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La educación de un autodidacta

José Carlos Mariátegui comenzó a trabajar para La Prensa a comienzos del otoño de 1909, poco antes de cumplir 15 años de edad. Su director era entonces el diplomático y periodista Alberto Ulloa Cisneros (1862-1919), opuesto al régimen civilista del primer gobierno del presidente Leguía (1908-1912). 

Juan Manuel Campos, el linotipista de simpatías anarquistas que llevó a Mariátegui a trabajar en ese diario, poco después lo presentó a don Manuel González Prada y a su hijo Alfredo. En adelante, su amistad con Alfredo González Prada le permitió frecuentar la biblioteca del renombrado pensador radical y poeta.

En 1909, en casa de los González Prada, Mariátegui conoció, entre otros destacados hombres de letras, a Enrique Bustamante y Ballivián, José María Eguren, Abraham Valdelomar, José Gálvez. Este grupo de intelectuales escribía poemas y artículos de crítica en Contemporáneos, “quincenario nacional de literatura”, revista que, dirigida por Bustamante Ballivián y Julio A. Hernández, acababa de sacar su primer número en abril de 1909. Si añadimos a los nombres anteriores los de Leonidas Yerovi, Luis Fernán Cisneros, Hermilio Valdizán, periodistas de La Prensa, podremos apreciar la calidad del medio en el que empezó a desenvolverse el intelectualmente ávido Mariátegui. 
En 1910 trabajaba ya corrigiendo pruebas de imprenta. Un año después, publicaba su primer artículo bajo el título “Crónicas Madrileñas” y con el seudónimo que lo haría conocido en adelante: Juan Croniqueur. 



Ninguna influencia me ha malogrado”

José Carlos Mariátegui comenzó su educación primaria en 1901, a los siete años de edad. En octubre de 1902 sufrió un accidente por el que permaneció internado más de 3 meses en la clínica “Maisón de Santé”; luego, tuvo que convalecer inmovilizado por más de tres años. No volvió a la escuela. La forzada quietud anquilosó su rodilla izquierda aunque también contribuyó a sumergirlo en precoces y atentas lecturas que ayudaron formar su vocación de escritor. Desde los quince años trabajó en el periodismo, rodeado de los talentos de las letras de entonces. A los 21 años de edad, antes de su viaje a Europa, afirmaba: “Ninguna influencia me ha malogrado. Mi producción literaria desde el día en que siendo niño escribí el primer artículo, ha sido rectilínea y ha brillado en ella siempre el mismo espíritu... He hecho vida de aislamiento espiritual y este aislamiento, engreído acaso, ha sido siempre digno...”

 
(“Extra-epistolario”, La Prensa, 2-III-1916; reproducido en Mariátegui Total, t. II, p. 2429).


Un experimentado periodista

“Si yo me gobernara, en vez de que me
 gobernara la miseria del medio, 
yo no escribiría diariamente, fatigando y
 agotando mis aptitudes, 
artículos de periódico. Escribiría ensayos artísticos
 o científicos más de mi gusto”. 
José Carlos Mariátegui, El Tiempo, 27-VI-1918



Mariátegui escribió esas palabras un año antes de partir para Europa. Para entonces, él no solo destacaba en el periodismo local (el diarismo, como se solía decir entonces) sino que tenía clara su vocación por la escritura. De hecho, formaba parte del movimiento Colónida, grupo que dirigía Abraham Valdelomar, íntimo amigo suyo, narrador y periodista él mismo. Como otros miembros de su generación literaria, sin embargo, tenía que ganarse la vida escribiendo todo tipo de crónicas en los diarios y revistas de la época. ¿Cuánto escribió en esas circunstancias?

Entre su primer artículo de 1911 y su salida a Europa en 1919 se pueden contar cerca de 900 artículos de diversa índole, muchos sobre crónica teatral y policial. Entre estos últimos se encuentra, por ejemplo, “Cómo mató Willman a Tirifilo” (La Prensa, 6-V-1915), crónica escrita sobre el duelo a chaveta entre “Carita” y “Tirifilo”, suceso que usó Ciro Alegría para escribir su cuento “Duelo de Caballeros”. 

