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Vínculos culturales
entre el Perú y México
Palabras pronunciadas por el Dr. Ernesto de la Torre al
recibir la distinción de Maestro Honorario de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos, en Lima-Perú.
No merecimientos personales, sino el reconocimiento que varios miembros
de esta ilustre institución han hecho de una labor callada, pero prolongada en la
Universidad Nacional de México en torno de la historia del Perú y la elaboración de
sendas monografías consagradas a ilustres miembros de la cultura peruana, los hermanos
León Pinelo, son los que me ligan con la insigne Universidad Mayor de San Marcos, con la
cultura del Perú, con su historia y desarrollo.
Viejos vínculos de amistad surgidos hace más de treinta y cinco años
y que me permitieron conocer, tratar y admirar a las figuras más salientes de las
ciencias históricas como Luis Valcárcel, Raúl Porras Barrenechea, Jorge Basadre, por
citarlos en el orden que ocupan las disciplinas por ellos cultivados, me vincularon con el
mundo académico del Perú. Después conocí y traté a otros personajes, Ella Dunbar
Temple, Alberto Tauro, Carlos Daniel Varcárcel, Estuardo Núñez, Félix Alvarez Brun y a
muchos más que no cito pues sería una lista interminable a quienes debo conocimientos y
amistad profunda. Debo mencionar con especial afecto a ese gran promotor de cultura,
hombre abierto a toda noble iniciativa, historiador ameritado y gran publicista que es
Miguel Maticorena Estrada. Un reconocimiento profundo me liga a él de por vida.
Uno de los grandes creadores de la cultura mexicana, el filósofo fray
Alonso de la Veracruz, quien fuera uno de los primeros maestros de la Universidad de
México, al iniciar sus cursos escribió estas frases memorables: edificó su casa
la sabiduría. Con ello quiso expresar que se abría a Nueva España una nueva
etapa, la de la formación espiritual e intelectual de su sociedad. A partir de 1553, la
Universidad de México iniciaba la que había de ser su función primordial, la difusión
del conocimiento y la fijación de los valores que constituirían nuestra identidad.
Varios años antes se habían formado en Nueva España algunos
planteles educativos, como el colegio de Tiripetio en Michoacán, en donde por primera vez
en México se enseñaría filosofía. También habían sido creados dos planteles
consagrados a la instrucción y enseñanza de los indios, el de San José de los naturales
regentado por ese gran educador, el primero en América, que fue fray Pedro de Gante, y en
1536 el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco consagrado a la formación de los jóvenes
indios y en el cual enseñábase Gramática, Filosofía y Teología. Maestros como fray
Andrés de Olmos, fray Bernardino de Sahagún y otros más, trataban de formar a la
sociedad indiana para que pudiera, en unión de los españoles, regir su país.
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Hospicio en
Copacabana, Bolivia |
La
sociedad criolla y mestiza que crecía necesitó también formación intelectual al estilo
renacentista como se usaba en Europa. Fue el obispo de México fray Juan de Zumarraga,
gran forjador de cultura, en unión del primer Virrey Don Antonio de Mendoza y del cabildo
de la ciudad interesado en el acrecentamiento de la cultura como medio de promoción
social, que idearon la creación de un gran centro de estudios. Pidieron para ello la
autorización real que concedió el Emperador, quien en su vasto programa de
evangelización y culturación de la sociedad indiana, prohijaba la existencia de
instituciones útiles y nobles. Si en 1551 se recibió la Real Provisión autorizando su
fundación, la Universidad por razones administrativas, entre otras la salida del Virrey
Mendoza al Perú, no abrió sus puertas sino el año de 1553.
La Universidad Mayor de San Marcos que inició sus trabajos en 1551 se
convertiría en la Decana Primada de América y la impulsora de la cultura en el amplio
ámbito meridional haciendo realidad los hermosos versos que Pedro de Oña escribiera en
1602 al decir: Esclarecida fuente de agua pura, tan pura que ante el sol victorias
cantas, por quien el valle antártico sus plantas, baña de humor y viste de
frescura!
