13

— Pase por aquí, señor.

Mientras el mayor Lazo se cuadraba respetuosamente, el centinela abrió con una llave bien guardada en la polaca, y Toño, batiéndole el pecho, temeroso de su primo (¿lo sabe, o no lo sabe, por fin?), se vio ante el escritorio que tenía encima la banderita peruana y detrás el sillón giratorio y la ventana abierta (sí, abierta, ¿estaba o no preso?), y de toda esa palpitante y brumosa claridad brotó Ismael que, en vez de salir a recibirlo –un año que no se veían–, se sentó tranquilamente en el despacho y le señaló un sillón, conforme la voz baja y huidiza decía, como para cumplir, como si él no llegara del extranjero, hola cómo estás, que te cuentas.

Lo sabe, pensó, no he debido venir, pero lo reanimó la cabeza desviada hacia la ventana y la actitud pacífica y como perdida del atlético militar con uniforme de faena y sin corbata. No quiere mirarme, tiene vergüenza el cornudo, y de dos trancos pasó al otro lado del escritorio y abrazó el cuerpo recio y tibio; pero como Ismael no estuviera preparado, los brazos del primo quedaron aprisionados contra el pecho. ¡Hermano, no sabes cuánto lo siento!, susurró Toño, pero no añadió más ante ese cuello tieso y la mirada lejana y perdida. Perdóname, debió decirle, jamás creí que acabaríamos en esto. Sintió claramente el temblor de Ismael, oyó un gracias muy quedo y el hombre recio y fuerte en que se había convertido su antiguo y delgaducho primo, se volvió completamente hacia la luz y dijo:

— Pensar que íbamos a vernos en México… ¿Y qué tal viaje? ¿Y cómo está Martha?

— Los estuvimos esperando –aprovechó la distensión para sonreír–. Teníamos organizado un tour para Acapulco, Cozumel, Isla Mujeres…

— Otra vez será –lo dijo muy seguro y volvió a señalarle el sillón, como para iniciar un diálogo de negocios–. ¿Quieres? –y le ofreció un cigarrillo–. Ah, cierto, tú no fumas... –y se lo quitó cuando él se animaba a complacerlo.

Prendió el cigarrillo con un lujoso encendedor de oro y luego dijo, ordenó, dispuso con una aparente tranquilidad: mira, Toño, en ese cartapacio tengo documentos importantes, qué bueno que hayas venido. Son deudas que debe cobrar mi secretaria Lidia, ahí está su dirección y teléfono; llámala y que vaya adonde tú digas a recoger esos papeles, o si tienes tiempo, pásate por la ferretería y la constructora, y mira cómo van las cosas, yo he dejado todo en orden y las ganancias son buenas (negociante como Pancho y sus amigotes en México, pensó, todos son iguales). Y tomas de la caja de Lidia para tus gastos.

— De eso ni hablar –dijo en voz alta, y luego de un silencio que iba alargándose demasiado–: Toda la familia te manda saludos… –añadió ingenuamente, conforme Ismael se repantigaba en un sillón y echaba el humo atrás, por encima de su cabeza.

— Tenemos poco tiempo, primo, hay otras cosas de que hablar –Ismael cambió de voz, apoyando los codos en el escritorio.

— Pues adelante –se preparó, dudando si me acusa lo negaré todo, y si cree tener pruebas, las desviaré a los antiguos novios de Mónica.

— Óyeme, bien, Toño, y respóndeme –la mirada altiva y desafiante se redujo y volvió a crecer, casi lo estaba juzgando, era el mundo al revés–. ¿Has sabido en estos últimas días de algún peruano que haya llegado a México? Piénsalo bien, quizá un conocido o desconocido, no lo sé, pero alguien pintón y bien forrado, ya me entiendes. Quién sabe se habló de él en nuestra colonia.

— Que yo recuerde… –y al fin despertó– ¿Crees que el tipo fue por delante a esperarla..?

— Exacto –y la mirada se hizo dura, colérica.

— ¿Qué te hace suponer..?

