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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

Alma Mater     1997;  (13 - 14) : 69 - 81

AUTOCONCIENCIA Y DELITO


Carlos Gutiérrez Ferreira

Para establecer esta relación es de interés diferenciar la consciencia propia del hombre de la de los animales y lo que más ha llamado la atención es el hecho que los animales, de primates para abajo, están conscientes o vigiles, pero sus reacciones y su conducta en general es elemental o primaria y su acción se limita a la satisfacción de sus necesidades meramente instintivas, con algunas demostraciones de carácter afectivo, lo que no ocurre en el ser humano quien posee una consciencia distinta y diferenciada que le ha permitido constituir valores como verdaderas estructuras y las manifestaciones de su consciencia se producen dentro de tales marcos referenciales.

En estas líneas vamos a intentar definir su autoconsciencia, sus fundamentos
cerebrales, su influencia en su conducta y finalmente el delito y su significado

desde tales puntos de vista.

 
1. FUNDAMENTOS EVOLUTIVOS DEL CEREBRO HACIA LA AUTOCONSCIENCIA

Nos hemos referido a la consciencia humana como distinta y diferenciada capaz de forjar valores y de actuar en consonancia con ellos.

Para esto, el hombre debió primero ser capaz de forjar una denominada AUTOCONSCIENCIA, o sea una consciencia de sí mismo la cual posee muchas cualidades que entran dentro de su definición y así podemos decir que la autoconsciencia implica para el hombre el reconocer en todo momento quién es, es decir, su propia identidad, seguidamente tener la noción de que es el mismo a través del tiempo vivido con sentido autobiográfico y también para orientarse en relación con los otros (los demás) y a los objetos del entorno como distintos de él, entre otras cualidades. Desde tal punto de partida el hombre fue capaz de forjar valores y a la sombra de ellos dirigir su conducta hacia los demás en el ambiente social.

Los filósofos en general al hablar de la autoconsciencia del hombre han elaborado hipótesis diversas todas vinculadas con las relaciones del hombre con sus semejantes y con los valores que han ido forjando a través del tiempo; asimismo, los idealistas se ocupan del hombre en sus relaciones con divinidad. Para todos ellos, esta forma ha sido milenaria para llegar a ser lo que es en la actualidad.

Para los psicólogos y sobre todo para los neurofisiólogos la autoconsciencia no viene a constituir sino una expresión de la evolución filogenética del cerebro humano el cual ha sido capaz de desarrollar áreas especiales a nivel de su corteza cerebral que lo habilitaron para un conocimiento representativo de la realidad, es decir, modelos de la misma con la fundamental intervención del lenguaje. Todo esto permitió la construcción de un mundo intelectual superior que hizo posible su inserción en la realidad humana y material dándole un valor o significado y asimismo crear valores superiores para regir su conducta en general pasando por el ser consciente de sí mismo y de su propio significado como humano, ejerciendo un control eficaz de su instintividad, formalizando sentimientos y emociones para regular su conducta y hacerla precisamente humana.

Sin la evolución de su cerebro le habría, al hombre, resultado imposible forjar una autoconsciencia de estas características. Por lo tanto, se nos impone como tarea decir algunas pocas palabras acerca de cómo se piensa hoy día, acerca de cómo evolucionó el cerebro humano.

Para esto debemos remontarnos a una antigüedad equivalente a más o menos 3,6 millones de años cuando apareció el primer humano capaz de una posición erecta sobre sus extremidades inferiores y de una marcha denominada bípeda y que marcó una diferencia tajante con los primates quienes hasta la actualidad si bien es cierto poseen una marcha parcialmente bípeda, ésta nunca es constante, pues lo habitual en ellos es la marcha cuadrúpeda como lo podemos fácilmente apreciar.

Este primer hombre de 3,6 millones de años de antigüedad ha sido denominado Australopithecus africanus pues fue descubierto en África del Sur y su cerebro pesaba sólo 350 g en comparación con el cerebro del hombre actual que pesa 1300 a 1400 g en promedio. Podemos pues fácilmente imaginar cuáles eran las capacidades intelectivas y cuál era la conducta de nuestro antepasado más remoto.

Posiblemente no disponía aún de un lenguaje articulado y si alguna habilidad tuvo, ésta se concretó en el manejo de sus deseos intentando producir en madera algunos objetos de uso elemental que desgraciadamente no se conservan, pues según sabemos la madera no se fosiliza.

