17

— A Mónica la pide esta noche su novio –anunció Martha, pero ya Toño la había invitado para ir a bailar–. ¿Crees tú que debemos..?

— ¿Y acaso ella me invitó a mí?

— La verdad, tampoco yo quisiera ir. Tienes razón. Será un mano a mano entre mis vejestorios y los de Lorenzo.

— ¿El del carrito rojo?

— El mismo chinchoso que viste y calza.

— Pues mejor, así no le veremos ni el polvo.

— Listo, entonces a las seis en la Brasil. Chau.

Era un día festivo y por eso, al volver a cambiarse en el departamento, halló a Ismael dando vueltas, siguiéndolo hasta el dormitorio y el cuarto de baño.

— ¿Y tú qué haces acá? –rió–. ¿Por qué no sales?

— ¿Y no vas tú al cambio de aros? –se extraño su primo.

— Mónica no me ha invitado.

— Pues a mí tampoco, pero voy a ir.

— Que te aproveche.

— Yo creo que debemos ir juntos.

— Y yo creo que no –dijo él y siguió atándose los pasadores, echándose desodorante, peinándose ante el viejo espejo manchado de pecas. E Ismael que merodeaba en torno suyo.

— ¿Qué te parece Lorenzo?

— Un pendejo –dijo Toño–. Pintón y vividor. Sin duda el auto rojo no es suyo y tampoco creo que tenga el puestazo que dice en la firma de importaciones. Habrá olido dinero del viejo Alberti y se enredó con Mónica, eso es todo.

— ¿Cómo puedes hablar así de ella? –y sintió el primer manotazo de Ismael en muchos años.

— Porque es muy posible –reaccionó en seguida, molesto por el atrevimiento, y luego sí decidió abrir la boca, ya Mónica se casaba, había hallado un manso–. Metido en el cuartel ignoras lo que sucede en el barrio –sí, se animó a medias ante el idiota de Ismael, no iba a contarle todo, pero fue en vano, según se vio después–. ¿Qué crees que pasó la otra noche? A la una de la mañana me tocaron la puerta Bolita y Martha. ¿Qué pasaba? Que Lorenzo tenía a Mónica dentro del auto rojo y no sabían cómo decirle que ya era tarde y su viejo la llamaba. ¿Sabes cuántas veces tuve que tocar la ventanilla para que ese desgraciado se arreglara el pantalón y me abriera? ¿Y sabes lo que vi a través de los vidrios y cómo me rogaba Mónica para que no les contara a sus hermanas? ¿Lo sabes? ¡Y en carro llamativo, y en plena calle, ni siquiera en un hotel! ¿Eso es querer a una novia..?

Toño se sintió un chismoso, pero terminó gritando y pegándose demasiado a su primo, como si lo desafiara, cuando sólo quería abrirle los ojos, que desistiera de una vez…

— Bueno –admitió Ismael, vencido, temblando, pasándose la mano por la cara–; pero justamente por eso debemos alegrarnos de su matrimonio.

— ¿Alegrarnos? –hizo una mueca Toño.

— Ella se muere por casarse y desde hace tiempo no habla sino de la hermosura de tener hijos –susurró repentinamente Ismael; su voz fue apenas audible–. Nosotros los cuatro hemos sido bien unidos y quizá también esta noche…

— Lo siento, hermano, pero a mí ese Lorenzo… Chau, ya me dirás cómo fue la ceremonia.

Y se lo dijo a medianoche. De vuelta de bailar hasta empaparse de sudor, Toño se había duchado y acostado sin pensar siquiera en la loca, que al fin se casaba y que ya no era un peligro por eso de que creo que tengo un hijo y otras cosas, y que tampoco era ya un estorbo entre su primo y él. Pero Ismael se lo contó, a medianoche, en dos palabras y en un desorden completo, tras despertarlo sin miramientos y pidiéndole además vestirse y acompañarlo, todo de golpe y sin decirle adónde.

