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— ¡Ya está, ha muerto! ¡Al fin se lo tiraron! –exclamó con entusiasmo el médico de la embajada peruana en La Paz.

Toño se quedó mirando esa burla, esa media risa, esa completa satisfacción, pero no dijo nada; el silencio había empezado a crecer.

— Pasen, señores, el presidente los espera.

El primero en saludar al Jefe de Estado fue el agregado alemán: se inclinó ceremoniosamente, aunque era tan alto que sus espaldas continuaron de algún modo erguidas y Toño entrevió al presidente como detrás de una pared. Luego saludó el francés, flaco y aún más menudo que él, cuya sonrisa cubrió su cara de nuevas arrugas volviéndola por un instante viejísima, para después recobrar su seriedad solitaria y muda. Y por fin, cuando le tocó el turno, sin inclinarse (un peruano no podía inclinarse jamás ante un boliviano), apretó con fuerza aquella mano de atleta que lo sacudió de pies a cabeza; por su tamaño quedó ante el pecho y el uniforme chillón, y sólo más allá, al recuperar una prudencial distancia, examinó velozmente la cabeza movediza de pelos casi cortados al rape, el porte altivo, la sonrisa franca y feliz, aunque todavía muda.

— ¿Cuántos han venido? –preguntó el presidente a su séquito.

— Quince, mi general, todos asesores de prensa.

Toño preparó su máquina de escribir; debía redactar el oficio a Lima. Después de dar la noticia, el médico se sentó parsimoniosamente en su escritorio, lanzó un carajo lento que fue casi un suspiro de alivio, subrayado por un leve puñetazo a la pared.

— Le aposté a mi mujer y le gané, tenía que ser, no duró más de dos meses desde que se supo quién mandaba la guerrilla.

— Sí, desde la vez que fui al Palacio Quemado –dijo él, como un eco; desganado de pronto, le daba igual marcharse o no de la oficina.

— Me gustaría ver el cadáver, palabra –y el médico volvió a ponerse en pie, inquieto y ajustándose los lentes sin montura–.

— ¿Y para qué?

— Muy bien, señores asesores… –empezó el presidente, en medio del grupo que lo rodeaba, mirando las fotografías clavadas por chinchetas en los pizarrones, pero incapaz de leer los rótulos a esa distancia–. Señores agregados... –y tú ni siquiera lo eras, simplemente la romana del diablo de la embajada, oiga, Toño, tiene usted que ir esta tarde a una conferencia de prensa, los demás estamos ocupados, yo tengo un cóctel y el tercer secretario debe subir a El Alto con la valija; no sé de qué tonterías hablará ese señor, no vaya a ser sobre el mar de Bolivia, usted oye y me lo cuenta todo ¿ya, Toño?

— Señores agregados, los he convocado para presentarles pruebas fehacientes de que las guerrillas están comandadas por el Ché Guevara.

No se trataba de quién las comandara, sino del aplomo del general, de su aire de pertenecer a un gran ejército cuando ya se sabía cómo eran las cosas, pero el aplomo era auténtico, la satisfacción de haber dado en el blanco sin ayuda de nadie, cuando también respecto a eso se sabían las cosas.

— ¿Para qué? ¡Pues para verlo y disecarlo! ¡Ah, yo sí que era bueno disecando en la facultad!

Parecía mentira, pero todo era cierto. El alemán se acercó el primero al pizarrón de fotografías y con su humanidad le tapó de nuevo la vista, mientras el francés se ponía a su lado esperando el turno. Cuando la enorme espalda desapareció, el francés y Toño se pegaron también al pizarrón, incluso él se quitó las gafas para no perderse un detalle del pasaporte falso con que entrara a Bolivia, de la fraguada nacionalidad uruguaya del invasor o de las sienes afeitadas y la credencial que osadamente presentó ante la secretaría de prensa de la presidencia, metiéndose en la boca del lobo y saliendo sin un rasguño.

— Lo sabíamos desde antes –continuó el presidente–, pero quisimos estar bien seguros; ahora les puedo confirmar la verdad de que unos cubanos mandados por el Ché...

— ¿Pero usted cree que de veras haya muerto? –Toño sin duda hizo un mueca.

— ¡La radio lo dijo clarito! –agitó las manos el médico, extrayendo una larga leopoldina dorada con la que se puso a jugar–. ¡Ah, qué buena noticia, no tengo ni ganas de trabajar! –Y otra vez se alejó del escritorio gemelo del de Toño–.

