26

Empezó su propia condena telefoneando a Martha sólo al sexto día de llegado. Sabía que ella lo había llamado repetidas veces, hablando largamente con sus hermanas y tía Lola, enterándose de lo sucedido por terceras personas, pero no imaginó su resentimiento ni su ira. Después de dejarlo hablar, de enmudecer casi diciéndole apenas sigue, mientras él exageraba la desgracia y las posibles consecuencias para ellos, Martha fue encrespándose a pocos, renaciendo y armándose de ironías y desplantes, hasta que lanzó su primer chillido y lo llamó falso, mentiroso y desconsiderado, egoísta y engreído, casado con manías de soltero, y le planteó un ultimátum, o volver en dos días o ella se vendría definitivamente a Lima. Y en cuanto él, sorprendido, pretendió dar nuevos detalles sobre la historia de Mónica e Ismael, ella zanjó la cuestión con otro grito: era, en efecto, una desgracia, pero no les incumbía directamente a ellos, y Mónica al morir lo había dejado sin excusas para engañarla más: ya era tiempo de decir las cosas claras, él se había enamorado de Mónica, pero debía elegir entre la fidelidad al recuerdo o a su matrimonio. Le chilló nuevamente al oído e incluso le tiró el teléfono, por primera vez en su vida.

Curiosamente, luego de breve indignación por los reproches, quedó tranquilo y aun satisfecho: se merecía aquello, Martha ascendía, digna, ante sus ojos y su viaje de retorno estaba resuelto.

Dio cuenta al abogado de los encargos de Ismael y procedió a ejecutar sus propias decisiones. Ignoraba cuán dolorosa iba a ser la entrega del dinero (hallado en casa de Ismael) a tía Lola, junto con la promesa de que él mismo regularizaría sus mensualidades, estuviese en México o Lima. Quiso aún retener esa suma ajena, sentirse acompañado por ella antes de lanzarse a una vida de privaciones, pero finalmente renunció a esa mezquindad y se la entregó íntegramente. La anciana se echó a llorar, temblando entre sus brazos, ingenua como una niña, resentida de ser pobre al punto de que su hijo creyese que lo había criado por dinero; dijo que no necesitaba más que su pensión de viuda: pero ella también tenía sus deseos escondidos, y modificó su negativa al decir que aceptaría una tercera parte o quizá la mitad: Hasta que, por fin, secándose las lágrimas, recibió toda la suma anunciando que sus primeras compras serían una cocina eléctrica y un radio nuevo.

Tras la última pelea, más difícil fue convencer a Manolo de que lo recomendaría a la universidad mexicana: para ello necesitaba al menos fotocopias de los títulos y trabajos de su amigo, además de cartas de conocidos profesores. Tuvo, pues, que visitarlo especialmente y pedirle su asentimiento para iniciar los trámites. Manolo, paseándose por su pobre biblioteca de estanterías rústicas y enclenques, mezcladas con otras de simples ladrillos superpuestos, lo reprendió aún más duramente que Martha por su conducta. Luego preguntó por qué deseaba ayudarlo, qué había sucedido entre ayer y hoy. Toño le quitó importancia a las causas, subrayando las ventajas que obtendría Manolo en un medio culturalmente más avanzado. La tentación fue mucha para su amigo, aunque Manolo únicamente prometió pensarlo y escribirle allá. Finalmente se dieron un cordial abrazo de despedida; el deshielo fue de por si una buena señal.

