3

— Tuerza a la izquierda, por Huaraz –y el taxi dejó la avenida Arica conforme Toño descubría el pasaporte y el billete de avión en sus manos, no los había soltado ni guardado desde el aeropuerto; su corazón batía mezclando las escenas que hallaría, sin poder elegir ninguna como cierta.

Hizo torcer nuevamente el taxi y avanzó como mirándose al espejo por su antiguo barrio de anchos y chatos edificios de dos pisos; le parecía pasar la mano por las paredes y saludarlas. La calleja, menos sucia que antes pero igualmente llena de baches; los edificios nuevos, pintados de colorines, aunque ya polvorientos y avejentados; las aceras con terrales en vez de jardines; así había sido siempre. Y al fondo, frente a su pequeño edificio de cuatro departamentitos, dos arriba y dos abajo, reconoció la única casona buena del barrio, con sombrillas multicolores en la terraza contigua a la calle. Después de dar algunos tumbos, el taxi se detuvo. El corazón volvió a batirle. ¿Y si el salvaje de Ismael surgiera de improviso y lo atacara? ¿Pero de qué lado, del edificio o de la casona? ¿Y con qué arma? ¿Con la que quizá disparó a Mónica, o con esos puños que él había visto crecer y embrutecerse, luego de haberlos vencido cuando muchachos?

Menos mal, su antigua puerta (en el departamentito de la derecha y los bajos) se abrió primero y salió felizmente tía Lola, pero, sin que leyera la desgracia en sus ojeras o en el desaliño del pelo, salieron también las Alberti de la casona de enfrente, cuatro mujeres ricas y gordas que no encajaban en el barrio, los trajes escotados y numerosas pulseras en cada brazo, y todas precipitándose bullangueras y sonrientes sobre el taxi.

Pagó al taxista y todavía siguió inmóvil, esperando la sombra aciaga de Ismael. Aunque pronto la bienvenida fue una fiesta, no sólo por falta del primo, sino por la procesión de abrazos y besos y cómo estaba, por qué no había traído a Martha, todos habían supuesto que ella también, y el tira y afloja por llevárselo primero a una casa que a la otra. Las Alberti aún más gordas, con más pulseras, collares y anillos, los polvos más despegados de la tez, sus bocas repintadas y ya viejas gesticulando en plena calle, como si estuvieran en su terraza. Y tía Lola y sus ojos gastados prendidos de él, temblando de alegría por su llegada, de pena por la suerte de Ismael. Hasta que en los brevísimos intervalos del vocerío se enteró, adivinó, vio las caras fugazmente tristes, avergonzadas y pálidas por el escándalo familiar: no, los hombres de la familia no estaban enterrando a Mónica, como él suponía, sino en la clínica, en espera de noticias, pues Mónica aún vivía, agonizaba pero vivía. ¿Me oyes lo que digo, Toño? Pasaba de una sorpresa a otra. Mientras las mujeres empezaron finalmente a lagrimear, se fue enterando de la pelea, Ismael tuvo la culpa, nadie puede decir eso, no lo sabemos todavía, y de la fuga del cobarde, pero ninguna de ellas le ponía en orden los detalles. ¿No le había disparado entonces? ¿Fue una paliza o un accidente?

— ¿Y dónde está Ismael? –estalló por fin–. ¿Lo sabe alguien? ¿Y dónde está mi maleta? ¡Se quedó en el taxi!

— No grites –lo reprendió una voz dura–. Y sígueme, si quieres verla con vida.

— Sobre la marcha –obedeció a Esther, la más alta y gorda de las hermanas, la mejor vestida y que jamás sentía frío. Siguió al elegante traje de gasa en octubre y ella señalándole sube ahí, al Lincoln enorme, y óyeme bien, Toño, la voz continuaba seca y dura, no sé qué quiere decirte Mónica, pero a todas nos parece muy raro que sólo a ti te llame ahora que se está muriendo. ¿Nos contarás lo que diga?

— ¿Cómo, me ha llamado..?

— ¡Y varias veces!

— Quizá esté resentida con Ismael, es natural –ensayó una defensa.

— ¿Pero por qué te llama a ti y no a sus demás cuñados o a nosotras sus hermanas?

— Martha y yo la esperábamos hoy día en México, recuerdas? A lo mejor se trata de algún encargo…

— ¡Pobrecita mi hermana, Dios mío! –la voz seca y dura se quebró un instante, nada más, porque la mujer gorda y sus numerosas pulseras reaccionaron ante el tablero de control del Lincoln que parecía el de un avión, empezando a buscar veloz y suavemente la avenida Brasil.