Tras de éste venían los agregados mexicano y ecuatoriano: el hombre moreno y mal afeitado, a quien no le preocupaba su fama de borracho, y el otro joven grueso y calvo, que le sonrió con una venia afectuosa al tiempo que entrecerraba los ojos.

— ¿Y quién mierda va a creer que éstos lo han descubierto? –susurró el mexicano.

— Por supuesto que han sido los yanquis, no hay vuelta de hoja que darle –susurró también el ecuatoriano–. Oye, Toño dice que en el último combate cayó un peruano ¿no?

— Sí, pero eso fue mucho antes –dijo él, siguiendo al presidente que les mostraba las fotografías del campamento y del jefe de las guerrillas dando órdenes.

— Pueden decir a sus gobiernos que todo ha sido chequeado y que no hay posibilidad de error en nuestra denuncia.

— ¿Y cómo van las medidas para expulsarlos o detenerlos, señor presidente? –preguntó el mexicano–. ¿Será una cuestión larga o corta?

El atlético y blanco presidente que no parecía boliviano y explicaba con detalle dónde habían estado los primeros refugios en la selva, no escuchó la pregunta.

— Mira, ahí está Ovando –dijo el ecuatoriano.

Toño reconoció al segundo general del recinto, que se movía a distancia de los invitados, avanzando paso a paso por en medio de otra rueda de militares subalternos. Cetrino, silencioso, la cabeza gacha y quizá enfermizo, les enseñó su flacura por un instante y luego desapareció entre su mismo cortejo, un poco alejado de quienes rodeaban al presidente.

— Ya está –exclamó el médico, teléfono en mano–. Voy a llamar a mi pata… Aló, viejo, aquí tu mejor amigo… ¿Quién va a ser, hom? –y rió con muchas ganas–. Me han dicho que unos expertos argentinos han venido a sacarle huellas dactilares... Bueno, así está mejor, ya reconoces los hechos, menos mal, quisiera saber si puedo visitarte y quizá echar una mirada científica a ese par de manos que dice que las están examinando. Ja, ja, tu silencio es muy expresivo, ya entiendo…

— Y sin duda el jefe me dirá que el oficio sea reservado –pensó Toño ante la máquina de escribir, pero habló en voz alta y le oyó el médico.

— ¡Menos mal que soy agregado civil; si no, ¡imagínate el oficio que hubiera yo mandado a Lima!

— ¿Y no crees, Toño, que mañana o pasado anunciarán que ya lo agarraron? –desconfió el ecuatoriano–. Quizá todavía duden.

— Pues a lo mejor lo presentan en otra conferencia de prensa –dijo él ingenuamente, jamás lo olvidaría–. Me gustaría conocerlo.

— Oh, sí, será más importante que conocer a Debray –dijo el francés–.

Los asesores y agregados hablaban en voz baja, juntando las cabezas para que no les oyeran; luego, en torno al presidente, llamados por el fotógrafo oficial que les tomó dos placas, por si acaso la primera no hubiese salido bien. No era una recepción ni un cóctel, los habían citado para una noticia y el acto parecía concluido. Pero unos cuantos se quedaron en torno al presidente y otros al segundo general, felices de estar con ellos, al fin se habían acordado de la existencia de los agregados, oh mi general, ¿y qué nos dice del juicio de Debray?, ¿es verdad que usted interviene personalmente en algunas operaciones antiguerrilleras? Y todos mirando el uniforme más verde y claro que cualquier otro, con los vivos rojos más notorios, las insignias chillonas dando un grito silencioso. Toño empezó a cotejarlo minuciosamente con los uniformes peruanos, aunque sólo fuese con el de Ismael; pero su primo era apenas capitán. Sólo una vez había visto de cerca a los generales bolivianos, en el baile del seis de agosto, cuando el vestíbulo de ese mismo Palacio Quemado se llenaba de parejas donde los fracs se hallaban en desventaja numérica; después de todo los militares gobernaban y condescendían en dialogar con los civiles y sus mujeres de trajes largos, hombros desnudos y relucientes peinados. Pero estaba claro quiénes obedecían, llegaba un momento en el que el civil sonreía demasiado y adulaba, y el militar se hundía en la lisonja, sonriendo también, pero continuaba en guardia, firme, despreciando en silencio al adulón, o de pronto había un civil que lo trataba como a los demás, sin el menor miramiento, y entonces el militar guardaba en su memoria al disidente y ordenaba al primer subalterno que averiguara de quién se trataba. Y al final, los uniformados y sus mujeres se despedían con una venia, y los civiles se quedaban en silencio, avergonzados de las frases humillantes que se habían visto obligados a decir, sin recibir a cambio una palabra amable. Menos mal que en el Perú ya no suceden estas cosas, ellos ya no gobiernan, había pensado ingenuamente.

