Escritura y Pensamiento   Nº 1, 1998

Carlos García-Bedoya M.

Sobre generaciones e historia literaria
(a propósito de un libro de Alberto Varillas)
1 

La literatura peruana del siglo XIX. Periodificación y caracterización2 , de Alberto Varillas Montenegro, se propone como un esfuerzo de ordenación del material literario peruano del siglo pasado, con la finalidad de ofrecer un esquema de base a futuras historias literarias de esa etapa. Por ello se aboca a formular una periodización (o periodificación, como prefiere el autor), a su entender innovadora, de la literatura decimonónica peruana. Dicha periodización la organiza en base a la teoría de las generaciones.

El libro consta de tres capítulos. En el primero, se presenta el método histórico de las generaciones. Aquí Varillas se apoya en las reflexiones de Ortega y Gasset, y más aún en los desarrollos que en base a las ideas orteguianas elaboró su discípulo Julián Marías. Sobre ese tronco central, injerta algunos aportes de Julius Petersen, en especial lo referente a los factores que determinan la configuración de una generación: coetaneidad, formación similar, experiencia generacional común, liderazgo, etc. Varillas revisa rápidamente los diversos planteamientos formulados sobre la teoría de las generaciones, concluyendo que los más consistentes son los propugnados por Ortega-Marías. Asume por consiguiente que las generaciones se suceden cada quince años, y que para establecer las fechas correspondientes a una determinada generación hay que estudiar toda la serie de generaciones a lo largo de un periodo prolongado. Para aplicar estos criterios a la literatura peruana del XIX, intenta establecer una lista de algunos acontecimientos históricos fundamentales del siglo pasado (que, curiosamente, se suceden aproximadamente cada quince años). En seguida busca los años en que consensualmente la crítica detecta el surgimiento de una nueva generación: tal es el caso de los años 1848-51, cuando iniciaría su actuación la generación de la bohemia romántica. En base a tales hitos, y afinando progresivamente la cronología, llega a establecer como generaciones activas en el XIX a las conformadas por los nacidos entre 1762-1776, 1777-1791, 1792-1806, 1807-1821, 1822-1836, 1837-1851, y 1852-1866.

En el capítulo segundo pasa revista a las propuestas de periodificación de la literatura peruana del siglo XIX, incluyendo algunas propuestas que abarcan toda la literatura hispanoamericana. Destacan, entre las numerosas propuestas que examina, las de Riva Agüero, Sánchez, Tamayo, Anderson Imbert y Arrom. Concluye apuntando las limitaciones que evidencian las propuestas estudiadas.

El tercer capítulo presenta la periodización propiamente dicha, examinando sucesivamente a las distintas generaciones anteriormente establecidas. Al abordar a cada generación, sigue el siguiente esquema: establece las fechas de las distintas fases que atraviesa (niñez, juventud, iniciación, predominio, vejez); enumera luego un listado de los integrantes de la generación, incluyendo dos cuadros, uno que sintetiza la trayectoria biográfica y el otro la obra de los integrantes del grupo; analiza los elementos formativos comunes, incidiendo en aspectos como lugares de estudio, actividades profesionales, etc.; examina después las relaciones personales que se dieron o pudieron darse (frecuentemente la información disponible no es muy completa) entre los diversos integrantes; se discute luego la existencia de un posible liderazgo dentro de la generación; en seguida se aborda la experiencia generacional común, es decir algún acontecimiento o proceso histórico que marcó decisivamente al grupo; examina luego las relaciones con generaciones precedentes o posteriores; finalmente se analiza la producción literaria de la generación, aquilatándose su importancia y su aporte (se incluye aquí dos cuadros, que resumen la producción dramática y la novelística de los autores de la generación; no se hace lo propio con la producción lírica por considerarse que ésta es demasiado vasta y dispersa). Siguiendo este esquema, se presenta sucesivamente a cada una de las generaciones actuantes en el XIX peruano. Como apéndices se incluye un cuadro de los integrantes de la generación 1867-1881, y otro que sintetiza una propuesta de aplicación del método generacional a la literatura del presente siglo.