Ambos iban silenciosos. Ahora que podía, Toño dudaba preguntar por los detalles del accidente o el crimen; un miedo tibio y palpitante lo arrinconaba. ¿Prefería, pues, ignorar su propia culpa que resurgía a cada rato? Aunque así y todo estalló de nuevo.

— ¿Y que hará a estas horas el asesino? ¡Tendrá que entregarse a la policía o yo lo perseguiré!

— No lo llames así –dijo ella–. Es un buen hombre, como tú o cualquiera, y un buen marido y buen padre… Sé que ellos tenían sus peleas como todos los matrimonios, pero no entiendo cuál pudo ser la gota de agua… No creo que Mónica descubrió que la engañara, por ejemplo; a eso nosotras no le damos importancia, fíjate en mis cuñados, seguro que tienen sus entretenimientos por ahí, pero son estupendos maridos. No, tiene que haber sido otra cosa. ¿No tendrá algo que ver su viaje a México..? –y Esther lo miró de lleno. La pintura y los polvos le creaban una máscara fofa, unas ojeras verdes y teatrales que él había visto envejecer difícilmente en muchos años, pero que por fin se sometía al tiempo. ¿O sea que el enredo era tan sencillo que Esther lo había averiguado en un minuto?

— A menos que Ismael recibiera de golpe en la cara todo el pasado… –Toño desvió las sospechas con una sonrisa.

— Qué malo eres –lo manoteó ella–. Mónica se transformó al casarse. Y tampoco de soltera fue una loca, ni te creas, los hombres la perseguían día y noche, tú lo sabes, y sus primeros novios no cumplieron su palabra, eso fue lo que pasó. Porque la culpa es siempre de ustedes los hombres ¿no?

Otra vez callaron. Como si no hubiera vuelto aún a Lima, desde muy lejos miraba la avenida Brasil, a veces alta y de tres o cuatro pisos, pero generalmente chata y sin techos; algunas manzanas se esforzaban por salir de la pobreza y lo conseguían por unos minutos, pero luego volvían los sucios canchones de paredes pintarrajeadas, las viejas casitas ruinosas de principios de siglo y los nuevos y ya polvorientos edificios pintados en metódico desorden.

— ¡Sabía que acabarían así! –gritó al poco rato, sin contenerse.

— ¿Pero cómo..? ¿Y por qué..?

Iba a decírselo en una súbita necesidad de afear más aquella máscara remilgada y distinguida; pero pensó te estás vendiendo, debes ser cauto, y redujo la explicación a una sospecha ingenua que sintiera cuando Ismael y Mónica todavía eran nobles, y dijo naturalmente que les había aconsejado así y asá, aunque ellos no le oyeran.

— Qué tontería –alzó los hombros Esther–. Para mí se llevaban macanudo.

También iba a borrar de un manotazo esa convicción animal, cuando oyó lo que más deseaba, que Ismael se entregaría mañana a su cuartel.

— ¿Estás segura?

— Bueno, eso dijo Pantoja.

— ¿Y quién es Pantoja?

— ¿Cómo quién es? ¡Pues tu concuñado, el marido de la Bolita! ¿O te has olvidado de nosotras en el extranjero? ¡Vaya pariente que tenemos!

— Oh, perdóname… –la abrazó y aun tuvo que besar la piel fofa y repulsiva.

— ¿Y tú qué creías? ¿Qué se había escapado? Bueno, ¿y por qué no? Imagínate estar preso. ¡Uy, me da ataque!

— ¿Y por qué entregarse a su cuartel y no a una comisaría? –volvió a gritar– ¡Privilegios de militares! ¡Este país no cambiará nunca!

¿Y si hubiera escapado, en verdad? Deseó no haber subido al coche, pero la velocidad y el rumbo constituían una especie de destino; hubiese sido vergonzoso el cambiarlo. No obstante, continuó con sus precauciones. Mientras Esther estacionaba el escandaloso Lincoln que atraía a los peatones, desconfió de los alrededores de la clínica y luego se volvió dos veces por el largo y blanco pasadizo, cuya vista se mezclaba con enfermeras y barchilones, y aún, pese a su ansiedad, dejó que su cuñada entrara primero en la habitación de Mónica, turbia, no oscura, quieta en el tiempo. Pero adentro no había nadie. ¿Y si Ismael se la hubiese llevado? ¿Y dónde estaban los hombres de la familia, que debían hacer guardia en la clínica? ¿Sabían la traición de Toño y se confabulaban contra él? ¿O era que Mónica había muerto ya?

— O sea que la pobre no ha salido del cuarto de recuperación –dijo Esther–. Vamos allá.

