Acta Andina     2001; 9 (1-2) : 54-57

 

ALBERTO HURTADO Y SU INTERÉS EN LO POBLACIONAL*
( 1901- 2001 )

José Donayre Valle
Ex funcionario del Fondo de Población de las Naciones Unidas.
Ex miembro del Instituto de Investigaciones de la Altura.

 

En el curso de este año y con ocasión del centenario de su nacimiento, hemos rendido homenaje a uno de los más representativos hombres del Perú, de su ciencia, su academia y, por encima de todo, de su construcción institucional universitaria. Hemos escuchado a muchos de sus discípulos y colegas relatando incidencias de su vida de estudiante en el Perú y fuera de él; de su entorno familiar en que se desarrolló y el que supo formar; exaltando su obra de investigador, su vida docente, su emergencia como una figura equilibrante en la agitada historia de la universidad peruana. Hemos recordado, en tiempos realmente oprobiosos para el país, su adhesión a los principios que forjan a la persona, a la familia y a las instituciones sociales, que rigen o debían regir igualmente la actividad política y de servicio al Estado y a la Nación y lo hemos visto reconocido, vigente, sin mácula, en todas sus variadas actividades.

Se ha analizado su obra científica en los múltiples temas que manejó, desde los más directamente relacionados con su interés hasta los que apoyó y animó reconociéndolos como importantes para descifrar la fisiología y fisiopatología del hombre de la altura tanto como para resolver problemas de carácter nacional. Entre éstos últimos, se ha destacado su rol en la protección de los trabajadores, particularmente mineros tras su experiencia como médico en La Oroya. En relación con este tema, este año hemos visto recuperarse, por iniciativa especial de quien nos convoca hoy a saludar el recuerdo del Profesor Hurtado, el Dr. Roger Guerra-García, el Instituto de Salud Ocupacional que él originó desde el Ministerio de Salud cuando ejerció el cargo de Director General.

Pero hay un tema que no debiera pasar desapercibido porque revela a Hurtado, al hombre en su contexto social, el que no se aísla en la resolución del caso individual cuando ejerció el trabajo médico, ni más tarde en el laboratorio o en los despachos universitarios. A esa característica seguramente respondió su corto paso por la administración pública cuando le tocó desempeñar el cargo de Ministro de Estado en el despacho de Salud Pública y Asistencia Social. Es esta una faceta especial que ha sido resaltada en forma por demás elocuente por Tulio Velásquez en páginas recientes de Acta Herediana dedicadas a su memoria' . El escribe sobre la profunda identificación espiritual que percibió Hurtado tenía con el problema del hombre andino y sobre la preeminencia de sus motivaciones humanas sobre sus propios hallazgos científicos, afirmando que Hurtado "estudió y trabajó por el hombre peruano con la mirada vuelta hacia el hombre que vivía en su propio interior y su pasión en la búsqueda de la verdad tenía el acento ", dice casi líricamente el propio Velásquez, "de aquella mística con que los poetas crean el misterio de su relación con lo ignoto". Dice también que "por encima de sus extraordinarias cualidades de científico, está ciertamente su cualidad de hombre".

Esta apreciación de Tulio Velásquez no hace sino explicar por qué el Profesor Hurtado fue capaz de involucrarse a sí mismo y a la institución que creó y en la cual creyó profundamente, en otro problema de significación nacional. En realidad, a la distancia de más de tres décadas y reconociendo el grado de su sensibilidad social, uno se da cuenta que no habría podido ser de

Charla dada por el Dr. José Donayre Valle en el Instituto de Investigaciones de la Altura el 5 de Setiembre del 2001 con motivo del centenario del nacimiento del D.r Alberto Hurtado

otra manera. El tema a que me refiero es el tema que da título a esta breve exposición y que significó al Profesor Hurtado el tomar una decisión que era, a la vez, de carácter ético, científico, político-social y, significativamente importante para él, hasta de carácter ideológico-religioso.

Es importante detenerse a revisar brevemente cuál era la situación poblacional del Perú en ese entonces. Se daban, al iniciarse la década de los años 60, dos fenómenos concomitantes. Uno era una alta tasa de crecimiento de la población que se mantenía alrededor del 3 % anual determinando que la población del país, en ese entonces de 10 millones doscientos mil, de mantenerse esas tasas, pudiera duplicarse en menos de dos décadas. Era la época en la cual las posiciones ideológicas se concentraban en el fenómeno de la así llamada "explosión demográfica" por los Ehrlich'; con las tendencias de izquierda acusando a los movimientos controlistas nacionales e internacionales de "neomaltusianos", reviviendo la controversia de un siglo anterior entre Malthus y Marx. Época en que también la Iglesia Católica los combatía con igual energía aunque con argumentos diferentes dirigidos a condenar las prácticas de la planificación familiar como una infracción al designio del Creador de poblar la Tierra y una evasión del principio de la ley natural en la reproducción.

