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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

 

Alma Mater Nº 18 - 19, 1999

Tabla de contenido


ENSAYOS


Tradición e innovación en la obra
de Marco Martos
Discurso en el acto de incorporación de Marco Martos a la
Academia Peruana de la Lengua


Luis Jaime Cisneros


    El mismo año en que se conmemora el centenario de Jorge Luis Borges, poeta eximio de este siglo de lengua española, y reflexionando sobre la obra de Vallejo, nuestra Academia incorpora a Marco Martos, poeta y profesor universitario, y lo acoge entre sus miembros de número. Y me toca –tras haberlo recibido en el aula universitaria y haber descubierto ahí tajante muestra de su excelencia espiritual– recibirlo oficialmente en la corporación tras haber seguido con vivo interés estas reflexiones suyas sobre Vallejo, la tradición y la innovación, Borges y Vallejo, la tradición y la originalidad. En ese marco de resonancias y estridencias podemos descubrir cómo los textos de Marco Martos han sido fieles a esta idea que nos ha trazado sobre la poesía vallejiana.

    Esta preocupación por lo que hay de tradicional y de original en la obra de un poeta no es asunto exclusivo de los críticos literarios sino que ha sido y es, felizmente, preocupación frecuente en todo auténtico creador. En un antiguo ensayo sobre la tradición y el talento individual analizaba T. S. Eliot el significado amplio y complejo de la tradición, recordando cómo estaba implícito en ella el sentido histórico, el cual no solamente implicaba “una percepción, no sólo de lo que en el pasado es pasado, sino de su presencia”. Eliot remarcaba además que ese sentido histórico:

“empuja al hombre a escribir (…) con un sentimiento de que el conjunto de la literatura de Europa desde Homero, y dentro de ella el conjunto de la literatura de su propio país, tiene una existencia simultánea y constituye un orden simultáneo. Ese sentido histórico, que es tanto un sentido de lo eterno como de lo temporal y de lo eterno y de lo temporal juntos, es lo que hace tradicional a un escritor” (Los poetas metafísicos. Buenos Aires, Emecé, 1994, 2 vols., I, 13).

    Y claro está –como bien lo ha destacado Mar-tos en su exposición– que Vallejo se halla inserto dentro de la tradición y dentro de ella destaca su ‘yo creador’ con potencia extraordinaria. Por un lado, huellas de lecturas rubendarianas y de Herre-ra y Reissig, huellas ciertas de Baudelaire; pero también alguna que otra característica no compartida, como “la radical desnudez de la palabra”.

Y cruzando el escenario aparentemente contestatario, su ‘yo romántico’ busca hacerse un sitio. Y es que no le falta razón a Eliot cuando afirma que el poeta necesita “lograr la conciencia del pasado” porque en el fondo “está obligado a continuar desarrollando esa conciencia durante toda su carrera” (ibíd., 16).

    Tradición y originalidad van jalonando desde 1965 los varios testimonios que Marco Martos nos ha venido ofreciendo de su quehacer poético. Desde la hora primera nos explicaba cuál es el compromiso fundamental asumido:

    Mi oficio es el canto
    el canto de las palabras
    el dulce embrujo
    de las sílabas
    y las asonancias

    Sabe que el poeta tiene una directa obligación con su lenguaje y parece reconocer que esa obligación de conservarlo se enriquece al ampliarlo y perfeccionarlo:

    Cojo la pluma y digo digo
    y me río de los que piensan
    que debí decir otras palabras

    Casa nuestra es el libro de la juventud donde el ambiente hogareño reclama atención tierna, pero donde la edad pugna también con sus exigencias y sus letargos:

    Con césar, con elías, con elio o con tucán
    olor a manzanas y fresas dolientes
    y nunca
    nunca de prisa llegar
    y los libros sin las aulas
    y mamá en el hogar
    y compramos cigarrillos a escondidas
    y a escondidas empezamos a fumar.

