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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

 

Alma Mater Nº 18 - 19, 1999

Tabla de contenido


ENSAYOS


“El Legado Quechua” de Raúl Porras Barrenechea*

José Cárdenas Bunsen


    En el umbral de una nuevo siglo, nos corresponde a todos elaborar un balance de la contribución del anterior. No cabe duda acerca del lugar capital que allí ocupará la siempre renovada obra de Raúl Porras Barrenechea. Como augurio auspicioso, próximo ya el nuevo siglo, abriremos su vertiente cultural saludando el principio de la publicación de Indagaciones Peruanas, cuyo primer volumen, El legado quechua (UNMSM Fondo Editorial, 1999), recoge estudios y artículos escritos con diversos modos y en diversos momentos que se integran sobre el común denominador de su temática, vinculada con el mundo indígena.

    El primer tomo de las obras completas contiene trabajos que cubren una amplísima gama de aspectos históricos, literarios y culturales sobre el mundo indígena prehispánico, colonial y republicano, explorados exhaustivamente con la solvencia característica de Porras. Podemos leer aquí monografías fundamentales como Quipu y quilca (1945) y Los quechuistas coloniales (1948), incorporados posteriormente a las Fuentes Históricas Peruanas; las biografías y juicios críticos sobre fray Domingo de santo Tomás y sobre fray Diego González Holguín (1951 y 1952), redactados como prólogos para las reediciones de sus respectivas gramáticas y vocabularios; La crónica india (1946) y las semblanzas de Titu Cusi Yupanqui y Juan de Santa Cruz Pachacuti (1942), integrados después a su repertorio Los cronistas del Perú, así como la extensa monografía titulada El cronista indio Felipe Huamán Poma de Ayala (1948), cuya magnitud desbordó el espacio dedicado a las semblanzas de los cronistas que integran el supradicho repertorio a la par que acusa la importancia que Porras asignó a la monumental obra del célebre cronista huamanguino.

    Este primer tomo reproduce también algunos trabajos de menor extensión; aunque de igual importancia tanto por su profundidad y seriedad, como por su condición de astillas desprendidas de una monumental obra de conjunto que a los lectores modernos sólo nos es dado entrever. Tenemos así el artículo Atahualpa no murió el 29 de agosto de 1533 (1945), publicado como rectificación de una fecha atribuida a la muerte del inca y propuesta, antes de la corrección de Porras, como día conmemorativo de este notable suceso histórico; en esta misma línea encontramos también sus ensayos Coli y Chepi (1954), Notas para una biografía del Yaraví (1946), La raíz india de Lima (1953), así como alguna entrevista periodística a propósito de sus investigaciones y hallazgos. Aunque también sean de extensión breve, los trabajos La caída del imperio incaico (1935), Mito y Épica Incaicos (1951) y La leyenda de los Pururaucas (1945) nos revelan más nítidamente su carácter anticipatorio de los preliminares de una virtual Historia de la Conquista, no culminada por el autor. El ensayo Riva-Agüero y la historia incaica (1954) nos muestra al historiógrafo autor de las Fuentes Históricas Peruanas. El volumen se cierra con dos ensayos, Oro y leyenda del Perú (1959) y El Cuzco de los Incas (1961) que en su momento presidieron la hermosa Antología del Cuzco, preparada por el propio Porras, y el libro Oro en el Perú. Obras maestras de orfebrería pre-incaica, incaica y de la época colonial, de Manuel Mujica Gallo.

    Como puede apreciarse, el conjunto de trabajos cubre un periodo de gestación que se concentra en las décadas de 1940 y de 1950 y su trabajo final de 1961. En función de estas variaciones temporales, es oportuno preguntarse por su coherencia y continuidad dentro del marco global de los trabajos llevados a cabo por el historiador.