El otro fenómeno, también de carácter demográfico y social, se refiere a la sorpresiva emergencia del agudo proceso de urbanización en el país y su correlato inmediato de una acelerada tendencia a la migración con dirección campo-ciudad y esencialmente sierra-costa. Y digo sorpresiva porque el Perú, a pesar de haber sido promotor en el seno de las Naciones Unidas de los censos decenales, no siguió a su primer censo moderno de 1940 con uno en 1950 y tuvimos que esperar hasta 1961 para enumerar nuestra población. Es interesante apuntar que quien promovió los censos decenales en la ONU fue el Dr. Alberto Arca Parró, de distinguida huella en la demografía del Perú y quien también es recordado coincidentemente este mes en el centenario de su nacimiento. En ese interregno de veintiún años entre censo y censo, aunque había algunas señales evidentes de que, por lo menos Lima, comenzaba a experimentar desusadas incidencias de expansión demográfica ligadas a las migraciones, señales tan visibles como las invasiones originales descritas y analizadas por José Matos Mar en 19573, el país se transformaba de un país predominantemente rural, agrícola, en un país urbano, apenas industrial manufacturero. Los resultados del Censo de 1961, hechos públicos en los siguientes años, acercaban a la población urbana a casi la mitad y ese proceso se ha acelerado hasta nuestros días, cuando la población urbana representa más de los dos tercios de la población nacional.

Fue este el país, demográficamente hablando, que encontramos quienes llegamos al Instituto de Investigaciones de la Altura, dirigido por el Profesor Hurtado para trabajar en su Departamento de Endocrinología encabezado por nuestro recordado Federico Moncloa. Coincidíamos tres de nosotros en la Universidad y en el Instituto luego de haber hecho estudios de post-grado en varias instituciones clínicas y de investigación en áreas afines. Pronto, como resultado de nuestra exposición a las condiciones en que se daba la vida de los pobladores de Cerro de Pasco tanto como a los problemas derivados de la alta fecundidad de nuestro Ande, comprendimos que nos cabía una responsabilidad en la agitada discusión de esos días. Dentro de la Universidad, para movilizar sus capacidades, y fuera de ella para traer claridad a un tema tan ligado a las opciones del desarrollo nacional en un momento en que un nuevo régimen democrático parecía auspicioso para emprender un trabajo serio de renovación del país. Federico Moncloa se adhirió plenamente a esta decisión y puso su conocimiento, entusiasmo y seriedad en esta empresa.

Es menester retrotraerse a esas circunstancias, sociales por un lado e institucionales por el otro, para apreciar el valor de la decisión de Alberto Hurtado de permitir que el Instituto de Investigaciones de Altura y la Universidad tomaran parte en el candente diálogo de entonces. Se trataba de organizar un Simposio sobre el tema confrontando las tesis en discusión, llamando la atención a los retos que un crecimiento acelerado de la población imponía sobre los aspectos sociales y económicos del desarrollo y convocando a personas directamente relacionadas con los sectores en discusión. Además de ello, se planteaban estudios de carácter demográfico y social enfocados sobre la fecundidad en la ciudad de Cerro de Pasco y, al mismo tiempo, intervenciones para suplir la demanda por planificación familiar que advertíamos en su población.

Las evidencias de carácter técnico y científico fueron fácilmente apreciadas por el Profesor Hurtado y sirvieron, sin duda, para equilibrar los factores ideológicos que, en cierto modo, hacían del propósito una suerte de incursión en un campo minado para una Universidad de reciente fundación, a pesar de sus significativos éxitos y el respeto que comandaba en la opinión pública. Parte importante de esta decisión fue facilitada por la posición afirmativa que tomaron muchos profesores de la Universidad, algunos de ellos incorporados a responsabilidades de Estado en el promisorio gobierno de entonces. Hasta ese punto el Profesor Hurtado respondía a su concepción social de la acción médica y a su manifiesta preocupación por el hombre en su sociedad. Podría agregarse que una actividad de esta naturaleza respondía a la sensibilidad que desde sus épocas en La Oroya había dejado de percibir con claridad y encajaba en forma natural en su proclividad a pensar en soluciones aptas para los problemas del común de las gentes además y más allá de las grandes soluciones para los grandes problemas, las que muchas veces pecan de grandiosos y resultan de limitado efecto a nivel microsocial.