Esta sucinta descripción del trabajo permite evidenciar algunos méritos. Se trata de un útil texto de referencia, que sistematiza y ordena una vasta información. Se atiene además rigurosamente (tal vez con exceso de rigor) al método por el que ha optado, tomando algunas opciones que parecen consistentes, como el asumir el plazo de quince años como intervalo entre generación y generación (siguiendo en esto a Ortega y Marías), y no el de treinta años, propuesto por otros autores como Petersen o Arrom. Sin embargo, saltan también a la vista serias limitaciones. En especial perjudica al libro el presentarse como obra innovadora, cuando es obvio que se trata de un trabajo epigonal de enfoques ya superados, aunque no deja de ser cierto, como afirma Varillas, que es el primer intento serio de aplicar el método de las generaciones a la historia literaria peruana. Lamentablemente, una vez más en los estudios literarios peruanos, demasiado poco y demasiado tarde. Una obra publicada en la última década del siglo XX no puede tener pretensión de novedad si su marco teórico es el método generacional.

La teoría de las generaciones se basa en enunciados hoy radicalmente inaceptables, como el siguiente: "La generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia"3 . Afirmaciones de esta naturaleza implican una sobrevaloración evidente del concepto de generación y su poder explicativo en el campo de la historia, pues Ortega y Gasset, y tras él Marías y Varillas, no restringen su validez a la sola historia literaria, sino a la historia de la cultura en general, o incluso a la historia a secas. Trabajar en el campo de la historia literaria requiere un mínimo conocimiento de una disciplina conexa, como la historia general. Existen diversidad de enfoques historiográficos vigentes en la actualidad, pero sin duda ninguno de ellos asignaría un importancia tan relevante a la categoría generación.

Para limitarnos al campo de la historia literaria: vincular la producción de un autor con su marco generacional nos ayudará mucho menos a entenderla que, por ejemplo, relacionarla con determinados procesos sociales, grupos sociales, ideologías, corrientes de pensamiento, tendencias literarias o géneros literarios. Cuando confrontamos las divergencias entre las obras de autores pertenecientes a una misma generación, comprobamos las insuficiencias de esta categoría. Veamos algunos ejemplos tomados de la propia periodización generacional de Varillas: Luis Benjamín Cisneros y González Prada aparecen en la misma generación, la de los nacidos entre 1837 y 1851. Sin embargo, las afinidades de Cisneros son mucho mayores con escritores de la generación precedente, como Palma o Salaverry, y las de González Prada con escritores de la generación posterior, como Clorinda Matto o Abelardo Gamarra. Una periodización basada en las generaciones no hace mucho para explicar esos desfases. En cambio, el atender a procesos sociales, o incluso a conceptos tan tradicionales como escuelas o corrientes literarias enriquecerá mucho más nuestra capacidad de comprensión histórica. Generación pues es una categoría historiográfica de importancia muy secundaria, y en modo alguno la respuesta a un problema tan complejo como el de la periodización. Frente a un esquematismo biologista tan mecánico, incluso la tradicional periodización por escuelas o corrientes literarias (costumbrismo, romanticismo, etc.) resultaría preferible.

En otro lugar me he preocupado por discutir seriamente las implicancias teóricas de una periodización literaria4.   Baste por ahora señalar que la sobrevaloración historiográfica de las generaciones es un remanente del biologismo positivista, remozado con el discurso del vitalismo filosófico orteguiano. La alternancia biológica de las generaciones no puede en modo alguno determinar los procesos culturales. No es casual que uno de los primeros en reflexionar seriamente sobre las generaciones (lo señala el propio Varillas) fuera Auguste Comte, el fundador del positivismo. Y es harto conocido el papel de ciencia piloto que para el positivismo desempeñaba la biología. Aplicados al campo de la cultura, estos enfoques dieron lugar a visiones de procesos culturales en tanto sucesión de fases de juventud, de madurez y de vejez, o como conflictivos relevos generacionales. Se trata pues de ópticas que han envejecido irremediablemente. Esto no debe llevar de modo necesario a desechar completamente el concepto de generación. Creo que puede tener alguna utilidad si no se sobrevalora su importancia. En particular es un útil sistema para clasificar escritores en etapas recientes, cuando la falta de perspectiva impide distinguir adecuadamente las diversas orientaciones y proponer clasificaciones más finas y productivas. Generación es en todo caso una categoría más descriptiva que teórica.

