8

Imposible dormir, imposible acostarse siquiera. A media noche, encendidas las luces, daba vueltas por el cuarto que ya no era de Ismael ni suyo, pero que tía Lola mantenía intacto, con las camas de uno y otro, el hermoso escritorio de Ismael y el pequeño, pobre y repintado pupitre que rechazaba como suyo. Y el mismo ropero, alto y amenazador, y adentro una ropas olvidadas o desechadas por ambos, colgadas sin mezclarse.

¿Cuántos años habían pasado? ¿Doce, catorce? A ver, veamos…

Sonó el teléfono y corrió por el pasadizo destechado hasta la oscura salita. No tuvo tiempo de encender la luz. Se sentó y oyó la voz que esperaba.

— Hola, primo. ¿Cómo llegaste? Mi hijo Sebastián dice que preguntaste por mí.

Sí, había esperado esa llamada, pero quedó vibrando, sin aliento.

— ¿Ya sabes la noticia..? –soltó sin más el veneno–. ¿Sabes que ella murió..?

Hubo una pausa al otro lado, pero distinta de la que hubiera supuesto; la voz continuó firme y cortante:

— Sí, llamé hace un rato a la familia y me contaron. Te imaginarás cómo me siento.

— ¿Y dónde estás? –averiguó en seguida–. Quiero hablar urgente contigo.

— ¿Y de qué, puedes adelantarme algo?

Volvía la desconfianza de siempre, el tanteo provocador.

— Por teléfono, no.

— Muy bien; pero entenderás que no puedo darte las señas. O sea que no te queda otro remedio.

— No se trata de un juego, Ismael – endureció la voz.

— Tampoco yo estoy jugando.

Era el colmo, el culpable no se creía tal, se mostraba altivo y desdeñoso.

— ¿Qué vas a hacer?

— ¿Qué me aconsejas tú?

— Que te entregues –dijo Toño, demasiado pronto.

— Ya lo había pensado; lo haré, no te preocupes.

Otra pausa, pero esta vez Toño acertaba a decir lo que quería.

— ¿Por qué lo hiciste, por qué..? –estalló por fin.

— Fue un accidente –también Ismael tenía demasiado lista la explicación–. En parte lo sabes, primo. Tú la conocías muy bien, fue tu enamorada.

De inmediato se puso a la defensiva:

— Salí con ella un tiempo, nada más; o mejor salimos los cuatro juntos. Me dejó para estar contigo.

— Como sea, la conocías bien.

— ¿Entonces, según tú, ella tuvo la culpa..? –bajó la voz, pensando de nuevo, es el colmo, es el colmo.

— No he dicho eso. La culpa es mi mala suerte, pero de eso creo que no debemos hablar por teléfono. Dime para qué llamaste.

Sigue siendo un salvaje, pensó, a quién se le ocurre formular esa pregunta. Pudo decirle, para vernos cara a cara y ajustar nuestras cuentas, pero eligió el camino tortuoso, el halago.

— Para preguntar si puedo hacer algo por ti.

— Gracias, primo; le diré a mi abogado que te avise cuándo podremos vernos; sí, hay varias cosas en que puedes ayudarme.

— ¿Y por qué tu abogado..? –se quejó–. ¿Por qué no directamente?

— Pues porque voy a entregarme mañana. Sólo demoré para consultar con un abogado.

Aquello estaba muy bien, merecía el confinamiento en el cuartel o en la cárcel; debía estar adentro. Entonces se volvió más blando:

— ¿No necesitas que te lleve algo, ropa, libros, algo..?

— Eso no hace falta; si puedes, mejor visita a mis hijos. Espera mi llamada y chau, Toño; pensábamos pasarla contigo en Acapulco y mira cómo son las cosas. Chau.

La voz firme y metálica del asesino se interrumpió dejándole una mirada estúpida hacia la ventana, escasamente iluminada por la calle. No se trataba de otra vida sino de la suya, y también de una muerta que lo había amado, no de otra, y también de alguien que era casi su hermano y que quizá jugaba una larguísima partida con él, llena de cautelas y desconfianzas, en vez de marchar juntos por igual camino. ¿Quién de ambos había tenido el corazón turbio, los ojos miopes, las manos cerradas?

— Toño, hijo… –las voces que daba tía Lola crecían adentro.

— Ya voy, mamita.

— ¿Hablaste con él..? ¿Y qué dijo, y cómo está, y dónde..? Ven, cuéntame, no puedo levantarme.

 



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