16

El día esperado, la mañana decisiva después de muchas semanas entre la cama y silla de ruedas. Muchas semanas, porque las cosas se habían complicado. Al cumplirse el segundo mes había vuelto a la clínica y el doctor Barrós, saludable y de precoz pelo blanquísimo, empuñó sonriente la sierra que rompería el yeso y cuyo zumbido le penetraría aún más que el taladro de un dentista; pero cayó el molde y el médico le levantó la pierna, estudió la radiografía y dijo le pondré otro yeso, va muy bien para lo que ha sido, pero todavía falta.

Y el segundo yeso significó cuarenta días más entre la cama y la silla de ruedas, si bien finalmente cayó en manos del kinesiólogo. Fue una buena señal. El hombre fornido, silencioso y de bigotillo negro sabía ejercitarlo con las muletas. Toño lo recibió listo y a la primera orden se ponía en pie, de espaldas contra la pared, lo más rectamente que pudiera, y allá emprendía la marcha acompasada con las muletas adelante, atrás y a los lados, o se dejaba caer peligrosamente de bruces, usando sólo las muletas para detener el choque, la catástrofe. La pierna enyesada sabía que por nada tocaría el piso y por ello su cuerpo se había ladeado, los hombros debían recuperar su nivel y lo mejor era entrenar ante el espejo. Ése era el segundo ejercicio, avanzar y retroceder, pero sin desnivelar los hombros ni cargar las espaldas. En pocos días lo había aprendido.

Ayer mismo había ensayado lo más difícil, bajar por la empinada escalera de retorcidos y angostos peldaños y visitar la planta baja como después de un largo y extraño viaje. Y ahora saldría finalmente a la calle. ¿Está seguro de que puede?, sonrió el hombre del bigotillo. Ha avanzado mucho pero depende de usted. Vendré mañana temprano.

A las nueve sonó el timbre. Dejó la silla de ruedas en el escritorio, cuyas ventanas gozaban de una luz potente, un cielo añil, limpio y cercanísimo, y tomando las muletas empezó a bajar solo por los retorcidos peldaños, a fin de abrir él y no Reneé. Por la mañana clara y soleada había rechazado el abrigo. Desde abajo, Martha gritó y quiso ayudarlo. Déjame solo, mandó, y ella se quedó retorciendo sus manos conforme remaba, apoyando las puntas de jebe por el delgado y peligroso camino. Sólo dudó una vez, casi enreda una muleta en la franja de alfombra que recorría la escalera; pero cuando acabó el descenso, Martha y Reneé lo recibieron con aplausos. Sin sentirse halagado cruzó ante ellas y abrió la puerta.

— ¡Oh, magnífico..! –dijo el kinesiólogo, tras una pausa–: Tiene usted razón, yo también me quitaré el abrigo.

— ¿Lo ayudo por la escaleras de piedra, señor? –se ofreció Reneé.

— Nada, nada. ¿Está usted listo? ¿Empezamos?

— Lo que usted quiera, yo lo sigo –sonrió el hombre.

Entonces vinieron los anchos peldaños de piedra para descender al jardín, exigiéndole remar más ampliamente e inclinarse casi en las gradas.

Medio fatigado, miró apenas a Rocky que le meneaba la cola y quizá sonreía entre fuertes ladridos que sacudían el aire. Y finalmente abrió la puerta negra y metálica.

— Adiós –tuvo que mentir–, me voy a la oficina y regreso a la una.

— Cierre usted –añadió, y cuando quedó afuera supo que todo lo había previsto menos el desnivel de la calleja, esa dura cuesta que lo llevaría hasta la Veinte de Octubre.

No era una cuesta –como las otras, estaba sembrada de collotas, esas pedrezuelas redondas y resbaladizas. Entonces eligió la estrecha acera por donde no podrían cruzarse dos hombres; así eran muchas callejas de La Paz, así le gustaban, las callejas trepando como culebras por los cerros, los techos de calamina espejeando al sol y él creyendo vivir en la sierra peruana. Hoy renegó de esos senderos de cabras. Pero la acera de cemento fue aún más resbaladiza que las collotas. Volvió a la calzada, eligiendo esta vez las junturas entre las piedras, ahí donde la lluvia y el viento habían fraguado hoyos y declives de mil formas, una maravilla para un observador paciente, no para él. Con remadas fuertes y amplias de las muletas fue subiendo y subiendo, pero cuando llegó a la cinta transversal de asfalto tuvo que detenerse, jadeando.