Obviamente, Mariátegui escribió la mayor parte de sus artículos cuando ya se había hecho de un nombre reconocido en el periodismo local. Hasta 1915 inclusive, escribió poco menos de 100 artículos (9 de ellos en 1911-1912), en su mayoría para La Prensa de Alberto Ulloa. Al mismo tiempo escribía notas sociales y poesía para la revista Lulú así como crónica hípica para El Turf. 

A partir de 1916 empieza a escribir con más regularidad. Desde ese año inclusive, hasta que viaja a Europa, escribe poco menos de 800 artículos de crónicas políticas y parlamentarias, la mayor parte de ellos escrita para la columna “Voces” que publicó tanto en El Tiempo (596) como en su propio periódico, La Razón (48).

Años más tarde, en 1928, en el contexto de su decisiva polémica con Haya de la Torre acerca del tipo de revolución y partido que se precisaba en el Perú, José Carlos Mariátegui escribiría en una carta enviada a Eudocio Ravines: “Me he elevado del periodismo a la doctrina, al pensamiento”



Exégesis del espíritu, no de la letra 

“Pero el dato no es sino dato. Yo no me fío demasiado
 del dato. Lo empleo como material. Me esfuerzo 
por llegar a la interpretación”.
Entrevista a Mariátegui por Ángela Ramos, 1926 



Mariátegui no consideró su biblioteca personal como una mera fuente de datos eruditos. No estaba en él la actitud posesiva y positivista de los acopiadores de información. En la misma entrevista mencionada líneas arriba, cuando se le pregunta sobre qué hacía para estar al corriente de la actualidad internacional, responde: “Trabajar, estudiar, meditar”.

La creación y la autonomía caracterizaron la lectura y el pensamiento de Mariátegui. Esa creación y autonomía eran desconocidas para quienes, desde la década de los años veinte, se limitaban a repetir la doctrina oficial de la Unión Soviética y la de la 3ª. Internacional Comunista. Un ejemplo de esta autonomía intelectual fue la lectura mariateguiana de Georges Sorel (1847-1922), ingeniero civil francés, convertido al socialismo y al sindicalismo revolucionario en la última década del siglo XIX. 

Sobre Sorel, afirma Mariátegui en su libro Defensa del Marxismo: “Georges Sorel, en estudios que separan y distinguen lo que en Marx es esencial y sustantivo, de lo que es formal y contingente, representó en los dos primeros decenios del siglo actual... el retorno a la concepción dinámica y revolucionaria de Marx y su inserción en la nueva realidad intelectual y orgánica. A través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adquisiciones sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx”.

Después de visitar una Europa estremecida ante las opciones de la decadencia y el resurgimiento revolucionario, Mariátegui advertía el potencial revolucionario del mito tal como lo entendía Sorel, como un conjunto de imágenes capaces de evocar instintivamente los sentimientos revolucionarios. Para el Comintern, esta fusión de Marx y del bergsoniano Sorel, sonaba a anatema; no para Mariátegui, quien criticaba las lecturas literales de Marx: “Son exégesis de la letra, no del espíritu... Marx no está presente, en espíritu, en todos sus supuestos discípulos”. (véase “La Agonía del Cristianismo de don Miguel de Unamuno”, Amauta, No.1, 1926).

Mariátegui escribía sobre la potencialidad revolucionaria del mito en los años veinte, cuando la revolución rusa aún mostraba facetas heroicas ante una Europa que vivía tropezando entre desastres.

Muerto Mariátegui, la historia ulterior en la Unión Soviética, Italia y Alemania, mostró las fatales potencialidades del mito cuando éste se aleja, ciego e irracional, de la realidad. Debe resaltarse que 

la autonomía del pensamiento de Mariátegui fue más desconocida aún para quienes en la historia reciente del Perú usaron su nombre para diseminar el mito de la sangre.



La “crisis mundial”

Mariátegui llegó a Europa cuando ésta vivía los estragos y los cambios producidos por la Gran Guerra: 65 millones de hombres y mujeres movilizados en los ejércitos, 10 millones de muertos, 20 millones de heridos. La guerra había producido la disolución de los imperios alemán, austro-húngaro, ruso y turco. En su lugar aparecían regímenes socialdemócratas, comunistas, fascistas, monárquicos, todos atravesados por enfrentamientos políticos protagonizados por partidos con millones de adherentes. La 2ª. Internacional había desaparecido desacreditada por su apoyo a la guerra. En Rusia los bolcheviques habían tomado el poder. La vieja Europa había desaparecido. Mientras, la presencia imperial de los Estados Unidos se expandía. 