La búsqueda de su hermana Maruja le consumió las últimas horas en Lima. Llamó a Huaylas y la citó a través de la compañía telefónica. Mientras tanto, se puso a hacer las maletas. Tía Lola había salido a misa o al mercado, eso pensó, pero luego supo que estaba en el centro, gastando su dinero en regalos para Martha, Toño e Ismael. Ella tardaba más de lo debido y Toño seguía gritando al teléfono; no, le dijeron que su hermana había dejado el pueblo hacía meses, y como vivía sola, nadie le daba razones. Me porto como un resucitado que quiere vivir escenas muertas, pensó; igual fue con Melisa. Iba a llamar a Martha pidiéndole veinticuatro hora más de plazo cuando volvió tía Lola con sus paquetes y se sentó en la cama, junto a las maletas. Suspiraba de cansancio. ¡Pero si Maruja no está en Huaylas, dijo, a ti se te ocurren unas cosas! ¡Si me escribió diciendo que se marchaba a Tingo, cerca de Yungay, y yo te mostré la carta! El olvidadizo dio un salto. ¿Y había teléfono en Tingo? No estaba segura, había un colegio secundario importante, quizá el director pudiese ayudar. Por supuesto que ubicarlo tardó demasiado, el director había salido, pero el inspector que hablaba desconocía a la señorita Maruja Flores: sin embargo, si le dijera en casa de quién estaba alojada. ¿Y cómo podía saberlo él? En casa de doña Inocencia Tordoya, dijo tranquilamente tía Lola, es mi comadre, dile que la llamo yo. Pero, no, ambas mujeres estaban de visita en algún lado. Toño llevó sus maletas a la salita y revisó sus documentos, listo para partir al aeropuerto. Desde la acera opuesta la casona de los Alberti lo miraba oscura y mortecina. Había empezado a despedirse de tía Lola, y a la vez, temblando, cerrados los dientes, abrazaba a la sombra de su madre. Llamemos de nuevo, dijo ella, tienes que encontrarla, tus intenciones son buenas; esas mujeres no llamarán por más que digamos que pagaremos aquí, así somos en la sierra, hijo, tímidas, delicadas o tontas, no lo sé. Y llamó, y al punto respondió Maruja después de años y siglos, oh qué ingrato, si resultaba muy fácil comunicarse cuando uno quería, hola, hermana adorada, hablaba su remordimiento, su creencia de que no se necesitaban, su falsa certeza de que sus vidas estaban completas, sí, sí, vente a vivir con tía Lola, yo volveré en uno o dos meses de México, sí, con Martha, claro, así nos veremos continuamente. Oh, sí, hija, sí, gritó a su turno tía Lola, ven a acompañar mi vejez hasta que muera, no quise decírtelo nunca, pero ya que Toño se anima… Pero, no, no, Maruja tenía sus razones, su cautela. Llámame cuando regreses, hermanito, déjame pensarlo hasta entonces, créeme que ha sido un milagro del cielo oír tu voz después de una vida. Primero tenía que salvarme yo para acudir por ti, quiso decirle Toño, pero la frase le pareció pedante e inútil.

A las cinco de la mañana, ardiéndole los ojos por la luz del pasillo que había brillado toda la noche, bajó casi del avión en el aeropuerto del D. F. Martha, Pancho y Hortensia lo esperaban en plena pista penumbrosa, como bultos todavía sin miradas. Aprovechó esa ausencia de luz para abrazar fuertemente a una Martha silenciosa y herida; de algún modo parecía el término de un camino, oh mi amor, perdóname, dame otra oportunidad, te juro que… Había que decirlo todo, el tácito diálogo de las vidas juntas y calladas no había bastado.

Metidos en el LTD, Martha conducía oyendo la historia de los últimos días, que Toño cortó por lejana e irreal en esta nueva cuidad que nacía al sol de la mañana. Entonces Pancho, en voz muy baja, ocupó el turno y fue contándole las rabietas de Martha durante su ausencia y que mañana por la noche habría fiesta en casa de Lucila, que no faltara ¿eh? ¿Y quién es Lucila?, pensó, ah sí, la ilegítima, la de la casa chica… Qué grande eres, Pancho, y palmoteó la nuca de ese amigo suertudo y sabio, cómo haces para tenerlas a gusto y sin problemas, y Pancho soltó la risa, qué le estarás contando, Toño, que habrás hecho en Lima. ¡Y no sospechaban siquiera de Pancho, vaya suerte!

Las cosas se alargaban y torcían, no salían breves ni rectas como él había planeado. Martha aceptó increíblemente pronto la vuelta a Lima, a condición de llevarse todo, desde colchones y muebles hasta ollas a presión, y de que el nuevo departamento fuese igualmente amplio; pero el decano de la Facultad, con sucesivas prórrogas, lo disuadía de marcharse y tramitaba el expediente de Manolo, condicionado a la partida de Toño. El día en que finalmente se llegó a un acuerdo, Toño y Martha estaban descorazonados, y no les importaba mucho, inclusive no se alegraron de las espléndidas condiciones: tres meses de licencia pagados para que Toño investigara en la Biblioteca Nacional de Lima, y tres más en que, sin pagarle, le guardaban el puesto; y con ello ya habrían llegado al nuevo año, ya se verían las cosas, en tanto que el contrato de Manolo se lograba por un año renovable.

Pensándolo bien, resumieron que tenían medio año de plazo para ver las orejas del galgo, y antes de llamar a la agencia embaladora del equipaje, ofrecieron un ruidoso cóctel a unas doscientas personas, servido con las exquisiteces que Martha había aprendido en su casa de Lima. A la madrugada, libres de mozos alquilados y amigos, se acostaron satisfechos y fue la primera vez que la sombra de Mónica se esfumó, quedando apenas la de Ismael.