Pero a la teoría generacional no sólo se le puede reprochar el sobrevalorar el peso historiográfico de la noción de generación. También desde la perspectiva de la teoría literaria moderna se patentiza su inconsistencia. El método histórico de las generaciones aplicado a la historia literaria implica una visión de la literatura cuyo centro sigue siendo la noción de autor. La periodización de Varillas se organiza agrupando a los autores dentro de la generación que les corresponde. La historia literaria sigue siendo centralmente una historia de los autores, en gran medida según el clásico modelo de «vida y obra». Casi toda la teoría literaria del siglo XX, en reacción contra el positivismo y contra el culto romántico de los grandes hombres, ha sido un esfuerzo por relativizar la importancia de la noción de autor, planteando incluso en los casos más extremos excluir al autor de los estudios literarios. Ya sea desde los inmanen-tismos textualistas, desde los distintos sociologismos, o desde el énfasis en el lector de las teorías de la recepción, la teoría literaria contemporánea ha librado un combate implacable contra la "falacia autorial". A este largo esfuerzo parece completamente ajeno Varillas.

Pero además de su indudable arcaísmo, la teoría de las generaciones evidencia limitaciones prácticas evidentes. Esta fórmula periodológica mágica, con su matemática regularidad de quince años, resulta totalmente inoperante al enfrentarse a etapas más lejanas del quehacer humano, cuando comienzan a faltar fechas precisas de nacimiento de los autores. Y no será necesario remontarse a la edad media, ya la literatura colonial peruana plantearía escollos insalvables: ¿a qué generación pertenece Juan de Espinosa Medrano, sobre cuya fecha de nacimiento aún no hay acuerdo? En el mejor de los casos, el método vería restringida su operatividad a los periodos más recientes. Caería por sus bases la posibilidad de hacer historia de estas etapas más distantes en el tiempo, puesto que si la generación fuera el concepto más importante de la historia, las posibles historias coloniales o medievales se verían considerablemente problematizadas en su armazón periodológico. Sin necesariamente tener que prescindir del autor en los estudios de historia literaria, es evidente que desde cualquier perspectiva actualmente vigente, el autor no puede ya ocupar la posición de categoría central y básica, habrá por lo menos que relativizar su importancia, y en consecuencia la generación como conjunto de autores no puede funcionar como unidad periodológica. Pero no solamente en historia literaria: hace mucho tiempo que la historia en general ha dejado de ser la historia de los grandes hombres.

El libro de Varillas es una evidencia más del grave retraso crónico que sigue afectando a la historia literaria peruana, aún en buena medida prisionera, a fines del siglo XX, de parámetros teóricos positivistas, en gran parte por responsabilidad de Luis Alberto Sánchez y Augusto Tamayo Vargas, cuyas obras siguen siendo en la actualidad los únicos panoramas de conjunto de nuestra literatura. Ya en su momento, La literatura peruana, de Sánchez (cuya primera versión completa fue publicada en 1951) resultaba teóricamente arcaica, organizada en base a las clásicas categorías positivistas de hombre, medio y momento5.  El trabajo de Varillas, publicado en 1992, tampoco alcanza a liberarse de esos persistentes rezagos positivistas. Su desactualización no sólo se evidencia al nivel del marco teórico: también puede constatarse en otros aspectos.

El capítulo 2, que revisa las propuestas de periodificación de la literatura del siglo XIX, examina trabajos publicados hasta 1963 (con una única excepción y algunas brevísimas referencias en notas a pie de página, que luego comentaremos). La última propuesta que revisa y que se incluye en el cuadro final que resume las propuestas examinadas, es el libro de José Juan Arrom, Esquema generacional de las letras hispanoamericanas, publicado justamente en 1963. Varillas parece incluso desconocer los trabajos de Cedomil Goic, quien también suele recurrir al método de las generaciones, pero cuyos libros son posteriores6.  Al parecer, el libro tomó muchos años a Varillas, y lo referente al marco teórico y las propuestas periodológicas se trabajó hasta alrededor de mediados de los años 60, dedicando los años siguientes a acopiar y ordenar el material vinculado a las distintas generaciones estudiadas.

Esto podría ayudarnos a entender la poca importancia asignada a trabajos más recientes, que son justamente aquellos que más contribuyen a intentar renovar la rezagada historia literaria peruana. Me refiero en particular a las historias de la literatura republicana publicadas por Antonio Cornejo Polar y Washington Delgado, ambas en 19807.  Estos trabajos, aunque restringidos a la etapa republicana, evidencian estar mucho más al tanto de los recientes desarrollos teóricos e historiográficos. Sin embargo, apenas merecen de Varillas brevísimas menciones en notas a pie de página (pp. 79-80), obviamente agregadas a último momento para salvar gruesas omisiones. Pero intuyo que no sólo razones cronológicas explican el lugar tan secundario que esos importantes trabajos ocupan en el libro de Varillas. Parecen también haber razones un tanto "ideológicas" para su postergación. Dos indicios tienden a reforzar esta hipótesis.