— Su desesperación por irse sola. Habíamos planeado viajar juntos, pero luego se me complicó la vida en el cuartel, un estúpido superior quiso abusar de su rango y yo lo puse en su sitio, y también tenía que vigilar mis negocios, ya sabes, la ferretería y la constructora van muy bien (sí, sí, otra vez el negociante), y le dije que se fuera sola. Bueno, me dijo, de aquí a una semana, y de pronto a los dos días empieza a ponerse como loca (es que la llamé por teléfono, idiota, pensó) y saca del Banco más dinero del necesario; a propósito, no sé dónde lo habrá dejado, a ver si también vas a mi casa y miras… Bueno, y ya te imaginas. Tal vez es el mismo desgraciado con quien la descubrí paseando por la calle…

— ¿Cómo, cuándo? –casi gritó, no supo si feliz del hallazgo de que hubiera otros sospechosos o indignado por el engaño–. ¿Quién era, dime?

— Aunque no puede ser el mismo tipo... –Ismael miró el techo, chupando profundamente el cigarrillo–. A ése lo pateé una noche y dicen que le di un mal golpe en la columna, que el animal no anda bien. Ya sabes lo que dicen esos galanes sinvergüenzas; encima de burlarse de ti, todavía quieren que les paguen la curación y la inhabilitación para el trabajo. ¡Si no habré visto yo a muchos de ésos durante mi carrera!

— ¿Está inválido, entonces? –Toño pasaba de un asombro a otro, parecía un niño ante una persona mayor.

— ¿Acaso vas a creerle? ¡Lo dirá por sacarme plata!

— ¿Y quién es, cómo se llama? –preguntó con suma ansiedad.

— ¿Te interesa el hombre..? –y de nuevo los ojos duros con la pretensión de asustarlo.

— No, pero ¿es alguien que conozco..? –insistió, quería saber quién lo engañaba a él también. ¿O sea que Mónica no iba a verte a ti? ¿Qué te parece, Toño?

— No lo conoces; pero bien, eso no importa. Lo que quiero es que averigües por el tipo con quien iba a encontrarse en México.

— Pero ¿cómo..? –dijo, perdido–. Habrá que revisar la lista de viajeros en las compañías aéreas y eso es muy difícil, y además he estado ausente…

— No te preocupes. Te daré el teléfono de un investigador amigo que trabaja en el aeropuerto; él se encargará de todo. Toma, apunta –y sacó su libreta de un cajoncillo. ¿O sea que ésa era su oficina, su prisión dorada? Por un momento había creído que sólo estaban ahí para la entrevista. ¡Cuántos privilegios para un oficial!

— ¿Y qué harás, sabiendo quién es? –preguntó de nuevo anhelante, que harás sabiendo que soy yo, pensó, pero resulta que es otro, ¡ah, cómo enrostrarle su engaño a una puta muerta!–. No te busques más complicaciones, Ismael… –se puso de mala gana a darle consejos–. Ahora lo importante es el juicio, saber si te pasarán o no a la cárcel, y qué fuero te juzgará definitivamente. ¡Acabo de hablar con tu abogado!

— Conozco el país mejor que tú –sonrió malignamente Ismael, y era verdad, tuvo que admitirlo–. Acá lo provisional o preventivo puede convertirse en permanente si tienes padrinos; a lo mejor me dejan acá o en otro cuartel… Además, todo pudo suceder en el carro, después de la discusión, o quién sabe acá mismo donde estamos (o sea que fue en otro sitio, dedujo Toño), y después pude llevarla afuera, herida o muerta. Y tampoco pueden decir que ella no me amenazó primero, apuntándome… (está urdiendo sus patrañas, no te apiades de él). Hacía apenas unos minutos que habíamos salido de esta oficina…

— Ah, pero ¿entonces fue en el carro, en la calle, y después la trajiste acá?

— No he dicho eso –se defendió rápidamente Ismael. Toño creyó que hasta sonreía, orgulloso de su lucidez.

— Pero si la hubieras sacado de aquí estando herida o muerta, te habrían visto en el puesto de control.

— Cuando uno es jefe los que están de guardia casi no te miran; te saludan y te dejan pasar. Pudo haber estado herida y bien sentada en el carro.

— A menos que la llevaras en la maletera –se atrevió a decir.

— No, eso sería admitir que ya estaba muerta y que yo ocultaba un crimen, no un accidente –Ismael volvió a defenderse prontamente.

— ¿Y con qué pretexto dirás que la sacaste?