Volvió a seguir a la mujer tan gruesa que llenaba el pasadizo y le impedía ver los números de las habitaciones; pero al parecer no iban a ninguna de las numeradas. Esther se metió por una puerta de vidrio, saludó familiarmente a una enfermera que rozó el hombro de Toño, y se esfumó de nuevo para llamarlo y reaparecer tras una cama fría y extrañamente equipada, casi aérea, en medio del piso desierto, blanco y lustroso. La penumbra y el silencio envolvían el cuerpo quizá inerte de Mónica. ¿Le tocaba, pues, ser testigo de aquel final? Otra vez su corazón cubrió sus pensamientos, quizá aun sus propios ojos.

— Mónica, cholita linda, aquí está Toño… –suspiró Esther, inclinándose demasiado sobre la cabeza rubia y los tubos delgados y blancos cruzándole la cara.

— Déjanos solos –atinó él a decir, menos mal. Nada de aquello había previsto jamás. Quizá sí la pelea definitiva e irreparable entre Mónica e Ismael, en beneficio suyo, o el laberinto que se armaría al saberse lo puta que seguía siendo de casada, o el temor al verse Toño descubierto e implicado; pero no esa máscara adormecida y con tubitos saliendo de su boca y nariz, ni la baba chorreando de sus labios reventados y resecos, ni esos ojos lánguidos y cerrados que, sin embargo, derramaban lágrimas hasta el cuello, dibujando un surco propio. Había llorado dormida, y ahora, al segundo llamado, despertaba como podía despertar una anciana o una muerta, mirando sólo en una dirección. Respiraba difícilmente por otro tubo, más grueso que los demás, plantado en medio de su garganta: el ronquido asmático y siniestro impedía pensar lo que podría decirle.

— Ponte acá, para que te vea –lo empujó Esther, de ademanes siempre bruscos–. Tiene roto el cuello. Mira, cholita, Toño ha venido desde México para verte.

Esther salió y los ojos heridos se abrieron más y él tembló por la acusación que podría lanzarle, tú tienes la culpa, tú hiciste que yo me casara con él, nadie sabe cómo reaccionan las mujeres; sintió una mano invisible que despertaba también sobre el pecho, y tuvo que asirla y el apretón fue más fuerte y tibio de lo que hubiera supuesto.

— Hola… –la voz ronca y quebrada lo sacudió–. Toño, al fin… –la voz y la grotesca alegría de los ojos, el estremecimiento de la mano perdida–. Te he estado esperando.., ya puedo morir tranquila… –y no sólo fue capaz de decirlo, sino esperó una respuesta que no fuera su estúpida mirada–. Debes saberlo,Toño, eres el único hombre que he amado en la vida… Y nada me importa ahora… Me basureaste siempre, pero ya pasó…

Escuchó inclinado sobre ella, poniéndole el oído en los labios, y luego se volvió a mirarla, casi besándola. La voz y el aliento se mezclaron con el olor a Mónica pese a los olores del hospital; la oyó y olió como si volvieran a estar juntos y abrazados, hablándose al oído, él en un cauto y orgulloso silencio de ser amado, provocándola a que se declarara, y ella gozosa, feliz, abriéndole su corazón con palabras demasiado francas y terribles porque no podían ser correspondidas.

— Mejorarás, te pondrás bien… –fue la torpeza que dijo, incapaz de responder como un enamorado (en él las frases de amor estaban dormidas, no había necesitado usarlas con Mónica ni Martha, ambas lo amaban), incapaz de hablar ya delante de Esther, que había vuelto y lo empujó a un lado y empezó a llamar a su hermana cada vez más alto, acabando por lanzar un grito para que viniese la enfermera.

Desde la penumbra, y empujado contra la pared, no descubrió ningún cambio en el cuerpo, ahora cubierto por la sábana, cuya cabeza se ocultaba tras la espalda inmóvil de la enfermera, que en ningún momento se alarmó o agitó.

Cuando las dos mujeres se apartaron, el silencio y la penumbra se concentraron todavía más en la cara cubierta, ya sin tubos que la cruzaran. Antes de oír el primer sollozo de Esther, sintió el estrujón de su estómago como una dentellada, y al instante, una tremenda ola lo invadió e iba a salir despedida lejos, por sus ojos. A duras penas contuvo el estallido. Pero cuando la enfermera descorrió las cortinas y otra ola, esta vez de luz, levantó el cuarto y lo transfiguró más allá de lo que pueden ser el día, la tarde o la noche, cerró los ojos, no quiso ver más y salió casi ahogándose, pero también orgulloso del amor que le había profesado ella. Lástima que Mónica no hubiera sido Martha, que Martha no fuera Mónica. O que él no fuera otro. Errores irreparables e infinitos en una mañana dudosa e irreal.

