El olvido está lleno de memoria. Juventud, universitaria y violencia política en el Perú: la matanza de estudiantes de La Cantuta. Sandoval López, Pablo G.

 


EXPLOSIÓN DE MEMORIAS: LA CANTUTA, LA APROPIACIÓN DE
UNA LUCHA CONTRA EL PRESENTE

 

"No obstante, cuando uno se acerca más y más
a la desnudez del mundo, llega al punto en que
el intelecto ya nada tiene que decir.
La palabra se convierte en grito de batalla,
y sólo constituye un sustituto imperfecto de la acción"

Czeslaw Milosz, El pensamiento cautivo


"La memoria intenta preservar el pasado
sólo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros.
Procuremos que la memoria colectiva sirva
para la liberación de los hombres y no para su sometimiento"

Jacques Le Goff, El orden de la memoria


Empezamos este trabajo reseñando los testimonios de dos estudiantes que expresaban su desacuerdo con el gobierno de Alberto Fujimori. Esta discrepancia, que se expande en los primeros meses del 2000, se desarrolla a través de sus memorias sobre la matanza de 1992, lo cual nos lleva a explorar las resignificaciones que una nueva generación de estudiantes produce sobre los hechos de La Cantuta, y de los complejos caminos que se anudan entre el pasado y el presente.

En efecto, desde el autogolpe de 1992, el régimen fujimorista mostró la intención explícita de construir una versión histórica de la violencia política y una "memoria salvadora" de la resolución de los conflictos. Los diversos actores políticos de esos años, no pudieron asimilar los acelerados acontecimientos políticos, los estudiantes entre ellos, ni mucho menos elaborar un marco interpretativo alternativo al del fujimorismo. El Estado, de manera creciente, iba edificando su explicación de la historia, ampliando el consenso de que su papel en la pacificación y la reconstrucción nacional eran únicos; consolidando su magma discursivo sobre la historia reciente. Como vimos páginas atrás, el Estado como artefacto cultural se va construyendo en la vida cotidiana, en complicidad con sus ciudadanos, en un juego de ida y vuelta por medio del cual se va configurando un marco y una narrativa hegemónica. En ese sentido, la sociedad post-violencia no podía liberarse del anclaje de memoria salvadora al que nos conducía el fujimorismo.

Después de la mayoritaria reelección de Alberto Fujimori en 1995; el Ejecutivo, amplios sectores del empresariado y la cúpula de las FFAA -la "camarilla" como lo denomina Grompone (2000)- empiezan a preparar e implementar rápidamente la continuidad del régimen autoritario. Un pista para entender esa premura sería que en el contexto de alta popularidad de Fujimori, los candidatos oficialistas a las elecciones municipales de 1996 hayan sido derrotados en las principales ciudades del país, principalmente en Lima, donde Jaime Yoshiyama, el delfín de Fujimori y su voceado sucesor, era derrotado por Alberto Andrade, entonces alcalde de Miraflores.

Ante esa eventualidad y con la certeza que los votos a Fujimori no eran endosables a otro candidato, en junio de 1996, Fujimori y todo el aparato estatal empiezan a planificar su segunda reelección. Para ello habían intervenido el Ministerio Público, el Poder Judicial y el Consejo de la Magistratura, con lo cual lograban influenciar en los miembros del Poder Electoral. La mayoría parlamentaria siguiendo la directiva del ejecutivo aprueba luego una "ley de interpretación auténtica" que le permitía postular a Fujimori, destituyendo para ello a tres miembros del Tribunal de Garantías Constitucionales, último bastión del Estado de Derecho, y única institución autorizada para impedir la inconstitucional re-reelección del 2000.
73