— Para llevarla a un hospital, claro, aquí no lo hay. ¿Adonde más iba a ser? –sonrió triunfalmente Ismael, o al menos así le pareció.

— O sea que estaba herida, no muerta.

— Buena deducción.

— Y buena defensa –admitió Toño. Pero ¿cómo pasó de veras?

— ¡Ah, primo, sigues tan curioso y metete como siempre! –por fin le palmeó un brazo a través del escritorio–. ¿No piensas que duele hablar de eso?

— Perdóname, tienes razón –tuvo que decir.

— Ni creas que me acuerdo mucho –lo vio abrir los brazos, gesticulando esta vez con naturalidad–. Nos llevábamos peor en los últimos años, después de que saliste al extranjero para volver de vez en cuando. Nos peleábamos a diario. Yo tenía celos, lo reconozco, no sabía exactamente de quién (¡de mí, idiota, de mí, hasta hoy no te das cuenta!, pensó satisfecho), pero ella también estaba celosa, y con razón, de Lidia y otras que tú no conoces (dándoselas de conquistador el cornudo ¿eh?). Ya esto lo veíamos venir los dos, palabra. Hasta pensé en divorciarme.

Sólo dice generalidades, nada concreto, pensó. No me trata como a un confidente, sino como a un amigo más o menos lejano.¿Por qué, pues, he de ayudarlo?

— Y bien –decidió marcharse– cumpliré tus encargos, no te preocupes.

— Así me gusta, hom –y de nuevo la mano cruzó el escritorio y lo golpeo cordialmente–. Aquí tienes mi llavero, ésta es del closet principal, por si buscas el dinero, debe estar en su cartera o maletín de viaje; y toma la del escritorio, necesito las chequeras. Si no puedes volver, las entregas al abogado, es de confianza.

Sólo le preocupaba el dinero, ya no pudo más, tenía que marcharse, pero así fue siempre, ¿por qué se sorprendía?

— Pero la casa estará precintada con guardia en la puerta… –murmuró antes de despedirse.

— ¿Dónde crees que estás? –se burló Ismael–. Eso sucede en las películas; esto es el Perú, Toño. Ni la policía ha ido, ni creo que vaya a mi casa y nadie sabe aún qué juez va a juzgarme. O sea que no tengas miedo –y le puso el llavero en la mano con gesto duro y varonil.

— Bueno, perfecto –se sometió–. Y ahora… –iba a darle un abrazo, que ojalá fuera cálido esta vez.

— Así me gusta, hom –repitió su primo–. ¿Quieres un trago? –y antes de que se excusara por ser muy temprano, Ismael desapareció por una puerta interior y a Toño le llegaron ruidos de un molde de adoquines de hielo que se vacía bajo un grifo. Al poco rato, cuando se había animado a encender un cigarrillo, Ismael salió con los vasos ya servidos. ¡Quién lo hubiera supuesto, el detenido vivía con todas sus comodidades!

— Salud –brindó, contento el prisionero, y desde ese instante, vaso en mano, fumara o no, Ismael se puso a andar por la habitación amplia, sobre el piso de madera encerada y sonora, en lo que parecía más un ejercicio que un paseo–. ¿Y qué tal las mexicanas? –preguntó, quizá sin intención.

— Pues ahí –tuvo que responder–, conozco a muy pocas, el trabajo en la universidad es muy fuerte.

— ¿Cuántas horas diarias?

— Dos clases, pero hay que prepararse antes, y mucho.

— ¿Y por qué no enseñas en esta escuela? Si quieres, te recomiendo ante el Director, ya es tiempo de que vuelvas al país.

No supo qué decir ante aquella jactancia.

— ¿Allá te pagan más?

— No es eso únicamente –disimuló su afición por el mejor sueldo–; es que a Martha le gusta.

— Cúidate de las mujeres –alzó la voz Ismael–. Todas son difíciles, tarde o temprano te juegan una mala pasada.

— ¿Incluyendo a todas las Alberti?

— ¿Por qué no? –se atrevió el detenido–. ¿Acaso tienen corona? La única santa es mi madre, que tanto te quiere a ti también. Entrégale a ella el dinero que encuentres.

— También yo le di por mi parte –tuvo que decir, pero, sin oírle, el mayor con uniforme de faena desapareció de nuevo para volver con un segundo whisky.