— Descanse, lo ha hecho muy bien –dijo el kinesiólogo, sonriendo a su lado y cerrando los ojos ante la tremenda luz de aquella mañana.

— Vamos hasta la plaza Abaroa –dijo él tras un rato, en una decisión heroica, fijándose un limite por el lado derecho, pero también ahora, apenas reinició la marcha, supo que no podría hacerlo; también se había equivocado al suponer que se trataba de un terreno llano. Exigiéndose, cruzó delante de la colchonería, del pampón donde se guardaban y lavaban coches, de las pequeñas tiendas atendidas por viejas indias pollerudas, que sólo exhibían pan, caramelos y chucherías. Luego vendrían las pobres casuchas sin ventanas, las puertas apolilladas y carcomidas, varias veces mal parchadas con tablones. Así era La Paz, las buenas casonas como la alquilada con su primer sueldo de asesor se mezclaban indistintamente con las covachas.

— ¿Ya quiere usted volver? –lo picó de nuevo el hombre, pero él dijo no, descubriendo abierta la iglesia adonde Martha iba los domingos, mientras Toño, fiel a sus principios, se quedaba en la terraza, asoleándose ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Jamás había entrado ahí, la miraba con el rabillo del ojo, como a todas las iglesias; ante ellas seguía de largo, pensando aquí es donde se engaña a la gente, donde les cortan las alas, donde los vuelven cobardes por la lucha por los verdaderos principios. ¿Entraría? Ya no aguantaba más. Se detuvo; el peso del cuerpo, cargado sobre la pierna buena, le creaba en ella un mar de hilos fríos y punzadas ardientes; el muslo y tobillo sufrían con la promesa de un banco allá lejos, en la plaza Abaroa. ¿Por qué tuvo que romperse la pierna? ¿De quién había sido la culpa, suya o del chofer del jeep? Jadeó, recordó, salió casi de nuevo de la embajada donde había ayudado esa tarde; llevaba a "El Diario" el aviso para reunir a la colonia peruana el 28 de Julio, sólo habría butifarras y cerveza, los fondos del gobierno de Lima no daban para más, pero eso no decía el aviso, claro. Había cruzado ya el húmedo empedrado de las Seis de Agosto, la lluvia no molestaba mucho aún, pero pensó no tengo suelto, el chofer del colectivo no me cambiará mis únicos cien pesos; tuvo, pues, que volver a cruzar la calle mojada y triste. El cielo se encogía ennegreciendo rápidamente; esperó a que un ómnibus o camión (sólo vio la sombra) pasara ante él y entonces se metió en la calzada reluciente y en la apatía de una tarde fea que al fin acababa, y ahí no más vino el golpe, la pierna levantada para defenderse de la sombra, las vueltas que dio por el aire, el mazazo en la cabeza, pero ahí estaba él, mareado aunque de pie, con una pierna encogida y flotante que no debía ponerse en el suelo, y varios bolivianos que decían es un residente, un residente, vamos a llevarlo a su embajada, y cuando lo cargaron el hombro derecho se le cayó adelante y su cabeza dolía y zumbaba por dentro, era un silbato largo, fino e interminable. Sí, fue una suerte haber salido de la conmoción cerebral, de la clavícula y pierna rotas, del mareo y del qué pasó realmente. ¿Y si hubiera muerto, y si hubiera quedado cojo, y si todavía la pierna no acabara de soldar y se hubiese producido ya un acortamiento? ¿Y qué habría hecho Martha sin él? ¿Dónde lo habría enterrado, aquí o en Lima? Aquí sin duda, no tenían dinero para gastos extras y en la embajada no le pagaban, era un simple asesor que ayudaba en sus horas libres; vivían sólo de su cátedra en San Andrés. Se habría quedado, pues, para siempre en La Paz, una especie de Cusco o Arequipa, aunque en verdad no le gustaba para morir.