    Aun a riesgo de repetir algunas observaciones consabidas, me permitiré apuntar, apoyándome en las propias anotaciones autobiográficas de Raúl Porras (Puccinelli 1999:24), que el crisol donde se forjaron es su fecunda vida universitaria como alumno y como maestro. Sus años de estudiante en San Marcos, que se iniciaron en 1912 y corrieron hasta 1920, se coronaron con su adscripción en 1919 al Conversatorio Universitario que despertó en él y en todos sus compañeros de generación un legítimo y tenaz interés por el Perú. Con el pretexto de conmemorar el primer Centenario de la Independencia, el Conversatorio Universitario inició una tarea de revisión profunda en torno a la figura de algunos artífices significativos de la emancipación, tarea influida en su preocupación documental por la obra de don José Toribio Medina y en su afán totalizador del panorama cultural peruano por las orientaciones de la generación anterior, la generación arielista, a la que pertenecieran Riva-Agüero, Belaúnde y García Calderón. Incorporado en 1928 a las labores docentes, Porras veló sus armas como profesor del curso de Literatura Castellana, cátedra que lo dotó de las herramientas literarias que emplearía para evaluar la poesía de la conquista, y que lo acostumbró a disfrutar la prosa clásica de nuestro idioma. En 1929, al asumir la cátedra sanmarquina de Conquista y Colonia, su ya desarrollada vocación investigadora lo empujó a romper los límites de lo conocido hasta entonces a través de una aplicación de sus tareas heurísticas y hermenéuticas concentradas ahora en la época del descubrimiento, conquista y colonización del Perú. Se ha señalado (Lohmann 1984:151) que la orientación historiográfica de Porras partió de un afán por rectificar la entonces muy difundida versión de la conquista que había acuñado el historiador norteamericano William Prescott y que criticaba, quizá prejuiciosamente, la colonización española en el marco de la crisis que viviera España hacia finales del siglo XIX. De admitir esta sugerencia, estaríamos frente al origen histo-riográfico del interés de Porras por la figura y la época de Francisco Pizarro, así como ante la explicación de su marcada posición hispanista, ya que al teñirse el discurso de Prescott por un color contrario a España se desprendían de allí una serie de corolarios contra su obra colonizadora. En consecuencia, debemos interpretar de este modo su postura hispanista como una decidida defensa ante la invasión cultural sajona y no como una negación del mundo indígena al que, como veremos, tantos esfuerzos dedicó (Maticorena 1997:198).

Alameda de la vecina localidad de Tingo, Arequipa, a 28 km de ésta

    Explorando la bibliografía de Porras se descubre casi cristalinamente un estrato de intensa producción intelectual iniciado en 1933 con su artículo Los Cronistas de la conquista, publicado en la Revista de la Universidad Católica, al que le siguieron los estudios sobre el Anónimo Sevillano de 1534, sobre su hallazgo de la Relación de Diego de Trujillo y su libro Las Relaciones Primitivas de la Conquista del Perú (Holguín:1986). No siendo nuestra intención presentar el conjunto de esta obra, sino únicamente ubicar el estrato temporal de redacción de estos trabajos, dejaremos la enumeración bibliográfica para citar su aclarador testimonio acerca de su evolución intelectual:

    “El estudio de las crónicas de la conquista me llevó al descubrimiento del alma quechua y de sus manifestaciones culturales inadvertidas u olvidadas y sus supervivencias en el lenguaje, en el arte y en las costumbres de los mestizos actuales” (Puccinelli 1999:28).

    Con meridiana claridad nos revelan estas palabras que el arduo camino hollado por Porras con su minuciosa exploración del mundo documental y cronístico le abrió un surco que lo empeñaría en la redacción de trabajos sobre el mundo indígena así como a una publicación de las fuentes gramaticales y lexicográficas fundamentales. Sin duda alguna, en esta etapa de la producción de Porras se ubica la mayoría de los trabajos y monografías que integran el presente volumen. A algunos de ellos les convienen algunas precisiones, sin embargo. Parece ser que La Caída del Imperio de los Incas se concibe como parte de una historia de la conquista y La raíz india de Lima, integrante de su Pequeña Antología de Lima, se liga con su cátedra en la escuela de urbanismo.