Un punto a favor, sin duda alguna. Pero casi en seguida surgió el punto en contra. Días antes del retorno, llegaron de Lima noticias imposibles ya de esconder a sus amigos, escuetas o minuciosas, pero todas en las primeras páginas de los diarios, y todas desplegadas en las esquinas del vasto D. F. Otro golpe militar había depuesto al presidente civil. Por la noche, la televisión dio otros detalles: ahí estaban las pueriles acusaciones de los usurpadores, las fotografías borrosas de quienes partían al exilio y también las del nuevo Jefe de Estado y sus ministros, escandalosamente uniformados entre el gentío normal. Sin dormir la noche entera, Toño llamó a Lima. Tan indignado como él, pero con voz absolutamente tranquila, Walter dijo no te preocupes, hemos vuelto a la normalidad, a la época más dura, y él, incapaz de ironías, intentó deshacer los contratos, obtener un certificado médico impidiéndole el viaje, lo que fuera; pero al día siguiente, en camino a la envidiable ciudad universitaria del D. F., un campus mejor que los soñados para su país, desistió por fin de su cobarde vacilación. Así, luego de su última clase, apenas tuvo tiempo de recibir en el aeropuerto a Manolo, que llegaba no sólo con noticias frescas, sino ávido de los detalles de su nuevo trabajo. No obstante, uno preguntaba al otro por lo que más le interesaba, y así estuvieron casi toda una mañana, hablando como para sí mismos. Lo único que sacó en limpio fue que la nueva situación favorecería a Ismael y quizá disminuiría su condena. Lo dedujo así, simplemente, aunque Manolo no lo dijera.

Una por otra, menos mal, pensó, y partió del D. F. avergonzado, disminuido, reacio a mirar en los ojos a tantos amigos (como si él fuera otro militar insurrecto) que los despedían en el aeropuerto; al revés de él, Martha parecía gozar marchándose, repitió que iba a su tierra donde la esperaba su familia, porque ustedes deben saber que allá la vida es más fácil y más barata, la gente más cariñosa, y aun tienes dos o tres sirvientes y eres alguien, te conoce todo el mundo. En cambio, aquí...

En Lima únicamente los recibieron las hermanas de Martha; pero ella tampoco se fijó en eso, contando feliz lo bonito que era México, mostrándoles el abrigo de piel que por fin le había comprado Toño, mientras él, esperando a que las maletas salieran por la cinta corrediza, miraba de reojo a los pasajeros y familiares, temiendo hallar la mancha de los varones de la tribu.

— Les tenemos lista la casa de Breña –dijo Esther–; ya nadie la usa y papá y mamá se han mudado conmigo. Los viejitos no pueden vivir solos. Ahora habrá que pensar en venderla; lo que pasa es que en ese barrio nadie dará mucho…

— El barrio será feo, pero la casa es bonita –dijo Pichusa–; por dentro es mejor que la mía.

— No, gracias –Toño se hizo el delicado–; iremos a un hotel y luego buscaremos un departamento. Será cuestión de unos días.

— Pero ¿por qué van a gastar? –lo miró hacia arriba Bolita, tan menuda–. No sean bobos. ¡La casa entera para ustedes dos!

— En fin, Toño, creo que la idea es buena… –empezó a aflojar Martha–, no lo sabía, pero si está desocupada…

Los ojos verdosos y repintados de las Alberti, los cuerpos que él ya no miraba directamente, le impidieron defender más su punto de vista. Hubiera sido pelear apenas bajado del avión.

Entraron, pues, en la casona iluminada, encerada y reluciente para ellos dos; y todavía Pichusa les dejó las llaves de su segundo coche, un Mini Minor que ya no usaba. Y las maletas eran acarreadas por las muchachas de Esther, que también se las prestaban hasta que consiguieran la suya.

Cuando acabó de amanecer y se apagaron las luces y quedaron solos, Martha se dedicó a desempacar, pero él cruzó la sala que conocía tan bien, abrió la vidriera y paseó un rato por la terraza de muebles de hierro pintados de blanco y con almohadillas multicolores. Aún esperaría a las ocho y media para tocar la puerta de tía Lola, que por tantos años había sido suya. Y entonces sintió que alguien faltaba en todo ese cuadro, pero no Mónica, ella no, sino específicamente Ismael y nadie más.

Pasaron las primeras semanas y ocurría lo más curioso. Ocupado en buscarse un empleo para cuando pasaran los meses de licencia y en preparar con el abogado el juicio de Ismael, que nunca llegaba, olvidó informarse a fondo sobre la nueva situación política, tema que, según creyó, sería muy importante para él. Unos llamaban revolucionario al régimen, otros reaccionario y producto del viejo cuartelazo. Cada día había razones para pensar que todos decían la verdad; las cosas habían cambiado al extremo de que aun el golpe militar ya no era el de antes; el gobierno quería desplazar y sustituir a los partidos, pero las nueva medidas, por progresistas que parecieran, tendrían sólo efectos a largo plazo en un país donde todo estaba por hacer y donde no se vivía siquiera, por muchos conceptos, en el siglo XX.

