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Tradición e innovación en la obra
de Marco Martos
Discurso en el acto de incorporación de Marco Martos a la
Academia Peruana de la Lengua
Luis Jaime Cisneros
El mismo año en que se conmemora el centenario de Jorge Luis
Borges, poeta eximio de este siglo de lengua española, y reflexionando sobre la obra de
Vallejo, nuestra Academia incorpora a Marco Martos, poeta y profesor universitario, y lo
acoge entre sus miembros de número. Y me toca tras haberlo recibido en el aula
universitaria y haber descubierto ahí tajante muestra de su excelencia espiritual
recibirlo oficialmente en la corporación tras haber seguido con vivo interés estas
reflexiones suyas sobre Vallejo, la tradición y la innovación, Borges y Vallejo, la
tradición y la originalidad. En ese marco de resonancias y estridencias podemos descubrir
cómo los textos de Marco Martos han sido fieles a esta idea que nos ha trazado sobre la
poesía vallejiana.
Esta preocupación por lo que hay de tradicional y de original en la
obra de un poeta no es asunto exclusivo de los críticos literarios sino que ha sido y es,
felizmente, preocupación frecuente en todo auténtico creador. En un antiguo ensayo sobre
la tradición y el talento individual analizaba T. S. Eliot el significado amplio y
complejo de la tradición, recordando cómo estaba implícito en ella el sentido
histórico, el cual no solamente implicaba una percepción, no sólo de lo que en el
pasado es pasado, sino de su presencia. Eliot remarcaba además que ese sentido
histórico:
empuja al hombre a
escribir (
) con un sentimiento de que el conjunto de la literatura de Europa desde
Homero, y dentro de ella el conjunto de la literatura de su propio país, tiene una
existencia simultánea y constituye un orden simultáneo. Ese sentido histórico, que es
tanto un sentido de lo eterno como de lo temporal y de lo eterno y de lo temporal juntos,
es lo que hace tradicional a un escritor (Los poetas metafísicos. Buenos
Aires, Emecé, 1994, 2 vols., I, 13). |
Y claro está
como bien lo ha destacado Mar-tos en su exposición que Vallejo se halla
inserto dentro de la tradición y dentro de ella destaca su yo creador con
potencia extraordinaria. Por un lado, huellas de lecturas rubendarianas y de Herre-ra y
Reissig, huellas ciertas de Baudelaire; pero también alguna que otra característica no
compartida, como la radical desnudez de la palabra.
Y cruzando el escenario aparentemente contestatario, su yo romántico busca
hacerse un sitio. Y es que no le falta razón a Eliot cuando afirma que el poeta necesita
lograr la conciencia del pasado porque en el fondo está obligado a
continuar desarrollando esa conciencia durante toda su carrera (ibíd.,
16).
Tradición y originalidad van jalonando desde 1965 los varios
testimonios que Marco Martos nos ha venido ofreciendo de su quehacer poético. Desde la
hora primera nos explicaba cuál es el compromiso fundamental asumido:
Mi oficio es el canto
el canto de las palabras
el dulce embrujo
de las sílabas
y las asonancias
Sabe que el poeta tiene una directa obligación con su lenguaje y
parece reconocer que esa obligación de conservarlo se enriquece al ampliarlo y
perfeccionarlo:
Cojo la pluma y digo digo
y me río de los que piensan
que debí decir otras palabras
Casa nuestra es el libro de la juventud donde el ambiente
hogareño reclama atención tierna, pero donde la edad pugna también con sus exigencias y
sus letargos:
Con césar, con elías, con elio o con tucán
olor a manzanas y fresas dolientes
y nunca
nunca de prisa llegar
y los libros sin las aulas
y mamá en el hogar
y compramos cigarrillos a escondidas
y a escondidas empezamos a fumar.
Y con la juventud, Martos nos asegura el estallido triunfal del amor
universal, romántico:
Aunque sea redundancia,
lo repito una y mil veces:
amo al verano,
amo al amor
eterna primavera,
amo al amor endomingado,
amo al amor sencillo
de los días de semana,
amo al amor,
eso me salva
El amor a los hombres, el amor a la vida y a la naturaleza es lo que,
en realidad, consagra nuestra condición humana.