    En cuanto a la disposición formal y metódica de las aproximaciones analíticas de Porras, no quisiera dejar pasar la oportunidad de insistir en la rigurosa ordenación cronológica de los testimonios evaluados que sirve de puntal para la apreciación crítica en tanto que permite eficazmente rastrear los orígenes de las informaciones y cuyo proceder incide en el ordenamiento y presentación formal de su producción. En este sentido, consideramos que el libro Las Relaciones Primitivas de la Conquista marca un hito, pues enuncia una premisa metodológica acuñada en aras de una clasificación de los cronistas, pero que trasciende su propósito original, explica la íntima armazón argumental de sus obras y constituye una contribución central de nuestro historiador al haberse convertido en una muy útil herramienta heurística:

    “El criterio para desarrollar este análisis tiene que ser estrictamente cronológico. Sólo con él puede establecerse la precedencia de ciertos testimonios y ubicar el origen de determinadas noticias repetidas por los cronistas de unos a otros, hasta llegar a la fuente original. Tratándose de fuentes manuscritas e impresas y habiéndose publicado muchas crónicas a veces con siglos de atraso, habrá que seguir por esto el orden en que fueron escritas, aunque no se publicaran” (Porras 1967:LXIV).

    Por su consistente y sistemática aplicación, esta premisa devino en piedra de toque sobre la que se estructuran en adelante todos sus trabajos. Es así que en este volumen la presentación sucesiva de los quechuistas del Perú se conforma según la supradicha pauta y la evaluación de los testimonios sobre el quipu también la observa rigurosamente. Igualmente las notas críticas que precisan aspectos puntuales sobre las fechas de determinados eventos históricos, como el de la muerte de Atahualpa, se tornan contundentes y convincentes al mostrar su matemática armazón cronológica. Aun superando los límites de esta presentación conviene señalar que este criterio se yergue como una de las más importantes contribuciones de Porras en la medida que su aplicación introdujo a la crítica de las fuentes peruanas un férreo y riguroso marco de referencia del que más ya no se podrá prescindir. Se explica, de este modo, que un discípulo suyo, el Dr. Carlos Araníbar, publicase en homenaje a su maestro un artículo devenido clásico en que se revisaba y refinaba este método hasta sus últimas consecuencias y que el proceder se aplique en cualquier trabajo sobre crónicas o fuentes de la conquista sin que se haga necesario a estas alturas remitir al trabajo primitivo (Araníbar: 1963).

    La obra de Porras se reviste de una absoluta actualidad no solamente por su condición de hito impulsor de determinados derroteros sino también por la solidez y perspicacia que casi pudiéramos afirmar sin exagerar que siguen siendo en algunos casos la última palabra sobre el tema. La magnitud y diversidad de las materias tratadas por Porras me obliga a limitar mi comentario sólo a aquellos en los cuales me sienta en condiciones de glosar o matizar algún aspecto de lo señalado y observado por el maestro sanmarquino. Me referiré, por lo tanto, al trabajo sobre la crónica india y a sus biografías y comentarios sobre los quechuistas del Perú.

    La crónica india ocupó la atención de Raúl Porras para encuadrarla dentro de su ordenación de las crónicas tal como la fue delineando. Partiendo de algunas pautas directrices muy genéricas señaladas, entre otros, por Baudin y Riva-Agüero, que estudió a los historiadores nacidos en el Perú, Porras discurrió sobre las dificultades cronológicas que encerraba la inscripción de este conjunto dentro de una década o época específica ya que de los tres exponentes analizados, Titu Cusi Yupanqui, Juan de Santa Cruz Pachacuti y Felipe Huaman Poma de Ayala, el primero había escrito en el siglo XVI y los otros durante el primer cuarto del siglo XVII. Cargó las tintas entonces sobre los rasgos temáticos que subrayaban una comunidad entre estas tres crónicas y es-tableció que se singularizaba frente a la española o mestiza por su vocación por lo maravilloso indio y cristiano, por su fondo íntimo de protesta y por su importante contribución al conocimiento del folklore y de la tradición oral (1999: 41). Si bien en este trabajo la castiza expresión de Porras se distancia de los actuales términos ad usum, nos hallamos en la nuez de la plétora de estudios modernos sobre la cosmovisión andina.