Sin embargo, el gran dilema para Hurtado fue, indudablemente, el que le imponía su fuerte convicción religiosa. Debemos recordar que fue por muchos años y en esa misma época, miembro de la Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano a cuyas sesiones viajaba anualmente. Hurtado era pues un hombre profundamente católico, no sólo en sus manifestaciones públicas de creyente y practicante sino también y más significativamente aún, en sus hondas convicciones y prácticas personales. El hombre de principios que hemos admirado desde que conocimos de sus actos y al que hemos visto ensalzado en este año de su centenario, reposaba en una urdimbre religiosa y de soporte fuertemente católico. Pero él no era ni pacato, palabra del RP Felípe Mac Gregor SJ4 al referirse al carácter de la fe en Hurtado. El que así lo describía con acierto fue no su consultor o su consejero sino más bien su parangón, su paralelo espiritual, como lo fue en política el Presidente José Luis Bustamante y Rivero. No era tampoco fundamentalista como otros que exhiben su religión como armadura y escudo pero también como ariete y como lanza de Cruzado. Hasta en eso era serio y bien centrado y como hombre de ciencia no podía ser dogmático ni impositivo. Las múltiples y considerablemente complejas discusiones que tuvimos nosotros y muchos otros con él, como relata Luis Sobrevilla en su nota 'Población y Altitud" en estas mismas sesiones en el Instituto de Investigaciones de la Altura, unas de apariencia simple y directa, algunas en forma de preguntas aisladas, otras de mayor fondo dependiendo del interlocutor, revelan la búsqueda consciente no de una justificación sino de los anclajes del tema en sus concepciones religiosas.

Las palabras que usó para inaugurar el Simposium de abril de 1965, más de 36 años atrás revelan la seguridad personal a la que llegó en el tema y la estructura que le dio en su interior.

Decía el Profesor Hurtado al iniciar su intervención: "Entre los objetivos más importantes y fundamentales que deben normar la labor de toda institución universitaria, está el de contribuir al progreso de los conocimientos que cultiva y enseña. Tal objetivo se torna ineludible cuando concierne a problemas de orden nacional, pues es la Universidad el centro donde se despierta el interés y se procede a la adecuada preparación de quienes más tarde tendrán la inmediata responsabilidad de solucionarlos".

Dice también que: "La Universidad Peruana Cayetano Heredia, desde su fundación, se ha interesado vivamente en el estudio de la realidad del país" Y procede a asociar los estudios clásicos de los efectos de la altitud, con sus concomitantes de carácter social diciendo lo siguiente en dos momentos de su intervención:

"Hasta hace un corto tiempo, los estudios en este campo médico y biológico estaban casi exclusivamente dirigidos al mejor entendimiento de los fenómenos de aclimatación y su eventual perturbación". "Cabe señalar, sin embargo, que los problemas de fertilidad y reproducción en la altura están asociados a otros de índole general que han suscitado últimamente un gran interés y atención universal. Nos referimos a aquellos concernientes al ritmo de crecimiento de las poblaciones en relación con las posibilidades de subsistencia y progreso, posibilidades que se derivan de las condiciones físicas, sociales y económicas del medio en que el hombre se multiplica y crece ".

En el resto de su discurso, el Profesor Hurtado, apunta a la importancia de fomentar el diálogo y la expansión del conocimiento a partir del Simposium y espera de sus participantes planteamientos de acción estatal para el desarrollo de las áreas que, en último término, en las décadas que siguieron al evento constituyeron la fuente de los procesos demográficos del país.

Sirvan estas líneas para resaltar una vez más en este año tan significativo, la solidez y la autenticidad del lado humano y social del Profesor Hurtado y agradecer personalmente y a nombre de los cuatro que propusieron y organizaron el Simposium, la noble y valerosa actitud que nos permitió luego incursionar en variadas formas en la historia del tema en el Perú. Sin su apoyo y comprensión, sin la posibilidad de compartir de su visión del hombre en su sociedad, posiblemente habríamos optado por permanecer en los sanos campos de la investigación y en la tranquilidad relativa del laboratorio que muchas veces hemos extrañado.

Bibliografía


* Charla dada por el Dr. José Donayre Valle en el Instituto de Investigaciones de la Altura el 5 de setiembre del 2001 con motivo del centenario del nacimiento del Dr. Alberto Hurtado


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