11

Por la mañana llamó el abogado de Ismael y dijo a Toño que lo esperaría en el cuartel, cuya dirección le hizo anotar.

Había pasado, quizá, el peligro (Ismael tampoco estuvo colérico por teléfono), pero su temblor fue el mismo viejo temblor infantil de los lunes, de vuelta a la escuela. Preveía algo nuevo y desagradable. No quiso apresurarse y aun dudó salir, como si pudiera escoger. ¿Iba a pasar Ismael a una cárcel civil o se quedaría en el cuartel? No sé si nos conviene, dijo el abogado, el proceso podría acabar con una medida disciplinaria, pero eso depende de sus jefes militares, el caso es muy atípico, hay una discusión de fueros. Cuando ya debía partir, se demoró adrede, por qué iba a ser la cita tan exacta. Entró por segunda vez en el cuarto de baño, sin necesidad alguna, e incluso se peinó ante el espejo sus cabellos ya peinados. Debía ocultar el círculo de una calvicie incipiente, una horrible tonsura de monje, indigna del orgulloso pecador que creía ser. Se miró a través de las gafas de joven y preocupado profesor, fijándose mucho en las pupilas pardas, en el lagrimal irritado que combatía dos veces diarias con gotas de Gantrisín. Ya tenía a su primera víctima (más o menos involuntaria, eso sí) bajo tierra, y la otra en la trampa, podía salvarse o no, dependía de algún modo de Toño. ¿Para eso había estudiado y se había librado de la miseria, independizándose de tía Lola? ¿Era realmente un verdugo o alguien lo utilizaba, burlándose de él? Volvió a repetir lo inútil, lo ya hecho, quitarse las gafas, mirar el techo y ver la gota inmensa del Gantrisín que entraba en el fondo borroso e inexistente de su mirada. Cerró los ojos y vio por un segundo a Ismael en el desconocido cuartel, se los secó con el pañuelo y volvió a arreglarse en el espejo; la frente se le ensanchaba cada vez más, pero las gafas favorecían la nariz, demasiado grande para la carita que no envejecía nunca, aunque los labios gruesos y fruncidos y la pequeña mandíbula huidiza no armonizaban con el eterno joven, el tipo sin edad que parecía tener tres aspectos distintos, según se le mirara: de frente, sus cejas eran pobladas, sus gafas de aro negro muy notorias, una mirada viva e inteligente, pero un aire lento, obsesivo y temeroso; del lado izquierdo, un perfil desafiante pero vulgar, bien dibujados el caballete y el brevísimo e irónico mentón; y del derecho, una ironía pasable entre la decisión de la nariz y la boca fruncida, y también entre el brazo de las gafas y la mitad de una mirada ansiosa. Y en el vacío del espejo quizá le esperaba Ismael. ¿Lo abrazaría o no? ¿Le diría oh mi pequeño primo, o quizá oh, perro traidor, culebra venenosa, enemigo solapado e indigno, tú eres el que debía estar preso en vez de mí?

Salió a tomar un taxi. El cuartel y el asesino se le acercaban dentro del débil rumor de su corazón.

Sí, el abogado lo esperaba en la acera que envolvía los muros del cuartel de extrarradio, casi trepado sobre un acantilado, con la autopista entre el cuartel y el neblinoso mar que también parecía esperar muchas cosas, el sol, la precisión, el desentumecimiento. La acera larguísima, huérfana y desierta encerraba el edificio chato y antiguo, que imitaba torrezuelas esquineras y muros defensivos y que inútilmente le hizo pensar en la guerra con Chile, otra frustración. Un hombre medio calvo, sin abrigo, fiel a la moda limeña, aunque estuviese frotándose las manos por el frío, se acercó al taxi y preguntó sonriendo si era el doctor Antonio Flores.

— El mismo.

— Sí, sí –dijo después el abogado, apenas franquearon la caseta de control, e iniciaron la travesía del enorme patio de cemento, escoltados por un número. Anoche se había entregado, tras ser convencido por él; aquí solía trabajar como jefe de batallón; el papeleo duraría unas semanas y quizá acabaría dando cuenta al fuero civil del arrestro preventivo. Todavía no sabemos el fuero por el que será juzgado; hay precedentes para cada uno, civil o militar. Por fin el hombre narigón y con muchos poros en la cara, borró su sonrisa y preguntó ¿ahora será el entierro, no?