— Qué hubiera sido de nosotros sin Mamá Lola…Viuda y pobre, pero nos sacó adelante. Yo admiro a la vieja…

— Yo igual –dijo Toño, emocionado, acariciándole un hombro tibio y sudoroso–. Fue la madre que no tuve, que… –y por un momento se le nublaron las ideas.

— Tu no sabes, no quiso que te contara –Ismael sonreía mirando el aire, algo flotaba en torno suyo–, pero casi muere hace tres o cuatro años, cuando estabas en Bolivia. Me habían destacado al Cusco y Mónica me llamó todavía con el susto en la voz; la viejita había tenido neumonía, pero no quiso molestar a nadie, y menos a los Alberti. ¿Te das cuenta? ¡Si no hubiera sido porque le puse una muchacha, en contra de su costumbre de hacerlo todo ella misma! La muchacha volvió el lunes y la halló muy mal. Imagínate, no quería molestar a nadie…

 

— Así es de delicada y fina alguna gente de la sierra, así ha sido siempre –dijo él, sintiendo por fin el whisky, cálido y plácidamente devorador–. ¿O sea que te mandaron a la sierra, adonde nunca te ha gustado? –y su tonillo tuvo alguna intención.

— Así son las cosas. Y no sólo estuve esa vez, sino cuando fui a calmar a esos desgraciados huelguistas y agitadores; unos pobretones de mierda y todavía quedándose voluntariamente sin trabajo; las ganas de fregar al Gobierno y nada más.

— Oh, creí que habías ido por la guerrilla del 65.

— No, eso fue después; pero las guerrillas sólo dieron problemas a la guardia civil: en cuanto entramos nosotros, los barrimos de una vez por todas.

Lo dijo con una mueca de desprecio que Toño dejó su vaso y decidió de nuevo despedirse; pero el afán de dar su opinión y el calorcillo del whisky se lo impidieron

— Tú no cambias ¿eh? –se le encaró, olvidando sus ventajas de hombre libre ante su primo–. ¿Es que de veras no entiendes una posición de izquierda? ¿Y cómo cualquier hijo de vecino, cualquier niño entiende a la derecha? ¿Te parece tan difícil?

— ¡La entiendo, por eso la combato! –Ismael casi gritó, como en una arenga.

— Perdóname, pero no la combates tú sino el Gobierno. ¿Y si te mandaran justamente lo contrario?

— ¡No obedecería! –y oyó un nuevo grito y miró los ojos no sólo fieros sino ya enrojecidos.

Entonces casi saltó de alegría.

— ¿Lo dices en serio? ¿Pedirías tu baja, entonces?

— Claro que sí

Pero soy un idiota, pensó él, hablamos sólo en teoría; aunque Ismael, por su lado estaba desfogando su repentina cólera:

— A mí no me friega nadie. Mira, el superior de quien te hablé es un coronel blandengue; ya una vez lo aclaré delante de unos oficiales, en una huelga de mineros en la Oroya; él pasó a las cosas personales y medio que me insultó de refilón. ¡Para qué lo hizo, primo! Lo insulté de frente, de lado y de perfil, exactamente como sucedió hace tres o cuatro días. Pero ahora se ha quejado, pidiendo un castigo ejemplar para mi, dice que no escarmiento, esas bobadas que dicen los superiores tontos cuando les demuestras quién eres.

— ¿Te han abierto un expediente disciplinario, entonces..? –exclamó otra vez contento, no podía dominarse.

— No se llama así, pero es lo mismo. Pero no me harán nada.

— ¿Por qué?

— Bah, así fue también la vez pasada.

— ¿Qué vez pasada?

— Tonterías. No has venido a hablar de estas cosas, primo. Los oficiales tenemos que ser inflexibles y dar el ejemplo incluso a superiores blandengues –y bebió con ademán brusco.

— Bueno, pues volvamos al otro asunto –sería un diálogo inútil, pero Toño no se calló. ¿Por qué ser tan duro con el pueblo y los huelguistas? Nosotros no somos ricos, Ismael, no tenemos nada que defender a capa y espada. Y la miseria en este país es seria y espantosa. Hay revindicaciones justas que…

— Te ruego no generalizar –sonrió Ismael, desdeñoso–. De tener, tengo propiedades, y si te hubieras quedado en vez de abrirte al extranjero, ya estarías en mis negocios, ganando buena plata.