    Y con la juventud, Martos nos asegura el estallido triunfal del amor universal, romántico:

    Aunque sea redundancia,
    lo repito una y mil veces:
    amo al verano,
    amo al amor
    eterna primavera,
    amo al amor endomingado,
    amo al amor sencillo
    de los días de semana,
    amo al amor,
    eso me salva

    El amor a los hombres, el amor a la vida y a la naturaleza es lo que, en realidad, consagra nuestra condición humana.

    Su primer libro, una casta manifestación de adolescencia, es el puente imprescindible que conduce al Cuaderno de quejas y contentamientos, de 1969, escrito entre Lima y Ayacucho y en el que se adivina la voz de Ítalo Calvino como lejana, pero firme, inspiración. Ahí el arte rupestre se muestra en todo su sereno esplendor. Y un rico venero tradicional va asomando e iluminando los intersticios del poemario. Las circunstancias lo llevan a ser visitado por la lectura política del paisaje, pero Martos logra que, sobre lo instantáneo y temporal, triunfe el quehacer poético:

    Mi sueldo (y el tuyo lector),
    no alcanza.
    Muchos miran con envidia estos ingresos.
    Y hay en este Perú varios millones, peor que nosotros.
    ¡Quiero una casa! Sueño.
    Engels, de profeta, opinaba que aquí,
    con este sistema, no hay solución al asunto.
    Con rabia y sin vergüenza,
    sobre las páginas de Engels,
    salen con duelo mis lágrimas corriendo.
    Quiero una casa. Sueño. Io sono stanco.
    Maldigo. Yo soy el muerto en vida.
    El que hace reglamentos.

Antigua Capilla UNMSM, en el local hoy ocupado por el Congreso de la República

    Dos toques de extraordinaria factura poética (el eco de la égloga de Garcilaso, por un lado, y la viva presencia actual de la lengua romana) han sido suficientes para que la protesta se destiña de colores políticos occidentales y asuma el carácter de una protesta en favor de nuestra condición humana. El libro acoge también la presencia hispánica teñida de la buena inspiración de Melville:

    ayer, casi en la madrugada vi a Bartleby
    echando espuma, candela por los ojos:
    en la aldea capital no había sino una librería abierta,
    en la librería abierta no había un libro de Juan Ruiz,
    Arcipreste de Hita, benemérito. ¡Arcipreste vago del corazón,
    reseco y quemado del poco placer, Bartleby del Perú y no de Hita,
    aun en ausencia de Pitas Payas, poco celoso guardián,
    espuma y candela, incapaz de hablar a una hermosa serrana
    para el feroz combate consolador!

    Estupenda lengua española, en cuyas briosas huellas medievales encuentra Martos aliento para dar a su discurso poético la envergadura deseada y para ofrecer a su repertorio esta auténtica prueba de destreza literaria. Ayacucho no solamente ha sido tierra por cuyos campos atravesaron ayer los libertadores. Eso es dato para los libros de historia. Pero los datos que guarda el corazón son otros y distintos. Martos ha sabido en la cálida Piura apreciar lo que el paisaje tiene de humano y no duda de cómo el amor al paisaje enriquece y decora la propia biografía. Y la biografía está hecha de soledad y de presencias:

    Para quien busca compañía,
    para quien busca soledad, dura es la tierra de los molles;
    vocingleros crecen junto a las pencas
    y poco más tarde canes acezantes vigilan tu morada.

    Vate llamaban los antiguos al poeta y el término adquirió valor etimológico en la hora romántica. El poeta presagiaba de alguna manera el porvenir: los románticos, sin ir más lejos, llegaron en el Perú a predecir la llegada del avión. Diez años antes de que la tierra ayacuchana se ensangrentara, la voz de Martos nos previene:

    La cárcel espera, con las puertas bien abiertas
    a quien quiera cambiar la miseria de Huamanga.

    Pero en 1969 no era la hora del retorno simbolista, y el poeta lo confirma: “No es la hora de Rimbaud, no es su hora”. Pero ciertamente él lo añora, lo extraña:

Alameda de los Descalzos (Lima)

    Rimbaud sí era un místico;
    hermosísimo su camino,
    árbol de triunfo silente su pereza,
    árbol también su voluntad.
    ¡Qué manera de volar!
    ¡Y cómo rampan ahora tras su huella!


