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No quiso, pero también siguió a Esther al mortuorio para ultimar los detalles del funeral, tiene que ser mañana por la tarde, dijo ella muy segura. Toño miraba aquí y allá, pero no de frente, y necesitaba aire en esa caja blanca y quizá hermética de la clínica. Recorriendo largos y viejos pasadizos impregnados de ácido fénico, Mónica se iba convirtiendo en el bulto visto entre sábanas; por fuerza debía buscarla donde estuviera clara y luminosa, el pelo de hilos de sol, la sonrisa llamando a gritos de júbilo. Sí, la había tenido siempre y la había perdido por obra de un loco.

— ¿Y dónde estará el imbécil de Ismael? –preguntó indignado, olvidando que hacía unos minutos temía verlo–. ¿Qué pasó realmente? ¿Por qué la mató?

— ¡Tú te callas, ya no te quiero! –Esther se adelantaba cada vez que le daba alcance–. ¿Y por qué no me dices de qué hablaste con Mónica?

— Pues... cosas de Ismael.., de los chicos.., me pidió cuidarlos –sintió que no mentía, que era quizá una obligación natural.

— Sí, sí… –desconfió ella–. Me quitaste la fe… –y también le quitó la mano. Esther empezó a jadear con tantos trajines por los pasadizos; entonces extrajo su abanico y fue como reviviendo a pocos–. ¡Lo que son las cosas! –exclamó como para sí misma–. ¡Pensar que anteanoche no iba a verse con Ismael! Él tenía un compromiso y Mónica iba a comer en mi casa y después tomaría un taxi para el aeropuerto. No quiso que nadie la acompañara, dijo que no deberíamos trasnochar inútilmente. Iban a viajar juntos, a tu casa en México, pero ella finalmente dijo que Ismael había desistido.

— ¿Estás segura? –preguntó, como si lo hirieran.

— Por supuesto.

Entonces vio de golpe el plan de Mónica: había hecho que Ismael desistiera del viaje por consejo de Toño, pero irse sola al aeropuerto indicaba ciertamente que alguien la esperaba ahí, y no haberle dicho con exactitud a Toño cuándo llegaría al D. F. explicaba aún más la presencia de un compañero de viaje… ¡Si no la conocería él! ¡Ah, la incontenible puta..!

Pero Ismael se lo impidió, menos mal, pensó; daban ganas de gritar que Mónica engañaba a todo el mundo, que por primera vez a Toño le mentía una mujer, así no fuese su esposa, decirlo en voz alta era importante, pero saber que pronto sería enterrada concedía a esa conducta un perdón natural, lo suavizaba todo; sus actos se convertían en un juego distante e inocente, propio de los humanos que también se exhibían lejanos e indiferentes a él.

— Oh, la mala suerte ya entró en la familia, quién sabe qué más nos sucederá..! –exclamó Esther, agobiada y aburrida, frenando sus pasos. Y él otra vez a calmarla, a darle golpecitos en la gordísima espalda, que parecía de un cerdo puesto en pie.

— Anda, vámonos ya –dijo Toño, después que la vio salir del mortuorio.

— Todavía tengo que pagar a la clínica –gimoteó ella.

— Pues ve, yo te espero en el carro.

Bajó dos pisos y salió a la calle. La noche empezaba a dejar imperceptiblemente los rincones; frente a la clínica, varios automóviles estacionados, entre ellos una ambulancia y el Lincoln de Esther, rodeado de curiosos. Y también un Buick y un Oldsmobile nuevos y sin duda carísimos, las marcas que usaban sus otros concuñados. Unos pequeños ricos simulando ser magnates. De pronto volvió a meterse en el edificio y pidió el teléfono, cerrando los ojos para recordar el número de Ismael y Mónica.

— Aló ¿quién contesta?

Una voz de niña o niño dijo velozmente soy Sebastián, mi papá no está y mi mamá está enferma en la clínica.

¡Sebastián, el único hijo suyo y de Mónica, así se lo había dicho ella, pero a la vista de tantas falsedades, quizá un mero chantaje para retenerlo indignamente!

— ¿Cómo dices? –preguntó para oír nuevamente la candorosa respuesta– . Soy tu tío Toño que acaba de llegar de México. ¿Sabes dónde puedo hallar a tu papá?

— Hola, tío. No ha venido desde anteayer, tío. Pero llamó diciendo que no llamaría otra vez, tío.

— Si llama, dile que quiero hablar urgentemente con él, que diga el sitio y yo iré.

— Bueno, tío. ¿Ya te avisaron en qué clínica está mamita?

Ya lo sé, ya murió también, iba a decirle, pero se contuvo, y no fue por proteger la ingenuidad de ese supuesto hijo involuntario y robado.

Esther lo halló sentado y mohíno en el Lincoln. Emprendieron el retorno.

— ¿Le rompió el cuello, no es cierto? –gritó él– ¿Cómo fue, la empujó por una escalera o la estranguló?

— Pues no lo sé, ya te dije… –y la gorda, cansada y molesta, tardó en encender el Lincoln y volvió a gimotear–. Ya está muerta, de nada sirve...

— ¡Le daré su merecido al desgraciado!

— En vez de eso, deberías llamar a Martha y ver cómo se lo cuentas… –balbuceó ella.

Tenía razón. Quedaba Martha, que lo esperaba al fondo de todos sus actos, de todas sus salidas y viajes. Podría suceder arriba lo que fuese, agitarse tremendamente la superficie, pero tarde o temprano se hundiría tranquilo en su calidez y compañía. Aunque no, todavía el tránsito duraría unas horas o días, pues no sentía ningún deseo de hablarle, así fuera por teléfono. Nada con México D. F.



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