— Un momento, poco a poco, vamos por partes… –debió ordenar su cabeza, sus prendas alborotadas por la cama y la silla–. Dime, cuéntame…

Y se lo contó. Ismael había llegado el primero a la fiesta del cambio de aros y por una media hora había fumado solo, paseando por el salón reluciente y admirando la platería y los arreglos de flores. Cuando llegó Pantoja, el marido de Bolita, se sintió mejor aunque le miraba de reojo la cicatriz del cuello, esa culebra deforme y a ratos movediza; el hombre bajo y apacible graznaba al hablar, pero en cuanto uno se acostumbraba a la culebra y al graznido, Pantoja resultaba ser una buena compañía: había viajado por todo el Perú y sabía de fronteras y ríos como nadie. Quizá Ismael debió haber aprovechado muy bien esos temas, tan necesarios en su carrera, pero sólo a ratos le oía. En su ansiedad, oyó más bien el timbre y aun abrió e hizo entrar por el sitio indebido a los mozos, que traían algunos bultos bajo el brazo. Un rato después, ya uniformados, los mozos le ofrecieron el primer whisky y el primer canapé de caviar apenas salieron a recibir los padres de Mónica. Canosos y arrastrando mucho los pies, panzones pero elegantes, él de terno azul y corbata plateada, y ella de gasa beige y demasiadas joyas, una costumbre de familia, lo saludaron ascendiéndolo, hola, capitán, gusto de verlo, para luego sentarse en su rincón preferido; el viejo se desabotonó el cinturón y media bragueta para sentirse cómodo, y ella estiró la pierna izquierda sobre un mullido taburete. Así, en el ambiente quieto y medio desierto, tronó la voz del viejo que padecía una incurable tos de fumador:

— ¿Y dónde carajo están los jodidos de mis yernos y nietos? ¡Oiga, mozo, sirva los tragos, en esta casa no se espera a nadie!

— Calla, loco, y amarra al perro –dijo su mujer.

El señor Alberti detuvo su fingida cólera, pero todavía gruñó al oír la procesión de automóviles que traía a sus yernos Bacigalupo y Ferruccio, y con ellos a sus hijas Esther y Pichusa, y a sus muchos nietos, que ya tenían diez o doce años. Como pasando revista en un desfile, el viejo recibía besos y bromeaba con grandes y chicos. Ismael seguía siendo el único ajeno a la familia, pero todos lo conocían, incluso los nietos, y pronto los hombres formaron su grupo y las mujeres el suyo, y sólo faltaban los novios.

— ¿Y qué me dices tú, capitán Blood? –lo llamó el viejo en su racha de buen humor, por entre las carcajadas de los demás–. ¿Y cuándo te casas, flaco? Ahí lo ven ustedes… –señaló a un Ismael nervioso y azorado, jamás podía responderle con ingenio, el gordiflón se las ganaba todas–, parece un San Martín de Porras, tranquilo y calladito, ni siquiera es blanco como nosotros (Ismael rió a desgana, qué remedio, le disgustaba su propio aspecto de cholito negruzco y lampiño), y sin embargo mañana será general y ministro; ninguno de nosotros podrá, pero él sí, como el cholo Odría, carajo… –se sacudió en el asiento– ¡Yo estoy con Odría y el que diga que no es un rosquete! –las carcajadas volvieron a estallar–. ¡Ven, capitancito de café con leche, toma un trago conmigo! Éste y Toño son buenos muchachos, yo los quiero mucho… –y lo abrazó rudamente, abofeteándolo con cariño–; llegaron al barrio sin nada en las manos y ahora tienen su carrera y su ambición. Así comencé yo, pasé la marimorena hasta tener mi primera botica… –y hubo una pausa, la voz vibró, una hija del señor Alberti susurró "uy, le da la llorona", pero el viejo se rehizo–: ¡Llegarán lejos porque se parecen a mí! –y otra tempestad de risotadas–. ¡Salud, ociosos! ¿Qué hacen sin mover el codo? ¿Y dónde está la novia, esa hija respondona que tengo?

La risa del viejo era un trueno que lo llenaba todo y era de ver cómo sus hijas, yernos y nietos seguían pendientes de su palabra, en un diálogo que alegraba y entristecía a Ismael, por carecer de una familia como ésa. Tostado por el reciente verano y vigoroso, como un joven, a sus cincuenta años, Ferruccio, el industrial de la familia, de gran reloj de oro, chaleco chillón y americano, y perla en la corbata, hablaba casi exclusivamente de negocios ("ahora les recomiendo meter la plata en…"); y su otro tema, cuando sonreía secamente, eran los chistes picantes. Viéndolo, nadie podría pensar que dirigía su fábrica de jabones y aceites, productos incapaces de manchar sus impecables trajes. Al revés de él, Bacigalupo, dueño de una cadena de bodegas, informal, deportivo y espontáneo, odiaba las corbatas, prefería las camisas a cuadros y las casacas, y era el afectuoso de la familia, abrazando a todo el que hablara con él y recordando lo mínimo que se le dijera la última vez. Había traído el saco y corbata al brazo, pero los había dejado en una silla.

