15 Las cuatro y media de la mañana, el despertador había sonado bien; pero, a juzgar por los cuerpos inmóviles y desparramados por el suelo y por los catres, quizá había sonado únicamente para él. Los fuertes focos habían seguido encendidos toda la noche. Apartó la frazada y quedó prácticamente listo, no se había desnudado al tenderse en el colchón, sobre el suelo; se puso los zapatos y se incorporó, aunque en una madrugada como ésa no podría bañarse, sería un día anormal hasta volver a casa, y además había olvidado su maquinilla de afeitar. Sin embargo, suspiró contento, era su último día de guardia ¿no? Recogió la pistola prestada por el Encargado de Negocios (menos bella que la de Ismael), comprobó el seguro y se la metió bajo el cinturón. Entonces el cojo se movió y unos zapatos amarillentos sobresalieron por una punta de la frazada, muy corta para él. ¿Ya es hora, jovencito? Sí, pase la voz a todos. Las otras frazadas empezaron a encresparse, a escurrirse rápida o lentamente, según reaparecían los cuerpos vestidos y soñolientos. La mayoría de asilados usaba chompas cerradas al cuello; los dos viejos que habían usado los únicos catres pesados y antiguos quedaron con las piernas colgadas, meciéndose; su desaliño y sus barbas grises interrogaban extrañamente en aquel sitio que hasta la última semana, antes del golpe militar, era una biblioteca, pero que hoy parecía un cuartel o una enfermería improvisada. Tienen veinticinco minutos exactos anunció Toño en voz alta. Pronto les traerán el desayuno; vayan haciendo la cola para los cuartos de baño, hombres y mujeres por igual, no hay tiempo de separarlos; y no olviden arreglar sus maletas y revisar bien sus cosas. Yo les avisaré cuando lleguen los camiones. Sólo entonces bajarán al patio. Un rumor aprobatorio lo envolvió, pero ya él abría las ventanas y echaba mano de su lista de asilados; en las grandes vitrinas de la biblioteca, muy adosadas contra la pared, a fin de ganar el máximo espacio libre, se vio reflejado junto a esos desconocidos bolivianos, que quizá viajarían con él en un mismo rumbo, impredecible hacía unos días. Los retratos de César Vallejo y José de San Martín, cubiertos de lunas, devolvían igualmente esas imágenes de pobretones y humildes, que, sin embargo, eran los temidos enemigos del nuevo gobierno de La Paz . Salió, y al bajar por la endeble y crujiente escalera rozó a Charito que subía con la primera bandeja del desayuno. ¡Uy, doctorcito, casi, casi, me choca! rió ella, siempre entusiasta. ¿Ya puedo entrar? Sí, mujer y se cruzó con esa increíble figurilla, casi una araña por su flacura; menuda como una niña y medio atentando como si no usara gruesos lentes, se deslizó por el pasadizo, empujó la puerta de la biblioteca con el pie y lo primero que hizo fue dar los buenos días. Mientras desayunan yo me lavo abajo, pensó arrastrando su abrigo, e iba a entrar en el cuarto de baño al fondo de la oficina de los secretarios, cuando sonó el teléfono. ¿Eres tú, Toño? ¿Quién más hay en la embajada? Sólo yo, don. ¿Ya están listos? ¿Hay novedades? volvió a preguntar el Encargado de Negocio. No, señor; en veinte minutos. Bueno, escúchame bien, no abras a nadie antes que a mí. A nadie, ni siquiera a los secretarios. Yo salgo ahorita. De nuevo se encaminó al cuarto de baño sin soltar el abrigo, pero el timbre del patio lo hizo desistir. Se puso el abrigo, extrajo su peine y salió peinándose a la fría mañana que empezaba a clarear. El invisible perro de la portería ladraba en varios sitios de aquel amanecer, del aquel humo indeciso. Una enorme reja cerraba el costado izquierdo del patio de cemento donde los funcionarios guardaban sus automóviles. Tras ella y justamente bajo el potente foco de la calle empedrada los esperaban unas sombras a las que movía la impaciencia, todas enfundadas en abrigos. Toño se guardó la llave en el bolsillo. ¿Qué desean? Los cuatro hombres se pegaron a la reja. El primero estaba mucho mejor vestido que los demás. Soy el subdecano del cuerpo diplomático.