Así desde 1551, la Universidad Mayor de San Marcos se convirtió en el
fanal que alumbraría el espíritu e intelecto de la América Meridional. Este ilustre
plantel prohijaría la venida al Perú del impresor italiano radicado en México, Antonio
Ricardo quien llegó a establecerse en Lima en 1580 habiéndose destacado por sus limpios
y atractivos impresos.
El ingreso de la imprenta en Perú significó para estas tierras una
gran apertura a la cultura. Antes y después de ese hecho la sociedad peruana tuvo
posibilidades de instruirse en la teología, filosofía, derecho y letras, como lo revelan
los inventarios de colegios y monasterios, henchidos de obras de todo género que llegaban
de Europa tras largos y penosos caminos, pero que servían para satisfacer las inquietudes
intelectuales de los criollos. Jurista destacado, Diego de León Pinelo y sus hermano Juan
Rodríguez de León, como también Antonio, patentizan la existencia de nutridas y
selectas librerías en varios lugares del Perú y más que eso la calidad y hondura de los
estudios humanísticos en Lima. Si la Hypomnema Apologéticum de Diego de León es una
réplica sabia al gran publicista Justo Lipsio y una advertencia de que no se debe
desestimar la cultura y el mundo americano, los eruditísimos trabajos de Antonio son
también reveladores de la macicez cultural que tenían los estudios en los centros de
saber peruanos, principalmente los adquiridos en la Universidad de San Marcos. Juan
Rodríguez de León, el hermano presbítero, gran orador sagrado aplaudido por reyes y
prelados de la península, elogiado por su saber y que Lope de Vega mostrará en sus
numerosos sermones, en los prólogos que escribe al Epitome de la Biblioteca Oriental y
Occidental, así como al Tratado de Confirmaciones Reales y principalmente en varias
disertaciones que redacta siendo canónigo en la Catedral de Puebla de los Ángeles a
donde fue a morir en 1644; la reciedumbre de la cultura peruana, la capacidad intelectiva
de los criollos formados en las ricas y abundosas bibliotecas de la Ciudad de los Reyes.
La hondura de los estudios universitarios se revela en las amplias y
brillantes generaciones que de ella salieron. Ilustre investigador peruano Manuel Mejía
Valera, en eruditos y profundos trabajos mostró el valor de la producción intelectual
que esas generaciones efectuaron. Obras salientes en el campo de la filosofía, teología
y derecho se produjeron año tras año. Esa riqueza que se observa en las magnas obras de
Medina, de Eguiguren y de otros eruditos prueba la calidad de los estudios sanmarquinos.
De centuria en centuria esa enseñanza se acrecentaría y otras
generaciones como las de Unanue, Baquíjano, Talamantes continuarían reflejando el poder
luminoso de las ideas que llevaría a nuestros pueblos a luchar por su emancipación tanto
ideológica como política. La Universidad Sanmarquina sería semillero de próceres, de
estadistas y de conductores de pueblos. La labor continua, incesante y eficaz que desde
hace más de cuatro siglos realiza San Marcos, ha servido y sirve para revitalizar los
ideales y aspiraciones con que se creó, para mantener encendidas las luces de la verdad,
de la justicia, de la libertad por las que siempre han luchado los egresados de sus aulas.
Uno de los ideólogos más penetrantes del movimiento emancipador,
hombre que luchó por la real emancipación de México, del antiguo Anáhuac como él
decía, fue fray Servando Teresa de Mier y Guerra. Fray Servando surgió del claustro
dominicano, en donde siempre ha existido un foco de libertad, y en célebre sermón
pronunciado a finales del siglo XVIII, sostendría apoyado en las teorías un tanto
fantasiosas del peruano fray Antonio de la Calancha, que la evangelización de América se
había realizado desde la época de los apóstoles, de Santo Tomás, por lo que no
debíase a la obra española la cristianización, de ahí que no le debíamos la
conversión, hecho que obligara a acatamiento.