De pronto se oyó el timbre, un toque más largo que el habitual y todos callaron. Bacigalupo corrió a ponerse el saco. La señora Alberti ahogó un suspiro de emoción, se puso en pie y susurró persignándose ¡al fin, Dios mío, casaré a Mónica, ya puedo descansar después!

— ¡Si no toco así ni me miran! –exclamó divertida Bolita, la mujer de Pantoja que vivía con su marido y sus padres en la propia casona, entrando como si fuera una invitada. Menuda, redonda y alegre, merecía su apodo al extremo de que Ismael jamás había oído su verdadero nombre. Su traje de raso la envolvía como a un paquete de regalo; sólo le faltaba las cintas–. ¡A ver, salúdenme, háganme una venia, les toca atenderme a mí, que toda la vida les sirvo tragos en la sala y platos en la mesa! –y la gordezuela se pavoneaba ante las risotadas de la familia.

De nuevo sonó el timbre.

— ¡Abre, payasa! –gritó su padre y ella obedeció cumplidamente–. ¡Se la hicimos, Mónica! –aplaudió, porque esta vez tampoco había llegado el novio, sino Mónica, escabullándose por el garaje a fin de usar la puerta principal. La señora Alberti se sentó oprimiéndose el pecho, mientras Ismael temblaba de admiración por Mónica y aplaudía también hasta quedarse solo batiendo palmas. El largo traje de gasa, amplio y celeste, aumentaba la buena talla de Mónica y escondía muy bien su incipiente gordura, y el resultado era una artista de cine, que para Ismael era el máximo elogio, una mezcla de Ingrid Bergman y Ann Sheridan, sólo que un poquito gruesa. Ella avanzó por en medio de sus parientes sin que todavía Ismael viera su rostro. Cuando se volvió, el efecto fue aún mejor: la radiante sonrisa, los rubios y largos cabellos ordenadamente revueltos, las cejas negras como usaban las Alberti, el amplio escote de magníficos senos y el mentón gordezuelo y juguetón. Triste, pero también de algún modo feliz, Ismael imaginó ser el propio novio.

— ¡Vamos, el champán..! –resurgió el vozarrón del viejo–. ¡Voy a brindar por la más linda de mis hijas! ¡Así, no más, entre nosotros, mientras no llega el que sabemos..!

— ¡Y yo por el más guapo de mis novios! –respondió Mónica, besando complacida a su padre.

— ¿Y a qué hora viene ese suertudo? Creo que nos está cojudeando –deslizó el señor Alberti al oído de su hija.

— Nada de lisuras esta noche ¿me has oído? –se encrespó ella–. ¡Y ciérrate la bragueta, no seas indecente! –pero, en el mismo instante en que su seriedad había domesticado al viejo, Mónica soltó la risa.

Cojeando y balanceándose por la gordura, el señor Alberti tomó del brazo a Ismael y llamó ¡vengan, vengan, les voy a enseñar lo que compré para estos días, todos quedan invitados! Ismael no había visto comer a los Alberti, pero sabía por Toño de su gran voracidad y del espectáculo que animaban en la mesa. Sin embargo, quedó deslumbrado en cuanto el viejo abrió primero el gran congelador de tipo comercial, que había en el office, luego el enorme refrigerador de la cocina; y eso que al parecer no lo veía todo, sino únicamente cabritos y corderos descabezados, pollos, pavos como en una tienda, quesos y jamones de variadísimas clases, y aun cuyes y conejos que le gustaban mucho. ¡Ah, y que pasaran a ver los potajes de esa noche, y el señor Alberti, copa en mano, cojeó señalando el menú de seis
platos y cuatro postres que preparaban tres cocineros uniformados.

— ¿Y cuántas personas van a venir? –preguntó Ismael, admirado.

— Sólo nosotros, más Lorenzo y su mamá –dijo Mónica sin mirarlo, como recordándole que no había sido invitado.

— Bueno, bueno, ¿y quién dijo salud? ¡Más champán! –volvió el viejo a su sitio–. Estoy contento, la verdad es la verdad, aunque sea del enemigo. Ahora sólo falta que se case Martha para yo dedicarme a mis vicios de juventud.