El primero: mencioné que, salvo una excepción, las propuestas de periodificación revisadas llegaban sólo hasta el año 1963. La excepción la constituye mi ya mencionado libro Para una periodización de la literatura peruana, publicado en 1990, al que Varillas descarta prejuiciosamente (y que no incluye en el cuadro de síntesis final ¿también de 1963?), arguyendo que las afirmaciones que cita respecto a la literatura peruana del XIX constituyen sólo generalizaciones excesivas. Deliberadamente oculta Varillas que ese libro está dedicado centralmente a discutir teóricamente el problema de la periodización de la literatura peruana, y que solamente en el capítulo final se adelanta una propuesta de periodización que, por su brevedad, no es más que un esquema de trabajo, y por lo tanto está obligada a moverse en el campo de lo general. El descartar precipitadamente mi trabajo le ahorra a Varillas asumir un debate teórico donde saldrían sin duda a luz sus prejuicios conservadores.

El segundo indicio que anuncié más arriba confirma estas suposiciones: el gran ausente en la revisión de las propuestas de periodificación de la literatura peruana es nada menos que José Carlos Mariátegui, quien merece de Varillas apenas siete líneas en nota a pie de página, que terminan con la siguiente afirmación: "No interesa tampoco al ilustre sociólogo peruano detenerse a estudiar la periodificación de nuestra literatura" (p. 78). Es una hábil argucia polémica descalificar a Mariátegui denominándolo "ilustre sociólogo", cuando Mariátegui dedicó más de la mitad de su obra a asuntos literarios y culturales, incluyendo el séptimo de sus famosos ensayos, que no por casualidad es el más extenso de todos. Así una vez más consigue librarse Varillas de los inevitables problemas teóricos con los que lo hubiera enfrentado una seria discusión de la propuesta mariateguiana. Porque, exactamente al contrario de lo que afirma Varillas, a Mariátegui sí le interesa el problema de la periodización, y sus reflexiones sobre el tema siguen siendo las más productivas para el debate periodológico en el Perú: aún sin necesariamente asumir su propuesta, es evidente que ella nos enfrenta con varios de los problemas que hacen especialmente compleja la historia literaria peruana. No parece pues casual que los diversos trabajos que descarta apresuradamente Varillas (los de Mariátegui, Cornejo Polar, Delgado y el mío propio) evidencien visiones críticas de la realidad social peruana, situadas en las antípodas de la de Varillas. Lo confirma, si hiciera falta, uno de esos pequeños deslices que desnudan una visión sesgada de la historia peruana: al referirse al coloniaje, no puede dejar Varillas de mencionar "La paz bucólica de los años virreynales (sic)" (p. 13). Huelgan comentarios.

Además de los reparos teóricos ya señalados, vale la pena apuntar también que la teoría generacional de Ortega-Marías es asumida por Varillas de manera demasiado acrítica. En primer lugar, no se examinan otros posibles acercamientos teóricos al problema de la periodización, adoptándose como una fácil panacea el método histórico de las generaciones. Pero, en segundo lugar, tampoco se discute seriamente las objeciones que se podría formular a las teorías de Ortega y Marías. Se cita en varias oportunidades el libro de Pedro Laín Entralgo, Las generaciones en la historia, donde se formulan agudos reparos a las teorías de Ortega y Gasset: en especial afirma Laín Entralgo que la generación no es una categoría fundamental para el análisis histórico. Varillas no refuta esos asertos y se aferra a rajatabla a las opiniones de Ortega y Marías. Tampoco discute el problema de la duración de una generación o el lapso de años en que nacen los integrantes de un grupo generacional. Petersen y Arrom (autor este último muy respetado por Varillas) proponen generaciones que abarcan treinta años, pero Varillas se adhiera a la propuesta de Ortega y Marías, que prefieren un plazo de quince años. Si bien las razones aducidas por Marías parecen consistentes, el hecho es que Varillas no afronta la discusión y simplemente asume una opción, una vez más la de Ortega-Marías.

