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Una de las cartas semialfabetas de Maruja decía papá está como loco por una sinvergüenza (leyó corrigiendo no sólo la ortografía sino los garabatos, escribiendo de nuevo las letras con el lápiz), todos hablan mal de ella y Maruja la había visto por la calle, era casi una niña como yo, decía, y tampoco iba a la escuela como ella, pero no sé qué le había hecho a papá, sin duda le dio chamico, ya él casi no viene a dormir y un día mamita le había dicho a Maruja, acompáñame, me dijo, vamos a dar una vuelta y yo pensé vamos a tomar el sol por los cañaverales, pero me llevó con engaños a una choza de carrizos, imagínate, hermano, una choza, seremos pobres pero no tanto, y mamita me dijo entra y llama a tu papá, ha pasado una semana y tiene que darnos plata para el mercado. Yo no quería entrar, pero tuve que entrar y los vi, hermano, hay cosas que no pueden decirse, pero tú entenderás, mañana serás un hombre, pero no te dejes engañar por una sinvergüenza, prométemelo, y te digo que papá nos botó, qué te parece, a mí me pegó y a mamita la correteó por la calle. Y lo más terrible, Toño, es una mocosa, puede tener unos quince años a lo más, todos lo días rezo para que él vuelva, pero parece que ya no tiene remedio, se ha llevado su ropa y no nos manda plata. Menos mal que a mamita le han ofrecido un trabajo en la Caja de Depósitos y yo me ocuparé de la cocina.

— Oh, el primo está leyendo su carta desde hace media hora –dijo Ismael, tumbado en su cama de sábanas rosadas–. ¿Qué le dicen, que no pueden seguir pagando la pensión? El mismo cuento de Maruja. Le gusta gorrear ¿no?

Era cierto, Ismael jamás fallaba en sus conjeturas.

— Ah, y también el primo está por llorar. A lo mejor tiene que marcharse y no quiere.

El llanto se le quedó en el aire, la boca abierta, la tremenda inspiración como un quejido, fue la primera vez que no pudo con esos ojos, oh papá, desgraciado, me las vas a pagar algún día, pensó, y tú, cállate carajo, basta ya, pero en seguida corrió tras el resentido Ismael, rogándole como a un santo para que no fuera con el soplo a la tía Lola, no le digas que te he dicho carajo ¿ya? mira, si te callas te regalo mi colección de piedras del río ¿ya?, a ti te gustan mucho…

Lo peor no fue perder su colección de piedras, sino urdir el plan, quedarse pensando horas por vez primera en su vida, convencido de que su cabeza trazaba muchas salidas, pero ninguna mejor que otra, hasta que eligió una al azar y esperó a que Ismael estuviera en la calle para pedirle a tía Lola la primera cita oficial de su vida, quisiera hablar contigo, tía, pero en privado, por favor, y ella se echó a reír, aquí sólo estamos los dos, hijo, pero la llevó hasta su sillón pegado a la ventana sin visillos, desde donde se divisaba el patio de tierra, el zaguán como un túnel y la calle empedrada y luminosa, oh, tía, tienes que hacerme un gran favor, algún día te lo pagaré, y había como un muro contra él sin moverse y las lágrimas calientes empezaban a quebrarlo.

— ¿Qué es, hijo mío? Habla.

— ¡Oh, adóptame..! –y ahí no más salió el deseo, tienes que hacerlo, viviré contigo para siempre, su apego era a la escuela pero debió mentirle, halagarla como a todos, ya le había descubierto, pasarles la mano a como a gatos, hasta que ella también gimió, respirando con trabajo mientras le acariciaba los cabellos. Entonces dejó de temblar.

— Imposible, hijo, tus padres viven y no lo consentirían.

Pero, no, él siguió adelante, urdió nuevos argumentos repentinos y lo hizo en un segundo, y si uno fallaba debía alistarse otro, la procesión era casi independiente de él, es que no debo volver a Huaylas, mi sitio está acá, tú eres viuda y yo te acompañaré cuando salga Ismael, no debes quedarte sola, además aquí hay mejor clima, hay porvenir para un niño, hay escuela… –y quedó mudo, se traicionó, le salió como una desvergüenza, un insulto para el pretendido cariño a su tía.

— Tienes razón –dijo increíblemente ella–; eso es lo principal, lo demás no vale nada. Ojalá Ismael hubiera salido tan estudioso como tú.

Pero todavía él siguió arguyendo, dorando la píldora, y enseñándole incluso la carta de Maruja:

Mañana serás un hombre, pero no te dejes engañar por una sinverguenza, prométemelo.

