MADUREZ Y VIDA MÍSTICA

A los veinte años Rosa vivía consagrada a Dios. Obediente y caritativa se entregaba a los rigores de la penitencia y era así como encontraba la verdadera libertad.

La lectura de la vida de Santa Catalina de Sena escuchada en su niñez dejó una profunda huella en su alma; amaba y veneraba a la admirable virgen dominicana con quien tuvo muchos puntos de contacto.

Rosa frecuentaba el templo de Santo Domingo y también era devotísima del fundador de la orden a quien llamaba "su Padre Santo Domingo". La iglesia de la orden dominicana fue la primera que se erigió en Lima. Allí estaba y se venera aun hoy la imagen de Nuestra Señora del Rosario que está íntimamente vinculada a la vida de Rosa.

El alma de la Santa limeña, al ir adelantando en los caminos de la gracia y de la perfección, sentía más vivamente el deseo de la soledad. Lejos de toda agitación y bullicio, hubiera querido escuchar Rosa las palabras de la sabiduría y de la verdad, era su casa tan poca recogida. Posteriormente Rosa construiría su huerto, aquel santuario misterioso que fue su ermita, por el momento pensaba en entrar a un convento.

En 1605 las monjas clarisas fundaban en Lima un monasterio, cuya inauguración patrocinó Santo Toribio. Rosa fue solicitada por doña Grimanesa de Mogrovejo, hermana de Santo Toribio, y doña María de Quiñónez para que fuera una de las fundadoras del nuevo convento. Encerrarse en una celda angosta y desnuda para adorar a Dios, platicar con el Amigo Divino y mortificar el cuerpo en aquel pobre recinto, era la soledad deseada y el recogimiento tan anhelado; Rosa aceptó jubilosamente la honrosa invitación.

Su madre y su abuela se opusieron terminantemente. Los directores espirituales de la Santa le recomendaron que se hiciera monja. Rosa decidió abandonar su hogar y retirarse en el convento de la Encarnación (religiosas agustinas), donde le daban muchas facilidades.

Fue un domingo que Rosa, arrodillándose ante la abuela, le pidió la bendición. Acompañada de Fernando, Rosa se dirigió a Santo Domingo. Se había despedido de sus hermanos, pero le faltó valor para decirle adiós a su madre. Antes de enclaustrarse quería ver una última vez a su amada Señora del Rosario, que un día le otorgó el nombre de Santa María. Rosa de Santa María se postra ante su Reina y Señora, siente una gran pena de dejarla que se manifiesta en una fervorosa y tierna oración. De pronto, le parece estar como clavada al suelo, quiere levantarse y no puede. Todos los esfuerzos de Rosa por ponerse de pie son inútiles, una fuerza sobrenatural la clava en tierra. Rosa suplica a la Virgen auxilio, mas la Virgen no la atiende. Rosa comprendía lo que significaba aquel suceso extrañísimo y mirando con ternura a la Virgen del Rosario le dice: “Yo prometo, señora, no dar un paso adelante y volverme aquí, a la casa de mi madre, y hacer de ella mi retiro y monasterio por todo el tiempo que Vuestra Majestad fuese servida”. Formulada esta promesa, Rosa puede levantarse sin la menor dificultad y regresa a su casa. En el hogar hay un júbilo inusitado porque Rosa es el ornamento de su casa y al irse ella todos comprenden que se ausentan la bondad, la gracia y la alegría. Rosa comunica a su madre el deseo de vestir el hábito blanco y negro de terciaria dominicana. Ha comprendido que en su casa junto a sus padres debe hacerse santa; llevando la túnica, símbolo de pureza y de penitencia, se acercará en lo posible a la vida monástica.