Más interesantes de observar le parecieron sus sobrinos, en especial los hijos de Mónica, a quienes ahora Martha y él cuidaban mucho, visitándolos con frecuencia y aun trayéndoles a dormir por turno en la casona. Esos niños crecían en un nuevo ambiente, sin los temores y sombras de la niñez de Toño, sin la opresión del hambre y del medio reducido. Sin duda eran saludables y libres, y empleaban mejor su inteligencia. Y Esteban era el más risueño, movedizo y despierto, e incluso tenía la sonrisa irónica y maliciosa de su madre.

Cuando se cumplió su licencia, entró a enseñar en una universidad privada, de las que acababan de abrirse, cuyo local no era un antiguo convento como el de San Marcos, sino una casona particular, donde se habilitaban salones de clase en los antiguos dormitorios. Y como el sueldo no era mucho, trabajaba por las mañanas en un periódico vespertino, y no sólo escribía, sin firmar, artículos sobre una variedad de temas, sino se convirtió en un meticuloso y majadero corrector de pruebas, recibiendo por ello una paga extra.

Las cosas iban tirando, aunque tampoco salían mal. De pronto su hermana Maruja llegó a Lima, se instaló donde tía Lola, cruzó la calle y tocó el timbre. !Ah, sólo el verla fue un dulce sufrimiento! ¡Avejentada, mal vestida, pero con el humor estupendo, pasando un velo tierno y suave por sobre los penosos recuerdos!

— ¿Me preguntas por papá, hermanito? Pues te diré: para mí es un chiflado y un tacaño; se olvidó de nosotros por no gastar en educarnos y se enredó con una mocosa porque le gustaban las mocosas, así de sencillo. Ahora hace lo que muchos en la sierra, donde no hay industrias: es dueño de una tiendita de abarrotes y ha envejecido vendiendo arroz, velas y jabones a todo el pueblo, mientras la mujer está cada día más joven y más sinvergüenza. Está pagando lo que hizo con mamá: olvídate de él, Toño; con decirte que se hace el que no me ve por la calle… Hay que tomarlo así, ya me cansé de sufrir y ahora me resbala todo.

Él cerró los puños. Quizá hubiera debido castigar al viejo en vez de privarse de sus comodidades; viajar de incógnito a Huaylas, esperarlo de noche a que estuviera solo en su tienda alumbrada por una linterna a kerosene, e irrumpir para golpearlo o matarlo, no se decidía aún, o quizá reírse de él a carcajada limpia. ¡Ah, si algunos hombres tuviesen de veras conciencia y aceptaran libremente el castigo..! Risueña, abrazándolo mientras Toño le enseñaba la casona, Maruja creaba, sin embargo, un aire triste y lastimero en torno, como si sus labios y ojos sonrientes se diluyeran en una parálisis futura, en un anticipo del mañana aún más solitario. Apenado por el futuro de su hermana, que él deseaba transformar, Toño le ciñó la cintura y dijo ya sabes, nos veremos todos los días, o puedes mudarte acá conmigo, lo que tú decidas; estuvo tentado de preguntarle si tenía novio, pero acabó ruborizándose: jamás habían hablado de esas cosas, se separaron cuando niños y en ese tema continuaban en la infancia, sin crecer en absoluto. Sentados en la terraza, sirviéndose el aperitivo como lo hicieran antaño los Alberti, y saludando con la mano a tía Lola que los miraba desde su ventana, volvió a verla precozmente envejecida, marcada y aun quizá torturada por las primeras arrugas y canas de la vida, las manos encallecidas de una obrera, y fue como si el destino que pudo haber tenido Toño y el de ella se juntaran finalmente en una mezcla de incredulidad e ironía. Pero Maruja pensaba de otro modo, menos mal. Mamá estaría feliz si nos viera, dijo, tomando sus manos y besándoselas; lo veo y no lo creo, yo aquí como una dama en una casona linda y alfombrada de pared a pared, empezó a lagrimear sin cerrar sus ojos negros (¡vaya, al menos le quedaban esos bellos y oscuros cristales tiernos!), fijos en él, ávidos de su imagen, y a él le parecía entrar por esos ojos y recorrerla, morirse y renacer varias veces, en un juego cautivante y peligroso, pues ya iba a gritar quizá, sin quitarse de encima no sabía qué peso, qué fatiga.