Inmediatamente después, miles de jóvenes universitarios invadieron las calles del centro de Lima protestando contra la violación del Estado de Derecho y el creciente autoritarismo, exigiendo al gobierno no manipular las leyes para mantenerse en el poder. En aquella ocasión, los discursos y consignas eran muy peculiares. Era común escuchar decir a los estudiantes que "no pertenecemos a ningún partido político", "no estamos manipulados por nadie", "no queremos hacer política, somos independientes", "nuestra organización es autónoma", "Somos estudiantes, no somos terroristas". Era una generación que protestaba bajo el paraguas de un claro discurso antipolítica y antipartidos, evidenciando las profundas huellas dejadas por el régimen hacia la actividad "política"; demonizando y estigmatizando cualquier acción colectiva que no pasara por el filtro mediatizador del Estado. Al mismo tiempo los estudiantes evitaban cualquier vinculación con la violencia senderista, que contribuyó a desmovilizar políticamente a la sociedad peruana. Muchas de las consignas estaban aún parametradas por los marcos hegemónicos de la "memoria salvadora". Pero surge de repente otra consigna que sintetizaría las nuevas sensibilidades estudiantiles: "¡Aquí, allá, el miedo se acabó!".

En efecto, la construcción social del miedo, muy bien administrada en los primeros cinco años del fujimorismo, hizo que se agudizara la imagen del terrorismo senderista como una monstruosidad literalmente inexplicable. Durante esos años el gobierno quiso, a través del uso del miedo, trastocar las representaciones sociales y subordinarlas a la opacidad del poder que pretendía naturalizar los excesos de un Estado cada vez más corrupto y transgresor. Si el temor es efectivamente condición y fundamento de toda sociedad, también se hace inevitable reconocer en él un instrumento específico de la política y el poder. En efecto, no hay duda que cada tiempo tiene sus miedos, y que la sociedad los asimila de una manera y las instituciones de otra. Ficticios o reales, los miedos sembrados contribuyen a dibujar el horizonte de una época y en la medida que se hacen cotidianos posibilitan la eficacia de las representaciones dominantes (Escalante 1990; Lechner 1998, Bauman 2001:67-72). Pero esta eficacia sólo fue posible hasta después de la reelección de Fujimori.

Con la masiva marcha de estudiantes en 1997, la movilización por el referéndum del Foro Democrático, la intervención al Canal 2 por las denuncias televisivas hechas a Montesinos y oficiales de las FFAA por sus vínculos con el narcotráfico y torturas a agentes del SIN, y la acentuada recesión y crisis del programa económico debido al gasto público en la campaña electoral de Fujimori en 1995, la "memoria salvadora" del Estado empezó a mostrar sus primeras grietas. De allí en adelante, estas arbitrariedades políticas, destinadas a la re-reelección inconstitucional de Fujimori en el 2000, no harían sino acelerar el resquebrajamiento de la certidumbre de que Fujimori- de la mano con su asesor Montesinos- eran los principales promotores de la paz y la estabilidad.

Los estudiantes no estuvieron ausentes en este proceso. Pero a diferencia de las marchas de 1996 y 1997, donde los estudiantes estaban desconectados de los reclamos por derechos humanos, y en concreto de la lucha de los familiares de La Cantuta en el 2000 el contexto y sus sensibilidades serían distintas. En primer lugar, la composición social de los estudiantes variaría. No eran principalmente los estudiantes de La Cantuta los que salían a las calles a reclamar a "sus muertos", como en 1996, sino también los de universidades privadas, muchos de ellos provenientes de los sectores medios y altos de Lima.

Si entendemos a la memoria como una construcción de sentidos vinculados al pasado, que provee sentidos de pertenencia y de identidad para orientar las prácticas presentes (Jelin 2001); podemos decir que los cambios políticos en el 2000, proporcionaron a los jóvenes universitarios el marco interpretativo para la construcción de una "memoria aleccionadora" sobre La Cantuta, que jugó en contrapunto con la confección de una nueva identidad política de los universitarios, en un momento de lucha política contra el fujimorismo. Además, si entendemos que las luchas por la memoria se dan siempre en el terreno público, sea este político, cultural o social, veremos que la memoria salvadora elaborada por el régimen, es decir ese consenso narrativo construido autoritariamente sobre la violencia política, se desestabilizaría, por los contradiscursos de los universitarios. Paulatinamente los "pactos" construidos desde el poder se verían cuestionados dando paso a pugnas por la memoria, a luchas por la memoria.

