Julio Ramón Ribeyro
Lima, 1929 - 1994 Narrador,
dramaturgo, ensayista y periodista. Inició su producción literaria mientras estudiaba Derecho y Letras en la
Pontificia Universidad Católica. Se instaló en París en 1960 y ejerció el cargo de
Embajador Permanente frente a la UNESCO. Ha publicado: Los gallinazos sin plumas (1955), Cuentos
de circunstancias (1958), Crónica de San Gabriel (1960), Tres
historias sublevantes (1964), Las botellas y los hombres (1964), Los
Geniecillos dominicales (1965), La palabra del mudo I, II y III (1972), Teatro (1975), Cambio
de guardia (1976), La caza sutil (1976), Prosas Apátridas
(1978 y 1986), Atusparia (1981), Sólo para fumadores (1987), Dichos
de Luder (1989), La tentación del fracaso I,
II y III (1992 y 1995), Relatos santacrucinos (1992), La
palabra del mudo IV(1992). En 1973 se le detectó cancer al pulmón y fue sometido a cirugía.
Volvió al Perú para quedarse en 1993. Poco a poco la enfermedad fue minando su salud y
poco después de ganar el Premio Juan Rulfo, muere en 1994. Cuando el lenguaje es sencillo como fruto del constante trabajo, descubrimos cuánto lo
distancia de la prosa espontánea de la improvisación. Y eso hay en Ribeyro: obra
artística de lenguaje. Su trayectoria parece hasta ahora confirmarlo: el trabajo de
Ribeyro es sobre la frase. Hay una como intuitiva depuración de las unidades melódicas
en sus textos; se diría que la preocupación va centrada en establecer el equilibrio y la
armonía de la frase, tratando de que exista una perfecta correspondencia entre
pensamiento-expresión. Es decir, no sólo ojo atento a la forma, sino voluntad de que la imagen y
la idea se en-formen adecuadamente. En Ribeyro podemos hablar del ritmo de la frase y
descubrir que es un empleo consciente del ritmo del relato. Esa es tarea estilística. Las
descripciones de la intimidad individual no necesitan, así, confiarse a esquemas
descriptivos, sino que la simetría o la asimetría de la frase colocan automáticamente
al lector en el terreno; son expresivas, comportan un instrumento de trabajo. Es por eso
por lo que su prosa sirve para ilustrar los más variados fenómenos del lenguaje. Luis Jaime CisnerosRibeyro -según cuentan sus más íntimos amigos- era un hedonista confeso y frustrado. Observador irredento que tenía la capacidad de describir con asombrosa agudeza y economía de palabras lugares, hechos, y personas imborrables; los cubiertos sucios y pegoteados después de la jarana, la pelea de una pareja de enamorados en la vía pública, el pasajero que viaja a su costado en el avión, el homosexual de clase alta que trata de levantar a un sujeto en un bar de la Costa Azul. |
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