Los domingos visitaba a Ismael. Tuvo que sufrir también aquella humillación, después de haber sido echado la última vez. Luego fue una obligación, llevarle una bolsa acondicionada por Martha y adentro la portavianda completa, el rancho del preso. Y al hablar, en un desfile de temas que de algún modo debían pintarse como para un ciego, pues Ismael no veía la calle, volvían a lo mismo, el juicio no llegaba nunca, el traslado de un cuartel a otro peor, que, según Ismael, lo había arreglado el coronel Revoredo, cuya enemistad finalmente explicó. Sí, Ismael lo había desafiado a pelear ante testigos y sin informar a sus superiores, pasara lo que pasara, ya no podía aguantar la hostilidad del coronel, y allá habían ido a una playa desierta en dos coches y sin uniformes y ahí había ganado escasamente Ismael, tras una media hora de golpes y caídas. Como sea, así arrestado estaba mucho mejor que en una cárcel civil, entre ladrones y maricones, le decía el abogado. Ismael pedía que su primo y el abogado visitaran al ministro, que definieran su situación: ¿habría dos sentencias, una militar y otra civil, o una sola?, y gritaba van a reventarme dos veces y ni siquiera ha empezado la primera. Y ellos sí, claro, lo visitaremos, aunque imposible hacerlo, sería peor, revelarían aún más el pobre expediente de Ismael lleno de faltas previas a la muerte de Mónica: la relación de castigos desde sus tiempos de cadete, sus dos o tres insubordinaciones graves contra el superior, sus peleas descubiertas y sus bajas calificaciones de siempre. Eso era lo importante, argüían ellos, borrar esa imagen y pedir o un juicio en regla, o gestionar informalmente un indulto. Y al despedirse volvían a oír las advertencias o amenazas o ruegos: cuando salga mataré a Revoredo, tráiganme algo concreto o no vuelvan, por favor, Toño, cuídame a Lidia, a lo mejor la está enamorando Revoredo, una vez la presenté y le gustó, ahora no confío en nadie, franco, en nadie; y ellos calmándolo con palmaditas e Ismael erguido y orgulloso siempre, con el uniforme de faena muy limpio como si estuviera de revista, paseándose y llamando al centinela con desprecio, humillándolo porque no hablaba bien el castellano. ¡Ah, cuando salga voy a modificar muchas cosas en el ejército! He estado pensando todos estos meses, creo que el gobierno necesita mis consejos. Si te atreves, primo, puedes utilizar mis ideas en tus artículos, y se ponía a hojear los libros que había encargado, yo también leo, no creas que los universitarios no más, y ahí estaban las historias de guerra y espionaje, las biografías de héroes de película o las pilas de chistes para descansar, primo, ya sabes, los leo por higiene mental.

Ya casi no había tiempo para estarse mucho rato en un sitio. Martha lo llevaba muy temprano a la universidad privada, la de los alumnos ricos, la que pagaba poco a sus profesores, y tras una hora de clase en que ella lo esperaba al volante del Mini, lo dejaba en el periódico, de donde volvía en ómnibus para almorzar casi muerto de hambre a las tres. Una pequeña siesta de ojos medio abiertos, y a las cinco ya estaba en la ferretería, para después acompañar a Lidia a su casa y visitar a los hijos de Mónica, o bien hacer algo más relajante, gozar de una película con Martha y en seguida un paseo final por La Herradura, antes de dormir.

Pero Lidia le pedía cada vez nuevos favores, dejarla entrar en casa de Ismael, conocer e intimar con los chicos, o presentarla como la esposa en los cuarteles donde estuviese arrestado su primo, a fin de que pudiese verlo. Con esas complicidades los modales de la muchacha fueron haciéndose más confianzudos y vulgares; al andar se prendía de su brazo, en las playas no quería usar las carpas y se desvestía con él en el Mini; y en los bares bebía tanto como Toño, hablando como una mujer rica que pudiese comprarlo todo y aun metiéndole billetes (del negocio de Ismael, claro), en el bolsillo, incitándolo a gastarlos. Y cuando Martha la invitaba a comer en casa Lidia la llamaba cuñada y discutía la forma en que decoraría "nuestro caserón", esto es, el de Ismael, donde paulatinamente fue inmiscuyéndose en todo, hasta que surgieron las diferencias con Celia, la hija mayor, y aun con las eficientes mucamas negras. Y todavía más surgieron discusiones entre ella y Martha, hasta que la mujer, ascendiendo, minuciosamente en sus ambiciones, se enfrentó de una vez con Toño y acabó llorando cuando quiso girar sola contra la cuenta bancaria de Ismael.

