Revista Peruana de Epidemología - Vol. 9 Nº 2 Diciembre 1996

ARÍSTIDES HERRER ALVA

(1911- 1996)

 


Rev. Perú Epidemiol. 1996; 9(2):58-9


El deceso del Doctor en Ciencias Biológicas, Arístides Herrer Alva, ocurrió el 12 de diciembre de 1996. Fue un entomólogo relacionado a la medicina humana. Egresó de la Facultad de Ciencias en 1939, obtuvo su bachillerato en 1940 y el título de doctor en 1943 en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su tesis para Bachiller en Ciencias Biológicas fije sobre una especie de Trypanosoma hallado en un ratón silvestre. En 1989 publicó el libro Epidemiología de la verruga peruana en el que consolida sus contribuciones al conocimiento de esa enfermedad.

Publicó más de 100 trabajos científicos. En sus últimos años continuaba su labor de investigador en el Instituto Nacional de Salud.

Arístides Herrer Alva ha desempeñado cargos sobresalientes y ha recibido numerosas distinciones honoríficas. Algunas especies de microorganismos e insectos llevan el nombre científico en honor a él.

Si aquí nos quedáramos. La caracterización del Dr. Herrer quedaría trunca. Por ello hemos acudido al recuerdo del Dr. Carlos Quirós Salinas:

RECORRIENDO LOS ANDES

Cuando él era jefe de la sección entomología del Instituto Nacional de Salud yo era jefe del departamento de epidemiología del Ministerio de Salud. Nosotros estábamos interesados en las enfermedades transmisibles, especialmente en la verruga peruana y otras en las que él estaba investigando. Por eso tuve la oportunidad de viajar con el Dr. Herrer a lugares geográficos de difícil acceso.

Uno de esos viajes fue al departamento de Ancash. Para ir a un pueblo que se llama Marca, nos dejaron al borde de la carretera y desde allí subimos, luego bajamos para después volver a subir al otro lado de la Cordillera. Lo hicimos para estudiar el perfil de las enfermedades transmisibles, dadas las condiciones de altura, como bien lo ha descrito el profesor Weiss.

Nosotros portábamos para que las autoridades nos brinden facilidades. Es así como conseguimos caballos. Llegamos al pueblo a las 5:00 p.m. Tratábamos de conversar con alguien, pero no había nadie. Todos se habían encerrado en sus casas. La gente de esa zona cuando ve gente extraña se protege.

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Finalmente, después de buscar mucho, conseguimos que la maestra nos permitiera dormir en la escuela. Comida, por supuesto, no conseguimos.

Al día siguiente salimos a caballo -sin desayuno ni comida- hacia otro pueblo que se llama Ichoca.

Buscamos donde estar y comer. Con ese propósito fuimos a la casa del Gobernador. Su casa era tienda y, a la vez, dormitorio. Al tocar la puerta el Gobernador nos dijo que estaba enfermo. Efectivamente, estaba tirado en su cama; sin embargo, nos dijo: "No tengo más que este sitio para ofrecerles, yo me puedo ir a otra parte, les dejo mi casa a Uds.". El Gobernador se cubrió con su poncho y se fue. Nos dejó una cama llena de trapos sucios. Nosotros les sacamos las monturas a los caballos y las guardamos en la tienda. Ahí había una mesa y unas bancas. Ni Herrer ni yo nos echamos en la cama. Nos pusimos las monturas como almohadas. Herrer se acostó en la mesa y yo en la banca. Estábamos tratando de dormir cuando escuchamos música y una gritería. Nos desconcertamos. Tocaron la puerta. Era la gente del pueblo que estaba celebrando la víspera de la fiesta patronal. Estaban ebrios, cantando y tocando sus violines y demás instrumentos. Venían a pedir autorización al Gobernador para empezar la fiesta. Felizmente apareció el Gobernador y ya nos sentimos tranquilos. Esa noche tampoco hubo comida. Al día siguiente bajamos a la carretera; ahí si tuvimos un buen desayuno.

De esa forma, recorrimos muchos pueblos, subiendo y bajando la cordillera; capturando insectos y tomando muestras de sangre para determinar la patología. En esta experiencia pude apreciar al Dr. Herrer. Fue una persona con los atributos ideales para desempeñar su labor. Tenía vocación y cariño a las cosas que hacía. Entendía de todo un poco. El mismo preparaba unas ollas de barro para conservar los insectos; como, por ejemplo, las titiras. Pues, se necesitaban ciertas condiciones de humedad, oscuridad, etc. Herrer también tejía unas canastas de paja, de mimbre. Inclusive cocinaba. En uno de esos viajes que hicimos juntos, cazó una perdiz y con ella preparó tallarines, lo que resultaron maravillosos.

Era una persona que caminaba sin cesar. A pesar de su sencillez, se jactaba que los que caminaban con él, no lo aguantaban. El era andino; en cambio para un costeño subir la cordillera no era fácil. Sin embargo, yo resistí. En la última jornada de este viaje, hicimos correr tanto a los caballos que se cansaron. Los dejamos y tuvimos que hacer el tramo que faltaba a pie.

La relación entre epidemiólogos y biólogos en la época de Herrer con los epidemiólogos la relación de los biólogos es buena. La diferencia es más que nada con los médicos. Siempre han considerado a los biólogos como de un categoría inferior. Fue así porque antes para ingresar a medicina había un doble examen. Primero se ingresaba a premédicas y luego otro examen para ingresar a medicina. Este examen era horroroso; se hacía una selección rigurosa con un criterio no muy claro. Los que no lograban ingresar, continuaban sus estudios universitarios; pero en ciencias biológicas. Así fue cuando yo era estudiante. De esas promociones han salido biólogos extraordinarios como es el caso de Herrer. Herrer era una persona con un conocimiento amplio de su especialidad. De carácter afable; aunque, a veces, irónico con la gente presuntuosa y acartonada. El podía pasar inadvertido con los habitantes de los poblados de nuestro país, pues era bajito, de tipo andino.

(Nota y entrevista del Editor)

 

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