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El Legado Quechua de Raúl Porras Barrenechea*
José Cárdenas Bunsen
En el umbral de una nuevo siglo, nos corresponde a todos elaborar un
balance de la contribución del anterior. No cabe duda acerca del lugar capital que allí
ocupará la siempre renovada obra de Raúl Porras Barrenechea. Como augurio auspicioso,
próximo ya el nuevo siglo, abriremos su vertiente cultural saludando el principio de la
publicación de Indagaciones Peruanas, cuyo primer volumen, El legado quechua (UNMSM Fondo
Editorial, 1999), recoge estudios y artículos escritos con diversos modos y en diversos
momentos que se integran sobre el común denominador de su temática, vinculada con el
mundo indígena.
El primer tomo de las obras completas contiene trabajos que cubren una
amplísima gama de aspectos históricos, literarios y culturales sobre el mundo indígena
prehispánico, colonial y republicano, explorados exhaustivamente con la solvencia
característica de Porras. Podemos leer aquí monografías fundamentales como Quipu y
quilca (1945) y Los quechuistas coloniales (1948), incorporados posteriormente a las
Fuentes Históricas Peruanas; las biografías y juicios críticos sobre fray Domingo de
santo Tomás y sobre fray Diego González Holguín (1951 y 1952), redactados como
prólogos para las reediciones de sus respectivas gramáticas y vocabularios; La crónica
india (1946) y las semblanzas de Titu Cusi Yupanqui y Juan de Santa Cruz Pachacuti (1942),
integrados después a su repertorio Los cronistas del Perú, así como la extensa
monografía titulada El cronista indio Felipe Huamán Poma de Ayala (1948), cuya magnitud
desbordó el espacio dedicado a las semblanzas de los cronistas que integran el supradicho
repertorio a la par que acusa la importancia que Porras asignó a la monumental obra del
célebre cronista huamanguino.
Este primer tomo reproduce también algunos trabajos de menor
extensión; aunque de igual importancia tanto por su profundidad y seriedad, como por su
condición de astillas desprendidas de una monumental obra de conjunto que a los lectores
modernos sólo nos es dado entrever. Tenemos así el artículo Atahualpa no murió el 29
de agosto de 1533 (1945), publicado como rectificación de una fecha atribuida a la muerte
del inca y propuesta, antes de la corrección de Porras, como día conmemorativo de este
notable suceso histórico; en esta misma línea encontramos también sus ensayos Coli y
Chepi (1954), Notas para una biografía del Yaraví (1946), La raíz india de Lima (1953),
así como alguna entrevista periodística a propósito de sus investigaciones y hallazgos.
Aunque también sean de extensión breve, los trabajos La caída del imperio incaico
(1935), Mito y Épica Incaicos (1951) y La leyenda de los Pururaucas (1945) nos revelan
más nítidamente su carácter anticipatorio de los preliminares de una virtual Historia
de la Conquista, no culminada por el autor. El ensayo Riva-Agüero y la historia incaica
(1954) nos muestra al historiógrafo autor de las Fuentes Históricas Peruanas. El volumen
se cierra con dos ensayos, Oro y leyenda del Perú (1959) y El Cuzco de los Incas (1961)
que en su momento presidieron la hermosa Antología del Cuzco, preparada por el propio
Porras, y el libro Oro en el Perú. Obras maestras de orfebrería pre-incaica, incaica y
de la época colonial, de Manuel Mujica Gallo.
Como puede apreciarse, el conjunto de trabajos cubre un periodo de
gestación que se concentra en las décadas de 1940 y de 1950 y su trabajo final de 1961.
En función de estas variaciones temporales, es oportuno preguntarse por su coherencia y
continuidad dentro del marco global de los trabajos llevados a cabo por el historiador.