El inicio del siglo XIX y el advenimiento del movimiento Emancipador,
van a fortalecer la antigua amistad. Efectivamente, en noviembre de 1799 llegaba a México
el fraile mercedario fray Melchor de Talamantes. Nacido en Lima en 1765, había ingresado
a la religión de la Merced y se había doctorado en teología en San Marcos. Colaboró
por su probada instrucción y capacidad con el virrey Francisco Gil de Taboada y Lemus y
con Hipólito Unanue. Hombre de estudio, de ideas libertarias, no resistió el clima
intelectual de su orden y pidió su secularización y traslado a España, lo que intentó
hacer por la vía de Nueva España. Instalado en el convento mercedario, pronto se dio a
conocer por su saber, su destreza oratoria y espíritu mundano. El virrey Iturrigaray,
gran amigo de los criollos, fiado en su ilustración lo comisionó para que estudiara y
precisara los límites entre Texas y Luisiana, comisión que le permitió vivir fuera del
convento y hacer amistades entre los criollos nacionalistas.
Don Jacobo de Villaurrutia, oidor de la Sala del Crimen le nombró
censor del Diario de México. En medio de esas actividades, Talamantes, fuertemente
convencido de la necesidad de que México proclamara su independencia, elaboró dos
luminosos escritos: El Congreso Nacional del Reino de Nueva España, y la Representación
Nacional de las Colonias. Discurso filosófico, en los que justificaba plenamente la
separación de México de la península y proponía una organización del Congreso que
debía regirlo y de la forma de gobierno a adaptar. Además de eso Talamantes se
convirtió en ardiente propagandista de la emancipación para la cual había elaborado un
Plan de Independencia.
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Hospital
Militar San Bartolomé |
En las
juntas convocadas por el virrey Iturrigaray y el Cabildo de la Ciudad el año de 1808,
Talamantes estuvo fuertemente comprometido. Fracasado este intento, depuesto el virrey y
encarcelados los promotores, Talamantes fue condenado a ser deportado a España. En
Veracruz, en el Castillo de San Juan de Ulua a donde fue conducido, enfermó de fiebre
amarilla y falleció en mayo de 1809. En las mazmorras del castillo, terminó la vida de
este campeón de la libertad, el principal promotor e ideólogo del primer intento de
emancipación que tuvo México el año de 1808.
Si su presencia se apagó, otros criollos ilustrados, entre ellos un
religioso franciscano, fray Vicente de Santa María, igualmente inquieto y bien informado
de los ideales y movimientos emancipadores de América, aconsejaría a José María
Morelos, el gran caudillo insurgente, ligarse con los criollos peruanos; con Unanue y
Baquíjano para impulsar el movimiento general de independencia americano.
Correrán algunos años del pasado siglo para que apareciera en nuestro
suelo otro admirador ferviente de México, el general Melchor Álvarez quien pertenecía a
las milicias novohispanas pero que era peruano de origen. Al ocurrir el año de 1829 la
expedición encabezada por el mariscal Isidro Barradas que pretendía reconquistar México
como parte del plan español de reapoderarse de México y luego de Perú, el general
Álvarez negoció con el gobierno peruano acudir en auxilio de México. El periódico El
Conciliador de Lima, del año de 1831, documenta la presentación que el general Álvarez
hizo al Presidente del Perú y que apoyó el Ministro de Relaciones don Matías de León.
El fracaso de la expedición de Barradas dejó sin efecto el auxilio solicitado.