    La originalidad en busca de la tradición. No importa que el poeta se vea desatendido por muchos lectores. Son cosas a que las variantes de la sensibilidad lingüística y literaria nos tienen acostumbrados. Esos cambios –lo dijo con agudeza T.S. Eliot hablando sobre la poesía y los poetas–

“paulatinamente irán penetrando en el lenguaje mediante su influencia en otros escritores más fácilmente populares; y cuando haya llegado a establecerse se hará sentir la necesidad de otro paso hacia adelante. Además, a través de los escritores vivos sobreviven los muertos” (Sobre la poesía y los poetas. Buenos Aires, Sur, 1959, 14-15).


 La tradición ha de mostrar su presencia vivificante en 1974: Donde no se ama es un libro en que la voz de Pedro Salinas (el eco de su música interior) llega hasta los textos de Martos, por sigilosas lecturas de Leo Spitzer, el viejo maestro de Princeton. No solamente de Spitzer, Martos se ha contagiado de sus lecturas europeas:

    Cuando sueñas, no existes,
    ni siquiera cuando balbuceante
    me cuentas algo de esa noche
    llena de luces de bengala
            y fuegos fatuos.

    Y está en el libro la preocupación por América, tierra de temblores no solamente debido a movimientos desbordantes de la geografía. El poeta no puede callar su solidaridad con quienes han aprendido a frecuentar el dolor cívico:


Plaza de Santa Ana (Lima)

    A tantos han matado en Chile
    que es ridícula tu pena
                    y la de tantos,
    ridículo y mezquino tu dolor individual,
    ridículo y mezquino el dolor del poeta
    que sueña un verso que al despertar
    olvida.

    El recuerdo de los modelos horacianos preside el Carpe diem de 1979. Eliot había previsto el poder transformador de la poesía cuando afirmó que la poesía

“transforma el habla, la sensibilidad, la vida de todos los miembros de una sociedad, transforma a todos los miembros de la comunidad, el pueblo entero, lean o no poesía, gusten o no de ella; y aunque no conozcan siquiera los nombres de sus mayores poetas” (Sobre la poesía y los poetas, 15).

    La tímida afirmación con que inauguró su canto en 1965, proclamando el valor de la palabra, alcanza ahora en Martos resonancia inusitada:

    Hoy, ayer y mañana, hoy, en este instante,
    en el punto inmóvil donde todo y nada sucede,
    para purificar el dialecto de la tribu
    colocando cada palabra en su lugar,
    habla la poesía, habla poco, cumpliendo
    su obligación, y sin que nadie la invente,
    esparza o desordene, evidencia el orden,
    y desorden de la vida, orden y desorden y furor.
    Y para que la tribu quede contenta
    usa palabras del lenguaje de hoy
    pues las palabras del año pasado
    pertenecen al lenguaje del año pasado
    y las palabras del próximo año
    esperan otra voz. Y en el punto inmóvil
    donde todo y nada sucede, esa voz es esta voz.

    Martos está consciente ahora de su fuerza, conoce los mecanismos secretos de su discurso poético, reconoce cuanto le debe a la buena tradición romántica que ha venido nutriendo sus textos hasta entonces. Y por eso no ha de extrañarnos que, en 1983, El silbo de los aires amorosos nos lo presente de pronto envuelto en un simulacro de babel románico: el poeta está necesitado de interlocutores, ávido de comunicarse, urgido de hallar la lengua apetecida para alcanzar la meta:

    Como hablando francés a quien entiende castellano,
    o balbuciendo castellano a una oreja italiana,
    o como gritando italiano en una plaza de Lisboa,
    o como leyendo portugués en un congreso rumano
    así permanecimos nosotros, duros para lenguas
    extrañas, juntos sin embargo durante un día
    un mes, un siglo de pesadilla o sueño.

    No es el idioma histórico de las sociedades, que aísla a los hombres e impide juntarlos de verdad en la armonía, sino el lenguaje del hombre, que, como enseñan los viejos textos castellanos, sólo dice su canción a quien con él va. Martos tropieza una vez más con la tradición y en ese maravilloso camino encuentra cómo ir modelando su originalidad. Y estamos otra vez en su terruño, en Piura.

