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Blanca
Varela
Lima, 1926 Poeta, traductora, periodista eventual. Nacida en el seno de una familia de escritores y artistas
(biznieta de Manuela Antonia Márquez, nieta de Delia Castro e hija de Serafina
Quinteras). En 1943, ingresa a la Universidad de San Marcos para estudiar Letras y
Educación. Allí conoce a Sebastián Salazar Bondy, Javier Sologuren, Jorge Eduardo
Eielson, Francisco Bendezú y de quien sería su esposo, el pintor Fernando de Szyszlo, al
tiempo que comienza a asistir a la tertulia de Peña Pancho Fierro, dirigido por Alicia y
Celia Bustamante. En 1949, los esposos parten rumbo a Francia. . Una vez en París conocen a Octavio Paz. En
1954, viajan a Florencia, para volver al Perú un año más tarde. Entre 1957 y 1960 se
instalan en Washington, D.C., donde Varela vivirá de hacer traducciones y eventuales
trabajos de periodismo. Es también en 1957 cuando Salazar Bondy y Alejandro Romualdo la
incluyen en su Antología general de la poesía peruana. De 1977 a 1979 Varela es
secretaria general del Centro Peruano del PEN Club Internacional, y en calidad de tal
acude a los congresos de Hamburgo (1977), Estocolmo (1978) y Río de Janeiro (1979). De
1974 a 1997 representó en el Perú a la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica. Además ha colaborado en numerosas revistas del Perú y
el extranjero. Ha publicado: Ese puerto existe (1959), Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto
villano (1978), Camino a Babel
Antología (1986), Canto villano Poesía reunida (1986), Poesía
escogida 1949-1991 (1993), Del
orden de las cosas (1993), Ejercicios
materiales (1993), El libro de barro (1993), Canto villano
(Poesía reunida, 1949-1994) (1986), Como Dios en la nada (Antología
1949-1998) (1999), Concierto animal (1999). Blanca Varela es una poetisa que no se complace en sus hallazgos ni se
embriaga con su canto. Con el instinto del verdadero poeta sabe callarse a tiempo. Su
poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente,
contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el tiempo, la
soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia. En sus primeros poemas,
demasiado orgullosa (demasiado tímida) para hablar en nombre propio, el yo del poeta es
un yo masculino, abstracto. A medida que se interna en sí misma y, asimismo, a
medida que penetra en el mundo exterior- la mujer se revela y se apodera de su ser.
Cierto, nada menos "femenino" que la poesía de Blanca Varela; al mismo tiempo,
nada más valeroso y mujeril: "Hay algo que nos obliga a llamar mi casa al cubil y
mis hijos a los piojos". Poesía contenida pero explosiva, poesía de rebelión:
"Los números arden. Cada cifra tiene un penacho de humo, cada número chilla como
una rata envenenada
". Y en otro pasaje: "El pueblo está contento porque
se le ha prometido que el día durará 25 horas. Esto es la inmortalidad." La pasión
arde y se afila una frase que es, a un tiempo, un cuchillo y una herida: "Amo esta
flor roja sin inocencia". Octavio Paz |
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