— Eso sí que no, hasta aquí hemos llegado –dijo él, mirando como si despertara; las numerosas pulseras de Lidia, sus collares y anillos resonaban durante el diálogo. La ha vestido y adornado Ismael, pensó, ha querido construir otra Alberti, pero sólo ha fabricado otra mujer de medio pelo.

La próxima vez que acompañó al abogado al cuartel de turno le pidió intervenir juntos y de modo coordinado para vencer la tozudez de Ismael. Muy bien, pero usted empiece, dijo el abogado; si no, es capaz de faltarme el respeto.

Aceptó el riesgo y de entrada no más dijo hola, suertudo, aquí traemos una noticia para hombres, no para muchachos.

— Habla de una vez –saltó Ismael de su silla, en un costado de la habitación destinada para las visitas.

— Muy bien, pero nada de escenas; en el fondo la noticia es muy buena.

— ¡Vamos, no me trates como a un niño!

— Bueno, pues ahí va, saldrás mañana lunes.

— No juegues… –y la noticia chispeó en la cara seca y pálida, reventó en una sonrisa tímida, mientras el hombre uniformado retrocedía y sus manos cortaban el aire–. Oh, vamos, dame más detalles, no me gustan las bromas– y volvió a su cólera dormida de siempre.

— Sí, señor, dijo el abogado, es la pura verdad.

De nuevo las manos se avivaron y su dueño lanzó el primer grito de felicidad que rebotó en las paredes y sacudió a Toño y al abogado, ya puesto en pie.

— Bueno, pero ¿cómo ha sido..? –y entonces Toño tuvo que desenredar la lengua, suavizar las cosas para no volver al pasado–. Estarás de acuerdo en que sucedió un accidente, o un error, o un acto desdichado, y que, como consecuencia de ello, Mónica ha muerto.

— Pues, sí, sí…

— Y que esa desgracia o como se llame tiene que ser de algún modo castigada por tu institución.

— Claro, estoy de acuerdo.

— Pues hemos tenido suerte. La institución a que perteneces...

— ¡El ejército..!

— …basándose en tus declaraciones de que el hecho fue cometido dentro del cuartel…

— ¡Al grano, por favor!

— Te ha impuesto una pena…

— ¿Y cuál es? –susurró Ismael.

— Salir de sus filas.

— ¿Me dan de baja..? ¡Me expulsan..! –y una maldición, y el abogado y Toño empezaron a dar vueltas por aquel remedo de prisión y castigo, menos mal que era el único detenido y no había otras familias de presos; debían domesticar al tigre, calmar sus voces contra el coronel Revoredo y los compañeros que lo habían abandonado, contra el abogado y Toño, por aceptar esa intolerable solución de compromiso.

— Pero su expediente es muy difícil de defender –dijo el abogado, incluso usted iba a ser dado de baja una vez, de cadete, por sus malas notas.

— Eso no lo sabía –dijo Toño, e Ismael dijo rápidamente fue una injusticia de dos profesores civiles, unos pobres diablos que daban demasiada importancia al inglés y al castellano; yo entré al ejército para ser un buen oficial y no un letrado como.., como... –iba a decir como Toño, pero no lo dijo.

— Y usted tampoco me contó que la segunda vez que le iban a dar de baja fue porque persiguió a un hombre por las calles y le disparó –metió su frase el abogado, la hizo encajar apenas en medio del laberinto de voces que ya se había armado.

— ¡Oh, se trataba de un cirio infeliz!

— Y todas esas faltas grandes y pequeñas han pesado esta vez, pero por su suerte ya queda usted listo para el juicio que…

— ¿Cómo, y todavía un juicio? ¡Acabáramos! ¿Y qué han arreglado ustedes, entonces? –y los despreció en una mirada.

— Pasará usted a un centro de inculpados civiles, ni siquiera a una cárcel, déjeme seguir –y el abogado no podía con las voces de Ismael.

— ¡Cálmate, ya, dijiste que no ibas a portarte como un niño! –gritó finalmente Toño. Ismael lo miró encolerizado, hubo una pausa, y justo el abogado encajó su nueva frase, pasará usted a un centro de inculpados, pero apenas por unos días, póngale a lo más una semana, hasta que obtengamos la libertad provisional y venga la sentencia por celos o locura temporal, sentencia sin juicio oral, que será seguida por un indulto. Es lo mejor que hemos podido obtener, y el abogado se acercó a él, tan cerca de sus ojos que también lo demudó.

— Bueno, quizá hayan hecho lo mejor –Ismael se tomó la cabeza–, ¡pero quedaré deshonrado, sin mi rango, y sin chance de entrar en el nuevo gobierno..! –y el abogado y Toño se miraron, menos mal que cree lo que dice, todavía no está loco, vamos, primo Ismael, anda y prepara tus cosas, te sacaremos mañana lunes y al otro sitio sólo iras por la noche. O sea que tendrás medio día de vacaciones. ¿Adónde quieres ir?