— ¡Bueno, me voy a lo que dije! –salió el médico, ajustándose los lentes y guardando en el chaleco la leopoldina que le cruzaba el vientre–. Toño extrajo de la carpeta de oficios reservados el último sobre las guerrillas, con noticias miopes y aun opuestas a las confirmadas hoy: se rumoreaba, se creía, pero nadie lo había dicho aún. ¿Nadie? ¿Se había olvidado ya? ¿Y ese director del vespertino sin mucha venta que fue a tocarte el timbre un domingo, seis meses atrás? Hola, Antonio, hola, qué hay de nuevas, tuvo que dejarlo entrar y violar su descanso, y recibir al periodista medio borracho que sonreía cerrando sus ojos saltones y enrojecidos, oh te traigo una noticia que vale una fortuna, Antonio, mientras él ya se había metido en el bar y le ofrecía el primer whisky, algo que el tipo no bebía así no más. Una gran noticia, Antonio, era el único que no lo llamaba Toño, he estado con el mismo Debray que acaba de llegar de Francia, la gente no lo conoce, pero es un tipo macanudo y me ha dicho que el que organiza las guerrillas es el Ché. Te informó hace meses, recuerda bien, ¿y acaso te permitieron ponerlo en un oficio? Estaba en el borrador, pero el Encargado de Negocios lo tachó. Se puso a buscar las copias amarillas y halló el borrador y lo estaba desplegando cuando entró de nuevo el médico:

— ¡Toño, es una vaina, por la gran puta, pero todavía no puedo salir! El jefe me llamó para ayudarlo y dice que hagas el oficio sobre la muerte del que sabemos; esta noche habrá valija especial. Y dice que es verdad lo de los expertos argentinos, o sea que me voy a ver esas manos cortadas; chau, viejito…

El silencio retornó a la oficina y él miró en esa plena orfandad la chimenea fría y las cenizas de antiguos leños en la bocaza negra y requemada. Sí, tenía en sus manos el borrador, pero también una carta doblada, escondida, que nadie pensara que tuviera amigos comunistas. Querido doctor, usted no me conoce, sé que fue profesor de mi hijo en San Andrés y por eso le escribo, soy una madre vieja y desesperada, dicen que mi hijo se hizo guerrillero y ha muerto en Ñancahuazú, sólo quiero la verdad, pero ojalá no sea cierto, capaz sigue vivo y usted lo ve o como sea y entonces dígale a mi chino, así lo llamamos en la casa…

— ¿Ya le dieron mi recado, Toño? –y la sombra del Encargado de Negocios vestido de azul o negro penetró en la oficina callada, fría y mortecina, dijo no se olvide del oficio, tiene que estar listo en una hora, lo mandaremos por valija especial, aquí tienes el radio que transmite las últimas; y el jefe ya se despedía dejándole el receptor pequeñito, pero se volvió y ah, lo felicito, Toño, usted fue el único de la embajada que no se equivocó, y ya había desaparecido sin que le dijeras sí, todo eso está bien, pero soy el único que no está en planilla, apenas soy la romana del diablo, cuándo van a empezar a pagarme un sueldo.

Se puso a preparar las hojas blancas, amarillas y azules, a intercalar los papeles carbón y sentarse cómodo ante la máquina, ah éste será un documento histórico, guarda una copia para ti, mañana algunos dirán que murió un Bolívar o un San Martín y otros un perro desgraciado menos, pero tú ¿qué diablos vas a decir del Ché Guevara? ¿Y si vuelve a tacharte lo escrito?

Chino, así lo llamamos doctorcito, me han dicho que usted fue su maestro y por eso le pido como a un santo, tiene que decirme la verdad, de chiquito él siempre iba a la iglesia, pero no sé qué le pasó después, quién podía pensar que un viaje a Cuba lo iba a...