Su primer libro, una casta manifestación de adolescencia, es el puente
imprescindible que conduce al Cuaderno de quejas y contentamientos, de 1969, escrito entre
Lima y Ayacucho y en el que se adivina la voz de Ítalo Calvino como lejana, pero firme,
inspiración. Ahí el arte rupestre se muestra en todo su sereno esplendor. Y un rico
venero tradicional va asomando e iluminando los intersticios del poemario. Las
circunstancias lo llevan a ser visitado por la lectura política del paisaje, pero Martos
logra que, sobre lo instantáneo y temporal, triunfe el quehacer poético:
Mi sueldo (y el tuyo lector),
no alcanza.
Muchos miran con envidia estos ingresos.
Y hay en este Perú varios millones, peor que nosotros.
¡Quiero una casa! Sueño.
Engels, de profeta, opinaba que aquí,
con este sistema, no hay solución al asunto.
Con rabia y sin vergüenza,
sobre las páginas de Engels,
salen con duelo mis lágrimas corriendo.
Quiero una casa. Sueño. Io sono stanco.
Maldigo. Yo soy el muerto en vida.
El que hace reglamentos.
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Antigua
Capilla UNMSM, en el local hoy ocupado por el Congreso de la República |
Dos
toques de extraordinaria factura poética (el eco de la égloga de Garcilaso, por un lado,
y la viva presencia actual de la lengua romana) han sido suficientes para que la protesta
se destiña de colores políticos occidentales y asuma el carácter de una protesta en
favor de nuestra condición humana. El libro acoge también la presencia hispánica
teñida de la buena inspiración de Melville:
ayer, casi en la madrugada vi a Bartleby
echando espuma, candela por los ojos:
en la aldea capital no había sino una librería abierta,
en la librería abierta no había un libro de Juan Ruiz,
Arcipreste de Hita, benemérito. ¡Arcipreste vago del corazón,
reseco y quemado del poco placer, Bartleby del Perú y no de Hita,
aun en ausencia de Pitas Payas, poco celoso guardián,
espuma y candela, incapaz de hablar a una hermosa serrana
para el feroz combate consolador!
Estupenda lengua española, en cuyas briosas huellas medievales
encuentra Martos aliento para dar a su discurso poético la envergadura deseada y para
ofrecer a su repertorio esta auténtica prueba de destreza literaria. Ayacucho no
solamente ha sido tierra por cuyos campos atravesaron ayer los libertadores. Eso es dato
para los libros de historia. Pero los datos que guarda el corazón son otros y distintos.
Martos ha sabido en la cálida Piura apreciar lo que el paisaje tiene de humano y no duda
de cómo el amor al paisaje enriquece y decora la propia biografía. Y la biografía está
hecha de soledad y de presencias:
Para quien busca compañía,
para quien busca soledad, dura es la tierra de los molles;
vocingleros crecen junto a las pencas
y poco más tarde canes acezantes vigilan tu morada.
Vate
llamaban los antiguos al poeta y el término adquirió valor etimológico en la hora
romántica. El poeta presagiaba de alguna manera el porvenir: los románticos, sin ir más
lejos, llegaron en el Perú a predecir la llegada del avión. Diez años antes de que la
tierra ayacuchana se ensangrentara, la voz de Martos nos previene:
La cárcel espera, con las puertas bien abiertas
a quien quiera cambiar la miseria de Huamanga.
Pero en 1969 no era la hora del retorno simbolista, y el poeta lo
confirma: No es la hora de Rimbaud, no es su hora. Pero ciertamente él lo
añora, lo extraña: |
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Alameda de
los Descalzos (Lima) |
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Rimbaud
sí era un místico;
hermosísimo su camino,
árbol de triunfo silente su pereza,
árbol también su voluntad.
¡Qué manera de volar!
¡Y cómo rampan ahora tras su huella!
