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Era el rostro de la mujer que amaba, por supuesto: pero así, arrugada la frente, fruncidos párpados y cejas, y sacudiéndose las hermosas mejillas chupadas, casi convulsionadas por una tos de odio y repulsión, así era lamentable mirarla. Tuvo que volverse al gran ventanal de vidrios polarizados y disimular su decepción con la vista verdosa y dulcemente apagada de la avenida Horacio, tendida debajo de él.

— Pero ¿por qué tenías que invitarla a nuestra casa..? –no, no era su voz de otros días, sino casi un ladrido, un infame producto de la tos de odio.

— No la invité a ella especialmente, entiéndeme…

–deletreó–. Invité a los dos por si querían pasar sus vacaciones en México. Pero también pueden irse a un hotel ¿no?

— ¡Sabes muy bien que no pueden venir juntos por el colegio de los chicos, y que sólo vendrá Mónica, la muy fresca! Y que no irá sola a un hotel, porque después rajaría de nosotros ¿verdad?

— ¿Y por qué Ismael no ha de venir? – se volvió, renunciando a mirar la plácida y moderna alameda que se estiraba higiénica y todavía con luz natural, por entre chalets de dos pisos que morían en la misma línea del tren, negruzca y reseca, dando paso a los modernos y grandes edificios de este lado.

— Dejémonos de historias… –sí, Martha lo desafió aún más, era la primera vez, cruzándose de brazos y lanzándole una mirada parda y brillante–. A ti no te gusta Ismael y él lo sabe; y la que quieres que venga es Mónica… –y hasta dibujó una sonrisa irónica y sabihonda.

No admitas jamás tus culpas, pensó él, y dijo tranquila y juiciosamente, pero Martha, se trata de tu hermana, dices que te sientes sola cuando me voy al trabajo y vuelvo ya de noche. No es cierto que me disguste Ismael; así, de lejos, se me ha ido pasando el aburrimiento de verlo tantos años. Y además, el pobre no conoce el extranjero; vendrán juntos, ya verás, y quizá nosotros cuatro, o a lo mejor ustedes tres, porque yo no podré ir, se divertirán en Acapulco y Puerto Vallarta…

Así le había tendido el anzuelo, la cortesía, el halago.

— Jo, jo –pero ella no se convencía– , y luego dices que no tenemos plata para gastos superfluos.

— Para las vacaciones siempre hay, no te quejes –sonrió por fin, la cosa iba saliendo–. ¿No fuimos el año pasado a Cozumel..? –y le pasó el dorso de la mano, como lamiéndola, por las mejillas hundidas que le gustaban, por los labios hinchados y juveniles, por la nariz pequeña y juguetona…

— Te lo digo muy tranquila, sin cóleras, pero de veras –trató de sonreír–: no me engañes, Toño, lo digo en serio.

— ¡Cómo se te ocurre! ¿estás loca..? ¡Imposible! ¡Y con Mónica..! –y su risa fue oportuna, claro está, aunque no salió del todo natural.

Un beso, un abrazo, otro pase de la mano, esta vez por el cuerpo delgado y duro, y empezó la despedida:

— Bueno, debo irme, Pancho dijo a las siete.

— ¿O sea que a ti solo? ¿Y Hortensia tampoco va?

— No, es un cóctel que da su compañía –mintió, pero protegiendo a Pancho.

Entró a afeitarse y apenas se encerró en el cuarto de baño no pudo esconder esa mirada en el espejo; el Toño de aquí seguía serio y se alistaba para el cóctel de un amigo, pero el otro se mataba de risa, la invitación a Mónica iba saliendo redonda, la gringa y él adivinaban sus gustos, ella vendría, estaba seguro, sólo faltaba saber si remolcaría o no al imbécil de Ismael.

Uno de los Toños se mataba de risa, pero colaboró en el afeitado, se puso muy compuesto en el momento oportuno, al rasurar el mentón y las comisuras; luego ambos quedaron en silencio mientras la maquinilla no dejaba un pelo y se oían afuera los repetidos tacones de Martha, de uno a otro lado. De súbito, antes de salir, en el espejo sólo hubo un hombre todavía joven, reservado y medio abúlico, a quien arrancaban a la fuerza de su casa.