En efecto, en el primer quinquenio del gobierno de Fujimori, la "memoria salvadora" logró hacerse hegemónica en la sociedad, lo cual no negaba la existencia de otras memorias, pero las volvía marginales. Allí se ubican, por ejemplo, los recuerdos senderistas sobre La Cantuta, o los de los familiares que luchaban por justicia ante la impunidad. Sin embargo, al hacer crisis la narrativa estatal, empiezan a manifestarse nuevos sentidos del pasado, procesando los traumas que se pretendían imborrables: el miedo a la violencia. Así, en esa etapa de transición operaron entre los estudiantes nuevas identidades políticas, transfigurando sus matrices simbólicas, sus memorias y olvidos de la represión y la violencia de principios de los ´90.

"... teníamos varios años de silencio y de miedo porque antes nos decían que éramos terroristas. Hasta mis papás me decían que no me meta en política, que me mandan a la universidad a estudiar y no para la política. Y ahora me dicen, 'participa, organízate, lucha, no te chupes' y eso me hace más fácil participar en política en la universidad y recordar que 'la sangre derramada jamás será olvidada" (Pedro, 22 años, Derecho, Universidad Católica).

"Yo empecé a marchar desde 1998 cuando salí para protestar por el alza de las matrículas en La Cantuta, y yo sabía sobre la muerte de estudiantes hace años pero nunca me sentí ligado a esos hechos por distancia, y por roche
74 de que me digan que era 'terruco' de La Cantuta y si te dicen que eres terruco te fregaste porque eso pesa para que te clasifiquen o te miren con prejuicio ... recién ahora último con todo el alboroto de las elecciones y el despertar de las protestas populares... ahora siento que pertenezco a La Cantuta y tengo algo que reclamar al gobierno" (Julio, 21 años, estudiante de Literatura, La Cantuta).

A diferencia del concepto de "lugar de memoria"; que enfatiza el peso geo-cultural de ciertos espacios en la afirmación de recuerdos y subjetividades en pugna (Nora 1984), entre los universitarios no se reelaboran ni resignifican los recuerdos de La Cantuta desde un lugar o espacio de físico de memoria. No asisten a actos rituales como romerías, misas recordatorias, visitas a las tumbas. Las nuevos actos de memoria de los universitarios no pasarán necesariamente por su anclaje en "lugares", sino que se constituirán en hechos detonantes, productores de recuerdos, como los producidos por el rechazo a Vladimiro Montesinos, asesor de Inteligencia y principal autor intelectual de las violaciones a los DD.HH. durante el gobierno de Fujimori. En efecto, en la coyuntura electoral del 2000 el repudio generalizado al asesor presidencial logró articular y concentrar una serie de reclamos silenciados en los últimos años, pero que afloran ahora bajo otras voces, rostros y edades.

"...todos saben lo que ha hecho este señor cuando defendía a los narcotraficantes y que luego se mete con Fujimori para gobernar este país. Se ha dicho hasta el cansancio que él esta metido en el grupo Colina, que son los asesinos a sueldo de este régimen dictatorial... si todos nosotros salimos ahora en estas marchas es para exigir basta ya a la dictadura de Fujimori y Montesinos pero sobretodo de Montesinos, que es el mayor asesino y corrupto del Perú..." (Juan, 22 años, estudiante de Ciencias de Comunicación de la U. de Lima).

"Lo que queremos es democracia así a secas, democracia de verdad y que no se nos diga que Montesinos es el que nos trajo la paz ¡¿la paz?! Si este individuo tiene en su lista de muertos a mucha gente que defendía sus ideales, a mucha gente inocente, ahí están por ejemplo los estudiantes de La Cantuta asesinados por órdenes de este señor, ¿paz con este señor?. No lo creo" (Viviana, 19 años, estudiante de Medicina de la U. Cayetano Heredia)
75 .

De esta manera, esa coyuntura permitió sintetizar toda la violencia desatada entre 1990-2000 en la figura de Vladimiro Montesinos. Paradoja: quien, en palabras del mismo Fujimori, era el artífice intelectual de la pacificación, se convierte ahora en el obstáculo principal para su sustento. Así, Montesinos concentró todo el descontento contra el gobierno y sirve en ese contexto de detonante de memorias que quedaron relegadas en los últimos diez años, posibilitando la resignificación y apropiación del pasado en la lucha contra el autoritarismo presente
76. De ese modo, se van construyendo contra-memorias a la instituida por el poder.

