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Pero el hombre se deshumanizó también por medio del trabajo. A medida que fue dominando la naturaleza y que los lazos sociales se hicieron más estables, las diferencias naturales y destrezas entre los productores - hasta entonces dueños de sus productos - condicionaron el surgimiento de la división del trabajo y, con esta, la raíz de la deshumanización. Con la creciente división social del trabajo, el incremento de excedentes y la aparición de jerarquías sociales, el producto se separa del productor como un ser extraño a él. Entonces, el hombre invierte su relación con las cosas y los hombres: humaniza las cosas (fetichismo) y cosifica a los hombres (deshumanización o alienación). Así, los hombres empiezan a perder su libertad (y también su dignidad). El esclavismo, la servidumbre feudal, y la explotación del trabajo asalariado dan testimonio de esta deshumanización (5).
Por contradictorio que parezca, esta deshumanización ha sustentado hasta la fecha el andar de la llamada civilización: por un lado, los portentosos logros de la ciencia, la tecnología y la cultura actuales, y, de otro lado, la existencia de incalculables muchedumbres humanas sumergidas en la pobreza, el hambre, la opresión y la explotación. La civilización -la historia escrita hasta nuestros días - es precisamente la historia de esta deshumanización, acrecentada y multiplicada con la moderna explotación del trabajo humano y la división de la sociedad en clases irreconciliables. Con ella hemos llegado hasta nuestros días. Pero existe ya una conciencia creciente de que el fin de esta deshumanización es la premisa necesaria para la continuidad del desarrollo humano, para salir al fin de la prehistoria humana, y alcanzar un auténtico progreso social.
Por ello, el desarrollo humano en su acepción más amplia y radical no puede ser sino humanización, o, mejor dicho, rehumanización del hombre, rescate total de su libertad y dignidad, reencuentro definitivo con su verdadero destino histórico. Y no la libertad y dignidad de unos cuantos hombres sino la de todos y cada uno de los hombres. En otras palabras, desarrollo humano como humanismo real.
¿Tienen que ver los enunciados anteriores con la medicina? ¿No serán tópicos ajenos a su actividad y a su quehacer cotidianos? Consideramos que no. Creemos, por el contrario, que éstos son puntos centrales en la reflexión sobre la razón de ser del médico en el mundo actual. Cuando nos hacemos la pregunta de cómo se ejercerá la medicina en el siglo que empieza, tenemos que comenzar repensando lo esencial de su ministerio y su función, así como definir los así denominados signos de la época.
La medicina es en esencia un amor al hombre (una filantropía), y al conocimiento en beneficio del hombre (una filosofía). Su tema no es la enfermedad y la muerte sino la salud y la plenitud de la vida humana (6). Por ello, sus principios esenciales son coincidentes con el punto de vista y la perspectiva del desarrollo humano. En último análisis, se puede decir que la medicina es una propuesta filosófica del campo del humanismo.
Citamos al Doctor Javier Mariátegui Ch. en ilustración de este punto de vista (7).
"El encuentro de la medicina con el hombre se remonta a los orígenes mismos de la humanidad. En su evolución desde las formas mágicas de la medicina primitiva hasta la fundamentación científica en la práctica actual, el arte y la ciencia de curar ha estado penetrada de un humanismo consagrado por el reconocimiento y el respeto por los valores ónticos (la vida y la salud) y los criterios éticos (humanización plena del vivir) de la vida humana".
"La filosofía humanista de la medicina parte de un postulado esencial, que se confunde con el nacimiento de la medicina hipocrática, y se desarrolla en una concepción amplia de la persona y la sociedad. Tiene como punto de partida un viejo axioma, primun non nocere (…) que expresa el profundo respeto que la inspira por el hombre y los bienes que le son propios".
"La medicina tiene por finalidad la preservación de la salud, el fomento del bienestar, el pleno desarrollo de las posibilidades potenciales naturales, el disfrute de la naturaleza, la curación de la enfermedad y sus secuelas, en fin, el desarrollo humano que armoniza los proyectos personales y los medios para conseguirlos".
"Medicina y humanismo nacieron, pues, de las mismas raíces: la defensa del hombre como persona en ejercicio de su libertad. Ambas son antropocéntricas, pues giran alrededor del hombre. Y estas aproximaciones son aún mayores si se parte de la concepción de la paideia de Jaegger, la fuerza formativa poderosa de la educación. Curación era y es una manera de educar. La medicina considerada como una forma de paideia es también un vinculo sólido con el conocimiento filosófico que se encuentra en los escritos reunidos en el Corpus Hippocraticum…".
Pero si la medicina es humanismo porque pretende el desarrollo humano, tiene entonces una función social primordial y eminente, pues éste (el desarrollo humano) es el componente más fundamental del auténtico progreso social. Imaginemos los primeros tiempos de la vida humana cuando el hombre dependía de la naturaleza: la medicina era un medio de vida tan igual que el alimento, el vestido o el refugio. Y aunque posiblemente fue menos efectiva que ahora, desempeñó un rol importante en la preservación y evolución de nuestros primeros antepasados.