    Destaca el trabajo dedicado a Huamán Poma de Ayala por su extensión y profundidad. Su sabia ejecución proviene de la larga experiencia adquirida por Porras en la evaluación y compulsa de testimonios, armas de que dispuso para aquilatar las noticias que traía el cronista. Escudriñando las referencias biográficas que el escritor indio había deslizado a lo largo del libro, Porras logró suplir la falta de documentación externa a la Nueva Crónica sobre la persona histórica del cronista, a pesar de que en la redacción definitiva de su monografía, publicada en 1948, pudo conocer e incorporar como apéndice dos documentos centrales: una composición de tierras donde el cronista servía como intérprete y la carta de envío de la crónica ubicada por el historiador Guillermo Lohmann en el Archivo de Indias.

    Más allá de las limitaciones mencionadas, Porras forjó la imagen de un hombre enquistado en su propia provincia natal que dibujó y describió en su laborioso manuscrito; precisó su posición parcializada de descendiente yarovilca, sus intereses por magnificar los méritos de su padre y por establecer puentes con los incas y con los conquistadores primitivos; y, a diferencia de los trabajos anteriores al suyo, limitó el radio verosímil de las andanzas de don Felipe a Huamanga, al Cusco y a Lima. Estas calas minuciosas pusieron de relieve las contradicciones internas y externas de las afirmaciones del cronista, pero a con-trapelo descubrieron el modus operandi de sendos párrafos de la obra. Sírvanos de ejemplo la manipulación que Huaman Poma hace de la obra del Palentino. Acertadamente la explica Porras como un intento por ensalzar la obra de su padre, don Domingo Huamán Malqui de Ayala. Así la huida a Jauja y posterior captura del rebelde Hernández Girón, realizada por capitanes españoles se atribuye a unos caciques lucanas entre los que se halla el padre de Huamán Poma:

    “Los indios lucanas, según el Palentino y otros documentos tampoco se limitaron a atacar a Hernández Girón, después de la batalla de Chuquinga. Atacaron a los dos bandos, al del mariscal Alvarado que defendía al Rey y al que le mataron treinta hombres y al del rebelde Hernández Girón, cargando sobre ambos después de la batalla y robándoles sus equipajes. Huamán Poma convierte este acto de represalia indígena en un servicio a la causa del Rey” (1999: 62).

    Aparte de que Porras trazara una orientación con que se han guiado todos los trabajos que posteriormente se han aplicado al análisis de la singular obra de Huamán Poma, últimamente su monografía ha exhibido su asombrosa actualidad.

    En primer lugar, los documentos encontrados en el curso del siglo XX sobre Huamán Poma y su obra, cuyos hitos son, con justicia, la publicación completa del expediente que contiene las batallas legales en defensa de sus propiedades sostenidas por el cronista y su familia, y la ubicación en Irlanda de la versión primitiva de Murúa profusamente ilustrada por 112 dibujos estrechamente emparentados con los de la Nueva Crónica (Ossio:1998), se articulan tan coherentemente con la imagen reconstruida por Porras que debemos reconocer las bondades de su pionera iniciativa hermenéutica, continuarla, modificarla y enriquecerla según el grosor y el impacto de la nueva documentación. Así, en nuestros días, luego de una importante serie de hallazgos documentales sobre el cronista, Rolena Adorno puede concluir señalando que: “la perspectiva regionalista de Guaman Poma, señalada décadas atrás por el doctor Porras con respecto a la Nueva corónica y buen gobierno, se ha corroborado en la Compulsa Ayacucho y las peticiones del expediente Prado Tello” (Adorno:1997).