Salió en bividí hacia el dormitorio principal, al fondo del pasadizo, pero vio a Martha sentada en el vestidor, sosteniendo los visillos de la ventana y contemplando abajo la calle ya penumbrosa del ferrocarril, las primeras manchas de los elegantes árboles de Horacio, y más allá la enorme ciudad, el D. F., entre amarilla y neblinosa, extendida por dentro del melancólico silencio de esta mujer a quien, injustamente, él no hacía feliz, pues si había alguien que merecía serlo era Martha, tan devota y cosida a él que sólo se movía en torno suyo. Incluso le había ocultado la vieja historia de Mónica para proteger esa felicidad que parecía no existir. ¡Qué suerte la mía tener a las dos, pensó, pero al mismo tiempo qué desdicha necesitar de ambas, o en fin, no vivir plenamente libre, sin ninguna de ellas!

— ¿Cómo, qué tienes..? –hasta dudó en violar esa intimidad, entrando por fin en la habitación muda.

— ¿Adónde vas, Toño? ¡Dime la verdad! –la exigencia, la duda fue auténtica, pero de un salto Martha ya estuvo en sus brazos–. Oh, perdóname, tienes razón, ve tú solo, es una reunión de hombres…

No dijo más, pero en su tono había algo escondido y palpitante. Ella había acertado, se trataba de un engaño, excepto el tiempo y lugar. Claro, pensó luego, anudándose la corbata, a una mujer no le puede gustar lo que hace Pancho ni que éste sea amigo de su marido.

Media hora después, tras de pasar por una florería, buscó esa clínica por las Lomas de Chapultepec: le habían dicho junto a una gasolinera, por la Y griega que empezaba al fondo de la Avenida de los Reyes. Al segundo intento la ubicó entre un bosquecillo de sauces. Estacionó el LTD frente a la misma fachada y preguntando aquí y allá acabó en el tercer piso, tocando una puerta entreabierta, y cuando la empujó del todo, Cecilia apareció como suspendida en el aire sobre la gran cama blanca, rodeada de mujeres desconocidas, y allá, tras una mampara, el coro de hombres dando gritos de júbilo.

— Hola, guapa… –la besó, mezclando las flores con el abrazo–; felicidades, tenía que ser un machito.

— Toño querido… –cerró ella los ojos, cogiéndose fuertemente de su cuello, y luego se apartó para mirarlo bien–. Gracias por venir, ya estaban preguntando por ti. Eres el único de mi tierra, no me podías fallar –y ya le venía el lagrimeo.

— ¡Toño, hombre, ven aquí! –el vozarrón de Pancho lo sacudió y él no hizo más que saludar a las cinco mujeres y cruzar la mampara, cuando ya tuvo el puro y el champagne en las manos, y el griterío de los amigotes de Pancho que lo palmoteaban, oh Toño, te perdiste los primeros chistes.

— Te felicito, hermano… –y miró de veras curioso al flamante padre, que lucía un saco nuevo de gamuza y un llamativo pañuelo de seda al cuello. ¿O sea que Pancho sentía lo que él no sentiría jamás?

Pancho sostuvo satisfecho la mirada y vino el gracias, mano, tú sí que eres un buen amigo, y fue lo único que dijo porque ya resurgían las voces masculinas que se contaban el último chiste o chisme. Los militares retirados están aquí de uniforme, pensó Toño, no es como en la casa de Cuernavaca, adonde todos van de civil.

Entre el buen champagne y los cuentos donde la vagina y el falo aparecían de mil modos, riendo y fumando gruesos puros, el grupo se repartió libremente por la terraza sembrada de maceteros, como si no estuvieran en una clínica. Cuando se alzó otro vocerío, del lado de las mujeres, los hombres irrumpieron en la habitación de Cecilia, y se dispusieron en torno al recién nacido, oh qué indio internacional, pensó Toño, muy digno de sus padres, oh qué hermoso y qué blanco, dijo una mexicana, este Pancho los sabe hacer ¿verdad?

Pancho y él volvieron a la terraza y se sentaron en el pretil, recogiendo sus copas de la mesilla de vidrio.

— De veras, te agradezco por venir –dijo Pancho.

— No tienes por qué, viejo, es un gustazo.

— Es que quiero explicarte… –se le arrimó, apretándole el brazo; el champagne y la algarabía lo habían vuelto más rojizo, aindiado y seboso que de costumbre, y casi no había contraste con la gamuza del saco tan caro.Tienes que entenderme.