Debieron transcurrir aproximadamente 1,7 millones de años para la aparición gradual de un ser humano llamado ahora homo habilis con un cerebro cuyo peso promedio era 650 g y en quien aparecieron habilidades, de allí su denominación, para fabricar instrumentos elementales para facilitarse las tareas de caza y hacer más fácil su supervivencia. Pero aquí viene lo más interesante para nosotros, cual fue que su cerebro con sus dos hemisferios fue desarrollando una delgada capa gris que los cubría, lo que hoy en día se denomina corteza cerebral con el valor de una adquisición muy importante para el intelecto del hombre y para su mejor conocimiento de la realidad humana y material. Si el homo habilis fue capaz de habilidades lingüísticas primarias, no nos consta aunque algunos hallazgos de cráneos nos permiten apreciar algunas oquedades óseas en las áreas que pertenecieron a sus cerebros precisamente en las que ahora reconocemos como áreas lingüísticas.

Aproximadamente un millón de años después aparece gradualmente otro hombre, el denominado homo erectus en quien la posición erecta y la marcha bípeda quedaron definitivamente establecidas y cuyo cerebro en promedio se aproximaba a los 1000 g, en el cual su corteza cerebral o neocórtex se definió mucho más haciéndolo apto para algunas habilidades lingüísticas posiblemente muy generales, pero al parecer ya aptas para un cierto nivel de comunicación humana. Sus habilidades manuales se perfeccionaron lo que se manifestó en sus producciones para la supervivencia, la caza, etc.

Hace más o menos 70 a 80 millones de años hace su aparición el llamado hombre de Neanderthal en Renania, descubierto el siglo pasado, el cual ya presenta un cráneo muy similar al del hombre actual y con un peso también similar en promedio de 1300 a 1400 g de peso y que juntamente con el hombre de Cromagnon pobló Europa central.

Estos antepasados nuestros ya tenían un verdadero neocórtex y al parecer fueron aptos para ciertas capacidades lingüísticas quizá ya con el valor de un remedo de articulación de palabras y con habilidades motrices y manuales ya definidas. Su neocórtex ya muestra el desarrollo aunque aún incipiente de ciertas áreas que posteriormente hicieron posible el desarrollo del intelecto superior del hombre actual a través del dominio del lenguaje y del pensamiento simbólico.

Esta portentosa evolución del cerebro humano comenzó a operarse ya en forma definitiva para llegar al hombre actual y tuvo lugar entre 10 y 30 mil años antes de nuestra era, tiempo que en realidad parece sólo un suspiro comparando con los 3,6 millones que tardó la evolución del Australopithecus africanus. Desde este punto de vista, los hombres de Neanderthal y de Cromagnon son considerados como presapiens; los hombres de 10 a 30 mil años como sapiens y los hombres actuales como sapiens sapiens, debido al desarrollo de su cerebro y de su intelecto. Desde los 10 mil años a la fecha se confirmó la posibilidad de un lenguaje cada vez más perfecto que mejoró la comunicación humana y la capacidad de comprender y representar la realidad a un mejor nivel.

Pero en realidad hace sólo unos 4 ó 5 mil años del momento actual que el hombre desarrolla su intelecto en la forma que lo ha hecho y esto es lo que ha determinado el asombroso progreso de la humanidad de lo que todos somos conscientes.

Fue con tal evolución de su cerebro que el hombre fue capaz de constituir una consciencia superior o AUTOCONSCIENCIA propia de él y a partir de esto se dio el manejo de la realidad y de sus propios instintos a otro nivel muy distinto al de nuestros antepasados. 

2. LOS FUNDAMENTOS CEREBRALES DE LA AUTOCONSCIENCIA

Si conforme hemos visto el cerebro humano evolucionó hasta llegar a ser lo que es hoy día, debemos abordar aunque sea en forma general el conocimiento de las estructuras fundamentales de este órgano biológico que tiene que ver con la función de la consciencia en primera instancia y seguidamente de la autoconsciencia para relacionar esta última con la conducta y el delito.

Veamos cuáles son estos fundamentos anátomofisiológicos.