    Es la hora del reencuentro y de la evaluación. En este ejercicio de anagnórisis desfilarán el caballo y la dama, el mar y los momentos distintos de la naturaleza, y viviremos el antiguo amor y el desaliento:

    Han pasado años de años; me he mezclado
    en tantas cosas! Y ahora que el sol
    reverbera sobre el asfalto, no extraño
    a esa patria, distante y diminuta
    o tal vez la extraño y por eso escribo.

    A partir de ese libro de 1990, Muestra de arte rupestre iremos reconociendo cuánto debe Martos, a lo largo de sus propias innovaciones, a una tradición por él mismo frecuentada en su hora inicial. Cabellera de Berenice, de 1992, nos brinda variado testimonio

    Pero los hombres de la costa cuando mueren
    tienen un nombre, una lápida,
    recuerdos, flores; los campesinos
    cuando mueren son números asesinados.

    Es la hora difícil para el corazón de los peruanos, hora que el poeta no puede vivir sin mostrar también su corazón acongojado:

    Ayacucho es la sombra de la muerte,
    una escalera interminable de cadáveres,
    la muerte misma trepando hasta mi corazón
    que vive todo el tiempo agonizando.

    Pero, junto al compartido dolor por desgracia, hemos de oírlo otra cara de la verdad viva, el claro convencimiento de saberse peruano;

    No es éste tu país
    porque conozcas sus linderos,
    ni por el idioma común,
    no por los nombres
    de los muertos.
    Es éste tu país,
    porque si tuvieras que hacerlo,
    lo elegirías de nuevo
    para construir aquí /
    todos tus sueños

Arco del Triunfo erigido por el General Deustua en 1847 en homenaje a los héroes de Junín, Ayacucho, Ancash y Punyán (Puno)

    Pero este libro de 1992 significa para Martos el retorno a todas sus fuentes de inspiración, sobre todo a las de estirpe andaluza, que por un lado significan la antigua España, pero significan también, por otro lado más sutil, la voluntad de asumir toda lengua que haya frecuentado el sabor de la poesía, la jerarquía del arte, de la música y el color.

    En 1996 Leve reino confirma un rasgo persistente de su conducta poética; huir de la política casera, de los sucios trajines electoreros:

    Subir y bajar la corriente
    no es oficio a mis huesos consagrado;

    No es que huya de multitudes y de fervores ciudadanos:

    Confieso que me gustan los desfiles,
    las hermosas banderas,
    los feriados triunfales,
    pero de allí a otros rumbos
    existen las distancias

    Esas distancias lo muestran entroncado en la vieja y buena tradición latina:

    En la puerta del olvido
    mal que bien,
    luzco mi linaje de romano,
    romano de los malos.
    Así porque sí, no me cambio.

    Podemos afirmar, sin duda alguna, que Leve reino representa la fiesta total de la poesía. Ritmo y movimiento en la imagen y en la voz confirman que el poeta ha asumido la posesión cabal de su instrumento. En ese sentido, “Danza” es un breve texto carismático de la nueva voz que va modulando, ayudado por la disposición tipográfica, el modulado ritmo de la danza. Imagen y lenguaje se confunden para que la danza sea la muchacha y la muchacha sea la danza

    La palabra
    quiere ser
    fotografía
    y capta
    el preciso
    instante
    en
    el
    que
    la muchacha
    se levanta
    levemente
    el vestido
    amarillo
    y sonríe
    mientras
    danza

    Claro que descubrimos, y reconocemos, el lejano influjo del ritmo lingüístico que fray Luis impuso al verso y a la prosa, ritmo que Martos recrea a medida que lo va ajustando a una sensibilidad nueva. Y cuando no está acogido fray Luis por el ritmo, el eco de su entera biografía asoma en el poeta piurano: Sicut dicebamus hesterna die lo confirma. Un viejo rumor del romancero español preside muchos.