Habiendo señalado lo esencial de la medicina y su función primordial, ¿cuáles son los signos de la época que influirán más decisivamente en su quehacer? Se ha dicho que los tiempos que vendrán serán prodigiosos en adelantos científicos, tecnológicos y culturales. La informática, las comunicaciones, la biología molecular, la ingeniería genética, la física moderna, los viajes espaciales seguramente influirán, y no poco, en la práctica médica y la medicina.
¿Pero cuál será el peso gravitatorio que pueda ejercer en la perspectiva médica la existencia de inmensas poblaciones de hombres que viven en condiciones verdaderamente infrahumanas?. Sabemos que cada día mueren por hambre y pobreza en el mundo 35 000 seres humanos. Sabemos también que por hambre y pobreza mueren en el Perú alrededor de 40 000 niños al año. E igualmente que dos tercios de la población mundial ven cómo se mutilan cada día sus expectativas humanas y su calidad de vida por ser poblaciones marginales, pauperizadas y abandonadas.
Ciertamente, tenemos el deber de contribuir a luchar contra enfermedades tan devastadoras como el SIDA, la TBC y las numerosas epidemias que azotan hoy al mundo, pero tenemos también el deber de contribuir a devolverle al hombre su libertad, su dignidad, a arrancarlo de la pobreza, del hambre, de la opresión y de la explotación. En el mundo de hoy uno de los problemas cruciales que afectan el desarrollo humano es la existencia de esas enormes poblaciones desprotegidas (8). Si la medicina es humanismo real y tiene una función eminentemente social deberá dirigir todo lo positivo que el adelanto científico - tecnológico pueda contener en una perspectiva liberadora y dignificadora del hombre.
¿Son estas consideraciones válidas para la Pediatría? Evidentemente lo son. La pediatría no es una especialidad en el sentido tradicional de la palabra, sino más bien una disciplina integradora que ve, estudia y atiende al hombre en su proceso de desarrollo. La pediatría es la medicina del desarrollo humano, y tiene por lo tanto un significado, un alcance y una proyección de enorme y múltiple trascendencia. El desarrollo humano es - y debe ser - el componente fundamental y principal del progreso social. Por más adelantos científicos que la inventiva humana nos muestre diariamente, sin desarrollo humano pleno, armónico e integral y sin que esos adelantos beneficien por igual a todos los hombres, no puede hablarse de un auténtico progreso social.
El pediatra es el profesional que está más próximo a los primeros momentos del ciclo de vida de cada ser humano y el que puede observar e intervenir en su proceso de crecimiento y desarrollo. El pediatra, comprendiendo el rol de la ciencia y del hombre en el progreso social, y de la medicina en el desarrollo humano, tiene el deber de aquilatar en el acto médico no sólo el alcance inmediato que pueda beneficiar al niño, sino que en cada niño que atienda tiene que ver al continuador de una generación humana, al realizador de un proyecto histórico humano. El pediatra pues, tiene en sus manos la posibilidad de proyectarse en el niño, en la familia, en la colectividad, en la sociedad, en su cultura, y no solo en el presente sino también y fundamentalmente en el futuro.
Pero el desarrollo humano se sustenta - o debería sustentarse - en la expresión plena de las potencialidades de cada uno de los miembros de la sociedad. Y ello implica la capacidad de transformarse a si mismo y transformar el entorno en beneficio del propio desarrollo. En este sentido el horizonte de la pediatría tiene que ser más vasto y amplio. Su comprensión de la salud y su quehacer no pueden quedar fijados en la labor recuperativa o rehabilitadora sino deberían tender a la actividad promocional y preventiva. No se trata de actuar sólo ante enfermedades o riesgos visibles para el desarrollo infantil, sino propiciar las mejores condiciones familiares y sociales para éste, y para el logro de una calidad de vida humana para el niño. Hoy se sabe que un óptimo desarrollo infantil - y eso es lo que el pediatra se propone - es más alcanzable cuando el soporte familiar y social son los mejores y más estimulantes para el niño, tanto desde el punto de vista de sus avances neuropsicológicos como de sus conquistas intelectuales y morales.
Las transformaciones que son el contenido del desarrollo infantil individual - refrendadas y sostenidas por la información genética - se manifiestan en secuencias definidas, identificables y evaluables por la observación científica. La pediatría deberá cimentar su observación en el conocimiento sólido de lo esencial de las distintas fases y expresiones de ese desarrollo, tanto para propiciar que ellas se manifiesten en el momento oportuno, como para detectar las perturbaciones que limitan su expresión e intervenir cuando ello lo demande. El pediatra es el profesional que debe tener un conocimiento amplio, completo y multilateral del desarrollo infantil. Su responsabilidad no se limita a la atención en la consulta o la hospitalización, sino se extiende a la conducción y orientación de personas, equipos y redes médico - sociales para promover el desarrollo integral del niño (9).