2.1. La Función de la Consciencia

Que la función de la consciencia con el valor de un estado de vigilia y de una alerta que llega hasta la atención es un hecho en la base de la autoconsciencia. Naturalmente, no podemos aquí referirnos en extenso a todos sus fundamentos anatomofisiológicos pues esto sería demasiado extenso. Por lo tanto diremos sólo lo más indispensable.

Hoy día se sabe que la consciencia en la definición que le hemos dado depende de la actividad de una estructura del tronco del encéfalo, es decir, por fuera de los hemisferios cerebrales denominada formación reticular que actúa como una verdadera estructura energética, es decir, activadora de las estructuras cerebrales que están por encima de ella, que se carga gracias a sus propias neuronas y a la actividad de las vías nerviosas que pasan a su lado en la región denominada tronco del encéfalo.

A partir de esto, fisiológicamente hablando se producen tres niveles de actividad que conducen al alerta y a la atención del saber:

Un primer nivel denominado de la consciencia basal o mínima que se relaciona con el tono energético del encéfalo no diferenciado; un segundo nivel por influencia directa de la formación reticular que por activación de la cara interna de cada hemisferio cerebral y de determinadas arcas basales del lóbulo frontal permite un reflejo de orientación inmediato ante estímulos directos.

Estos dos niveles poseen una amplia difusión entre los mamíferos de la escala zoológica incluido el hombre, pero en este último existe un tercer nivel propio y exclusivo de él, el de la atención consciente que es el del alerta lúcido con la posibilidad no sólo de orientación ante los estímulos, sino también la de permutar con relación a los estímulos que interesan al organismo o ante tareas intelectuales de más o menos alto nivel. Los lóbulos frontales resultan fundamentales en esto al punto que poseen casi el monopolio de la activación por parte de la formación reticular; demás está decir aquí que la atención consciente constituye uno de los pilares fundamentales para la autoconsciencia y cualquier patología a este nivel la hace imposible.

2.2. La memoria

La memoria definida en su forma más elemental como la capacidad del individuo de almacenar y recuperar información como lo reconoce la psicología resulta básica igualmente para una autoconsciencia, reconoce dos formas: la de los hechos recientes o anterógrada y la de los hechos antiguos o retrógrada.

La función de la memoria que es básica para el aprendizaje tiene relaciones muy próximas con la consciencia y la atención y por lo tanto con la autoconsciencia. La investigación fisiológica últimamente relaciona la memoria de los hechos recientes con el hipocampo, una estructura de corteza cerebral situada en las áreas límbicas por fuera de la neocorteza cerebral, mientras que las memorias antiguas o retrógradas dependen del mismo neocórtex.

Es así como se describe dos circuitos cerebrales en relación con la memoria: uno para la consolidación y otro para la recuperación. En forma muy general, el primero implica la participación de una estructura hipocámpica, la denominada región entorrinal que concentra la información y la envía al neocórtex que cubre los hemisferios cerebrales donde se consolida y se hace definitiva; el proceso de recuperación del material de la memoria es inverso e implica la llegada de información a la región entorrinal del hipocampo y desde esta última estructura se distribuye a todo el sistema límbico para volver al neocórtex.

De todo esto se deduce que memoria que no ha sido consolidada no puede ser recuperada y sin estos elementos la autoconsciencia del hombre quedaría en vacío y resultaría prácticamente imposible.

2.3. El neocórtex cerebral y las denominadas "áreas humanas"

Si hemos relacionado la autoconsciencia con el desarrollo filogenético del cerebro debemos ahora precisar cuáles son las áreas o regiones de este órgano, específicamente de la corteza cerebral que han permitido esta posibilidad.

Conforme sabemos, los hemisferios cerebrales están recubiertos por un manto de sustancia gris muy delgada de no más de 4 mm de espesor (en promedio) que los recubren totalmente. Es este manto o capa gris la que permite, conforme dijimos, el intelecto humano y ninguna otra especie animal actual posee un neocórtex similar ni aun los primates más avanzados en cuanto a extensión y estructura histológica relativa a sus fibras omieloarquitectura o a sus células (neuronas) o citoarquitectura.