— Sí, pero yo no iré –dijo Toño rotundamente–. Jamás voy a los entierros.

— Todos debiéramos ser así –comentó el abogado–. Por desgracia, yo enterré a varios de mi familia. ¿Hace tiempo que no ve a su primo..? Usted ha viajado mucho ¿no? –y la sonrisa reapareció entre los dientes de fumador.

— Años –repuso–, pero nos criamos juntos. –De pronto se detuvo y sin contenerse más averiguó–: ¿Y cómo fue el asunto? ¿Pelearon y ella rodó por las escaleras, se quebró el cuello o la estranguló? ¿O quizá le disparó un balazo, aunque no he oído hablar de ese tipo de heridas?

El abogado miró rápidamente al número que los seguía y que también había escuchado.

— Se lo dirá él mismo; yo apenas me estoy empapando en el caso. –Pero Toño reanudó la marcha.

— Dígame, doctor, en Lima todos hablan de un golpe militar, hasta el taxista cree que será en estos días. Y parece que el único que no se entera es Belagogo. Eso podría favorecer nuestro caso ¿verdad?, tal vez suavizar las cosas, una mayor indulgencia, usted me entiende…

— De poder, podría –parpadeó el abogado, frenó sobre el inmenso patio de desfiles donde ellos parecían manchas extrañas sobre una lámina casi metálica y desierta–. Un régimen militar sería más benigno con él, claro, pero todo depende de las circunstancias, de sus palancas con los jefes, de la imagen que quiera ofrecer la probable junta.

Al término del patio, una construcción de dos pisos y sin techo visible, como casi todas en Lima. Una línea de puertas abiertas en la planta baja, una sucesión de ventanas arriba. De una de las puertas salió un oficial, con escarpines, cartuchera y pistola al cinto. Les ordenó que siguieran más allá, hasta los bloques de cemento, y cada bloque era un cubo de dos pisos. La ausencia de árboles, la desnudez de la explanada y de los edificios era quieta, higiénica, funcional. El número les guió por un ala lateral, salieron a otro patio más pequeño y ajardinado, de nuevo a otra galería a la intemperie, y por fin oyó cuadrarse ante ellos a otro oficial de escarpines y cartuchera.

— ¿Es usted el primo de Ismael?

— ¿Y usted un compañero suyo?

Devolvió la pregunta sin cordialidad.

— Casi, casi, él es un poco más antiguo, sólo por dos años. Soy el mayor Lazo; sígame –y le estrechó la mano con extraordinaria fuerza–.

— Yo lo espero aquí –dijo el abogado, sentándose en una banca de la galería–. Tendrán mucho que decirse.

No sólo volvió a batirle el corazón, sino le picaba, hasta le dieron ganas de rascarse. Jamás habían tenido en la familia a un asesino y eso siempre debía ocultarse en silencio, las pausas largas, las miradas a otro sitio. Me está desprestigiando, pensó indignado, ¿qué dirán mis amigos o mis alumnos extranjeros cuando lo sepan? Y sonrió amargamente y sintió los largos años que le había costado hacerse respetar, empezando por sus alumnos, ante quienes era severo y justo, pero tal vez demasiado frío: tan sólo a veces, y luego de un acto justo e ingrato, nacía en él una gran sed cálida y tierna, deseosa de intimar con esos muchachos habitualmente amables; pero otras veces ya era tarde, el distanciamiento había llegado, la marcha atrás era difícil.

— Oiga... –detuvo al mayor Lazo, tocándole el pecho de botones y correajes–. ¿Cómo está verdaderamente él? Dígame con franqueza, usted es su amigo.

— Dentro de lo que cabe, lo veo muy bien –dijo satisfecho el oficial–. Ni nervios ni nada. Creo que no tuvo la culpa, fue un accidente que puede pasarle a cualquiera.

Sintió que había esperado esas frases y que le hacía bien oírlas. Con que sin nervios ¿eh? ¿Con que no era culpable? ¡Pues ahí entraría él, a demostrarle su culpabilidad! Esta vez, el primito debía encarar los hechos. ¡Habríase visto, no faltaba más!

— ¿Dónde es..? –preguntó, decidido.

— Aquí –dijo el mayor Lazo, extrayendo su propia llave para abrir una puerta menos barnizada que las otras, al tiempo que el centinela se cuadraba ante ellos.