— No hace falta que hables, te entiendo –y pensó te envidio, palabra.

— Pero es que quiero hablar… –Pancho entrecerró los ojos; la cara rojiza y sebosa, surcada de grandes arrugas en el hombre flaco y fuerte, exhibió la cicatriz de la sien en uno de sus movimientos; ahí estaba la marca que lo hizo abandonar la aviación–. Te parecerá extraño que hace poco estuvimos en otra clínica, celebrando el nacimiento de mi otro hijo…

— Calla, no necesitas… –pero no pudo interrumpirlo.

— Un hijo allá en Hortensia, otro aquí en Cecilia, no me creas un irresponsable, mano…

— Por supuesto que no –y Toño le acarició la nuca.

— Es que no se puede evitar… o mejor dicho no quiero… Me llevo muy bien con las dos. ¿Es difícil entender eso, muy difícil..? –y se quedó con la mueca prendida en la piel de indio moderno y civilizado.

Y las dos viven tan contentas, eso es cierto, pensó, no se trata de una broma.

— Dime una cosa, Pancho, sólo por curiosidad. ¿Se conocen las dos?

— ¡Claro que sí, por supuesto! –respondió su amigo secamente, como si hubiera preguntado algo absurdo; pero en seguida sonrió, y puesto en pie, se preparó tanto a abrazarlo que Toño debió ponerse también al frente y resistir el apretón–. Y ahora nos vamos al departamento de Aguirre –bajó la voz, juguetón–; nos va a llevar unas viejas de dieciocho años, o sea que prepárate a montar yeguas bravas. Sólo estaremos los íntimos.

Pero al menos él lo cuenta todo, pensó, y para suerte suya Hortensia y Cecilia no son hermanas. Quiso marcharse, dijo que se bajaría por el camino, ya conocía el metálico y frío final de las madrugadas, el cansancio y el insomnio moliéndole juntos la cabeza, el estómago herido por los tragos, y Aguirre y sus cinco viajes al año a Suiza, sin Toño, claro, inquietándolo a salir al amanecer y en su avioneta a Las Vegas, a jugar se ha dicho, adonde Toño no iría jamás a perder su escaso dinero. Pero se quedó con ellos, entró en el departamento de película y dos y tres horas después seguía con esos capitanes retirados ex profeso para volverse millonarios estrafalariamente semidesnudos o desnudos, pero con zapatos y sombrerones, estallando de risa por los chistes y con las yeguas bravas preparando el ambiente, rodando desnudas y lesbianas por la interminable alfombra blanca que se metía por todos los cuartos, inclusive por los baños. No quiso desvestirse, se quedó mirando la completa normalidad de esa gente que volvía extrañas y absurdas sus ropas. Yo con estas putas nunca más, se dijo, pero de un instante a otro les vio unos ojos de Mónica, una boca risueña y despectiva diciendo ven a la cama si puedes toda la noche, y pensó, ya me fregué con esa mujer, ahora tengo que escribirle una larguísima carta o llamarla por teléfono a Lima, aprovecha que no es tu departamento, Toño, tienes que llamarla.

Metiéndose en el primer dormitorio libre acabó con una sucedánea de Mónica para luego, echándola fuera, encerrarse y aló, dijo, larga distancia, señorita, una llamada urgente a Lima, por favor, a la señora Mónica Alberti, jamás decía Mónica de Ramírez, ojalá el metete de Ismael no estuviera en casa, aló, menos mal, hola amor mío, casi gritó como si la amara, condenado a morir sin ella en el destierro, hola mi Toño querido, mi cielo, esa sí que era una voz convincente, claro que estoy sola y recibí tu última carta, ya la contesté, oh Toño qué regio, me iré mañana o pasado, prepáralo todo pero los dos solos, ya sabes, arréglalo bien, chau, tesoro. Como lavado y renacido abrió y sólo entonces se sintió mareado por la mezcla de puros, whisky y champagne, no te acostumbres a lo que no ha de durar, qué hago yo con estos capitanes contrabandistas que ganan más que generales. Pero pagó el tributo, oyó los nuevos chistes, bebió hasta la sorpresa de darse con que andaba inmóvil, con que tenía entre sus piernas unas ancas morenas que eran blancas y salió, como vomitado por el hartazgo, a las luces solitarias y abandonadas de la Zona Rosa.