La biblioteca de Mariátegui es una variada muestra de la reflexión humana sobre esos procesos. Mariátegui regresó al Perú en 1923 y se integró al grupo de conferencistas de la Universidad Popular González Prada fundada por Haya de la Torre. Entre junio de 1923 y enero de 1924, dio 17 conferencias. En la primera de ellas afirmaba: “En la crisis europea se están jugando los destinos de todos los trabajadores del mundo... la crisis de las instituciones europeas es la crisis de las instituciones de la civilización occidental. Y el Perú... gira dentro de la órbita de esta civilización...”. Hasta su muerte, Mariátegui dedicó su obra a explicar la problemática peruana a la luz de las manifestaciones de esa crisis, y a proponer el socialismo como su única solución.

Mariátegui definió su propuesta en dos debates. Uno fue con Haya de la Torre: Mariátegui formaba parte del Apra, la alianza antiimperialista fundada por Haya en 1924, en México. Cuando en 1927, siguiendo la experiencia del Kuomintang chino, Haya propone hacer del Apra un partido, Mariátegui se separa de esta alianza marcando una diferencia doctrinaria: “La revolución latino-americana, será nada más y nada menos que una etapa, una fase de la revolución mundial. Será simple y puramente, la revolución socialista. A esta palabra, agregad, según los casos, todos los adjetivos que queráis: ‘antiimperialista’, ‘agrarista’, ‘nacionalista-revolucionaria’. El socialismo los supone, los antecede, los abarca a todos”. (“Aniversario y Balance”, Amauta, No. 17, 1928). Desde entonces Amauta dejó de considerarse tribuna del Apra.

El otro debate fue con la 3ª. Internacional y se manifestó abiertamente en la 1ª. Conferencia Comunista Latinoamericana en Buenos Aires, de junio de 1929. No era sólo cuestión del carácter del partido “socialista” fundado por Mariátegui (El Comintern exigía la denominación “comunista”), sino del “carácter de la revolución”: Mariátegui proponía para la región la revolución socialista; la 3ª. Internacional, la revolución democrático-burguesa y antiimperialista. Con respecto al “problema de las razas”, para la Internacional Comunista se trataba de un problema “nacional” que involucraba el principio de “autodeterminación”; para la delegación peruana, que llevaba los puntos de vista mariateguianos, se trataba más bien de un problema que incluía componentes de clase, cultura y raza. En el fondo, el problema nacía de la intención de la Internacional de someter a los partidos comunistas nacionales a su control ideológico y organizativo.

Después de la muerte de Mariátegui, el Partido Socialista cambió su nombre y se adhirió a los postulados del Comintern.



“... la vida que te falta es la vida que me diste”

Desde su niñez, la salud de Mariátegui fue en extremo precaria. Bajo esas circunstancias, precisó con frecuencia de la asidua ayuda de su familia para poder realizar sus labores cotidianas.

“... [S]iento que la vida que te falta es la vida que me diste”: Mariátegui escribió esta declaración de amor y reconocimiento para su esposa, Anna Chiappe, en setiembre de 1926. Las labores del infatigable Mariátegui sólo fueron detenidas por los agravamientos del mal crónico que lo acompañó toda su vida; en 1924 ya se le había amputado la pierna derecha. En su obra, conducida por el optimismo de la acción y la autonomía de su pensamiento, no se advierten sombras fatalistas. Quizá estas características hacen difícil atisbar las dimensiones del cuidado y la ayuda de los que precisó, especialmente después de 1924.

Durante su niñez y adolescencia, Mariátegui había vivido en un hogar que giraba alrededor de su madre, su abuela y su hermana Guillermina. Ellas lo atendieron los años que estuvo convaleciendo, inmovilizado, después de su accidente de niñez. Hacia el final de su vida, en la casa de la calle Washington, aún lo acompañaba su madre, doña Amalia La Chira, quien ocupaba una habitación contigua a la de los cuatro hijos del matrimonio Mariátegui Chiappe: Sandro, Siegfried, José Carlos y Javier.

 

 

 

 

 

 

 

 

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