Alameda San Pedro de Lloc, Trujillo

    En segundo lugar, esta labor pionera y su ejemplar esfuerzo de interpretación que acabamos de subrayar gozan hoy de absoluta pertinencia y vitalidad en tanto que se constituye en el mejor argumento para descartar las afirmaciones de una grotesca impostura que pretende negarle a Huamán Poma la autoría de la Nueva Crónica y adjudicársela al jesuita mestizo Blas Valera. Aparte de que dicha impostura encierra en su interior suficientes contradicciones, anacronismos léxicos y conceptuales, correspondencias asombrosas en su constitución y articulación con las estrafalarias obras de quienes dicen poseer los documentos, que bastan y sobran para situar su nacimiento en una fecha muy próxima a nuestros días y para premiarla condenándola a la bolsa dantesca de los falsarios; aparte de estos pecadillos veniales –reitero–, la mejor defensa de la obra del cronista es, precisamente, continuar la labor iniciada por Porras en el trabajo que en este volumen se recoge y vuelve a publicar. Su lectura destierra la menor posibilidad de acreditar las hilarantes afirmaciones de los manuscritos napolitanos, pues de tal trabajo analítico sale erguida la autoría indiscutible del cronista indio1.

    Me referiré también, por la orientación de mi profesión, a los trabajos dedicados a los que-chuistas coloniales y a las lenguas indígenas. Hay que reconocer que la aproximación de Porras no es de corte gramatical, sino histórico con frecuentes observaciones sobre el léxico. Estas direcciones se modelan naturalmente con las pautas de aproximación cronológica a los testimonios que aplicaba siempre en sus otros estudios, como ya hemos mencionado. En concordancia con esta perspectiva analítica, se nos presenta un deslinde de las sucesivas descripciones de las lenguas indígenas realizadas por parte de los frailes de los siglos XVI y XVII acompañadas, cuando es posible, por una biografía del gramático sobre un fondo de la vida literaria prehispánica y colonial en lengua quechua. Es notable y además muy coherente que Porras se apoye en las teorías lingüísticas acuñadas en el marco de la escuela dialectológica conocida como Palabras y Cosas y cite a Vendryes para sostener que el vocabulario es un “puente tendido entre la lingüística y la cronología”, que acuda al presaussureano Iehring para sustentar sus inferencias entre la presencia o ausencia de palabras y cosas, o que tome de Muller y Cassirer las ideas sobre los vínculos entre lenguaje y mito (1999: 163-4). Este grupo de observaciones y teorías le permitirán aproximarse al lenguaje y utilizarlo como fuente histórica y como fondo sincero del alma de sus hablantes:

    “El estudio de un idioma, de su estructura y contenido, tiene otra trascendencia humana. El investigador lingüístico se posesiona del alma del pueblo creador de una lengua y percibe sus calidades morales” (1999:171).

    A continuación, según su habitual proceder, emprenderá una exposición de la obra de gramáticos, lexicógrafos, poetas y prosistas que han recogido los restos de la antigua tradición precolombina y que han acuñado la tradición colonial. Un lugar destacadísimo le merece la obra de Domingo de Santo Tomás, pionero en la descripción y codificación del quechua. El dominico, como lo señalara Porras, organiza sus entradas léxicas de la primera parte, español-quechua, de su vocabulario conforme con el patrón del vocabulario Español Latino de Antonio de Nebrija. Siguiendo el derrotero indicado por esta observación, los que nos hemos aproximado a la obra de fray Domingo hemos podido comprobar la validez y el poder explicativo de esta observación. A modo de ilustración añadiremos el caso de las entradas ángel malo y ángel bueno que Nebrija hace equivalentes de los helenismos cacodemon y calodemon, respectivamente. En el vocabulario de fray Domingo, concebido en el marco de una intensa labor misionera, las entradas originales se han mantenido y se les ha hecho corresponder con las locuciones mana alli supay y alli supay, que son meros calcos de las equivalencias de Nebrija y que aproximadamente debiéramos glosar como espíritu no bueno y espíritu bueno. Con ello, es posible no sólo confirmar la presión modélica que ejerciera Nebrija sobre fray Domingo, sino también restituir aproximadamente el valor original del significado de supay ‘espíritu’ anclado luego del concilio limense y hasta nuestros días con los rasgos semánticos del demonio cristiano.