— ¡Martha ha salido de nuevo con Toño! –chilló Bolita–. ¡Y seguro que habrá boda también por ese lado!

— ¡Papá querido..! –Mónica entrelazó sus dedos con los del viejo–. Eres un plato, si fueras soltero me casaría contigo…

— No, pero puedes ser mi amante, la que tengo no funciona. ¿No es cierto, vieja..? –y rió buscando a su mujer.

— ¡Oh, Dios mío! ¿Qué pasará que no llegan? –se retorcía las manos la señora Alberti.

— Tranquila, mamá, voy a llamar por teléfono –anunció Bolita.

— Yo te acompaño –dijo Ismael y así pudo conocer el saloncito interior y los cuatro dormitorios, cada uno tapizado de un color diferente, según los muebles y cortinas. Viendo por fuera la casona, y en ese barrio, nadie hubiera supuesto lo confortable y elegante que era.

— Este teléfono no quiere funcionar, vamos al otro –dijo Bolita y lo llevó al que debía de ser el dormitorio de Mónica, claro que sí, ahí estaba el color celeste predominante, sus numerosos retratos en marcos de plata blanca y negra, y sobre todo la cama, de cobertor sedoso, ancha y sensual al punto de excitarlo–. ¿Aló? ¿Cómo dice? ¿Que salieron hace media hora? Bueno, muchas gracias ¡Vamos, Ismael, sin duda ya estarán por llegar..!

— ¡Basta, papá, no friegues tanto! ¿Me oyes? –el grito de Mónica había detenido la alegría del salón.

— ¡Pues yo me siento a comer, ese novio tuyo es un malcriado!

— ¡Y tú, un comelón de primera! ¡Mamá, dile que espere!

— Miren quién habla… –de nuevo cambió de humor el viejo, dirigiéndose divertido a su familia–. ¿Se acuerdan del campeonato de tallarines del otro día? ¿Quién ganó? ¿No fue Mónica?

— ¡Vamos, cállense ya los dos! –intervino la señora Alberti, cortante y molesta–. ¿Por qué no llegan, Dios mío? ¡Puede haberles pasado algo! ¡Qué los chicos coman sánguches en la cocina y los hombres sigan bebiendo, pero nadie se sentará a la mesa!

Tras un aplauso general renació la fiesta. Tambaleante y risueño, el viejo pidió perdón a su hija, besándole ambas manos.

De pronto, Ismael se decidió, tenía que decirlo, quizá había una esperanza, quizá el retraso del novio era un signo favorable, debía aprovecharlo, y buscando a Esther, la hermana mayor que siempre lo había tratado por encima del desnivel social entre sus familias, empezó algo así como una campaña de desprestigio del novio, la noche iba despintando al malcriado, al descortés, al incumplido, al grosero, y entonces se animó, y pasó al círculo de hombres y fue dándose maña para arrinconarlos uno en uno, y entre el champán y el whisky continuó la campaña: ¿cree usted realmente que Mónica hace bien casándose con ese tipo, usted lo conoce, sabe sus antecedentes, no cometerá ella un error..?

— Yo no me meto con Mónica, tiene genio muy fuerte –le respondían en diversos tonos.

Luego se arrepintió: no había más remedio, sólo cabía aprovechar el champán francés, lástima que Toño no estuviera con él, divirtiéndose del único retrato que formaban los Alberti, incluso los niños, unos tipos de película o mejor de circo, las barrigas notables, las mejillas sopladas, la boca fina, sin labios, el mentón difuso, los ojos verdosos y torpes, las nalgas subidas a la cadera, he ahí las marcas de la tribu en que buscaba meterse y no podía hacerlo por ningún resquicio.

En un instante, de pie y sin aire soñador alguno, inclusive conversando normalmente, soñó que Mónica y él estaban ya casados y que su nueva familia celebraba una fiesta, un cumpleaños: un momento más y Mónica vendría a tomarlo del brazo y con una simple presión de sus dedos le pediría que se fueran juntos y solos. No, espera un poco, dijo él. Vamos, estoy aburrida y cansada, hizo ella una mueca. Bueno, accedió, pero antes de dormir paseemos por el Malecón de La Punta ¿ya? Dicho y hecho, sonrió ella y ya se marchaban del salón, ya se despedían de la tribu.