¿Puedo entrar? Lo siento, señor, ya viene el Encargado de Negocios, es cuestión de dos o tres minutos. Muy bien y el hombre se retiró junto a un automóvil de placa diplomática, cuyo chofer tenía la portezuela abierta. No había que temer por ese lado; pero los otros ya empujaban la reja. Abra, somos periodistas. ¿A qué hora salen los asilados? No se sabe, creo que mañana o pasado. Oiga, no somos tontos. Sólo dígame una cosa: ¿está San Román entre ellos? Sólo eso y nos iremos. ¿Y quién es San Román? se hizo el ingenuo. ¡Estos peruanitos creídos! maldijo unos de los tipos, alejándose, pero las luces, el claxon y la camioneta blanca del Encargado de Negocios enfilando hacia la entrada lo devolvieron a la reja. Esta vez abrió la puerta de barrotes y dejó pasar al subdecano y la camioneta, pero no a los soplones; en el momento de cerrar descubrió en la esquina de Huachalla a una veintena de hombres, mujeres y niños merodeando por el edificio. El sol salía desde abajo y detrás de los cerros, desde donde ardía quieto y silencioso; y luego quizá los cerros rebajaban su altura, a fin de que la luz mineral, muerta ayer, resucitara hoy día. Pero la luz era aún mortecina. ¡Toño, apúrate con los documentos! gritó el joven Encargado de Negocios, entrando con el subdecano, en las oficinas. Acabó de peinarse a la carrera y ordenó las fichas. Cada ficha con su fotografía, los datos personales y la firma del asilado. Caras serias, incluso desagradables, pero ninguna triste. Llevándolas cruzó el vestíbulo principal, y más allá de lo que debió ser el comedor cuando la vieja casona era residencia del embajador, entró en el pequeño despacho. Ahí tiene usted, señor. ¿Conoces al embajador de Yugoslavia? Le presento al doctor Flores; nos ayuda mucho en la embajada. ¿Es usted médico? preguntó secamente el subdecano, alto y recio, combatía el frío hundiendo la cabeza y adelantando varias veces los hombros, conforme daba un pequeño paseo por el despacho. No, doctor en letras; el médico es el agregado civil. Ah dijo el subdecano, frustrado. Enseña en San Andrés, pero nosotros lo robamos de vez en cuando y nos ayuda en todo, es una romana del diablo rió el Encargado de Negocios y lo palmoteó con fuerza. Gracias por lo que has hecho, Toño, si queda un sitio en el avión puedes irte de vacaciones a Lima, ya sabes, no he olvidado tus deseos. Sí, el pasaje cuesta caro dijo él, devolviéndole la pistola. Bueno, atención ahora alzó la voz el subdecano, suspendiendo su paseo. Así van a ser las cosas. Los camiones son dos y entrarán uno por uno en marcha atrás, pero cubriendo la entrada, y apenas se llenen, saldremos a toda velocidad a El Alto. Un pelotón del ejército cuidará la puerta y no debemos permitir que toquen o apresen a ninguno de los nuestros; la cancillería se ha comprometido a eso. ¿Estamos..? ¿Quiénes más nos ayudarán? Dos secretarios dijo el Encargado. ¿Cómo, todavía no han venido? ¡Si estos muchachos son de mamey con yuca..! suspiró, molesto e indulgente a la vez. ¡Mira, Toño, este embajadorazo luchó contra Hitler en las famosas guerrillas de su patria, él se las sabe todas! y le golpeó también el hombro como había hecho con Toño. Y estuve en el Perú varias veces, tomando buenos pisco-sours y probando lindas mujeres dijo secamente el subdecano. Ninguno se había quitado el abrigo ni buscaba sentarse. El Encargado de Negocios invitó cigarrillos; por la mañana, recién afeitado, se le veía aún más rojizo, huesudo, largo y caballuno que de costumbre. Más alto que Toño, apoyaba una mano en su hombro cada vez que se le acercaba. Me han preguntado si teníamos a San Román dijo él. ¡Esa fiera ya debe estar en Paraguay o Argentina! levantó los brazos el subdecano. ¡Es más vivo que cualquiera! ¡Ninguna embajada se atrevería a asilarlo! Hay que tocar madera dijo el Encargado de Negocios y tocó por tres veces su escritorio con los nudillos. Charito