Aun a riesgo de repetir algunas observaciones consabidas, me permitiré
apuntar, apoyándome en las propias anotaciones autobiográficas de Raúl Porras
(Puccinelli 1999:24), que el crisol donde se forjaron es su fecunda vida universitaria
como alumno y como maestro. Sus años de estudiante en San Marcos, que se iniciaron en
1912 y corrieron hasta 1920, se coronaron con su adscripción en 1919 al Conversatorio
Universitario que despertó en él y en todos sus compañeros de generación un legítimo
y tenaz interés por el Perú. Con el pretexto de conmemorar el primer Centenario de la
Independencia, el Conversatorio Universitario inició una tarea de revisión profunda en
torno a la figura de algunos artífices significativos de la emancipación, tarea influida
en su preocupación documental por la obra de don José Toribio Medina y en su afán
totalizador del panorama cultural peruano por las orientaciones de la generación
anterior, la generación arielista, a la que pertenecieran Riva-Agüero, Belaúnde y
García Calderón. Incorporado en 1928 a las labores docentes, Porras veló sus armas como
profesor del curso de Literatura Castellana, cátedra que lo dotó de las herramientas
literarias que emplearía para evaluar la poesía de la conquista, y que lo acostumbró a
disfrutar la prosa clásica de nuestro idioma. En 1929, al asumir la cátedra sanmarquina
de Conquista y Colonia, su ya desarrollada vocación investigadora lo empujó a romper los
límites de lo conocido hasta entonces a través de una aplicación de sus tareas
heurísticas y hermenéuticas concentradas ahora en la época del descubrimiento,
conquista y colonización del Perú. Se ha señalado (Lohmann 1984:151) que la
orientación historiográfica de Porras partió de un afán por rectificar la entonces muy
difundida versión de la conquista que había acuñado el historiador norteamericano
William Prescott y que criticaba, quizá prejuiciosamente, la colonización española en
el marco de la crisis que viviera España hacia finales del siglo XIX. De admitir esta
sugerencia, estaríamos frente al origen histo-riográfico del interés de Porras por la
figura y la época de Francisco Pizarro, así como ante la explicación de su marcada
posición hispanista, ya que al teñirse el discurso de Prescott por un color contrario a
España se desprendían de allí una serie de corolarios contra su obra colonizadora. En
consecuencia, debemos interpretar de este modo su postura hispanista como una decidida
defensa ante la invasión cultural sajona y no como una negación del mundo indígena al
que, como veremos, tantos esfuerzos dedicó (Maticorena 1997:198).
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Alameda de la
vecina localidad de Tingo, Arequipa, a 28 km de ésta |
Explorando la bibliografía de Porras se descubre casi cristalinamente un estrato de
intensa producción intelectual iniciado en 1933 con su artículo Los Cronistas de la
conquista, publicado en la Revista de la Universidad Católica, al que le siguieron los
estudios sobre el Anónimo Sevillano de 1534, sobre su hallazgo de la Relación de Diego
de Trujillo y su libro Las Relaciones Primitivas de la Conquista del Perú
(Holguín:1986). No siendo nuestra intención presentar el conjunto de esta obra, sino
únicamente ubicar el estrato temporal de redacción de estos trabajos, dejaremos la
enumeración bibliográfica para citar su aclarador testimonio acerca de su evolución
intelectual:
El estudio de las crónicas de la conquista me llevó al
descubrimiento del alma quechua y de sus manifestaciones culturales inadvertidas u
olvidadas y sus supervivencias en el lenguaje, en el arte y en las costumbres de los
mestizos actuales (Puccinelli 1999:28).
Con meridiana claridad nos revelan estas palabras que el arduo camino
hollado por Porras con su minuciosa exploración del mundo documental y cronístico le
abrió un surco que lo empeñaría en la redacción de trabajos sobre el mundo indígena
así como a una publicación de las fuentes gramaticales y lexicográficas fundamentales.
Sin duda alguna, en esta etapa de la producción de Porras se ubica la mayoría de los
trabajos y monografías que integran el presente volumen. A algunos de ellos les convienen
algunas precisiones, sin embargo. Parece ser que La Caída del Imperio de los Incas se
concibe como parte de una historia de la conquista y La raíz india de Lima, integrante de
su Pequeña Antología de Lima, se liga con su cátedra en la escuela de urbanismo.