— No te preocupes, Toño –resumió tía Lola, secándose las lágrimas con el borde de su falda tan larga como las que usaban las indias–. En esta casa no habrá mucho, pero no te faltará un plato de comida. Irás a la escuela y ya nos arreglaremos.

Esa noche probó lo hermoso de abrir completamente sus brazos al sueño, olvidarse de él mismo; ya tenía quién lo recogiera del suelo.

— Oh, hay novedades –rezongó Ismael al otro día–. Ya tenemos un hijo adoptivo. Habrá que echarle llave a todo, no vaya a quitarnos la ropa o quizá los ojos.

Lo primero que pidió a Ismael fueron unos zapatos negros todavía no muy viejos, pero lo hizo indirectamente, claro está, como debía ser, a través de tía Lola, fue ella la que recibió los gritos y protestas, todo en vano para el primo, Toño se los puso finalmente como después de haber ganado una pelea con la cabeza, no con los puños.

 

— Imagínate, hermano, una choza, seremos pobres pero no tanto.

Las cartas de Maruja se volvieron cada véz más esporádicas, pintaban una familia lejana, perdiéndose más allá del río, de las cumbres azules o pardas, que ahí reemplazaban a los nevados. La única de ellas que (una vez corregidas sus faltas ortográficas y caligráficas) guardaría muchos años empezaba: "Querido hermano, dirás que siempre te doy malas noticias pero no es mi culpa, perdóname pero ayer enterré a nuestra mamita, la pobre no se quejaba nunca pero sin duda estuvo enferma, aunque no la vio ningún médico, ya sabes que hasta aquí no llegan médicos, habrá sido un cáncer o la pena porque la dejó papá por esa mocosa, o quizá ésta le hizo brujería, únicamente Dios puede decirlo. Pero ¿sabes qué cosa fue capaz de hacer el ingrato? Pues no vino al entierro y mandó en su reemplazo a la tipa ésa, mejor no te doy ni su nombre para que la olvides, y la sinvergüenza vino con su cara de mosca muerta a querer darme el pésame, ah cómo no fui hombre para agarrarla a patadas, solamente le di unos buenos sopapos porque nos separaron… Olvídate, hermano, y también olvídanos a todos nosotros, lo importante es que sigas una carrera, que seas al menos alguien y que te miren por la calle".

¡Ah, cómo seguía la carta en sus manos después de releerla, cuán insuficiente fue su deseo de que no hubiera llegado jamás! Inclusive la escondió sin saber que la tenía pintada en la cara. Se quedó con la marca durante los recreos, algo le dolía, una innegable debilidad le impedía correr y aun hablar en voz alta. Estoy muy flaco, pensó, debo comer más; pero no aceptó esa muerte, su madre estaría ausente pero no muerta, y si los demás lo creían allá ellos; él seguía viéndola nítidamente en el aire, y le hablaba a menudo, sobre todo buscando el sueño salvador.

Pero, de vez en cuando, la muerta moría de veras. Toño podía pasear por los cañaverales o rumbo al trapiche, o tirar camino abajo a Yuramarca, donde el olor a mangos lo sacaba de la trocha y lo lanzaba a las huertas, así como sin duda el deseo extraía a los hombres de sus casas; le había nacido la manía de andar solo, hondilla en mano, matando gorriones y robando frutas, y de vuelta, calculando bien que el anochecer no lo pillara, traía el morral repleto como una de las pocas cosas enteramente suyas. De pronto, su madre se moría y lo llamaba; imposible salvarla, no sólo era un niño, sino su padre le ordenaba calmarse, no pasaba nada, los hombres no debían creer cosas de mujeres; luego venía el grito de Maruja, el peligro era auténtico y había que devorar distancias, llevar consigo a un curandero o a una vieja "curiosa", lo que fuese, y hacer mucha fuerza rogando al cielo, para que el mal volara por encima de su casa, sin tocarla.

¡Ah, con qué intensidad lo deseaba, cómo quería incluso darse a cambio de ella! Y no se trataba de un sueño, su familia había invadido realmente la trocha; pero el aire y el sol seguían inmóviles, los pájaros se burlaban de él volando más rápido que sus piernas; las cosas se estiraban de modo implacable y Maruja llamaba en vano. Hasta que él también gritaba, escupía la fruta, lloraba y pateaba los árboles, los pájaros yertos del morral le infundían un extraño temor. ¡Ah, no!, decía, reaccionando por fin contra lo que parecía una enfermedad total, suya y de su familia y del pueblo, a mí no me viene nadie con estas tembladeras, yo no seré nunca padre, yo no tendré hijos que pasen por esto.

Había cumplido los ocho años.

— Olvídate de todos nosotros, hermano.


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