surgió en el antiguo comedor y le hizo una seña; sus gruesos lentes brillaron con el gesto. Le he puesto el desayuno encima de su mesa susurró. El té con leche estaba tibio, pero el pan era una delicia, moreno, con mucha miga y untado de mantequilla. Casi como el de tu tierra, Toño. ¡Ahí llegan los camiones! el Encargado pasó como una exhalación ante la puerta, seguido del subdecano. Toño apuró un trago y un mordisco más y no se demoró sino algunos segundos; pero ya por la escalera bajaban en tropel los cuarenta asilados, arrastrando bultos y maletas, mientras afuera brotaban claxones, rugidos de motores, voces desconocidas. ¡No, ustedes esperen aquí, no se muevan!, voceó, echando llave por fuera y corriendo hacia la reja de cuyos barrotes se habían prendido los secretarios de la embajada, además de uno de los soplones de un jefe militar, en tanto crecía el gentío detrás del primer camión. Cuando abrió, se armó un revuelo en el mismo umbral y aun los soplones quisieron meterse. ¿Cómo es posible que lleguen a esta hora?, gritaba el Encargado a los secretarios. Así no, metan el camión al revés, mandaba el subdecano. Embajador, estoy a sus órdenes, tengo mi tropa en la calle, dijo saludando el capitán o mayor. Toño desconocía las insignias bolivianas. Rápido, saca a los asilados, el vozarrón del Encargado lo impulsó y corrió y abrió la puerta de las oficinas, y la avalancha de hombres, mujeres y niños se vació al patio, arrastrándolo; pero el primer camión tardaba en dar la vuelta para encajar su plataforma en la entrada. Capitán, que su tropa rodee los camiones. Sólo veo uno, ¿dónde está el otro? Ahí, señor, no se preocupe pero el gentío de la calle giraba igual que los camiones, y cuando la maniobra iba a completarse, una parte del gentío apareció delante de la reja. ¡Fuera, largo! mandó el capitán, que de golpe se pareció a Ismael: tenía su misma edad, ademanes violentos le dejaban arrugas y muecas extrañamente duraderas, como dibujadas en una pizarra. Por las voces de la muchedumbre, Toño dedujo que había dos grupos, los que despedían a sus familiares, y los manifestantes en protesta contra la embajada y sus refugiados. Hay que separarlos, mucho ojo con ésos de atrás, capitán, dijo él, y los tres soplones corrían de un lado a otro y los cuarenta asilados invadieron el patio y empezaron a subir al primer camión, pero sólo unos pocos podían con la plataforma, estaba muy alta, las mujeres y niños se rezagaban y qué esperan ustedes, gritó el Encargado a los secretarios, traigan una silla, un banco, lo que sea, pero muévanse, y el hombre flaco y caballuno cargó a una mujer gorda, las gordas te persiguen, Toño, y fue divertido cómo le hizo dar una vuelta en el aire, una descomunal muñeca con las piernas arriba, y la sostuvo a duras penas hasta que pisó la plataforma. ¡Ustedes, fuera! de nuevo el subdecano se enfrentaba a la manifestación. ¡Su gobierno ya aceptó la salida y les dio el salvoconducto; no deben ser más papistas que el Papa! y el primer camión partió rumbo a El Alto, menos mal. Sólo faltaba el otro, que tampoco debía atropellar a la muchedumbre ni ésta entrar en el patio, y los restantes asilados se prepararon como para un abordaje, y Toño debía empujarlos y contarlos según las fichas arrugadas en sus manos; parecía que la cosa saldría con altibajos, pero más o menos bien, hasta que vio colarse al primer soplón, el camión frenó para no aplastarlo, y ahí no más aprovecharon algunos manifestantes y las carreras y voces menudearon, y los asilados, en vez de subir, estaban abrazando y despidiéndose de los suyos, y los soplones ya metidos entre ellos, liándose a puñetazos con los secretarios, y Toño había perdido de vista al subdecano. ¡Toño! ¿Cuántos faltan? ¡Basta de abrazos y peleas! ¿Quieren quedarse, entonces? y el Encargado y Toño, recogiendo las fichas del suelo, debían mantener al grupo y rechazar a los atacantes, no, capitán, aquí no entran sus hombres, esto