Tienes que ceñirte a los hechos, pensó, pero eso no quiere el Encargado de Negocios, debes atacar en el papel a las guerrillas y bailar anticipándote a su extinción, y entonces vio otra vez las fotografías de la rueda de prensa, vio al jefe de los invasores fumando el sagrado puro cubano e instruyendo a sus soldados en el campamento, vio la selva y aun el peligro que les rodeaba. Entonces dudó, no quiso pensar mal, una cosa eran los uniformes y otra quienes lo usaban, pero el uniforme y los fusiles y el desenfado de la guerrilla quería ser otra cosa, algo distinto de los ejércitos regulares, si bien de todos modos los soldados se imitaban unos a otros, le hacían propaganda al zapatón de amarras cruzadas, a las bandas o escarpines, al color caqui u olivo, a las insignias, a la gorra, kepís o boina, y la cámara había captado bien las armas (fijas en las manos o dormidas sobre un tronco), y todos sonreían felices como Ismael de vuelta de las maniobras, escudriñándolo de reojo, oye, Toño, enderézate, hombre, te volverás jorobado, y córtate el pelo, primo, así pelucón pareces una mujer, uno de estos días te levantaré a las seis de la mañana y te enseñaré unos ejercicios físicos que te molerán los huesos.

No, nada de prejuicios, claro, y puso la fecha, 8 de octubre, el día de la Marina en Lima, pero aquí se trataba de otro asunto, de un asesinato que debía disimularse, tal como informé a usted, señor Ministro, en mi anterior oficio, las unidades especiales del ejército boliviano consiguieron rodear finalmente al grupo mayor de las guerrillas y les sacaron la madre, carajo, ya no resurgirán más, mataron al "Ché" sin juicio ni pelotón de fusilamiento, nada de conservar las formas, a la criolla, por la jijuna gran puta, así no puedes escribir, Toño, hay que disimular el gozo de quien firmará al pie. Por eso le ruego, doctorcito, respóndame y aunque sea dígame que ha muerto, pero no se quede callado como todos a los que mando cartas, comprenda el amor de una madre, sin duda usted también tiene hijos (pero no los tienes, eres un lúcido y voluntario estéril, de una nueva especie casi inexistente), en nombre de ellos le ruego como a santo…

Esa vez entró en el despacho del Encargado, por supuesto, señor, creo que debo responder a esta carta, pero quería que usted lo supiera, y vio el papel sucio y de grandes letras torpes girando como un rodillo en esas manos larguísimas y blancas, no, no, dijo, hay cosas más importantes que hacer, mañana más tarde dirán que usted tuvo un alumno guerrillero, tenga cuidado, no le vayan a acusar en Lima, y además ¿quién le dice que la carta no sea fraguada?

¿Cómo?, había exclamado él, abriendo tamaños ojos. ¿Fraguada, no ve usted las lágrimas sobre el papel?, ahora se trataba de un oficio de urgencia "con cargo de ampliar estas informaciones en mi próximo", pero así y todo salieron dos páginas y media, pronto ya quedaría libre, menos mal, compraría los vespertinos, se metería en las redacciones de "El Diario" y "Presencia", para después sentarse cómodamente en la única terraza del Paseo del Prado.

— ¡Las vi, las vi! –volvió gritando feliz el médico– ¡Las estuve mirando con mis propios ojos, Toño! ¡Las manos del Ché!

— ¡Llévele este oficio al jefe, por favor! –dijo él–. Que lo firme y métalo en la valija.

Creyó que así había matado el entusiasmo del agregado civil, pero éste salió y retornó a los pocos minutos.

— Dice que no lo firma, Toño. Tienes que rehacer este párrafo, ahí donde dice "sin duda la operación ha contado con asesores norteamericanos, que desde agosto habían comunicado al Gobierno la seguridad de que el cabecilla argentino-cubano comandaba las tropas". Dice que de dónde has sacado eso.

— De la conferencia de prensa en Palacio Quemado, ¿de dónde va a ser? –gritó, pero tuvo que buscar de nuevo las hojas blancas, amarillas y azules, y también las de papel carbón, y reescribir la página. Tenía sed y frío, pero el agua del cuarto de baño parecía congelada y no había tiempo para tomarse un té caliente en la esquina.

— Rápido, rápido, está hecho una furia, me gritó por qué me demoré en la calle –dijo el médico–.

— ¿Y qué vio usted, finalmente? –sólo habló para disimular el hastío de copiar su propio oficio, que mentía y callaba sobre tantas cosas, y que ignoraba los hechos puramente militares–. ¿Y dónde están los secretarios que no me dan más datos? –se quejó–.