— Gracias, no te molestes –y creyó haberlo dicho sin énfasis.

— ¿Por qué lo dices así? –de nuevo Ismael detuvo su paseo y se le encaró, sudando.

— ¿Cómo?

— Con desprecio –Ismael se exaltó de súbito– ¿Qué te has creído, profesorcito de pacotilla? ¿Cuánto ganas allá al mes? Dímelo, pero no mientas. No creo que mucho –y de veras parecía dispuesto a ofenderlo.

— Pues entonces ya lo sabes –sonrió.

— ¿Cuánto? –repitió el prisionero convertido en acusador–. ¡Acostúmbrate a hablar claro cuando te preguntan! ¡Siempre estás rehuyendo los ojos y las respuestas! ¿Por qué no miras de frente? ¿Sabes que siempre miras de costado? ¿Tendrás algo que ocultar..?

¿O sea que te has vuelto psicólogo? –casi rompe a reír–. ¿Lees por la luz y dirección de los ojos?

Había olvidado por completo la situación de Ismael y la razón de su visita. Le pareció estar discutiendo como tantas veces en casa.

— ¿Cuánto ganas?

— Muchísimo más que tú en el ejercito, te lo aseguro.

— ¿Y me crees tan imbécil para vivir de mi sueldo? –la agitación de Ismael no cesaba–. Sabes muy bien que obtuve un capital limpio y saneado de la familia de Mónica y que lo he multiplicado con creces. ¿Qué hay de malo en eso? ¿O eres como tus amigos apristas y comunistas que..?

— ¿Dónde están que no los veo? –bromeó Toño, girando en torno y sin darle importancia al estallido de Ismael.

— ¿Ah, como..? –éste se desconcertó–. Bueno, no nos vayamos por la ramas. Volverás para declarar en el juicio ¿no?

— ¿En qué juicio? –dijo torpemente.

— En el mío, por supuesto. Tú conociste a sus novios, sabes cómo la plantaron y por qué.

— Sólo sé de Lorenzo, pero ¿eso qué tiene que ver? –rayó en la torpeza; después entendió que la personalidad de la víctima sería analizada en el juicio, los trapos sucios saldrían a relucir. Entonces frunció el entrecejo y añadió en tono sincero, ingenuamente moralista–: No lo hagas, Ismael, no la desprestigies, todo recaerá sobre ti. Olvídate de ella, ya murió.

— ¿Olvidarme? ¿Estás loco? ¿Y si me echan diez o veinte años? –De tan preocupado, Ismael estaba sonriendo.

— Perdón, soy un estúpido, quiero decir que no te conviene enlodarla para así disminuir tu culpa.

— ¡Por supuesto que me conviene! –Ismael abrió los brazos–. ¡Son atenuantes para el juicio! ¡Además, no soy ningún imbécil para matar a mi mujer sin motivo!

— ¿Matarla? Dijiste que fue un accidente.

— ¡Y lo fue! –pero el primo desvió los ojos, fingió reír, cogió otro cigarrillo, volvió a sentarse en el despacho–. Ahora el estúpido soy yo, no declararás este error que se me ha salido ¿verdad? –y lo miró apenas, inseguro por vez primera, y lo que añadió en seguida pudo haberlo dejado pensando también, si Ismael no hubiera escogido una frase huachafa del cine, cuando la cámara no puede eludir el vacío y se paraliza sobre el mal actor que dice, como gran cosa, hace tres días que no duermo, estoy buscando las razones de esta desgracia, creo que ella me obligó a hacerlo, lo juro por mi madre, y se besó sonoramente los dedos, quería divorciarme y patearla, eso sí, pero nada más. Toño miró la frente sudorosa, la barba renaciendo a poco de afeitada, los ojos huidizos entre la sombra de pestañas y cejas, al fin transcendía la ansiedad y el mal actor no podía con la escena, tú sabes cómo la quería, pero no pensé en casarme, palabra, era demasiado hermosa y de costumbres caras para mí, y también por la fea historia de los novios que la habían plantado; sí, primo, yo también entré a gozarla, por qué voy a mentir, pero llegué tarde para esos juegos, mala suerte, ella ya quería otra cosa, me volvía loco hablando de casarse y de nada más. Una noche llegó a pedírmelo de rodillas (¡a mí también!, Toño casi gritó), dijo que me ayudaría a poner un negocio con la herencia del viejo, que él nos la daría por adelantado y que yo debería dejar el ejército, ser todo un señor. Y bien, nos casamos –detuvo su paseo, se sentó en el escritorio– y vinieron mis negocios, todos buenos, no me quejo, y ahora, a fin de año iba a abrir una oficina en regla porque ya casi he terminado de pagar la casa de Monterrico, la conocerás cuando vayas, es una belleza y el orgullo la hizo feliz, una belleza, y las cosas entre ella y yo iban calmándose, había peleas pero menos que antes. Como es natural, tuve que buscarme una chica, Lidia, una muchacha que me quiere a toda ley, ya la conocerás también, pero no creí que la conducta de Mónica iba a amargarme tanto.