La Tercera Orden dominicana fue instituida por Santo Domingo de Guzmán para que los seglares pudieran, sin abandonar sus hogares, seguir una regla casi análoga a la de los religiosos. Lacordaire, en su hermosísima Vida de Santo Domingo dice: “La milicia de Jesucristo era la Tercera Orden instituida por Domingo, o más bien, la tercera rama de una sola Orden , que abrazaba en su plenitud hombres, mujeres y personas del mundo. Domingo había sacado del desierto las falanges monásticas. Con la creación de la Tercera Orden introdujo la vida religiosa en el seno del hogar doméstico. No creía que había que huir del mundo para elevarse a la imitación de los santos: todo cuarto podía ser una celda y toda casa una tebaida. La historia de esta institución ha producido santos en todos los grados de la vida humana, desde el trono hasta el humilde banco con tal abundancia que el claustro podía mostrase celoso. Las mujeres han enriquecido las terceras órdenes con el tesoro de sus virtudes. El monasterio venía a ellas, puesto que ellas no podían ir a buscar el monasterio”.

El monasterio vino a buscar a Rosa, ya que ella no podía ir a él. Será hermana terciaria de Santo Domingo. A esto no se opuso la madre, que al contrario, aprobó la resolución de su hija y habló con el confesor de Rosa, el padre Alfonso Velásquez.

En su profunda humildad la Santa había estado indecisa para vestir el traje de terciaria dominicana, realzado por tantos y tan grandes santos. Pero un día Rosa contemplaba la imagen de Santa Catalina de Siena , una mariposa blanca y negra se acerca, da vueltas alrededor de Rosa y levemente se posa en su regazo. El alma de la Santa se inunda de dulzura. Con plena confianza puede dirigirse Rosa a la Capilla del Rosario de Santo Domingo a recibir la insignia Santa. El mismo padre Velásquez le otorgó el hábito dominicano.

La suprema dulzura, el intenso fuego que iluminaba el alma de Rosa desaparecían diariamente durante hora y media: era una oscuridad, una amargura, una desolación que Rosa padecía. “¡Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado!” gemía Rosa. Su espíritu andaba confuso, desfallecido. Perdía el gusto de la oración y el sentimiento de la presencia divina; Dios se ausentaba de su alma. “Esta pena y sufrimiento de la ausencia de Dios suele ser tan grande a los que van llegando al estado de perfección, que si no poseyese el Señor, morirían...” (Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz).

Desde su niñez venía gustando la suavidad de la unión con Dios; vivía aquella vida sublime que los místicos llaman unitiva. Pero de pronto se interrumpe el coloquio entre Dios y su criatura; entonces se suspende el ritmo del corazón de Rosa; en verdad que es su noche del alma. Amar y sentirse sola, sin recordar si quiera las finezas, las gracias y la hermosura del Amado, que tormento más cruel, que sufrimiento más cruel y más amargo.

Durante quince años sufrió Rosa aquella desolación sin nombre, de los doce a los veintisiete años. Nadie pudo aliviarla, ni su madre, ni los confesores. Sus padecimientos no físicos sino espirituales. El Dr. Juan del Castillo, uno de los místicos que examinaron a Rosa, le dio la explicación de sus desolaciones y angustias espirituales; reconfortó su animo y, ya no sería tan amarga la queja que modulaba.

En la ermita del huerto tuvo lugar el primero de los exámenes con que los místicos y doctores eminentes en aquel tiempo probaron a Rosa, para cerciorarse si en ella había alguna ilusión, fantasía o creación imaginativa. Al primer examen de Rosa de Santa María hecho por el Dr. Juan del Castillo, asistieron “para mayor decoro” María de Oliva y doña María de Uzátegui, protectora y amiga de la Santa. Rosa respondía con adorable candor, sencillez y sinceridad santísima. Toda su vida espiritual fue expuesta a las miradas certeras y escudriñadoras del teólogo. Dijo de las dulzuras de la presencia divina y cómo no podía deleitarse con otra cosa "sino con la certeza experimental de tener a su Dios dentro de sí mismo".

De "Santa Rosa de Lima", por María Wiesse.
Reseña de Gina Janampa Quispe

 




   Sistema de BibliotecasExposiciones   

© 2002 - 2007 UNMSM - Oficina General del Sistema de Bibliotecas y Biblioteca Central
Email: sisbiblio@unmsm.edu.pe
Todos los derechos reservados
Lima - Perú