— ¡Bueno, se acabó, todos a comer, ése ya se las picó y no viene! – tosió estruendosamente el señor Alberti, y se preparó a levantarse mediante sus acostumbrados bamboleos a derecha e izquierda, hasta poner las cortas piernas en el suelo y darse un empujón, apoyándose en algún vecino; ahora le tocó el turno a Pantoja, que trastabilló, desprevenido.

— Por favor, cinco minutos más… –susurró su mujer.

— ¡Mónica, te dio plantón! –carraspeó el viejo–. Ni siquiera ha llamado por teléfono… –y metió la cabeza hacia su hija.

— Cállate, gordo de mierda… –musitó ella, disimulando muy bien, parecía risueña, y así de contenta abrió la puerta quedándose quieta y tensa ante la calle medio oscura y desierta, de donde podría brotar Lorenzo. Ismael se le acercó por detrás, quiso abrazarla, pero no, imposible. Vamos a pasear por el Malecón antes de dormir...

— A lo mejor ya llega, no te preocupes, quién sabe, no hay teléfono por el camino, puede que se le bajara una llanta…

–dijo en forma entrecortada.

— Ese desgraciado me la pagará –siseó ella–, juro por Dios que…

— Ya vendrá, no digas tonterías –insistió, atreviéndose a rozar su mano, que Mónica rechazó en seguida.

— Ese gran puta me ha jodido –volvió a sisear ella, pero la vio tan elegante y distinguida que no creyó que hubiese dicho eso.

— ¡Entra, Mónica, la comida está lista! –llamó su padre.

— Ismael estiró de nuevo la mano, atrapó unos dedos tibios y algo sudorosos.

— Ya vendrá –dijo–, ten paciencia.

— Es un perro del carajo –susurró ella, hermosa, fina, elegante.

 

 

 

Y lo despertó sin miramientos y se lo contó en dos palabras y en un desorden completo, y le pidió vestirse y acompañarlo. No supo si la historia había sucedido o no, pero era medianoche y dijo sí, bueno, vamos. Ismael y su tufo estaban encima de él, ocultando la luz con la gorra del escudo peruano.

— Despierta y vístete, primo; tienes que ayudarme.

— ¿Cómo, qué pasa? –gangueó, aunque ya había empezado a quitarse el pijama, mientras Ismael abría el cajoncito del velador y extraía un paquete que Toño jamás había querido tocar: miraron embobados las cacerinas, Ismael se sentó en la cama y cargó la pistola de cacha blanca, poniéndosela en el correaje.

— El novio la dejó plantada, pero vamos a darle su pateadura; son las tres de la mañana y el desgraciado ni siquiera llamó por teléfono.

Su primo hablaba en voz baja para no despertar a tía Lola en la habitación del pasadizo.

— ¿Y por qué la defiendes ? ¿Acaso no tiene hermanos? Y después de todo qué vas a hacer, Lorenzo no quiere casarse y se acabó.

— Lo hemos decidido entre todos. Nos esperan afuera, en sus carros.

— ¿Y saben adónde se ha escapado..? –tuvo que imitar los pasos sigilosos de Ismael por el pasadizo, cuidando el sueño de tía Lola. En la calle los tres lujosos automóviles de los maridos tenían las luces encendidas.

— Suban con Pedro y sígannos –dijo el señor Ferruccio–. Hola, Toño ¿cómo estás?

— ¿Y quien es Pedro? –susurró, pero Ismael ya lo guiaba hacia el hombre de los graznidos, ah era Pantoja en el Oldsmobile de dos puertas. O sea que vive de gorra en la casona, pero tiene todo un carrazo, pensó. En el asiento delantero se ubicaron cómodamente los tres y allá partió la caravana.

— No tengas miedo, Toño, la pistola y el uniforme sólo son para asustarlo. Mira, le he puesto el seguro.

Le hizo tocar la pistola en esa grata penumbra creada por las luces del tablero.

— Está bien –dijo, incapaz de evadirse, había perdido la ocasión de hacerlo–, pero ¿creen que el tipo merece este despliegue?

— ¿Cómo que no? –graznó Pantoja, conduciendo a gran velocidad y sorteando baches por calles desiertas, de pistas negras como espejos empañados–. Se burló de ella y de todos nosotros. Incluso le pidió prestados cincuenta mil soles a Mariano, dijo que para gastos del matrimonio. Reciencito lo he sabido.