La originalidad en busca de la tradición. No importa que el poeta se
vea desatendido por muchos lectores. Son cosas a que las variantes de la sensibilidad
lingüística y literaria nos tienen acostumbrados. Esos cambios lo dijo con agudeza
T.S. Eliot hablando sobre la poesía y los poetas
| paulatinamente irán penetrando en el
lenguaje mediante su influencia en otros escritores más fácilmente populares; y cuando
haya llegado a establecerse se hará sentir la necesidad de otro paso hacia adelante.
Además, a través de los escritores vivos sobreviven los muertos (Sobre la
poesía y los poetas. Buenos Aires, Sur, 1959, 14-15). |
La tradición ha de mostrar su presencia vivificante en 1974: Donde no se ama es un
libro en que la voz de Pedro Salinas (el eco de su música interior) llega hasta los
textos de Martos, por sigilosas lecturas de Leo Spitzer, el viejo maestro de Princeton. No
solamente de Spitzer, Martos se ha contagiado de sus lecturas europeas:
Cuando sueñas, no existes,
ni siquiera cuando balbuceante
me cuentas algo de esa noche
llena de luces de bengala
y fuegos fatuos.
Y está en el libro la preocupación por América, tierra de temblores
no solamente debido a movimientos desbordantes de la geografía. El poeta no puede callar
su solidaridad con quienes han aprendido a frecuentar el dolor cívico:
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Plaza de
Santa Ana (Lima) |
|
A
tantos han matado en Chile
que es ridícula tu pena
y la de tantos,
ridículo y mezquino tu dolor individual,
ridículo y mezquino el dolor del poeta
que sueña un verso que al despertar
olvida.
El recuerdo de los modelos horacianos preside el Carpe diem de 1979.
Eliot había previsto el poder transformador de la poesía cuando afirmó que la poesía
| transforma el habla, la sensibilidad,
la vida de todos los miembros de una sociedad, transforma a todos los miembros de la
comunidad, el pueblo entero, lean o no poesía, gusten o no de ella; y aunque no conozcan
siquiera los nombres de sus mayores poetas (Sobre la poesía y los poetas,
15). |
La tímida
afirmación con que inauguró su canto en 1965, proclamando el valor de la palabra,
alcanza ahora en Martos resonancia inusitada:
Hoy, ayer y mañana, hoy, en este instante,
en el punto inmóvil donde todo y nada sucede,
para purificar el dialecto de la tribu
colocando cada palabra en su lugar,
habla la poesía, habla poco, cumpliendo
su obligación, y sin que nadie la invente,
esparza o desordene, evidencia el orden,
y desorden de la vida, orden y desorden y furor.
Y para que la tribu quede contenta
usa palabras del lenguaje de hoy
pues las palabras del año pasado
pertenecen al lenguaje del año pasado
y las palabras del próximo año
esperan otra voz. Y en el punto inmóvil
donde todo y nada sucede, esa voz es esta voz.
Martos está consciente ahora de su fuerza, conoce los mecanismos
secretos de su discurso poético, reconoce cuanto le debe a la buena tradición romántica
que ha venido nutriendo sus textos hasta entonces. Y por eso no ha de extrañarnos que, en
1983, El silbo de los aires amorosos nos lo presente de pronto envuelto en un simulacro de
babel románico: el poeta está necesitado de interlocutores, ávido de comunicarse,
urgido de hallar la lengua apetecida para alcanzar la meta:
Como hablando francés a quien entiende castellano,
o balbuciendo castellano a una oreja italiana,
o como gritando italiano en una plaza de Lisboa,
o como leyendo portugués en un congreso rumano
así permanecimos nosotros, duros para lenguas
extrañas, juntos sin embargo durante un día
un mes, un siglo de pesadilla o sueño.
No es el idioma histórico de las sociedades, que aísla a los hombres
e impide juntarlos de verdad en la armonía, sino el lenguaje del hombre, que, como
enseñan los viejos textos castellanos, sólo dice su canción a quien con él va. Martos
tropieza una vez más con la tradición y en ese maravilloso camino encuentra cómo ir
modelando su originalidad. Y estamos otra vez en su terruño, en Piura.