Y ese medio día sería nada para cualquier hombre, pero Ismael oh,¿de veras?, llévenme a ver a mis hijos y luego al mar, así haga frío o llueva, a mí no me importa.

 

 

 

El día del indulto pidió permiso a la universidad y al periódico y esperó dentro del Mini la salida de Ismael. Pensó que lo vería cargando maletas, como de vuelta de un viaje. Lo que vio fue el portal súbitamente abrierto y dos automóviles, el conocido Thunderbird blanco y una nueva camioneta Ford, de carpintería simulada, saliendo veloces hacia la carretera; en medio de sus concuñados, Ismael iba poniéndose el uniforme y la gorra, gesticulando, discutiendo.

No le importó quedar de algún modo abandonado. Lo esencial eran esa libertad definitiva y la aceptación de Ismael por los familiares de la muerta. Por la tarde, rondó la casona del primo y al no ver automóviles estacionados se decidió a tocar. Una nube de chillidos lo envolvió; sus sobrinos semidesnudos, en traje de baño, le contaron que papá había vuelto a casa, que lo primero que había hecho había sido llenar la piscina para que se bañaran todos, y que ahora estaba trabajando en su escritorio.

Al empujar la puerta del escritorio le pareció que el ex mayor uniformado rebuscaba algo en los bajos de la hermosa estantería de libros, cuyas portezuelas corredizas abría y cerraba por turno. Por encima de él brillaban algunos libros lujosos, trofeos y bandejas de plata, y más de cerca, los primeros títulos contra el Apra y el comunismo.

Había engordado un poco, se notaba claramente en la nuca, y sorprendían esas canas posteriores y laterales, formando el surco que le había dejado la gorra usada por tantos años. Al devolverle el saludo se mostró más tranquilo y relajado que en las últimas visitas. Ah, Toño, qué bien que hayas venido, le palmoteó el hombro, pensé que estarías esperándome en Lurigancho.

— Estuve, pero te vi salir con la tribu: ya sabes que ellos me quieren demasiado para…

— No digas eso, hom; justamente les hablé por el camino. Les hice ver su error, hubo ese malentendido del cuartel de Lince, donde yo también me excedí, te pido mil perdones. Con ellos tengo negocios comunes que debemos sacar adelante y contigo la relación es permanente por el lado de Martha. No te preocupes, ven, vamos a tomarnos un trago –pero, antes de salir, lo detuvo midiéndolo de arriba abajo. ¿Va a empezar otro lío?, pensó–. Viejo, muchas gracias por todo lo que has hecho por mí y por mis hijos, me has dado una verdadera lección de cariño y hombría.

— Quizá me la hayas dado tú a mí, dijo él, dejándose abrazar rumbo al jardín que rodeaba la piscina, en uno de cuyos ángulos había un bar pequeño y gracioso, con taburetes y luces indirectas.

— Salud –y bebió con la misma alegría de Ismael, pero sus ojos se prendieron de la camisa y corbata, y de los galones metálicos del hombro y del pantalón inconfundible. Sin embargo, guardó silencio y únicamente volvió a recordar ese uniforme cuando, bebiendo y paseando en torno a la piscina, oyó– :Y ahora, por favor, acompáñame adonde mi compadre Villavicencio, tengo que pedirle que sondee una reconsideración de mi baja. Creo que mis jefes se han equivocado y voy a darles una oportunidad para rectificarse. No habrá muchos que tengan mi espíritu militar, algo difícil de adquirir y que no se pierde nunca. ¿Qué me dices, primo?

Continuó guardando silencio, le apenaba contradecirle en aquellas circunstancias; no veía posibilidades de éxito, pero finalmente aceptó, bueno, vamos, pero después te quedarás tranquilo ¿no?

— Te lo prometo –Ismael se cuadró solemnemente, y en una extraña muestra de deferencia, lo dejó pasar por delante suyo, cosa que no había hecho jamás. Lo llevó por unos barrios que habían brotado en su ausencia. A algunos todavía les faltaba pavimento y jardines, pero las casonas se veían confortables y lujosas, aun mejores que la de Ismael.

— ¿Es un viejo amigo tuyo ese mayor Villavicencio? –preguntó por matar el tiempo, viajando en el Chevrolet verde que conducía Ismael.