Ídolo Chavín de Huantar

    El autor de estos textos es el que ha sido escogido por la Academia para que comparta con nosotros la tarea de vigilar la hermosa herencia de nuestra lengua española. Nos ha dicho su orgullo por que el nombre de Vallejo pueda correr paralelo al de Góngora o Quevedo, que es el lado de la tradición. Pero nos lo ha presentado también compañero de ese innovador que fue Huidobro. Tradición y originalidad constituyen el marco de la conferencia que acabamos de escucharle. Tradición e innovación nos revela la obra entera de Marco Martos. Cuando, ahora en este mismo año, recorremos los textos de El mar de las tinieblas, vemos qué ha significado para él la poesía como palabra en el tiempo. De esta concepción de Machado no ha querido sentirse lejos nuestro flamante académico. Y por eso rastrea a la palabra en la voz de aquellos a quienes de alguna manera debe inspiración o estímulo. Cuando no es el Arcipreste o el propio Lope, es algún otro poeta español. Él sabe –porque lo ha verificado en su diario trajín profesoral– que:

    Ser eminente en letras cuesta mucho,
    el tiempo se nos gasta en las vigilias

    Las páginas de 1999 nos lo van confirmando: la generación del 98 supone la presencia simultánea de lo tradicional y de lo innovador. Las coplas de pie quebrado anuncian su no perdida fe en la voz antigua del romancero, pero también el vivo anhelo de darle a su discurso un sello particular y novedoso, que Marco Martos descubre en voces de otros mundos, en el marco de otras culturas:

    Rilke viaja a ninguna parte,
    juntando lo próximo y lo lejano.
    Lo desconocido le atrae, el riesgo.
    Así va entrando lentamente
    en el libro de las horas

    Nos han servido, sin embargo, todas estas voces eminentes, ese vasto mundo aleccionador para que el poeta olvide su ser esencial que con la peruanidad lo enlaza. Los viajes estelares de Martos no han perdido nunca los rasgos del Perú. El Perú existe en la realidad y en el poema. Y por eso

    Hablamos del Perú.
    De la necesidad de quererlo
    Diciendo pocas palabras.

    Y es que, como lo anunció en su libro inicial de 1965, su tarea se cumple en el canto, en el juego acertado de las sílabas y las asonancias. El canto es la vida auténtica que el poeta compromete y que lo vivifica. No importa que la vida pueda parecer garabato, o que muchos puedan pensarla como un:

    camino en el que nada pasa
    dos veces,
    o un interminable ensayo
    para una noche de estreno
    que nunca llega,
    hasta que muere.

    Esta noche de estreno explica por qué la Academia ha reconocido en la obra de Marco Martos virtudes que ameritan su presencia. En sus poemas hemos aprendido a reconocer su amor por el mar y hemos advertido que los paisajes marinos le vienen asegurados en la propia genealogía que el poeta se ha adjudicado con ingenioso esmero;

    Venimos del tiburón.
    El ojo del tiburón
    en el ojo de mi padre,
    vive el tiburón en el ojo de mi abuelo,
    y en el abuelo de mi abuelo
    y en todo mi árbol.

    A la sombra de ese árbol se acoge hoy la Academia Peruana para celebrar, en el centenario de Borges, el ingreso de un nuevo poeta que nos ha de ayudar a enriquecer al espíritu. Él se ha preocupado de “dar la palabra a héroes literarios como si vivieran ahora”; es decir, ha rendido tributo a las “formas tradicionales de versificación” y las ha vinculado, por gracia de su viva fuerza y de su significación, con el verso libre, es decir no se ha resistido a frecuentar las “formas escritas propias del fin del segundo milenio”. Por eso encontramos en sus textos al Arcipreste y a Kafka, a Kawabata y a Martín Adán. La viva y escondida voz de quienes fueron lustre de la lengua antigua junto con la de quienes irrumpieron con lujo en la historia de la lengua artística. Sus textos (éstos que le aseguran un sitio aquí donde estuvieron Enrique Peña, Martín Adán) son –como él mismo acaba de expresarlo– “fogonazos que quieren eliminar el enigma en medio de la noche”.

Calle incaica entre la ciudad del Cusco y Machu Picchu, en el pueblo de Ollantaytambo



Casa Palma, 2 de setiembre de 1999

 

  

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