Inmóvil, apoyado en las muletas, sudaba indeciso. Ahora no sólo le fallaba la pierna buena, sino la clavícula, soldada hacía tan poco, resentida por el ejercicio. Se limpió el sudor con el pañuelo, pero todavía no quiso mirar la iglesia abierta.

— Mejor entremos a descansar –dijo el kinesiólogo.

Así ya le pareció otra cosa, era una invitación, no una iniciativa propia.

— Bueno, pero sólo un ratito… –y lo dijo después de diez o quince años de haberse negado a dar aquel paso, no estaba mal, era un récord ¿no?

Sentarse en la última banca fue un alivio, estirar la pierna enyesada, apoyar la otra en la cinta de madera y recostarse así sobre el respaldo, como saliendo de un precipicio. Su cuerpo se fue aquietando y enfriando plácidamente, hasta que ya no tuvo más pretexto y miró a derecha e izquierda la iglesia funcional, moderna, luminosa y de higiénicas bancas de madera desmanchada, y desafió también el altar mayor. ¡Oh, al fin ya no miraba como el niño de Huaylas o La Pampa, buscando a Dios, los miserables altares mayores, mal pintados de purpurina y con dibujos campesinos, de ángeles y santos sobre tablas arqueadas, rotas o rajadas, o sobre lienzos colgados en las frías paredes, pero de algún modo escondidos, huyendo de la luz; y los fieles, en su mayoría indios, arrodillados o tumbados por el suelo sufriendo en silencio o llorando a gritos sus desdichas, llamando en vano a sus muertos, así como Martha lo hubiera llamado en esta iglesia y no en otra! Martha aquí sola y desgraciada y él durmiendo el sueño del que todos hablan, conociendo por fin la muerte sin supercherías, suposiciones ni libros, cara a cara, dormido o inexistente, o sobreviviente, o convertido en puro espíritu, siendo lo que se llama nada, habiéndose despedido de la tierra con un golpe en la cabeza y nada más, y para siempre, oh al fin le habría llegado a él también tocar ese límite, esa pared que temblaba.

Lo sacudió una convulsión, las lágrimas le saltaron por el increíble camino del corazón estrujado, los puños temblorosos, la noche en pleno día. Qué débil soy, pensó, qué poca cosa, un accidente del que salvo y estoy llorando. Y yo me creía haber superado estas cobardías y temores de la muerte.

Y lo más peligroso resultaba ser que por el camino de esos pensamientos surgía una tierra de nadie, otro límite más allá del cual era fácilmente probable la tentación de empezar a creer en la posibilidad de Dios, el único tentador, la posibilidad de una perfecta soledad humana, imposible de manifestarse, ya que precisaba de una compañía, de un enorme calmante, de una gigantesca ayuda. Así el hombre se mezclaba y revolvía él mismo con la tentación, y el producto era una presencia acompañada, o quizá una ausencia satisfecha. No, por ahí surgían muchas y enormes ambigüedades, sueños convertidos en realidad, realidad transformada en humo. Y el proceso de aquella tentación era el mismo que cuando él, de niño, se había sentido penetrar en la terrible esfera del Mal, sólo que ahora seguía la dirección opuesta, que no tenía por qué ser la mejor; de todos modos el asedio contra su libertad e independencia era igualmente peligroso. No, él prefería la luz, la duda, el defenderse de ambos monstruos, la tierra del hombre con todas sus pequeñeces .

— ¿Ya se siente bien? –sonrió el hombre a sus espaldas–. Siga descansando, tenemos tiempo.

La voz fue suficiente para rehacerse. Se compuso el saco y se irguió rápidamente.

— Vamos hasta la plaza y esta vez sin parar –y pensó qué bien, ya pasó, no he recaído, ha sido un recuerdo automático, nada serio. Con el tiempo ni siquiera esto se repetirá.



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