Con todo, esta capa gris o neocórtex no evolucionó en un día conforme hemos visto, pues lo hizo a través de millones de años, pero el hecho concreto es que en la actualidad ha logrado integrar algunas áreas que consideramos como claves para definir la posibilidad de funciones de orden superior. En tales áreas los estímulos con el carácter de información sean procedentes del mundo interno o cuerpo del individuo o del mundo externo por medio de los órganos de los sentidos son procesados en forma compleja a partir precisamente del análisis y síntesis de dicha información hasta alcanzar la posibilidad de lo que los psicólogos denominan como percepción consciente. Esta última a despecho de menores desarrollos del neocórtex existe en algunos animales superiores, especialmente primates hasta un cierto límite lo que nos permite reconocerles la posibilidad de estados de consciencia, pero no de una verdadera autoconsciencia como en el humano, pues en ellos hace falta un componente decisivo o fundamental para esto que es el lenguaje articulado. Es por medio de este último que el hombre puede percibir la realidad, captarla y representarla y al mismo tiempo ordenarla y categorizarla, es decir, intelectualizarla en el cabal sentido de la palabra y seguidamente tener la capacidad de almacenar, es decir, constituir memorias con la capacidad de recuperar el conocimiento o las experiencias vividas.

Por otra parte, todo este material percibido, categorizado, almacenado de nada serviría si no existiesen en el mismo neocórtex estructuras para poder establecer los contactos del hombre con su realidad, lo que se realiza por medio de los movimientos, los cuales dependen de la actividad de las porciones anteriores del neocórtex, desde los más simples o sencillos hasta los más complejos incluidos aquellos necesarios para el lenguaje expresivo o verbal, así como en el planteamiento y programación de conductas y la secuencia de los movimientos necesarios en el cumplimiento de las intenciones en todo lo cual el lenguaje posee importancia decisiva.

La porción anterior del neocórtex humano del hombre actual ha adquirido desarrollo extraordinario al punto, que se puede afirmar, que ocupa un 25% de toda la extensión del mismo lo que guarda relación directa con su enorme importancia para la conducta, desde la más simple a la más compleja y elaborada o inteligente y marca el paso en la resolución de problemas del más alto nivel, es decir, dirige el intelecto a partir del material procesado y almacenado en la porción posterior del neocórtex de lo que ya hablamos.

Ahora debemos formularnos dos preguntas: ¿Cómo se constituyeron en el hombre estas áreas superiores para la percepción y para la acción? Y ¿Qué relación guarda todo esto con la autoconsciencia?

Naturalmente, no intentaremos aquí explayarnos en teorías que nos hablan de ciertas características de orden genético incluidas mutaciones que de ese modo constituyeron el cerebro humano diferenciándolo del resto de los animales y que tal desarrollo se realizó en íntima relación con la realidad humana y social inmerso en la cual debió vivir. En esto, los investigadores se han dividido entre quienes opinan que todo se debe simplemente a características íntimas o intrínsecas de orden genético propias del hombre en el desarrollo de su cerebro y quienes piensan que sin la intervención del entorno social este desarrollo del neocórtex humano jamás se habría producido.

En el momento actual debemos pensar que ambos tienen razón pues sin un cerebro de tales características estructurales el intelecto resultaría imposible lo que podemos comprobar en los cerebros de otras especies animales que no poseen estas cualidades y a pesar de vivir en comunidad no desarrollan su intelecto en la medida del humano; pero, por otra parte, también es cierto que si el cerebro humano no recibe estímulos y el reto que la realidad significa su intelecto queda a nivel animal como se ha evidenciado en la práctica por ejemplo en el caso de los niños lobos.

La realidad y sus retos resultan un alimento sensorial para el cerebro del hombre y es así como guió en gran parte el desarrollo del cerebro en el curso de la evolución, pero para lo cual debió contar con un cerebro de ciertas características estructurales y fisiológicas con un alto nivel de posibilidades de integración funcional. Todo esto nos obliga a ocuparnos de las denominadas "áreas humanas" situadas en el neocórtex.

Surge, con todo, ahora una pregunta crucial: ¿Fue sólo necesario el maravilloso desarrollo del neocórtex humano para la aparición de la autoconsciencia?