Medio siglo después se da otro acontecimiento que confirma la amistad
y la simpatía existente entre nuestros países. Al sobrevenir la intervención francesa
en México, Manuel Nicolás Corpancho, médico nacido en Lima en 1830 y quien había sido
secretario del presidente Ramón Castilla, fue designado Cónsul General del Perú en
México, habiéndosele confiado la misión de lograr la Unión Americana entre los países
hispanoamericanos, para contrarrestrar los peligros que las amenazas de los países
europeos representaban. Hombre de ideas liberales, se afilió al gobierno del presidente
Benito Juárez y al ocupar las fuerzas francesas la capital, protegió a los liberales
republicanos y apoyó la causa republicana, por lo que la administración francesa le
expulsó del país, habiendo perecido en el vapor México al trasladarse a La Habana, en
setiembre de 1863. En México publicó un volumen de poesía hispanoamericana, en donde
multitud de poetas peruanos y mexicanos están representados. Un estudio digno de este
diplomático y hombre de letras liberal, fue publicado en México en 1949, debido a la
ágil y sentida pluma de esa gran dama de las letras peruanas avecindada en México que
fue doña Emilia Romero, unida en matrimonio con el escritor hondureño Rafael Heliodoro
Valle. No puedo dejar de mencionar el apego que esta notable pareja tuvo hacia México. A
nuestra Biblioteca Nacional cedieron su notable archivo y biblioteca y constituyeron un
fideicomiso que otorga cada año el premio Emilia Romero y Rafael Heliodoro Valle, que
galardona a historiadores y hombres de letras hispanoamericanos. Jorge Basadre recibió
este galardón hace algunos años, también lo han recibido Ricardo Donoso de Chile y
Germán Arciniegas de Colombia.
No puedo dejar de señalar antes de concluir este somero relato, que
las influencias ideológicas entre México y Perú se han mantenido hasta nuestros días.
En la segunda y tercera década de este siglo, siendo estudiantes, leíamos y discutíamos
fervorosamente la obra de José Carlos Mariátegui, (1895-1930) Siete ensayos sobre la
realidad peruana difundida por nuestro filósofo José Vasconcelos, quien se había
convertido en adalid del iberoamericanismo y tenía hacia Mariátegui enorme admiración.
En nuestras lecturas juveniles, destinadas a fijar y consolidar nuestra identidad, eran
lectura obligada la revista Amauta y los Siete ensayos del joven José Carlos Mariátegui.
En las primeras décadas de este siglo en el que los ideales
libertarios y nacionalistas conmovieron a América, un peruano ilustre Raúl Haya de la
Torre, acogeríase a la hospitalidad mexicana y trabajaría unido al filósofo, político
y gran educador José Vasconcelos, realizando un esfuerzo cultural y político que nos
independizara de toda sujeción mental, económica y política. Entre los conductores de
la América moderna el nombre de Haya de la Torre se perfila como uno de los más
relevantes.
Otro hombre que influyó años después en la esfera de la educación y
de la enseñanza de la historia fue Luis Alberto Sánchez, a quien conocimos y tratamos
durante sus continuas estancias por México. Varias generaciones de estudiantes beberían
de su Historia de América el conocimiento de nuestra historia.
Estos son algunos de los muchos puntos de contacto entre Perú y
México de los que conservamos memoria, muchos más han existido y existen. Ambos países
se han desarrollado y alcanzado vigor e independencia con un desarrollo semejante. Nos
hermanan recias y antiguas raíces, valores universales procedentes de diversos
horizontes, una identidad casi pareja y sobre todo un designio de establecer países en
los cuales la dignidad humana sea reconocida y la justicia y el derecho sean la base de
nuestro progreso y destino.
Hoy señor Rector, ilustre claustro de la Universidad Sanmarquina,
maestros y estudiantes, al recibir esta distinción que me honra y llena de sincero
agradecimiento, no puedo menos de recibirla con profunda emoción y sentirla como una liga
espiritual que me hermana con la ilustre Universidad Mayor de San Marcos. Un hijo de la
Universidad de México se hace digno de recibir de su hermana mayor esta enorme
distinción que lo obliga a esforzarse por laborar más y mejor para acrecentar el
conocimiento y vínculos entre nuestras instituciones y países.
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