— ¿Y quien es Mariano?

— Ferruccio, tonto –le sopló Ismael–, ¿cómo puedes olvidarte?

Lorenzo es más vivo que el negociante, pensó, y no dijo más porque en las curvas debía cogerse del agarrador y Pantoja e Ismael sólo estaban pendientes del Thunderbird que había delante y que ocultaba al oscuro Buick que abría la marcha. Los tres automóviles parecían volar por la Brasil, rumbo a la Costanera.

— Ya sabes, Pedro –dijo Ismael–, dejas el carro un poco lejos, en el parquecito antes de Chacaltana.

— ¿Cómo sabes tú dónde vive? –miró la silueta de Ismael.

— Ya hemos venido a reconocer el terreno, desde la una estamos dando vueltas por su casa, pero el tipo no llega. Fíjate que le había dado una dirección falsa a Mónica, la misma que se imprimió en los partes. Menos mal que ayudó un comisario amigo.

— ¿Y lo meterán a chirona, entonces..?

De la avenida del Ejército desembocaron en un pequeño parque redondo, con grandes ficus donde la noche y la fuerte luz eléctrica se concentraban en una especie de aire sólido, de nube terrestre. Los coches frenaron y unos cinco adultos y cuatro adolescentes rodearon a Toño y prácticamente lo empujaron hacia la calle Chacaltana. Junto a los maridos de las Alberti y sus sobrinos había dos o tres desconocidos.

— Sabemos que Lorenzo está prevenido y que anda con sus compinches –dijo Ismael–. El comisario dijo que ya tenía dos denuncias por estafa. Miren el carro rojo. Ya llegó, entonces.

— Quizá debiste quitarte el uniforme –susurró Toño. — El desgraciado es un delincuente y yo avisé esta noche a la policía lo que haremos; es un asunto privado.

— Como debe ser, Ismael –susurró Pantoja–; no sabes cuánto te agradecemos por esto.

Toño pareció avanzar con ellos, incluso buscó él primero los altos cuyas escaleras nacían en pleno jardín; pero se volvió en cuanto pudo, dijo que le molestaba un zapato, tardó en quitárselo, ver qué era, y en guardar sus anteojos. Fue suficiente para quedar atrás. Después oyó el crujido bestial de la puerta, la increíble voz de mando de Ismael, absolutamente nueva, los golpes sobre diversas cosas, duras o blandas, paredes o personas, jadeos, gritos y llamadas, lo hacen ellos pero yo no, pensaba, hasta que vio huir a los compinches y quedar encerrado al novio por la tribu, arrastrado por la escalera y el jardín, y recibiendo por turno los puñetazos y puntapiés de todos, aun de los sobrinos más pequeños, y la sangre que brillaba en la nariz y la boca. Por aquí, por aquí, se oyó él mismo decir después, guiando el cuerpo rendido y mareado. Y subió el primero al Oldsmobile, ayudando al herido a soportar el viaje a la comisaría y a mitigar la hemorragia nasal con su propio pañuelo.

Al llegar a una casa vieja y de dos pisos, con otro escudo en la fachada, el comisario en persona los recibió en la puerta e invitó cigarrillos, prometiendo que se ocuparía especialmente de Lorenzo. Téngalo siquiera una semana o dos, dijo Ismael; yo vendré uno de estos días a acariciarlo, chau y gracias, mi viejo.

Soñoliento y fumador, de uniforme verde y capa azul y roja (el uniforme que venía a él desde hacía una eternidad en Huaylas), el comisario los despidió cuando ya amanecía.

— A ver, repártanse los días –dijo Ismael al grupo vengador antes de tomar los coches–. Yo sólo puedo venir el sábado, el resto estoy acuartelado. Usted, señor Ferruccio, el lunes, ustedes los muchachos el martes, tú, Toño, el miércoles…

— ¿De qué se trata? –despertó él que se caía de sueño–. ¿Qué voy a hacer el miércoles?

— Pues te vienes y el comisario te hace entrar a la celda de Lorenzo, digo al cuarto donde está, ahí le das su marsa. ¿O quieres que te ayude alguien? Tú elige.

Toño emitió un gruñido desaprobatorio, pero los demás entendieron que sí, que él también defendería a Mónica del agravio. Sin importarle lo que pensaran, Toño cerró los ojos, pero siguió viendo extrañado a Ismael.



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