En cuanto a la disposición formal y metódica de las aproximaciones
analíticas de Porras, no quisiera dejar pasar la oportunidad de insistir en la rigurosa
ordenación cronológica de los testimonios evaluados que sirve de puntal para la
apreciación crítica en tanto que permite eficazmente rastrear los orígenes de las
informaciones y cuyo proceder incide en el ordenamiento y presentación formal de su
producción. En este sentido, consideramos que el libro Las Relaciones Primitivas de la
Conquista marca un hito, pues enuncia una premisa metodológica acuñada en aras de una
clasificación de los cronistas, pero que trasciende su propósito original, explica la
íntima armazón argumental de sus obras y constituye una contribución central de nuestro
historiador al haberse convertido en una muy útil herramienta heurística:
El criterio para desarrollar este análisis tiene que ser
estrictamente cronológico. Sólo con él puede establecerse la precedencia de ciertos
testimonios y ubicar el origen de determinadas noticias repetidas por los cronistas de
unos a otros, hasta llegar a la fuente original. Tratándose de fuentes manuscritas e
impresas y habiéndose publicado muchas crónicas a veces con siglos de atraso, habrá que
seguir por esto el orden en que fueron escritas, aunque no se publicaran (Porras
1967:LXIV).
Por su consistente y sistemática aplicación, esta premisa devino en
piedra de toque sobre la que se estructuran en adelante todos sus trabajos. Es así que en
este volumen la presentación sucesiva de los quechuistas del Perú se conforma según la
supradicha pauta y la evaluación de los testimonios sobre el quipu también la observa
rigurosamente. Igualmente las notas críticas que precisan aspectos puntuales sobre las
fechas de determinados eventos históricos, como el de la muerte de Atahualpa, se tornan
contundentes y convincentes al mostrar su matemática armazón cronológica. Aun superando
los límites de esta presentación conviene señalar que este criterio se yergue como una
de las más importantes contribuciones de Porras en la medida que su aplicación introdujo
a la crítica de las fuentes peruanas un férreo y riguroso marco de referencia del que
más ya no se podrá prescindir. Se explica, de este modo, que un discípulo suyo, el Dr.
Carlos Araníbar, publicase en homenaje a su maestro un artículo devenido clásico en que
se revisaba y refinaba este método hasta sus últimas consecuencias y que el proceder se
aplique en cualquier trabajo sobre crónicas o fuentes de la conquista sin que se haga
necesario a estas alturas remitir al trabajo primitivo (Araníbar: 1963).
La obra de Porras se reviste de una absoluta actualidad no solamente
por su condición de hito impulsor de determinados derroteros sino también por la solidez
y perspicacia que casi pudiéramos afirmar sin exagerar que siguen siendo en algunos casos
la última palabra sobre el tema. La magnitud y diversidad de las materias tratadas por
Porras me obliga a limitar mi comentario sólo a aquellos en los cuales me sienta en
condiciones de glosar o matizar algún aspecto de lo señalado y observado por el maestro
sanmarquino. Me referiré, por lo tanto, al trabajo sobre la crónica india y a sus
biografías y comentarios sobre los quechuistas del Perú.
La crónica india ocupó la atención de Raúl Porras para encuadrarla
dentro de su ordenación de las crónicas tal como la fue delineando. Partiendo de algunas
pautas directrices muy genéricas señaladas, entre otros, por Baudin y Riva-Agüero, que
estudió a los historiadores nacidos en el Perú, Porras discurrió sobre las dificultades
cronológicas que encerraba la inscripción de este conjunto dentro de una década o
época específica ya que de los tres exponentes analizados, Titu Cusi Yupanqui, Juan de
Santa Cruz Pachacuti y Felipe Huaman Poma de Ayala, el primero había escrito en el siglo
XVI y los otros durante el primer cuarto del siglo XVII. Cargó las tintas entonces sobre
los rasgos temáticos que subrayaban una comunidad entre estas tres crónicas y
es-tableció que se singularizaba frente a la española o mestiza por su vocación por lo
maravilloso indio y cristiano, por su fondo íntimo de protesta y por su importante
contribución al conocimiento del folklore y de la tradición oral (1999: 41). Si bien en
este trabajo la castiza expresión de Porras se distancia de los actuales términos ad
usum, nos hallamos en la nuez de la plétora de estudios modernos sobre la cosmovisión
andina.
