambino de la leyenda proscrita por los Incas, revelación del testimonio concluyente del cura Sahuaraura sobre la paternidad de Valdez del drama ollantino.


¿Cómo se desarrolló, doctor Porras, el debate sobre la antigüedad de esta obra?

El debate sobre la antigüedad del drama Ollantay obsesiona al siglo diecinueve. La primera noticia sobre el drama la da el periódico "El Museo Erudito" del Cuzco en 1857. Su redactor principal, el culto escritor don José Manuel Palacios y Valdez, era relacionado del cura Antonio Valdez. Palacios reconoce a Valdez como autor del drama que habría recogido de la tradición oral india, pero le censura haber cambiado el desenlace trágico de castigo y exterminio, reemplazándolo por un final de bodas y perdones. Otros testimonios contemporáneos, olvidados o pospuestos, reconocen a Valdez como el autor del drama. El viajero francés Marcoy, que estuvo en el Cuzco en 1846, habla de la tragedia de Valdez inspirada en la leyenda popular. El cura de Lares, Justiniani, que dio a Makham una copia del manuscrito de Ollantay en 1856, dijo a éste que Valdez era el autor del drama. Idéntica afirmación volvió hacer Palacios en un folleto publicado en 1846 en Río de Janeiro. El testimonio cuzqueño contemporáneo fue pues unánime en señalar como autor del Ollantay al célebre cura de Tinta, amigo de los Túpac Amaru.

Sin embargo, de esta comprobación indisputable –nos siguió expresando el doctor Porras Barrenechea–, triunfó en el siglo diecinueve la tesis de la antigüedad prehispánica del drama, que oscureció definitivamente la fama y el prestigio literario del cura Valdez, gran despojado de nuestra historia. Markham, por sostener la importancia de su hallazgo, llevado de su sano entusiasmo incanista, proclamó la procedencia antigua del drama y descalificó a Valdez, como autor de su descollante obra. El argentino López proclamó, sin sustento cronológico alguno, que Valdez había sido compañero de su padre y que nunca escribió dramas. Tschudi consideró el drama como una supervivencia del teatro incaico, de tragedias y comedias, aludido por Garcilaso y aseveró que había sido transcrito a la escritura en el siglo dieciséis. El gran quechuista cuzqueño Pacheco Zegarra declaró que el lenguaje del drama era arcaico y que su forma lo acusaba como una obra escrita en el siglo dieciséis. El historiador argentino Mitre y don Ricardo Palma denunciaron el error y sostuvieron el carácter prehispánico del drama. Factor fundamental de revisión de este concepto fue la intervención del gran humanista argentino Ricardo Rojas. En su libro Un Titán de los Andes, Rojas diferenció la leyenda del drama. La leyenda es indígena, primitiva; el drama es colonial y dieciochesco. Pero Rojas descartó a Valdez como autor del drama o le pospuso, desconocedor de su figura y trayectoria vital. Por eso planteé desde 1943, en la cátedra de Literatura Americana y Peruana de San Marcos la necesidad de estudiar y aclarar la figura de Valdez.


¿Y los resultados ahora?

El resultado de la investigación biográfica ha sido plenamente confirmador de la paternidad de Valdez. No es ya sólo el testimonio de sus contemporáneos, sino su origen, sus actos, sus predilecciones, los que lo definen como el revelador de la leyenda ollantina. La familia de los Valdez y los Ugarte, de antigua prosapia cuzqueña, venida a menos en su fama, radicó en Urubamba, a pocas leguas de Ollantaytambo. El nació al parecer en San Juan de Huaylla-bamba. Su madre tenía casa en la plaza de Urubamba y tierras en Tiobamba, lugar de feria en la ruta de Ollantaytambo. Su infancia transcurrió pues en el Valle Sagrado del Vilcanota, donde circularía la leyenda ollantina de rebelión de los Antis, prófuga y clandestina, como censurada por la historia imperial de los Quipuca-mayocs y los Hayllicunis. En el seminario de San Antonio descolló Valdez como lingüista y filósofo. Dedicado al sacerdocio fue cura ecónomo en Maras y asistente del cura de Ollantaytambo, Fernando Valverde y Ampuero, que rigió esa doctrina por 31 años y le dejo más tarde como su universal heredero. Durante toda su vida fue cura de indios en Acha, Coasa, Crucero, Tinta, Sicuani, desplegando su bondad y su desinterés en el auxilio de los naturales, levantando iglesias, tallando como escultor imágenes de los santos predilectos para sus amadas iglesias de Tinta y Cambopata y renunciando a cobrar los derechos parroquiales a los indios pobres. Su ascendencia sobre los indios está probada por múltiples hechos: alguna vez salvó la vida a una de los Sahuarauras en Tinta y en 1782 intervino de parte del obispo Moscoso para la rendición de Diego Túpac Amaru en Sicuani. Era, pues, indigenista de cerebro y corazón. La ausencia de prebendas y canongías en hombre tan ilustrado y capaz –fue el único cura cuzqueño suscritor del Mercurio Peruano– revelan la desconfianza hacia él del poder virreinal. En las revoluciones de Túpac Amaru y Pumacahua, no obstante su profesión sacerdotal, se le ve vacilar e inclinarse íntimamente al partido indio. En todo momento aparece como el apaciguador y defensor de los indios. Murió probablemente en 1816 en su casa humilde de la cuesta del Almirante en el Cuzco, con su dintel de piedra incaico, al lado del antiguo palacio de Viracocha transformado en Catedral.

¿Y habría alguna prueba definitiva?, preguntamos.

La prueba concluyente –nos responde el doctor Porras Barrenechea– si no lo fueran ya las declaraciones de Palacios y Valdez, de Cuentas y de Justiniani, de Marcoy y el del propio Markham en su primera versión, es la del cura Justo Sahuaraura, probablemente discípulo de Valdez, quien en el manuscrito que conserva el padre Víctor Barriga en Arequipa declara textualmente refiriéndose a Valdez: "Este celoso y virtuoso Párroco fue muy amante de su patria, amaba con ternura a la desgraciada descendencia de la sangre real a quienes él conoció y fue amigo íntimo del que escribe". Con esta ocasión le preguntó sobre "la verdad de su tragedia y le dijo que en ella más había escrito como poeta que como historiador, por esta razón el final de ésta dará loa del que oyó a sus padres el que esto escribe". Sahuaraura –terminó diciendo el doctor Porras Barrenechea– coincidió así con Palacios en señalar a Valdez como autor del drama y renovador de la leyenda de Ollantay, que él plasmó definitivamente y le dio categoría universal en la lengua quechua, hasta el punto de apasionar a todos los filólogos e historiadores de la literatura peruana del siglo diecinueve.


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