Pero este nuevo escenario no hubiese sido posible sin el papel de transmisores de memoria cumplido por los medios de comunicación, que denuncian entre 1996-1997 simultáneamente a la destitución de los magistrados, las torturas del grupo Colina a las ex-agentes de inteligencia Leonor La Rosa y Mariela Barreto, además de las coimas pagadas por el narcotraficante Vaticano a Montesinos para el transporte de droga desde el Huallaga. Se recordaron asimismo los episodios a los que nos vimos expuestos hace algunos años con el caso La Cantuta.

En efecto, años atrás los medios al "poner en escena" durante varios meses de 1993, la excavación de las fosas y la recolección de huesos y cráneos calcinados, sirvieron de soporte en el 2000 para esta reconexión con el pasado. Al exponer en episodios, la reconstrucción de los asesinatos, los medios de comunicación generaron una conciencia, aunque débil en ese momento, de que "algo estaba mal", de que había "excesos" en el gobierno. Sin embargo, lo peculiar de este proceso es que la memoria de los estudiantes en el 2000 no se origina por la transmisión directa de recuerdos de los familiares, ni mucho menos por la transmisión de un recuerdo senderista, sino que la reapropiación de la matanza, al no pasar por esas instancias "mediadoras" -familiares y SL-, posibilitó (por los medios de comunicación) una mayor libertad para visibilizarse en la escena pública, evadiendo el estigma de ser acusados de terroristas o pro-senderistas
77.

Los estudiantes entonces, se conectan con el pasado y deciden "utilizarlo" como una estrategia de lucha contra el presente autoritario, construyendo una memoria de la matanza no sólo en solidaridad con las víctimas y sus familiares, sino también y posiblemente más en la medida en que les sirva para comprender situaciones nuevas, coyunturales; para realizar un balance del fujimorismo desde sus propias reflexiones y experiencias, advirtiendo que esos estudiantes "pudimos ser cualquiera de nosotros":

"¿Cómo es posible que se ensañaran tanto con ellos ¡calcinarlos y descuartizarlos! ¿para qué tanto? si ya estaban muertos. Y que tal si mañana me matan a mí, o a mi hermana, o cualquiera de mis amigos de la universidad... Si me preguntas qué es Fujimori para mí, te respondo muerte, mentira, impunidad y al final corrupción" (Carlos, 20 años, Ingenieria Industrial, U. Católica).

"Yo no recuerdo al pie de la letra cómo los mataron pero sí recuerdo que los descuartizaron y quemaron para que no puedan identificarlos y que al final esos asesinos salieron libres, porque Fujimori y Montesinos los dejaron libres. Y tal vez, de repente están ahora en las marchas, vigilando, chequeando, tratando de ver quiénes son los dirigentes para apuntarlos, pero aquí los dirigentes somos todos, no tenemos nombres propios..." (Vanessa, 20 años, Educación Primaria, U. San Marcos).

"Nosotros salimos a marchar porque queremos alzar nuestra voz de protesta ante las arbitrariedades de este gobierno, a la impunidad con que actúa, se moviliza. Para eso debemos tener conciencia de lo que paso en el gobierno de Fujimori... Debemos defender la democracia y aspirar por un Perú mejor, lejos de toda dictadura, un Perú con democracia... por eso gritamos en memoria de los estudiantes de La Cantuta porque eran estudiantes como nosotros, universitarios que luchaban por la verdad" (Mariella, 19 años, Derecho, Universidad de Lima).

De estos testimonios vemos que la memoria de los actuales estudiantes deja de ser privada y local, para convertirse en pública y colectiva, entretejiéndose con el recuerdo biologizado y monopolizado por los familiares, que desde 1995 luchaban por un nuevo juicio a los militares responsables de la matanza. En las romerías que realizan anualmente los familiares, portando pancartas con las fotos de las víctimas, vestidos de luto y con velas encendidas, pronuncian una serie de discursos exigiendo reparación y justicia. Cabe la pena resaltar el hecho de que las fotos de los estudiantes pegadas en las pancartas tratan de registrar simbólicamente la prueba de existencia de quienes ya no están físicamente. La fotografía crea la paradoja visual de un efecto de presencia de lo vivo que se encuentra a la vez negado por el poder, es decir, un registro de lo presente-ausente, una memoria técnica propiciada por la ambigüedad de su vida y muerte. Nelly Richard (2000) al referirse al proceso chileno dice: "Muchos de los retratos de las víctimas muestran al desaparecido en una pose cotidiana, fotografiado al azar de situaciones que formaban parte de una continuidad de vida bruscamente interrumpida por la violencia militar sin que nada en la pose indefensa, hiciera presagiar el corte homicida" (p. 217):

