Antonio Cornejo Polar

Lima, 1936-1997

 

Crítico literario, profesor universitario. Cursó estudios en la Universidad Nacional de San Agustín (Arequipa) en la cual optó grados de Bachiller 1958 y Doctor en Letras 1960, con tesis sobre “Expresión y comunicación en poesía” y “Para una teoría de la expresión poética” respectivamente. Se inició en la docencia en 1959. Siguió cursos de especialización en el departamento de Filología Hispánica de la Facultad de Letras de la Universidad Central de Madrid (1960-1961); y, de vuelta en Arequipa, alternó la docencia (1962-1965) con la dirección de la Casa de la Cultura. Se incorporó como profesor en la Facultad de Letras de San Marcos en 1966, ha tenido a su cargo la dirección de los programas académicos de lingüística, filología y literatura hispánica (1970-1975), Director del Instituto de Investigaciones Humanísticas (1976-1978) y Rector en los años ’80. Al mismo tiempo, ejerció la dirección de la Casa de la Cultura del Perú (1969-1970); integró el comité Interamericano de Cultura (1970-1973); luego fue  profesor visitante en la U. Católica (1969), la U. de Maryland (1978) y la U. Central de Venezuela (1979 y 1981). Desde 1973 dirige La Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Profesor en las Universidades de Pittsburg (1987), California at Berkeley (1994) y San Marcos. 

Ha publicado: Edición y cuidado del Discurso en loor de la poesía (1964), Los universos narrativos de José María Arguedas (1973), La novela peruana: siete estudios (1977), Literatura y sociedad en el Perú: la novela indigenista (1980), “Historia de la literatura del Perú Republicano” En: Historia del Perú   (1980), Sobre literatura y crítica Latinoamericana (1982). La formación de la tradición literaria en el Perú (1989), Clorinda Matto, novelista (1992), Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas (1994), Literatura peruana: siglo XVI a siglo XX (en coautoría con Jorge Cornejo Polar, 2000).

 Alto, espigado, con la sonrisa pronta en la boca y en los ojos chispeantes detrás de las lunas de sus anteojos, Antonio Cornejo siempre me pareció, incluso en su época de madurez, un buen muchacho feliz, despreocupado de las graves contingencias de la vida. Esto último no era verdad en modo alguno. Antonio Cornejo poseía el don de hacer fáciles las cosas, de allanar dificultades y presentar sus obras como cosas sencillas aunque hubiera sido ingente el trabajo secreto que le costara hacerlas.

Destacaba en la conversación amical tanto como en el libro o la cátedra, hablaba de las últimas novedades literarias, políticas o culturales con una amenidad cautivante que disimulaba apenas la profundidad de sus juicios y observaciones. Tenía, además, un buen acopio de chistes, cuentecillos y anécdotas que sembraba oportunamente para levantar el interés de la charla plural en sus ocasionales decaimientos. Todo esto, amenidad, agudeza, penetración revelaba al maestro. Yo no fui su alumno –y vaya si me hubiera gustado serlo-

Washington Delgado

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