Claro que había ido a fiestas de medio pelo, con invitados huyendo de las habitaciones reducidas, celebrando la noche en plena calle (el cumpleaños, la boda, el cualquier-motivo-es-bueno-hermano), de pie o sentados en la acera, alzando sus voces como si la calle fuera suya e inclusive orinando abiertamente en la calzada.

Lo había visto en casas de compañeros de Facultad, o en la del viejo Mendieta, dueño del taller de reencauchado, donde un cuartucho servía para todo y los invitados sacaban sillas a la acera, como en las películas de obreros italianos.

Lo había visto y le disgustaba; sólo por cumplir asistía una media hora y se disculpaba huyendo de aquella vergüenza, de aquella pobreza que otros resistían, pero él no.

Torció la esquina pensando en todo menos en esa clase de fiestas, vio abierta la botica de turno y preparó la llavecita ante la puerta angosta y brillante por el barniz que le ponía algunas noches, para que apenas lo vieran los Alberti; pero, en vez de la acera vacía halló el gentío de muchachos con vasos en las manos, y en vez de la puerta cerrada, un tubo de luz por donde se apiñaban desconocidos curiosamente calvos, oh no, le había parecido, llevaban el pelo muy corto y se habían peinado a la antigua. Y todos de la misma edad, entre unos dieciocho y veinte años, y con saludables camisas de manga corta. Parecián cachimbos a destiempo.

Tuvo que tragarse la cólera y presentarse él mismo, muy buenas noches, yo vivo acá, ¿son ustedes amigos de Ismael..?

— ¡Por supuestamente, primo! –surgió Ismael de entre los jóvenes atléticos, feliz como pocas veces, y lo mostró ante el primer grupo–: éste es Toño, del que les hablé. –Pero en seguida sonrió con doblez–. Parece sobradito, pero es buena gente: no le hagan caso, que a lo mejor se anima también a dar los exámenes.

— ¿Exámenes en febrero..? Sólo los aplazados… –contraatacó al punto, pero se había equivocado: lo leyó en los ojos burlones del grupo, brillantes ya de cerveza. Trenzaban sus brazos al brindar y apostaban a quién bebía más rápido.

Se abrió camino a leves empujones. Adentro continuaba el apiñamiento y la alegría. Y también había muchachas que no eran del barrio y todo parecía marchar bien, con las butifarras y bocaditos que ellas ayudaban a servir y con la abundante cerveza y los chilcanos de pisco que servía tía Lola, sonriendo tras el bar improvisado en el recodo del pasillo.

— ¿Cómo no me dijiste nada? –le reprochó.

— Será que no te acuerdas –sonrió indulgente ella–. Como Ismael decidió presentarse a los exámenes...

— ¿Qué exámenes? ¡Todo el mundo habla de exámenes!

— Los de Chorrillos, pues. ¿Cuáles van a ser?

— ¿No se presenta a San Marcos, entonces? –exclamó colérico.

— No, hijo… –y ella estaba radiante, rejuvenecida, aun con el traje más alto que otras veces–. ¿Te has olvidado ya? La vez pasada hablamos tú y yo de lo que podía dar Ismael y dijimos que debíamos buscarle una carrera corta y a su gusto. ¿Para qué mentirnos, hijo? No le gusta estudiar como a ti. En cuatro años saldrá de alférez, pero desde hoy no gastaremos más en él. No tenemos plata, Toño; tú al menos te defiendes trabajando en la reencauchadora, pero él no trae dinero a casa.

— ¿Y dices que yo estuve de acuerdo en eso?

— Hasta lo sugeriste tú.

— ¿No será que te equivocas, tía?

— ¿Y por qué iba yo a mentir?

— ¡Pero lo que es a mí no me dijeron nada de la fiesta! –se refugió en otro argumento. Tía Lola le tendió sonriendo un chilcano de pisco especial, con rodajas de limón y gotas de amargo de Angostura, y prosiguió tranquilamente:

— ¿Tampoco te acuerdas..? El otro día te dije, capaz Ismael se presente a Chorrillos, dice que hay menos postulantes que otros años. Vino a verlo Javi, ese amigo que vive en Jesús María, y le dio prospectos y dijo que recién iba a empezar el examen médico, que tenía tiempo…

— ¿Estas segura..? –abrió más los ojos.