"No nos cansaremos nunca. Así pasen 100 años, seguiremos pidiendo que nos expliquen lo que pasó y por qué los mataron. También seguiremos batallando para que se sancione a todos los responsables, materiales e intelectuales" (Carlos Flores, hermano de Felipe Flores Chipana).

"Nunca los olvidaremos. Por eso hacemos la romería con nuestras familias y algunos estudiantes que nos acompañan tocando la música que a ellos les gustaba, con zampoña y sicuri. Porque queremos recordarlos con alegría y agradecer por los buenos momentos que compartimos con ellos" (Gisella Ortiz, hermana de Enrique Ortiz)
78.

Entonces, vemos que a pesar que estas dos memorias (la de familiares y la de estudiantes) coinciden en recordar un mismo "hecho duro", no logran establecer puentes de diálogo, o de manera muy minoritaria, en algunos actos rituales como las romerías o las misas recordatorias. Para los estudiantes "el pasado se convierte en principio de acción para el presente" (Todorov 2000). Para los familiares, por el contrario, se recupera el pasado de una manera literal. El suceso doloroso es preservado en su literalidad, permaneciendo desconectado con el de otros actores colectivos:

"¿Ahora quién resarcirá todo lo que hemos perdido?. ¿Cuándo lograremos conocer la verdad y por qué sucedió las cosas? Nunca podremos recuperar a nuestros familiares, a mi hijo, y luego de tantos años, hasta que me de las fuerzas vendré a recordar y a llorar a mi hijo que no pudo despedirse de mí, su madre..." (Raída Cóndor, madre de Amaro Cóndor)
79

Van Alphen (1999) al referirse a los recuerdos estéticos del holocausto nos habla de la "incapacidad semiótica" para representar hechos dolorosos y traumáticos del pasado. Esto nos ayudaría a pensar, matizando la propuesta, que para los familiares de La Cantuta esa incapacidad para elaborar una narrativa más colectiva y pública se debía a la inexistencia de espacios públicos de circulación de memorias (necesarias para la elaboración del trauma) haciendo de la experiencia del dolor un ritual permanente. Pero además a que no tienen el "suficiente" capital simbólico para hacerlo.
80 En su gran mayoría los familiares son de procedencia rural andina o son migrantes pobres, y cargan consigo el estigma de ser un "serrano", "cholo" o migrante, en una sociedad donde el racismo y las brechas étnicas-regionales contribuyeron a profundizar la deshumanización de las víctimas por la violencia política. Los estudiantes universitarios del 2000, por el contrario, en su gran mayoría de universidades particulares, pertenecientes a la parte urbano-blanca del país, y por su propia socialización y experiencia urbanas sí tendrían ese capital cultural y simbólico que les facilitaría producir marcos narrativos más amplios, haciendo posible la constitución de la palabra (discurso) legítima que les permite reinterpretar y negociar el sentido de sus acciones sobre la matanza de La Cantuta.81

Por debajo de esta desconexión de memorias se encuentran las históricas brechas étnicas, regionales, de clase y de género que atraviesan el conjunto de la sociedad peruana. Entonces, si para los familiares el asesinato de los suyos es una herida abierta que exige justicia y reparación penal: una memoria literal; para los estudiantes movilizados en la coyuntura del 2000, La Cantuta significa más bien una reinterpretación histórica de los años de fujimorismo, realizado en una coyuntura específica. Esta operación, o uso de la memoria, se realiza además bajo una lectura desideoligizada del pasado.