es territorio peruano, déjenos a nosotros solos. Ahora los difíciles de reducir eran los asilados que, dirigidos por el cojo, peleaban contra sus enemigos, dale, se animaban, aquí no pueden meternos presos, ése fue el que me denunció, déjamelo a mí, y menos mal que los secretarios también hacían su labor, y las mujeres y niños llamaban a los hombres desde el camión, que subieran de una vez, y el bando de los soplones iba disminuyendo, huían a la calle y en la puerta el capitán y sus soldados los recibían a culatazos. ¡Ya están todos! jadeó por fin él, un soldado cerró la plataforma y el camión partió dejando el patio casi vacío. ¡Yo también subo a El Alto, espérame!, fue la última orden del Encargado de Negocios, marchándose con los secretarios y el subdecano, y él apenas tuvo fuerzas para cerrar la reja. ¡Doctor, doctorcito, venga!, chillaba Charito, desde el pasadizo que daba a la Seis de Agosto, a un jardín invisible desde la entrada. ¡Mire lo que le han hecho al viejo! Desde el patio tampoco podía verse nada, pero el cuerpo estaba tendido bocarriba en el pasadizo, y una mancha le dibujaba, a través de la camisa, un estómago enrojecido y viscoso. Lo hirió uno de esos tipos de abrigo, dijo ella, y no sólo eso, sino que le robó su atadito donde llevaba mucho dinero, ayer le oí hablar a los asilados, el viejo no se desprendía de él. ¿Y por qué no me avisaste, mujer? Grité como una loca, pero nadie me oyó, fíjese, doctor, hasta me duele la garganta, y le tomó una mano para que sintiera su cuello ¿No era político, entonces?, exclamó él, pero me dijo que lo perseguían, que había estado en la cárcel. Quién sabe, don, pero también lo confundían con San Román, a lo mejor trabajó en su policía; o quizás era un avaro que quería pasaje gratis a Lima, aprovechando el cuento del exiliado; ya no se puede confiar en nadie en estas revoluciones. ¡Ay, mi pobre país..! y Charito suspiró ingenua y risueñamente. Otra vez a abrir la reja, a explicar al capitán que se parecía a Ismael el incidente, y de nuevo un gentío más pequeño en torno a ellos, del que se desprendió un muchacho, casi un niño, y su puñetazo veloz aunque suave pasó ante la cara del capitán. ¡Tú mataste el otro día a mi papá, perro!, y entonces Charito y él interponiéndose entre el muchacho y el capitán, diciéndole métete en el patio, no seas zonzo, ahí no pueden tocarte: hubo que hacerle entender a empujones, pero ya el capitán y dos soldados lo habían rodeado, y Charito aquí no, esto es una embajada, ya no estamos en Bolivia sino en el Perú, y los tres uniformados a arrancar al chico de las manos de Toño, y a arrastrarlo innecesariamente, no podía ser peligroso para nadie, a sacarlo a empellones, y Toño y Charito lo sostenían de las piernas, sólo medio cuerpo había entrado a la embajada y la otra mitad recibió el culatazo, innecesario, demasiado ruidoso y paralizante, que demudó al chico y lo aovilló en el suelo. No faltaba más que limpiarse las ropas y esperar al Encargado de Negocios, aunque volvió primero el automóvil de los secretarios, qué ha pasado, tenemos adentro a un herido, cómo fue, sucedió adentro o afuera, tienes que acordarte, Toño, es muy importante, y ah me olvidaba, Guillermo dice que hay un sitio para ti en el avión, y Charito váyase no más a Lima, yo llevaré al viejo y al muchacho al hospital, y el viaje será gratis, pensaste, te ahorrarás doscientos dólares y volverás con Martha, menos mal que te pagan en especies, sí, ahí viene un taxi, tómalo rápido, el avión no espera, y desde dentro del taxi pudiste ver que metían al muchacho en el auto de los secretarios y el taxi pasó junto al joven capitán que te recordaba a Ismael y que te miró con odio supremo, pero absolutamente inútil. ¡Vaya, Toño, las cosas que te pasaron por errante! ¿Habrías trabajado en cualquier sitio de América Latina, verdad? ¿Y qué son los accidentes para una romana del diablo?
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