| Escritura y Pensamiento Nº 1, 1998 |
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| José
Carlos Ballón
Julio Sanz (1938-1997) La serie CUADERNOS DE FILOSOFÍA, publicación del Fondo Editorial de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas, nos ha proporcionado su cuarta entrega en este último periodo, editando la tesis doctoral que fuera sustentada por don Julio Sanz Elguera a fines de 1987: Argumentos morales y argumentos éticos. La decisión de editar este bello texto ya se encontraba programada a comienzos de 1997, cuando un aciago día de febrero nos enfrentó a la trágica noticia procedente de la ciudad de Puno, anunciándonos el repentino fallecimiento de su autor. Año doloroso para aquella vieja estirpe de maestros sanmarquinos de filosofía, pues a la muerte de Julio Sanz, le siguió cinco meses después la del inolvidable José Russo Delgado. Julio César Sanz Elguera nació en Lima en 1938. Inició muy tempranamente su labor en la docencia universitaria, cuando era apenas un joven estudiante de filosofía a comienzos de la década del sesenta. Sus altísimas calificaciones académicas, motivaron que Augusto Salazar Bondy su maestro lo designara como asistente de cátedra en los cursos de Introducción a la filosofía, así como en los de Ética y Axiología de nivel doctoral. En este requerimiento, Salazar fue seguido por Juan Bautista Ferro y Luis Felipe Alarco en sus respectivas cátedras. Reconocimiento académico particularmente significativo por parte de Luis Felipe Alarco, quien lo incorporó como ayudante en el curso de Metafísica, a pesar de conocer perfectamente la apasionada convicción filosófica analítica y neopositivista del joven Sanz. Dos fueron las áreas filosóficas que dominaron obsesivamente los intereses filosóficos de Julio Sanz a lo largo de su vida: la Epistemología de las ciencias naturales y la Ética. Una conocida frase pronunciada y escrita por Julio Sanz en sus últimos años, expresó con claridad la conexión que él encontraba entre ambas: "En nuestros días, comprender la ciencia es casi un deber moral". Un viejo e irónico estereotipo posiblemente de origen estudiantil describía su figura acompañada siempre "con un libro de Alfred Ayer bajo el brazo", presentando a Julio Sanz como una suerte de Cónsul permanente del "Círculo de Viena" en San Marcos. Pero como todo estereotipo, dicha imagen era una ficción. Julio Sanz nada tuvo que ver con la personalidad de un mero repetidor o difusor de ideas ajenas y muy tempranamente desarrolló su propio camino reflexivo. Si bien es cierto que toda su reflexión filosófica se desarrolló al interior de la tradición analítica anglosajona (lo que no es de extrañar en la tradición filosófica sanmarquina), su reflexión sobre la ciencia rápidamente lo llevó a tomar distancia del acercamiento dogmático del positivismo lógico a la noción de "verdad científica", la que en su opinión confundían con "verdad lógica", enfatizando por el contrario, su provisionalidad y relatividad. Por ello objetó duramente las interpretaciones epistemológicas deductivistas acerca de la estructura lógica y metódica de las teorías científicas. También objetó en sus interminables conversaciones, clases, escritos y ponencias públicas, las interpretaciones puramente fenomenistas y filosóficamente escépticas de los procedimientos y resultados observacionales y experimentales de la ciencia, oponiéndoles un cauto "realismo", pero de carácter "histórico", en el que privilegiaba los métodos "inductivos" por un lado, y por otro, una ontología "materialista", como la semántica más adecuada al lenguaje científico. Este proceso en su conjunto lo llevó a interesarse menos por el análisis lógico del lenguaje científico y más por el análisis histórico contextual de las teorías científicas. Se podría decir que estuvo cada vez más lejos de Carnap, Ayer o Reichembach y quizás más cerca de Kuhn, Feyerabend, Koyré o Cohen, como lo muestran sus publicaciones: Introducción a la ciencia (1987) y Grandes ideas y experimentos de la ciencia (1989), así como sus innumerables artículos y ponencias sobre Física, Biología, Química, Astronomía, Alquimia etc., muchas de los cuales fueron un verdadero alarde de erudición, actualidad y meticulosidad analítica. No muy distinta fue su evolución en los problemas de Ética, como lo muestra no sólo su Tesis de Bachiller sobre La guillotina de Hume (1972), sino también su meditada y madura tesis doctoral tardíamente presentada Argumentos morales y argumentos éticos (1987), a la que hoy tenemos acceso. Ambos textos, separados por más de quince años, se encuentran sin embargo inmersos en un amplio debate al interior de una común tradición analítica. En ella Julio Sanz parece desarrollar en general una posición emparentada con la de G.E. Moore, en la que parece especificamente apuntar contra una concepción kantiana deductivista de la moral, la cual otorga analítica primacía a la "norma moral" (bajo alguna forma de imperativos categóricos) como determinante para la comprensión de la "experiencia moral". Sanz enfatiza como punto de partida el concepto de "obligación moral" que fluye de la misma "experiencia moral" cotidiana (conducta moral). Es de ella que emergen, no solo las alternativas de acción o inacción deliberadas, sino también la validez de los argumentos o contraargumentos ("buenas razones") morales (de primer orden) y finalmente éticos (de segundo orden) acerca de los fundamentos de las normas o principios morales. Sanz intenta defender en este contexto un punto de vista que en algún sentido se podría denominar realismo inductivista, en el que para el actuar al igual que en el saber priman los hechos de la acción humana sobre la teoría. La independencia que Sanz atribuye a la práctica moral con respecto a la teoría moral o ética, en cierto modo lo condujo a las puertas de una orientación pragmática, tanto en el sentido de la pragmática lingüística, como en el de la filosófica, que es posiblemente el terreno en el que en la actualidad se desenvuelven los más interesantes debates sobre ética, aunque ahora en un contexto posanalítico que parece desbordar la misma tradición que lo engendró. Julio César Sanz Elguera nos dejó físicamente el 28 de febrero de 1987, pero estamos seguros de que sus enseñanzas basadas en "buenas razones" como él solía decir así como los inolvidables recuerdos de su personalidad de hombre de bien, que retendremos todos los que lo conocimos durante sus décadas de vida universitaria, perdurarán por siempre entre nuestra comunidad. Este libro es un testimonio adicional para la memoria de las nuevas generaciones de filósofos sanmarquinos. Solo nos queda felicitar la fina edición que nuestra facultad viene haciendo de estos CUADERNOS DE FILOSOFÍA, en magnífica colaboración con el Banco Central de Reserva del Perú. Una verdadera contribución a la preservación de nuestra tradición filosófica nacional, creada y recreada en una buena parte por aquella estirpe de pensadores excepcionales que conforman la galería de inolvidables maestros sanmarquinos que honran nuestra vieja casa de estudios. |
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