Aún en la manera de aplicar el método propuesto por esos autores peca Varillas de excesiva rigidez. Fija, con criterios no del todo claros, la franja de años de nacimiento de los integrantes de cada generación: cada generación tiene límites tajantes, la integran únicamente los nacidos en un lapso de quince años. Las barreras cronológicas entre las generaciones se hacen infranqueables, y si recordamos que Varillas, siguiendo a Ortega y Marías, considera la generación el concepto histórico fundamental, tenemos que la historia estaría regida por una extraña ley numérica: los intervalos de quince años. Así, los propios acontecimientos fundamentales de la historia peruana del XIX se suceden cada quince años: llegada de Abascal (1806); Independencia (1820-21); Confederación peruano-boliviana (1835-36); transmisión del mando de Castilla a Echenique (1851); guerra con España (1865-66); guerra del Pacífico (1879-1881); entrada de Piérola a Lima (1895). ¡Extraña visión de la historia, regida por leyes matemático-biológicas, y no configurada por procesos sociales! Además, es evidente que la selección de acontecimientos fundamentales adolece de arbitrariedad, para adecuarse a la famosa ley del quince: creo que en lugar de la asunción de Abascal o Echenique se hubiera podido seleccionar algún otro acontecimiento de mayor relevancia; ello sin embargo habría perturbado el armónico ordenamiento numérico (rayano en verdadera superstición numerológica).

Otros adeptos de la teoría generacional son en cambio más flexibles que Varillas en su aplicación. Arrom por ejemplo considera que el límite generacional no puede ser rígido, y que hay autores que por su precocidad o su tardío florecimiento se incorporan a una generación que no es la que parecería coresponderles. La rigidez de Varillas es visible en algunos casos de modo notorio: Luis Benjamín Cisneros no pertenece a la generación de la bohemia romántica, que incluye a los nacidos entre 1822 y 1836, pues nació en 1837; ni siquiera se permite un año de flexibilidad, y no faltan sesudas consideraciones para justificar la inclusión de Cisneros en la generación posterior, la de los nacidos en 1837-1851, junto con González Prada y Mercedes Cabello de Carbonera. Esta rigidez se evidencia aún más en su propuesta de periodización generacional para el siglo XX, donde separa en dos a los escritores tradicionalmente identificados con la generación del 50: así Alejandro Romualdo aparece en la generación de los nacidos entre 1912 y 1926, mientras Washington Delgado o Manuel Scorza integran la siguiente, la de los nacidos entre 1927/1942 (aquí por única vez Varillas le da un año más de duración a la generación, presumiblemente para incluir a los nacidos en el último año, 1942, como Heraud o Antonio Cisneros). Incluso el tomar el siglo como unidad historiográfica resulta muy discutible, y desnuda una vez más las aficiones de Varillas a las fáciles regularidades numéricas. Aún aceptando sus opciones teóricas, resulta exagerada la rigidez con que procede, resultado tal vez de largos años de ejercicio en cargos burocrático-administrativos.

Además de los intangibles límites cronológicos, Varillas adopta una visión demasiado homogenizadora de las generaciones, sin preocuparse por examinar sus contradicciones internas. Esto lo lleva a ignorar la coexistencia y superposición conflictiva de diversas corrientes o secuencias literarias en un mismo lapso temporal. Si se asume una visión dinámica de la vida literaria, no resultarán pertinentes preguntas como las que se plantea Varillas: ¿cuándo exactamente surge el romanticismo? ¿en 1848?; o ¿cuándo termina el costumbrismo? ¿en 1851? (véase p. 43). La realidad es que estas corrientes (u otras muchas) se desenvolvieron simultáneamente y que la huella de ambas puede resultar visible incluso en la obra de un mismo autor. Este tipo de consideraciones son las que intenté sintetizar en las páginas de mi libro que a Varillas le resultan tan generales, pero donde al menos queda clara esta relación conflictiva que configura el tejido de la literatura peruana8. 

Finalmente, para terminar con este comentario que ya se ha extendido demasiado, algunas observaciones de detalle, pero que no dejan de tener su importancia, sobre todo si recordamos que el mayor aporte del libro de Varillas radicaría en presentarnos organizadamente un vasto material informativo. Señalo en primer lugar algunas omisiones, tal vez debidas al desconocimiento de las fechas precisas de nacimiento de ciertos autores, lo que impediría su inclusión en el respectivo compartimiento generacional. No se mencionan a figuras de algún relieve, como Justo Apu Sahuaraura, el ilustre cuzqueño que tanto trabajó por la preservación de los manuscritos del teatro quechua colonial; tampoco al igualmente cuzqueño José Palacios Valdez, director de la revista El museo erudito, donde aparecen los primeros comentarios publicados sobre el texto y la leyenda de Ollantay; no aparece en ninguna generación, a pesar de citársele en varias oportunidades, José Manuel Valdez y Palacios, considerado autor del primer cuadro histórico del proceso cultural peruano. Tampoco se mencionan, tal vez por error de edición, las novelas Bolívar y Mercedes, de Pedro Dávalos y Lissón9.  En todo caso, Varillas parece ignorar que Bolívar es una novela y no una obra de historia, pues no la incluye en el cuadro resumen de la producción novelística de la generación 1852/1866, en el que falta también la novela San Martín, del propio Dávalos (ambas son novelas históricas, al modo de los Episodios nacionales de Pérez Galdós).