 

 

 

Ahí están los Alberti y aquí nosotros, sentenció tía Lola apenas metieron la última silla, el último cajón de trastos dejado por el camión de mudanzas sobre la mancha de tierra que nunca había sido jardín, en la calle recién plantada de escuálidos arbustos. ¡Entren, los vecinos van a rajar de nosotros! ¡Se ve que son unos palanganas!

Cerraron la puerta y lo primero que hicieron Toño e Ismael fue sentarse sobre los cajones y pedirle agua o limonada, lo que fuese, aplacar la sed después de tantos viajes y bultos. Creyeron que no iban a levantarse en mucho tiempo; jadeaban y el sudor les corría por la frente y el canal de la espalda.

— ¡Cómo nos agüaitan ésos! –recomenzó la tía–. Mañana irán diciendo que no tenemos nada, ni una buena pantalla. Debemos sacar los visillos de la otra casa y colgarlos pronto. ¿Alguno de ustedes se acuerda dónde están..?

Se levantaron sin haber descansado lo suficiente y por supuesto que los Alberti no tenían la cara pegada a la ventana, ni los miraban desde su envidiable terraza con sombrillas y cojines multicolores y muebles blancos de hierro forjado. Repantigados en los sillones, sonrientes, plácidos y gordos (menos una muchacha delgada y de aire soñador), agitándose por los chistes contados por turno, y ellos en cambio aquí, pobretones, sudando en la casa recién alquilada, oh no, ojalá hubiera sido una casa, en el departamento de los bajos que se volvió más o menos eterno, inmutable, entrando incluso en los sueños. No podían pagarse otro, doscientos al mes, la pensión de tía Lola se encogía más cada año y Toño ayudaba con su pequeño sueldo del taller de reencauchado, estudiando en la universidad sólo en sus horas libres, Ismael no contribuía aún con nada, primero debía acabar el quinto de media, estaba muy atrasado, ya después se vería.

Pues ahí no más, en la futura salita, despanzurraron los bultos en busca de los visillos y todos daban zancadas sobre cacharros, frazadas y libros, dónde estarían esos malditos tules envejecidos y llenos de polvo, aunque todavía pasables, y cuando los hallaron fue un triunfo desempaquetarlos sin que se rasgaran, aquí están, vaya qué bien, pero dónde está el martillo, teníamos uno en la otra casa y estoy seguro de que lo traje, pero martillo te vuelvas. Toño e Ismael debieron ponerse a la ventana, justo enfrente de los Alberti que tomaban el aperitivo, cosa que ellos no habían hecho jamás, y los clavaron sin necesidad de una galería propia de toda cortina, y en vez del martillo usaron una piedra hallada en la cocina oscura y requemada; desde el otro lado tenía que verse la piedra, los Alberti se volvían por turno al oír golpes, pero no hubo más remedio, y la tía fastidiada, me revuelven el hígado, me dan ganas de cruzar la calle y mandarlos a la eme.

— ¿Y ya fuiste a las empresas eléctricas, Ismael? ¿O vamos a quedarnos sin luz esta noche? ¡Sería el colmo!

Quizá esa noche los vecinos notaran los visillos transparentes que enturbiaban muy poco el aire y también las velas, es el colmo, el colmo, mascullaba tía Lola, esos togados se burlarán todavía más, pero estamos en un buen barrio y hemos conseguido barato el departamento, mira los cuartos qué grandes, y la sala hasta con su chimenea de adorno, y la cocina fea, pero con muebles empotrados, qué nos importa que hablen, no hemos robado nada a nadie y tenemos la conciencia tranquila.

A la semana Toño se había hecho un lío por identificar a los Alberti; sólo veía la mancha de gordos en la terraza, a un paso del seto simbólico, que no los aislaba de la calle, sino prestaba un bello marco a las pesadas y lujosas cortinas que se adivinaban más allá de la enorme vidriera. Los veía siempre a horas fijas: jamás fallaban al aperitivo de las doce y media y de las siete. La pareja de ancianos, en un sofá que daba justo para ambos cuerpos hinchados y ventrudos, casi tumbados hacia atrás, enseñando las barrigas como si fueran sus verdaderos rostros, y en torno a ellos, la tribu de pelo rubio y ojos claros (menos la hermosa muchacha larga, flaca, de mejillas chupadas, pelo y mirada negrísimos), sentados o de pie, fumando y bebiendo, y cada diez o quince minutos algún lujoso automóvil paraba delante y alguien bajaba saludando desde la calle, por encima del seto. Uno más que se incorporaba a la fiesta diaria de gritos y risas.

