Paediatrica  2002, 4(3): 71

 

MISCELÁNEA

María E. Calderón Vargas*


Cada día al recorrer los pasadizos del Instituto de Salud del Niño en infinitas ocasiones tropezamos con la mirada de él o ella, mirada que se dirige al vacío, que se esfuerza por ver; entonces apurados y avergonzados volteamos la cabeza…conmovidos… tal vez…

Palabra irónica, salud del niño. Vemos pasar a Milagritos, a Alexandra y se agolpan en nuestra mente recuerdos y preguntas: ¿Dónde está Jesús?, ¿Y Blanquita?, ¿Qué fue de Angelito?, ¿Y Manuel?, alguna vez vemos a sus madres prematuramente envejecidas, con el ceño adusto, nos acercamos a preguntarles conociendo ya la respuesta y se nos oprime el corazón, tal vez con arrepentimiento, ...debí dedicarle más tiempo, o ...tener más paciencia, sin embargo ya no puedo hacerlo… tal vez, si existe ese lugar infinito ahora nos estén mirando y nos dirían lo que siempre quisieron hacer y no pudieron, tal vez por eso alguien escribió alguna vez:

* Epitafio de ese alguien con…daño cerebral…

Bienaventurados los que entienden que aunque mis ojos brillan, mi mente es lenta, bienaventurados los que saben que mis oídos tienen que esforzarse para comprender lo que oyen,

Bienaventurados los que al mirarme no ven la comida que dejo caer en el plato, bienaventurados los que disimulan ante mi extraño paso al caminar y mis manos torpes. 

Bienaventurados los que comprenden que aunque no hablo, mi corazón les dice cuanto los amo, 

Bienaventurados los que me respetan y aman como soy y no como ellos quisieran que fuera, 

Bienaventurados los que con su amor y sus cuidados me acompañaron en mi peregrinar al encuentro con Dios…

*Tomado de La fuerza de Shecid


¿Cuántos merecemos las bienaventuranzas de seres tan inocentes?. En nuestro diario quehacer los encontramos en todo lugar y momento… y los volvemos a encontrar una y otra vez. Pasamos por su lado, como si no los quisiéramos ver, como si no nos conmoviesen; pero quién puede siquiera pensarlo luego de sentir el calor de sus manitas aferrándose a nuestro cuerpo cuando los examinamos, y percibir su mirada cuando se sienten amenazados. Acaso en su mente inocente nos conciben como lo más grande... 

Aparte de Dios, no existe amor más grande y puro que perdona sin pedirlo siquiera, como el de estos niños.


* Médico Residente de Pediatría II. UNMSM.
Instituto de Salud del Niño.


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