Para la pediatría es de particular importancia el concepto de que las sociedades humanas están estructuradas en su origen y evolución por una clase de información diferente y superior, el psiquismo consciente o humano. El desarrollo humano es en otras palabras la reproducción y reelaboración, en cada uno de sus miembros de acuerdo al contexto social en el que se desenvuelven, de ese psiquismo consciente (4). La personalidad no es más que la expresión individualizada y singular de ese psiquismo humano. La relevancia de la pediatría radica precisamente en que asiste, vigila, protege y promueve la formación de esa personalidad, procurando que tal proceso se desenvuelva en las condiciones más favorables a está: esto es, que en cada ser humano se reproduzcan las conductas, actitudes y valores genuinamente humanos. Desde esta óptica, el pediatra es un modelador de la personalidad y tiene que ser creativo para poner al alcance de los niños, la familia y la comunidad, pautas y modelos de convivencia saludables, constructivos y solidarios.
La promoción del desarrollo integral de niño implica el reconocimiento de la salud como un derecho universal e irrestricto, la defensa de la igualdad de oportunidades para todos los niños, la reformulación de la visión medicalizada e institucionalizada de la salud, significa asirse al punto de vista de la promoción de la vida. En tal sentido a los pediatras les compete la responsabilidad de contribuir a fomentar una cultura de la salud y el desarrollo. La pediatría deberá significar promoción de la vida, aliento y formación de estilos saludables de vida, actitud de cambio y defensa de la libertad y dignidad humanas. Y este rol de la pediatría es incompatible con todas las formas de explotación entre los hombres y pueblos del orbe, lo que sustenta su responsabilidad crítica ante las desigualdades e injusticias que se han acentuado en el mundo de hoy (10).
La pediatría no podría cumplir su rol de trascendencia ni siquiera un rol mínimo a favor del desarrollo infantil sin desplegar su esencia pedagógica. La pediatría educa. En pediatría se cumple muy bien el postulado de Jagger, la curación por la educación. El pediatra es un educador por excelencia. Siempre se dirige a los padres, a la comunidad y también al niño para mostrar los procedimientos y formas de prevenir la enfermedad, de lograr un adecuado crecimiento y desarrollo infantil. Es cierto que su formación actual no lo prepara para diseñar la educación del niño, pero al pediatra le corresponde de manera fundamental conducir de la mano al niño y contribuir a hacerlo hombre, enriquecer su formación y fomentar su realización dentro de la sociedad del futuro.
Hoy son muchas las voces que hablan del desarrollo infantil o del cuidado y protección de la niñez. También son muy numerosas las prácticas que se proyectan y se ejecutan según se dice en beneficio de la niñez. Pero muchas de esas voces y esas prácticas circunscriben su labor a aspectos puntuales circunstanciales y coyunturales del desarrollo infantil, y apelan a procedimientos de atención simplificados y de bajo costo que no siempre son los que la niñez requiere. Con lo cual no representan soluciones de fondo o adecuadas sino más bien medidas paliativas que eluden las respuestas fundamentales y que sin embargo pasan por efectivas y procedimientos valederos (10). Los pediatras debemos ser objetivos y rigurosos en la evaluación de tales prácticas y proponer las soluciones que el país y la niñez necesitan. Por su puesto que dentro de estás prácticas está la medicina generalmente deshumanizada y burocrática que hoy predomina en los hospitales.
Finalmente, al pediatra le compete ser inductor de una conducta ética activa al interior de la comunidad médica, de las sociedades científicas, de los niveles de decisión estatal sobre lo que se está haciendo o dejando de hacer por la niñez de nuestro país. La situación de la niñez en países como los nuestros es tremendamente dramática. A los males derivados de la pobreza y la estructuración social, se suman los de la mala atención de la salud publica. Sin embargo, hay pocas instituciones que dejan oír su voz en defensa de la salud y el desarrollo infantil. ¿Estamos los pediatras, como cuerpo profesional competente y autorizado, sintonizados, con ellos? ¿Se escucha nuestra voz de manera constante a favor de los niños, en apoyo a sus esfuerzos por conquistar la salud y una calidad de vida mejor?.
Es posible que aun creamos que ese no es el papel del pediatra, que solo nos atañe lo que vemos y hacemos en los hospitales, las clínicas o los consultorios. Pero el mundo de la niñez, con el cual está íntimamente vinculado nuestro quehacer, discurre ampliamente por otros campos y otros escenarios que requieren también de nuestra voz, nuestro consejo, nuestra presencia. El pediatra debe tener una formación académica muy consistente y cimentada en los actuales avances de las ciencias básicas, eso le permitirá desempeñar bien su trabajo ante el niño enfermo o sano, pero si tiene formación humanística e integral le permitirá comprender todo el panorama de la niñez y su evolución y lo sabrá enlazar a un destino y una meta históricos, muy humanos por cierto.
Estas son algunas reflexiones que sin dejar de reconocer el poco halagador panorama que le tocará vivir a la niñez en nuestro país y el mundo, intenta mostrar una alternativa esperanzadora, indicando la perspectiva de una tarea difícil pero hermosa, y que se identifica con la genuina tradición de humanismo presente desde el nacimiento de la medicina.
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* Pediatra,
Profesor Principal de la UNMSM.
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