Luego, a pocos, mirando por los visillos polvorientos, aprendió a distinguirlos. Medio despatarrado, el viejo Alberti no cesaba de fumar; en su mano había siempre una redonda copa de cognac. Su mujer, algo más joven y menos canosa que él, únicamente parecía oír lo que dijeran en torno, volviendo la cabeza aquí y allá, como un pájaro incansable. Después identificó a tres parejas y dos muchachas, sin contar los visitantes ocasionales. La primera pareja la formaba el que parecía el hijo mayor (¡ah, como se equivocó, era uno de los yernos!), una copia del viejo excepto la mayor talla y el vientre más firme, pero con la misma cabeza de cerdo bien cebado y la misma ausencia de cuello, el pelo muy corto y una raya al costado, y su mujer, la más gorda de las hijas, Esther, de amplias ancas que tapaban la vista de media terraza y cuya voz aguda y aflautada se oía siempre por encima de las demás. La segunda, menos ruidosa y notoria, giraba alrededor de quienes hablaban por turno, asintiendo a lo que decían todos, subrayando los gestos ya subrayados por el orador, e incluso tomando partido por los dos bandos que a menudo surgían en las discusiones: oyó el apodo de la mujer, Pichusa, y el marido tenía también apellido italiano, quizá Lupo o Bacigalupo. Y la tercera debía de ser una joven pareja de recién casados, por lo pegaditos que estaban, por las órdenes que recibían de los demás para rellenar las copas, traer los entremeses o abrir la verja de entrada, baja y endeble, también simbólica, que pretendía separarlos de la calle. Con el tiempo supo también el apodo vulgarísimo pero exacto de ella, Bolita, la recién casada con Pantoja, el único reacio al saco y la corbata.

De las dos muchachas solteras, excepcionalmente hermosas, una era muy alta y rubia, y estaba claro que pertenecía a la familia, aunque sólo fuera por su incipiente gordura y por el pelo pajizo y espumoso, casi aéreo; oyó bien que se llamaba Mónica, pero no supo cómo le descubrió un ánimo inquieto, montaraz, salvaje, y una mirada corrompida que le incitaba a hablarle, incluso a tomarla del brazo sin ser presentado. La otra, en cambio, Martha, sólo podía ser una amiga de la familia o una parienta lejana, sobrina o nieta del viejo. Así pensó, por el cabello oscuro, corto y rizado, en medio de tantas melenas rubias, y más aún por la figura grácil, sin vientre, por la delicadeza de sus ademanes al comer, jamás vulgares como en los otros, y por su voz educada y medida, que pocas veces oía Toño. Verla ahí mezclada con los Alberti parecía un error, o quizá estuviera obligada a visitar a esos parientes bullangueros, que no cesaban de reír ante chistes obscenos (oía muy bien los finales, claro está), para luego volver a su mundo delicado y espiritual. Pero ¿qué obligación la llevaba a esa casa diariamente? ¿Vivía, pues, con ellos? ¿O sería una huérfana recogida por los Alberti años atrás? ¿Una especie de Toño-mujer, puesto por el azar como un espejo ante él? De algún modo le complacía una semejanza así, la bella muchacha morena y huérfana, soñando con ser salvada del mundo de gritos, comilonas y aspavientos, y él enfrente, a un paso, planeando (no soñando, creía no ser romántico y se burlaba de los ilusos) rescatarla alguna vez.

Rescatarla, y si tuviese suerte, quizá guardársela para sí como una perla hallada por el pescador pobre. Pero como la empresa fuera difícil, y como además de rica la chica parecía muy seria, no alentó esperanzas ni perdió el tiempo en estrategias. Lo único que hizo fue decir en la mesa que le gustaba mucho, muchísimo la morena, y en cuanto descubrió a Ismael fisgoneando la casona, simulando que iba a la tienda del chino o al panadero, sólo para pasar dos veces junto a la terraza, repitió que la morena era no sólo la más bonita de esa familia, sino de todo el barrio, y quizá de medio Lima. Así, ya sin moros en la costa, le fue más fácil acechar a la rubia, la más llamativa, desafiante y al parecer desdeñosa de las hermanas, y que encima exhalaba un aire turbio y miraba a los hombres como una sedienta espera el agua, aunque la mirada estuviese escondida, encharcada, secreta. Esa muchacha sí sabía lo que él buscaba.



Regresar