Destaca el trabajo dedicado a Huamán Poma de Ayala por su extensión y
profundidad. Su sabia ejecución proviene de la larga experiencia adquirida por Porras en
la evaluación y compulsa de testimonios, armas de que dispuso para aquilatar las noticias
que traía el cronista. Escudriñando las referencias biográficas que el escritor indio
había deslizado a lo largo del libro, Porras logró suplir la falta de documentación
externa a la Nueva Crónica sobre la persona histórica del cronista, a pesar de que en la
redacción definitiva de su monografía, publicada en 1948, pudo conocer e incorporar como
apéndice dos documentos centrales: una composición de tierras donde el cronista servía
como intérprete y la carta de envío de la crónica ubicada por el historiador Guillermo
Lohmann en el Archivo de Indias.
Más allá de las limitaciones mencionadas, Porras forjó la imagen de
un hombre enquistado en su propia provincia natal que dibujó y describió en su laborioso
manuscrito; precisó su posición parcializada de descendiente yarovilca, sus intereses
por magnificar los méritos de su padre y por establecer puentes con los incas y con los
conquistadores primitivos; y, a diferencia de los trabajos anteriores al suyo, limitó el
radio verosímil de las andanzas de don Felipe a Huamanga, al Cusco y a Lima. Estas calas
minuciosas pusieron de relieve las contradicciones internas y externas de las afirmaciones
del cronista, pero a con-trapelo descubrieron el modus operandi de sendos párrafos de la
obra. Sírvanos de ejemplo la manipulación que Huaman Poma hace de la obra del Palentino.
Acertadamente la explica Porras como un intento por ensalzar la obra de su padre, don
Domingo Huamán Malqui de Ayala. Así la huida a Jauja y posterior captura del rebelde
Hernández Girón, realizada por capitanes españoles se atribuye a unos caciques lucanas
entre los que se halla el padre de Huamán Poma:
Los indios lucanas, según el Palentino y otros documentos
tampoco se limitaron a atacar a Hernández Girón, después de la batalla de Chuquinga.
Atacaron a los dos bandos, al del mariscal Alvarado que defendía al Rey y al que le
mataron treinta hombres y al del rebelde Hernández Girón, cargando sobre ambos después
de la batalla y robándoles sus equipajes. Huamán Poma convierte este acto de represalia
indígena en un servicio a la causa del Rey (1999: 62).
Aparte de que Porras trazara una orientación con que se han guiado
todos los trabajos que posteriormente se han aplicado al análisis de la singular obra de
Huamán Poma, últimamente su monografía ha exhibido su asombrosa actualidad.
En primer lugar, los documentos encontrados en el curso del siglo XX
sobre Huamán Poma y su obra, cuyos hitos son, con justicia, la publicación completa del
expediente que contiene las batallas legales en defensa de sus propiedades sostenidas por
el cronista y su familia, y la ubicación en Irlanda de la versión primitiva de Murúa
profusamente ilustrada por 112 dibujos estrechamente emparentados con los de la Nueva
Crónica (Ossio:1998), se articulan tan coherentemente con la imagen reconstruida por
Porras que debemos reconocer las bondades de su pionera iniciativa hermenéutica,
continuarla, modificarla y enriquecerla según el grosor y el impacto de la nueva
documentación. Así, en nuestros días, luego de una importante serie de hallazgos
documentales sobre el cronista, Rolena Adorno puede concluir señalando que: la
perspectiva regionalista de Guaman Poma, señalada décadas atrás por el doctor Porras
con respecto a la Nueva corónica y buen gobierno, se ha corroborado en la Compulsa
Ayacucho y las peticiones del expediente Prado Tello (Adorno:1997).