Desde un punto de vista estrictamente materialista podemos afirmar que sí, pero, no obstante, existen algunos hechos que parecen apuntar a que la vida mental del ser humano de calidad tan extraordinaria y específica requiere de instancias mentales superiores. Antes de penetrar en este punto digamos unas pocas palabras acerca de las ya nombradas "áreas humanas" del neocórtex. En primer lugar hablamos de áreas humanas pues no se dan con estas características en ninguno de los seres de la escala zoológica actual. ¿Cuáles son pues tales áreas? Para esto nos guiamos por la fig. 1, en la cual podemos apreciar en la parte media del neocórtex posrolándico una zona que marca la confluencia de la información visual auditiva y sensitiva sensorial y en la cual los estímulos no sólo alcanzan una integración compleja de nivel superior, sino, además, permiten dar un sentido a la realidad con la amplia colaboración del lenguaje. Es el componente semántico o de sentido del intelecto, cosa que resulta imposible en los animales.

Topográficamente esta zona del neocórtex corresponde a las áreas 39 y 40 de Brodman y en términos de la informática la podemos calificar como de procesamiento superior de información.

Más adelante según la fig. 1 tenemos la parte más anterior del neocórtex que corresponde al lóbulo frontal o polo frontal como vimos de enorme extensión en el ser humano que se encarga fisiológicamente de la utilización con sentido de todo el material procesado en las áreas semánticas mediante conexiones ad hoc para planificar y programar conductas desde las más simples a las más complejas interviniendo, además, en la expresión lógica inherente al lenguaje y en el pensamiento para la solución de toda clase de problemas complejos lo que supone todo un proceso intelectual superior. Corresponde a las áreas 9, 10 y 11 de Brodman.

Si intentamos ahora una comparación entre el cerebro del hombre actual y el de un chimpancé nos orientamos por la fig. 2, en ella podemos apreciar la diferencia estructural del cráneo de ambos, una mayor capacidad de la caja craneana del hombre. Asimismo, observando la cara externa correspondiente al hemisferio cerebral izquierdo dominante en los hombres diestros observamos una gran diferencia entre las circunvoluciones del hombre y las del chimpancé, un mayor desarrollo y lo más importante, que en el hombre predominan las que hemos denominado áreas humanas aparte de las conocidas como terciarias en las cuales se analiza la información procedente de varios campos cerebrales en relación estos últimos con los diferentes sentidos, la vista, el oído, el tacto, etc.

En el chimpancé existen estas áreas humanas pero muy incipientes; un hecho interesante de destacar aquí es que las áreas primarias tienen aparentemente un mayor desarrollo en el chimpancé, pero esto es sólo relativo si lo relacionamos con la extensión total de la corteza cerebral en el hombre y en el chimpancé.

Veamos ahora la importancia que este desarrollo comparativo del cerebro del hombre con el del chimpancé va a tener para nosotros cuando de la actividad mental se trata.

2.4. El plano mental y el plano cerebral: su importancia para la autoconsciencia

Retornando ahora lo que decíamos en relación con la vida mental superior propia del ser humano y apartándonos un tanto de los conceptos puramente materialistas, parece que, para la acción eficiente de tales zonas superiores del neocórtex humano que hemos descrito, se requiere de coordinaciones muy selectivas y precisas que en cierto modo escapan al plano netamente material del cerebro como expresión, esto último de la relación materia - energía. Entre tales aspectos relativos a la vida mental del hombre podemos mencionar algunos que forman parte de la autoconsciencia tales como la noción de nuestra constancia a través de nuestra existencia, la de nuestra unidad indivisible con sentido biográfico unívoco y esto lo sabemos pues si por ejemplo perdemos uno de nuestros miembros por un accidente seguimos siendo los mismos. Sin embargo, esto tiene excepciones pues en los casos de lesiones o de patología del cerebro nos puede resultar imposible lograr estas integraciones complejas.Fig 2

Todo partió de las dos teorías fundamentales de la mente: la materialista que se encierra en el binomio materia - energía y la dualista que afirma que el cerebro y la mente son entidades separadas aunque relacionadas. De esto surgieron los modelos interactivos como el de Popper. Según este autor el Mundo I corresponde básicamente al cerebro según el binomio materia?energía. El Mundo II lo compara con un procesador capaz de transformar los impulsos nerviosos procedentes de los estímulos codificados en experiencias cognitivas. En este punto, Popper prescinde del hemisferio derecho, pese a la importancia de este último en lo que a elaboraciones estéticas y de intuiciones se refiere, por último, el Mundo III es el de la cultura que conserva los logros del ser humano a través de los tiempos y posee también una existencia real. La conexión de tales mundos se establece en la forma que graficamos en la fig. 3.