Es la hora del reencuentro y de la evaluación. En este ejercicio de
anagnórisis desfilarán el caballo y la dama, el mar y los momentos distintos de la
naturaleza, y viviremos el antiguo amor y el desaliento:
Han pasado años de años; me he mezclado
en tantas cosas! Y ahora que el sol
reverbera sobre el asfalto, no extraño
a esa patria, distante y diminuta
o tal vez la extraño y por eso escribo.
A partir de ese libro de 1990, Muestra de arte rupestre iremos
reconociendo cuánto debe Martos, a lo largo de sus propias innovaciones, a una tradición
por él mismo frecuentada en su hora inicial. Cabellera de Berenice, de 1992, nos brinda
variado testimonio
Pero los hombres de la costa cuando mueren
tienen un nombre, una lápida,
recuerdos, flores; los campesinos
cuando mueren son números asesinados.
Es la hora difícil para el corazón de los peruanos, hora que el poeta
no puede vivir sin mostrar también su corazón acongojado:
Ayacucho es la sombra de la muerte,
una escalera interminable de cadáveres,
la muerte misma trepando hasta mi corazón
que vive todo el tiempo agonizando.
Pero, junto al compartido dolor por desgracia, hemos de oírlo otra
cara de la verdad viva, el claro convencimiento de saberse peruano;
No es éste tu país
porque conozcas sus linderos,
ni por el idioma común,
no por los nombres
de los muertos.
Es éste tu país,
porque si tuvieras que hacerlo,
lo elegirías de nuevo
para construir aquí /
todos tus sueños |
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Arco del
Triunfo erigido por el General Deustua en 1847 en homenaje a los héroes de Junín,
Ayacucho, Ancash y Punyán (Puno) |
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Pero
este libro de 1992 significa para Martos el retorno a todas sus fuentes de inspiración,
sobre todo a las de estirpe andaluza, que por un lado significan la antigua España, pero
significan también, por otro lado más sutil, la voluntad de asumir toda lengua que haya
frecuentado el sabor de la poesía, la jerarquía del arte, de la música y el color.
En 1996 Leve reino confirma un rasgo persistente de su conducta
poética; huir de la política casera, de los sucios trajines electoreros:
Subir y bajar la corriente
no es oficio a mis huesos consagrado;
No es que huya de multitudes y de fervores ciudadanos:
Confieso que me gustan los desfiles,
las hermosas banderas,
los feriados triunfales,
pero de allí a otros rumbos
existen las distancias
Esas distancias lo muestran entroncado en la vieja y buena tradición
latina:
En la puerta del olvido
mal que bien,
luzco mi linaje de romano,
romano de los malos.
Así porque sí, no me cambio.
Podemos afirmar, sin duda alguna, que Leve reino representa la fiesta
total de la poesía. Ritmo y movimiento en la imagen y en la voz confirman que el poeta ha
asumido la posesión cabal de su instrumento. En ese sentido, Danza es un
breve texto carismático de la nueva voz que va modulando, ayudado por la disposición
tipográfica, el modulado ritmo de la danza. Imagen y lenguaje se confunden para que la
danza sea la muchacha y la muchacha sea la danza
La
palabra
quiere ser
fotografía
y capta
el preciso
instante
en
el
que
la muchacha
se levanta
levemente
el vestido
amarillo
y sonríe
mientras
danza
Claro que descubrimos, y reconocemos, el lejano influjo del ritmo
lingüístico que fray Luis impuso al verso y a la prosa, ritmo que Martos recrea a medida
que lo va ajustando a una sensibilidad nueva. Y cuando no está acogido fray Luis por el
ritmo, el eco de su entera biografía asoma en el poeta piurano: Sicut dicebamus hesterna
die lo confirma. Un viejo rumor del romancero español preside muchos. |
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Ídolo
Chavín de Huantar |
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El
autor de estos textos es el que ha sido escogido por la Academia para que comparta con
nosotros la tarea de vigilar la hermosa herencia de nuestra lengua española. Nos ha dicho