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Alameda San
Pedro de Lloc, Trujillo |
En
segundo lugar, esta labor pionera y su ejemplar esfuerzo de interpretación que acabamos
de subrayar gozan hoy de absoluta pertinencia y vitalidad en tanto que se constituye en el
mejor argumento para descartar las afirmaciones de una grotesca impostura que pretende
negarle a Huamán Poma la autoría de la Nueva Crónica y adjudicársela al jesuita
mestizo Blas Valera. Aparte de que dicha impostura encierra en su interior suficientes
contradicciones, anacronismos léxicos y conceptuales, correspondencias asombrosas en su
constitución y articulación con las estrafalarias obras de quienes dicen poseer los
documentos, que bastan y sobran para situar su nacimiento en una fecha muy próxima a
nuestros días y para premiarla condenándola a la bolsa dantesca de los falsarios; aparte
de estos pecadillos veniales reitero, la mejor defensa de la obra del cronista
es, precisamente, continuar la labor iniciada por Porras en el trabajo que en este volumen
se recoge y vuelve a publicar. Su lectura destierra la menor posibilidad de acreditar las
hilarantes afirmaciones de los manuscritos napolitanos, pues de tal trabajo analítico
sale erguida la autoría indiscutible del cronista indio1.
Me referiré también, por la orientación de mi profesión, a los
trabajos dedicados a los que-chuistas coloniales y a las lenguas indígenas. Hay que
reconocer que la aproximación de Porras no es de corte gramatical, sino histórico con
frecuentes observaciones sobre el léxico. Estas direcciones se modelan naturalmente con
las pautas de aproximación cronológica a los testimonios que aplicaba siempre en sus
otros estudios, como ya hemos mencionado. En concordancia con esta perspectiva analítica,
se nos presenta un deslinde de las sucesivas descripciones de las lenguas indígenas
realizadas por parte de los frailes de los siglos XVI y XVII acompañadas, cuando es
posible, por una biografía del gramático sobre un fondo de la vida literaria
prehispánica y colonial en lengua quechua. Es notable y además muy coherente que Porras
se apoye en las teorías lingüísticas acuñadas en el marco de la escuela
dialectológica conocida como Palabras y Cosas y cite a Vendryes para sostener que el
vocabulario es un puente tendido entre la lingüística y la cronología, que
acuda al presaussureano Iehring para sustentar sus inferencias entre la presencia o
ausencia de palabras y cosas, o que tome de Muller y Cassirer las ideas sobre los
vínculos entre lenguaje y mito (1999: 163-4). Este grupo de observaciones y teorías le
permitirán aproximarse al lenguaje y utilizarlo como fuente histórica y como fondo
sincero del alma de sus hablantes:
El estudio de un idioma, de su estructura y contenido, tiene otra
trascendencia humana. El investigador lingüístico se posesiona del alma del pueblo
creador de una lengua y percibe sus calidades morales (1999:171).
A continuación, según su habitual proceder, emprenderá una
exposición de la obra de gramáticos, lexicógrafos, poetas y prosistas que han recogido
los restos de la antigua tradición precolombina y que han acuñado la tradición
colonial. Un lugar destacadísimo le merece la obra de Domingo de Santo Tomás, pionero en
la descripción y codificación del quechua. El dominico, como lo señalara Porras,
organiza sus entradas léxicas de la primera parte, español-quechua, de su vocabulario
conforme con el patrón del vocabulario Español Latino de Antonio de Nebrija. Siguiendo
el derrotero indicado por esta observación, los que nos hemos aproximado a la obra de
fray Domingo hemos podido comprobar la validez y el poder explicativo de esta
observación. A modo de ilustración añadiremos el caso de las entradas ángel malo y
ángel bueno que Nebrija hace equivalentes de los helenismos cacodemon y calodemon,
respectivamente. En el vocabulario de fray Domingo, concebido en el marco de una intensa
labor misionera, las entradas originales se han mantenido y se les ha hecho corresponder
con las locuciones mana alli supay y alli supay, que son meros calcos de las equivalencias
de Nebrija y que aproximadamente debiéramos glosar como espíritu no bueno y espíritu
bueno. Con ello, es posible no sólo confirmar la presión modélica que ejerciera Nebrija
sobre fray Domingo, sino también restituir aproximadamente el valor original del
significado de supay espíritu anclado luego del concilio limense y hasta
nuestros días con los rasgos semánticos del demonio cristiano.