— No lo conoces. Un suertudo que da miedo. Y no es mayor sino comandante, uno de esos ascensos de quienes tienen vara . ¡Y pensar que estuve delante de él en el cuadro de méritos! ¡Si te hacen cualquier jugada..! –empezó a refunfuñar–. Espérame aquí, mandó al bajarse, y Toño quedó en medio de esa quietud de suburbio y no de barriada (parece que nos hemos librado definitivamente de las barriadas, pensó sin alegría y diluyéndose en el plural, como para no tentar a la mala suerte, que podría desencadenar su aciago mecanismo y devolverlo a las casuchas de Huaylas y La Pampa), metido en la ausencia de coches, personas y ruidos, en un silencio largo y negro, pero seguía pensando hasta cuándo va durar este juego de hacerme el bueno, quisiera mandarlo al diablo y volver a mis cosas, cómo sabré si mi castigo ha concluido o si es voluntario o no, pero la lucha podía sentirse en su garganta donde hervían las palabras a favor o en contra, y también en la tentación de confesarle yo soy el origen de tu verdad y tu vida, yo te metí en el cuartel, te casé y te puse los espléndidos cuernos, Mónica te llamaba el cachaco y te colocaba de algún modo entre los dos, para que nos oyeras gritar como berracos, y en medio del silencio ancho y hueco oyó claramente una puerta que se abría, el brusco adiós de Ismael, la otra voz prudente que pedía, pero óyeme, no te vayas así, espera un momento, y el no tenemos nada que decirnos del que llegaba aquí, entraba en el Chevrolet y partía haciendo chirrear la ruedas.

Dejó pasar un rato, había que enfriar al tigre. Sin preguntarle nada, Ismael se lanzó a hablar como si Villavicencio estuviese delante en la carretera, este desgraciado se olvida de los favores que le hice, le presté dinero para construir su casa, imagínate que se muere de miedo y no quiere interceder por mí. Por poco le di un puñetazo, estuve por un pelo, pensé hoy he salido y ni siquiera he visto a mi madre. ¡Tú no conoces la vida, Toño!, se volvió seriamente, los ojos inyectados por la furia. ¡Está llena de malagradecidos!

Pasaron algunos días entre sus clases, el periódico y el arreglo de sus libros en la estantería de la casona, antes sólo ocupada por bibelots y objetos de plata peruana. A las nueve, mientras cenaba con Martha su sandwich frente al televisor, al que había quitado la voz para no aburrirse, Martha dijo es Lidia, te llama urgente. En el teléfono la voz sonó lastimera, insistente, no podía ser mañana, tenía que ser hoy. Ya me va pareciendo mucha Lidia, dijo Martha, no vaya a repetirse lo de Mónica, te advierto...

Lidia lloraba, sí, y lo esperaba escondida en la boca apagada de un cine, de donde saltó corriendo hacia el Mini. Dime qué pasa, y es la última vez que nos vemos, sin que sepa Ismael, perdona, pero no eres mi tipo, las cosas claras. Tuvo que decirlo. Por supuesto, ella trató de sonreír, no es una cita de amor ni mucho menos. Tienes que ayudarme. Ismael ha echado a los empleados de la ferretería y esa es gente contratada por mí, no por él, y son buenos, no sé qué hacer, ayúdame.

Tuvo que ubicar a los empleados en sus casitas de esteras o de adobe sin enlucir, animarlos a desafiar las acusaciones de vagos y rateros hechas por Ismael, nos trata como a soldados, señor, por poco nos mete al calabozo, ese hombre está medio loco, pero aún así tiene suerte, la ferretería es una mina, sólo pedimos un aumento justo, nada más. Y ahora llévame por favor a mi casa, dijo Lidia, y menos mal que ella descubrió el Chevrolet verde esperándola en su puerta; hubo que torcer y dejarla a dos cuadras. Y tampoco fue eso todo; a medianoche Martha lo aguardaba paseando por la terraza, qué diablos te pasa, ya vuelves a las andadas, te advierto por última vez…

Vino después un almuerzo de la familia de las Alberti. A Toño lo recibieron como si nada hubiese ocurrido, sin explicaciones de ninguna clase. A la hora en que los hombres se reunieron por su lado y empezaron a contar los chistes sexuales de rigor, Ismael refirió los suyos, todos referentes a la vida militar; luego soportó los que satirizaban al gobierno y se alejó hacia las mujeres, donde suavizó los mismos chistes: se cuadró ruidosamente y saludó y aun marchó cuando fue necesario ilustrar los cuentos, y por fin se sentó junto al viejo suegro, que babeaba cabizbajo y soñoliento. Se puso a beber solo y en silencio. Por la noche, lo despertaron con mucho trabajo y lo cargaron y arrastraron hasta el coche mientras sollozaba, vomitando sobre el uniforme que ya no debería usar.



Regresar