Estas pocas omisiones, detectadas por alguien que no es especialista en el siglo XIX (podrían haber más), limitan el aporte de la obra incluso en el plano meramente informativo. Si agregamos una buena cantidad de erratas, que afectan a veces datos importantes para la organización de la obra, como son las fechas, el problema se agrava. Una institución solvente como la Universidad Católica debería prestar más atención al cuidado de sus ediciones. Añado un grave defecto que espero sea responsabilidad de los encargados del cuidado de la edición: casi siempre se presentan las referencias bibliográficas de manera errónea, que induce a confusión. Si bien es cierto que existen diversas modalidades aceptadas en el mundo académico, ninguna de ellas permite que se pueda confundir el título de un libro con el de un artículo; en la obra de Varillas, casi siempre los títulos de artículos van en cursivas y sin comillas, al igual que los títulos de libros, lo cual no sólo confunde al lector, sino revela también poco profesionalismo, o del autor o de los correctores.

El trabajo adolece pues de importantes limitaciones teóricas, además de fallas más puntuales. Si el lector lo aborda con plena conciencia de las deficiencias apuntadas, podrá sin embargo tener alguna utilidad como instrumento de trabajo para los interesados en el estudio de la literatura peruana del siglo XIX.

Subíndices

1    Este artículo debió publicarse en 1994 en un número de la revista Letras. Diversos avatares editoriales han retrasado la publicación. A pesar del inexorable paso del tiempo, creo que el artículo puede resultar aún de  utilidad, pues aborda el debate de una serie de temas importantes, en especial para la historiografía literaria   peruana.
2    Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica, 1992.
3    José Ortega y Gasset: El tema de nuestro tiempo, citado por Varillas, p. 21.
4    Véase mi libro Para una periodización de la literatura peruana, Lima, Latinoamericana Editores, 1990, en   particular el capítulo I, "El concepto de periodo en la historia literaria".
5    El apuntar estas limitaciones teóricas no implica olvidar el carácter pionero de la obra de Sánchez, que nos  brindó por primera vez un panorama completo de la literatura peruana.
6    Goic, Cedomil: Historia de la novela hispanoamericana. Valparaíso, Ed. Universitaria de Valparaíso, 1972.  Goic, Cedomil (Compilador): Historia y crítica de la literatura hispanoamericana (3 tomos). Madrid, Crítica,  1988.
7    Cornejo Polar, Antonio: "Historia de la literatura del Perú republicano". En Historia del Perú, Tomo VIII, Lima,  Mejía Baca 1980: 9-188. Delgado, Washington. Historia de la literatura republicana. Lima, Rikchay Perú,  1980. Con posterioridad al libro de Varillas se publicó el igualmente importante y renovador trabajo de Jorge  Cornejo Polar sobre literatura colonial: Cornejo Polar, Jorge: "Las Letras". En Del Busto, José Antonio   (Director). Historia general del Perú, Tomo V (El Virreinato): 415-520. Lima, Brasa, 1993.
8    Me valgo en especial de conceptos tomados de Raymond Williams, como lo emergente, lo dominante, lo residual. Véase mi libro Para una periodización de la literatura peruana, en especial pp. 49-52. Las referencias concretas a la literatura peruana del XIX se hallan en las pp. 84-88.
9   Bastaba sin embargo consultar la conocida obra de Elsa Villanueva de Puccinelli, Bibliografía de la novela   peruana (Lima: Ediciones de la Biblioteca Universitaria, 1969), que incluye por cierto la referencia a ambas novelas, o incluso los trabajos de Raúl Porras, Fuentes históricas peruanas (Lima: Juan Mejía Baca y P.L. Villanueva, 1954), o de Jorge Basadre, Introducción a las bases documentales para la historia de la República  del Perú con algunas reflexiones (Lima: P.L. Villanueva, 1971), que por lo menos hacen referencia a la primera de las obras omitidas por Varillas.

 

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