No recordó cómo había manejado hasta la línea del ferrocarril de Cuernavaca, que cruzaba Horacio y dividía dos ciudades, la chata y la gigante. Estacionó probablemente en el sótano, menos mal, subió por la noche silenciosa y desolada, roída por el zumbido del ascensor hasta el séptimo piso, el de su buena o mala suerte, y tampoco hizo ruido al abrir por la cocina y avanzar por el pasillo verde y alfombrado. Un doctorcito que en vez de preparar sus clases universitarias ha salido de parranda con sus amigos ricos que le pagan todo. Lo esperaba la luz del dormitorio; la figura adormecida despertaría velozmente y le enrostraría su tardanza, ahí estaba el silencio de una larga mirada escudriñando y lamiendo implacablemente su rostro, su traje, su camisa, el interior de su cabeza. Pero no, la voz queda y civilizada le pidió disculpas por la escena de anoche, he sido injusta, no pude dormir por lo que había dicho. La perdonó enseguida y se acostó en el menor tiempo posible, entrando en la felicidad de tener a alguien como Martha, la amaba a ella, no a Mónica.

Por fin se durmió, no sería mucho. Ya el amanecer creaba minuciosamente las cosas y Martha rasgaría pronto esa niebla con su respiración tenue, invisible, secreta, y él solo, libre de testigos, pensaría que lo hecho estaba bien, Mónica no les estorbaba, era cierto, hasta que se durmió de nuevo así como alguien se cae o descuelga, y al reabrir los ojos no supo si sonaba el despertador o el teléfono, estoy en la ducha, contesta tú, chilló Martha, y entonces empezó todo, el aguijón del miedo, la necesidad de esconder y no sentir el frío de su frente.

— ¿El señor Antonio Flores? Lo llaman de Lima; hable, señora.

— ¿Mónica..? –se le salió, menos mal que Martha seguía en el baño–. ¿Cómo..? Sí, tía Lola, soy yo… ¿Qué cosa..? ¿Estás segura? ¿Gravemente herido o herida?, no te entiendo. ¿Tú la has visto..? –pero ya él estaba gritando.

— Sí, sí, de aquí te llamo, de la casa de Ismael, oh no te imaginas, Toño, una cosa horrible, dice que se la han llevado a la clínica y el pobre está reventado, no tiene escapatoria, ojalá pudieras venir, hijo, no sé qué hacer…

— ¿Agonizando, dices..?

Pero tampoco tía Lola podía hablar bien y su temblor le estaba pasando nítidamente, los sollozos formaban ráfagas de un viento brusco y llameante. ¿Qué? No te oigo, bueno, bueno, saldré para allá hoy mismo, no te preocupes, mamita…

Dijo mamita, no tía, esas ráfagas de sollozos le torcieron la cara, colgó sin saberlo. Se levantó y dio vueltas sin saberlo. Martha estaba secándose el pelo con una larga toalla roja y él no la había visto entrar.

— ¿Qué pasa? ¿Quién llamó? ¿Por qué gritas?

Ella sacudía la cabeza como la noche anterior y Toño atinó a lo primero, llamar a la agencia de viajes y buscar el pasaporte y la maleta, pero tampoco podía comunicarse con la agencia, sólo estaba golpeando la horquilla del teléfono mudo y Martha detrás de él, y con él, y encima de él.

— ¿Me quieres decir de qué se trata? –y la cabeza que terminaba en la gran toalla roja volvió a sacudirse, tosiendo de cólera e impaciencia.

— Están… muertos… –inventó, mató a los dos de golpe, ya después lo arreglaría, así el pretexto sería más fácil para el viaje.

— ¿Quiénes? ¿Papá y mamá..? –se le cortó el aliento a Martha.

— No, Ismael y Mónica… –incluso puso el nombre que interesaba al último, en un rincón protegido por su cuerpo, oculto de Martha por sus propias espaldas que ya lo escondían mientras salía al pasillo. Así. salió por su pasaje en avión a Lima, pero también cayó en un insondable pozo, la tía Lola, la sucedánea de su madre, la agonía de Mónica, y Toño e Isamel peleando desde niños en la misma casa lejana. 

 


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