Los sucesos de La Cantuta pasaron de ser un episodio conflictivo y confuso (pues la imagen difundida por el gobierno fue que los estudiantes eran terroristas, o en todo caso apologistas de Sendero)
82, a un hecho de asesinato y genocidio estatal, recontextualizando el desarrollo de los acontecimientos y borrando el papel de los grupos subversivos en ese contexto de violencia. Se da la transfiguración iconográfica de las víctimas. El tránsito de ser estudiantes radicales sospechosos de terrorismo a héroes luchadores por justicia, paz y verdad.83

"Llamamos a salir a las calles en contra de la dictadura fujimorista asesina de nuestros hermanos de La Cantuta, nuestros héroes universitarios víctimas de las balas asesinas de Fujimori-Montesinos que pretendían acallar nuestra lucha por justicia y libertad"
84

"¿Sabes qué día es hoy? Hace ocho años, un día como hoy, asesinaron a nueve estudiantes y un profesor de la universidad La Cantuta por defender los derechos del pueblo y gritar su desacuerdo contra la dictadura de Fujimori. Organicémonos y luchemos por nuestra libertad y recordemos a nuestros hermanos cantuteños asesinados hace ocho años"
85
   
"Con su muerte quisieron apagar la hoguera de nuestra lucha; lo único que lograron fue hacerla arder mucho más luminosa... Recordemos a nuestros compañeros desaparecidos que defendían denodadamente nuestros justos derechos ante la actitud abusiva, prepotente de las autoridades gubernamentales y universitarias"
86

"En nombre de la coordinadora Cantuta Unida, saludamos a los 'Mártires de La Cantuta' y reafirmamos nuestro compromiso con la democracia y con el espíritu crítico que nos ha caracterizado y nos caracteriza a seguir el apostolado de maestros que creyeron nuestros hermanos que hoy yacen descansando en el sueño de los justos"
87

Entonces, las actuales "memorias" se convierten en punto de encuentro de múltiples subjetividades, favorecidos por la búsqueda mayor de la sociedad por dignidad, justicia y libertad en un momento de crisis política, que posibilita la refundación del país y la política: "recordar para no repetir".

Tanto para Bal (1999) como para Todorov (2000), la memoria narrativa (no literal) se diferencia de la traumática por el hecho de que, mientras la primera elabora narraciones que tienden a ordenar el pasado en una secuencia de eventos y/o explicaciones más o menos coherentes; en la segunda se trata de presencias inconscientes, dramáticas y discursivas, sin una elaboración amplia de lo ocurrido. Los eventos se resisten a una elaboración narrativa más amplia, y por esta vía se estancan en la memoria literal, imposibilitando su actualidad emotiva haciendo "del acontecimiento pasado algo insuperable, y al fin de cuentas sometiendo el presente al pasado" (Todorov 2000:29).

Los estudiantes que ahora recuerdan los sucesos de La Cantuta no manifiestan esa "incapacidad semiótica" de la que nos habla Van Alphen. Ellos sí tienen la capacidad de elaborar y manipular narrativas y discursos, pues al no experimentar esa dimensión biológica del trauma, pueden trasladarse al pasado sin mayores tensiones, en su dimensión expresiva, ética y solidaria, y también instrumental, que les sirvió de emblema de lucha contra el autoritarismo fujimorista.

En suma, el paulatino deterioro del régimen fujimorista desde 1996 hasta la álgida coyuntura del 2000, proporcionaron aperturas políticas en la esfera pública posibilitando la incorporación de discursos y narrativas hasta entonces estigmatizadas y/o silenciadas por la "memoria salvadora" del régimen. Esto demuestra que le hegemonía del discurso dominante, en este caso estatal, es cambiante, afirmando por un lado su carácter histórico y por lo tanto contingente; y por otro, que la hegemonía estatal se da en íntima interacción con la sociedad que la legitima bajo condiciones históricas particulares. Es decir, estas coyunturas políticas de apertura demuestran "que los procesos de olvido y recuerdo no responden simple y lineal o directamente al paso del tiempo cronológico" (Jelin 2002:43). Por el contrario, son momentos donde se van estructurando y seleccionando nuevos relatos del pasado, muchas veces en pugna y que se articulan con proyectos y expectativas políticas hacia el futuro.

 


73En esa coyuntura, el Foro Democrático logró recolectar un millón y medio de firmas equivalentes al 10% del padrón electoral, para solicitar al congreso la convocatoria y someter a un referéndum la "ley de interpretación auténtica". Pero el oficialismo en el congreso desestimo este pedido. Para una mayor descripción y análisis de esta coyuntura, véase, Bowen (2000), Degregori (2000).