— Pero, vamos ¿de quién sospechas? –lo frenó, impaciente.

— Pues no lo sé... –sus ojos estaban perdidos. Toño pensó jamás amaré su recuerdo como él su vida–; ya veremos qué dice el investigador. Tienes que hallar al culpable y mis amigos se encargarán de plantearle que o declara en el juicio a mi favor o aguanta la sófera paliza que le caerá.

— ¡Pero no puedes actuar así todo el tiempo! –protestó como si estuviese molesto, ahora que su primo no sospechaba de él.

— Tú vives en las nubes, Toño, fuera del país, dictando clases y con una suerte de mujer que es Martha...

Y encima me cree suertudo, se dijo él, es increíble.

— ... por eso no has visto la mar de cosas que han pasado, el desbarajuste de un gobierno que se llama democrático, las guerrillas…

— Ah, sí –recordó–, las guerrillas que combatiste…

— ¿Combatirlas..? –Ismael repitió su mueca de desprecio–. ¡Cómo les engañan ahí afuera! ¡De un solo cocacho los hicimos polvo y no regresaron por más! ¡Fue la mejor campaña antiguerrillera del continente, lo dicen los expertos!

— Claro, con napalm y todo –masculló.

— ¿Qué dices?

— Nada –se arrepintió de atizar a un prisionero–. Bueno, salud, viejo, me voy… –pero todavía concluyó su vaso.

— ¿No crees, pues, que Mónica me eligió para hacernos daño a ella misma y a mí? –alzó la voz Ismael.

— No he dicho eso –y pensó cada loco con su tema.

— ¿Qué dirías de una mujer que te molesta de la mañana a la noche; si tú quieres salir, ella desea quedarse, si estás manejando te pide el timón, si hablas con un amigo viene y mete su cuchara a cada rato?

— Así pasa en todos los matrimonios.

— Pero no tanto. Aun siendo guapa y cariñosa, vivir con ella era un tormento.

— ¿Y quizá en una noche así le pegaste muy fuerte y sucedió el… accidente? –dedujo con auténtico placer, hubiese querido estar viendo la escena desde lejos, libre, sin comprometerse, pensó qué haré si lo confiesa, tendré que pegarle en defensa de la muerta, cuando lo que más deseo es grabar su cara.

— No diste en el clavo, eres inteligente pero no mucho –lo desdeñó el asesino, el antiguo mal alumno del colegio, el hombre atolondrado–. Esa noche no se la contaré ni a mi madre, sólo al abogado, para qué más, después vienen las habladurías, las malas interpretaciones, oh no, Dios mío… –susurró el mal actor, tirando atrás la cabeza, paladeando también él algo negro y viscoso que había en el aire.

— ¿Temes contradecirte? –sonrió torvamente.

— Te dejo con la duda –y también sonrió Ismael, aunque con alguna tristeza.

— Chau, me voy –repitió, animándose a si mismo a desenredarse de veras del primo.

— ¿No quieres almorzar conmigo..? –lo cogió del brazo Ismael, llevándolo muy lentamente a la salida–. Es una lástima. Ya no tarda en venir el mozo; aquí cocinan bien, ¿sabes?

He creado un monstruo, pensó con asombro al salir, despidiéndose sin mirarlo.



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