— ¡Claro, te lo conté yo misma! –y de nuevo la sonrisa indulgente y compasiva por la mala memoria de Toño.

¿O sea que de veras quiero librarme de Ismael, sacarlo de en medio?, pensó sorprendido. ¿O sea que inclusive es algo inconsciente en mí, lanzándolo a una carrera que no me gusta? De chico yo odiaba a los guardias y no quería ver polacas ni capas azules y rojas de huayruros; y de universitario fue todavía peor, esa fobia bañaba a todo guardia, soldado u oficial, jeep o tanque que se acercara a cien metros de San Marcos. ¿Es posible que haya llegado a esto..?

Al volverse, alguien le chocó.

— Oh, perdón… –defendió su vaso y desde entonces se dedicó a perseguir a Ismael por en medio de grupos, cada vez más picados por la cerveza y los chilcanos, quiso apartarlo de todos, llevárselo de ahí con el pretexto de que las Alberti los esperaban en la Brasil; pero en el único instante en que se toparon y quedaron absolutamente solos, Ismael volvió a su mueca burlona y alzó la voz, señalando con el dedo :

— ¡Javi, ven! ¡Aquí está el único civil y chorreado de la fiesta!

Tuvo que sonreír y estrechar de buen grado la manaza de Javi, el más alto y fuerte de los postulantes.

— ¡Ah, hola! –lo miró oblicuamente Javi–. ¿Eres tú el que no quiere ser militar?

— ¿De dónde has sacado eso..? –pretendió seguir sonriendo, pero ya no pudo–. ¿Le dijiste tú, Ismael?

— ¿Y acaso no es cierto? –se acentuó la mueca, la mirada fugaz y desdeñosa hacia el que no merece una mirada de frente–. ¿O es que te presentarás conmigo a los exámenes? ¿Te animas entonces..?

— Anímate, hom –repitió Javi–. No necesitas entrar en una academia para prepararte; los exámenes son bobos, tirados. Es la mejor profesión, franco, siempre los sueldos suben regio, y metido primero en la escuela de oficiales y después en los cuarteles, no gastas mucha plata, te la ahorras, y fíjate los carrazos que se pueden importar, a precio de huevo. Mi papá tiene un Ford que no te digo nada. A ver, dime, ¿cuánto ganarás saliendo de San Marcos? ¿Cuánto?

Tragó de nuevo su malestar, les hizo adiós con los dedos y empezó a paladear los deliciosos sandwiches del comedor. Por su forma triangular, la discreta humedad que guardaban, la ausencia de corteza del pan y la calidad del jamón, dedujo que los habían hecho las Alberti. Y el detalle de las servilletas de papel por dentro de las de tela era toda una delicadeza. ¡Pero si Mónica odiaba también a los cadetes! ¿O había cambiado e iba a aceptar finalmente a Ismael?

— Conste que hasta hoy no has dicho por qué no quieres ser militar –se dio otra vez con Javi, flanqueado por amigos suyos, desconocidos para Toño; y a la pregunta siguieron miradas mordaces y sonrisitas que buscaban arrinconarlo.

— No lo dije; eso prueba que no estás sordo –y cogió un sandwich y se dispuso a volver a la puerta, que ojalá ya pudiese cerrar y meter a los invitados dentro, ahorrándose la vergüenza de las fiestas en plena calle; pero el cerco de Javi y sus amigos se cerró. Entonces aflojó su mirada, sonrió–: ¿Quieres que lo diga cara a cara o me persigues porque te gusto mucho?

Los demás rieron, Javi contuvo el rubor y alguien del grupo dijo sí, sí, dilo.

— Pues me quedaría mal el uniforme.

— Ja, ja, ésa no es una respuesta… –se reanimó Javi, que no parecía buen polemista–. Aquí tienes a este chato y negro que también va a postular– y le mostró a un muchacho flaco y zambo, feliz de que hablaran de él.

Ismael cruzó a su lado y echó más leña al fuego.

— Estás mudo, primo. ¿Y cómo te vuelves un loro cuando discutes de filosofía y política con tus amigos? ¿Acaso no llegamos nosotros a tu nivel universitario?

Lo dijo muy suelto de huesos y se fue, sin oír la respuesta. Toño soltó la risa.