De todo esto partió el concepto de considerar para el hombre un plano mental el cual si bien carece de energía propia sino materia de acuerdo con la física cuántica, sin embargo, sería apto para marcar el paso de la acción del plano material, es decir, del cerebro, bajo algunos principios cuánticos fundamentales, especialmente el de probabilidad de selección de minipartículas a nivel de las sinapsis del cerebro, entendiéndose que estas últimas permiten la comunicación de neurona a neurona a través de mecanismos electroquímicos.

En estas sinapsis se da la posibilidad de seleccionar partículas con el valor de probabilidades mediante mecanismos ad hoc que no es el caso describir aquí por ser un tema muy especializado. De esto partió el concepto de cerebro de conexión por medio del cual las áreas especializadas del neocórtex que ya describimos como áreas típicamente humanas, establecen relaciones con este hipotético plano mental. Tales áreas consideran los autores corresponden al hemisferio dominante (izquierdo en los diestros) en su neocórtex relacionado con las áreas lingüísticas e ideacionales, pero sin desconocer la influencia que en esto tiene el neocórtex del hemisferio no dominante (el derecho) en los diestros.

Ambos mundos que definimos como I y II son autónomos. La interacción mente?cerebro es análoga. Toda concentración mental implicada en las intenciones del pensamiento puede causar eventos neurales análogos a los campos de probabilidades de la física cuántica. El plano mental y su relación con el cerebro lo podemos apreciar en la fig. 4.

A despecho de lo expuesto no cabe duda que el plano mental sólo puede interaccionar con el plano neural o cerebral cuando este último se encuentra en condiciones de normalidad. De no ser así, todas las funciones se alteran y por supuesto las superiores son las que sufren con mayor intensidad. Con esta realidad debemos pues trabajar para comprender al hombre en toda su esencia.

3. VALOR DE LA AUTOCONSCIENCIA EN LA CONDUCTA SOCIAL DEL HOMBRE

Que el hombre sea plenamente consciente de identificarse a sí mismo, tenga noción de su constancia a través de su existir, esta última con sentido biográfico, así como de constancia de sí mismo, posee un enorme valor de su conducta social.

En primer lugar sin este tipo de autoconsciencia el hombre no sería legalmente capaz de identificarse de sus semejantes lo que de hecho le impediría darse un lugar propio en el concierto de los grupos sociales o sociedades en general.

En segundo lugar, esta autoconsciencia le permite incorporar valores y principios vigentes en su ambiente social y hacerlos suyos para después programar su conducta en consonancia con su realidad social y humana.

En tercer lugar debemos aceptar que su autoconsciencia se construye sobre un material cerebral ya dispuesto inclusive desde antes de su nacimiento, se va integrando en el curso del existir teniendo esto último una relación directa con la introyección de experiencias y valores. Estas últimas pueden ser positivas o negativas teniendo en cuenta sus efectos en el individuo y para el grupo social del cual es parte integrante, aquí se admite una enorme variabilidad de posibilidades actuantes sobre la materia prima o biológica cerebral.

En cuarto lugar, la autoconsciencia de lo hombres no queda sólo en ellos pues como éstos viven en grupos sociales o en sociedades se proyecta a éstas y se hace por así decirlo colectiva y es de aquí que parten los estudios realizados hacia el conocimiento de las características sociales intrínsecas de los diferentes grupos humanos o sociedades, estudios que conforme hemos visto pertenecen al campo de la sociología, de la antropología, etc.

Las sociedades humanas poseen pues una conciencia colectiva muy propia la que tiene un enorme valor para los individuos que las integran, desde que el hombre nace y crece en un hogar que es un microuniverso social pero luego de sus primeras experiencias a ese nivel es el ámbito social donde consigue su plena integración como individuo y se alimenta introyectando todo lo positivo o negativo que prima en su ambiente social. Aquí podemos afirmar sin equivocarnos, que la autoconsciencia del hombre se forja de manera definitiva, se hace positiva o negativa o se enriquece o se empobrece en su ambiente social donde vive.

La inserción social del individuo depende pues de su propia consciencia la cual es hasta cierto punto moldeable según las circunstancias de su existencia y de la introyección de experiencias y memorias, forjadoras de valores.