Pero el médico no le oía, ocupado en describir el frasco de formol en que flotaban las dos manos del cabecilla, del culpable, del diablo forastero, las manos que según decía viajaron a Panamá para su identificación.

Copió velozmente, casi de memoria, y si bien tecleaba con cuatro dedos, su velocidad era increíble, así le gustaba que lo reconocieran todos.

— ¡Ya está, lléveselo! –sacó el oficio del rodillo con un hermoso ruido final concluyente–.

Ya está, se dijo, arregló su escritorio, puso la funda a la máquina y casi se vio andando por el Paseo del Prado.

— Tampoco –volvió corriendo el médico, ahora pálido y tembloroso–. Dice que no leyó bien la primera página, que no puede ir con eso que dice ahí .

— ¿Cómo..? –estalló, pero ya quitaba automáticamente la funda de plástico– ¿En qué parte?

— Aquí, donde está tachado.

— Leyó "la guerrilla ha sufrido un durísimo golpe, pero no ha sido aniquilada, todavía queda el otro grupo y aún hay miembros bolivianos que…"

— ¡Eso es también un hecho! –gritó– ¿Qué quiere? ¿Que copie lo que dice el radio? ¡Pues no soy taquígrafo para citar el comunicado oficial! ¡Lo pasaron muy rápido!

Olvidó el frío, únicamente pensaba en copiar la nueva página y largarse ya no a tomar un té caliente con limón, sino un buen cognac, sentado con Martha en la terraza del Hotel Copacabana.

— Si de algo sirve para que te desfogues, Toño –dijo el médico–, entérate de que no vi sus manos ni nada; soy un gran mentiroso.

— Me lo imaginé, doctor, los argentinos no iban a mostrárselas, claro.

— Pero ten por seguro que las guardan para cotejarlas con la huellas dactilares del registro electoral.

— Por supuesto.

Esta vez acabó de copiar sonriente, debía olvidar el mal rato y marcharse. Entregó la página corregida y empezó a guardar las copias en la carpeta de reservados. Incluso llamó a Martha, que lo esperara en el Copacabana: aquí estoy con otros catedráticos de San Andrés, dijo ella, han venido a comentar contigo los sucesos de hoy ¿me entiendes, no? Pues bueno, iremos todos a esperarte allá. Pero en la carpeta seguía no sólo la carta de la madre del guerrillero, sino la copias de su respuesta. ¿No la había roto, entonces? ¡Qué descuido!

Al salir, cogiendo el abrigo y decidido a escaparse aun si el jefe no firmaba el oficio, oyó la gruesa voz, que conste, firmo sólo porque no hay tiempo para corregir, no estoy de acuerdo con el texto. Apretó la carrera en puntillas por el traspatio, esto te pasa por trabajar gratis, y estuvo más de una hora entre el cognac con sus amigos y Martha, el paso fugaz por el vestíbulo del Sucre, donde paraban los corresponsales extranjeros, y la rauda visita a las redacciones de "El Diario" y "Presencia", dando vueltas por la mesa de diagramado y oyendo las últimas noticias. Al volver a las nueve hizo que Martha siguiera de largo a casa y dijo ya voy en media hora, entrando por Huachalla y encerrándose en la habitación que ocupaba con el médico; no solía fumar ni ayudarse con el café, no había pretexto ni hábitos que lo acompañaran en esa soledad. Con el abrigo puesto redactó directamente en limpio el verdadero informe, escribiendo con lentitud y oyendo aún las primicias del periodista borracho seis meses antes de los sucesos. Cuando acabó de teclear se restregó fuertemente las manos para calentarlas y extrajo (de la única gaveta con llave) la carpeta con el rótulo PARTICULAR, OFICIOS QUE NO PUDIERON ENVIARSE, y guardó cuidadosamente el de esa noche. Al cerrarla vio por un segundo el otro sobre el diálogo confidencial con el periodista borracho. Sólo entonces, al quitar la llave y apagar la luz, entendió de golpe que esa noche sería una fiesta para Ismael y sus amigos, al fin murió esa mierda argentina o cubana, Ismael gritando salud, y sus colegas, chócala, hermano, chin pun Callao, hasta verte Cristo mío, ha sido buena noticia, al fin ahí también les han hecho leña, como nosotros aquí en el Perú.



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