— Te ríes, pero no hablas claro –lo desafió Javi.

Nuevos postulantes rodeaban ya la mesa, interesados en el dialogo que podría ser comienzo de una pelea.

— ¿Quieres saber la verdad? –alzó finalmente la voz.

— Por supuesto –dijo Javi, de ojos inyectados y sin soltar el vaso.

— ¿Y podrás soportarla tranquilo?

— ¿Por qué no?

— ¿Y podrán soportarla tus amigos? –y Toño se volvió en torno suyo; excepto Javi, sólo había uno macizo y callado que le pareció peligroso.

— ¡Oh, sí, habla no más! –dijo el muchacho flaco y zambo, e incluso lo apoyó una muchacha.

— Pues bien, mi respuesta es sencilla, no me gustaría ser militar. Esa carrera no me atrae lo más mínimo.

— ¿Por qué? –Javi dejó su vaso en la mesa y quedó con las manos libres.

— Por una serie de razones que, en última instancia, son equivalentes al hecho de que ustedes, por ejemplo, no desean ser médicos o historiadores.

— De acuerdo –dio unas fintas Javi, pensando mejor sus palabras–, pero ese gusto personal hay que confrontarlo con la realidad. En un país como el Perú, donde los políticos no han resuelto problemas económicos ni sociales, el Ejército puede y debe hacerlo. Aquí se necesita trabajo y disciplina, qué vainas –y se cruzó de brazos.

— Si confrontamos las necesidades del país, el Perú necesita mucho más de otras profesiones que no sean las militares.

— Bueno, quizá, pero no se trata de eso. Los gobiernos civiles han sido un desastre –de un instante a otro Javi casi estaba gritando, en la mano otro chilcano; la mezcla de bebidas iba haciendo mella en la dicción–. A los peruanos nos falta decisión, somos flojos, hasta tenemos fama de cobardes; fíjate lo que nos dicen chilenos, bolivianos y ecuatorianos, eso de gallinas y veintiochitos, por algo será ¿no?, y al final es el Ejército el que da la cara después que los civiles lo han malogrado todo. Y fíjate cuando Odría metió presos a apristas y comunistas, carajo (sí, le salió la primera palabrota, pero fue abucheado por los suyos, en especial por las muchachas), sólo así pudo arreglar las cosas. No le importaron elecciones ni nada, las fabricó a su antojo, metió preso al candidato rival que fregaba, como debe hacerse, y se hizo presidente constitucional. ¿Tuvo o no cojones..?

— Eso habrá que preguntarle a su señora –dijo Toño.

— ¿Cómo, ah, por qué..? –se mareó Javi.

— Discute en serio, colorao, no divagues –hubo un rumor en su grupo.

— En primer lugar –Toño se había tranquilizado por completo–, hay pruebas históricas de que los gobiernos militares son iguales o peores que los civiles. Y no podría ser de otro modo, porque la sociedad en su conjunto…

— ¡Mentira, eso no! –gritaron algunos muchachos y muchachas–. ¿Qué me dices de las obras de Benavides y Odría? Las carreteras, los edificios… ¡Y ya verás, si por casualidad sigue Bustamante, cómo lo sacan los militares!

La ola de gritos y protestas atrajo a Ismael a su lado:

— Córtala ya, ¿quieres? A lo mejor te pegan y no puedo defenderte.

— Yo no empecé –dijo Toño.

— Lo que pasa es que ustedes los universitarios están llenos de prejuicios contra nosotros –quiso picarlo aún más Javi.

— Vamos, calla… –volvió a pasar Ismael.

— Déjame, te estoy defendiendo – susurró Toño a Ismael, convencido de que decía una verdad.

¿A mí? ¡Estás chiflado..! –y su disgusto y malestar eran comparables a los de Javi, parecía increíble–. Me estás haciendo quedar mal. No olvides que nos gobernará un general. ¿Qué dirán mis amigos, que tengo en la familia a un revoltoso?

— ¡No entres a la escuela militar, primo! –añadió Toño en otro susurro, apretándole el brazo–. ¡Hazme caso, no te conviene!

— ¡Calla, idiota..! –siseó Ismael, atemorizado–. ¿Quieres que te oigan mis amigos? ¿Y cómo estuviste de acuerdo con mamá el otro día y ahora no? ¡Estás loco, primo! ¿Quién te puede hacer caso?



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