Además, sobre la base de esta observación de Porras, podemos agregar
que la segunda parte, quechua-español, brilla como una original contribución del
dominico en tanto que la reacomodación del material acopiado impondrá la selección y el
montaje de criterios nuevos y adaptados a las necesidades de la lengua que se está
codificando. Nos atrevemos a afirmar que es en esta segunda parte donde mejor se aprecia
la contribución de fray Domingo.
Resta elogiar la exhaustividad de Porras al presentar en estos trabajos
un panorama completo del estado de conocimientos sobre el quechua y el aimara que
mantienen su entera vigencia y actualidad. Es el caso del reconocimiento de la diversidad
lingüística dentro del fondo unitario de una cultura común, así como la siempre
debatida cuestión de las relaciones genéticas y culturales entre el quechua y el aimara.
Quisiera cerrar esta presentación señalando que la obra de Porras
constituye una herencia ina-preciable, un legado de vida transcurrida entre archivos,
crónicas y testimonios antiguos que mágica pero inteligentemente se convierten para
nosotros en conocimiento, un trabajo de conjunto que quedó incompleto si nos restringimos
únicamente al caudal salido de su pluma, pero que quedó acabada si consideramos que sus
textos son el principio de una tarea encargada directa o indirectamente a sus discípulos,
continuada en los trabajos de ellos. Su rigor y exhaustividad heurística, sus patrones de
ordenamiento cronológico y su visión crítica de las fuentes modificaron el rumbo
metodológico a las crónicas y perduran como el broche de cierre de su obra y como la
mejor herencia que nos legó.
NOTAS
1. Anotaré a pie de página que la obra de Porras, marcada por una
notoria voluntad de abarcar el conjunto del devenir histórico del Perú, abre en diversos
lugares sorprendentes caminos para emprender casi cualquier investigación sobre nuestro
pasado. Ya que aludo a la impostura napolitana no puedo silenciar que la lógica de ésta
se vertebra en función de los comentaristas y biógrafos esotéricos de Raimondo di
Sangro, príncipe de Sansevero. Este ilustrado setecentista redactó un divertimento sobre
los idílicos quipus peruanos que conoció gracias a las Cartas de una peruana, difundida
novela francesa de Madame de Graffigny. Sin imaginar que póstumamente nos guiaría a
desenmascarar la impostura, Porras dedicó a la figura de Di Sangro dos trabajos: una
breve mención en Quipu y Quilca, contenido en el volumen que presentamos, y un ensayo
titulado Los viajeros italianos y el Perú a través de los cuales hizo accesible la
figura de di Sangro.
Bibliografía
Adorno, Rolena
1997 La perspectiva local de Felipe Huaman Poma de Ayala:
homenaje al Dr. Raúl Porras Barrenechea.
Araníbar, Carlos
1963 Algunos problemas heurísticos en las crónicas de los
siglos XVI y XVII. En Nueva Crónica, 1, 102-135.
Holguín Callo, Oswaldo
1986 Bibliografía de Raúl Porras Barrenechea. Lima:
Ediciones de Clío.
Lohmann Villena, Guillermo
1984 Raúl Porras barrenechea, historiador romántico. En
Homenaje a Raúl Porras Barrenechea, Lima: UNMSM, 143-163.
Maticorena Estrada, Miguel
1997 Para una lectura de Raúl Porras. En Nueva Síntesis,
5, IV, 197-202.
Ossio Acuña, Juan
1998 El original del manuscrito Loyola de Fray Martín de
Murúa. En Colonial Latin American Review, 7, 2, 271-278.
Porras Barrenechea, Raúl
1967 Las relaciones primitivas de la conquista del Perú,
Lima: Instituto Raúl Porras Barrenechea.
1999 El legado quechua, Lima: UNMSM Fondo Editorial.
Puccinelli, Jorge
1999 Antología de Raúl Porras. Lima: Fundación M. J.
Bustamante De la Fuente.
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