    Además, sobre la base de esta observación de Porras, podemos agregar que la segunda parte, quechua-español, brilla como una original contribución del dominico en tanto que la reacomodación del material acopiado impondrá la selección y el montaje de criterios nuevos y adaptados a las necesidades de la lengua que se está codificando. Nos atrevemos a afirmar que es en esta segunda parte donde mejor se aprecia la contribución de fray Domingo.

    Resta elogiar la exhaustividad de Porras al presentar en estos trabajos un panorama completo del estado de conocimientos sobre el quechua y el aimara que mantienen su entera vigencia y actualidad. Es el caso del reconocimiento de la diversidad lingüística dentro del fondo unitario de una cultura común, así como la siempre debatida cuestión de las relaciones genéticas y culturales entre el quechua y el aimara.

    Quisiera cerrar esta presentación señalando que la obra de Porras constituye una herencia ina-preciable, un legado de vida transcurrida entre archivos, crónicas y testimonios antiguos que mágica pero inteligentemente se convierten para nosotros en conocimiento, un trabajo de conjunto que quedó incompleto si nos restringimos únicamente al caudal salido de su pluma, pero que quedó acabada si consideramos que sus textos son el principio de una tarea encargada directa o indirectamente a sus discípulos, continuada en los trabajos de ellos. Su rigor y exhaustividad heurística, sus patrones de ordenamiento cronológico y su visión crítica de las fuentes modificaron el rumbo metodológico a las crónicas y perduran como el broche de cierre de su obra y como la mejor herencia que nos legó.

NOTAS

1.    Anotaré a pie de página que la obra de Porras, marcada por una notoria voluntad de abarcar el conjunto del devenir histórico del Perú, abre en diversos lugares sorprendentes caminos para emprender casi cualquier investigación sobre nuestro pasado. Ya que aludo a la impostura napolitana no puedo silenciar que la lógica de ésta se vertebra en función de los comentaristas y biógrafos esotéricos de Raimondo di Sangro, príncipe de Sansevero. Este ilustrado setecentista redactó un divertimento sobre los idílicos quipus peruanos que conoció gracias a las Cartas de una peruana, difundida novela francesa de Madame de Graffigny. Sin imaginar que póstumamente nos guiaría a desenmascarar la impostura, Porras dedicó a la figura de Di Sangro dos trabajos: una breve mención en Quipu y Quilca, contenido en el volumen que presentamos, y un ensayo titulado Los viajeros italianos y el Perú a través de los cuales hizo accesible la figura de di Sangro.

Bibliografía

Adorno, Rolena
    1997 “La perspectiva local de Felipe Huaman Poma de Ayala: homenaje al Dr. Raúl Porras Barrenechea”.

Araníbar, Carlos
    1963 “Algunos problemas heurísticos en las crónicas de los siglos XVI y XVII”. En Nueva Crónica, 1, 102-135.

Holguín Callo, Oswaldo
    1986 “Bibliografía de Raúl Porras Barrenechea”. Lima: Ediciones de Clío.

Lohmann Villena, Guillermo
    1984 “Raúl Porras barrenechea, historiador romántico”. En Homenaje a Raúl Porras Barrenechea, Lima: UNMSM, 143-163.

Maticorena Estrada, Miguel
    1997 “Para una lectura de Raúl Porras”. En Nueva Síntesis, 5, IV, 197-202.

Ossio Acuña, Juan
    1998 “El original del manuscrito Loyola de Fray Martín de Murúa”. En Colonial Latin American Review, 7, 2, 271-278.

Porras Barrenechea, Raúl
    1967 “Las relaciones primitivas de la conquista del Perú”, Lima: Instituto Raúl Porras Barrenechea.

    1999 “El legado quechua”, Lima: UNMSM Fondo Editorial.

Puccinelli, Jorge
    1999 “Antología de Raúl Porras”. Lima: Fundación M. J. Bustamante De la Fuente.

 

 

  

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