De otra parte, reconocemos que la autoconsciencia de los hombres más conspicuos de una sociedad se proyecta de algún modo a su ámbito social y de esta manera su intervención y acción social resulta muy importante como elemento forjador de su sociedad, perfeccionando la consciencia colectiva, se trata pues de una corriente de influencias en doble sentido a saber: individuo?sociedad?individuo a través del tiempo.

La consciencia colectiva no cabe duda que constituye una estructura pero jamás estática, sino ampliamente dinámica, es decir, cambiante y flexible, reforzable en algunos aspectos y al contrario debilitante en otros, al punto que muchas veces lo que se aceptaba socialmente como algo inmutable y firme se va perdiendo poco a poco y algunos valores, usos y costumbres van cayendo en desuso siendo sustituidos por otros, lo que inclusive tiene valor generacional conforme lo sabemos. Sin embargo, se habla de principios y valores eternos, los que más dependen de su continuidad y uso prolongado que de ellos mismos como tales.

Es en medio de toda esta compleja trama que debemos considerar al hombre en la conocida frase de "producto de su sociedad y de su tiempo" y por lo tanto cuando de evaluar su conducta se trata, ésta debe hacerse de acuerdo con tales principios sin lo cual tal evaluación sería errónea y quedaría vacía.

De acuerdo con todo lo que hemos venido exponiendo la autoconsciencia del hombre marca el paso de su conducta en sociedad. Eliminando casos en los cuales la patología corporal o somática e inclusive cerebral predominan puede perderse la posibilidad de interacción fluida con el hipotético plano mental; asimismo, en casos de presiones de orden psicológico relacionadas con las tendencias instintivas se rompen determinados diques de contención motivando agresiones incontrolables que pueden objetivarse en la conducta y por lo tanto en el ámbito social.

Eliminando tales factores o cuando éstos son mínimos no cabe duda que la autoconsciencia guarda una relación estrecha con el denominado super Yo que es una instancia represora y de censura del ello vinculado al plano instintivo-afectivo. De cómo se forjó este super Yo, de los valores introyectados y aceptados por el individuo dependerá en gran medida su conducta en sociedad.

Así, en los casos de delincuentes no ocasionales o circunstanciales y que suelen ser reincidentes en el delito, no cabe duda que el super Yo es frágil y hasta inexistente; esto se extiende a la autoconsciencia que está detrás del super Yo. Por lo expuesto en casos de delitos de esta naturaleza y en ausencia de toda patología somática o cerebral que impida la interacción fluida entre el plano mental y el somático o cerebral debemos indagar en primer lugar su estado de consciencia del agente del delito juega un papel importantísimo, casi decisivo, pues lo ubica en la realidad en el sentido de estar plenamente consciente de ser el quien lo comete o lo ha cometido y al mismo tiempo lo hace apto para compulsar hechos o circunstancias que rodean la comisión del acto delictivo, al margen naturalmente de los delitos cometidos por emoción violenta incontrolable o impulso ciego. De no ser éste el caso del agente del delito suele tomar tiempo antes de cometerlo y en tales casos casi siempre realiza una compulsa y evaluación confrontando el acto a cometer con sus propias posibilidades y las consecuencias del mismo para él. En todo esto intervienen sus propias estructuras valorativas, estas últimas en íntima relación con su super Yo y la forma que éste ha recibido en el curso de su existencia, todo esto dentro del marco de su autoconsciencia.

De esto debemos deducir que en toda evaluación de un delito sea ésta jurídica o psicológica, se debe poner especial atención en eliminar patologías que interfieren la normal interacción entre el plano cerebral y el plano mental; realizando esto a la estructura del super Yo y sus valores que le son propios y detrás de esto a la autoconsciencia tanto en lo que respeta a su condición actual, es decir, con la comisión del delito. Esto en los informes correspondientes se conoce como antecedentes personales y penales.

Por último, cabe resaltar aquí la descripción de las características del delito cometido lo que nos orienta o por lo menos nos aproxima en parte para la comprensión de las características de la condición mental y de la autoconsciencia del agente del delito, lo cual posee indudable importancia para la evaluación de un caso concreto en lo que a su grado de responsabilidad penal se refiere.

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