su orgullo por que el nombre de Vallejo pueda correr paralelo al de Góngora o Quevedo,
que es el lado de la tradición. Pero nos lo ha presentado también compañero de ese
innovador que fue Huidobro. Tradición y originalidad constituyen el marco de la
conferencia que acabamos de escucharle. Tradición e innovación nos revela la obra entera
de Marco Martos. Cuando, ahora en este mismo año, recorremos los textos de El mar de las
tinieblas, vemos qué ha significado para él la poesía como palabra en el tiempo. De
esta concepción de Machado no ha querido sentirse lejos nuestro flamante académico. Y
por eso rastrea a la palabra en la voz de aquellos a quienes de alguna manera debe
inspiración o estímulo. Cuando no es el Arcipreste o el propio Lope, es algún otro
poeta español. Él sabe porque lo ha verificado en su diario trajín
profesoral que:
Ser eminente en letras cuesta mucho,
el tiempo se nos gasta en las vigilias
Las páginas de 1999 nos lo van confirmando: la generación del 98
supone la presencia simultánea de lo tradicional y de lo innovador. Las coplas de pie
quebrado anuncian su no perdida fe en la voz antigua del romancero, pero también el vivo
anhelo de darle a su discurso un sello particular y novedoso, que Marco Martos descubre en
voces de otros mundos, en el marco de otras culturas:
Rilke viaja a ninguna parte,
juntando lo próximo y lo lejano.
Lo desconocido le atrae, el riesgo.
Así va entrando lentamente
en el libro de las horas
Nos han servido, sin embargo, todas estas voces eminentes, ese vasto
mundo aleccionador para que el poeta olvide su ser esencial que con la peruanidad lo
enlaza. Los viajes estelares de Martos no han perdido nunca los rasgos del Perú. El Perú
existe en la realidad y en el poema. Y por eso
Hablamos del Perú.
De la necesidad de quererlo
Diciendo pocas palabras.
Y es que, como lo anunció en su libro inicial de 1965, su tarea se
cumple en el canto, en el juego acertado de las sílabas y las asonancias. El canto es la
vida auténtica que el poeta compromete y que lo vivifica. No importa que la vida pueda
parecer garabato, o que muchos puedan pensarla como un:
camino en el que nada pasa
dos veces,
o un interminable ensayo
para una noche de estreno
que nunca llega,
hasta que muere.
Esta noche de estreno explica por qué la Academia ha reconocido en la
obra de Marco Martos virtudes que ameritan su presencia. En sus poemas hemos aprendido a
reconocer su amor por el mar y hemos advertido que los paisajes marinos le vienen
asegurados en la propia genealogía que el poeta se ha adjudicado con ingenioso esmero;
Venimos del tiburón.
El ojo del tiburón
en el ojo de mi padre,
vive el tiburón en el ojo de mi abuelo,
y en el abuelo de mi abuelo
y en todo mi árbol.
A la
sombra de ese árbol se acoge hoy la Academia Peruana para celebrar, en el centenario de
Borges, el ingreso de un nuevo poeta que nos ha de ayudar a enriquecer al espíritu. Él
se ha preocupado de dar la palabra a héroes literarios como si vivieran
ahora; es decir, ha rendido tributo a las formas tradicionales de
versificación y las ha vinculado, por gracia de su viva fuerza y de su
significación, con el verso libre, es decir no se ha resistido a frecuentar las
formas escritas propias del fin del segundo milenio. Por eso encontramos en
sus textos al Arcipreste y a Kafka, a Kawabata y a Martín Adán. La viva y escondida voz
de quienes fueron lustre de la lengua antigua junto con la de quienes irrumpieron con lujo
en la historia de la lengua artística. Sus textos (éstos que le aseguran un sitio aquí
donde estuvieron Enrique Peña, Martín Adán) son como él mismo acaba de
expresarlo fogonazos que quieren eliminar el enigma en medio de la
noche. |
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Calle incaica
entre la ciudad del Cusco y Machu Picchu, en el pueblo de Ollantaytambo |
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Casa Palma, 2 de setiembre de 1999
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