74Vergüenza.

75Estas dos universidades son exclusivas universidades privadas de Lima.

76En las primeras semanas de octubre del 2000 se difundieron varios reportajes televisivos sobre el caso Barrios Altos, La Cantuta y aparecieron múltiples denuncias de asesinatos del grupo Colina, entre ellos el del dirigente sindical Pedro Huillca, en 1992, en las cuales se mostraban la relación entre Vladimiro Montesinos y el grupo Colina. En una entrevista radial concedida desde la clandestinidad, Montesinos declaró que él no tiene nada que ver con los asesinatos y violaciones de los derechos humanos. Por el contrario, argumenta que su papel en el gobierno era preservar los DD.HH. y que "sólo Dios es el único con el derecho de quitar la vida a los hombres". (Radio Programas 28-10-2000, reproducido en La República 29-10-2000).

77Entender el papel cumplido por los medios de comunicación durante el fujimorismo es clave pues se convirtieron en la punta de lanza en la legitimación del régimen autoritario. Guillermo Nugent ha señalado con acierto de que se trataba de una "hacienda televisiva", por su parte Carlos Iván Degregori agrega que uno de los factores que utilizo Fujimori para contrarrestar la ausencia de un partido gobiernista y las críticas de la oposición fue el carácter mediático de su liderazgo. "En el Perú, la desaparición de la política de la palabra ha llevado a una situación en la cual, ante la imposibilidad de identificarse con instituciones o programas, la principal identificación de un importante sector es con este personaje metapolítico y mediático que es el presidente" (Degregori 2001:112). Los medios de comunicación controlados, con ritmos distintos en los últimos diez años, sirvieron para posicionar la "memoria salvadora", por ello el peligro en que se vieran, en la segunda mitad de los noventa, denuncias televisivas por violación a los derechos humanos. Lo oculto se revelaba.

78Extractos de los discursos pronunciados en la romería del año 2000, en el cementerio El Angel.

79Extracto del discurso pronunciado en la romería del 2000.

80Utilizamos aquí la noción de capital cultural propuesta por Bourdieu (1991).

81Bourdieu dice al respecto: "Un lenguaje legítimo es un lenguaje con formas fonológicas y sintácticas legítimas, es decir, un lenguaje que responda a los criterios habituales de la gramaticalidad y que diga constantemente, además de lo que dice, que lo dice bien. Y que, de esta manera, haga creer que lo que dice es verdad: ésta es una de las formas fundamentales de hacer pasar lo falso por verdadero. Uno de los efectos políticos del lenguaje dominante es éste: 'lo dice bien, por tanto es posible que sea verdad'" (Bourdieu 2000:104).

82En realidad, los estudiantes pertenecían a la izquierda radical, tal vez cercanos a Sendero, pero esta dimensión ideológica se borra.

83En las numerosas marchas universitarias del 2000 pude conversar con muchos estudiantes de universidades privadas y nacionales, quienes manifestaban, por ejemplo, que los estudiantes de La Cantuta y el desaparecido estudiante de la universidad Católica Ernesto Castillo Paez, nunca había participado ni involucrado en la política universitaria. Asimismo, en agosto del 2000, un grupo de universitarios de la PUCP, la U. de Lima, la Cayetano Heredia y U. del Pacífico realizaron una marcha frente al edificio del Ministerio de Defensa. Muchos de ellos/as llevaban en sus pechos las fotos de los estudiantes de La Cantuta, de los asesinados en un quinta en Barrios Altos, de Ernesto Castillo Paez, de los desaparecidos en la U. del Centro. Como en el caso anterior muchos desconocían la "historia" y el contexto de esas desapariciones, argumentando que los recordaban para no olvidar a quienes lucharon por la democracia, la justicia y el estado de derecho en el Perú.

84Volante del grupo Juventud Popular, convocando para la Marcha de los 4 Suyos.

85Pinta en un mural de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

86Volante del Círculo de Estudios Interdisciplinarios. El volante titula: "Honor y gloria a los Mártires de La Cantuta. La sangre derramada jamás será olvidada".

87Volante de la Coordinadora Estudiantil Cantuta Unida: ¡No a la violación de los derechos humanos!

 



Contenido Relación por área Relación por autor